Jonally Puzon, sabor filipino para las tortillas de Romo

La primera entrevista con Jonally Puzon se publicó el 7 de junio de 2010, es decir, pasaron 7 años entre aquella impresión y esta. El reencuentro con Jonally es un buen ejemplo de cuánto puede cambiar la vida de una persona en tan poco tiempo. Entre aquel momento y este otro más reciente —a mediados de septiembre de 2017—, a Jonally le dio tiempo a enamorarse de Alberto, formar una pareja estable con él y tener dos hijos. También a echarse unos suegros vascos tan dispuestos a participar en la crianza de los nietos como a viajar con ella a Filipinas para conocer a su familia. Ahora, Jonally (Bais City, 1981) es una vecina más de su barrio, Romo; según ella, la calidez de la gente la hace sentirse tan arropada como en su tierra natal.

Para hacer esta entrevista contamos con una guía de lujo: Elizabeth Araojo, la tía de Jonally, quien reside desde hace casi 40 años en Euskadi. Fue ella quien la acogió y cuidó cuando vino con 24 años y se instaló en Getxo. Esta vez, Elizabeth vino a recogernos al metro y nos acompañó hasta el bar de Alberto y Jonally. Mientras caminábamos, además de ponernos al día de la comunidad filipina, nos contó con visible alegría que se jubiló hace poco y que ahora está en ese momento dulce de la vida en el que disfruta de recoger lo sembrado.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Enclavado en el barrio de Romo, el bar tiene un ambiente familiar, de vecinas y vecinos que se saludan y quedan allí para charlar. «Más que un bar esto es un txoko», reconoce Jonally Puzon, que ha dejado de atender la barra para conversar en una de las mesas. En la decoración del local se mezclan elementos dispares: la miniatura de un pesquero vasco, un póster con la famosa escena del camarote de los hermanos Marx, unas máscaras africanas talladas en madera y una lámina donde se ve a Mick Jagger, Bob Marley y Peter Tosh en Jamaica. Al fondo hay unas estanterías llenas de libros que van desde el Quijote hasta los cuentos de Dino Buzzati. Envolviéndolo todo, suenan los Dire Straits en pleno concierto del disco Alchemy.

En esa mezcla, abundante y ecléctica, casi pasan inadvertidos los dos únicos objetos que aluden a Filipinas: una botella de ron y el típico sombrero cónico que utilizan los campesinos recolectores de arroz. Quien no pasa desapercibida en este entorno es Jonally, siempre sonriente y buena conversadora. Es ella quien señala la botella de ron y dice que «solo se abre en las fiestas» y quien explica que «sombrero se dice igual en castellano que en tagalo». Se le da bien aclarar dudas y dotar de sentido a las novedades culturales.

Jonally había estudiado periodismo en Filipinas y quería ejercer su profesión en el Reino Unido. Para ello, viajó primero hasta Getxo, ya que aquí tenía familia y, por tanto, un respaldo que le facilitaba trabajar y ahorrar para ese proyecto. Desde que llegó, en 2004, tuvo varios empleos: cuidó niños, limpió casas, trabajó en el sector de la hostelería… Y durante todo ese tiempo tuvo claro que se iría, que estaba de paso.

Sin embargo, en el último de esos empleos —justamente, en este bar—, Jonally conoció a Alberto, se enamoró y pospuso sus planes de viaje. Tanto los pospuso que ha terminado construyendo toda una vida con él: están casados, tienen dos hijos —Aner y Enara— y regentan juntos el bar. En vez de convertirse en una reportera de televisión a pie de calle —su sueño—, eligió asentarse en un sitio apacible como Getxo, construir una familia y doctorarse en el arte de hacer una buena tortilla de patata.

Jonally-Puzon-2

Jonally atiende la barra y se encarga, sobre todo, de la cocina. El oficio de la hostelería le resultó duro desde el inicio: «Tuve que aprenderlo todo: el café es más cargado aquí que en Filipinas —más estilo americano—, el vino lo servía caliente…». Además, si bien ella sabía cocinar, no lo hacía ni de manera profesional ni tenía idea de la gastronomía vasca, que difiere bastante de la de su país. Así, para familiarizarse con los pintxos, iba a los bares, los fotografiaba y luego estudiaba cómo hacerlos.

Si en algo ha puesto empeño a la hora de aprender y de perfeccionar su técnica es con la tortilla. De patata desecha, sin cebolla y poco cuajadas, las tortillas de Jonally alegran las mañanas de quienes entran en su bar. «La primera me quedó como un revuelto…», recuerda entre risas. Y añade: «Me ha costado años aprender a hacerla: a veces me salía aguada, otras muy sosa, otras salada… Ahora, cada día me sale distinta, pero me sale bien».

Vacaciones filipinas en familia

Después de cinco años sin ir a su país, este verano Jonally pasó allí las vacaciones. Al reencuentro largamente esperado con la familia, esta vez se sumó otra intensa emoción: viajó con Alberto, Aner y Enara… y con sus suegros. Los cinco pasaron un mes alojados en una casa en Bais City, en la región de Vissaya, que Jonally compró en su día y que ha ido pagando gracias a sus trabajos en Euskadi.

Viajar en familia resultó muy enriquecedor para todos, en especial para los padres de Alberto, que ya están jubilados de la hostelería. «Para mis suegros fue toda una aventura.
Palmeras, cocos, plátanos… El calor y la humedad es lo que te mata, pero a ellos les recordó mucho a Cuba y su viaje de novios», comenta Jonally. Además, la aventura les dio la oportunidad de conocer mejor otros usos y costumbres, con la ventaja añadida de contar con alguien que les podía explicar lo que estaban viviendo. Es decir: mucha novedad alrededor, pero siempre contextualizada.

De algunas de esas novedades, ya estaban advertidos. «Cuando llegamos, les dije: “Aquí no hay pan, como en Getxo; aquí hay arroz todos los días”», recuerda riéndose. También les aconsejó que no pidieran vino, que era muy caro y de mala calidad, sino cerveza o ron. Ellos se dejaron guiar, probaron todos los platos y se aficionaron a las tortitas y al plátano caramelizado.

Otras novedades, sencillamente, las experimentaron allí mismo. Así, disfrutaron de la hospitalidad que caracteriza a los filipinos. «A mis suegros les impactó que, cada vez que
alguien nos invitaba a su casa, nos ponía comida como para una boda, cochinillo incluido. Allí a los vecinos les gusta juntarse. Aunque sean pobres, se ponen unas mesas y se hace vida en comunidad». También tuvieron la oportunidad de asistir a una boda: «Les llamó la atención que les pidieran ser padrinos… Les tuve que explicar que allí hay veinte mil padrinos y madrinas, y que no es tan trascendente como aquí», apunta. Y añade con una sonrisa: «Ah, y les advertí que la ceremonia religiosa duraba dos horas…».

Algo que les sorprendió a todos fue ver la cantidad de vascos que había en el pueblo; muchos de ellos en matrimonios mixtos. «Cada vez existe más mezcla; muchos emigrantes han regresado y, con el dinero ahorrado, han montado su negocio», reflexiona. En esas condiciones, la vida es más llevadera en Filipinas, un país del que Jonally se fue cuando tenía 24 años porque su salario como periodista era muy bajo y donde, como ella subraya, «se vive al día». En cualquier caso, sus suegros quedaron encantados con el país, su gente y su familia filipina, y «quieren volver». Eso sí, tendrán que elegir bien la fecha: «En mi pueblo hay un monzón y tres tifones al año», explica Jonally.

No hay playas como las de Getxo

Jonally eligió Euskadi porque su tía Elizabeth había emigrado 30 años antes y llevaba desde entonces viviendo en Bizkaia. Llegó en agosto de 2004 y, a pesar de que era verano, el cambio de temperatura le pareció tan fuerte que dormía con manta, jersey y calcetines. Hoy, desde la perspectiva que le da haber pasado 13 años aquí, tiene claro que «en Euskadi la gente vive más la vida», sobre todo si se fija en las personas mayores. «Veo señoras de 92 años que vienen a tomarse su vermú por la mañana… Incluso cuadrillas de señoras mayores que se toman sus marianitos o un chupito de pacharán, que salen con los amigos, van al cine o al teatro…», dice. En Filipinas, las personas mayores no tienen tantas facilidades para hacer vida en la calle.

Otra cosa que valora es la cultura local. De hecho, entre sus proyectos inmediatos, destaca uno: matricularse en el Euskaltegi y aprender euskera. «Mis hijos están en la ikastola, y en las reuniones me quedo fuera porque, en general, todo es en euskera. Quiero participar más», argumenta. Además, Alberto lo habla y le gustaría tener ese punto de complicidad con él, que está estudiando tagalo.

Jonally es un buen ejemplo de cuánto pueden cambiar la vida y las prioridades de una persona. Cuando vino, su intención era «trabajar, ahorrar, obtener la nacionalidad y viajar a Londres», donde podría buscar un empleo de lo suyo. Ahora, sin embargo, se siente una getxoztarra más: «Romo se parece mucho a mi pueblo; los vecinos son vecinos de verdad. Aquí todo es familiar y está cerca. Además, tenemos mejores playas en Getxo que en Filipinas. Allí las hay muy buenas, pero son privadas», desvela.

Jonally ha convertido Getxo en su hogar, donde se siente cómoda y feliz. Su única pena, dice, es que este hogar esté tan lejos de su familia. Al despedirse de su padre, después de las últimas vacaciones, él le hizo una pregunta que le arrugó el corazón: «¿Cuándo voy a volver a ver a mi nieta, cuando tenga novio?».


seg-imp-logoConoce el proyecto Segundas impresiones y descarga gratuitamente los libros en PDF desde aquí.

Anuncios
Segundas impresiones

276 | Norma

Norma Brotonel es una mujer simpática y entrañable que, a sus 65 años, organiza su historia en dos partes: la que tuvo lugar en Filipinas, donde vivió hasta los 33, y la de Bilbao, donde reside desde entonces. «Llegué en 1981. He pasado la mitad de mi vida en cada sitio», calcula, aunque le asigna a cada tramo unos valores diferentes. «Las experiencias más intensas las he vivido aquí».

En su país, era profesora. Trabajaba en un instituto chino de Manila, «pero las clases -aclara- se impartían en inglés». Si bien era un buen trabajo, el dinero no alcanzaba. «No era suficiente para ayudar a mis padres y mis hermanos, así que empecé a pensar en la posibilidad de marcharme del país». La idea le resultaba atractiva, no solo por el aspecto económico o laboral, sino porque «nunca había salido de Filipinas» y tenía interés en conocer otras culturas, lugares y personas.

La oportunidad le llegó de la mano de una amiga que vino a Euskadi tres años antes que ella, y que un día la llamó para decirle que, si quería trabajo, aquí podía encontrarlo. Entre las ventajas, primaba la oportunidad de viajar al extranjero; algo que, en aquel entonces, para una persona de clase media «era prácticamente imposible». También influía el hecho de que en Bilbao ganaría el doble que en Filipinas y casi no tendría gastos, ya que el empleo que le ofrecían era en una casa de familia, como interna. En contrapartida, el trabajo sería muy duro, y su amiga se lo advirtió: «Me dijo que era difícil y muy distinto a lo que yo hacía en mi país».

Decidió venir de todos modos, sin saber que el umbral del «trabajo arduo» estaba varios pasos más allá de donde llegaba su imaginación. «Sí que era diferente -recuerda-. Yo creía que ciertas cosas solo pasaban en el cine, hasta que llegué a Bilbao». En su trabajo, Norma tenía varios uniformes: «para la mañana, para la tarde, para cocinar, para cuando venían los invitados… Debía usar guantes de tela, una cofia y un delantal, y hacía un poco de todo. Era la doncella, aunque también había cocinera, planchadora y costurera», relata.

El horario de trabajo era extenso. «Todos los días me levantaba muy temprano, a eso de las seis, y no me acostaba hasta las doce de la noche o la una de la mañana, después de servir la cena a los señores. Tenía que esperar a que llegaran a la casa y, mientras no lo hicieran, no me podía ir a dormir, a menos que me avisaran. Durante el día, limpiaba. Hacía las camas, que eran siete y eran antiguas, así que pesaban mucho. Me costaba mover los muebles para pasar la aspiradora y nadie me ayudaba. Las demás empleadas no eran internas; hacían los suyo, cumplían su horario y se iban, pero yo no. Terminaba tan cansada que, al día siguiente, me costaba mucho levantarme».

Aprender el idioma

Al margen de las condiciones laborales y el cansancio, aquel primer empleo tenía un problema añadido: la falta de tiempo para estudiar. «Cuando llegué aquí, una de las primeras cosas que comprendí fue que necesitaba aprender el idioma. De niña, en la escuela, había tenido una asignatura de español, pero nunca le había prestado atención porque no imaginaba que algún día lo podría necesitar. Lo cierto es que, al llegar, yo solo hablaba tagalo e inglés. Tenía enormes dificultades para comunicarme…». Sus horarios de trabajo no dejaban tiempo libre para asistir a la Escuela de Idiomas, algo que le «habría encantado», así que decidió que la mejor opción -la única- era aprender por su cuenta.

«Miraba la televisión y leía muchas revistas en el sótano de la casa. Poco a poco, empecé a entender y a manejar más palabras; pero los verbos, por ejemplo, todavía me cuestan», reconoce Norma, que se quedó en aquella casa durante dos años, hasta que cambió de empleo. En sus más de treinta años de trabajo, tuvo mejores y peores experiencias, aunque ninguna fue tan nefasta como para regresar a su país. «Lo pensé, ¿eh? Sobre todo, al principio, que fue tan difícil. Pero luego las cosas fueron mejorando. Trabajé mucho tiempo cuidando a unas niñas y aquello me gratificaba mucho. Realmente lo disfruté», dice.

A lo largo de estos años, se casó y se jubiló. «Hoy tengo mi pensión y me dedico a hacer otras cosas». Entre ellas, presidir la asociación de filipinos Pagkakaisa, organizar campeonatos de voleibol, participar en la Plataforma de Inmigrantes de Getxo y colaborar con otras ONG. «En esta etapa de la vida, es muy bonito propiciar el encuentro», concluye.

2013 Asia Ellas

162 | Joran

Octubre ha sido un mes muy intenso para Sikap, la Asociación de Filipinos residentes en el País Vasco. Una exposición de artesanía en la Biblioteca de Algorta (que permanecerá abierta hasta el próximo sábado) y una jornada de talleres y danzas típicas celebrada en Las Arenas han servido para darle visibilidad a un colectivo que, a menudo, pasa desapercibido en Euskadi.

Joran Beros es uno de los 637 filipinos que viven junto a los vascos. En estos días, ha participado en las iniciativas de la asociación, aunque lo suyo, en realidad, es el deporte. “En Filipinas, el baloncesto es mucho más importante que el fútbol”, cuenta. Y resulta que esa preferencia también se mantiene en Euskadi. Por esa razón, cuando quieren confraternizar y divertirse eligen cestas en lugar de porterías.

Durante todo el verano (y parte del otoño), el colectivo filipino afincado en Getxo celebró un campeonato de baloncesto. Joran es el capitán del equipo ‘Hoopstar’ que, después de muchos encuentros, se alzó con el primer puesto. “El deporte y la integración son fundamentales para nosotros -dice-. Y van de la mano. Cuando disputamos un partido, no sólo estamos los jugadores. También asisten nuestras familias, que aprovechan para conversar. El presidente de la Asociación de Baloncesto, que asistió al último partido, estaba muy sorprendido por el poder de convocatoria”, agrega a modo de anécdota.

Los encuentros se celebran los domingos; “cuando la mayoría de nosotros tiene libre”. No es de extrañar, pues casi todos los filipinos trabajan en el servicio doméstico o en el sector de la hostelería, como él, que desde hace cinco años es camarero en un restaurante del puerto deportivo de Getxo. “Estoy muy contento con lo que hago. Me siento valorado y siempre me han tratado muy bien. Creo que eso es lo principal. Más allá de lo dura que sea una tarea, lo que importa es sentir que te aprecian y que eres parte de algo”.

Originario de la región de Bisayas, Joran llegó al País Vasco hace siete años y medio. ¿La razón para emigrar? Su novia, que actualmente es su mujer. “Ella viajó primero. Tenía aquí a su familia y vino para trabajar”. Al tomar la decisión, sabían que iban a estar un largo tiempo separados porque querían “hacer las cosas bien y llegar aquí con papeles”. Lo que no sabían era que el proceso resultaría “tan duro”, ya que hubo un factor que no tuvieron en cuenta. “Cuando ella se marchó de Filipinas, estaba embarazada y no lo sabía -explica Joran-. Se enteró al llegar a Euskadi y yo lo supe estando aún en mi país, a 12.000 kilómetros de distancia”.

Televisión en euskera y tagalo

El embarazo no cambió los planes de la pareja, pero sí les hizo el camino más arduo. Cuando él llegó al País Vasco, su hijo ya había cumplido un año y, como dice Joran, no le conocía de nada. “Fue difícil al principio, pero a mi esposa y a mí nos parecía importante tener todo en regla. De esa manera, ambos podríamos trabajar tranquilos y nos evitaríamos otros problemas más adelante”, razona este filipino de 31 años que, antes de trabajar en Getxo, lo hizo en el ferry ‘Pride of Bilbao’.

“El empleo estaba muy bien y era interesante porque siempre había cosas nuevas. Claro que, cuando tienes hijos, no puedes pasar tanto tiempo en el mar. La familia requiere presencia”, señala Joran antes de agregar que ya tiene dos hijos y “un tercero en camino”.

“Mi mujer y yo estamos contentos e ilusionados. Somos felices. La verdad es que el País Vasco es muy bonito, la gente es amable y se vive bien. Además, aunque yo tengo a todos mis hermanos en Filipinas, aquí está mi familia, la que hemos creado juntos”. Joran hace una pausa y añade: “Somos una mezcla interesante de culturas y es divertido, ¿sabes? Si vas a casa, encontrarás que en la tele vemos programas en euskera y en tagalo. Y descubrirás que mis hijos hablan mejor el castellano que yo. Claro… nacieron aquí”.

2010 Asia Ellos

142 | Jonally

El próximo domingo, en Getxo, los filipinos residentes en Euskadi celebrarán los 112 años de la independencia de su país. La reunión -que comenzará a las 17.30 horas en Fadura- está organizada por la asociación Sikap e incluirá canciones, bailes y comida típica de esta república asiática formada por más de 7.000 islas. Danzas como el tinikling o el singkil, diversos cantos en tagalo y platos basados en arroz (un ingrediente que nunca falta en la mesa) oficiarán de pasaporte a las costumbres y tradiciones del país.

“Haremos una gran fiesta para dar a conocer la cultura filipina”, anuncia Jonally Puzón, la secretaria de Sikap. El encuentro va dirigido a todas las personas, “sean de donde sean” y es, por tanto, una oportunidad para “ver que hay otras cosas además de lo que muestra la televisión, como el hambre, la pobreza y la gente comiendo con la mano. Filipinas tiene muchas cualidades”, dice. No obstante, matiza que las perspectivas laborales y económicas dejan mucho que desear. La situación es difícil, “sobre todo para la gente joven”.

Originaria de la región de Bisayas, Jonally emigró de su país en 2004, poco después de acabar la carrera. “Soy periodista -desvela-. Trabajaba en un periódico municipal y hacía entrevistas, como tú, pero el salario era muy bajo y no alcanzaba para nada”. Por eso, a sus 24 años, pensó en marcharse. La decisión fue contundente, pero no sencilla. “Es difícil dejarlo todo y adaptarte a otro estilo de vida, otro idioma, otro lugar, pero es necesario. Cuando no tienes más opciones, es la única vía”, explica.

Eligió como destino el País Vasco porque su tía vivía en Vizcaya. “Lleva más de treinta años en Euskadi; mis primos nacieron aquí”, precisa. De su llegada, en agosto, recuerda que sintió frío. “Era verano, pero yo dormía bajo una manta, con calcetines y jersey”, dice entre risas. Otra cosa que recuerda de aquel tiempo son las horas en un instituto de Lamiako, donde hizo un curso intensivo de castellano. “Cuando llegué, sólo conocía unas pocas palabras sueltas; no podía mantener una conversación”, cuenta. Las clases le fueron de ayuda, aunque donde más aprendió fue en su trabajo. “Cuidaba niños en una casa de familia y los críos me hablaban todo el tiempo. Ellos me enseñaron buena parte de lo que sé”.

Londres y el otro destino

Seis años después de llegar, Jonally siente que ha avanzado, pero es consciente de que aún le falta mucho. En algún momento pensó en convalidar su título y ejercer como periodista. Sin embargo, le explicaron que su nivel de castellano era insuficiente. “Domino mejor el inglés”, subraya, y el dato es más que un simple detalle.

“Cuando vine, no tenía idea de quedarme ‘para siempre’. Mi intención era trabajar, ahorrar, obtener la nacionalidad y viajar a Londres, donde podría buscar un empleo en lo mío”. Como muchas otras personas procedentes de Filipinas, Jonally emigró de su país pensando en el Reino Unido como destino final; un lugar “donde tenemos más oportunidades pero necesitamos una ciudadanía europea para entrar”. No obstante, “la vida cambia”, y un imprevisto bien puede trastocar un plan.

“Conocí a un chico”, confiesa. Las cuatro palabras alcanzan para entender la razón de su cambio. “Cuando dejé de trabajar como interna, empecé a buscar otro empleo y me contrataron en una cafetería. Allí lo conocí; trabajamos juntos. Yo creo que es el destino, porque no quería salir con nadie… Simplemente, pasó”.

Desde entonces, Londres ha quedado lejos, pero ella no se queja porque “fue una elección”. Además, continuar en el País Vasco le ha permitido seguir en contacto con la comunidad filipina y dedicarle más tiempo a la asociación. “Somos más de 120 socios -puntualiza- y el día de la fiesta, votaremos para elegir al mejor filipino del año. Queremos destacar a aquellos que son un ejemplo para los demás”.

2010 Asia Ellas

102 | Aurora

Aurora Santiago reside en Las Arenas, donde posee un pequeño ultramarinos que regenta junto a sus hijas; pero no siempre fue así. Antes de dedicarse al comercio y radicarse en Euskadi, trabajó en su país, Filipinas, como cocinera de distintas embajadas. Y aunque ha vivido en varios lugares del mundo, afirma que Getxo es el suyo y que quiere seguir aquí, donde «todo es perfecto».

Junto a la puerta de su comercio, en la acera, Aurora coloca dos sillas de espaldas al escaparate. Se sienta en una, ofrece amablemente la otra y le pide a una de sus hijas que traiga algo fresco para beber. Hace calor en Las Arenas, aunque son las ocho y media de la tarde y las nubes dan un poco de tregua. «En mi país es peor -compara a modo de consuelo-. Ir allí en esta época es terrible; sobre todo, cuando te acostumbras a este clima tan bueno. Manila también es cálida en diciembre».

Aurora interrumpe su reflexión para agradecerle a su hija el par de latas que trae. «Salamat», le dice antes de abrirlas y continuar con la conversación. El resto de la entrevista será así, en la acera, con frases construidas en tagalo, inglés y castellano, degustando un refresco de agua de coco natural, muy típico de Filipinas. «Allí hay muchos zumos de frutas distintos, pero el de coco es el más rico, y es muy bueno para la salud».

Aurora es una mujer sencilla, habla con amabilidad y parece que dibuja las palabras con la sonrisa; incluso para contar que no pudo hacer una carrera y que empezó a trabajar cuando tenía 16 años. «Sólo pude estudiar hasta sexto de primaria, pero soy fuerte y siempre puse toda mi energía en progresar. Aunque tenía a mis padres, nunca acepté su dinero. Quería tener lo mío, valerme por mí misma y salir del país, ver más allá», explica hoy, a sus 53 años, cuando ya es madre de cuatro hijos y abuela de seis nietos.

Eso sí, de tercera edad o pasividad, ni hablar. «Lo que tengo lo he hecho trabajando y no puedo ni quiero parar», dice. Es verdad que, cada año, viaja a Filipinas para disfrutar de su chalé y visitar a sus hermanos, pero no es menos cierto que, en los once meses restantes, no descansa ni un solo día. «Así pude ahorrar dinero para poner esta tienda», señala. Y ahora que ya la tiene, sigue trabajando en casas de familia para «compensar, porque todo ayuda a cubrir gastos. Además, me gustaría poner otra tienda para mis hijas».

Claro que, llegado el momento, debería plantearse montar un restaurante, ya que Aurora es una experta cocinera y ese don en los fogones le abrió las puertas del mundo. «Empecé trabajando en el Consulado de Italia. Después trabajé en el de Taiwán y, finalmente, en el de España. Estuve mucho tiempo al servicio del cónsul Gustavo de Arístegui, y, de hecho, viví varios años en Jordania cuando trabajó en la embajada de aquel país. Cuando regresó aquí, me ofreció continuar», relata.

Fuerza de voluntad

Aunque podría haberse quedado en Filipinas, aceptó el ofrecimiento y viajó. «Llegué en 1996 y el primer lugar donde viví fue Logroño. Allí estuve cuidando a un señor mayor, familiar del cónsul, hasta que falleció. En ese momento, tuve que decidir qué hacer y me pareció buena idea venir aquí, a Las Arenas, donde residía una amiga mía».

Aurora pasó de preparar menús de lujo para cuarenta comensales a trabajar en casas de particulares y cocinar para los suyos. Vivió durante un año en Londres, pero volvió. «Todos mis hijos están aquí… Claro que echo de menos a mis hermanos y mis sobrinos, por eso voy todos los años a verles. En un terreno que heredé de mis padres hice construir el chalé, así tengo dónde hospedarme, y uno de mis sobrinos se encarga del cuidado del terreno y el ganado».

Pero volver allí definitivamente no es una opción. «Soy feliz aquí, en el País Vasco. Trabajo todos los días y tengo mi propia vida. Todo es perfecto, no estoy sola y me gustaría vivir aquí para siempre», manifiesta con una sonrisa aún más amplia. «Tengo mucha fuerza de voluntad y creo que cualquiera puede alcanzar sus metas si se esfuerza de verdad. Yo quería elegir mi propio camino y lo he hecho. Eso me reconforta».

2009 Asia Ellas

98 | Elizabeth

Llegó al País Vasco hace 31 años cuando tenía poco más de veinte, así que las cuentas son muy sencillas: Elizabeth Araojo ha pasado más tiempo en Euskadi que en Filipinas y ha compartido con los vascos el 60% de su vida. «Me siento muy cómoda aquí, y no sólo ahora. Desde el principio fui muy bien recibida», dice en la terraza de una cafetería de Sestao, donde tiene lugar la entrevista. Mientras revuelve su café con la cucharilla y empieza a relatar su historia, cada vecino que pasa por allí se detiene a su lado y la saluda.

Elizabeth es conocida y apreciada en el municipio. «Es que son muchos años ya, tanto para mi marido, que es de Salamanca, como para mí, que vengo de mucho más lejos. Aquí nos conocemos todos y hemos hecho nuestra vida; los dos estamos muy contentos. En mi caso, aunque el entorno y la cultura son muy distintos a los de mi país, he podido adaptarme perfectamente. Te digo aún más: si tuviera que regresar allí, me costaría demasiado acostumbrarme».

Una vez que pasa cierto tiempo, volver es más que regresar; es emigrar nuevamente. «Te doy un ejemplo muy simple. Al principio, cuando recién me casé, pasaba mucho tiempo en casa y me aburría. Mi marido tenía la cultura de salir, encontrarse en el bar con sus amigos, conversar en la calle. Yo no. Así que pensé: ‘O cambia él, o cambio yo’. Y cambié. Empecé a acompañarle y a pillar el gusto de conocer a las personas de aquí, entablar amistades, estar fuera de casa», relata. «Quizá parezca una trivialidad, pero me he hecho a esta cultura y me resultaría muy difícil dejarla. En Filipinas no está bien visto que una mujer salga a tomar un copa, especialmente si va sola. No podría hacer como aquí, que me reúno cuando quiero con mis amigas».

Muchos aspectos han cambiado en la vida de Elizabeth, que, cuando vino hace tantos años, no imaginaba cómo serían las cosas. «Yo viajé por trabajo, gracias a una prima mía que también estaba trabajando en Euskadi, y empecé como interna en la residencia del Sagrado Corazón de Jesús. No tenía grandes planes. Tan sólo me pareció una buena oportunidad y la acepté. Es verdad que era una cría, pero siempre fui muy decidida y no me intimidó montarme sola en aquel avión para marcharme tan lejos de casa».

Educado y formal

Lejos, a un lugar tan distinto y sin dominar el idioma. «Hasta que aprendí castellano, hablaba en inglés; o también en tagalo con mi prima y las otras chicas de Filipinas que había por aquí». Relacionarse con ellas fue muy importante para mantener el lazo cultural. «Casi todas éramos internas y teníamos libre el domingo. Ese día nos reuníamos y, algunas veces, íbamos a bailar. Así fue cómo conocí a mi marido: el único chico de la discoteca que no se puso pesado. Es que él siempre fue muy educado y formal», explica. «Desde entonces estamos juntos», agrega Elizabeth, que hace poco celebró sus bodas de plata en Ciudad Rodrigo, el pueblo de su esposo, donde se han construido una casa.

Aunque a lo largo de los años ha cambiado de trabajo, continúa en contacto con sus primeros empleadores y, además, no ha dejado la actividad. «Me sigo dedicando al servicio doméstico y soy feliz. En mi país, ser limpiadora es lo último, lo peor. Aquí no. Es un trabajo como cualquier otro y no me impide relacionarme con los demás con naturalidad. Por eso me siento a gusto en Euskadi, porque hay menos desigualdad social que en Filipinas», subraya. «Además, los municipios son muy abiertos. Hay muchas actividades culturales en las que participamos como asociación, como el karaoke intercultural de Getxo, donde cantamos en castellano, tagalo y euskera… o lo intentamos», concluye con una sonrisa.

2009 Asia Ellas