Ana Silvia Velásquez, psicóloga y asesora empresarial salvadoreña

Es octubre de 2017, hace frío en las calles de Bilbao y el marido de Ana Silvia Velásquez aparece en el salón con una jarra de cristal llena de café recién hecho. Nos saluda, la deja sobre la mesa y se va; intuye que la conversación será larga y que necesitaremos algo con que regar las palabras. Siempre se sabe cuándo empiezan las charlas con Ana Silvia [San Salvador, (El Salvador, 1962)], pero no cuándo acaban. De hecho, esta fue tan interesante y caudalosa que un buen puñado de anécdotas quedaron fuera.

Una de las más curiosas es que Ana Silvia llegó a la carrera de Psicología por accidente; ella, en realidad, quería estudiar Ingeniería Industrial o Economía. Sin embargo, una compleja red de factores —la guerra civil de El Salvador, el cierre temporal de la universidad por parte del ejército, un problema burocrático cuando esta reabrió sus puertas o una experiencia de trabajo social con personas ciegas— dieron con sus huesos en un aula, donde el primer día de clase le hablaron de «los antiguos, el alma y el espíritu». Con el tiempo, supo pasar de los números a las letras y encontrar las sinergias. Hoy, aquel talento suyo para la física, la química o las matemáticas sigue siéndole útil en su trabajo como asesora empresarial.

Entre la primera entrevista con Ana Silvia y esta —principios de octubre de 2017— han transcurrido 8 años. En ese lapso, a sus tres hijos les ha dado tiempo para llegar a la universidad, obtener su correspondiente título —Ciencias del Mar, Biología y Magisterio respectivamente— y entrar en el mercado laboral. Dos de ellos, incluso, han dejado el hogar familiar y trabajan fuera de Euskadi. A sus 55 años, Ana Silvia está, por tanto, en el inicio de una nueva etapa vital.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

«Yo me siento muy de Bilbao; no me siento extranjera. Desde el principio fui muy bien acogida. Este año estuve unos meses en El Salvador y mis amigos me llamaban para preguntarme cuándo iba a regresar: me echaban de menos. La verdad, estoy muy satisfecha con mi vida en Euskadi: tengo tres hijos de los que me siento orgullosa, he podido trabajar en lo mío y siento que he aportado a la sociedad». Con este balance —quizá llevada por la deformación profesional: es psicóloga, profesora y coach empresarial—, la salvadoreña Ana Silvia Velásquez sintetiza sus últimos 22 años.

Su primera visita a Bilbao fue en 1990, «antes de que existiera el Guggenheim», precisa. «Por aquel entonces, Bilbao era bastante oscura —describe—. El metro no estaba, la plaza Moyúa tenía vallas… Pero no me pareció una ciudad fea, como a veces se la recuerda. Claro que yo estaba enamorada y feliz, y como la vi tan diferente a lo que había en mi país, me pareció bonita».

El amor del que habla era el de un profesor universitario vasco —hoy su marido—, a quien había conocido en 1987. Él estaba elaborando una teoría sobre la dependencia económica en América Latina y repartía los semestres y las clases entre Bilbao y San Salvador. Por aquel entonces, Ana Silvia trabajaba en la facultad de Económicas como organizadora del servicio social que debe prestar el alumnado en retribución a la gratuidad de sus estudios universitarios. Se conocieron en una fiesta y se gustaron tanto que acabaron casándose y teniendo dos hijas antes de mudarse a Bilbao en 1995.

«He vivido todo el cambio de la ciudad. Por eso siento que es mi ciudad. Mucho de lo que hay ahora no estaba en el 95. Recuerdo haber ido a la inauguración del metro», apunta. Y analiza: «Hemos vivido transformaciones paralelas: Bilbao se ha convertido en una gran ciudad abierta y yo, en una bilbaína». Más de 20 años de arraigo y un hijo vasco —el tercero— avalan ese sentimiento.

Eso sí, esta querencia genuina por el botxo no implica que haya olvidado El Salvador. Al contrario, sucede que ha alcanzado el equilibrio con el que muchas personas migradas sueñan: «Allí me siento en casa y aquí también». Aunque este año pasó cuatro meses en su país, fue llegar aquí y olvidarse de cómo es su casa salvadoreña. Y viceversa: mientras estuvo al otro lado del Atlántico, rodeada de sus amigos y familia, olvidó cómo era el piso de Bilbao. «Se ve que se produjo un cambio psicológico profundo», evalúa sorprendida.

Hacía siete años que no iba. Esta vez aprovechó un receso en su actividad profesional y las vacaciones para pasar un tiempo más prolongado con su padre y con su hermana. También, como ella matiza, para «desidealizar los dos países y, de paso, renovar el disfrute por ambos». A su regreso a Bilbao, insiste, «el jamoncito y el vino» le saben mejor. A la vez, con la cabeza renovada, puede replantearse los proyectos para el año que viene.

Ana-Silvia-Velasquez-2

Asesora de alto nivel

En la actualidad, Ana Silvia lidera un equipo multidisciplinar especializado en coaching empresarial, formación y elaboración de planes de desarrollo para los departamentos de Recursos Humanos. Entre sus colaboradores habituales cuenta con un abogado mercantil, un economista especializado en I+D+i, una administradora de empresas, una socióloga y un ingeniero. Y, claro, también está ella, una psicóloga todoterreno, especializada en prevención de riesgos laborales. En su cartera de clientes caben grandes astilleros, conocidas empresas metalúrgicas o servicios de catering para colegios.

Abrió su consultoría después de haber trabajado tres años como asesora en Suspergintza Elkartea. El final de su contrato coincidió con la crisis económica y, entonces, decidió reinventarse. Convencida de que su experiencia profesional era valiosa, sintió que era el momento de abrir su propia empresa. Y acertó. Se dejó asesorar por Lan Ekintza —hoy Bilbao Ekintza—, recibió el respaldo de la Diputación y La Caixa financió su proyecto. Como la alumna modélica y con buenas notas que es y ha sido siempre, dejó a su tutor boquiabierto por la rapidez con que consiguió sus primeros clientes.

Antes de abrir su asesoría, la carrera de Ana Silvia dio muchas vueltas. Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue homologar su título de Psicología y, a continuación, doctorarse por la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. En esos años, además, simultaneó el ser madre de tres niños con la consultoría por horas. Si bien eso le permitía pasar un tiempo de calidad con sus hijos, al cabo de los años se dio cuenta de que ese modelo tenía un gran inconveniente: trabajar por horas implicaba cotizar poco para la jubilación. De ahí que en 2006 buscara empleo a jornada completa y que en 2011 abriera su propia empresa.

Dada su permanente inquietud intelectual —que se aprecia en la conversación y en su casa, rebosante de libros—, Ana Silvia se plantea combinar la asesoría de empresas con la psicología clínica. Siempre le gustó y, de un modo u otro, conservó los lazos con ella. Además, su dilatada experiencia vital ha enriquecido mucho su mirada; es un bagaje al que puede sacarle un gran rendimiento en favor de otras personas.

Compromiso social

Más allá de su marcado perfil empresarial, Ana Silvia destaca por su compromiso social. En 1981, al terminar el instituto, colaboró con una escuela de personas ciegas. Allí, mientras esperaba que el ejército desalojara la universidad y así empezar con su carrera, aprendió braille. Años después, colaboró con Unicef y trabajó en un proyecto de Oxfam donde acompañaba a las personas más vulnerables afectadas por la guerra civil de su país, que se extendió durante más de una década.

En Bilbao lleva diez años coordinando grupos de mujeres para Cáritas en el Centro Iturbegi de Basauri. Allí atiende a personas con escasos recursos y que, además se enfrentan a depresiones, muertes de seres queridos o enfermedades mentales. A la vez que enseña una foto de uno de los grupos, dice: «Son todas de aquí, vascas. Trabajo con ellas la elaboración del duelo. Nos reunimos todos los jueves de 17 a 19 h».

Ana Silvia sabe bastante sobre duelos. Además de los que conllevan las migraciones, hace años que pasó por el de su madre. «Murió de cáncer. Fue el 3 de marzo del 2000. Estuvo 11 meses conmigo en Bilbao. Cuando me enteré de que su enfermedad no tenía solución, pensé que lo mejor que podía hacer por ella era atenderla de manera profesional. Entonces me saqué el título de cuidados paliativos en la Universidad de Deusto y realicé una pasantía de seis meses en el Hospital San Juan de Dios. El curso me sirvió para trabajar mi duelo y para atenderla a ella de una manera exquisita», relata.

Hoy, la experiencia acumulada desde entonces la invierte en ayudar a los demás. De paso, sigue aprendiendo de los otros y formándose. Ahora que los hijos son mayores y dispone de más tiempo para ella, lo dedica a trabajar en lo que le gusta, a estudiar lo que le motiva y a aportar ese caudal de saberes y energía a construir una mejor sociedad.


seg-imp-logoConoce el proyecto Segundas impresiones y descarga gratuitamente los libros en PDF desde aquí.

Segundas impresiones

Educar en tiempos de diversidad: 8 reflexiones desde la experiencia

¿Qué piensan los niños y niñas migrantes cuando llegan nuevos a un aula? ¿Qué sienten cuando entran en un entorno donde casi todo es diferente? ¿Cómo reaccionarán? Si lo supiéramos, sería más fácil el trabajo en las escuelas e institutos; sin embargo, la telepatía es una herramienta todavía por desarrollar… Compartir la experiencia docente es importante a la hora de comprender mejor la complejidad que hay detrás de cada caso personal.

Por Sagrario García*

El primer día de clase todo es distinto. Lo es para cualquier alumno; pero, en particular, lo es para quienes vienen de otros países. En el patio se encuentran con niños y niñas de aspecto diferente a los que acaban de dejar en su país, la disposición de aula y las rutinas en clase son otras, y el idioma les resulta extraño. Todo eso puede producir miedo, inseguridad, incertidumbre.

Ante esa misma situación, las reacciones pueden ser muy diferentes. Unos se hacen más pequeños de lo que ya son y procuran volverse invisibles, pasar inadvertidos. Otros hacen lo contrario: reaccionan con una alta dosis de actividad, que se traduce en un incumplimiento de normas, en falta de control, en agresividad. Unos y otros plantean problemas educativos específicos al profesorado.

Las 8 microhistorias que refiero a continuación proceden de mi experiencia como profesora de primaria. Lo único que pretendo al contarlas es compartir lo aprendido y fomentar el debate sobre cómo afrontar los retos educativos que lleva aparejada la diversidad en el aula.

A modo de conclusión, mi aprendizaje lo resumiría así: si bien dominar el idioma es algo fundamental a la hora de que el alumnado extranjero obtenga buenos resultados escolares, hay al menos otros tres factores que influyen tanto o más que ese: la asistencia regular a clase, la importancia que los padres otorguen a su educación y el nivel socioeconómico de la familia. No son los únicos; pero, lo dicho: esto es un resumen.

*

01 | Hablar español no es un garantía de integración inmediata. Su primer día en el colegio, Ramón, de 4 años, se asomó a la que iba a ser su clase de infantil y rompió a llorar, y gritó: «Son todos feos». Estaba recién llegado de Colombia y, probablemente, le chocó la diferencia de rasgos de sus compañeros. Recíprocamente, estos ponían cara de sorpresa cuando Ramón hacía algún comentario debido a su acento o a las palabras que utilizaba. Además, él tampoco estaba acostumbrado a las rutinas que teníamos en clase, así que entre lo uno y lo otro algunos chicos no querían tenerlo en su equipo. Llevó unos 3 o 4 meses que se conocieran y jugaran juntos. Con Ramón aprendí que compartir un idioma no equivale a compartir una cultura (ni siquiera en la infancia…).

escuela2

M. Luaces

02 | No hablar español es una garantía de estrés. Desconocer el idioma suele ser fuente de estrés para los niños. Ese fue el caso de Thomas, rumano, de 3 años. El primer día se aferraba angustiado a su padre y no lo soltaba. Al ver la escena, le pedí al padre que se quedara en clase para que su hijo se tranquilizase. Pasados 2 días, tuve que pedirle al padre que se marchara: lloraba él más que su hijo. Al cabo de unas dos semanas de ir sin el padre, el niño comenzó a estar más tranquilo; eso sí, se pasaba las horas agarrado a mi vestido, y el resto de la clase y yo decíamos, en tono de broma, que era mi secretario. Poco a poco, Thomas fue aprendiendo palabras, hasta que a los 2 o 3 meses yo podía avisarle de lo que íbamos a hacer en cada momento. Entonces dejó de ser mi secretario y pudo permanecer tranquilo en su sitio, como uno más.

03 | Los padres y sus ideas preconcebidas sobre la educación. Mamadou tenía 6 años, hablaba poco y se movía mucho. Su español era precario y fue un obstáculo para su correcta asimilación del proceso lectoescritor. Eso sí, este pequeño de Mali tenía una gran impaciencia por aprender a leer; en cambio, el resto de las materias no le interesaban y apenas prestaba atención: su padre, señalando la cartilla, le había explicado enfáticamente cuán importante era para la familia que él pudiera leer e interpretar los papeles. El resultado fue que Mamadou desarrolló cierta habilidad para la lectura mecánica, pero no para la lectura comprensiva. ¿La razón? Su padre no entendía que el desarrollo del lengua es necesario y previo a la lectura, y que todas las actividades escolares iban encaminadas en esa dirección… Por desgracia, eso implicó un retraso importante en el aprendizaje de su hijo.

escuela3

M. Luaces

04| Evitar que falten a clase con permiso de la familia. Mariam era una niña marroquí de 5.º de primaria que faltaba frecuentemente a clase. El padre y la madre justificaban estas faltas de asistencia: la chica tenía labores que atender en la casa… Mariam arrastraba falta de base en algunas asignaturas, pero hablaba bien español y árabe. Sus profesores pensábamos que el problema era, sobre todo, el absentismo: cuanto más faltaba, más retrasada se quedaba y menos motivación encontraba para asistir. El tutor de Mariam se entrevistó en varias ocasiones con sus padres con el fin de hacerles comprender la importancia de que asistiera regularmente a clase. Le costó, pero lo consiguió y, en dos trimestres, Mariam mejoró y pudo pasar de curso.

05 | Cuando la familia es una aliada. Naima, de 6 años, también era marroquí. En su caso, sin embargo, la familia demostraba gran interés por su aprendizaje: la madre y el padre asistían a todas las reuniones, animaban a su hija a que hiciera la tarea a primera hora de la tarde, le facilitaban material escolar de primera calidad, la alentaban a leer… Y, cuando llegaban los buenos resultados —Naima era una de las niñas que sacaba mejores notas—, lo celebraban por todo lo alto en casa. Al margen del talento personal, su caso me recordó que el éxito escolar suele asentarse en cuatro pilares: disfrutar con las actividades, asistir regularmente a clase, contar con el apoyo de la familia y la motivación.

escuela1

M. Luaces

06 | La importancia de la atención (más o menos) personalizada. Dana, de 7 años, llegó de Rumanía con un español muy precario, pero con una motivación muy alta por aprender. Pese a que su fluidez y velocidad lectora era muy baja, dos factores jugaron a su favor: la estrategia que utilizó su profesora y que su clase era poco numerosa. Los medios disponibles en la escuela eran escasos; sin embargo, al estar en una clase de 20 alumnos, Dana pudo recibir suficiente atención por parte su maestra para progresar a una velocidad razonable. Asimismo, al tener pocos alumnos, la profesora pudo priorizar el desarrollo de lectura comprensiva y el aprendizaje del español en todas las asignaturas. El resultado fue que Dana mejoró su nivel lingüístico rápidamente y, a final de curso podía seguir el ritmo de la clase.

07 | Fomentar el trabajo cooperativo. Alexandra, una niña rumana de 8 años, había repetido 2.º de primaria y necesitaba ayuda constante en Matemáticas. Su dificultad no era de cálculo, sino de lectura comprensiva; por eso, le propuse a Sara —una niña trabajadora y de resultados excelentes— que ejerciera de compañera tutora. La idea era sencilla: Sara sería la encargada de leer y explicarle el enunciado de los problemas a Alexandra; luego, Alexandra resolvería sola los problemas (así yo disponía de tiempo para atender a otros niños). Y funcionó. De hecho, a lo largo del curso, cambié varias veces al compañero tutor para no sobrecargar a ninguno. A final de curso, Alexandra precisaba menos apoyo y durante el curso siguiente funcionó con plena autonomía. Sus resultados no fueron excelentes, pero sí fue aprobando y no volvió a repetir.

08 | Implicar a la comunidad educativa. Los maestros a veces se ven desbordados por la pluralidad del aula. Asegurarse de que las familias han comprendido las notas informativas supone muchas veces una labor que les rebasa, por lo que necesitan que alguien intermedie entre el colegio y la familia. A veces, esos intermediadores son profesionales en la materia; otras son personas que pertenecen a la comunidad educativa. En el caso Akram, un niño marroquí de 9 años, recuerdo que le pedimos ayuda a Sofía, una madre también marroquí que había acogido a la familia del chico mientras esta encontraba piso. Sofía hablaba árabe y español, así que ella venía a las reuniones con la familia de Akram y traducía y explicaba las notas del colegio, las pautas… Todo. Gracias a ella, entendieron rápidamente el funcionamiento del colegio y fue más sencillo incluirlos en la dinámica escolar. Sofía me enseñó que, en muchas ocasiones, otras madres y otros padres son unos mediadores culturales estupendos. Solo es cuestión de confiar en ellos y guiarlos.

***

Para concluir, me gustaría hacer un doble reconocimiento: por un lado, a los niños que tienen que abandonar su entorno, dejando atrás raíces y familia en situaciones que no querríamos para los nuestros; por otro, a tantos docentes que se esfuerzan cada día, a veces con escasos recursos, para mejorar la situación de niños que son víctimas de circunstancias ajenas.


Sagrario García García (Toledo, 1961) es maestra de Educación Infantil y Primaria, con más de 30 años de experiencia en la escuela pública. Gracias a su interés por la educación integradora, ha desarrollado diversos proyectos, algunos de ellos publicados en revistas como Cuadernos de pedagogía o Padres y maestros. Su proyecto Chuches y vitaminas fue premiado en el VIII Certamen de Materiales Curriculares de la Comunidad de Castilla La Mancha. Como madre, nunca llevó mal del todo que sus hijos salieran a buscarse la vida fuera de España, pero sí que lo de irse haya sido una elección forzosa y que no encuentren oportunidades para volver. Como profesora, eso mismo la ayudó a comprender mejor a su alumnado extranjero.

Artículo