358 | Jhony

Hay sucesos que dejan marcas en la vida. Emigrar, con todo lo que ello implica, es un buen ejemplo de ‘experiencia con cicatriz’. La inestabilidad política, la volatilidad social y las crisis ciudadanas son también experiencias así, con secuela, en especial en un país como Honduras, donde el golpe de Estado más reciente tuvo lugar hace apenas cinco años. Dejar atrás la querencia, con la probabilidad incierta de volver, o perder para siempre un hermano, con la certeza de que no hay reencuentro ni abrazo posible, son marcas inocultables, aunque no necesariamente barreras.

Jhony Capella lo cuenta bien, en la entrevista y en sus canciones, cuyas letras son de su autoría y recogen vivencias personales. “Hay temas que me interesan mucho, como la inmigración, la mujer o la desigualdad social. Tengo unas cuantas canciones que se refieren a ello. Pero, básicamente, mis letras hablan de mis experiencias. Cuento aspectos de mi vida o comparto mi manera de mirar ciertas cuestiones. Es verdad que siempre hago foco en la parte positiva, porque soy optimista y defiendo la alegría, pero eso no significa que no sea consciente de los problemas”, explica.

“La violencia machista, por ejemplo, no la entiendo. Cuando veo las noticias y hay algún caso, me siento fatal. No es solo que esté totalmente en contra… es que no soy capaz de comprender cómo alguien puede hacerle daño a una mujer, ¡si son una bendición de Dios!”, exclama Jhony, que se enfrenta a un doble estereotipo: el que pesa sobre el inmigrante latinoamericano varón y el que recae sobre los jóvenes que gustan del hip hop, el reggaeton y los ritmos urbanos.

“Mira, cuando vivía en Honduras, asesinaron a mi hermano mayor -dice, con semblante más serio-. Fue una desgracia para nosotros, la consecuencia de la violencia callejera y de las malas decisiones. Yo, en ese momento, estudiaba. También jugaba al fútbol. Pero cuando pasó aquello, todo cambió. La familia se quebró. La impotencia y el dolor eran enormes. Aunque eso no cambia con el tiempo, sí puedes usarlo bien. Yo nunca olvido lo que pasó, y me da fuerza para seguir adelante, para ayudar a mi madre y a mi familia, para no dejar de trabajar en lo que me gusta y, sobre todo, para lanzarle un mensaje a otros jóvenes. No hay necesidad de proclamar violencia. Eso no conduce a nada bueno. Da igual que solo sea de palabra o en canciones, lo que a uno le sale por la boca, muchas veces se transforma en realidad”.

Por eso, sus propuestas musicales son optimistas, están llenas de energía e, incluso, tienen un toque de humor. Uno de sus últimos videoclips -que grabó aquí en Euskadi y lanzó el jueves pasado en Youtube- lo muestra con claridad. Lo que, en un principio, parece ser la típica canción de cortejo, acaba siendo una parodia al estereotipo dominante… una suerte de homenaje divertido a la cotidianidad de una relación. “Hay que aprender a reírse de uno mismo, a disfrutar de las cosas buenas y a quedarse con lo mejor de cada experiencia”, opina.

El frío del principio

“Cuando llegué, hace siete años, viví las mismas cosas que cualquier inmigrante. Me fui de mi país por la situación, no porque quisiera. Dejé a mi familia, empecé desde cero una nueva vida, trabajé en lo que pude, intenté ayudar a quienes se quedaron… Todo es difícil al principio. La adaptación no es sencilla; te encuentras solo, descubres el frío… Tengo una canción en el nuevo disco que se titula ‘Mi sueño’, en la que hablo de eso. Los primeros tiempos no son fáciles, pero no puedes dejar que la dificultad te arrebate lo que quieres hacer en la vida, la ilusión de salir adelante”.

El sueño de él, está claro, tiene que ver con la música. “Antes de venir a Bilbao viví en otras partes de España. Estuve en La Rioja, en Valencia, en Zaragoza… Me trasladé aquí cuando conocí a mi chica y a su familia. Fue una decisión personal y también profesional, porque en Aragón veía que no tenía la oportunidad de salir adelante con mi música. En Euskadi es diferente. Y hay gente de todas partes, lo cual es muy interesante y muy rico”.

Su observación atañe a lo social y a lo musical porque, además de su trabajo en solitario, Jhony forma parte de un grupo llamado Sildolfaya Music, junto a JuanpaStyle y Bettosnay (de República Dominicana y Angola, respectivamente). “Aquí, en Euskadi, he podido grabar mi primer disco. Es decir que este lugar me ha permitido avanzar. Antes estuve en otros sitios, pero me he quedado aquí. Me gusta mucho la ciudad. Es pequeña, acogedora y hay de todo. En especial, hay buena gente, que eso es lo más importante. Por supuesto que extraño La Ceiba, y a mi madre y mi familia, pero lo cierto es que aquí también me siento en casa”.

2014 América Central Ellos

321 | Margarita

Emigrar es un proceso de cambios que modifica a las personas. Alejarse de lo conocido para desenvolverse en un lugar diferente; aprender a funcionar en un país nuevo, en otra sociedad, puede ser más o menos sencillo, más o menos buscado, pero jamás es una experiencia anodina. Las migraciones transforman y marcan. En el caso de Margarita Perdomo -que muchos aquí conocen como Margarita De Chacón, por el apellido de su esposo-, el cambio más notable tuvo que ver con la religión. Vino a Bilbao en busca de trabajo, pero lo que encontró aquí -dice- fue a dios.

“Yo tengo dos hijos y siempre quise ofrecerles un futuro, unos estudios, la posibilidad de ganarse la vida profesionalmente. Hubo un momento en que comprendí que eso no sería posible si me quedaba en mi país, así que me senté a la mesa con mi familia y hablé. Lo conversamos entre todos y vimos que este era el único modo de salir adelante”, relata con un acento difícil de precisar. Margarita es hondureña, pero algunas de sus palabras tienen notas mexicanas. “Lo que pasa es que, antes de venir al País Vasco, estuve cuatro años en Estados Unidos, en California. Allí compartí casa con unos mexicanos y, desde entonces, se me ha quedado en parte su acento”, explica.

Entre esos cuatro años que pasó en Norteamérica y los cinco que lleva aquí en Europa, Margarita es un buen ejemplo de lo que significa la maternidad a distancia; una de las aristas más complejas de la inmigración. “Dejar a la familia no es fácil. De alguna manera, es como renunciar a aquello que dios te ha dado, pero yo lo hice convencida de que era lo mejor para mis hijos y hoy tengo la seguridad de que están plenamente respaldados. Todo este camino ha sido muy duro, pero ha valido la pena, sin duda. Salir de mi país ha sido una bendición”.

La última frase admite dos lecturas distintas. La primera, más terrenal, tiene que ver con los objetivos que se había propuesto al emigrar. “Mis hijos tienen ahora 19 y 21 años, han acabado sus estudios y son personas de bien. Como digo siempre, ellos marcan la diferencia”. La otra lectura es de corte espiritual. “Yo era cristiana antes de venir. Creía en dios y hablaba de él, pero una cosa es hablar de algo y otra, vivirlo, sentirlo de verdad. Ese cambio ocurrió aquí. Fue una suerte venir a Bilbao”, dice ella, que llegó en mayo de 2009 y que supo de Euskadi a través de una amiga de su hermano. De uno de sus ocho hermanos.

“Vine dispuesta a trabajar duro. Empecé como interna, limpiando casas, cuidando personas mayores, y así estuve tres años. Hubo experiencias mejores y peores; casas en las que no tenía ni un respiro y una casa en la que me sentí como en mi hogar. De todas maneras, yo no me fijaba en eso porque había venido con la mentalidad de trabajar tanto como pudiera para cumplir el objetivo que tenía… Lo que pasa es que, en medio de mi proyecto, me encontré con el plan de dios, que no siempre coincide con el de uno”, señala antes de explicar que el cambio comenzó a gestarse los domingos por la tarde, en su único día libre, cuando empezó a asistir a la Iglesia Casa de Oración.

Cambio radical

“Todo ha cambiado desde entonces -asegura-. Creo en dios, he notado su presencia, su voz, la tranquilidad de tenerlo a mi lado, y sé que debo difundir su palabra. Sé también que muchas personas no querrán oír, o pensarán que estoy loca, lo tengo muy claro. Pero yo estoy decidida a hacer su voluntad y a decirle a los demás que él es real, que existe”, explica con énfasis y sin pausas intermedias. En este momento, la religión ocupa el centro de su vida. “Las cosas de la fe solo se entienden con el corazón, pero uno no puede quedarse callado. Yo no puedo”.

En este recorrido de cambio y transformación, Margarita nota que su etapa migratoria está llegando a su fin. “Quiero volver a casa -confiesa-. Siento la necesidad de regresar a mi país, a mi ciudad, a mi familia”. Sabe que su marido y sus dos hijos la esperan. “He cumplido con el propósito que tenía cuando me fui. Ahora tengo ganas de abrazarlos otra vez, de contarles todas las experiencias que he vivido aquí, lejos. Y además, regresaré a Honduras a predicar en Evangelio”, adelanta.

“Mi intención es regresar a casa a principios de septiembre, pero dios dispondrá el momento oportuno; yo estoy en sus manos”. Tanto es así que a Margarita no le preocupa su futuro laboral allí. “Nunca me ha faltado nada -dice-. Ha habido momentos duros aquí, pero siempre tuve lo justo para comer y pagar una habitación. Dios siempre me ha provisto de lo indispensable para seguir adelante, así que estoy tranquila. Cuando llegue a mi pueblo, Copán, volveré a empezar una vez más. Todo en mi vida es un nuevo amanecer; siempre estoy comenzando”.

2014 América Central Ellas

212 | Ana María

La búsqueda de oportunidades es uno de los motores más potentes que existen. Puede llevar a alguien muy lejos de casa, sobre todo cuando allí se agotan las opciones, los rincones donde buscar. Eso fue, precisamente, lo que le pasó a Ana María. Un día miró a su alrededor y comprendió que, para salir adelante, debía salir del país.

“Las oportunidades son un sueño esencial para cualquier ser humano y, si no las tienes en tu tierra, solo te quedan dos caminos: resignarte o buscarlas fuera”, expone. En su caso -y aunque no le entusiasmaba la idea-, se decantó por la segunda vía. “Honestamente lo digo: no tenía ganas de marcharme, pero llegó un punto en que la realidad de Honduras era demasiado obvia como para no verla. Había (y hay) desempleo, fallos graves en la Educación, carencias en la Salud, inseguridad ciudadana… La lista es larga”, enumera.

Hace exactamente un año que Ana María hizo sus maletas para viajar de Danlí a Vitoria. Fue un cambio brusco, y no solo por las diferencias del clima. “Hablamos el mismo idioma, pero la cultura es muy distinta y cuesta bastante acoplarse. Abrirse paso en un país nuevo es difícil. Es verdad que al final te adaptas, pero también es cierto que cuesta”.

Eligió la capital alavesa porque su madre vivía aquí. “Ella fue la primera hondureña que llegó a Vitoria hace seis años”, puntualiza. Contar con una referencia familiar en Euskadi la ha ayudado a facilitar el proceso, pero no tanto como cabría esperar: “Mi madre está aquí, pero mis hijos están en Honduras”, explica. “Yo vine para darles una vida mejor, para que tengan esas oportunidades de las que hablaba al principio”.

Al marcharse de Honduras, Ana María tenía un plan. “Como muchos otros emigrantes, yo me había trazado unos plazos y unas metas -señala-. Mi idea era venir por tres años, trabajar y regresar a mi pueblo para estar con mis pequeños y para retomar mis estudios en la universidad”. Lo que no tuvo en cuenta entonces fue que la vida es dinámica y que un cambio de país supone, también, un cambio interior.

“Mi única idea era trabajar y volver, pero una vez que llegué aquí, mi visión del mundo cambió. Después del impacto inicial, comienzas a integrarte, conoces gente y ves más allá de tu circunstancia. Por ejemplo, la seguridad fue una de las primeras cosas que me sorprendieron del País Vasco; poder andar tranquilamente por la calle y sin miedo es un privilegio para cualquier hondureño”, subraya.

Cumplir asignaturas pendientes

Hay más. “Vivir aquí ha ampliado mi perspectiva, mi proyección como mujer, como mamá y como persona. Por suerte, tengo trabajo y, además, puedo cantar, que es una de las cosas que más me gustan en la vida. Me siento activa, estoy en contacto con otras personas, tengo intención de retomar aquí mis estudios y, entre tanto, sigo formándome”, indica.

El periodismo es su asignatura pendiente. “Yo estudiaba en la capital, Tegucigalpa, pero tuve que regresar a mi pueblo y allí no existía la carrera. Hice algunas asignaturas de Derecho para no dejar de estudiar, aunque, al final, no acabé ni una carrera ni la otra. Me interesa mucho la comunicación y todo lo que esté relacionado con ella”, comenta.

Por esa razón, a principios de este mes, Ana María participó como relatora en el II Foro ‘Betty Cariño’, unas jornadas que se celebraron en Vitoria,que se centraron en la comunicación alternativa, la libertad de expresión y la inmigración, y que contaron con el apoyo de la Agencia Vasca de Cooperación para el Desarrollo. “Allí hubo muchos profesionales latinoamericanos compartiendo sus experiencias y debo decir que fue de una enorme enseñanza para mí… En este momento, disfruto mucho de Vitoria. Es una ciudad espléndida y ha logrado que mis planes cambien. Seguiré trabajando, pero para traer aquí a mis hijos”.

2011 América Central Ellas