69 | Silvia

Desde que llegó el año pasado, Silvia Rugamas tuvo muy claro que la integración cultural era importante para desarrollar una vida plena en Euskadi. Para ello, empezó desde la base. Lo primero que hizo al llegar a Santurtzi, donde vive con su marido, su cuñada y sus hijas, fue buscar un colegio para las niñas y apuntarlas en el modelo D. «Ha sido duro para ellas, pero algún día me lo agradecerán».

Emigrar no es un proceso sencillo. Implica «medir tus capacidades, ponerte retos a ti mismo» y, si bien «traes la ilusión de conocer algo distinto, no sabes realmente a lo que te vas a enfrentar». Así lo explica Silvia Rugamas, una salvadoreña que llegó a Euskadi en abril de 2007 junto a su marido y sus hijas. Dejar atrás todo aquello que le resultaba conocido y empezar de nuevo ha supuesto un cambio importante para toda la familia, aunque para ella no fuera el primero.

«Yo he tenido dos migraciones en mi vida», dice a modo de resumen. La primera fue en su país, cuando tenía doce años. «Vivía en El Salvador con mis padres, que son gente de tierra y de campo. Para ellos, la vida empezaba y terminaba allí; la felicidad era quedarse en casa con sus ocho hijos, con los cultivos y el ganado». Pero Silvia, al igual que sus otros hermanos, tenía una idea distinta. «Quería ir a la ciudad, conocer mundo, aprender. Mis hermanas mayores se habían ido y yo decidí irme con ellas. Fuimos rebeldes, quisimos estudiar».

La reflexión suena casi a paradoja, pero lo cierto es que su emancipación temprana le permitió ir al instituto y completar el bachillerato. No sólo eso. En la ciudad también conoció a su actual marido. «Yo tenía diecisiete años y él, veintitrés. Éramos dos chavales, pero nos enamoramos y el sentimiento fue tan fuerte que, al año y medio de empezar a salir, nos casamos. Cuando cumplí veinte años, nació mi primera hija, que ahora ya tiene diez».

¿Demasiado rápido? «Puede ser… A veces la miro y me pregunto si de verdad es mía, otras veces la gente no se cree que yo sea su mamá. Quizá no haya tenido una juventud típica pero, la verdad, no me arrepiento. Creo que la vida te va diciendo en cada momento dónde debes estar y, además, hay que ver el lado positivo: cuando tenga cuarenta años, mis hijas estarán en la universidad».

Silvia entiende que la función primordial de los padres es dotar a sus hijos de herramientas para que puedan desenvolverse en la vida. «Una persona de 30 años tiene que ser perfectamente capaz de encarar su independencia. No digo que haya que llegar al extremo de irse de casa a los doce, pero sí quiero que mis hijas se preparen y vean hasta dónde son capaces de llegar. Ahora mismo, me parece muy importante que aprendan y hablen euskera».

Apoyo comunitario

Silvia recuerda que, cuando llegó a Santurtzi, «el primer lío» fue encontrar una escuela. «Vinimos en Semana Santa y enseguida me puse a buscar colegios. Descubrí que había varios modelos educativos, que tenía que elegir… Al final, opté por el modelo D. Sabía que sería difícil, pero los niños aprenden rápido y manejar otro idioma aparte del materno es fundamental en el mundo de hoy».

No obstante, para su hija mayor -que tenía ocho años entonces- no resultó rápido ni sencillo. Más bien, fue un trabajo en equipo. «Digamos que todo el proceso ha sido una corresponsabilidad entre ella misma, la maestra, una chica que la ayudaba con la tarea y hasta los propios vecinos. La verdad es que todos han contribuido para superar los obstáculos y estoy muy agradecida por ese apoyo comunitario».

Para esta salvadoreña, que se dedica a cuidar a un matrimonio mayor, el esfuerzo por superarse lo es todo. «Mucha gente me ha preguntado por qué elegí ese camino y yo siempre digo que lo fácil hubiera sido escoger otro. Da igual que el euskera sólo se hable aquí; además de ser un idioma es una vía de integración. Quiero lo mejor para mis hijas, que aprendan cosas, que viajen y puedan adaptarse a cualquier sitio. El conocimiento no hace daño, aunque cueste».

Anuncios
2008 América Central Ellas

65 | Cina

Aunque recientemente se ha creado una asociación para integrar a los países centroamericanos en Euskadi, no es sencillo encontrar salvadoreños aquí. «Somos pocos», dice Cina Cortez, presidenta de ACEDI y ‘nueva vasca’ desde 2003. Según su punto de vista, hace falta una mayor sensibilización ciudadana y un avance social que acompañen el «altruismo institucional».

El sábado pasado, el barrio bilbaíno de Irala se convirtió en el escenario de presentación de ACEDI, la Asociación Centroamericana de Desarrollo Integral. El acto contó con la participación de los socios fundadores y, también, con la presencia de Joaquín Arriola, quien ofreció una charla sobre la crisis mundial y su impacto en las economías centroamericanas. A propósito del tema, Cina señala que «hay distintos tipos de crisis. La de aquí se refleja en los números; la de allí, en el déficit alimentario».

La creación de ACEDI responde, en parte, a esa cuestión. «Nos gustaría poder ayudar a nuestros países porque la situación, en general, no es buena», explica. Y cuando dice ‘nuestros países’ se refiere a todos los que conforman el bloque centroamericano. «Si bien los gestores de este proyecto somos de El Salvador, compartimos lazos sociales y culturales con los países del entorno. Así como Europa cuenta con instituciones continentales, los Estados de América Central están ligados políticamente. Lo que pretendemos, de alguna manera, es tomar ese modelo como referencia para promover la integración social», detalla.

Pero, además de la cooperación internacional, la presidenta de ACEDI subraya la necesidad de trabajar por quienes han venido. «Hay mucha gente que lo pasa mal y no tiene a quién recurrir. Me parece admirable el altruismo del Gobierno vasco, pues ayuda activamente a combatir la exclusión social. Las instituciones de Euskadi se preocupan por plasmar el principio de igualdad y, en ese sentido, dan un ejemplo a seguir por todos», indica.

A Cina le sorprende que los poderes públicos vayan un paso por delante de la propia ciudadanía, que «todavía registra muchos casos de discriminación directa o indirecta». Por ello, considera que el papel de las asociaciones es muy importante, ya que son los inmigrantes quienes deben dar a conocer otras cosas sobre sus países de origen. «De lo nuestro, por desgracia, sólo se enseña lo innoble. La idea es crear un centro de documentación para poder mostrar otras cosas», adelanta.

Mejorar la percepción social sobre los extranjeros es una meta difícil pero, también, «necesaria». «Ya sea por los estereotipos de la sociedad local, por el aislamiento de los inmigrantes o por la falta de espacios de encuentro, se están consolidando los guetos y eso no es bueno para nadie. La relación con los vascos suele limitarse al empleo, pero la vida no es sólo trabajo. Es necesario fomentar otros tipos de intercambio».

Reto con distintas etapas

Cina, que en su país estudiaba Derecho y ha convalidado parte de la carrera en Bilbao, trabaja en un locutorio que brinda el servicio de envío de dinero. Aunque su tarea es puramente administrativa, relata que cada día se enfrenta al rostro más duro de la inmigración. «La gente te cuenta su vida, los problemas que tiene, y puedo asegurar que hay auténticos dramas».

Sin embargo y, como explica, «el desafío de los inmigrantes tiene distintas etapas. Al principio estás perdido, no sabes cómo funcionan las cosas, qué institución se encarga de qué. Los primeros tiempos son duros para la mayoría de la gente, pues hay que resolver cosas muy básicas y urgentes, como el sustento económico, la vivienda y la regularización», expone. Aunque eso es sólo el comienzo. Hay algo más que casi nadie menciona: «Resolver todo eso y estabilizarte es difícil; puede llevarte unos años, pero una vez que te asientas, comienza el duelo migratorio. Dejas de tener la cabeza llena de problemas inmediatos y entonces paras, piensas… Te das cuenta de que estás lejos y solo».

2008 América Central Ellas

41 | Rafael

Cuando camina por la calle y se encuentra con una marcha, cuando habla por teléfono y puede decir lo que piensa o cuando mira una película de contenido social y crítico, Rafael Romero siente que su migración fue un acierto. Residente en el País Vasco desde hace un año y tres meses, este documentalista nacido en El Salvador explica que su viaje le ha supuesto libertad. «Aquí puedo enriquecer mi cultura sin miedo a las represalias», dice.

Poco se sabe sobre El Salvador, excepto que es un país de Centroamérica que limita con Guatemala y Honduras. Y menos aún sobre sus habitantes. Tampoco hay tantos salvadoreños que residan en Euskadi, de modo que la conversación con ‘Rafa’ es, ante todo, reveladora. Documentalista y fotógrafo de profesión, Rafael Romero llegó a Bilbao a comienzos de 2007, acompañando a su mujer, que es vasca y quería regresar a su tierra. «Tenía ganas de terminar la carrera», precisa él, aunque ese no haya sido el único motivo para iniciar el viaje.

Lo que trajo a Rafael hasta Euskadi fue la situación política de América Central, que «es muy tensa» y que, debido a su profesión, le hacía sentirse inseguro. Los documentales de corte social, que son los que más le interesan, «están totalmente censurados -cuenta-. No existe la libertad de expresión, ni hay posibilidad de ser crítico». Con esa línea vedada, la salida laboral más parecida es la propaganda y la publicidad; dos ramas de la comunicación audiovisual a las que se dedicó durante dieciséis años.

«Primero trabajé para los partidos de la derecha, realizando sus campañas políticas, y después me pasé a la izquierda. El problema es que allí te encasillan en una corriente ideológica por el simple hecho de crear un ‘spot’ y, al final, cuando te asocian a un partido, resulta muy complicado que te den trabajo, más allá de lo que pienses o creas. Además -agrega-, yo tenía inquietudes sociales y quería difundirlas de otro modo, sin depender de nadie».

El deseo se transforma en utopía cuando a un país lo rige la censura, la persecución y la pérdida de identidad cultural. «El Salvador no tiene una moneda propia; funciona con el dólar», señala Rafael con tristeza, porque el dato es más que una anécdota. Según relata, la influencia norteamericana es tan grande que todo el sistema político, financiero y social se ha transformado por completo. «Somos el único país de Centroamérica que tiene tropas en Irak». De ahí que exista una Ley Antiterrorista y una «pesquisa permanente» que incluye «detenciones y hasta escuchas telefónicas».

Para los salvadoreños, Estados Unidos representa un modelo a seguir y un destino. «El 80% de los habitantes de mi país vive de las remesas que les envían sus familiares -expone Rafael-. Y después está lo otro; la influencia cultural. Las marcas de la ropa, los filmes hollywoodenses, el consumo desorbitado, las consolas y las cadenas de comida basura Hasta los campesinos que no saben expresarse bien quieren tener unas playeras de marca. Es tremendo».

El ejemplo vasco

La emigración hacia Europa es distinta, y el documentalista hace hincapié en ello. «Las familias acomodadas envían aquí a sus hijos para que conozcan otro mundo. Yo mismo vine a Euskadi en busca de cultura y libertad de expresión. El motivo no es económico, sino intelectual», apostilla. «Lo que más me gusta de los vascos es su manera de expresarse, la posibilidad de hacer pancartas, organizar una manifestación, debatir, criticar… El País Vasco tiene un punto social que me parece muy interesante».

Por ello, en este tiempo, Rafael se ha dedicado a documentar escenas de la participación ciudadana. «Quiero hacer un vídeo y enviarlo a mi país, mostrarle a los jóvenes de El Salvador que se puede vivir de otra manera, que discrepar es sano y hace bien al conjunto de la sociedad». Pero también se ha volcado en aprender, algo que pudo lograr en el espacio de Hacería Arteak, donde perfeccionó sus conocimientos de iluminación teatral y comenzó a desarrollar su vocación artística y social. «Me siento muy satisfecho de la experiencia que he adquirido aquí. Bilbao ha dejado crecer al Robin Hood que llevaba dentro».

2008 América Central Ellos