Veronika Drazdova: raíces bielorrusas, corazón en Bilbao

«No somos bichitos raritos: tenemos nuestra cultura… Queremos poner nuestro granito de arena». Veronika Drazdova (Minsk [Bielorrusia], 1981) estudió teatro en la universidad, así que la palabra cultura tiene resonancias muy potentes para ella. De hecho, la música, el diseño, la pintura, la fotografía o la literatura son fundamentales en su día a día: alimentarse de la creatividad ajena le parece algo fundamental a la hora de estimular la propia.

Por eso mismo, Moiqut —su tienda— es un sitio donde se compra ropa y se habla de moda, pero también es un espacio donde se celebran conciertos, fiestas, exposiciones o lecturas dramatizadas. Incluso dispone de un punto de lectura —«Hasta en las mejores familias, hay una oveja lectora», dice un pequeño cartel— donde intercambiar libros y conversar sobre ellos. Además de ropa, Veronika procura vender alegría, buen humor y una buena dosis de creatividad en todo lo que hace. Esta es su historia.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

Un día iba caminando por Barcelona y encontró un libro abandonado en un banco. Era una novela. Se la llevó a casa, la leyó y sintió que eso era lo que necesitaba leer en ese momento de su vida. Cuando terminó el libro —El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson—, lo colocó en otro banco y deseó que tuviese el mismo efecto balsámico en otra persona. Por eso, en su tienda de ropa, ha reservado un espacio para el intercambio de libros y organiza otras actividades; por el placer de conocer gente y generar una pequeña comunidad con la que compartir afinidades.

MoiqutNacida en Minsk (Bielorrusia) y dramaturga de formación, Veronika Drazdova ha trabajado como dependienta desde que tenía 18 años. Mientras ganaba experiencia como empleada, supo que algún día tendría su propia tienda y que esa tienda suya sería algo especial. Imaginó un espacio donde la ropa se rodeara de arte, desde exposiciones de cuadros y actuaciones musicales hasta obras de microteatro y lecturas dramatizadas interactivas, como las que hacía en la universidad. Incluso pensó que estaría bien organizar fiestas cada tanto para que su clientela se conociera entre sí, pasara un buen rato y pudiera degustar una dosis de talento emergente.

Todo eso lo materializó en Bilbao, donde pudo concretar su idea. «Me gusta mucho el arte; disfruto con él. Cada vez que vienen artistas nuevos, me inspiran», explica. En los carteles de la tienda aún conserva el póster de la fiesta de febrero, donde tocaron los músicos Irrintzi Ibarrola y Peri & Gros, o donde la fotógrafa Teresa Ormazabal expuso su trabajo Transferencias.

Precisamente, una pieza de Teresa Ormazabal le sirve a Veronika para explicar qué le aporta rodearse de arte. «Un cuadro suyo me ayudó a entenderme mejor a mí misma: ahora sé que soy la capitana de un barco solitario sobre un mar de zanahorias», dice. Y, consciente de la sorpresa que inspira la imagen que evoca, añade: «¿Que por qué un mar de zanahorias? No hay explicaciones profundas… Es algo visual».

A la vista de la ropa desenfadada que vende —y que elige en ferias de Londres o París—, resulta sencillo captar su gusto artístico. Sus prendas preferidas tienen formas asimétricas, son minimalistas y utilizan tonos suaves. También el espacio refleja su interés por lo estético: la tienda es diáfana, con poca ropa —pero elegida con mimo— e invita al contacto personal. Esto último es clave para ella: le encanta conversar con todas las personas que entran. Disfruta de la cercanía.

Un proyecto viable

La idea de un local así surgió en sus paseos por el barrio de Malasaña, cuando vivía en Madrid. Allí trabajó siete años en una tienda que vendía ropa de segunda mano y que desempeñaba una intensa labor solidaria en África. Se implicó tanto y tan a fondo en el proyecto que casi termina de cooperante en Mozambique. Impulsiva y llena de energía como es ella, pensó que esa era la mejor manera de salir del estancamiento laboral al que sentía que había llegado. Sin embargo, supo dar un paso atrás a tiempo y reorientar su espíritu social.

Fruto de esa crisis, le quedaron dos enseñanzas. Una, la filosofía aprendida en aquella tienda: mejor arreglar pequeños problemas concretos que aportar dinero para grandes causas generales. Otra, lo que le pedía el cuerpo: cambiar de ciudad. Por eso, cuando unos amigos hace nueve años le dijeron que por qué no venía a Bilbao y los visitaba, dijo enseguida que sí. «Era mayo, llovía —cómo no—, salimos a pasear y me fijé en los abedules, en las ventanas iluminadas y las escenas familiares que se entreveían detrás de esas cortinas: la tele parpadeando, gente cenando…». En ese preciso instante quedó prendada de Bilbao. Sintió que aquí podría encontrar algo que echaba de menos desde que salió de Minsk: la sensación de hogar.

De hecho, el nombre de su tienda, Moiqut, significa ‘hogar’, aunque antes de tener la acogedora apariencia de hoy, fue una ferretería. Como recuerda Veronika, el local estaba lleno de estanterías y albergaba unas 8000 tuercas cuando ella y su pareja lo cogieron para reformar. Ahora, la tienda alberga una de aquellas estanterías —donde se encuentran los libros— y el techo conserva el aire industrial que una vez dominó la atmósfera.

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El proyecto lo supervisó Lan Ekintza, de quien Veronika valora que actuara como un interlocutor crítico para afinar su idea. «Yo tenía un proyecto y me ayudaron a poner las bases. Todavía tengo una asesora que sigue la evolución del negocio, me recomienda cursos, me da consejos…», detalla. Y, con orgullo de alumna aplicada, agrega: «Estoy siguiendo el plan de negocio que presenté, paso por paso».

Fruto de esa perseverancia en el trabajo bien hecho y de la creatividad que ha demostrado al colaborar con otros comercios o la facultad de Bellas Artes, la tienda recibió hace poco un reconocimiento institucional: «Nos han dado la baldosa al comercio innovador». También el de la gente: en el certamen Arteshop Bilbao 2017, que mezclaba artistas y tiendas, ganaron el premio del público.

Una ciudad donde madurar

Veronika aprecia particularmente la vida cultural bilbaína. Apoyó desde el inicio la apuesta teatral de Pabellón n.º 6, va a la ópera al Euskalduna —sobre todo, si ponen Carmen— y disfruta mucho de los conciertos de Bilborock y de la música en directo en el Residence. «También me quedo con lo verde, con los parques… En cualquier sitio te sientas en un banquito y hay zonas de confort; a algunos les parecerá una tontería, pero otros valoramos mucho eso», subraya.

Bilbao es, sobre todo, una ciudad que le permite construir relaciones personales a su medida: «Soy de ir siempre a los mismos sitios y tomar tal pintxo en tal bar… ¡Llevo nueve años yendo a la misma peluquería!». Sus rutinas no son manías; simplemente, le gusta sentir que tiene raíces aquí, que forma parte de la comunidad. Cuando entra en esos locales y la saludan por su nombre, se siente como en casa.

Migrar implica mucha soledad, especialmente en ciertos periodos; de ahí que Veronika rehuya de lo impersonal. Si bien los inicios fueron duros, ahora, después de tantos años, la situación es la contraria: «Dedico tiempo a las personas que me importan, y son muchas. Cuando llegan las Navidades, lo difícil es cuadrar fechas con todos los amigos y amigas de la cuadrilla. ¡Me faltan fines de semana!».

Según ella, no tiene idea de marcharse. «Aquí me han dado la posibilidad de montar el negocio. En otra ciudad,no sé si hubiera sido posible», especula. Además, ha conseguido lo que buscaba: proximidad con las personas y un entorno amable donde crecer sin sobresaltos. «He madurado en Bilbao —dice—. He aprendido que se puede vivir siendo fiel a ti misma». Quizá eso ayude a entender una frase en bielorruso que está pintada en su tienda y que se lee nada más entrar: «Lo que empezó siendo un refugio, ahora es mi casa».

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Segundas impresiones

Ana Silvia Velásquez, psicóloga y asesora empresarial salvadoreña

Es octubre de 2017, hace frío en las calles de Bilbao y el marido de Ana Silvia Velásquez aparece en el salón con una jarra de cristal llena de café recién hecho. Nos saluda, la deja sobre la mesa y se va; intuye que la conversación será larga y que necesitaremos algo con que regar las palabras. Siempre se sabe cuándo empiezan las charlas con Ana Silvia [San Salvador, (El Salvador, 1962)], pero no cuándo acaban. De hecho, esta fue tan interesante y caudalosa que un buen puñado de anécdotas quedaron fuera.

Una de las más curiosas es que Ana Silvia llegó a la carrera de Psicología por accidente; ella, en realidad, quería estudiar Ingeniería Industrial o Economía. Sin embargo, una compleja red de factores —la guerra civil de El Salvador, el cierre temporal de la universidad por parte del ejército, un problema burocrático cuando esta reabrió sus puertas o una experiencia de trabajo social con personas ciegas— dieron con sus huesos en un aula, donde el primer día de clase le hablaron de «los antiguos, el alma y el espíritu». Con el tiempo, supo pasar de los números a las letras y encontrar las sinergias. Hoy, aquel talento suyo para la física, la química o las matemáticas sigue siéndole útil en su trabajo como asesora empresarial.

Entre la primera entrevista con Ana Silvia y esta —principios de octubre de 2017— han transcurrido 8 años. En ese lapso, a sus tres hijos les ha dado tiempo para llegar a la universidad, obtener su correspondiente título —Ciencias del Mar, Biología y Magisterio respectivamente— y entrar en el mercado laboral. Dos de ellos, incluso, han dejado el hogar familiar y trabajan fuera de Euskadi. A sus 55 años, Ana Silvia está, por tanto, en el inicio de una nueva etapa vital.

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Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

«Yo me siento muy de Bilbao; no me siento extranjera. Desde el principio fui muy bien acogida. Este año estuve unos meses en El Salvador y mis amigos me llamaban para preguntarme cuándo iba a regresar: me echaban de menos. La verdad, estoy muy satisfecha con mi vida en Euskadi: tengo tres hijos de los que me siento orgullosa, he podido trabajar en lo mío y siento que he aportado a la sociedad». Con este balance —quizá llevada por la deformación profesional: es psicóloga, profesora y coach empresarial—, la salvadoreña Ana Silvia Velásquez sintetiza sus últimos 22 años.

Su primera visita a Bilbao fue en 1990, «antes de que existiera el Guggenheim», precisa. «Por aquel entonces, Bilbao era bastante oscura —describe—. El metro no estaba, la plaza Moyúa tenía vallas… Pero no me pareció una ciudad fea, como a veces se la recuerda. Claro que yo estaba enamorada y feliz, y como la vi tan diferente a lo que había en mi país, me pareció bonita».

El amor del que habla era el de un profesor universitario vasco —hoy su marido—, a quien había conocido en 1987. Él estaba elaborando una teoría sobre la dependencia económica en América Latina y repartía los semestres y las clases entre Bilbao y San Salvador. Por aquel entonces, Ana Silvia trabajaba en la facultad de Económicas como organizadora del servicio social que debe prestar el alumnado en retribución a la gratuidad de sus estudios universitarios. Se conocieron en una fiesta y se gustaron tanto que acabaron casándose y teniendo dos hijas antes de mudarse a Bilbao en 1995.

«He vivido todo el cambio de la ciudad. Por eso siento que es mi ciudad. Mucho de lo que hay ahora no estaba en el 95. Recuerdo haber ido a la inauguración del metro», apunta. Y analiza: «Hemos vivido transformaciones paralelas: Bilbao se ha convertido en una gran ciudad abierta y yo, en una bilbaína». Más de 20 años de arraigo y un hijo vasco —el tercero— avalan ese sentimiento.

Eso sí, esta querencia genuina por el botxo no implica que haya olvidado El Salvador. Al contrario, sucede que ha alcanzado el equilibrio con el que muchas personas migradas sueñan: «Allí me siento en casa y aquí también». Aunque este año pasó cuatro meses en su país, fue llegar aquí y olvidarse de cómo es su casa salvadoreña. Y viceversa: mientras estuvo al otro lado del Atlántico, rodeada de sus amigos y familia, olvidó cómo era el piso de Bilbao. «Se ve que se produjo un cambio psicológico profundo», evalúa sorprendida.

Hacía siete años que no iba. Esta vez aprovechó un receso en su actividad profesional y las vacaciones para pasar un tiempo más prolongado con su padre y con su hermana. También, como ella matiza, para «desidealizar los dos países y, de paso, renovar el disfrute por ambos». A su regreso a Bilbao, insiste, «el jamoncito y el vino» le saben mejor. A la vez, con la cabeza renovada, puede replantearse los proyectos para el año que viene.

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Asesora de alto nivel

En la actualidad, Ana Silvia lidera un equipo multidisciplinar especializado en coaching empresarial, formación y elaboración de planes de desarrollo para los departamentos de Recursos Humanos. Entre sus colaboradores habituales cuenta con un abogado mercantil, un economista especializado en I+D+i, una administradora de empresas, una socióloga y un ingeniero. Y, claro, también está ella, una psicóloga todoterreno, especializada en prevención de riesgos laborales. En su cartera de clientes caben grandes astilleros, conocidas empresas metalúrgicas o servicios de catering para colegios.

Abrió su consultoría después de haber trabajado tres años como asesora en Suspergintza Elkartea. El final de su contrato coincidió con la crisis económica y, entonces, decidió reinventarse. Convencida de que su experiencia profesional era valiosa, sintió que era el momento de abrir su propia empresa. Y acertó. Se dejó asesorar por Lan Ekintza —hoy Bilbao Ekintza—, recibió el respaldo de la Diputación y La Caixa financió su proyecto. Como la alumna modélica y con buenas notas que es y ha sido siempre, dejó a su tutor boquiabierto por la rapidez con que consiguió sus primeros clientes.

Antes de abrir su asesoría, la carrera de Ana Silvia dio muchas vueltas. Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue homologar su título de Psicología y, a continuación, doctorarse por la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. En esos años, además, simultaneó el ser madre de tres niños con la consultoría por horas. Si bien eso le permitía pasar un tiempo de calidad con sus hijos, al cabo de los años se dio cuenta de que ese modelo tenía un gran inconveniente: trabajar por horas implicaba cotizar poco para la jubilación. De ahí que en 2006 buscara empleo a jornada completa y que en 2011 abriera su propia empresa.

Dada su permanente inquietud intelectual —que se aprecia en la conversación y en su casa, rebosante de libros—, Ana Silvia se plantea combinar la asesoría de empresas con la psicología clínica. Siempre le gustó y, de un modo u otro, conservó los lazos con ella. Además, su dilatada experiencia vital ha enriquecido mucho su mirada; es un bagaje al que puede sacarle un gran rendimiento en favor de otras personas.

Compromiso social

Más allá de su marcado perfil empresarial, Ana Silvia destaca por su compromiso social. En 1981, al terminar el instituto, colaboró con una escuela de personas ciegas. Allí, mientras esperaba que el ejército desalojara la universidad y así empezar con su carrera, aprendió braille. Años después, colaboró con Unicef y trabajó en un proyecto de Oxfam donde acompañaba a las personas más vulnerables afectadas por la guerra civil de su país, que se extendió durante más de una década.

En Bilbao lleva diez años coordinando grupos de mujeres para Cáritas en el Centro Iturbegi de Basauri. Allí atiende a personas con escasos recursos y que, además se enfrentan a depresiones, muertes de seres queridos o enfermedades mentales. A la vez que enseña una foto de uno de los grupos, dice: «Son todas de aquí, vascas. Trabajo con ellas la elaboración del duelo. Nos reunimos todos los jueves de 17 a 19 h».

Ana Silvia sabe bastante sobre duelos. Además de los que conllevan las migraciones, hace años que pasó por el de su madre. «Murió de cáncer. Fue el 3 de marzo del 2000. Estuvo 11 meses conmigo en Bilbao. Cuando me enteré de que su enfermedad no tenía solución, pensé que lo mejor que podía hacer por ella era atenderla de manera profesional. Entonces me saqué el título de cuidados paliativos en la Universidad de Deusto y realicé una pasantía de seis meses en el Hospital San Juan de Dios. El curso me sirvió para trabajar mi duelo y para atenderla a ella de una manera exquisita», relata.

Hoy, la experiencia acumulada desde entonces la invierte en ayudar a los demás. De paso, sigue aprendiendo de los otros y formándose. Ahora que los hijos son mayores y dispone de más tiempo para ella, lo dedica a trabajar en lo que le gusta, a estudiar lo que le motiva y a aportar ese caudal de saberes y energía a construir una mejor sociedad.


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Segundas impresiones

Una cooperativa africana de Bilbao, modelo europeo de emprendimiento

Empezaron hace un par de años en una tienda de artículos de segunda mano en el barrio de San Francisco, en Bilbao. Allí, entre paraguas, colchones, lámparas y microondas, el vascocamerunés Georges Belinga y el angoleño Betto Snay se plantearon cambiar su realidad y la del vecindario. Cansados del estereotipo —entre condescendiente y criminalizador— que recae sobre el colectivo africano y el barrio, decidieron apostar por el conocimiento subsahariano y crear un espacio donde ese talento pudiera prosperar. Así nació Koop SF 34, un vivero de microproyectos que reúne a más de 25 emprendedores, que ya ha consolidado 5 iniciativas y que ahora, a través del Consejo de Europa, comparte su buen hacer con otras cooperativas similares.  

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

En el imaginario español, si vienes de un país subsahariano, tienes poco que enseñar. El estereotipo es tan injusto que, además de meter en un mismo saco a personas de países tan distintos como Guinea Ecuatorial, Níger o Sudáfrica, suele reducirlas a la categoría de pobres, sin cultura y con todo por aprender. Siempre les damos un lugar entre el alumnado, y nunca como maestros (salvo del djembé, la kora y poco más). Es como si pensáramos que en África no hay universidades o personas que trabajan a diario; como si no hubiera el mismo talento, creatividad y ganas de emprender que en cualquier otra parte del mundo.

Eso sucede, entre otras razones, porque los medios de comunicación ponen el foco casi siempre en lo mismo: las vallas de Ceuta y Melilla, los cayucos, la pobreza. Parece que nada ni nadie bueno o inteligente pudiera venir de allí. De hecho, apenas le prestan atención a perfiles como los de Jolie Mputela, una congoleña licenciada en Ciencias Políticas; Amina Mohammed, una nigeriana licenciada en Administración de Empresas; o Koudjo Klevo, un periodista togolés. Tampoco ponen demasiado énfasis en que muchos migrantes africanos hablan francés o inglés —además de su lengua materna— o en que construyen vínculos comerciales con sus países de origen que mueven cientos de miles de euros anuales (solo desde el puerto de Bilbao, exportan unos 200 contenedores). Pese a que esa realidad está ahí, a pie de calle, nos sigue costando pensar en ellos como proveedores de servicios, clientes o socios empresariales.

Según explica George Belinga, uno de los fundadores de Koop SF 34, en esta entrevista que publicó El Correo, «los extranjeros, en particular si son de origen subsahariano, tienen muchas más barreras que otras personas para sacar adelante sus iniciativas empresariales». Y, como menciona en Up! Euskadi —el blog de emprendimiento del Gobierno vasco—, hay una «gran cantidad de talento desaprovechado, tanto por parte de las empresas como de las instituciones […] talento hundido a base de ayudas paternalistas, ilegalización de personas, persecución policial, falta de formación adecuada o simple desconocimiento…». Además, los medios de comunicación suelen ahondar en lo conflictivo (1 y 2) y obviar los ejemplos de convivencia constructiva.

Crear un entorno para que el talento germine

koops1A falta de una tierra fértil donde la semilla subsahariana pudiese germinar, George Belinga y su socio Betto Snay decidieron ir más allá y salirse del cauce establecido. ¿Por qué no creamos un vivero donde cobijar las ideas laborales de otras personas y las apoyamos para que prosperen?, se preguntaron en 2015. En líneas generales, así fue el origen de Koop SF 34, el espacio de coworking y microproyectos sociales radicado en uno de los barrios con mayor índice de población extranjera de Euskadi.

Como ha reconocido el Consejo de Europa, la propuesta de esta cooperativa está en sintonía con el trabajo que hacen organizaciones similares en Alemania, Reino Unido o Italia. Koop SF 34 apuesta por aunar desarrollo económico y social a la hora de mejorar las condiciones y la calidad de vida en su barrio. Para ello, parte de dos premisas:

  1. cualquier persona tiene conocimientos y saberes que pueden ser útiles laboralmente;
  2. es necesario que haya más personas de origen subsahariano liderando emprendimientos diversos.

Fiel a esos principios, la cooperativa ha consolidado ya cinco iniciativas y prevé concretar otras dos este año.

En este momento, tiene una oferta educativa de lo más sugerente: entrenar con un judoca de élite, como el centroafricano Hardi Malot; aprender wolof con la senegalesa Fatou Dieng —quien además es comerciante y despachante de aduanas—; explorar la creatividad pictórica, junto a la asociación AmiArte y el camerunés William Suh; o desinhibirse y ponerse en forma al ritmo de la kizomba, con el angoleño  Daniel Kikadi. También se pueden dar clases de comercio y exportación con el vascocamerunés George Belinga, uno de los impulsores de Africanized Commerce. En fin, toda una colección de talento al servicio de la comunidad bilbaína, sin importar el color de la piel o el país de nacimiento.

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Una clase de afrodance durante la Kizomba Week celebrada en abril de 2017. Foto: Koops.

«Nuestro barrio es maravilloso y queremos impulsar su crecimiento, ofrecer una imagen distinta, más positiva de él. Hay mucho que construir como sociedad, desde los vecinos hasta los Estados», nos decía hace tiempo el senegalés Mamadou Ngom, que también colabora en Koop y es más conocido como Marra. Georges Belinga insiste en la misma idea ahora: «Queremos seguir avanzando y lanzar los dos proyectos que tenemos pendientes: el mercado de las especias, orientado al empoderamiento femenino, y los talleres de educación en la diversidad, dirigido a los niños que están creciendo en una sociedad multicultural. No puede ser que los chavales de distintos colegios, barrios y procedencias solo se encuentren cuando toca competir. ¿No sería mejor brindarles un espacio donde se encuentren a cooperar?»

La charla TED y el arte de tender puentes

El buen hacer de esta cooperativa subsahariana no ha pasado desapercibido. Sin ir más lejos, en abril de este año, Georges Belinga fue invitado a dar una charla TEDx en Vitoria y explicar cuáles son las bases sobre las que se apoya el proyecto. Allí, como se puede ver en el vídeo oficial, explicó los orígenes y los objetivos de Koop, pero también compartió su historia personal. Hijo de un camerunés y una vasca, «negro» cuando está en Europa, «blanco» cuando está en África, él es un buen ejemplo de las identidades múltiples que describe Amartya Sen. La clave de este changemaker es que no se ha aferrado a una única pertenencia, sino que ha aprendido a convivir con su mestizaje cultural.

«No todo el mundo conoce la relevancia de las charlas TED. Pero las personas que sí, flipan. No dejan de preguntarse “cómo han llegado estos ahí”», señala Georges con su inconfundible acento vasco. Lo cierto es que él mismo estaba sorprendido al principio, aunque la experiencia de Koop le había dejado algo claro: su talento consiste en utilizar la hibridación como bisagra entre personas y culturas. Aunque lo suyo es el márketing y el comercio, lo que le sale realmente bien es tender puentes.

Puentes que unen África y Europa, pero que también generan lazos entre los propios africanos, porque lo de «inmigrante subsahariano» no es más que un rótulo impreciso y comodón. Al otro lado del Sáhara hay tanta diversidad como en este. Hay países, para empezar. Y personas que hablan lenguas diferentes, que han tenido experiencias distintas y que pueden aportar miradas únicas. El logro más difundido de esta cooperativa es que ha roto el estereotipo del africano improductivo, delincuente o merecedor de compasión. Pero el logro más profundo es que ha conseguido trabajar con las diferencias para alcanzar un objetivo común.

La cooperativa africana y el Consejo de Europa

En 2017, el Consejo de Europa ha seleccionado a Koop SF 34 para participar en el programa de incubadoras interculturales. El reto para todas ellas es el mismo: convertir la diversidad en la fortaleza de aquellas ciudades y empresas capaces de acogerla y de fomentarla. Tras asistir al primer encuentro que se celebró en Barcelona, Belinga se declara ilusionado con la propuesta europea: «Fuimos con pocas expectativas; sin embargo, nos encontramos con que hay bastantes organizaciones en Europa haciendo cosas parecidas. Es más: en Londres, hay un proyecto gemelo al nuestro».

Estos encuentros reúnen incubadoras interculturales con incubadoras tradicionales de empresas y con representantes gubernamentales. En una primera instancia, el objetivo es conocer los proyectos en los que trabajan quienes participan y, a partir de ahí, aprender, establecer alianzas y optimizar mecánicas de trabajo. El fin último del programa es elaborar un documento colectivo que explique cómo hacer una incubadora intercultural y de qué modo las ciudades y empresas pueden beneficiarse si la incorporan en su día a día. La siguiente ronda será en septiembre en Alemania. Entre tanto, y mientras avanza el proyecto, la conclusión de Belinga es clara: «En Bilbao nos movemos al mismo ritmo de Europa».

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Primera reunión, en Barcelona, de las incubadoras sociales impulsadas por el Consejo de Europa.

Semana africana con invitados de primer nivel

El último gran proyecto de Koop es organizar su primera semana de África en Bilbao. Hasta ahora, la celebración se reducía al consabido 25 de mayo, Día de África; sin embargo, este año han cooperado con otras instituciones —como la Diputación de Bizkaia, el Ayuntamiento de Bilbao, Médicos del Mundo o la Fundación Ellacuría— y han lanzado una ambicioso programa de actos. Además, según Belinga, la idea no es revindicar África, sino proponer una semana de actividades que permitan hacer llegar a la sociedad una mirada africana sobre la interculturalidad.

Entre los actos (ver programa completo más abajo), destaca el del lunes 22, dedicado a la discriminación positiva y el emprendimiento femenino. Los ponentes serán Jaume Lanaspa, director general de la fundación La Caixa; Rita Bosaho, la primera y única diputada negra que hay en el Congreso;  Asier Alea, director de Promoción Exterior y Turismo de la Diputación de Bizkaia; y Alfonso García, director de Empleo, Inclusión Social e Igualdad  de la Diputación.

El martes y el miércoles el protagonismo recaerá en el baile, las historias de mujeres africanas y en debatir sobre feminismo desde una perspectiva afro y desde el islam. El jueves habrá un marcha para recordar a las más de 20.000 personas que han muerto ya en el Mediterráneo. El viernes será el momento para escuchar las historias de activistas políticos como Desiree Bela, Jessica Lukombo o Rubén H. Bermúdez. El sábado se cerrará la semana con un mercadillo social, que a Belinga y a Koop les gustaría que fuera una invitación a que la gente se acercara al barrio y conociera de primera mano quiénes son sus vecinos.

 

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