Ana Silvia Velásquez, psicóloga y asesora empresarial salvadoreña

Es octubre de 2017, hace frío en las calles de Bilbao y el marido de Ana Silvia Velásquez aparece en el salón con una jarra de cristal llena de café recién hecho. Nos saluda, la deja sobre la mesa y se va; intuye que la conversación será larga y que necesitaremos algo con que regar las palabras. Siempre se sabe cuándo empiezan las charlas con Ana Silvia [San Salvador, (El Salvador, 1962)], pero no cuándo acaban. De hecho, esta fue tan interesante y caudalosa que un buen puñado de anécdotas quedaron fuera.

Una de las más curiosas es que Ana Silvia llegó a la carrera de Psicología por accidente; ella, en realidad, quería estudiar Ingeniería Industrial o Economía. Sin embargo, una compleja red de factores —la guerra civil de El Salvador, el cierre temporal de la universidad por parte del ejército, un problema burocrático cuando esta reabrió sus puertas o una experiencia de trabajo social con personas ciegas— dieron con sus huesos en un aula, donde el primer día de clase le hablaron de «los antiguos, el alma y el espíritu». Con el tiempo, supo pasar de los números a las letras y encontrar las sinergias. Hoy, aquel talento suyo para la física, la química o las matemáticas sigue siéndole útil en su trabajo como asesora empresarial.

Entre la primera entrevista con Ana Silvia y esta —principios de octubre de 2017— han transcurrido 8 años. En ese lapso, a sus tres hijos les ha dado tiempo para llegar a la universidad, obtener su correspondiente título —Ciencias del Mar, Biología y Magisterio respectivamente— y entrar en el mercado laboral. Dos de ellos, incluso, han dejado el hogar familiar y trabajan fuera de Euskadi. A sus 55 años, Ana Silvia está, por tanto, en el inicio de una nueva etapa vital.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

«Yo me siento muy de Bilbao; no me siento extranjera. Desde el principio fui muy bien acogida. Este año estuve unos meses en El Salvador y mis amigos me llamaban para preguntarme cuándo iba a regresar: me echaban de menos. La verdad, estoy muy satisfecha con mi vida en Euskadi: tengo tres hijos de los que me siento orgullosa, he podido trabajar en lo mío y siento que he aportado a la sociedad». Con este balance —quizá llevada por la deformación profesional: es psicóloga, profesora y coach empresarial—, la salvadoreña Ana Silvia Velásquez sintetiza sus últimos 22 años.

Su primera visita a Bilbao fue en 1990, «antes de que existiera el Guggenheim», precisa. «Por aquel entonces, Bilbao era bastante oscura —describe—. El metro no estaba, la plaza Moyúa tenía vallas… Pero no me pareció una ciudad fea, como a veces se la recuerda. Claro que yo estaba enamorada y feliz, y como la vi tan diferente a lo que había en mi país, me pareció bonita».

El amor del que habla era el de un profesor universitario vasco —hoy su marido—, a quien había conocido en 1987. Él estaba elaborando una teoría sobre la dependencia económica en América Latina y repartía los semestres y las clases entre Bilbao y San Salvador. Por aquel entonces, Ana Silvia trabajaba en la facultad de Económicas como organizadora del servicio social que debe prestar el alumnado en retribución a la gratuidad de sus estudios universitarios. Se conocieron en una fiesta y se gustaron tanto que acabaron casándose y teniendo dos hijas antes de mudarse a Bilbao en 1995.

«He vivido todo el cambio de la ciudad. Por eso siento que es mi ciudad. Mucho de lo que hay ahora no estaba en el 95. Recuerdo haber ido a la inauguración del metro», apunta. Y analiza: «Hemos vivido transformaciones paralelas: Bilbao se ha convertido en una gran ciudad abierta y yo, en una bilbaína». Más de 20 años de arraigo y un hijo vasco —el tercero— avalan ese sentimiento.

Eso sí, esta querencia genuina por el botxo no implica que haya olvidado El Salvador. Al contrario, sucede que ha alcanzado el equilibrio con el que muchas personas migradas sueñan: «Allí me siento en casa y aquí también». Aunque este año pasó cuatro meses en su país, fue llegar aquí y olvidarse de cómo es su casa salvadoreña. Y viceversa: mientras estuvo al otro lado del Atlántico, rodeada de sus amigos y familia, olvidó cómo era el piso de Bilbao. «Se ve que se produjo un cambio psicológico profundo», evalúa sorprendida.

Hacía siete años que no iba. Esta vez aprovechó un receso en su actividad profesional y las vacaciones para pasar un tiempo más prolongado con su padre y con su hermana. También, como ella matiza, para «desidealizar los dos países y, de paso, renovar el disfrute por ambos». A su regreso a Bilbao, insiste, «el jamoncito y el vino» le saben mejor. A la vez, con la cabeza renovada, puede replantearse los proyectos para el año que viene.

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Asesora de alto nivel

En la actualidad, Ana Silvia lidera un equipo multidisciplinar especializado en coaching empresarial, formación y elaboración de planes de desarrollo para los departamentos de Recursos Humanos. Entre sus colaboradores habituales cuenta con un abogado mercantil, un economista especializado en I+D+i, una administradora de empresas, una socióloga y un ingeniero. Y, claro, también está ella, una psicóloga todoterreno, especializada en prevención de riesgos laborales. En su cartera de clientes caben grandes astilleros, conocidas empresas metalúrgicas o servicios de catering para colegios.

Abrió su consultoría después de haber trabajado tres años como asesora en Suspergintza Elkartea. El final de su contrato coincidió con la crisis económica y, entonces, decidió reinventarse. Convencida de que su experiencia profesional era valiosa, sintió que era el momento de abrir su propia empresa. Y acertó. Se dejó asesorar por Lan Ekintza —hoy Bilbao Ekintza—, recibió el respaldo de la Diputación y La Caixa financió su proyecto. Como la alumna modélica y con buenas notas que es y ha sido siempre, dejó a su tutor boquiabierto por la rapidez con que consiguió sus primeros clientes.

Antes de abrir su asesoría, la carrera de Ana Silvia dio muchas vueltas. Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue homologar su título de Psicología y, a continuación, doctorarse por la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. En esos años, además, simultaneó el ser madre de tres niños con la consultoría por horas. Si bien eso le permitía pasar un tiempo de calidad con sus hijos, al cabo de los años se dio cuenta de que ese modelo tenía un gran inconveniente: trabajar por horas implicaba cotizar poco para la jubilación. De ahí que en 2006 buscara empleo a jornada completa y que en 2011 abriera su propia empresa.

Dada su permanente inquietud intelectual —que se aprecia en la conversación y en su casa, rebosante de libros—, Ana Silvia se plantea combinar la asesoría de empresas con la psicología clínica. Siempre le gustó y, de un modo u otro, conservó los lazos con ella. Además, su dilatada experiencia vital ha enriquecido mucho su mirada; es un bagaje al que puede sacarle un gran rendimiento en favor de otras personas.

Compromiso social

Más allá de su marcado perfil empresarial, Ana Silvia destaca por su compromiso social. En 1981, al terminar el instituto, colaboró con una escuela de personas ciegas. Allí, mientras esperaba que el ejército desalojara la universidad y así empezar con su carrera, aprendió braille. Años después, colaboró con Unicef y trabajó en un proyecto de Oxfam donde acompañaba a las personas más vulnerables afectadas por la guerra civil de su país, que se extendió durante más de una década.

En Bilbao lleva diez años coordinando grupos de mujeres para Cáritas en el Centro Iturbegi de Basauri. Allí atiende a personas con escasos recursos y que, además se enfrentan a depresiones, muertes de seres queridos o enfermedades mentales. A la vez que enseña una foto de uno de los grupos, dice: «Son todas de aquí, vascas. Trabajo con ellas la elaboración del duelo. Nos reunimos todos los jueves de 17 a 19 h».

Ana Silvia sabe bastante sobre duelos. Además de los que conllevan las migraciones, hace años que pasó por el de su madre. «Murió de cáncer. Fue el 3 de marzo del 2000. Estuvo 11 meses conmigo en Bilbao. Cuando me enteré de que su enfermedad no tenía solución, pensé que lo mejor que podía hacer por ella era atenderla de manera profesional. Entonces me saqué el título de cuidados paliativos en la Universidad de Deusto y realicé una pasantía de seis meses en el Hospital San Juan de Dios. El curso me sirvió para trabajar mi duelo y para atenderla a ella de una manera exquisita», relata.

Hoy, la experiencia acumulada desde entonces la invierte en ayudar a los demás. De paso, sigue aprendiendo de los otros y formándose. Ahora que los hijos son mayores y dispone de más tiempo para ella, lo dedica a trabajar en lo que le gusta, a estudiar lo que le motiva y a aportar ese caudal de saberes y energía a construir una mejor sociedad.


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Segundas impresiones

231 | María de Paz

La globalización, según la RAE, es una tendencia de expansión de los mercados y las empresas; un crecimiento de dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales. Para los sociólogos y los politólogos, esta idea es aplicable a la cultura, a los vínculos sociales y las relaciones de poder. Pero la globalización -de la que tanto se ha hablado en las últimas décadas- es también algo más cotidiano y palpable que eso.

Globalización es visitar el Centro Ellacuría, en el corazón de Bilbao, saludar a un jesuita vasco que ha vivido cuarenta años en Congo, caminar por unos pasillos donde chavales de diversas procedencias hablan en árabe, francés o lingala, entrar en un aula de la primera planta y encontrar a una psicóloga salvadoreña dando clases de español a una veintena de jóvenes africanos. El movimiento internacional de personas, saberes y culturas, miles de kilómetros y decenas de años, pueden caber en los escasos metros de un salón o en los centímetros de una foto sencilla.

María de Paz Peña nació en El Salvador; un país en el que supo compaginar su formación académica con su vocación social. Desde muy joven ha estado vinculada a proyectos de cooperación y desarrollo, a movimientos de solidaridad y a iniciativas de ayuda humanitaria. De hecho, hizo su primer viaje a la península en 2001, tras los terremotos que azotaron a su tierra. “En ese entonces, yo era concejala del ayuntamiento de Zaragoza… Zaragoza de La Libertad, en El Salvador -aclara-, y vine a la capital aragonesa para trazar vías de ayuda y cooperación después del último sismo”.

En aquel viaje ocurrieron varias cosas. Logró dibujar un puente entre las ciudades homónimas, descubrió que “lo más parecido que tienen es su patrona, la Virgen del Pilar” y, al regresar a su país para poner en marcha los proyectos, conoció a un chico vasco que acabó siendo su marido. “Él era cooperante, estaba en una ONG y nos conocimos así, trabajando con jóvenes salvadoreños. La relación se gestó poco a poco y, con el tiempo, nos descubrimos. Teníamos y tenemos muchas cosas en común”, relata.

Cuatro años después, a finales de 2005, decidieron trasladarse a Euskadi. “Vinimos cuando terminé la carrera de psicología, pero me llevó bastante tiempo homologar el título. Yo nunca me había planteado que ese aspecto, el de la inserción social y laboral acorde a la formación, me iba a costar tanto. Allí tenía mi vida, mis estudios y mi prioridad era trabajar de eso. Honestamente, no supuse que sería tan difícil y, sin embargo, fue lo que más me costó”.

La espera activa

Pero la burocracia no fue un freno para ella. Mientras sorteaba esos obstáculos, se ocupó de hacer otras cosas. “Fui voluntaria en distintas organizaciones, como Emaús o CEAR; trabajé con niños que tenían síndrome de down o esclerosis múltiple, y continué estudiando. Hice un curso de Técnico en Inmigración y, en paralelo, trabajé en una pizzería”, enumera antes de agregar: “Tenemos una niña pequeña y eso es lo principal. Aunque mi marido trabaja, yo siempre he sido independiente, tanto aquí como en mi país. Quizá un trabajo determinado no sea el que más te satisfaga, pero siempre te da autonomía y libertad. Eso ha sido muy importante para mí durante toda mi vida”, expone.

La satisfacción profesional comenzó a llegar cuando María convalidó su carrera. “Empecé a trabajar en una residencia como dinamizadora social, hasta que me quedé en paro. He vuelto a estudiar, porque quiero profundizar en esa línea, y ahora estoy haciendo las prácticas en Hemen, un consorcio que apoya a los jóvenes ex tutelados procedentes de centros de protección de Vizcaya. Les doy clases de castellano y, en la medida que puedo, intento orientarles para que puedan desenvolverse aquí. Me gusta mucho lo que hago. He traído las inquietudes sociales desde mi país y he conocido a gente muy maja y muy comprometida aquí”.

2012 América Central Ellas

215 | Txanba

El próximo 10 de diciembre se conmemora el Día de los Derechos Humanos, aunque la jornada no es nueva. Se celebra cada año desde hace más de seis décadas y recuerda un momento puntual del París de la posguerra: el día en que la Asamblea General de la ONU recogió en un documento, por escrito, los derechos fundamentales que deberían amparar a todas las personas, en todo el planeta.

El texto establece cuestiones básicas, como el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad, que deberían existir más allá de la raza, el sexo, el idioma, la religión, la posición económica o la nacionalidad de las personas. Unas cuestiones elementales -como no estar sometido a la esclavitud o a la tortura- que, a pesar de su simpleza, hoy se siguen produciendo.

Por esta razón, los actos de esta fecha tienden a ser más reivindicativos que de celebración: los asuntos pendientes superan con creces los motivos para congratularse. “En el ámbito de los Derechos Humanos, queda mucho, demasiado, por hacer. Las libertades individuales se vulneran constantemente y aún nos falta recorrer un larguísimo camino para cambiar eso”, señala el cantautor salvadoreño Txanba Payés que, además de artista, es refugiado político.

Txanba Payés -Salvador Aguilar Payés- llegó a Bilbao hace casi veinte años. Pudo huir de su país (y de una muerte segura) gracias a la ayuda de ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Y aterrizó en la capital vizcaína porque también contó con el apoyo de las brigadas de paz formadas por ciudadanos vascos. “Evitaron que me asesinaran los Escuadrones de la Muerte”, precisa.

Estudiante -en ese entonces- de Sociología, y miembro de una familia de intelectuales y humanistas, Txanba encarnaba el objetivo ‘ideal’ de esta formación paramilitar de extrema derecha. “Mi familia y yo trabajábamos en un colectivo de defensa de los Derechos Humanos, y reivindicábamos los derechos de los presos políticos porque uno de mis hermanos estaba en la cárcel -relata-. Hicimos una campaña muy fuerte, una huelga de hambre que duró 42 días, y a partir de ese momento nuestras caras se hicieron visibles. El compromiso no era nuevo, pero la notoriedad, sí”. Sus opciones fueron marcharse o morir.

Peligro latente

En los 18 años que lleva viviendo en Euskadi, solo ha vuelto a su tierra una vez. “Me quedé en la casa de otro de mis hermanos, que es profesor en la universidad. No me ocurrió nada malo porque estuve protegido y porque viajaba en un coche con los cristales tintados. Habían pasado siete años desde mi partida, pero las razones por las que me fui seguían latentes”, describe.

La violencia en El Salvador hizo impacto en la familia de Txanba: él y tres de sus hermanos viven fuera del país. Otros dos y su madre ya no están. “Los Escuadrones fueron a buscar a uno de mis hermanos, encontraron a mi mamá y se ensañaron con ella. No aguantó”. La frase cae como una losa en la charla. ¿Cómo es posible superar algo así?

“Es duro -responde-. Cuando te exilias gozas de cierta protección, pero no llevas un cartel en la frente que diga que eres refugiado. Sólo se ve el color de tu pelo, el tono de tu piel. A los ojos de los demás, eres un inmigrante como cualquier otro. Internamente, llegas y piensas que quieres irte, que tu lugar está en tu país. Luego echas raíces aquí, coges afecto. Y si un día vuelves a tu tierra, también te sientes extraño. Echas de menos esto y no reconoces aquello. Preguntas por tus amigos y ves que unos están muertos y, otros, desaparecidos. Es lo que Mario Benedetti llamaba el ‘doble exilio’”, explica Txanba.

“Leer, escribir y componer es lo que más me ha ayudado a sobrellevar estas cosas”, dice el cantautor salvadoreño, que este sábado participará en el concierto intercultural de Arrupe Etxea (c/ Padre Lojendio, 2, a las 19.00 horas). “Cantaré un par de canciones porque habrá más músicos recordando la Declaración de los Derechos Humanos”.

2011 América Central Ellos

184 | Gloria

La vida de Gloria Guzmán ha estado siempre marcada por las transformaciones sociales. Nacida en El Salvador de la dictadura, criada en una familia de izquierdas y estudiante en los tiempos convulsos de la guerra civil, esta licenciada en Educación tuvo claro desde el principio que los derechos fundamentales no se piden, se conquistan. “Vengo de una familia muy comprometida con los cambios políticos de mi país -cuenta-. Respiré revolución desde pequeña; crecí con ello. Por eso no recuerdo exactamente el día en que empecé a militar”.

Gloria reside en Euskadi desde hace casi siete años, aunque antes de afincarse aquí de manera definitiva ya había venido de visita otras veces. La decisión de quedarse en estas latitudes se debió “a una mezcla de cosas” que ella intenta resumir al comienzo de la entrevista.

“Vine en busca de estabilidad, aprendizaje y reflexión”, enumera. “Después de muchos años agitados, de los movimientos estudiantiles y las manifestaciones políticas, de participar en organizaciones feministas y de luchar por la recurepación de la memoria histórica, necesitaba un poco de calma; un cambio que me permitiera analizar las cosas desde una nueva perspectiva”.

La Universidad de Girona, donde cursó un master en Género, fue el primer paso que dio en esa dirección. Y el instituto Hegoa -donde actualmente trabaja como investigadora- fue el siguiente, ya que Gloria llegó al País Vasco para hacer un doctorado en Globalización, Desarrollo y Cooperación Internacional. “Elegí esta tierra porque siempre ha habido vínculos estrechos con El Salvador -dice-. Muchos vascos han participado en el proceso de democratización de mi país, y los que he conocido aquí son personas encantadoras que me han hecho sentir como en casa”.

Gloria relata que la guerra civil y la revolución de El Salvador “interrumpieron durante muchos años” -en concreto, 12- la vida normal del país. “Yo formé parte del Frente para la Liberación Nacional (FMLN) que estaba integrado por cinco agrupaciones de izquierda. Y cuando se firmaron los acuerdos de paz en 1992, seguí en una organización feminista, ‘Las Dignas’. Mi carrera universitaria había quedado cortada por la mitad, sentí que tenía que terminarla y que era hora de reinsertarme y reubicarme en la sociedad para construir una nueva etapa tras el punto de inflexión de la paz.

La reconstrucción, el duelo

‘Las Dignas’ fue, para ella, la piedra angular de ese cambio. “La mayoría de las fundadoras veníamos del proceso revolucionario y necesitábamos reflexionar sobre el impacto que había tenido el conflicto social en nosotras. Trabajamos para consolidar nuestra asociación, para dotarla de autonomía y para pensar hasta qué punto la sociedad patriarcal salvadoreña nos había construido nuestra identidad como mujeres. Encontré mucha riqueza en el colectivo; el feminismo empezó a complejizarme la vida, por suerte, y en lo personal dediqué tiempo a buscar estabilidad. Después de tantos años de lucha, tenía una necesidad inmensa de sentirme segura y llevar una vida normal”, explica.

La normalidad fue, para ella, dedicar casi ocho años a trabajar en Derechos Humanos y recuperación de la memoria histórica. “En mi país hubo 75.000 muertos, 9.000 desaparecidos, 1.000 niños desaparecidos. Son datos fríos, pero hay una historia detrás de cada número. Como sociedad, necesitábamos hacer un duelo, dignificar a las víctimas y crear un espacio que recordara lo que había pasado. Era importante visualizar lo que había ocurrido, la violación de los derechos, la impunidad”, subraya Gloria, que llegó a ver cómo se materializaba esa idea. El Monumento a la Memoria y la Verdad, que lleva grabados más de 25.000 nombres, se inauguró en un céntrico parque de San Salvador unos meses antes de volar hacia Euskadi.

2011 América Central Ellas

132 | Ana

El jueves pasado, en Algorta, se celebró la segunda jornada de los ‘Diálogos Interculturales entre Mujeres’. El evento, que contó con una treintena de participantes, forma parte de una iniciativa del Servicio de Igualdad del Ayuntamiento de Getxo que pretende generar un espacio de encuentro entre las mujeres inmigrantes y vascas para reflexionar juntas sobre diversos temas. Entre ellos, la labor de las asociaciones, la situación de las mujeres extranjeras en el servicio doméstico o la violencia machista, que será el eje de la próxima reunión, el 29 de abril.

Ana Murcia, oriunda de El Salvador, es la dinamizadora de estos encuentros donde lo fundamental, además de hablar, “es escuchar a las demás personas”. Como dice Ana, se trata de “una puesta en común; una oportunidad de compartir y comparar distintos puntos de vista para poder entender mejor cómo se sienten y qué piensan los otros”. Y esto, que en apariencia es tan obvio y sencillo, no siempre es fácil a pie de calle.

De ahí la creación de este ciclo, “Existen varias redes de apoyo para las mujeres extranjeras, pero la propuesta de estos encuentros va más allá, pues lo que se intenta es abrir un espacio de diálogo intercultural. Siempre es interesante escuchar otras opiniones y acercarse a las vivencias personales sin intermediarios”, indica la dinamizadora, que compagina esta tarea puntual en Vizcaya con la labor social en Renteria, donde vive desde hace un lustro.

“El viaje de Irún a Getxo es largo, pero merece la pena -asegura-. En estas reuniones, además del tema propuesto, siempre afloran los prejuicios que tenemos sin saberlo. Unos colectivos tienen preconceptos sobre otros, básicamente, porque no se conocen ni dialogan. Creo que es muy enriquecedor observar cómo se van rompiendo esas imágenes a medida que avanza la charla”, explica Ana.

Pero, claro, el viaje que emprende cada mes para coordinar estos encuentros parece corto al compararlo con el que la trajo desde El Salvador hacia Euskadi. “Vine por amor”, contesta cada vez que le preguntan qué hace una salvadoreña en Renteria. Y, a continuación, cuenta la historia, que comenzó hace más de diez años al otro lado del Atlántico.

Refundarse, cambiar

“Cuando vivía en mi país, participaba en un colectivo feminista muy importante que recibía siempre cooperantes y voluntarios extranjeros. Así conocí a la persona que, hoy en día, es mi pareja”, relata Ana. Tras vivir siete años allí, en El Salvador, decidieron mudarse a Euskadi. “Al cabo de ese tiempo, sentimos que ya tocaba venir a este lado del mundo. También queríamos compartir nuestra vida cotidiana con su familia, que estaba aquí”.

Para ella, el cambio de continente fue algo más que un proyecto migratorio. “Quería cerrar mi etapa de activista, que había sido muy intensa, y refundarme a mí misma; volver a empezar. De más está decir que no es fácil”, reflexiona Ana, que en ese proceso de búsqueda trabajó como empleada doméstica y cuidadora de niños y ancianos.

Sin embargo, ella nunca dejó a un lado su vertiente social. Tal vez no sea militante de una plataforma feminista, pero integra la asociaciación de mujeres inmigrantes Garaipen, cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de las extranjeras en el País Vasco, favorecer la igualdad de género y resolver las dificultades sociales, físicas y psicológicas que derivan del proceso migratorio.

“Hay factores comunes; preocupaciones que todas compartimos, más allá de la nacionalidad, el idioma o la religión que profesemos. Generalmente, el tema del trabajo y los ingresos es el már urgente, el más acuciante, pero también están las obligaciones y los sentimientos hacia el país y la familia que dejaron atrás. Las mujeres, en general, cargamos un gran peso social y emocional; y esa carga se nota especialmente en las que somos inmigrantes”.

2010 América Central Ellas

79 | Ana Silvia

Su historia es típica y no lo es. Aunque llegó a Euskadi porque su marido es de Bilbao y quería para sus hijos un horizonte cultural más amplio, Ana Silvia Velázquez nunca sintió la necesidad de emigrar. «Allí vivíamos muy bien y nunca creí que acabaríamos viniendo», asegura esta profesional emprendedora, que no ha parado desde que llegó en 1995.

En el relato de Ana Silvia Velázquez se mezcla el amor con el mundo académico, la suerte con el empeño y la casualidad con las decisiones a conciencia. La trama empezó a tejerse en 1987, un año especialmente duro para los habitantes de El Salvador, que atravesaba una guerra civil y acababa de sufrir uno de los peores terremotos de su historia. Por aquel entonces, ella trabajaba en el ámbito de las ONG con desplazados de la guerra, viudas y huérfanos; ofreciendo atención psicológica a mujeres y niños.

Mientras, en Euskadi, el hombre que se convertiría en su marido planificaba su viaje a El Salvador, donde iba a impartir clases de economía en la Universidad Centroamericana (UCA). «Había estado elaborando su teoría sobre la dependencia económica en América Latina y firmó un convenio que le permitía compaginar la docencia a los dos lados del Atlántico; un semestre en cada país», explica Ana Silvia.

Sin embargo, no se conocieron en ninguna asociación ni en la UCA, sino en la Universidad de El Salvador, donde ella había accedido a una plaza docente y dirigía un equipo de psicólogos. «Cuando estaba en la ONG hice un proyecto de intervención social para Oxfam que resultó exitoso y se aprobó», resume.

Al mismo tiempo, su país asistía a una reforma educativa en la que todos los universitarios harían 500 horas de servicio social antes de acabar sus carreras. «La educación pública es gratuita, de modo que los estudiantes deben devolver algo a la sociedad. La mejor manera de hacerlo es contribuir con sus conocimientos, desde su especialidad y con un tutor que supervise el proceso», detalla.

La cuestión es que a Ana Silvia la seleccionaron para dirigir la proyección social de la facultad de Económicas y, por esas cosas de la vida, su futuro marido fue allí a impartir un curso. «Hubo una reunión para darle la bienvenida y yo llegué tarde -confiesa divertida-. Todavía recuerdo el vestido que llevaba puesto ese día y todo lo que pasó después. Lo vi, me vio, y fue un flechazo, como en las películas, igual. Lo primero que pensé fue que era guapísimo. En esa misma reunión, donde estaban todos los decanos y directores, le serví un café y conversamos como si no existiera nada alrededor».

Dar el paso

No tardaron en empezar a salir, ni tampoco en convivir, formar una familia y casarse. «Cuando nos conocimos, él sostenía que nunca iba a contraer matrimonio y yo era un poco escéptica con las promesas de amor de los extranjeros, pero ya ves, pasaron los años y aquí estamos, casados, juntos y con tres hijos».

Ana Silvia y su esposo vivieron varios años en El Salvador, donde no les faltaba de nada. «Trabajábamos los dos, teníamos una casa preciosa, estábamos formando una familia y veníamos de vacaciones aquí, donde estaba la suya», resume. «Me gustaba venir, porque me sentía bien recibida y mi suegra siempre fue muy sincera conmigo. Una vez me dijo que hubiera preferido que él se casara con una chica de aquí, pero que si su hijo me quería, yo era bienvenida».

La pregunta es qué pasó para plantearse un cambio de residencia. «Nuestros hijos», responde Ana Silvia. «Aunque allí estábamos muy bien, El Salvador tiene menos oferta cultural y la actividad principal pasa por ir de compras. Yo quería otra cosa para mis hijos; en especial para las mujeres, ya que mi país es bastante machista», indica. En cuanto a ella, no tuvo problemas en trabajar aquí y aplicar su experiencia en psicología, organizaciones y empresas. «Me reconforta pensar que todo lo que aprendí en mi país puedo volcarlo aquí, aunque sé que no encontré recelos ni roces al trabajar porque, en mi ámbito, no competía con nadie».

2009 América Central Ellas