362 | Thomas

Decidió venir a Bilbao mientras estaba en una cafetería de Seattle. En ese entonces, hace ya cuatro años, vivía en Estados Unidos, el país que había elegido para estudiar en la universidad. Cuando ocurrió lo de la cafetería, Thomas Komair ya había terminado su carrera y trabajaba en el departamento de I+D de Digipen, un prestigioso instituto tecnológico. “Estaba allí, se me acercó el director y me preguntó: ‘¿Te gustaría trabajar en Bilbao?’ Le respondí enseguida que sí. Tenía ganas de estar más cerca de mi familia y mis amigos, que están repartidos entre Londres, París y Beirut. Además, con 22 años, no tenía ataduras y me apetecía un cambio”.

Thomas viajó a Euskadi para poner en marcha la sede europea del instituto -especializado en en desarrollo de videojuegos-, donde en la actualidad es profesor. “Al principio fue difícil por el idioma, si bien estudié castellano para poder comunicarme. Tenía muchísimo trabajo, recién empezábamos. Estábamos ubicados en la Cámara de Comercio de Bilbao y teníamos que hacer de todo, además de enseñar, así que durante el primer año casi no tuve vida social”, cuenta con humor. “Después fui haciendo amigos. Uno de ellos acabó siendo mi compañero de piso y ahí empecé a relacionarme más”.

Lo del idioma, para él, es un asunto fundamental. “En el trabajo no hay problema, porque las clases se imparten en inglés. Todos los cursos, el material didáctico y el lenguaje de programación están en inglés. Pero después está la vida en la calle, donde poder tener una conversación más o menos fluida es muy importante. A los vascos les gusta mucho hablar y, si no puedes seguirlos, si te quedas corto, pierden el interés”, señala Thomas, que a pesar de su juventud tiene bastante experiencia en adaptarse a diferentes entornos.

De madre francesa y padre libanés, Thomas nació en Francia, pero se fue a Beirut cuando tenía cinco años. “Mi padre es médico y se trasladó a trabajar allí, así que nos mudamos con él. Viví ahí hasta los dieciocho, cuando me marché a Estados Unidos a estudiar. Mi mentalidad profesional es estadounidense y técnicamente soy francés, aunque me siento más libanés que francés, ya que toda mi infancia transcurrió allí. Las calles que recuerdo, donde jugaba a la pelota, son esas”, describe. “En cuanto a Bilbao -añade- es una ciudad en la que me siento muy cómodo. Vivir aquí ha sido mi elección, y es algo que me planteé a largo plazo. Cuando cambias tanto de país, hay un punto en el que te cansas de rehacer tu vida”.

Thomas explica que se siente “adoptado” por la ciudad y su gente. El País Vasco le ha dado la oportunidad de estar más cerca de su afectos, pero también de estrechar nuevos lazos mientras se desarrolla en el plano profesional. “Disfruto mucho de mi trabajo porque el área que tocamos es muy creativa. Los videojuegos están en su mejor momento y esta es la carrera de moda; tiene futuro. Además, una vez que sabes desarrollar un videojuego, aprendes a desarrollar otras aplicaciones. La carrera combina la formación informática con la artística”, detalla.

Y añade un dato tan curioso como que, “durante dos dos primeros años, apenas tocas el ordenador. Aprendes a dibujar, estudias anatomía, diseñas personajes y te formas en animación y en crear las historias”. De hecho, uno de los principales retos para él, como profesor, es gestionar el entusiasmo inicial de sus alumnos. “Antes de correr hay que aprender a caminar. Hacer un videojuego es fácil… Pero hacer un buen videojuego no lo es. Se requiere mucha formación, horas, constancia y saber trabajar en equipo”, subraya. “Si el proyecto es serio, tienes que pensar en unas veinte o treinta personas trabajando durante dos años, más las campañas posteriores de marketing”.

Abuelas con smartphone

Thomas pone especial énfasis en esto último, ya que es una de las claves del éxito. “Existen videojuegos muy, muy simples, que ni siquiera son nuevos, porque están basados en otros más antiguos, y que sin embargo arrasan. Muchas veces surge la pregunta de cómo es posible que un juego tan pequeño y tan básico funcione así de bien. Y hay tres razones fundamentales. Una es el presupuesto invertido en marketing y publicidad. La otra, que son juegos gratuitos, al menos en su versión básica. Y la tercera es que están pensados para dispositivos móviles. La plataforma ya está en el bolsillo de todo el mundo. ¡Hasta mi abuela tiene un smartphone!”.

Así y todo, él reconoce no ser un buen cliente potencial. “Juego muy poco porque tengo poco tiempo libre y me gusta disfrutar de la vida aquí, que se hace en la calle, no en casa. Salgo al monte con mis amigos y mi novia, hago deporte… Y no soy un buen compañero de videojuegos, ya que me pongo a analizar las cosas, me fijo en los detalles, en lo que está mal. ¡La gente se aburre jugando conmigo!”

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2015 Asia Ellos Europa

335 | Joannès

Joannès Berque es ingeniero oceanógrafo. Su especialidad es la energía marina, desde la eólica offshore hasta la que se genera en las olas y en las corrientes del mar. Hace dos años llegó a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el parque tecnológico de Zamudio, e investigar en el desarrollo de las energías renovables. “De todas las cosas que me gustan de aquí, la más importante para mí está en el plano profesional, en tener la oportunidad de trabajar en el campo que más me interesa”, dice él, que también destaca la apuesta que se ha hecho por las renovables en el País Vasco.

Desde su punto de vista, aquí hay un gran interés empresarial “en los temas estratégicos de futuro y una coherencia política que se ha sostenido en el tiempo y ha permitido desarrollar industrias y empresas tecnológicas muy fuertes, capaces de competir con las mejores del mundo, y ganar”. Después de haber vivido y trabajado en distintas partes del planeta, es consciente de que esta apuesta es bastante excepcional. “No es el caso en otros lugares”, sostiene, al tiempo que apunta los diversos beneficios de la energía eólica.

“Soy ingeniero, no un experto en política o economía capaz de explicar por qué cuesta tanto hacer el cambio hacia las energías renovables -matiza-. Es un largo tema de debate. Lo que sí puedo decirte es que las renovables han recibido una financiación pública muy pequeña comparada con lo que se invirtió para desarrollar la nuclear hace unas décadas. Por otra parte, cuando pagamos por la electricidad, no es lo mismo que el dinero se use para importar combustibles fósiles a que se use para las renovables, que crean muchísimo más empleo y que pagan impuestos. Solo contabilizando esos beneficios, ya es más barato el viento que el gas. Y a eso hay que sumar que, si se avanza en la sostenibilidad y la seguridad energética, le dejaremos un problema menos a nuestros niños”, subraya.

Hace este apunte como profesional y como padre que, por cierto, valora mucho el trato que reciben los peques en Euskadi. “Me gusta que la sociedad vasca sea tan atenta con los niños pequeños. Hay detalles, como ir a un restaurante con un bebé, que en otros lugares es más complicado y menos agradable que aquí”, expone Joannès, que nació en Japón, creció en Francia y ha vivido en Mauritania y Estados Unidos. “Me resulta difícil imaginar cómo sería yo mismo si no tuviera esa experiencia de diversidad. Lo que sí sé es que un objetivo esencial de mi vida es conocer varias culturas, varios paisajes y diferentes maneras de ver el mundo”.

Tokio, un comienzo

Sabe bien de lo que habla, y no solo porque ahora sea inmigrante, sino porque él mismo es fruto de la mezcla cultural. “Mi padre es francés y fue a Japón a investigar el uso del espacio en ese país. Ahí conoció a mi madre, que es japonesa y había ido a Tokio a estudiar”, resume. “Muchas veces me preguntan si me considero más japonés que francés, o viceversa, y creo que me siento ambas cosas. En Japón me siento más francés, en Francia me siento más japonés… y en terreno neutro, como cuando trabajé en África, me siento realmente los dos, aunque la identidad allí está marcada principalmente por la diferencia enorme que supone proceder de países más ricos desde el punto de vista material”, reflexiona.

Así, cuando le preguntan por la interculturalidad, él ofrece una respuesta ambivalente, que tanto podría aplicarse a las renovables como a la convivencia social. “La diversidad cultural tiene un potencial fantástico de enriquecer a las personas, las familias o las sociedades. Pero no es algo automático. La integración es difícil y puedo decir que he visto a personas o familias que no han podido disfrutar de este potencial y, al fin, han sufrido mucho por ello. Hoy esta es una de las cuestiones más acuciantes que surgen en los países, como consecuencia de la globalización, que ha permitido vincular y mezclar culturas que eran completamente ajenas hace veinte años. Supongo que el éxito o el fracaso dependerán de nuestras decisiones y de las culturas con las que interactuamos”, apunta.

También añade que él es “optimista” en este tema. “Una razón es que ya hubo antes otros retos de este tipo y, en la mayoría de los casos, se resolvieron bien. Por ejemplo, aquí en Euskadi, hubo una gran afluencia de personas de otras partes de España, que venían del campo a la industria, y de su pueblo a las ciudades vascas. Eso es un reto cultural muy serio que tuvieron que encarar tanto esas personas como la sociedad vasca que les acogió. Al final, dio buenos resultados, pero no debemos subestimar la dureza de la vida de los inmigrantes de esa generación, ni la transformación enorme que tuvo que asumir la sociedad local para manejar el reto con éxito -matiza-. Ahora, con culturas aún más diferentes y que llegan desde más lejos, quizá el reto sea mayor, pero en muchos sentidos se parece al que le precedió”.

2014 Asia Ellos Europa

203 | Alexandre

Para muchos extranjeros, Euskadi es un destino inesperado y casual, o está ligado a referencias familiares y afectivas. Para Alexandre Paris, no. Ni llegó aquí por casualidad, ni tenía amigos esperándole. En su caso, la decisión de trasladarse al País Vasco fue meditada con tiempo… tanto que él mismo la define como una “elección estratégica”: la “mejor opción” para él y su mujer, que es logroñesa.

La historia personal y la trayectoria profesional de este ingeniero francés son vitales para entender ese paso. “Nací en París, pero viví en Burdeos desde que era muy pequeño hasta que cumplí 21 años”, relata. Entonces regresó a la capital. Allí estudió ingeniería industrial en la ENSAM – la Escuela Nacional Superior de Artes y Oficios-, se especializó en diseño y desarrollo de nuevos productos y comenzó su actividad profesional en Peugeot, durante el último año de su carrera.

Pero Alexandre no se quedó allí. Se marchó de la ciudad… y del país. “Me fui a Inglaterra, concretamente, a Oxford, para trabajar en el centro de I+D de una multinacional americana de envases”, precisa. Lo interesante es que, al cambio laboral, se sumó otro: el personal. Y es que ahí, en la empresa, Alexandre conoció a su chica, una licenciada en Química oriunda de Logroño.

“Vivimos en el Reino Unido durante cinco años, pero ambos queríamos estar más cerca de nuestras respectivas familias -señala-. Empezamos a pensar cómo hacerlo, qué lugares había en el norte de España o en el sur de Francia, hasta que llegamos a la conclusión de que el País Vasco era el sitio ideal, tanto por su situación geográfica como por las posibilidades de crecimiento profesional para los dos”.

Alexandre y su mujer comenzaron a buscar trabajo. 2007 se estrenó con una vorágine de correos electrónicos y entrevistas laborales por teléfono, hasta que surgieron oportunidades claras. “Tras resolver ese asunto, dedicamos los siguientes tres meses a preparar el traslado”, dice este ingeniero que, en la actualidad, es investigador gerente en la División de Innovación y Sociedad deTecnalia. “Mi trabajo consiste en intentar crear oportunidades de negocio para y con otras empresas”, detalla.

Con la casa a cuestas

Meticuloso y detallista, Alex hizo algunos viajes previos a Euskadi para buscar vivienda, ya que no había nadie que pudiera recibirlos al llegar. “Mi esposa y yo alquilamos una casa cerca de Castro Urdiales, donde vivimos durante siete meses, hasta que compramos la nuestra en Leioa”, comenta. Sin embargo, toda planificación fue poca a la hora de hacer el traslado desde Inglaterra.

“Ay… ese viaje -recuerda entre risas-. Fue tremendo, porque vinimos en coche y en ferry, y con los coches cargados a tope. Estuvimos hasta el último día vendiendo y regalando cosas y, aun así, llenamos los dos vehículos hasta arriba. Así nos fuimos conduciendo unos 160 kilómetros, desde Oxford hasta llegar al puerto donde nos montamos en el ferry. Casi no teníamos visibilidad, no podíamos adelantar en la autopista, y nos guiábamos el uno al otro hablando por el móvil”. Eso sí: conectado en modo manos libres. “Inconciencias las justas”, agrega divertido.

Para él, que ahora tiene 32 años y acaba de ser papá, Euskadi es un lugar ideal. “Tiene playa y tiene monte, las ciudades están pensadas para la gente, estamos cerca de nuestros afectos y, en lo personal, me siento muy a gusto”. Cada vez que va a Burdeos, vuelve con algunos quesos de cabra, yogures especiales y confit de canard. Lo trae para a él y “algún que otro vecino”(afortunado, sin duda). “De todos modos -matiza-, aquí se come fenomenal. Si los ingleses hablan del clima, los vascos hablan de comida. Y lo hacen con una exquisitez que da gusto. El pintxo, el colchón de cebollita, el queso idiazábal… Ay, ¡ese queso me chifla!”.

2011 Ellos Europa