228 | Aliú

Aliú Djolo Kuyate -solo Aliú, para los amigos- es un hombre de pocas palabras. Su tono es suave y habla con mesura, como sopesando cada cosa que dice. Este rasgo ayuda mucho a la conversación pues, en varias ocasiones, su incipiente castellano se transforma en un portugués impecable. “Llegué el 5 de diciembre a Bilbao y estoy muy contento con el lugar y la gente. Eu gosto muito da cultura basca”, asegura este músico africano sin notar que, en mitad de la idea, ha cambiado de tono y de idioma.

Hay quienes atribuyen esta peculiaridad a su origen, porque Aliú nació en Guinea-Bissau; un territorio que fue colonia portuguesa entre 1640 y 1974. Sin embargo, no fue allí, sino en Lisboa, donde aprendió realmente la lengua. El país de Aliú es plurilingüe (tiene una veintena de idiomas) y la mayor parte de los bissauguineanos habla el criollo o ‘creole’. “Claro… es que yo llegué al País Vasco hace pocos meses, pero me fui de mi tierra hace muchos años”, explica antes de precisar que vivió 15 primaveras en la capital lusa.

“Me fui a Portugal, donde vive mi hermano, que también se dedica a la música tradicional, como yo. ¿Y qué más puedo decirte? África está bien y me gusta pero, allí, tu destino siempre está en las manos de Dios”, expone Aliú para explicar los motivos de su emigración. También añade que “las ganas de ver mundo” y “la curiosidad” le han ayudado a moverse. “Siempre quise conocer otros lugares y España me atraía mucho. Estuve en Barcelona y en Madrid, y finalmente llegué aquí. Me gusta viajar porque la cultura cambia mucho de un sitio a otro, aunque estén cerca y sean vecinos”.

“A veces te quedas en un lugar pensando que es lo mejor que vas a encontrar y no te atreves a salir de ahí para mirar lo que hay fuera -prosigue-. Lisboa era una ciudad cómoda para mí; un sitio familiar por el lenguaje, por la cultura y por el tiempo que estuve allí, pero yo tenía ganas de ver otras cosas”. Ese interés le trajo a Bilbao, una ciudad que describe como “muy bonita”, sobre todo porque en ella vive “una gente abierta, simpática y culta. La sociedad es muy amable y receptiva. A los vascos les gusta la cultura y eso es bueno para mi trabajo”, explica Aliú, que comparte su habilidad en las calles y vive de la voluntad del público.

Un fan del metro

“Me gusta tocar en la calle porque puedo mostrar mi cultura a muchas personas y, a su vez, conocer distintos lugares”, dice este músico, que se proclama como el fan número uno del metro. “¡Me encanta! El metro me permite conocer muchos pueblos de Vizcaya y, siempre que puedo, lo hago. Un día estoy en Basauri, al siguiente, en Algorta… Y en todos los lugares me pasa lo mismo: cuando empiezo a tocar la kora, la gente se detiene y escucha. Me pregunta cómo se llama ese instrumento tan raro, cómo se fabrica, de dónde es y de dónde soy”, cuenta Aliú y agrega que no le importa que le interrumpan, pues se siente bien cuando toca “explicando”.

“La kora es un instrumento de cuerdas tradicional, ancestral, que no solo se usa en mi país, sino en toda la región -describe Aliú, entusiasmado-. Cada lugar tiene sus características, pero la música no tiene diferencias: el origen de nuestra cultura es Malí. De allí viene todo lo que somos”, añade. Por supuesto, no se refiere al país vecino sino al antiguo imperio; un extenso territorio del que una vez fue parte Guinea-Bissau, entonces reino de Gabù.

“La kora tiene 23 cuerdas y es un poco más compleja que la guitarra, sobre todo, para afinarla”. En lugar de llevar clavijas, tiene unos anillos de piel que rodean el puente (una caña, en general) y que se suben o se bajan hasta alcanzar el sonido deseado. En cambio, “es un instrumento fácil de construir. Se hace con una calabaza cortada por la mitad y piel de animal, que debes dejar secar al sol. Yo he fabricado unos cuantos, al igual que mis padres y mi hermano. Para mí, esto es algo de toda la vida. Y ahora, que estoy lejos, más me gusta el sonido. La kora es mi pasaporte y, cuando la toco, me siento en casa”.

2012 África Ellos

37 | Saliu

La capital vizcaína va a temblar este sábado, pero no lo hará por el frío, sino por el ritmo musical. Ocho grupos de percusión compuestos por extranjeros y vascos convertirán a San Francisco, Bilbao La Vieja y Zabala en un gigantesco escenario. Mamadú Saliu Djaló, uno de los músicos guineanos, adelanta cómo será la fiesta y repasa su propia historia; la que le trajo hasta el País Vasco, a donde vino buscando a su hermano.

Sentado en una cafetería del Casco Viejo de Bilbao, Saliu -cuyo nombre significa ‘buena gente’ o, también, ‘afortunado’- comparte un relato “bonito” pero, sobre todo, interesante y real. Mientras abre un sobrecito de azúcar y hace girar la cuchara en la taza, repasa “a grandes rasgos” su vida que, como bien se apresura a advertir, “podría servir de base para escribir una novela”.

Nació en Guinea Bissau -“la que fue colonia portuguesa”- y tiene 33 años, aunque su documento de identidad señale que roza los cuarenta. ¿Un error en la inscripción? “Un error… pero buscado”, contesta, y enseguida explica el porqué. “Mi familia no quería que yo hiciera el servicio militar. Allí es obligatorio y allí también hay guerra. Lo que te pagan por ser soldado es una bolsa de cincuenta kilos de arroz, una caja de pescado y diez euros en metálico. Y no estaba dispuesto a dejarme matar por eso”.

Con los funcionarios del Estado disconformes -“hubo un periodo de siete meses en el que no cobraron su sueldo”-, era fácil conseguir cualquier cosa, incluso cambiarse la edad. “Hubo gente que se quitó años y hubo otra, como yo, que se agregó”, detalla. El siguiente paso que dio fue la obtención de su pasaporte para viajar de manera legal. “No vine en patera, lo hice en avión. Y tampoco viajé hacia España. Primero viví en Portugal”.

Llegó a Lisboa en 2001 y allí se quedó siete meses, donde consiguió trabajar sin problemas, con permiso de residencia, y donde pudo empezar a ahorrar. “Yo quería encontrar a mi hermano -recuerda- porque hacía años que no le veía. Él salió de Guinea hacia Cuba con una beca para estudiar arquitectura. En ese momento, en mi país, aún no había universidades, así que mi madre hizo un gran esfuerzo para que él pudiera viajar”. Tras convertirse en profesional, el hermano de Saliu viajó hacia el país luso porque el suyo, “tristemente”, estaba en plena revuelta.

Le perdieron entonces la pista, aunque sabían que estaba en Europa. Sin embargo, cuando Saliú llegó a Portugal, su hermano ya no estaba. “Se había venido a Bilbao”, dice, y añade que él no lo dudó. Con las 470.000 pesetas que había ahorrado, viajó a la capital vizcaína, donde no conocía a nadie y donde no dominaba el idioma. “Llegué a la una y media de la mañana -recuerda-, me subí a un taxi y pedí que me llevaran a San Francisco. Lo único que sabía era que ahí vivían los negros y que podría encontrar a mis paisanos”.

Bastó abrir la puerta del coche para encontrarse con uno que, además, conocía del barrio, en Guinea. No obstante, tardó casi un año en poder abrazar a su hermano. “Me hospedé en la pensión de Nelson, un uruguayo del que acabé siendo amigo. Al principio, desconfiaba un poco de mí, pero me ayudó a estudiar electricidad y, también, a conseguir trabajo. Le debo mucho a él y a la gente que me dio la oportnidad de crecer. Muchos extranjeros cometen errores por falta de apoyo o recursos”, reflexiona.

Terapia musical

Tal vez por esa gratitud y esas “ganas de ayudar a más gente”, Saliu comenzó a vincularse con asociaciones y proyectos que promueven la integración social. Y lo hizo desde la música, ya fuera dando clases de percusión y danza africanas o pinchando discos en fiestas de Nochevieja organizadas para extranjeros que están aquí sin familia y pasan solos la Navidad. “Con más ganas que talento”, tocó un par de veces en el Palacio Euskalduna; una de ellas con Gontzal Mendibil y la otra, con la compañía de teatro Galatea.

Ahora, de cara al encuentro del sábado, se presentará con su grupo -‘Calabaza Grande’- en los exteriores de Bilbo Rock.No estarán solos. Como ellos, otros siete grupos de percusión darán la nota en una muestra musical organizada por la Coordinadora de Grupos de Bilbao La Vieja, San Francisco y Zabala para dar a conocer la riqueza y la diversidad cultural que existen hoy en dia en estos barrios bilbaínos. Los recitales, que comenzarán a las doce en punto, repasarán sonidos de Marruecos, Camerún, Congo, Brasil, Costa de Marfil, Guinea y el propio País Vasco, representado por la txalaparta. “Al final, tocaremos todos juntos y haremos un gran estruendo en la Plaza Corazón de María, donde seguirá la fiesta”, anticipa este guineano sin ocultar su entusiasmo y lo “feliz” que se siente en Bilbao.

2008 África Ellos