435 | Larry

De pequeño, su madre le decía: “No te confundas, Larry. Has nacido en Bilbao, pero no eres uno más de aquí. No eres como los demás porque tú eres negro”. Lejos de inculcarle una idea racista del mundo, su madre intentaba prevenirlo ante una realidad que, tarde o temprano, le afectaría. “El racismo existe -confirma él, que prefiere hablar abiertamente sobre ello-. Había racismo hace cincuenta años, cuando mi familia vino a Euskadi desde Guinea Ecuatorial, y sigue habiéndolo hoy, en pleno siglo XXI”.

“No eres uno más porque eres negro”, trataba de explicarle su madre, pero Larry no lo entendía. “Yo era muy pequeño todavía. Además, iba a un colegio de curas donde se hacía énfasis en la paz, el amor y la idea de que todos somos iguales. Me eduqué en ese entorno y lo veía todo normal. No me sentía distinto a mis compañeros ni ellos me veían distinto a mí, y eso que, hasta que entró mi hermano al colegio, yo era el único chaval negro”, relata.

La primera vez que se sintió diferente tenía doce años. “Con mis amigos del barrio y del colegio solíamos colarnos en una fábrica de lámparas abandonada. Cosas de niños, ya sabes. Un día, nos pilló la policía. Éramos varios, pero solo me pidieron el carné a mí”. La situación le sorprendió mucho, quizás por ser la primera. Con el paso de los años, se acostumbró a vivirla a menudo. Sin embargo, la experiencia que lo descolocó por completo fue otra, que tuvo lugar poco después. También se produjo en presencia de sus amigos.

“Estábamos jugando al fútbol. Pateé el balón y, sin querer, le di de lleno a un compañero en la cara. Una faena, pobre; se puso a sangrar por la nariz. El padre se alteró un montón, se puso nervioso y me habló mal. Me gritó. ‘¡Vete a tu país!’, me increpó delante de todo el mundo. Yo no entendía nada, pero aquello me marcó. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había ocurrido y le pregunté: ‘Mamá, ¿de dónde soy?’ Ese día hablamos mucho de Guinea, de nuestras raíces allí, de lo que significa cambiar de continente”.

Ese día nació su interés por África y el asunto de la identidad empezó a volverse complejo. Larry nació aquí, pero tiene doble ciudadanía. Creció en Bilbao, pero vivió varios años en Guinea. Estudió en Euskadi, pero hizo su carrera en una universidad inglesa de Nigeria. Cuando está en España, lo confunden con extranjero. Cuando está en Guinea, lo perciben como español. Y, en paralelo, recuerda los insultos que recibía de niño por ser vasco. “Cuando iba de excursión con el colegio fuera de Euskadi y la gente veía la matrícula de Bilbao, nos gritaba: ‘¡Vascos cabrones, tenéis que moriros!’”.

Sus relatos y anécdotas son muchos, y llegan hasta la actualidad. Los hay más y menos duros, pero todos refrendan lo mismo: los prejuicios entorpecen las relaciones entre las personas, a las que se suele juzgar por el colectivo al que pertenecen antes que por su manera de actuar. “Vasco, negro, inmigrante, gitano, marroquí… No se mira a la persona. Se da por hecho que será de tal o cual manera y ya está. Hace falta información, debates, conversaciones serias sobre estas cosas. Es preciso quejarse cuando corresponde, no solo sobre esto, sino sobre la corrupción, los malos gobiernos, las cosas que nos afectan a todos”, opina, y lamenta la indiferencia social.

Mismas obligaciones, distintos derechos

“Hay manifestaciones por el fútbol, por un reality de la televisión, pero no por los derechos básicos o las injusticias. La gente tiene miedo a sentirse señalada y no participa. Los jóvenes no participan. Los inmigrantes tampoco. Y eso que hay mucho para avanzar. Se dice que todos somos iguales, pero es mentira. Quienes vienen de fuera tienen las mismas obligaciones, pero no disfrutan de los mismos derechos. Pagan impuestos, pero no pueden votar”, observa.

Larry, que dedica buena parte de sus energías y su tiempo al activismo social, viaja con frecuencia a otros países de Europa para conocer de cerca qué iniciativas existen y cómo se pueden implementar aquí. “Muchas veces me dan ganas de llorar porque me doy cuenta de todo lo que nos falta. Es verdad que la situación ha mejorado mucho con respecto a la época de mi madre, pero nos falta un montón para acercarnos al nivel de integración y desarrollo que hay en los países vecinos. A veces no sé si nuestra sociedad está más civilizada o simplemente es más hipócrita que antes”, critica.

Así y todo, él sigue. “En Guinea no hay libertad. En la época de mi abuela había esclavitud, ahora hay una ‘democradura’ y eso es lamentable. Aquí se puede hablar, debatir, intercambiar puntos de vista. Eso enriquece. Por eso lo hago y trabajo desde lo social. El activismo restringe menos que la política”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos Europa

434 | Viktor

Para Viktor Prodan no es posible concebir un mundo sin música. La vida sin Brahms, Chopin o Yann Tiersen –autor de la banda sonora de Amelie– sería menos interesante y más monótona. “Por desgracia, ya no se encuentran talentos así. Poca gente compone a lápiz y goma, casi todo se hace con el ordenador”, lamenta este compositor ruso de 22 años que empezó a tocar el violín a los tres. “En el conservatorio se suele ingresar a los cinco, pero me aceptaron un par de años antes porque consideraron que tenía aptitudes”, detalla.

Y no se equivocaron, porque Viktor hizo su carrera a ritmo de dieces y la acabó antes de tiempo. Se licenció en violín y composición cuando tenía diecisiete años. “Me iban adelantando en los cursos porque aprendía rápido, pero también porque tuve un profesor muy bueno que me exigía un montón y me hacía ensayar entre seis y siete horas al día. Mi profesor era medio judío, medio ruso. Ya te puedes imaginar qué carácter tenía”, dice con tono divertido y entrañable.

El perfeccionismo y la autoexigencia de Viktor son fruto de aquella enseñanza y disciplina que recibió. “A mí no me gusta que me digan ‘qué bien te sale’, ‘qué bonito’, ‘qué bueno’; prefiero que me señalen todo lo que me sale mal”, asegura, antes de aclarar que no es una cuestión de masoquismo sino de superación. “Si un músico solo recibe palabras amables y buenos comentarios, ya no se come más la cabeza y se estanca. Si, en cambio, sabes que tienes cosas para mejorar, seguirás esforzándote. Lo tengo claro: dejaré de estudiar, aprender y ensayar el día que me muera”.

La música lo es todo para él: una pasión personal, un medio de vida que disfruta y un modo de construir relaciones y enlazar a sus afectos. Fue su abuelo quien le descubrió ese universo, llevándolo a conciertos de música clásica y a la ópera desde que era prácticamente un bebé. “El sonido de los instrumentos de cuerda forman parte de mi vida desde entonces. Me crié con mi abuelo, y él me inculcó ese gusto por el arte. Siempre me apoyó y celebró mis avances y mis éxitos”. Cuando Viktor ganó un concurso europeo de compositores, a los trece años, su abuelo le regaló un piano Steinway de cola.

Ese piano, ahora mismo, está en Bilbao. “Me lo traje conmigo cuando vine de San Petesburgo, hace seis años. Reuní dinero y lo traje en avión. No lo iba a dejar allí pudriéndose, ni loco”, explica Viktor, que llegó a Euskadi con diecisiete años. “Mi abuelo falleció, yo era menor de edad y no podía quedarme solo en Rusia. Vine al País Vasco porque mi padre vivía aquí desde hacía muchos años”. De ese tiempo, recuerda que fue difícil y que parecía un “zombie andante”. El cambio fue mayúsculo, entre otras cosas, porque no manejaba el idioma.

Un nuevo lenguaje

“Por suerte, me apunté a la Escuela de Idiomas de Deusto y al año entendía todo. Hablaba lo básico, pero comprendía lo que me decían. Después fui mejorando y me empecé a sentir mucho más cómodo. Ya sabes; empiezas por adquirir el acento y acabas siendo hincha del Athletic”, dice entre risas. “También empecé a trabajar y, de alguna manera, sentí que aquí empezaba una vida nueva. Me dedico a lo que me gusta. Soy profesor de violín, tengo 16 alumnos, y sigo componiendo y tocando música, a veces en solitario y otras, con músicos que he conocido aquí”, resume.

En estos años, Viktor logró montar una sala de estudio donde imparte sus clases, ensayan otros músicos y, cada viernes, hay jam sessions en las que participan profesionales de distintas procedencias y corrientes musicales. “Es difícil encontrar músicos que hagan improvisación de calidad pero, afortunadamente, no es imposible”, opina, y pone en valor la oportunidad que entrañan las fusiones y los intercambios. “Hay que innovar, crear, probar cosas en lugar de limitarse a tocar lo que han compuesto otros”, subraya.

Lo pone en práctica. En ocasiones sale a tocar por las calles del Casco Viejo música propia junto a un amigo. Fusionan el violín con la guitarra y se presentan como Viktor y Kader. Cuenta que, además de disfrutarlo, así conoció a su chica. “Estábamos en la calle Correo, a tope con el violín, y ella se acercó para dejarnos cinco euros. Nos había estado escuchando porque trabaja en un bar que está justo allí. Estuvimos hablando, había algo guay, buen rollo. No te puedes imaginar la pasta que me dejé desayunando en su bar hasta que cogí valor para invitarla a una cerveza”, confiesa entre risas. “La verdad –añade– estoy muy bien aquí, me gusta Bilbao. Además, tengo cosas que aportar. Así como aquí encuentras lo que quieras en deporte y gastronomía, mi país lo tiene en el arte. En Rusia no podría vivir de la música; aquí sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos

432 | Yoel

Yoel García es un buen ejemplo de que las grandes disyuntivas se presentan de manera inesperada. También, de que no hay planes infalibles. Incluso los proyectos mejor trazados pueden desbaratarse y cambiar muchas veces hasta colocar a una persona donde nunca imaginó que estaría. Cuando era un chaval y se apuntó a la Escuela de Variedades para aprender danza y folclore de Cuba, no podía ni imaginar que, algunos años después, montaría en un avión con destino a Madrid. Menos aún que acabaría viviendo en Euskadi y preparando cócteles en un chiringuito vizcaíno.

“Todo empezó cuando conocí a una chica”, cuenta evocando algo que sucedió hace más de diez años. “Ella era azafata de una compañía aérea que viajaba a Cuba con regularidad. Empezamos a salir juntos y estuvimos tres años así. Yo vivía en La Habana y ella en Madrid, pero nos veíamos seguido porque volaba para allí cada quince días. Al principio, era estupendo”, dice Yoel, aunque agrega que “a medida que pasa el tiempo, una relación así te desgasta”.

Comparada con cualquier otra pareja a distancia, reconoce que la suya tenía suerte. Su situación era “mucho más llevadera y más fácil que la de muchas personas que pasan meses sin verse”. Sin embargo, él explica que “hay un momento en el que planteas si puedes o no seguir así. Aunque volar a Cuba era parte de su trabajo, estábamos un poco limitados. Siempre iba ella, también en sus vacaciones, y en cierto modo estaba harta. Empezó a buscar trabajo allí, pero era muy complicado encontrar algo relacionado con lo suyo, así que hicimos al revés. Yo emigré”.

Entre el momento de la decisión y el momento de la partida pasaron unas cuantas cosas y algo más de un año. “Para empezar, nos casamos. Luego empezamos a hacer un montón de trámites, desde el visado hasta el permiso de salida. Y, además, yo estaba estudiando canto y quería acabar el curso antes de marcharme”, explica Yoel, que desde muy joven compaginó sus estudios y su vocación artística con su trabajo tras bambalinas en distintas salas de fiesta. “Ahí fue, de hecho, donde aprendí a hacer gran parte de los cócteles que hago hoy. Tenía amigos profesionales de la coctelería que trabajaban en las mismas salas y me enseñaban lo que sabían”.

De su llegada a España, recuerda la fecha –11 de abril de 2007–, el color “entre amarillo y marrón del paisaje” y, sobre todo, que “estaba como en shock”. Para Yoel, “emigrar fue un cambio radical”. Los colores ocres que vio por la ventanilla del avión le hicieron pensar “en el ambiente árido y seco del desierto”, pero el aire frío que lo recibió al salir de Barajas lo descolocó por completo. “Por poco se me queda la cara tiesa”, recuerda entre risas. Un poco más serio añade que, durante un tiempo, se quedó “como en un limbo”.

Buenos amigos, nuevos horizontes

El paso de los meses, la vida cotidiana y algunos amigos de la infancia que habían emigrado como él le ayudaron a salir de ese limbo inicial y a disfrutar de su nueva vida… hasta que la relación de pareja se acabó, cinco años después de haber venido. Sin embargo, en lugar de plantearse volver a Cuba, Yoel decidió cambiar de ciudad. “Mi país está muy bien para ir de vacaciones. O, quizás, para volver a vivir allí más adelante, cuando las condiciones sean otras. Ahora mismo, tal como está, no me lo planteo. Siempre tienes que estar inventando cosas para sobrevivir. Incluso cuando tienes empleo, tienes que estar inventando. Aquí la cosa no está muy boyante, cierto, pero con un trabajo normalito, vives. Yo valoro mucho eso”.

En sus opciones, habían tres lugares para elegir: Cataluña, País Vasco y Asturias. “En los tres sitios tenía buenos amigos que estaban dispuestos a recibirme para que volviera a empezar por mi cuenta. Al final, elegí Bilbao y, nada más llegar, supe que había acertado. Me encantó. Otra vez veía el mar, el verde de las montañas… ¡era una maravilla!”, describe Yoel, que acabó convirtiendo la coctelería que aprendió en La Habana en su medio de vida en Euskadi. Este verano prepara bebidas en un chiringuito de playa.

“Me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto. Hay que ponerle mucho corazón y hacer cada cóctel con mimo, al menos yo lo veo así. También me gusta mucho vivir aquí. Me parece fascinante el carácter de los vascos, tan diferente al de los cubanos. Siempre se dice de ellos que son cerrados y, en parte, es verdad. Pero solo en parte. Lo real es que son gente maravillosa, y no lo digo por hacer la pelota. He viajado mucho por toda la península y no he encontrado un modo de ser igual. Son fiables, honestos y muy sinceros. Tan sinceros que a veces se pasan y te vienen a pedir disculpas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América Central Ellos

430 | Andrés

Andrés López llegó a Bilbao hace siete años. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y vino reagrupado por su madre, que había emigrado de Colombia un par de años antes que él. “Ella tomó la decisión de marcharse para mejorar nuestra situación económica –relata–. Vivíamos en Cali y teníamos muy pocos medios para salir adelante. La familia nos apoyaba en todo lo que podía, pero nosotros teníamos que buscarnos la vida, como se dice aquí. Teníamos un puesto callejero de comidas. Vendíamos empanadas de carne, arepas con queso y hojaldres para subsistir. Si la palabra humildad equivale a pobreza, entonces éramos pobres”.

Cuando su madre emigró, Andrés y su hermano se quedaron con su tío. Su “papá tío”, como dice él, ya que fue quien los crió desde muy niños. “Es el hermano de mi madre, pero ha sido como un padre para mí. Se involucró tanto en sacarnos adelante que descuidó su futuro personal. Cuando pienso en él, que ahora está solo en Colombia, se me arruga el corazón. Me encantaría que viniera a vernos. Uno de mis proyectos de vida es traerlo”, explica él, que siempre se ha marcado metas a corto, medio y largo plazo. “No siempre consigues lo que quieres, pero hay que seguir intentándolo”.

Uno de los proyectos pendientes –en este caso, de su madre– tiene que ver con la formación. “Ella siempre insistió en que yo debía estudiar. Siempre me dijo ‘quiero que seas alguien en la vida, que trabajes y cobres por algo que tú sepas, no como yo’ –cita Andrés–, pero la verdad es que nunca me atrajo el estudio. No es que lo evitara, pero tampoco lo iba buscando. Terminé mi bachillerato con esfuerzo porque lo que yo quería era ponerme a trabajar. Quería empezar cuanto antes a ganar dinero para ayudar en casa”.

Y eso ha hecho desde que llegó a Bilbao: trabajar. “Trabajar en lo que surgiera; la tarea me daba igual”, reconoce él, que en estos años pasó por la cocina de una conocida cadena de comida rápida, se dedicó “a la logística” en otra empresa que lo contrató como repartidor, y en la actualidad trabaja como auxiliar geriátrico, cuidando por turnos a una persona mayor. “Esta semana hago el turno largo: entro a las nueve de la noche y salgo a la una de la tarde”, detalla. Está contento con el empleo y, aunque en semanas como esta el horario es muy exigente, él saca tiempo para sus afectos y sus aficiones.

Entre los afectos, destacan su mujer y la niña que viene en camino. “Esta tarde tenemos un curso de preparación al parto; esperamos para agosto”, dice ilusionado. Está feliz con la idea de ser padre y formar su propia familia. Entre las aficiones, Andrés destaca la música, un terreno en el que se ha adentrado “con intención de profesionalidad” y con un nombre artístico: ‘Yecko, la nueva firma‘.

Cantante, no artista

“Yo no soy un artista. No puedo considerarme como tal porque no estudié en un conservatorio, y no puedo ir por la vida creyéndome artista cuando no lo soy en mi vida personal. Eso no tiene sentido. Sin embargo, me gusta mucho cantar y, según dicen, se me da muy bien –reconoce–. Tengo este gusto por la música desde que era pequeño. Cuando tenía diez años imitaba a Richie Ray o Maelo Ruiz. Ahora canto más cosas, pero siempre imitando a artistas. Soy cantante de karaoke y me encanta ese género. Cuando cojo el micrófono, lo hago con la intención de que salga lo mejor posible”.

La primera canción que interpretó en público fue ‘Aquí estoy yo‘, de Luis Fonsi. “Fue en un bar karaoke de Bilbao y había mucha gente ese día. Estaba nervioso, pero salió muy bien. Cuando iba por la segunda estrofa, la gente del público que estaba charlando o distraída se dio la vuelta para mirarme”, recuerda, y cuenta que ha vuelto a cantar más veces en ese bar. “El dueño estaba contento conmigo y me dijo que podía ir cuando quisiera”.

Además de esa experiencia, Andrés ha tenido otras ocasiones para cantar en público e, incluso, para grabar un tema propio en un estudio profesional. “Participé en el casting internacional de voces que se hizo en abril, y también en un concurso de karaoke, donde quedé entre los diez primeros. Y lo de la grabación surgió de manera inesperada. Cuando trabajaba en el local de comida, conocí a una pareja. El chico era colombiano, nos pusimos a hablar y resultó ser que él era un artista; su nombre es Varón. Grabé mi canción en su estudio y fue una gran experiencia. Aprendí mucho y habría grabado más si hubiera tenido dinero. De momento, no puedo, pero todo llegará. Creo que lo único imposible es volver de la muerte. El resto se logra con motivación, disciplina y esfuerzo. Y con oportunidades. El País Vasco me ha dado mucho más de lo que me dio mi país”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

428 | Omar

Omar Slama tiene 28 años y nació en uno de los campos de refugiados más antiguos del mundo. Es saharaui, creció en Tinduf. “Aquello es un sitio inhóspito; está en el desierto argelino. Al mediodía, la temperatura puede alcanzar los 50 grados y, por la noche, caer hasta los dos grados bajo cero. La vida allí es muy difícil; nadie está ahí porque quiere. Cuando Marruecos invadió el Sahara Occidental en la década de los setenta, la gente huyó por el único sitio del que no venían las balas”.

Él no había nacido todavía, pero los relatos familiares y de su comunidad mantienen ese momento presente. “Las familias se llevaban ‘el baúl del retorno’ porque pensaban que era cosa de semanas, que el conflicto acabaría y que podrían volver”, cuenta Omar. La actualidad les devuelve una realidad muy distinta en la que ya hay segundas y terceras generaciones de saharauis naciendo en esos campamentos. Llevan cuarenta años asentados en ese sitio y, aun así, la vida allí es provisional.

“Hace un tiempo, estaba recorriendo aquello con un político vasco que quería conocer de primera mano nuestra realidad. Buscábamos una jaima concreta y nos costaba encontrarla. Él observó que si tuviéramos calles, sería más fácil ubicar las cosas. Yo le expliqué que, si hubiéramos querido construirlas, lo habríamos hecho hace mucho. Tenemos nombres de mártires suficientes. La razón por la que no hay infraestructuras es porque no aceptamos quedarnos allí. La gente solo piensa en el retorno, incluso los más jóvenes, que solo han conocido ese lugar”.

A diferencia de muchos otros, Omar tuvo la oportunidad de viajar. Vino a Euskadi en 1997, dentro del programa solidario ‘Vacaciones en Paz‘. Han pasado diez años, pero recuerda muy bien el impacto de los primeros días. “Todo lo que ves te impresiona, desde las piscinas municipales hasta el interruptor de la luz. Te caes de la cama porque no sabes dormir en una, nunca lo has hecho. Te quedas maravillado viendo los grifos del baño. Aquí, giras una rosca y sale agua. En los campamentos, tus padres caminan siete kilómetros para traela en bidones sobre la espalda”.

“’Vacaciones es paz’ es un programa muy beneficioso para todos. Los chavales que venimos tenemos la ocasión de ver mundo. Y los niños cuyas familias acogen, que están acostumbrados a tener todo, valoran mucho más las cosas después de una convivencia así”, pondera Omar, que vino por dos meses y se terminó quedando. “En realidad, este un acuerdo humanitario con unos plazos concretos. No se permite la adopción de niños saharauis. Lo que ocurrió en mi caso es que, cuando llegó el momento de volver, estaba escayolado. Me había hecho un esguince y no podía volar con un yeso en la pierna”, explica.

Oportunidades para los hijos

Sus padres biológicos y los de acogida se pusieron de acuerdo: Omar se quedaría hasta diciembre. “Me apuntaron a clases… y me iba muy bien. Era buen estudiante. Como mi familia de acogida podía hacerse cargo de uno más, volvieron a hablar con mis padres. Decidieron que lo mejor para mí era quedarme aquí. Obviamente, para las madres es muy duro. Se les parte el corazón en dos. Pero, aunque echen de menos a sus hijos, no les cierran las puertas a un futuro mejor, a la posibilidad de crecer, estudiar y desarrollarse de otro modo”, señala.

A día de hoy, Omar es independiente; vive solo y trabaja en una gestoría. Estudió Marketing y Economía en la universidad, si bien dice que lo suyo es la cooperación social y la escritura. “Soy más de letras”, asegura él, que colabora con la publicación digital ‘Un mundo en conflicto‘. Allí analiza y describe el problema que conoce más íntimamente, el de los refugiados saharauis. La reciente muerte del presidente Mohamed Abdelaziz lo ha dejado “abrumado y muy triste”. Desde hace cuarenta años, Abdelaziz “era nuestra cara más visible. Siempre abogó por la paz. Lo hemos aprendido a querer a base de gestos, no de palabras”, dice consternado.

“Los campamentos de refugiados son un drama”, asegura Omar, y es difícil contradecirlo en estos días en que la televisión arroja imágenes durísimas de la población siria. “Viajo a menudo a donde está mi familia; acompaño a personas y grupos que van desde aquí, que cuentan conmigo como guía y como traductor. Lo que ves siempre es duro y te cambia como persona, aunque yo nunca me quedé tan impactado como cuando fui en 2008. Había pasado muchos años sin ir y, al hacerlo, vi cómo la gente dependía de la ayuda exterior; no solo de las organizaciones solidarias, también de sus familiares. Eso me llenó de responsabilidad. Cuando volví a dormir bajo las estrellas, supe que al emigrar había perdido una parte de mí. Aquello me chocó bastante. No sabía si las cosas habían empeorado o yo me había aburguesado”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

427 | Alex

Alex Brizuela es venezolano y llegó a Euskadi en noviembre de 2015. Hacía mucho que pensaba en emigrar, pero tomó la decisión definitiva hace un año, después de sufrir un ataque del hampa que no acabó con su vida de milagro. “Fue el 11 de junio a las seis de la tarde; no se me olvida más. Me atacaron, me secuestraron y me golpearon muy feo”, resume. La situación fue, por lejos, una de las peores experiencias de su vida, y estuvo amplificada por un entorno que le ayudaba poco a olvidar.

“No fue una cosa aislada. Venezuela está mal. Los principales problemas son la escasez y la inseguridad. Con respecto a la escasez, no es solo que falten artículos de primera necesidad o comida, es que la inflación le impide al grueso de la población adquirir lo poco que hay. Con números se entiende mejor: en este momento, el salario mínimo ronda los 14 euros mensuales. Un kilo de carne cuesta 4,50 euros. La pasta de dientes, 1,50… ¿Cómo hace una persona para vivir con esos precios? ¿Y las familias que tienen cuatro o cinco hijos? Hay que estar ahí para vivirlo”, dice.

“Luego está el tema de la corrupción y la inseguridad”, continúa Alex, que es ingeniero de profesión y que también sufrió rechazos en el ámbito laboral y universitario por no ser afín al gobierno. “Tengo un buen currículum y, cuando buscaba trabajo, siempre me seleccionaban… Hasta que descubrían que no había firmado a favor del régimen. Entonces, el proceso se truncaba. Súmale a eso los robos, el hecho de no poder confiar en nadie o que a las seis de la tarde tengas que estar metido en casa porque la calle es peligrosa. Han violado todos los derechos de las personas”.

El secuestro y la paliza del año pasado fue la gota que colmó el vaso. Aunque llevaba tiempo pensando en marcharse y evaluaba distintas opciones migratorias, fue a raíz de aquel suceso que tomó la decisión. “Nuestra primera opción era Canadá –dice en un plural que abarca a su mujer y sus dos hijos–. Pero finalmente elegimos Euskadi. Tengo sobrinos que viven aquí desde hace más de diez años, y conocidos de Venezuela que residen en Barakaldo y Bilbao. Si vas a empezar de nuevo, mejor estar donde está tu familia o tu gente”, reflexiona.

Alex viajó solo. Poco después, llegó su mujer. Los hijos del matrimonio se han quedado en Venezuela con la abuela, hasta que la pareja los pueda traer. “El vacío que se siente es muy grande. Es duro pensar en tus hijos y tus familiares viviendo allí cuando sabes lo que hay. Es difícil, pero nada es imposible. En ese sentido, mi meta es clara. No miro atrás ni a los costados, siempre miro hacia adelante. Sé que estaremos bien aunque cueste”.

La música, una salida

Pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas positivas que le ha brindado la emigración es poder reencontrarse con una de sus grandes pasiones: la música. “Siempre he cantado. Toco instrumentos de cuerda desde que era un niño. Cuando tenía ocho años, ya tocaba la guitarra, el cuatro y la bandola. Soy de Estado Guárico, así que lo mío era la música llanera, el folclore de mi país”, relata Alex, que ya ha actuado varias veces en Euskadi y ha encontrado en su vena artística una vía laboral.

“Empecé poco a poco, a través de conocidos y amigos. Obviamente, aquí no hago folclore. La música llanera no se conoce, así que al llegar al País Vasco me tocó cambiar de género. Aquí hago salsa, merengue, bachata, cumbia, baladas, rancheras… Es decir, hago todo lo demás”, cuenta con simpatía. “La verdad es que me adapto –agrega–. Cuando grabas un álbum quedas más encorsetado en un tipo de música. Pero cuando estás empezando, puedes permitirte experimentar y probar. Yo canto a demanda, no tengo problema. Me gusta complacer a la gente”.

Alex explica que buena parte de su público son otros latinoamericanos. Algunas celebraciones de otros colectivos, como el día de la madre de Bolivia o de Paraguay, han contado con su presencia. “El latino es muy alegre, tiene chispa y es extrovertido. Yo elijo canciones románticas pero también movidas y divertidas. A los vascos les gusta mucho el rock. Es bonito conocer a otras personas y aprender cuáles son sus gustos”, comenta él, que aquí ha tenido la ocasión de empaparse de otras culturas.

Ahora bien, ¿es posible sentir que uno ha emigrado cuando en el país de destino se habla tanto sobre el país de procedencia? Alex sonríe. Para él, es un poco raro ver que la política de España se disputa en Venezuela. Sin embargo, no duda en enumerar las diferencias. “Lo primero que me gustó de aquí fue la seguridad. Luego, la limpieza. Que una ciudad esté limpia es sinónimo de cultura. Hay una economía estable. Consigues todo. Puede ser que el vasco sea menos alegre que el venezolano, pero te aseguro que no me importa”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos