454 | Ada

Ada Ngomo Meñina sabe que los puntos de partida pueden marcar el camino de una persona, pero no por ello han de ser determinantes ni decisivos. “Nacer en un sitio no significa que debas estar allí toda la vida”, dice esta ciudadana de Guinea Ecuatorial que emigró de su país hace seis años. “En Guinea hay dictadura. ¿Qué clase de vida y de oportunidades puedes tener en un lugar donde hay un régimen autoritario? Yo quería hablar libremente, formarme, conocer otras personas. Y, sobre todo, quería que mi hija tuviera algo mejor de lo que tuve yo”.

Su hija, que ahora tiene doce años, no tendrá que renunciar a los estudios o al trabajo para asumir una maternidad temprana ni dedicar todo su tiempo a las labores del hogar. “Siempre quise algo distinto para ella, que tuviera otras opciones. Realmente, ser madre de una niña fue lo que me impulsó a venir aquí. Mi hija fue mi maleta”, dice ella, y reconoce que el camino no fue fácil. “Nos pasó de todo, como a todo el mundo, pero no me arrepiento de la experiencia. A pesar de las dificultades, lo volvería a repetir. Mi hijo pequeño fue un regalo del viaje. Vivir en un entorno seguro y próspero para mis niños me hace sentir que ha merecido la pena”.

Ada llegó en 2010. Tras pasar unos meses en Madrid en casa de su padre, se trasladó a Durango, donde también tenía familia. “Tenía una prima que, al cabo de un tiempo, se marchó. Yo, en cambio, me quedé. Me gustó mucho el País Vasco y decidí iniciar aquí mi nueva vida. Estuve varios años en Durango, hasta el verano pasado, que me mudé a Balmaseda. La verdad es que desde entonces me siento feliz. Siento que he encontrado mi lugar. En Balmaseda me siento en casa”, subraya con entusiasmo.

Una de las razones que explican ese sentimiento es la existencia de una asociación que se fundó hace algo más de un año, que tiene su sede en el pueblo y que trabaja activamente para promover la integración social, el empoderamiento femenino y -no menos importante- combatir la soledad. “La asociación se llama ‘Nos Unimos‘ y creo que el nombre en sí mismo ya te cuenta muchas cosas. Esta ONG lucha contra la pobreza y la desigualdad sociocultural, pero también fomenta el encuentro. La idea es que la gente que está sola se pueda reunir con otras personas, tanto de aquí como de otras partes del mundo”.

Tejer redes, estrechar lazos

“Una de las cosas que suceden cuando emigras es que pierdes tu red social, tus afectos. De pronto te encuentras sola y, encima, con prejuicios. Porque, aunque seamos de fuera, también tenemos prejuicios acerca de otros países. La televisión nos vende estereotipos a todos. Entonces, puedes quedarte con eso o animarte a conocer personas distintas, de diversos lugares, y formarte tú misma una opinión. A mí me ha pasado, incluso con gente de África, de países como Ghana o Nigeria, de los que no tenía ni idea”.

“En ese sentido -prosigue-, la asociación es una puerta abierta al mundo. Allí hay gente de muchos sitios; del Sáhara, de Cuba, de Camerún, de Euskadi… La presidenta, Clementine, es congoleña; es una mujer increíble que se preocupa mucho de la gente del pueblo, de los mayores que están solos y de la gente que está intentando salir adelante. También es voluntaria en otras asociaciones y trabaja para mejorar las condiciones de vida en países menos afortunados que este. Ella es un ejemplo para muchos de nosotros y consigue, con su manera de ser, que nos respetemos como personas, como seres humanos, más allá de la procedencia o la religión de cada uno”.

Ada pone de relevancia la labor de esta ONG porque participa activamente de las distintas iniciativas y siente que el encuentro le ha aportado calidez. “Los inmigrantes, en general, somos gente que lucha y que busca una oportunidad. Uno no arriesga la vida para venir a robar a nadie. El tema es que, si estás solo, es muy difícil afianzarte y progresar. Para salir adelante siempre necesitas el apoyo de los demás, y esto es igual para todos. Cuando te reúnes te vas dando cuenta de eso, de lo importante que es crear comunidad”.

Los talleres sirven como excusa para “hablar con otras personas y darte cuenta de que no estás sola, de que los demás también han tenido experiencias difíciles. Pero también sirven para adquirir nuevas habilidades. Tenemos una profesora de costura muy buena. Ella es de aquí y viene cada semana desde Basauri. Yo creía que sabía coser hasta que la conocí. Nos ha enseñado a arreglar prendas y dejarlas bonitas otra vez, a hacer los disfraces del colegio para los niños, a ahorrar. Estamos contentos. La asociación está cambiando muchas vidas y no solo la de los inmigrantes”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 África Ellas

435 | Larry

De pequeño, su madre le decía: “No te confundas, Larry. Has nacido en Bilbao, pero no eres uno más de aquí. No eres como los demás porque tú eres negro”. Lejos de inculcarle una idea racista del mundo, su madre intentaba prevenirlo ante una realidad que, tarde o temprano, le afectaría. “El racismo existe -confirma él, que prefiere hablar abiertamente sobre ello-. Había racismo hace cincuenta años, cuando mi familia vino a Euskadi desde Guinea Ecuatorial, y sigue habiéndolo hoy, en pleno siglo XXI”.

“No eres uno más porque eres negro”, trataba de explicarle su madre, pero Larry no lo entendía. “Yo era muy pequeño todavía. Además, iba a un colegio de curas donde se hacía énfasis en la paz, el amor y la idea de que todos somos iguales. Me eduqué en ese entorno y lo veía todo normal. No me sentía distinto a mis compañeros ni ellos me veían distinto a mí, y eso que, hasta que entró mi hermano al colegio, yo era el único chaval negro”, relata.

La primera vez que se sintió diferente tenía doce años. “Con mis amigos del barrio y del colegio solíamos colarnos en una fábrica de lámparas abandonada. Cosas de niños, ya sabes. Un día, nos pilló la policía. Éramos varios, pero solo me pidieron el carné a mí”. La situación le sorprendió mucho, quizás por ser la primera. Con el paso de los años, se acostumbró a vivirla a menudo. Sin embargo, la experiencia que lo descolocó por completo fue otra, que tuvo lugar poco después. También se produjo en presencia de sus amigos.

“Estábamos jugando al fútbol. Pateé el balón y, sin querer, le di de lleno a un compañero en la cara. Una faena, pobre; se puso a sangrar por la nariz. El padre se alteró un montón, se puso nervioso y me habló mal. Me gritó. ‘¡Vete a tu país!’, me increpó delante de todo el mundo. Yo no entendía nada, pero aquello me marcó. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había ocurrido y le pregunté: ‘Mamá, ¿de dónde soy?’ Ese día hablamos mucho de Guinea, de nuestras raíces allí, de lo que significa cambiar de continente”.

Ese día nació su interés por África y el asunto de la identidad empezó a volverse complejo. Larry nació aquí, pero tiene doble ciudadanía. Creció en Bilbao, pero vivió varios años en Guinea. Estudió en Euskadi, pero hizo su carrera en una universidad inglesa de Nigeria. Cuando está en España, lo confunden con extranjero. Cuando está en Guinea, lo perciben como español. Y, en paralelo, recuerda los insultos que recibía de niño por ser vasco. “Cuando iba de excursión con el colegio fuera de Euskadi y la gente veía la matrícula de Bilbao, nos gritaba: ‘¡Vascos cabrones, tenéis que moriros!’”.

Sus relatos y anécdotas son muchos, y llegan hasta la actualidad. Los hay más y menos duros, pero todos refrendan lo mismo: los prejuicios entorpecen las relaciones entre las personas, a las que se suele juzgar por el colectivo al que pertenecen antes que por su manera de actuar. “Vasco, negro, inmigrante, gitano, marroquí… No se mira a la persona. Se da por hecho que será de tal o cual manera y ya está. Hace falta información, debates, conversaciones serias sobre estas cosas. Es preciso quejarse cuando corresponde, no solo sobre esto, sino sobre la corrupción, los malos gobiernos, las cosas que nos afectan a todos”, opina, y lamenta la indiferencia social.

Mismas obligaciones, distintos derechos

“Hay manifestaciones por el fútbol, por un reality de la televisión, pero no por los derechos básicos o las injusticias. La gente tiene miedo a sentirse señalada y no participa. Los jóvenes no participan. Los inmigrantes tampoco. Y eso que hay mucho para avanzar. Se dice que todos somos iguales, pero es mentira. Quienes vienen de fuera tienen las mismas obligaciones, pero no disfrutan de los mismos derechos. Pagan impuestos, pero no pueden votar”, observa.

Larry, que dedica buena parte de sus energías y su tiempo al activismo social, viaja con frecuencia a otros países de Europa para conocer de cerca qué iniciativas existen y cómo se pueden implementar aquí. “Muchas veces me dan ganas de llorar porque me doy cuenta de todo lo que nos falta. Es verdad que la situación ha mejorado mucho con respecto a la época de mi madre, pero nos falta un montón para acercarnos al nivel de integración y desarrollo que hay en los países vecinos. A veces no sé si nuestra sociedad está más civilizada o simplemente es más hipócrita que antes”, critica.

Así y todo, él sigue. “En Guinea no hay libertad. En la época de mi abuela había esclavitud, ahora hay una ‘democradura’ y eso es lamentable. Aquí se puede hablar, debatir, intercambiar puntos de vista. Eso enriquece. Por eso lo hago y trabajo desde lo social. El activismo restringe menos que la política”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos Europa

360 | Miguel

La relación viene de lejos. Comenzó hace casi 240 años, en la actual provincia de Segovia, cuando las coronas de España y Portugal firmaron el Tratado de San Ildefonso. En aquel encuentro, los representantes de ambos reinos acordaron la paz y, para ello, se repartieron ciertas zonas de los territorios conquistados. Dibujaron los contornos de sus dominios, al menos sobre el papel. Como resultado de la negociación, un enclave africano pasó a formar parte de la corona española a través de un virreinato que se encontraba en América Latina.

El enclave africano es, hoy, Guinea Ecuatorial. Es uno de los países más pequeños del continente y el único que mantiene al idioma español como su lengua oficial. De hecho, cuando logró su independencia -hace apenas 47 años- no era una colonia, sino una provincia. No sorprende, por tanto, que durante mucho tiempo la península ibérica fuera, para los ecuatoguineanos, el mejor lugar donde emigrar. El joven país no había cumplido aún su mayoría de edad cuando la madre de Miguel Obama-ndong tomó la decisión de emprender ese viaje. Era 1985. Él tenía solo siete años.

“Yo no vine, me trajeron”, puntualiza ahora, con sentido del humor. “Y la verdad es que no recuerdo mucho de mi país, ni de mi infancia allí. Tengo, sí, alguna imagen del viaje, del avión y de nuestra llegada a Madrid, donde vivimos durante diez años hasta que nos trasladamos a Bilbao. En África vivíamos próximos a Gabón, así que yo hablaba más francés que español. Cuando llegamos aquí fue difícil. La gente me hablaba y yo entendía, pero respondía en francés”, relata.

Aquello del idioma lo marcó. “Cuando vas a vivir a un lugar, cuando estás en un país que no es el tuyo, tienes que adaptarte. El manejo del idioma es fundamental para eso, para integrarte, trabajar, convivir… y también para defenderte”, puntualiza. “Si no entiendes la lengua, estás indefenso. La gente puede aprovecharse de ti”.

Al respecto, tiene varias anécdotas. “Una vez entré en un bar y pedí dos refrescos. Al pagar, me devolvieron menos de lo que correspondía y reclamé. La mujer que me atendía se sorprendió. ‘Ahh, pero qué bien hablas…’, me decía. Cuando tu aspecto físico denota que eres extranjero, te pasan esas cosas con cierta frecuencia”, lamenta. “Si tú me ves, te das cuenta de que soy de fuera, pero si solo me escuchas, tendrás la impresión de que soy de aquí, tan bilbaíno como cualquiera”, añade, y entonces surge una pregunta inevitable:

Y tú, ¿de dónde sientes que eres?
Ahh… la pertenencia -se ríe-. Muchas veces me preguntan eso. Cuando estoy hablando y digo que he nacido en África, la gente no me cree, insiste en que soy de aquí. Y cuando voy a Guinea o a Gabón me dicen lo contrario, que yo no he podido nacer allí, que soy extranjero. Siempre me toca explicar que me marché de pequeño, que me crié aquí, que mis raíces son africanas pero mi formación tuvo lugar en Europa. Yo digo que soy afrovasco porque me siento así, una mezcla de las dos cosas. Que te hagan elegir entre un sitio u otro es lo mismo que te pregunten a quién quieres más, a mamá o a papá. No tiene ningún sentido.

Música y proyectos

La relación de Miguel con su profesión -es DJ y productor musical- también viene de lejos, de cuando llegó a Bilbao. “Empecé a interesarme por la música aquí, hace veinte años ya. Primero me metí en un grupo, como cantante. Luego aprendí a pinchar discos y me dediqué a eso a tiempo completo. Ahora sigo, pero ya más tranquilo. Colaboro con un grupo de Santutxu que se llama La Medicina y con algunos amigos artistas, pero estoy más dedicado a la producción y difusión cultural”, explica.

“Obviamente -prosigue-, no es fácil. La situación económica es mala y cuesta mucho mantenerse. Pero la música te da siempre un poco de oxígeno. Disfruto mucho con la parte creativa y trabajo con el aspecto más práctico, el de organizar ensayos, promover artistas, conectar músicos y locales o difundir eventos”.

Miguel explica que Bilbao es, para esto, una “ciudad ideal”, donde existe un “buen equilibrio” entre la tranquilidad de la semana y las posibilidades para salir los fines de semana. “Hay muchos locales y muchos artistas. Las oportunidades existen, pero hay que salir a buscarlas. No puedes quedarte en tu casa esperando a que te toquen la puerta. En este ámbito, como en cualquier otro, es importante tomar la iniciativa, moverse y no desistir. Cuando emprendes, el ‘no’ ya lo tienes desde el principio. Tienes que salir en busca del ‘sí’. Es difícil, pero no imposible”.

2015 África Ellos

151 | Prisca

Nació en Guinea Ecuatorial, pero vive en Lizartza desde hace diez años, junto a su marido y sus hijas. “Nos conocimos durante unas vacaciones y nos casamos en mi país, aunque él es de aquí. Si bien allí existen diferentes ceremonias, la nuestra fue una boda sencilla, por lo civil”, cuenta. Tras la boda, Prisca Asong y su marido decidieron establecerse en la localidad guipuzcoana, donde la población extranjera es escasa y, hace una década, casi no había inmigrantes.

“Fuimos la primera familia multicultural del pueblo y a la gente le llamaba la atención, claro. Se asomaban a la ventana para vernos”, recuerda con una sonrisa. No obstante, matiza que la integración fue muy buena. “A pesar de que los pueblos pequeños puedan parecer círculos cerrados, no siempre es así. Es normal que la gente se asombre cuando llegas porque eres diferente y vienes de otro lugar, pero a día de hoy, somos una familia más; una como cualquier otra”.

Por otro lado, reconoce que el ensamblaje cultural es un proceso lento y, muchas veces, cuesta. Los prejuicios están a la orden del día. “Alguna vez, mientras esperaba a mi esposo en la parada del tren, se me acercaron para ofrecerme dinero a cambio de sexo. Ese tipo de actitudes me parecen humillantes y son tristes; hacen que sientas mucho dolor e impotencia. Es difícil ser una mujer negra en esta sociedad”, relata, y añade que “la forma de superar eso es pensar en las cosas que verdaderamente importan en la vida. Tengo una familia maravillosa y una profesión que me gusta. Los obstáculos que vengan después, ya los sortearé”.

Descontando esos episodios puntuales, que atribuye a la ignorancia ajena, Prisca tiene claro que lo suyo es “una excepción. Empecé a trabajar casi desde que llegué; hace más de ocho años que cotizo a la Seguridad Social, he hecho amigos y soy una persona activa en la comunidad porque creo que, además de recibir, hay que dar. Pero soy consciente de que otros extranjeros no lo han tenido tan fácil. Muchos no tienen acceso al mercado laboral, que es lo básico para poder integrarse, tener una vida digna y ser libre, y otros se han quedado fuera como consecuencia de la crisis. Las situaciones que se generan con eso -subraya- son dramáticas”.

Paradojas y marginación

Perder el empleo es duro para cualquiera, pero en el caso de los extranjeros tiene una desventaja añadida: los permisos de residencia, hasta que no son definitivos, están sujetos a la actividad laboral. Sin trabajo no hay renovaciones, y sin ‘papeles’ en regla no hay trabajo. “Muchas personas se enfrentan a esta situación absurda; gente honrada que lleva aquí varios años, que mantiene a su familia y que, de pronto, se encuentra otra vez en el punto de partida”. dice Prisca que, hasta el mes pasado, trabajaba en Heldu, el servicio de atención jurídica y social del Gobierno vasco. “Es fundamental la Administracion haya creado ese organismo hace años; consciente de que una parte de la sociedad precisa atención especifica para alcanzar la igualdad”.

“Los cursos públicos de capacitación profesional están muy bien -continúa-, pero presentan otro problema: las personas sin documentación no pueden hacer las prácticas. Es decir, están habilitadas para aprender cosas, pero tienen vedada la oportunidad de demostrar su valía”. En su opinión, “estas paradojas aumentan la marginalidad e impide que la gente se relacione con personas de otros países. Crece el desconocimiento, aumentan los estereotipos y se forman guetos. Vivir en Europa del mismo modo que lo hacías en un país más pobre no tiene ningún sentido. Y vivir de la caridad, tampoco”.

Prisca insiste en que el trabajo es fundamental para dignificar a las personas. “Si tú aportas cosas a la sociedad, podrás relacionarte en términos de igualdad. Tenemos que aprender de los países vecinos e, incluso, de este, donde ya empieza a haber tensiones y violencia con los extranjeros por el simple hecho de serlo”, comenta en alusión al ataque xenófobo que sufrieron cuatro senegaleses en Álava hace unas semanas. “Aún estamos a tiempo de frenar los brotes de odio y rechazo”.

2010 África Ellas

40 | Letizia

Cuando le preguntan de dónde es, Letizia Jones responde que «guineana», aunque tenga treinta años y viva en Bilbao desde los diez. El «privilegio» de crecer en Europa no ha achicado su amor por las raíces, pero le ha conferido un curioso matiz cultural. Mezcla de africana y vasca, esta educadora describe los desafíos que supone la integración social.

«Mi familia paterna lleva más de treinta años en Bilbao», dice Letizia, y precisa algo más: «Fueron los primeros negros de la capital vizcaína». También ella lo fue a pesar de su juventud, pues cuando llegó a Euskadi, en 1988, el fenómeno migratorio no era más que una cuestión de anécdotas. «En la época en que vine, nos contaban con los dedos -recuerda-. Era la única chica negra de todo el colegio, y en la universidad me pasó igual. Fui la única africana en todo Magisterio».

Letizia relata que llegó aquí por su abuela, quien quiso darle oportunidades para manejarse después en la vida. «En ese sentido -comenta-, me puedo sentir una mujer privilegiada y con suerte. Ni mi familia ni yo hemos tenido que pasar por el drama de la inmigración en pateras y tampoco por la xenofobia. Jamás he vivido episodios de discriminación ni me he sentido marginada, aunque reconozco que, en los últimos tiempos, la situación general ha cambiado bastante».

Para ella, que trabaja en el sector social, la necesidad de sensibilizar a la población con respecto a las personas que vienen es fundamental. «Hay muchos conceptos estereotipados -explica-, y no sólo de parte de los vascos. Entre los propios inmigrantes no nos conocemos bien, mantenemos prejuicios y no llegamos a darnos cuenta de las muchas similitudes que hay». Como ejemplo, cita un viaje que realizó a Guatemala como parte de un proyecto que impulsó el Gobierno vasco. «Allí descubrí que ese país y el mío no se diferencian en mucho, a pesar de las distancias».

La experiencia de conocer a fondo tres países y tres continentes le ha ampliado los horizontes, «sin duda», pero también le ha reafirmado su sentido de pertenencia. «Si tengo que elegir, me quedo con Guinea, el lugar de donde soy. Eso no significa que reniegue de lo que he aprendido aquí, porque gracias a ello tengo la mente abierta»; una cualidad indispensable para integrarse a pesar de las diferencias y para entender de un modo más crítico a la propia cultura de origen.

Diferencias, también allí

«Si tú hablas por teléfono conmigo, no notas que soy extranjera; no lo sabes hasta que me ves. Así que, cuando decidí buscarme un piso y llamaba a las inmobiliarias, aclaraba de antemano que soy una mujer africana. Más de una vez me pasó que me contestaran algo como ‘Ah… africanos, dice la dueña que no’. Y yo me quedaba pensando cómo era posible que todavía sigamos con estas cosas». El problema de alquilar una vivienda es común denominador para casi todos los extranjeros; pero no que una amiga de aquí «te diga abiertamente: ‘Oye, mi madre es racista’. Eso me ocurrió hace un tiempo -apunta Letizia- y a mi amiga le costó muchísimo decirle a su mamá que yo era africana. Claro que, después, cuando la gente te conoce cambia el chip».

El ‘chip’ del extranjero también cambia con los años, y eso a veces se nota mucho cuando regresa a su país de origen. «La primera vez que volví a Guinea habían pasado diez años y fue un choque brutal. Me afectó mucho ese viaje porque me sentía diferente a los demás. Ahora, que voy más seguido, el impacto ya no es tan fuerte, pero sigue habiendo cosas a las que, por mi educación en Bilbao, no me podré acostumbrar». Tener treinta años, no estar casada ni haber tenido hijos es uno de los mayores contrastes. «En mi país, las mujeres suelen casarse más jóvenes y todavía existe cierto machismo. Desde luego, yo no podría ser sumisa a un marido, así que lo tengo chungo», reflexiona.

Sin embargo, Letizia no descarta regresar de manera definitiva, ya que tiene muchas ganas de hacer cosas por su país y estar más tiempo con su familia materna, que se ha quedado allí. Además, le gustaría tener la suya propia; una meta que ve difícil de lograr con un compañero europeo. «Pienso que a la hora de formar un núcleo familiar, los padres deberían compartir la misma cultura -dice-, en especial cuando uno de los dos es africano». La reflexión, que puede resultar algo extraña, se apoya en una razón: «Mi cultura tiene mucha profundidad y tantísimos matices Aunque el otro la acepte por amor, es muy difícil que llegue a entenderla de un modo cabal. Me cuesta pensar en una pareja que no pueda comprenderse plenamente».

2008 África Ellas