La red solidaria que envuelve al Puerto de Bilbao

Alrededor de 70 personas viven acampadas en las inmediaciones del Puerto de Bilbao. Son, en su mayoría, muchachos jóvenes procedentes de Albania que han decidido emigrar a Reino Unido y que tienen muy pocas posibilidades de ingresar legalmente al país. Por eso lo intentan como polizones, en los ferris que conectan las ciudades portuarias del continente (como Bilbao, Santander y, antes, Calais) con la isla. Los chavales —casi todos menores de 25 años—, van en busca de un lugar donde haya trabajo y la perspectiva de un futuro mejor, pero en su camino encuentran no pocas barreras que torpedean constantemente ese proyecto.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Desde 2017 a la fecha, el Puerto de Bilbao se ha blindado a estos migrantes que, pese al nuevo muro de 4 metros de altura que bordea el área, el incremento de la vigilancia y los sucesivos desmantelamientos del campamento donde residen, siguen intentando montarse en los barcos. Durante el año pasado, según las cifras de la Guardia Civil, hubo más de 3.800 intentos frustrados. Más de 50 por persona.

Sobre esta situación, mucho se ha dicho y escrito en la prensa. Casi siempre, desde la perspectiva de las compañías navieras, la Autoridad Portuaria o los transportistas (estos últimos se enfrentan a multas de 2.200 € si desembarcan en Reino Unido con un polizón). De momento, el foco no está puesto en las historias de estos jóvenes, cuyos relatos e ilusiones no son muy diferentes de los de cualquier chaval español, excepto porque sus pasaportes abren menos puertas. Tampoco se menciona la impresionante red de solidaridad ciudadana que se ha tejido en pocos meses para arropar a estos chicos y dignificar mínimamente su espera hasta que tenga lugar la partida.

El artículo que escribí para El Salto aborda estas dos cuestiones. Lo hace de la mano de Merce Puig Zuluaga y Heri Lago-Lekue, dos vecinos de Vizcaya que forman parte de esa red solidaria; y de Shefqet Lami, uno de esos chavales de Albania que llegó hace 6 meses y que, a día de hoy, vive en Barrika. Sus testimonios ayudan a entender mucho mejor lo que ocurre en este punto de la costa vasca. Puedes leer el reportaje completo aquí.

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Artículo

Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

*

P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

Casa en tierra ajena: el derecho a no tener que migrar

El documental costarricense Casa en tierra ajena (UCR, 2017) defiende un derecho del que apenas se habla en los medios: el derecho a no migrar. Es decir: el de que una persona no sea vea obligada a hacerlo, algo que le viene sucediendo a decenas de miles de personas en Centroamérica en la última década. Las guerras civiles pasadas, los gobiernos corruptos, la connivencia de las multinacionales con las élites locales para explotar los recursos naturales o la violencia de las maras son cuatro razones estructurales que explican por qué migran tantas personas rumbo a Estados Unidos o Europa. A su paso por Bilbao para presentar el documental en la Universidad del País Vasco, Santiago Martínez Artavia, director de fotografía, se hizo un hueco para hablar con Un puerto que cambia.

Por Mayté Guzmán Mariscal

El recrudecimiento de las políticas para controlar la migración no es algo reciente. Tampoco lo son los peligros que acechan a las personas que transitan por territorio mexicano rumbo a los Estados Unidos. Sin embargo, las autoridades permanecen ajenas a la seguridad de las personas migrantes: no existen mecanismos formales para documentar las desapariciones, las violaciones de derechos o las muertes de muchas de ellas. Sensibilizar sobre esta realidad y hacer visible esta circunstancia fue lo que inspiró Casa en tierra ajena (Universidad de Costa Rica, 2017), dirigido por Ivannia Villalobos.

Este documental está basado en el libro No más muros, migración forzada en Centroamérica (Editorial UCR, 2015), de Carlos Sandoval, un investigador costarricense con una dilatada trayectoria en el asunto. La cinta fue coproducida por la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Universidad de Costa Rica, y financiada a través de fondos del Consejo Nacional de Rectores. Desde que se ideó hasta que se ejecutó, el proyecto necesitó tres años, y obligó al equipo de rodaje a recorrer unos 4200 kilómetros por Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y México.

Como explica su directora en el siguiente vídeo, se trata de un documental en abierto cuyo objetivo es generar todo el debate posible sobre lo que está sucediendo en Centroamérica. Para ello, no solo recogen testimonios de quienes migran hacia Estados Unidos, sino de quienes se quedan luchando en sus territorios contra el despojo de las multinacionales empresas, soportando la violencia de las maras o el abandono al que se sienten sometidos por sus gobiernos.


Entrevista con Santiago Martínez Artavia | director de fotografía

A su paso por Bilbao para presentar el documental en la UPV, el director de fotografía de Casa en tierra ajena conversó con nosotros acerca de esta interesante propuesta.

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¿Ha tenido algún impacto a nivel de políticas públicas la difusión del libro en que basan el documental, así como el documental mismo?
El libro se ha movido mucho en las ONG y en los espacios académicos, incluso ha llegado a instituciones como la Organización Internacional para las Migraciones. Respecto al documental, las universidades públicas lo han declarado de interés interinstitucional, se ha subido a la plataforma de todas las universidades públicas latinoamericanas, hemos estado en el País Vasco, y ahora iniciaremos una gira latinoamericana. Un ejemplo concreto del impacto es que en Guanacaste, provincia fronteriza con Nicaragua, después de que el Consejo Municipal vio la película, votaron a favor para que la municipalidad cediera un terreno para construir un albergue para migrantes.

¿Qué se esperaba del documental?
No estábamos muy seguros del resultado, pues en la oficina de audiovisual de la UNED es la primera vez que hacemos un documental de esas características. La expectativa más importante era la sensibilización a todos los espectadores del documental, y creo que lo logramos al cien por cien. También lograr un documental de nivel profesional y con profundidad temática, algo que también conseguimos.

¿Ha habido algún seguimiento por parte de la producción de las personas que aparecen en el documental y que estaban en tránsito?
El documental cuenta con una página en Facebook y una web, y ahí seguimos en contacto con algunas personas. También estamos en constante comunicación con las personas que dirigen las casas de migrantes. Con las personas inmigrantes es difícil porque no siempre pueden decir dónde están, el poco seguimiento es lo que hacemos a través de las redes. Hace poco estuvimos en México en la Casa de Migrantes para ver el documental y algunos incluso volvieron a la casa y pudieron verse.

¿Qué ha sido lo más difícil para ti, como fotógrafo, al momento de filmar el documental?
Una de las cosas más difíciles fue  tener tan poco tiempo. La película se filmó en una gira de 10 días por Honduras y El Salvador, y en otra gira de 15 días por Guatemala y México. El resto del material se grabó en Costa Rica. También fue difícil, al menos para mí, entrevistar a estas personas, grabar su testimonio y saber que yo volvería a Costa Rica, mientras ellos se tenían que quedar allí.

¿Fueron difíciles las gestiones para entrar a los centros de detención de inmigrantes del INM, en México?
Sí, estuvimos a punto de no poder entrar; es casi imposible. Fue gracias a los abogados de la Casa de Migrantes en Saltillo; ellos, con su insistencia y sus contactos, lograron que después de varios días de gestiones pudiéramos entrar.

¿Qué otros proyectos tienes en mente?
Este proyecto se planteó como un plan piloto al Consejo Nacional de Rectores para poder elegir otras investigaciones y, a partir de ellas, hacer documentales al nivel de profundidad de Casa en tierra ajena.

¿Has participado en otros proyectos sociales?
En audiovisuales de la UNED, donde trabajo, la mayoría de los trabajos son de corte social y hemos hecho proyectos sobre ecología. También con Ivanna, la directora de Casa en tierra ajena, hicimos la miniserie Mujeres que luchan que tuvo una mención en el reciente festival de Cine Invisible de Bilbao.


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Documentales Entrevista Películas

Puerto de Bilbao: las armas embarcan; los migrantes, no

El puerto de Bilbao encierra una sangrante paradoja. Dentro del perímetro vallado, se envían varios contenedores cargados con material militar a Arabia Saudí, pese a las advertencias del Parlamento Europeo. Al otro lado de la valla, se deshilacha un campamento de migrantes llegados tras la destrucción de los asentamientos en Calais. Las armas viajan hasta la lejana Jeddah. Los migrantes hasta el cercano Portsmouth. Las primeras llegan sin problema; los segundos, no. Las plataformas sociales denuncian graves irregularidades en los buques que cargan armamento y la Autoridad Portuaria declina hacer declaraciones sobre el tema.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Para escribir este artículo, que puedes leer completo en El Salto, he conversado con varias personas. Entre ellas, Ignacio Robles, el bombero que se negó a formar parte de un retén de seguridad al enterarse de que la carga era material militar con destino a Jeddah, y que se enfrenta a un expediente disciplinario por ello. También he hablado con el activista Luis Arbide, que me enseñó unas cuantas cosas sobre navegación, barcos y aplicaciones gratuitas que te puedes descargar para seguirlos desde tu móvil.

He hablado con fuentes de la Autoridad Portuaria, que se mantienen al margen del asunto porque, dicen, el puerto es una infraestructura que da un servicio y tanto los migrantes como las armas son ajenos a sus competencias. He leído unas cuantas memorias del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad para comprobar que, en España, la exportación de armas se ha cuadruplicado en menos de 10 años y que, en efecto, Arabia Saudí es uno de sus principales clientes.

Creo que el mejor resumen de lo que ha estado sucediendo en este puerto es una reflexión de Ana Elena Altuna, de la plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak Bizkaia, con quien conversé sobre los campamentos de personas migrantes que se levantaron en Zierbena, a modo de nuevo Calais: «Para la gente que migra solo hay riesgos y trabas; para las mercancías y las armas todo son seguridades y apoyos».

Enlaces de interés

 

 

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Una historia que no cabe en una maleta

Casi todo el mundo sabe quién es Adou Ouattara, aunque no recuerde su nombre: es el niño marfileño que apareció en una maleta en 2015 en la frontera de Ceuta. Sin embargo, esa es solo una parte ínfima de su historia y la de su familia. El libro ¡Me llamo Adou!, de Nicolás Castellano, reconstruye la parte más desconocida de esa historia y explica las razones que llevaron a la familia a tener que soportar una situación tan humillante, metáfora perfecta de este mundo lleno de infiernos y paraísos, y fronteras inciertas entre ambos.

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

adou-libroEl paso fronterizo de El Tarajal, que separa la ciudad marroquí de Castillejos de la Ciudad Autónoma de Ceuta, trata de controlar el flujo de inmigrantes y el contrabando comercial. Cada día cientos de porteadores, la mayoría mujeres, lo atraviesan con fardos de mercancías cargados a la espalda, que alcanzan los 90 kilos. Son habituales, igualmente, los coches kamikaze y los coches patera. Dobles fondos, escondrijos inverosímiles en el motor, asfixiantes recovecos en la tapicería del salpicadero: todo vale para llegar a Europa. El 7 de mayo de 2015, sin embargo, los experimentados guardias fronterizos se llevaron una sorpresa al pasar una maleta rosa por el escáner y descubrir que, en su interior, viajaba un niño de tan solo 7 años.

«¡Me llamo Adou!» fueron sus primeras palabras, en francés, cuando los guardias abrieron la maleta rosa y le vieron acurrucado en posición fetal, como en el vientre de una embarazada. Pasaban 14 minutos de las 12 del mediodía. Los guardias estaban tan asombrados que uno le pidió al pequeño Adou que no se moviera mientras le fotografiaba con el móvil para documentar el caso. Esas fotos, en pocas horas, dieron la vuelta al mundo.

Como afirma el poeta Luis García Montero en el prólogo de ¡Me llamo Adou! La verdadera historia del niño de la maleta que conmovió al mundo (Planeta, 2017), de Nicolás Castellano, aquellas imágenes ilustraban a la perfección la realidad de las migraciones desde África: «Una maleta que viaja entre esas fronteras inciertas entre los contrabandistas de paraísos y las leyes de ese paraíso».

La gran aventura del padre

Aunque parece el principio, la imagen de Adou en la maleta es solo el final de una larga odisea protagonizada por su padre, Alí Ouattara, que se había embarcado 10 años antes en la gran aventura de migrar desde Abuyán (Costa Marfil) a España. Licenciado en Filosofía y Letras, Alí Ouattara tenía un trabajo estable como profesor; sin embargo, en 2005, la creciente tensión política en el país hizo que tomase la decisión de irse. Dejó atrás dos hijos, Michael de 12 años y Mariam de 2, y una mujer embarazada de un tercero, Adou.

Durante un año deambuló por el norte de África. Las mafias lo estafaron, pero sobrevivió dando clases particulares y gracias a la ayuda de otros marfileños que encontró en su viaje. Entre tanto, nació Adou en 2006. Sin dinero para continuar, Alí Ouattara dudó varias veces si volver a su tierra; sin embargo, el apoyo incondicional de su mujer lo animó a continuar con el proyecto migratorio y llegar a Canarias por la ruta de los cayucos. A falta de dinero, el padre de Adou participó en la construcción del cayuco que debería transportarlo. La travesía fue complicada: el motor se averió a mitad de camino… Por suerte, uno de los 29 pasajeros era mecánico y lo arregló, y la embarcación llegó hasta Fuerteventura.

Gracias a la Cruz Roja y a una ONG, Alí Outtara consiguió un trabajo fijo en una lavandería. Eso sí, a cambio de esa estabilidad laboral, y para regularizar su situación, debió permanecer los 3 años siguientes en España. Tuvo que conformarse entonces con llamar por teléfono a su familia y ahorrar dinero para ir a visitarla algún día. Regularizada su situación, en 2010, pudo viajar a Costa de Marfil y conocer al fin a su hijo Adou. A su regreso a Fuerteventura, comenzó a ahorrar para emprender el proceso burocrático de reagrupación familiar. La primera en llegar fue Lucie, su esposa, en mayo de 2012. Los tres hijos quedaron a cargo de la abuela materna en Abuyán, adonde Lucie viajaba cada 6 meses para visitarlos.

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Ali Ouattara abraza a su hijo en la playa.

A Lucie y Alí Ouattara les hubiera encantado reagrupar a sus tres hijos; sin embargo, debieron hacerse a la idea de que eso iba a ser muy complicado. De hecho, el propio Alí había descartado hace tiempo la idea de traer a Michael, el primogénito, porque era mayor edad, algo que convertía esa posibilidad en una tarea burocrática casi inviable. Así, Lucie y Alí empezaron por reagrupar a Mariam, la hija mediana, que llegó el 26 de abril de 2015 a España. Tan solo 11 días después, su hermano Adou aparecería en en una maleta en Ceuta.

Violencia legislativa

Si Adou llegó a Ceuta en una maleta es porque la Administración española aplicó (mal) la Ley de Extranjería al menos tres veces. Su padre solicitó el derecho a reagrupar a su hijo en 3 delegaciones, y en todas le denegaron el permiso porque los ingresos del grupo familiar eran insuficientes. O, para ser más exactos, «por los dichosos 56 euros que le faltaban en la nómina para llegar al mínimo estipulado para reagrupar a los dos menores».

Cuando la abuela de Adou murió, lo que era una situación dolorosa para la familia Ouattara se convirtió de un día para otro en una situación desesperada. De ahí que Lucie y Alí debieran recurrir a una solución de urgencia: pagaron 5000 euros a unos contrabandistas a cambio de que Adou cruzase la frontera a bordo de un lujoso coche conducido por un hombre con contactos en la frontera y la policía. «El dinero», les dijeron, «serviría para costear todos los gastos del viaje y para sobornar a quien fuera necesario y que el niño obtuviera un visado».

Cuando llegó la fecha de cruzar, Alí viajó a Marruecos para reunirse con su hijo y los contrabandistas. Mientras esperaban el día indicado, padre e hijo pasearon por la playa del Tarajal. Adou, al vislumbrar la otra orilla, preguntó por qué no cruzaban en una colchoneta, sin saber que, 3 meses antes, 15 jóvenes habían muerto ahogados a escasos metros de la costa por la desmesurada intervención policial. En la única reunión con el traficante marroquí que tuvo Alí Ouattara, este le dijo algo que no entendió del todo; le aseguró que no habría problemas para pasar al niño a España… «porque no es muy alto». Nunca imaginó que eso significaba que su hijo acabaría en una maleta.

De hecho, la madre de Adou se enteró de lo sucedido porque una prima vio la noticia en la televisión. «Si los políticos europeos o los africanos —afirma Lucie— pudieran encontrar el camino para que los pobres pudiéramos tener trabajo y una vida digna, la gente no vendría aquí en barcas, ni dejarían a sus familias allí». A lo que Antonia Palomo, jefa de Área de Menores de Ceuta, añade: «La gran reflexión que hay que hacer es qué ocurre en la legislación española con la reagrupación familiar para que se tenga que acudir a estas vías desesperadas».

Por suerte, la foto de la maleta logró con Adou lo que sus padres no habían conseguido ante la Administración: obtuvo el permiso de residencia en 14 días. El revuelo mediático ocasionado sirvió para que «Adou pasara a la historia como el menor extranjero que, después de haber entrado irregularmente en España, obtuvo más rápidamente los papeles para instalarse legalmente en el país». Además, la familia Ouattara recibió el respaldo de la Oficina del Defensor del Pueblo: «la Delegación del Gobierno en Canarias no aplicó correctamente la ley, porque los padres del niño marfileño sí cumplían realmente con todos los requisitos».

La presión mediática

La historia, eso sí, no iba a tener final feliz (o no de momento). Casi a la par que Adou obtenía su permiso de residencia, su padre era acusado de ser un traficante de personas. Es más: estuvo 32 días encarcelado en Los Rosales (Ceuta) mientras la Justicia le efectuaba la prueba de paternidad y verificaba que no pertenecía a mafia alguna. Después vinieron la libertad bajo fianza y la retirada del pasaporte, a la espera de que se celebre el juicio. La pena de cárcel para Alí Ouattara puede llegar a ser de 3 años.

Lucie, Mariam y Adou, a finales de 2015, se mudaron a la ciudad de Aubervillier, a las afueras de París. El revuelo mediático por la foto provocó que la familia Ouattara no pudiese salir a la calle en Fuerteventura sin que la atosigasen con fotos y preguntas. De hecho, Adou estaba harto de que lo llamasen «El niño de la maleta». Además, su madre, que solo hablaba francés, necesitaba trabajar para sufragar los gastos judiciales y familiares.

Dado que él no podía salir del país, Alí Ouattara se trasladó a Bilbao, donde reside un buen amigo suyo que podía echarle una mano. Allí, a casi 1000 km de su familia, espera sus visitas periódicas. La migración y el trabajo duro le han dejado secuelas en la espalda, así que ahora confía en que los estudios y los varios idiomas que habla le abran la puerta a trabajar como recepcionista en algún hotel. Entre tanto sigue su pelea con la Administración: si bien en 2016 «había cumplido los diez años de residencia que le exige la ley para aspirar a la nacionalidad española», no ha podido tramitarla aún… El juicio pendiente se lo impide.

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El deporte ocupa un lugar importante en la vida de Adou.

Por su parte, Adou sueña con ser futbolista, y no médico, como le gustaría a su padre. Juega en los benjamines del FCM Aubervillier y «admira a Didier Drogba, pero su verdadero ídolo es otro delantero, la estrella del FC Barcelona y de Argentina, Lionel Messi». Algún día le gustaría defender los colores del Barça o del París Saint-Germain, además de los de Costa de Marfil. Según Nicolás Castellano, sería deseable que este libro sirviese al menos para que esa —la de si vale para futbolista profesional— sea la única barrera que encuentre Adou, y que no tenga que enfrentarse a «más fronteras europeas, convertidas en verdaderos muros contra los que se estrellan miles de vidas».

¡Me llamo Adou! nos habla de que las personas somos algo más que una noticia de actualidad; somos, sobre todo, la historia personal que cargamos en nuestra maleta vital. El libro también es una llamada de atención sobre la desmesurada «violencia legislativa» que ejerce nuestra Administración sobre las personas migrantes establecidas legalmente en España. «El deseo de una familia de reunirse con sus seres queridos —escribe Castellano— no debería tener un baremo económico, y lo que es más importante, no puede prevalecer el dinero sobre el interés superior del derecho del menor a estar con su padre».

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El autor, Nicolás Castellano, y Ali Ouattara enseñan el libro.

Por eso, llegados a este punto, quizá lo más sensato sea escuchar lo que opina el propio Adou de su situación:

Le diría al Gobierno español y a todos los de Europa que son idiotas […] Hay que dejar venir a los niños que huyen de la guerra o de la miseria o para estar con su familia. Es algo que tiene que permitirse a los niños.

P.D.: para conocer más a fondo a los protagonistas de esta historia, puedes ver la entrevista de Espejo Público o escuchar al autor del libro en Cadena Ser.


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Libros

Borderline: la estética amable de las fronteras que propone Valerio Vincenzo

Borderline es un proyecto fotográfico profesional que comenzó hace 10 años y que, a finales de febrero, podrá adquirirse en formato libro. Muchas de las fotos que lo conforman se pueden ver aquí, en su página web, o aquí, en un reciente artículo del diario El País. Se trata de una colección de imágenes que muestran el aspecto actual de las antiguas fronteras interiores de Europa, aquellas que definían de manera nítida la silueta de los países y que se han ido diluyendo tras la entrada en vigor del acuerdo de Schengen. El origen de este trabajo, sin embargo, es anterior: nace de una experiencia personal de Valerio Vincenzo, el autor de las fotos, cuando estuvo en París en 1995.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

borderline-vincenzoVincenzo, que es italiano, se encontraba en Francia ese año como estudiante de intercambio. Cuando las clases terminaron, decidió quedarse algunos meses más. «Como italiano, obtener mi permiso de residencia en Francia fue una verdadera carrera de obstáculos. Siempre faltaba algún documento que nunca antes me habían pedido. Recuerdo que me citaron en varias ocasiones desde el cuartel general de la policía. La última fue tan solo para firmar con tinta negra un documento que, descuidadamente, yo había firmado en azul –detalla para ilustrar el absurdo de la burocracia–. Pocos meses después de obtener los preciados documentos que me permitían permanecer en suelo francés, esta enorme maquinaria administrativa se derritió como nieve bajo el sol: Italia empezó a formar parte del Área Schengen. Para la administración francesa, yo ya no era un migrante italiano, sino un nacional europeo. Ya no había más necesidad de mostrar certificados, ni de rellenar formularios y firmarlos en negro para poder vivir allí».

El origen más íntimo de Borderline se encuentra en esta vivencia, aunque tuvieron que pasar varios años para que Valerio Vincenzo se lanzara a recorrer Europa para fotografiar las fronteras. Su trabajo fue galardonado en 2013 con el Premio Louise Weiss de periodismo europeo y fue nominado para los premios Canon Silver Camera de 2016 en Holanda.

Ahora, en 2017, cuando los muros y las divisiones vuelven a levantarse con vehemencia –ya no solo en el terreno, sino en las mentalidades y los discursos–, su proyecto tiene más valor todavía. Por eso, cuando descubrí las fotos, me puse en contacto con él, para conocer mejor las ideas que sostenían la cámara. En respuesta, Vincenzo me envió un avance del texto que ha escrito para su libro. Desde mi punto de vista, estos son los 5 aspectos más relevantes:

1 | El interés por la huella de un paso de frontera

La primera imagen de la serie se inspira en una foto que hizo Henri Cartier-Bresson en 1969, en Bailleul, en la frontera de Francia con Bélgica. Casi 40 años después, Valerio Vincenzo fue hasta allí, decidido a fotografiar el mismo lugar y el mismo puesto de control fronterizo. «Quería rendir homenaje a un logro fundamental en la construcción de Europa: la libertad de movimiento. Pensé en hacer un proyecto que pudiera ilustrar ese cambio histórico». La foto de Bailleul marcó el inicio de un periplo de 10 años y decenas de fotos a lo largo y ancho del continente. El trabajo de Vincenzo me ha hecho recordar (y valorar) las muchas veces que crucé fronteras dentro de Europa con total libertad; generalmente, de vacaciones, con un bocadillo en la mochila y a pie:

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2 | El valor relativo de los pasaportes

«La libertad de movimiento está incluida en el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos –recuerda el fotógrafo–. Pero, hoy, este derecho no es el mismo para todos. Por ejemplo, el portador de un pasaporte alemán o suizo puede entrar en más de 150 países sin visado, mientras que las personas con pasaporte afgano no pueden entrar ni en 30». Una interesante infografía de Javier Hernando, publicada en 2014 en United Explanations, muestra de manera muy clara la desigualdad a la que se refiere Vincenzo.

3 | El aspecto de las fronteras: ¿son como imaginamos?

«Buscar ‘frontera’ en las Imágenes de Google arroja un conjunto deprimente de resultados: una sucesión infinita de fotos de muros y alambres de espino. Sin embargo, esta asociación es engañosa: solo el 6% de las fronteras del mundo son barreras. Las fronteras, en la actualidad, tienden a ser lugares de paso». Hemos hecho la prueba y comprobamos que Vincenzo tiene razón: nuestra idea base de lo que es una frontera se corresponde más a las imágenes que nos devuelve Google que a lo que en realidad son en su mayoría. Esto resulta, cuando menos, perturbador. Las fronteras, como las personas, también son víctimas del estereotipo.

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4 | Las tensiones y la pérdida de identidad

«A menudo, se utiliza como argumento que el control de la libertad de movimiento reduce los riesgos de que la inmigración descontrolada diluya la ‘identidad’ de un país. Esta creencia parte de una visión de la sociedad como algo estático, pero la Historia nos muestra que la sociedad no es estática: Europa siempre ha sido un escenario de extensas mezclas», dice Vincenzo. También lo dice la socióloga Saskia Sassen en su libro Inmigrantes y ciudadanos, cuya reseña completa se puede leer aquí.

¿Por qué no ver la inmigración como una palanca capaz de dinamizar una sociedad? «En el sur de Italia, en Calabria, Riace es un ejemplo conmovedor: este pueblo, que perdió casi la mitad de la su población a lo largo del último siglo, ha adoptado en estos años una valiente y exitosa política de refugiados, integrando a quienes llegaban en la vida económica y social del pueblo. El asunto no es minimizar tensiones ocasionadas por el influjo de inmigrantes; es la guetización la que causa estas tensiones, no la inmigración en sí misma». En España, tenemos un ejemplo parecido: la localidad aragonesa de Binéfar.

5 | La importancia de aprender la lección (y corregir la tarea)

«He cruzado estas fronteras libremente demasiadas veces como para aceptar un retroceso. A lo largo de estas fronteras he visto demasiados monumentos conmemorativos de paz y fraternidad entre naciones como para aceptar la idea de ver estos lugares volver a convertirse en zonas militarizadas. He oído demasiadas historias de parejas, familias, pueblos y comunidades enteras destrozados por divisiones irracionales. He visto demasiados restos de todo tipo de barreras como para no indignarme por los nuevos muros y alambradas de nuestra época. ¿Acaso estas nuevas instalaciones no contradicen lo que la Historia nos ha enseñado? Y en Europa tenemos mucha historia de la que podemos aprender».


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