The Basque Hotel: cuando los vascos emigraron a Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchas personas emigraron del País Vasco. El documental The Basque Hotel (que puedes ver online aquí) recoge el testimonio de quienes lo hicieron rumbo a Estados Unidos, y nos muestra que los mecanismos de supervivencia de aquellos hombres y mujeres fueron similares a los que hoy conocemos en los migrantes senegaleses o chinos en suelo español. También nos enseña que la condición de migrante suele ir acompañada de querer conservar y compartir los aspectos más folclóricos de una cultura (ya sea uno vasco en Idaho o boliviano en Getxo).

Por Ana Galdós

A finales del siglo XIX, miles de hombres y mujeres vascos pusieron rumbo hacia el oeste de los Estados Unidos. Todos buscaban prosperidad económica, y muchos la encontraron. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, quienes se habían asentado en esa parte del mundo fueron un reclamo para que otros muchos hicieran lo mismo. El documental The Basque Hotel, dirigido por Josu Venero, nos da a conocer ese fenómeno migratorio y el proceso de enraizado que conllevó la formación de una comunidad vasca en ciudades como Boise, Carson City, Emmett, Reno, San Francisco, Los Ángeles o Portland.

El documental se inicia con el testimonio de Luciana Garatea, una mujer que migró de Lekeitio a Boise, la capital de Idaho, con apenas 16 años. A través de su experiencia conocemos las generalidades de muchos otros migrantes vascos que, como ella, se asentaron en California, Idaho y Nevada. Luciana, a sus 105 años y en su lengua materna, el euskera, revive cómo se embarcó en Bilbao a principios del siglo XX para viajar hasta Nueva York y desde allí cruzar el país americano.

Su caso es uno de tantos: muchos jóvenes, procedentes principalmente de Bizkaia y del sudoeste de Francia, emprendieron el mismo viaje que ella. La mayoría eran jóvenes sin apenas formación y con escasas expectativas laborales, venían de familias numerosas y de un mundo rural en continua decadencia, y su salida más inmediata era la de migrar. Además, Europa se encontraba a las puertas de la Primera Guerra Mundial y los migrantes vascos, como tantos otros de aquella época, se fijaron en los Estados Unidos como el lugar ideal donde prosperar.

Hoteles de vascos para vascos

Aquellos euskaldunes, tras cruzar el Atlántico, se convertían en extraños en un país de lengua y cultura ajenas. A pesar de ello, contaban con dos importantes apoyos que les garantizaba un mínimo de orientación y de seguridad. Un primer respaldo lo tenían ya en el propio viaje de partida: solían viajar acompañados de algún familiar. Ese fue el caso de la centenaria Luciana, quien realizó la larga travesía junto con su tía. También el de Dominique Laxalt, que partió rumbo a Nueva York con dos de sus hermanos mayores.

El segundo punto de apoyo lo encontraban cuando llegaban a tierra: los hoteles para vascos. Estos hoteles eran edificios fundados y regentados por vascos que vieron la necesidad —y el negocio— de crear centros donde acoger a otros paisanos. De hecho, estos hoteles se convirtieron en un gran nexo de unión entre los recién llegados y el nuevo lugar (algo similar a lo que sucede hoy con las diversas asociaciones de extranjeros, cuyos miembros más antiguos ayudan y orientan a los que acaban de llegar).

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El documental rescata imágenes de la emigración vasca, como se aprecia en este fotograma.

Los hoteles se localizaban en las proximidades de las estaciones de tren. Los había en Nueva York, pero también en las poblaciones que recibían una mayor afluencia de vascos, como los núcleos del oeste estadounidense. En 1910, tan solo en Boise (Idaho) ya había registradas 6 casas de huéspedes. Nombres como Casa Vizcaína, Inchausti, Spanish Hotel o Emery se convirtieron en sitios de referencia, pues por 1 dólar diario se dormía y se comía.

Además de un primer hospedaje, estos hoteles actuaron como centros que dirigían a los migrantes hacia los lugares con oferta laboral. De hecho, les facilitaban los billetes de tren necesarios para trasladarse hasta California, Idaho y Nevada, donde existía una fuerte demanda de trabajo. Es fácil comprender, por tanto, su enorme importancia: fueron el sostén a partir del cual emprender una nueva vida.

Del pastoreo a los festivales

En el oeste estadounidense, los ranchos demandaban pastores. Se trataba de un oficio duro que requería buenas condiciones físicas y mentales, pues implicaba estancias de 3 meses en los montes con la única compañía del rebaño de ovejas y de un perro guía. La soledad, en circunstancias así, hacía aflorar un sentimiento de nostalgia que no siempre era fácil de sobrellevar. Rodeados de álamos, los pastores vascos solo tenían una forma de exteriorizar sus pensamientos: grabando sobre la corteza blanca de esos árboles palabras y expresiones que todavía hoy se pueden leer.

Con el paso de los años, algunos de esos pastores crearon sus propios ranchos. Otros fundaron nuevos hoteles, similares a los que les habían acogido a ellos. De una forma o de otra, aquella primera ola migrante vasca terminó por integrarse plenamente y echó raíces en los Estados Unidos. Los negocios que habían emprendido, la familia y el estallido de la Guerra Civil española fueron motivos para que muchos de ellos no quisieran regresar a su Lekeitio o su Zuberoa natal. Se convirtieron así, en particular sus hijos e hijas, en nuevos estadounidenses.

A pesar de ello, no se desvincularon nunca de la cultura vasca y la conservaron a través de la lengua y de las costumbres. Una cultura que han transmitido de generación en generación y que fomentan entre los más jóvenes a través de iniciativas, como la del programa de intercambio de estudiantes de la ciudad de Boise, o gracias al apoyo de las instituciones vascas.

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Fotograma del documental, que muestra la pervivencia del folclore euskaldún en EE.UU.

También gracias a los festivales, como el Jaialdi, donde se celebran los aspectos más folclóricos (de un modo similar a lo que hace, por ejemplo, la colectividad boliviana de Euskadi con sus danzas de carnaval). El Jaialdi se celebra en Boise y, durante 5 días, la música, la danza y el deporte vasco sirven de excusa para reunir a quienes migraron con sus descendientes. Ahora bien, quizá la mejor manera de medir la relevancia de la comunidad vasca en esta población sea The Basque Block, un barrio que, como su nombre indica, homenajea la identidad euskalduna.

En la actualidad hay alrededor de 60.000 vascos censados en Estados Unidos, de los cuales 21.000 se localizan en California y 6500, en Idaho. The Basque Hotel es un homenaje a todos ellos y, en particular, a la gente que, como Lucía Garatea o Dominique Laxalt, un buen día dejaron todo lo que conocían atrás y cruzaron el Atlántico. También es un reconocimiento al esfuerzo por trasmitir la cultura vasca de generación en generación por parte de un colectivo perfectamente integrado en la sociedad estadounidense.


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406 | Bart

Llegó a Bilbao hace cuatro años, después de un largo periplo y no pocas anécdotas. Desde que emigró de California hasta que se radicó en Euskadi, Bart Farrell pasó una buena temporada en Egipto, Palestina e Inglaterra. En su país estudió Religión, “no como seminarista, sino desde la Teología”. Y aunque su carrera le hizo aprender sobre todo tipo de religiones, Bart se centró en el Islam. “Las creencias religiosas son una de las motivaciones más importantes en el mundo: rigen los comportamientos de mucha gente y son muy poderosas, tanto para construir como para destruir”, expone. La actualidad le da la razón.

Sus estudios religiosos en Estados Unidos le impulsaron a viajar y empaparse de otras culturas. “Tenía el ejemplo de un tío mío, que llevaba la mitad de su vida fuera del país trabajando con oenegés, y la verdad es que ese modelo me parecía muy interesante. Además, yo estaba enfocando mis estudios hacia lo que ocurría en Oriente Medio. Todo me empujaba a ir”, relata Bart, cuyo destino elegido fue Egipto. “Llegué sin conocer a nadie, pero dispuesto a aprender. Me dediqué a dar clases de inglés a refugiados mientras aprendía árabe, que era uno de mis objetivos”, explica.

Todo iba de acuerdo a lo previsto. Estaba aprendiendo mucho y se encontraba a gusto y seguro. “Con frecuencia me preguntan por eso y siempre respondo lo mismo: el sitio más violento y peligroso que conozco es Los Ángeles”. Explica que solo una vez, cuando le oyeron hablar en inglés, le espetaron un insulto –fuck you american-, a que él respondió con un ocurrente “no pasa nada, soy canadiense”. Bart tiene sentido del humor, aunque matiza con seriedad que “una cosa es el gobierno y otra, la población, que no tiene por qué estar de acuerdo con la política exterior de su país”.

La experiencia en El Cairo se asemejaba a sus planes, hasta que todo cambió. “Allí conocí a mi chica, que es vasca y estaba trabajando en Egipto. Es periodista. Nos casaremos el año que viene”, anuncia visiblemente ilusionado. “Después de pasar una temporada en Egipto, estuve tres meses en Palestina, y finalmente nos marchamos a Londres. Ella hizo un master en periodismo internacional, y yo uno en Oriente Medio. Mi tesis fue sobre la música en las zonas de conflicto”, resume. “Cuando acabamos, nos trasladamos aquí. Y fue muy interesante, porque llegué sin saber nada de castellano. Solo hablaba inglés, árabe y latín”. ¿Latín? “Sí… es que soy un poco freak”, reconoce divertido.

Primero almejas, después semáforos

Bart aprendió hablar español en la cocina de su suegra. “Durante los dos primeros años, vivimos en su casa y yo pasaba mucho tiempo con ella. Es una máquina cocinando, así que aprendí a decir antes ‘almejas’ o ‘mejillones’ que ‘árboles’ o ‘semáforo’”, cuenta divertido. Pero, en el proceso, este estadounidense aprendió algo más: la importancia de la gastronomía para los vascos. “Aquí hay solo tres conversaciones posibles: qué has comido, que estás comiendo y qué vas a comer”, enumera, ensayando una caricatura. “Lo cierto es que se come muy bien, cada vez hay mayor oferta gastronómica en Bilbao. Para ser sincero, solo echo de menos la comida mexicana”, dice, y deja entrever los lazos culturales y de proximidad entre ciertas zonas de Estados Unidos y México.

“Muchas veces me preguntan qué hago aquí, si no extraño mi país, si no preferiría estar allí. Eso me llama la atención. Por un lado, los bilbaínos tienen ese orgullo increíble de su tierra, esta cosa entrañable y divertida de ‘Bilbao es la hostia’. Pero por otro lado, miran mucho hacia Estados Unidos como un lugar interesante, con más crecimiento, riqueza y oportunidades que el suyo. Y algo de cierto hay: en mi país el techo está más alto, sí… No obstante, el suelo está más abajo. No todo el mundo goza de bienestar. Aquí, en cambio, es más moderado. Se vive muy bien, hay calidad de vida para mucha gente. Valoro mucho eso”, indica.

Para Bart, que compagina su empleo en una empresa de software con su trabajo como profesor de inglés, Euskadi ha supuesto la posibilidad de experimentar cosas nuevas y reinventarse, incluso en el plano docente. “He creado ‘This Is English‘, un canal de Youtube para aprender inglés. Cada vez hay más personas interesadas en este idioma, pero los métodos tradicionales, en general, son muy aburridos. Así que desarrollé uno propio, bastante más divertido. Aparezco hasta con pinzas en el pelo y todo”, cuenta entre risas.

“La verdad es que en Bilbao he podido utilizar toda mi creatividad. Lo del canal es un ejemplo, pero también colaboro con músicos de aquí, como Patrol Destroyers o Norte Apache, que hacen hip hop en euskera”, dice, y asegura que se siente plenamente integrado. Tanto es así que este año hizo un viaje singular: “Estuve en Suecia para presentar y defender la candidatura de Euskadi como organizador del Mundial de Sokatira de 2020, que tendrá lugar en Getxo”.

2015 América del Norte Ellos

384 | Charles

Le encanta vivir en Euskadi. Como dice, ha “elegido quedarse aquí”. En cierto modo, él y su familia encarnan muy bien uno de los rasgos más sobresalientes del siglo XXI: el carácter cosmopolita que han adquirido ciertas ciudades del País Vasco. Un apunte cotidiano es suficiente para verlo: él, afroamericano de Ohio, y su esposa, alemana de Leipzig, se radicaron aquí hace tres años, donde han tenido a sus hijos. “En casa, los peques hablan inglés y alemán. Y fuera, castellano y euskera”, comenta divertido -también fascinado- por la capacidad de aprendizaje de los niños.

Quien relata esta singular vida doméstica es Charles Cooper, un conocido músico, productor y pedagogo estadounidense, que algunos conocerán por sus actuaciones de jazz y hip hop en diversos puntos de Euskadi, y otros, por haberle visto en Berango, en la American School of Bilbao, donde trabaja como profesor. Y es que Charles -licenciado en Lengua Inglesa y Estudios Jazzísticos por la Universidad Estatal de Ohio- combina sus dos grandes pasiones para ganarse la vida: la música y la docencia.

“Mi principal pasión es el saxofón. Es mi instrumento. Y la verdad es que gracias a mi formación musical he podido viajar bastante y conocer artistas muy talentosos. A los trece años, ya tocaba en locales de mi ciudad. A los quince, empecé a hacer tours por mi país. Y a los dieciocho empecé a viajar por el mundo”, sintetiza. Ahora, que tiene cuarenta, Charles puede colocar en una misma oración nombres como Roy Ayers, Diana Ross, Davis Murray, Cassandra Wilson o Lauren Hill y contar que ha viajado y tocado el saxo con todos. “No soy una super estrella, pero algunas cosas he hecho, sí”, apunta distendido.

Pero las giras, además de darle ‘tablas’ y experiencia profesional, le cambiaron la vida en un aspecto más personal. En concreto, una de ellas, que en 2011 lo llevó hasta Alemania. “La primera vez que vine a Euskadi fue en 2010 -desvela-. Estuve un año, más o menos, y luego me marché de gira, en un tour de hip hop. Una de las ciudades que visité fue Dresde… y allí conocí a mi mujer, que es economista. Nos mantuvimos en contacto después de aquello. La relación prosperó y llegó un punto en el que nos planteamos dónde íbamos a vivir”, resume.

Elegir la tierra para crecer

Sobre la mesa, había tres opciones: Estados Unidos, Alemania y Euskadi. Aunque lo lógico hubiera sido escoger una de las primeras, es claro que se decantaron por la última… la pregunta es por qué. “Hubo varias razones -señala-. Quizá la principal sea la calidad de vida y la tranquilidad que hay aquí. En mi país, por desgracia, hay demasiada violencia e inseguridad. Tener atención médica de calidad cuesta muchísimo dinero. Y por otro lado, para mi esposa, era mucho más complicado a nivel laboral, ya que ella allí es considerada inmigrante. Aquí, aunque sea extranjera, es europea y todo es muchísimo más fácil”, observa.

“Además -prosigue-, decidimos tener niños. Y la verdad es que para nosotros, como familia, el País Vasco era la mejor elección”. Por supuesto, además de este aspecto práctico, Charles menciona otras cuestiones locales que le han conquistado. ¿La primera? “La cultura. Este es un lugar de tradiciones, donde el carácter de la gente está muy definido. El trabajo es un valor, y los vascos trabajan duro. Son muy luchadores. Eso me encanta. Además tienen lugares preciosos, una gastronomía muy rica y entornos estupendos”, enumera. “Lo único que no me gusta es el precio de la vivienda; es difícil plantearse comprar una”.

Charles también destaca el aspecto social y el carácter abierto de la gente. Asegura sentirse muy bien acogido y a gusto. “Tengo un buen grupo de amigos y jamás he tenido problemas por ser extranjero”, comenta, si bien menciona un aspecto curioso: “En ocasiones, al verme, lo primero que piensan quienes no me conocen es que soy africano. El trato y la percepción de la gente cambian cuando les digo que soy de Estados Unidos”.

Para él, la principal diferencia no es racial, sino de opciones. “Yo tuve acceso a una buena educación, y he seguido vinculado al sistema educativo aquí y en mi país”, explica Charles, que además de tener mucha experiencia como profesor de música y de lengua inglesa y literatura, recientemente ha trabajado como especialista y asesor en la preparación de profesores y administradores del sistema educativo de Ohio. “Todo esto me ha permitido elegir. Venir aquí fue una elección, quedarme fue una elección. Alguien que llega en peores condiciones tiene que luchar muchísimo más, y no siempre logra trabajar en lo que le gusta”.

2015 América del Norte Ellos

378 | Joshua

Cambiar de país, en general, se asocia a la escasez de alternativas. La decisión forzada -forzosa- encabeza los relatos de emigración. Pero no siempre es así. En ocasiones, cambiar de país, de ciudad, tiene que ver con lo contrario: con la libertad de elección, las posibilidades diversas y el placer de escoger un lugar para vivir después de haber sopesado las opciones. ¿Cuesta? Sí. Elegir siempre implica una renuncia. ¿Se echa de menos? También. Los afectos siempre quedan a distancia. ¿Merece la pena? “Sin duda. Sobre todo, si encuentras tu sitio”.

Las palabras pertenecen a Joshua Edelman, un reputado pianista, compositor y productor de jazz estadounidense -“de Manhattan”, puntualizará él- que decidió vivir en Bilbao hace cinco años y medio. “He viajado mucho y he vivido en unos cuantos lugares -relata-. Hace dieciséis años conocí a mi mujer [Cristina Santolaria] en Madrid. Ella es periodista y gestora cultural, y es vasca, aunque entonces vivía en Málaga. En estos años, hemos cambiado de residencia varias veces. Vivimos en Málaga, en Madrid, en Nueva York… Hasta que hace ocho años tuvimos niños, gemelos”.

El cambio familiar supuso un cambio de vida… y de entorno. “Le dimos muchas vueltas al asunto de dónde queríamos vivir y criar a nuestros hijos. Finalmente, escogimos Bilbao. Aquí están las raíces de mi mujer, también está su familia y es un sitio fabuloso para hacer actividades al aire libre. La presencia de la naturaleza es muy importante; en especial, la del mar”, remarca Joshua. “Yo nací en Manhattan y crecí a dos pasos del río Hudson, que desemboca en la bahía, de modo que vivir aquí me ha permitido reencontrarme con ese aspecto, ese momento de la vida”, señala.

“Además -continúa-, Bilbao es una ciudad muy cómoda para vivir. Está hecha a escala humana, es limpia y tiene un sistema de transporte público estupendo. Yo estaba acostumbrado a las ciudades grandes, que tienen sus cosas buenas desde luego, pero que son más complicadas para la vida cotidiana. Nueva York, por ejemplo, ofrece muchísima actividad intelectual, cultural y artística, pero al mismo tiempo es muy competitiva, tiene un clima extremo, te demanda mucha energía. Y Bilbao, aparte de ser cómoda y amigable, es una ciudad en transformación que transita de lo industrial a lo turístico y empresarial, al mundo de los negocios y al crecimiento de lo cultural. En ese sentido, tiene una clarísima trayectoria ascendente”.

Joshua hace esta descripción con el convencimiento de haber elegido bien hace un lustro. Aquí ha fundando el Jazz Cultural Theatre of Bilbao, un centro de enseñanza, integración y difusión del jazz de marcado carácter internacional, pero con raigambre local. “Trabajamos para integrar el jazz en la ciudad, pero desde otra óptica, no solo la musical. Traemos gente de fuera a dar cursos y conciertos, pero también trabajamos mucho los elementos folclóricos, como la tradición oral, que están en el trasfondo del jazz”, explica.

Tejer cultura

El objetivo que se ha marcado es “integrar” este sonido, esta propuesta, en Bilbao. Y, cuando habla de integrar, no se refiere a un festival o un concierto puntual, sino a entrelazar esta expresión en el tejido cultural de la ciudad. “La cultura es más que ocio -indica-. Es lo que nos diferencia y, sin embargo, se considera como un asunto al margen de las prioridades. La cultura aporta calidad de vida y estimula el crecimiento, incluso el económico. Desde mi punto de vista, la cultura es prioritaria para el desarrollo de una sociedad”.

Y la música, como parte de la producción cultural, da buena cuenta de lo que ocurre en el plano social, lo aprovecha y lo convierte en creatividad. “El jazz tiene mucho de trabajo en equipo, de observación, de sensibilidad… Te enseña a escuchar, respetar y querer, a saber cuándo ser el protagonista y cuándo ser el acompañante -describe con una dulzura infinita-. La música tiende lazos y puentes, incluso entre diferentes culturas”, agrega.

No en vano, su séptimo álbum lleva por nombre un sugerente nexo: ‘Manhattan Bilbao Jazz-Zubia‘. “La música es el reflejo de nuestras vivencias -explica-. En este trabajo se ve muy bien la fusión natural, respetuosa de distintos estilos, tradiciones e idiomas. Conviven el jazz, la música clásica, el folclore vasco, la música cubana y la brasileña, el hip-hop, la sonoridad andaluza, y la poesía. En el escenario, somos catorce personas y la mitad de nosotros pertenecemos a la misma familia”, describe. “Pero, más allá de este detalle, este proyecto en particular es un homenaje a la diversidad, tan rica, tan actual”.

2015 América del Norte Ellos

330 | Brian

Nueva York es una de las ciudades más conocidas del mundo. Basta nombrar un par de calles o edificios para que cualquier lector piense en ella. La estatua de la Libertad, Wall Street, la Quinta Avenida o el gigantesco Central Park son solo algunos ejemplos. Escenario de inolvidables películas, de canciones y de exitosas series de televisión, la ‘ciudad que nunca duerme’ se asocia con la actividad incesante, el comercio, las finanzas, la moda y el glamour. Quizá por ello -y porque no son pocos quienes sueñan con visitarla al menos una vez en la vida-, cuando Brian Russak dice que es de allí, la gente no tarda en preguntarle por qué se ha mudado aquí.

“Me lo preguntan casi a diario”, reconoce divertido, así que no le extrañan la curiosidad ni la insistencia. ¿Qué hace un neoyorquino en Bilbao? La respuesta tiene más de veinte años y es una mezcla de casualidad, amor, San Francisco y Zaldibar. Sí, Zaldibar, el pueblo de su marido, Endika. “Cuando terminé mis estudios, en 1993, me mudé a San Francisco, en la costa del Pacífico. Y allí, por esas cosas del azar, conocí a Endika, que había viajado de Euskadi a Estados Unidos para hacer un master. Fue un flechazo -confiesa-. Desde entonces, estamos juntos”.

Su primera visita al País Vasco fue ese año, cuando las líneas del metro solo estaban sobre un papel y el edificio del Guggenheim era aún una maqueta futurista en el seno del Museo de Bellas Artes. Aquello le impresionó. No se esperaba un “entorno tan maravilloso” ni una “apuesta tan ambiciosa” para mejorar una ciudad. “Como te podrás imaginar, viniendo del país que vengo, yo no tenía ni idea de Euskadi, mucho menos de un pueblito tan pequeño como el de Endika. Recuerdo que él me hablaba de Bilbao para darme una referencia urbana un poco más conocida y que yo solo podía asociarlo con el Hobbit, por Bilbo Bolsón”.

La pareja regresó a Vizcaya en 1997; en esa ocasión, por más tiempo. “Habíamos vivido en Estados Unidos y decidimos radicarnos una temporada aquí -cuenta-. Estuvimos tres años, hasta que me entró el gusanillo profesional”, señala Brian, que en aquel entonces trabajaba como organizador de eventos y relacionista público, aunque era -y es- un periodista especializado en el mundo de la moda. “En el año 2000 sentí la necesidad de regresar a Nueva York. En ese momento, tenía treinta años y quería dedicarle más tiempo a mi profesión”. Él y su chico cruzaron nuevamente el Atlántico.

Entre el vértigo y la tranquilidad

Tras ocho años de vida compartida en Nueva York, Brian y Endika decidieron volver a Bilbao; esta vez, para quedarse. “Los dos hemos tenido ‘etapas’ y por eso hemos vivido en diferentes lugares del mundo. La experiencia en mi ciudad estuvo muy bien. Nueva York nunca decepciona y es muy estimulante, pero también desgasta muchísimo. Es un lugar tan grande, tan bestia, que cuando sales de casa por la mañana vas preparado para la guerra”, ilustra con humor. “Necesitábamos algo más tranquilo, una ciudad que pudiéramos abarcar y en la que tuviéramos la posibilidad de quedar con nuestros amigos también entre semana, algo que allí es impensable”, añade un tanto más serio.

“Mientras vivíamos en mi país, viajamos aquí varias veces, ya que la familia de Endika estaba en Euskadi. En uno de esos viajes, en 2005, nos casamos; la boda fue en Sopelana. Nuestra decisión de afincarnos en el País Vasco coincidió con el comienzo de la crisis”, explica, aunque añade que esa coyuntura les sirvió para reinventarse. “En un viaje a Londres descubrimos una franquicia de heladerías y cafeterías. Nos pareció una propuesta muy chula y decidimos traerla a Bilbao. Abrimos el negocio hace dos años, junto al Museo Guggenheim, que ahora es una realidad. ¡La verdad es que estoy encantado!”.

Lo cuenta con entusiasmo y con la tranquilidad que da haber acertado con un gran cambio de vida. “Yo estoy fascinado con Bilbao. Me encanta la ciudad, la calidad de vida que tiene, la gente… Es una ciudad muy cómoda, todo está a mano, el entorno es estupendo y es una gran base para viajar a otros lugares. Y qué te voy a decir de la gastronomía, si yo aprendí a comer pescado aquí. Es más, muchas especies de pescado las conocí en Euskadi, en castellano, y tuve que aprender después cómo se llamaban en inglés”, cuenta.

Como esas, tiene “millones de historias divertidas”, sobre todo, para sus amigos vascos, que ya se han acostumbrado a verlo pelando gambas con cuchillo y tenedor. “Bueno… todavía soy estadounidense… Pero, fíjate que abrir un negocio aquí ha sido muy importante a nivel personal para mí, ya que me ha permitido formar parte de la economía real de la ciudad, sentirme más bilbaíno todavía. Y es que Brian lo tiene muy claro: “Los bilbaínos nacemos donde queremos, incluso en Nueva York”.

2014 América del Norte Ellos

29 | James

Los escaparates rebosan de corazones, el color rojo predomina en las tiendas y Cupido se multiplica en la ciudad. Celebramos San Valentín como el día de los enamorados, pero es mucho más que eso: «Es un día para el amor y no sólo de la pareja», precisa el estadounidense James Overman. Tras seis años de residencia en Euskadi, recuerda con nitidez esta fiesta y la cultura de su país. Mientras, se sigue enamorando de la nuestra.

James revive, entre otras cosas, las tarjetas que le obsequiaba su padre, los pasteles que horneaba su madre y las galletas que llevaba al trabajo cada 14 de febrero. «Es un día de amistad y cariño en el que expresas tus sentimientos», relata. Ya sea con flores y bombones, con jerseys de corazones o «pequeños adornos» sobre la mesa, nadie pasa por alto esta celebración tan típica en América del Norte. Sin embargo, en el País Vasco, como en otras partes del mundo, sólo se recrea una faceta: la del romance y la seducción.

No es la única visión «parcial» sobre la cultura americana. Acompañado por su mujer, que es vasca, y por su hija pequeña, que ha cumplido cinco meses, este profesor de matemáticas nacido en Minnesota y afincado en Bilbao dispara algunas escenas. «La televisión muestra un país violento, con asesinos en serie, huracanes, terremotos e incendios. Desde las películas hasta las noticias, casi todo lo que se ve es negativo», lamenta. «Obviamente, eso existe, pero es bastante marginal».

En esta línea, James todavía se pregunta cómo su esposa se atrevió a viajar hacia allí. «Si yo no conociera el país, me daría miedo ir», dice. Y, sin embargo, no es crítico. «Cuando lo piensas al revés, ocurre algo parecido. El único cine español que había visto antes de venir era el de Almodóvar. Imagínate la impresión. Todo era triángulos amorosos con alguna ‘mariquita’». Su sonrisa es generosa y, a la vez, reflexiva. «No puedes juzgar a un lugar por lo que ves en la televisión».

Tampoco con mirada de turista, porque «ves lo que quieres ver o comes donde es más barato». Los restaurantes de ‘comida basura’ se nutren de los visitantes, los que trabajan lejos de casa y las personas con menor poder adquisitivo, pero «hay más variedad». El lugar de donde él procede tiene influencias alemanas. Lo que no tiene es mar, ni costumbre de comer pescado. «Eso lo adquirí aquí. De hecho, hay muchas especies no sé nombrarlas en inglés», reconoce.

Las diferencias gastronómicas son una rama de la sorpresa cultural, aunque existen otras. Por ejemplo, colgar la ropa. «Me costó mucho adaptarme a no tener secadora. Cuando vino mi familia de visita, miraba los tendederos y sacaba fotos», relata James, divertido. Otra cosa que le impactó al llegar fue que no existieran locales abiertos las veinticuatro horas. «Llevo seis años aquí y todavía me no me acostumbro. Me cuesta pensar que, si no bajo a por la leche un sábado, no podré comprarla hasta el lunes».

Cuestión de elecciones

En contrapartida, disfruta mucho del relax y las costumbres urbanas. «Aquí todo transcurre más lento y se toman la vida con calma. Adoro el transporte público y la densidad de las ciudades. Me gusta mucho no depender de un coche para hacer las cosas. Allí vives en urbanizaciones, lejos de todo. En Europa, en cambio, puedes moverte a pie. Es genial cuando llega el domingo y bajas a comprar el pan y el periódico», dice.

A propósito de la información, James se mantiene al día de lo que ocurre en Estados Unidos y España. Y, por supuesto, compara. «Con esto de las elecciones, la diferencia es abismal. Allí están como locos eligiendo a los candidatos. Llevan un año así, y todavía quedan diez meses. Aquello es excesivo. Prefiero la moderación local».

Internet es una vía importante para mantenerse en contacto y al tanto de todo. Aunque no siempre alcanza. «Los deportes son diferentes y los echo de menos. Puedo ver hockey sobre hielo desde aquí, claro, pero no sentir el olor del frío ni el ambiente del estadio». James señala que, como emigrante, lo tiene más fácil que otros. «No importa dónde vaya, mi cultura está ahí. Puedo comer en locales norteamericanos, ver series de allí o películas en inglés. No se puede escapar de Estados Unidos».

2008 América del Norte Ellos