208 | Marian

El camino para encontrar a Marian Manescu lleva algo de tiempo y se hace cuesta arriba. No es que él sea una persona inaccesible o difícil de entrevistar, al contrario. Lo que sucede es que el encuentro y la charla tienen lugar en la ladera de Ametzagaña, en el barrio donostiarra de Loiola. Nos espera allí, en la ermita de la Virgen de Uba, donde todos los días celebra la liturgia. Hace varios años que se ordenó sacerdote ortodoxo en Rumanía, aunque los últimos tres los ha oficiado en San Sebastián.

La entrevista, precisamente, tiene lugar un sábado al mediodía, poco después de acabar la liturgia de la mañana. Ha durado unas tres horas. Allí, en la ermita, donde los fines de semana se congregan unas cincuenta o sesenta personas y donde unos minutos antes había varios fieles, ahora solo quedan tres personas; un médico, también rumano, que suele ir todos los días, Marian y su mujer.

¿Su mujer? “Sí. Simona es mi esposa. A mucha gente le sorprende ver a un cura casado, pero es la tradición en la Iglesia Ortodoxa. Es decir, no se trata de que se nos permita contraer matrimonio siendo sacerdotes, sino que no podemos ordenarnos sacerdotes si no estamos casados. Simona es mi mujer desde hace 11 años, y casi el mismo tiempo llevo oficiando como cura”, explica Marian en un castellano que, a su juicio, “debería mejorar bastante”, pero que en realidad es muy bueno.

“¿Bueno? Qué va. Todavía me cuesta expresarme con claridad y profundidad en un idioma distinto del mío. Me cuesta hablar de teología en español. A veces tengo la sensación de que me quedo en la superficie de las cosas”, dice en tono de disculpa. Su esposa, que está embarazada y espera ya al segundo niño, sirve café para todos. Aunque va a diario a Donosti, a la ermita, la pareja vive en Irún, donde este día ha quedado el pequeño, al cuidado de sus abuelos.

En medio de una larga charla sobre creencias religiosas, tradiciones y espiritualidad, Marian retoma el asunto del idioma. Esta vez, con un recuerdo gracioso, del momento en que llegó a Euskadi. “Entonces yo no hablaba español, pero sí recordaba algo de francés y estaba más o menos tranquilo porque todas estas lenguas son romances, tienen la misma raíz… Hasta que llegué a Donosti y empecé a leer los carteles de las calles y los pueblos. ¡No entendía nada!”, cuenta con una amplísima sonrisa.

Tomar decisiones solo

Para peor, llegó aquí solo. Su mujer vino unos meses después. “Ella es maestra, educadora infantil, y quería terminar el curso antes de marcharse”, explica Marian, y añade que, para él, ese fue un periodo muy duro. “Echas de menos, claro. Llevamos muchos años juntos y estamos acostumbrados a contar con el otro, a hablar, a tomar decisiones de a dos… Lógicamente, cuando estás solo todo es más laborioso”.

Sin embargo, las piedras del camino se fueron allanando. Su esposa y su hijo, finalmente, llegaron. El idioma comenzó a ser cada vez más inteligible. Y su iglesia, a la que al principio solo acudían unas cinco o seis personas, multiplicó esa asistencia por diez los días normales, y por trescientos en las fechas señaladas.

“Semana Santa, por ejemplo, es un momento especial. Vienen unas 1.500 personas”, precisa Marian. Son muchas para una ermita pequeña -“no cabemos esos días”, asegura-, pero todavía pocas para la cantidad de rumanos que residen en Guipúzcoa. Según sus cálculos, de los 4.000 que hay actualmente, unos 3.500 profesan la fe ortodoxa. Por esa razón, y porque cree en el acercamiento cultural, Marian se ha propuesto un objetivo interesante y novedoso: “hacer una exposición con objetos ortodoxos, aquí, en Donosti”, dice. “Tengo una colección muy importante en mi país que quisiera traer para que todo aquél que sienta interés, la vea y disfrute. De momento, lo que he encargado son unas cruces artesanales talladas en madera. Poco a poco”, dice el sacerdote. “Con fe y perseverancia, todo llega”.

2011 Ellos Europa

185 | Luis

Sentado en una terraza de la calle Luis Mariano, en Irún, otro Luis, de apellido Vera Alba, pide un café con leche. Mientras sostiene la taza y mira a su alrededor, cuenta que fue el primer peruano que llegó a la localidad guipuzcoana y se quedó a vivir en ella. “Resido aquí desde hace 36 años -puntualiza-, y cuando llegué no había otros paisanos, como ahora. Yo solo conocía a un colombiano, que era médico de la Seguridad Social, y algunas veces quedaba con él para tomar un café y conversar, pero poco más… Las cosas eran muy diferentes”, señala.

Originario de la ciudad de Trujillo, al norte del Perú, Luis se fue de su país cuando “era muy jovencito”. El primer destino fue Roma, donde vivió durante cinco años y se graduó como técnico en prótesis dentales. “Luego volví a mi país, pero tardé poco en regresar a Europa porque aquí tenía mejores oportunidades para seguir formándome -explica-. En aquel entonces no había un flujo migratorio como el que hay ahora, y primaban más las aspiraciones de crecimiento profesional que las necesidades económicas”.

Su mirada estaba puesta en Barcelona, la ciudad que eligió inicialmente, hasta que un imprevisto -una mujer- desvió toda su atención. “Mi esposa es irunesa”, dice Luis, como resumen. También fue la razón que lo llevó a trasladarse allí. “Pero de aquello hace ya mucho”, insiste él, que tras formar una familia y montar su propia empresa, acaba de jubilarse. “Encarrilé mi profesión en la vía comercial: abrí un almacén de prótesis dentales. Pero como nadie en casa ha querido continuar con el negocio, decidí bajar la persiana”, explica.

Claro que ‘bajar la persiana’ y convertirse en jubilado no ha significado, en su caso, dedicarse a la vida contemplativa o al ocio. “¡Qué va! Si estoy más activo ahora que antes”, asegura Luis, mientras acaba el café con leche. “Ahora que dispongo de más tiempo para mis cosas, he vuelto a recuperar mi esencia política, un interés que tengo desde la infancia y que, por mi trabajo y mi vida, lejos del Perú, no pude desarrollar plenamente”, relata.

Sobre la mesa, una carpeta con papeles y documentos pide permiso para colarse en la charla. “Mira -dice al cogerla-. Aquí tengo un proyecto de ley muy interesante que acaba de presentarse en el Parlamento de mi país. Cuando se apruebe, los peruanos que residimos en el extranjero estaremos en una mejor situación que la que tenemos ahora”, adelanta.

Trabajo por el bienestar

Luis es cofundador de la Asociación Indoamericana Estrella Radiante, que agrupa a decenas de latinoamericanos en Guipúzcoa. Pero, además, coordina la actividad del Partido Aprista Peruano (PAP) en Irún. “Es un partido de centro izquierda cuya principal figura pública es Alan Gar-cía”, indica a modo de orientación. “Se fundó hace más de ochenta años y siempre ha trabajado por el bienestar de los compatriotas, incluso por los que estamos fuera del país, que somos bastantes”, comenta. Solo en España residen casi 198.000 de ellos.

Luis enseña entusiasmado los folios del proyecto de ley, “una iniciativa del congresista César Zumaeta que promueve la participación, la protección y el desarrollo de los peruanos que residen fuera”, como es su caso. “Algunas cuestiones que se proponen aquí son muy importantes -prosigue-. Por ejemplo, el traslado de los enfermos y la repatriación de los restos mortales, que siempre suponen un gran problema para la familia. También se contemplan servicios de asistencia social y de defensa pública”, añade Luis, que está a punto de viajar a Lima.

“Suelo ir con frecuencia para atender asuntos de patrimonio, pero seguiría estando ligado al país aunque no fuera. Vivir en el extranjero no te convierte en un ser apolítico. Yo creo que tenemos que hacer política aunque vivamos lejos de casa”, concluye.

2011 América del Sur Ellos

170 | Mario

Se marchó de su país hace diez años para trabajar en los pesqueros vascos, que en ese entonces le ofrecían una buena oportunidad laboral. “Los barcos de Fuenterrabia no podían hacerse a la mar porque a los patrones les hacían falta pescadores con experiencia -explica-. Muchos peruanos emigramos para cubrir esa demanda, ya que veníamos de familias de pescadores y conocíamos el oficio muy bien”. Así resume Mario Miranda el motivo que le trajo a Guipúzcoa.

La campaña era de nueve meses. Pasado ese tiempo, cuando llegara el invierno y los barcos quedaran amarrados en puerto, el colectivo debía volver a Perú hasta el inicio de la siguiente temporada. “La idea estaba muy bien porque todos salíamos ganando. Los barcos reanudaban su actividad, nosotros teníamos trabajo e incluso podíamos volver a casa para disfrutar con nuestras familias”.

El único escollo era la parte burocrática. “Cuando vinimos y empezamos a informarnos sobre la Ley de Extranjería, comprendimos que nueve meses no era tiempo suficiente para resolver el papeleo de manera individual. No queríamos irnos sin eso resuelto, así que decidimos fundar una sociedad de arrantzales. Si estábamos organizados y hacíamos las cosas en grupo, podíamos agilizar los trámites”.

Aquella sociedad de pescadores, que cumplió su cometido, ya no existe. Como dice Mario, “con los años cada uno siguió su camino”. Muchos cambiaron de actividad y se afiliaron a los sindicatos. Él mismo dejó la pesca por la construcción cuando trajo a su mujer y sus hijos, ya que ganaba mejor en el cemento que en el mar. No obstante, esa primera etapa fue la génesis de otros proyectos que han ido tomando forma a lo largo de 2010.

“Una parte de nosotros siempre se interesó por resolver los problemas de los inmigrantes en Irún, más allá del sector en el que trabajara cada uno. A medida que nos fuimos abriendo camino, comenzamos a idear algo más grande, que abarcara más países y más rubros. Llevamos aquí muchos años, y a todos nos interesa fomentar la integración, tanto con la sociedad local como con las personas de otras nacionalidades”, indica Mario, y añade que “la idea de formar un despacho grupal donde ofrecer orientación legal y promover la convivencia” ha sido una constante.

En busca de las leyes

La asociación indoamericana ‘Estrella Radiante’, que cuenta con más de un centenar de socios, se fundó en 2009. “Desde entonces organizamos iniciativas para mejorar la calidad de vida aquí, ideamos proyectos de cooperación con nuestros países e intentamos asesorar a las personas que recién llegan”, resume Mario, que la preside desde el inicio.

“Al principio, cuando teníamos que resolver cuestiones legales, derivábamos los casos a Heldu, pero cuando ese servicio desapareció, las citas comenzaron a acumularse y el sistema se saturó. Eso nos empujó a buscar herramientas propias para solucionar problemas”, prosigue. Y, en este caso puntual, el camino le ha llevado a la universidad.

Aunque tiene más de 45 años, Mario ha ingresado en la Facultad de Derecho de la UPV, en San Sebastián. Lo ha hecho gracias al Plan Bolonia, “que nos permite reengancharnos con esta edad si superamos la prueba de ingreso”, y para él es motivo de orgullo. “Yo no pude terminar mis estudios en Perú porque tuve que dedicarme al trabajo, pero sabía que algún día lo haría. Siempre he tenido presente mi proyecto personal, aunque haya tenido que postergarlo. Mi objetivo es terminar la carrera, trabajar aquí y dedicar mi tiempo a la inmigración”, dice.

¿Algo más? “Sí, también quiero formar un grupo con abogados en Perú para asistir a las personas de aquí que están presas allí. Hay muchos europeos encarcelados en mi país por asuntos de drogas. Y están solos, librados a su suerte ante un sistema viciado. El obispo de El Callao, que es vasco, es el único que hace labor social con ellos en la medida que puede. A mí me gustaría ayudar en eso, para retribuir de alguna manera todo lo que nos han dado aquí”.

2010 América del Sur Ellos