274 | Carmen

Los días de Carmen Iza empiezan a las cinco y media de la mañana. A esa hora se levanta, desayuna y deja su casa en marcha. Luego parte rumbo a la estación. «Salgo a las seis y cinco, cojo el metro de las seis y media, y llego a mi trabajo a las siete», detalla con la precisión de un reloj suizo, aunque sea de Ecuador. Es el tiempo que necesita para empezar la jornada, organizar sus cosas y hacer el viaje que separa Miribilla, el barrio donde vive, de Aiboa, donde trabaja desde hace años.
«Lo hago contenta -dice-. No me cuesta madrugar y voy feliz a mi trabajo», añade Carmen, que es empleada doméstica. «Desde que llegué al País Vasco, hace diez años, me he dedicado a esto. Y he tenido mucha suerte con mis empleadores. Tanto en la casa donde estoy ahora como en las dos anteriores en las que trabajé, siempre me han tratado muy bien, con respeto y hasta con cariño. Eso siempre es importante, pero es fundamental cuando te encuentras lejos y solo».

Lo dice por ella misma y por unas cuantas amigas suyas, también extranjeras y madres con los hijos lejos. «A veces tienes que tomar decisiones muy duras, dar pasos que los demás no entienden, simplemente porque no tienes alternativas. Y tienes que aprender a vivir con ello, a que te cuestionen o juzguen y a asumir todas las consecuencias, tanto buenas como malas, de aquello que has decidido», reflexiona Carmen. Ella y su esposo han soportado ocho años sin abrazar a sus cuatro hijos.

«Nosotros vivíamos al sur de Quito con nuestros niños, pero la situación económica nos obligó a salir del país. El alquiler, la comida, los pañales, la educación de los cuatro… No llegábamos a fin de mes y aquello era insostenible -recuerda-. En un momento, mi esposo y yo comprendimos que teníamos que hacer algo para cambiar las cosas y sacar adelante a nuestra familia». Dejaron a los niños al cuidado de sus abuelos, hicieron las maletas y se vinieron. Fue el 22 de diciembre de 2002. El hijo mayor tenía 12 años. El pequeño, 3.

«Elegimos Euskadi porque mi cuñado ya estaba aquí, en Astrabudua. Él y su novia nos ayudaron a venir y a dar los primeros pasos. Empezamos a trabajar enseguida. La prioridad era mantener a nuestra familia en Ecuador y, al mismo tiempo, afianzarnos», explica. Aunque la idea era regresar a Quito, Carmen comprendió que ese objetivo era muy complicado. Entonces, cambió de estrategia: además de trabajar para sacar adelante a sus hijos, se propuso traerlos.

«Largo y difícil»

«Fue un proceso largo y difícil. Cuando intentamos reagruparlos, nos denegaron la solicitud porque eran cuatro niños y no cumplíamos con los requisitos económicos que nos exigían para traerlos», explica Carmen, que jamás se planteó la posibilidad de que vinieran unos y otros se quedaran en Ecuador, con los abuelos. «En cuanto obtuve la nacionalidad española logré traerlos», dice, y se le hace un nudo en la garganta. Desde que pisó por primera vez el aeropuerto de Bilbao hasta que volvió, para esperarlos, pasaron 8 largos -«larguísimos»- años.

El resultado fue un reencuentro emotivo, pero difícil a la vez. «Mi hijo pequeño no me conocía», dice con la voz quebrada. «Cuando me fui, él tenía tres años. Volvió a verme con once. Y en todo ese tiempo yo no fui a mi país porque no tenía corazón para una nueva despedida. Dejar a tus hijos es muy duro, aunque lo hagas por su bien». Por fortuna para Carmen, sus hijos -sobre todo el mayor, que ya es adulto- entienden las razones por las que emigró. «Él siempre me dice: ‘Mamá, tú tranquila, que nunca te vamos a reprochar nada. Sabemos que lo has hecho para que seamos hombres de bien’. Eso es un respiro para mí, aunque no me alivia del todo porque yo misma me cuestiono las cosas», reconoce.

También valora «muchísimo» la presencia de sus hijos. «El mayor trabaja por temporadas, recogiendo pimientos, y eso ayuda mucho a la economía familiar. Los pequeños estudian y a mí me parece un sueño tenerlos aquí, poder abrazarlos, compartir con ellos el día a día e ir juntos a jugar al fútbol. Vamos los fines de semana y yo también juego. Le doy al balón desde que tenía once años y todavía sigo, aunque tenga cuarenta y el cuerpo no responda igual de bien», dice. «El deporte siempre ha sido muy importante en mi vida, y más aquí, donde ha sido un punto de encuentro además de una actividad física. Ahora es una genial actividad familiar».

2013 América del Sur Ellas

254 | Dany

Hoy es un día especial para Dany Pincai. Está de aniversario. Su local, un pequeño taller de reparación de calzado, cumple ocho años con él al frente del negocio. “Me gusta mucho mi trabajo -dice-. Aunque hay gente que lo percibe como un oficio sucio o poco agradecido, para mí es muy bonito y necesario. Sobre todo, en los tiempos que corren”. La misma crisis que ha bajado las persianas de infinidad de comercios le ha dado una segunda vida a oficios como el suyo, que hasta hace muy poco parecían condenados a extinguirse.

“Cuando yo llegué a Bilbao, hace casi doce años, la mayor parte de los zapateros eran personas mayores. Y todos eran de aquí. Si no me equivoco, fui el primer extranjero que se dedicó a reparar calzado en la ciudad”, estima. “Poco después de empezar con mi negocio, hace cinco o seis años, hubo una época en la que muchos zapateros comenzaron a jubilarse… y se topaban con el problema de que no encontraban a nadie que quisiera seguir con sus talleres. En sus familias, por ejemplo, los hijos o los nietos no querían saber de nada”, recuerda. En aquel pasado cercano, el oficio no tenía futuro.

Hoy, las cosas han cambiado. Vuelve a existir la opción de arreglar lo que se ha roto en lugar de tirarlo. “Cada vez hay más personas que se preocupan por ahorrar, y esta es una manera de hacerlo. No es que ahora tenga una barbaridad de trabajo, ni que haya aumentado un montón la faena, pero sí consigo mantenerme a flote, que no es poco. Es verdad que, como muchas otras personas, he perdido la capacidad de ahorro y la posibilidad de ayudar a mi gente, en Ecuador, pero al menos sí pago las cuentas, el alquiler y los gastos de la familia. Vivo de mi trabajo y me reconforta”.

Dany se siente afortunado y, también, agradecido. “Creo que he tenido suerte porque, desde que llegué a Bilbao, jamás me ha faltado trabajo. Hubo personas que confiaron en mí y, sin siquiera conocerme, me dieron una oportunidad”. Se refiere a su antiguo jefe -la primera persona en darle empleo, en una panadería- y a un zapatero vasco que le ayudó a lanzarse por su cuenta en el taller. “Fueron mis empleadores; hoy son mis clientes y, más que eso, son mis amigos”, subraya.

“Cuando vienes de fuera y nadie te conoce de nada, valoras mucho los gestos de confianza. Sin ellos, es difícil empezar. Luego, claro, tienes que demostrar que han merecido la pena, trabajar mucho y, con el tiempo, hacerte un hueco. Eso tampoco es sencillo”, añade. En este sentido, Dany recuerda los primeros tiempos en su taller, cuando “los vecinos no se fiaban mucho de un zapatero ecuatoriano. Creían que, por ser extranjero, no sabría hacer las cosas bien”. Sin embargo, “eso ha ido cambiando”. Su trabajo es su aval: “Como sabes, en América Latina comenzamos a trabajar desde muy jóvenes. Yo aprendí el oficio con catorce años y aquí sigo. Es lo que mejor sé hacer y me gusta”.

Calzado de hace 40 años

En la charla con Dany, que dejó su Guayaquil natal junto a su mujer y sus tres hijos, hay un trasfondo sentimental. No solo hacia su país de nacimiento o el de acogida, sino hacia su labor de artesano y todo lo que genera. “Hay gente que le tiene mucho aprecio a su calzado. Más de un cliente ha venido a arreglar zapatos de hace treinta o cuarenta años, que eran de sus padres o sus abuelos y que están impecables, casi nuevos”, desvela.

Pero, además, el pequeño taller de Dany es un punto de encuentro en el barrio. Allí conversan los vecinos y se tejen redes sociales como antaño. “La mayor parte de mis clientes son vascos, aunque también tengo clientes y amigos de fuera. Más de una vez ha pasado que unos llegan al local preguntando por un pintor, un fontanero o alguien con experiencia en cuidar niños y salen de allí con el problema resuelto: unos con el servicio que necesitaban y otros, con trabajo”, explica con alegría y añade: “Mis amigos, en broma, dicen que la zapatería es el INEM”.

Para él, es una “satisfacción” ayudar a los demás, poner en contacto a las personas y ser una parte activa del barrio. “Es muy importante integrarse, acostumbrarse a la nueva vida que supone emigrar y adaptarse a un entorno distinto del que tenías”. ¿La reflexión incluye clima? “Sí, sobre todo al clima”, enfatiza. “Yo me levanto cada día deseando que llueva”. No es que le gusten las nubes y los paraguas, sino que el sirimiri trae siempre trabajo. “Cuando cae agua y toca caminar por calles empinadas, la gente se acuerda de mí”.

2012 América del Sur Ellos

248 | Santiago

La crisis avanza con paso decidido e imprime con fuerza sus huellas de gigante. Lo rompe todo. Quiebra proyectos. Resquebraja la tranquilidad. Amedrenta a las familias. Y corta los hilos sociales. “Las cosas han cambiado mucho en estos últimos años”, enuncia Santiago Morales. Y lo dice desde varias perspectivas: como extranjero, como ciudadano, como presidente de una asociación, como padre de familia y como trabajador autónomo con empleados que dependen de él.

Originario de la ciudad de Cayambe, al norte de Ecuador, Santiago emigró a Bilbao hace ya 16 años. En su país, combinaba la actividad comercial con la defensa de los derechos humanos; en particular, de las poblaciones indígenas. Fue socio fundador de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y concejal del Ayuntamiento de su ciudad durante dos legislaturas. Explica que decidió emigrar para darle otro futuro a sus hijos, y que eligió el País Vasco porque tenía amigos aquí.

“Podría haberme quedado, sí. Ganaba lo suficiente para mantener a mi familia. Sin embargo -matiza-, decidí marcharme pensando en mis tres hijos. He priorizado su educación. Yo quería que se formaran en otro medio, que tuvieran un horizonte más amplio y por eso elegí el vasco”. Gracias a su actividad social en Ecuador, Santiago conocía a personas de aquí, “tenía referencias de Euskadi y de su sistema educativo. Mi objetivo -señala- era que mis hijos cursaran sus estudios superiores en Euskadi”.

Una década y media después, ha logrado su propósito, pero también ha sido testigo (y protagonista) de numerosas transformaciones. Desde que llegó, “cuando aún no había muchos ecuatorianos en el País Vasco”, ha estado trabajando y ha mantenido su labor social a ambos lados del Atlántico. La asociación que preside, Ecuador Etxea, impulsa numerosas actividades de integración y formación, y no solo para sus paisanos: “Organizamos cursos de autoempleo, de manipulación de alimentos, de inglés… y el proyecto está abierto a todo el mundo; busca la participación de todas las personas, vengan de donde vengan, y también si son de aquí. No somos un gueto”, remarca.

En materia laboral, su situación no es muy distinta a la de cualquier emprendedor. “Soy autónomo -indica- y trabajo en el sector de la carpintería. A lo largo de estos años, he trabajado para otros y he sido yo quien ha dado empleo a los demás. He generado puestos de trabajo para extranjeros y para vascos. En las mejores épocas, éramos treinta personas. Hoy, somos cuatro, y trabajamos el doble para ganar la mitad”, cuantifica. Le duele la situación y “lo mucho que ha cambiado la percepción de los extranjeros” tras el embate de la crisis.

La pirámide de la aceptación

“Ha sido como una pirámide -ilustra-. Cuando estábamos en la cúspide, la gente de aquí era muy buena con nosotros. Muchos sectores de la economía se apoyaban en nuestra espalda. La construcción, el cuidado de los niños y ancianos, la hostelería o la agricultura dependían de nosotros. Y es importante recordar eso. Los inmigrantes hemos trabajado mucho y hemos dejado aquí los mejores años de nuestra vida. Estábamos tan bien valorados que hasta los bancos nos llamaban para ofrecernos préstamos”, desvela con sarcasmo. Pero ahora, con la crisis, estamos en la pendiente: se habla de que no hacemos nada; cala el discurso de que vivimos de ayudas. Se nos percibe como una carga que no merece siquiera tener acceso a la Sanidad”.

“Yo me pregunto -prosigue- quién construía, quién cuidaba a los mayores, quién ayudaba a levantar el país y mantener el Estado del bienestar. Pretender cobrar 710 euros por un derecho básico, como se plantea ahora, no solo rompe con el principio de solidaridad, es el peor discrimen que se puede hacer a los más desfavorecidos. Muchas veces oyes un ‘que se vayan’, sin más, como si eso fuese la solución a todo y no es así. Yo conozco infinidad de personas que han regresado a Ecuador; algunas, con sus proyectos migratorios ya cumplidos, y otras, no. También a muchos ecuatorianos con nacionalidad española que se han marchado a otros países europeos. Pero nada de eso es sencillo; ni volver a casa después de tantos años, ni seguir migrando cada vez que te pilla una crisis”.

2012 América del Sur Ellos

156 | Norma

Han pasado ocho años, cuatro meses y veinte días desde que Norma Maffare se marchó de Ecuador. Sentada en el paseo del Arenal, recuerda nítidamente la fecha, el viaje en autobús desde Esmeraldas a Guayaquil, el avión que la trajo a Barajas y su llegada a destino, Laredo. “No he podido ni he querido olvidarlo, y eso que ha pasado mucho tiempo”, cuenta. Tampoco ha olvidado el momento en que le dijo a su familia que se iba.

“Poco antes de viajar, quedé a comer con mis hermanas. Una de ellas preparó mi comida favorita: ensalada, pollo frito y locro, que es como una sopa que se hace con maíz. Cuando estábamos en la mesa, les dije que me marchaba del país y, al principio, no me creyeron. Entonces les mostré mi billete de avión”. Las hermanas de Norma no recibieron bien la noticia. “Me preguntaron por qué, intentaron disuadirme y hasta se enfadaron un poco conmigo. ‘¿Para qué estudiaste, si al final ibas a ser una sirvienta?’, me preguntaron. No podían entender mi decisión”.

La única persona que se alegró por el cambio fue su sobrina, que llegó en medio de la comida y, al conocer la noticia, la felicitó. “Sabía que yo siempre había querido viajar, conocer mundo y vivir una experiencia personal fuera de Ecuador”. Lejos de ser una aventura intempestiva, el viaje fue la concreción de un sueño largamente postergado.

“Desde que tengo memoria anhelaba algo así. Cuando era pequeña, me fascinaban los aviones, y ya de jovencita me imaginaba viviendo en otro lugar, conociendo una cultura distinta. El tiempo fue pasando y, en un momento, creí que jamás lo conseguiría. Pero el sueño quedó latente y la oportunidad, finalmente, se dio”, dice Norma, que emigró con 49 años de edad.

Llegó a Laredo por recomendación de una amiga, que le habló del lugar y le consiguió trabajo. “Empecé cuidando a una persona mayor y, desde entonces, me dedico a ello. Cuando el señor falleció, su familia me consiguió un trabajo similar aquí en Bilbao. Así fue como llegué al País Vasco”, resume. También señala que el cambio de vida y el cambio laboral han sido “una gran experiencia” para ella y “un baño de humildad”, pues en Ecuador se dedicaba a la docencia.

Moverse del lugar

“Yo no emigré por dinero, ni porque estuviera pasando hambre, ni porque quisiera desarrollar en otra parte mi profesión. Yo me subí al avión porque sentía curiosidad y no quería vivir toda mi vida en un mismo lugar. Tener trabajo era, y es, un medio para hacer eso. Y, aunque al principio me costó, debo decir que en todas las casas donde he trabajado siempre encontré personas maravillosas. Me han tratado como a un miembro más de sus familias y me han hecho sentir bienvenida”.

Desde que vino, en 2002, Norma no ha vuelto a Ecuador. Asegura que “algún día” volverá, aunque no sabe si irá para quedarse. “Mi familia, mis raíces, están allá, en Esmeraldas. Quiero ir para estar con los míos y volver a verles después de tantos años, pero no sé si me quedaría. Soy ecuatoriana y me enorgullezco de mi país, pero reconozco que, cuando pasa el tiempo, uno acaba dividido. Te partes en dos y no sabes dónde está anclada tu vida”.

Norma disfruta cuando habla del País Vasco y cuando tiene la ocasión de enseñárselo a los demás. “Me gusta contarle a los turistas cómo es, recorrerlo, mostrar las bondades de esta tierra -explica-. Llega un punto en el que dejas de ser un extraño y empiezas a sentir que también eres de aquí. Aunque no sea el lugar donde has nacido, ni tengas a tus amigos de la infancia, es el lugar que has elegido para crecer; el sitio donde construyes tus amistades de la vejez. He conocido a bellísimas personas, tanto en la asociación Mujeres del Mundo como en el coro Sanfran Korue, donde soy la única negrita sudamericana. Me siento feliz. He tendido lazos y, si me fuera, echaría muchas cosas de menos”.

2010 América del Sur Ellas

149 | Eduardo

Eduardo Mena es músico. Lleva diecisiete años en Bilbao y tres al frente de Amaru, una iniciativa que busca promover la música andina y la fusión con otros estilos del mundo. El proyecto cuenta con 38 miembros habituales, varias agrupaciones y una decena de talleres orientados al crecimiento intercultural, un concepto que hoy está de moda, pero que él ha vivido desde que era un niño.

En Ecuador, su país de nacimiento, participaba en festivales y encuentros donde abundaban los artistas extranjeros. “Yo era un chaval, y ese fue mi primer contacto con la diversidad -cuenta-. Crecí hablando con personas que procedían de otros lugares, sobre todo de Europa, y me contaban cosas de sus países. Escuchar sus historias me resultaba fascinante”.

Los primeros viajes de Eduardo fueron imaginarios. A través de aquellos relatos comprendió que había mucho por descubrir y no tardó en llevar su interés a la práctica. Un proyecto de la UNESCO, que enlazaba músicos de distintas nacionalidades, le dio esa oportunidad. “En total, pasé casi doce años viajando, aunque siempre regresaba a Quito”.

Un festival de folk en Alemania fue la puerta de entrada a la cultura vasca. “Estaba allí y, de pronto, oí a un grupo de músicos hablando en castellano. Eran los únicos, aparte de nosotros, así que me acerqué. Estuvimos charlando un rato, me dijeron que eran vascos y me hablaron bastante de Euskadi. Después actuaron y quedé maravillado con lo que hacían. Es muy rica la música autóctona de aquí”.

Si bien aquello le cautivó y, de algún modo, le impulsó a venir al País Vasco, fue otra cosa la que consiguió enamorarle. “Volví a Ecuador y allí conocí a una mujer. Era vasca, nos hicimos amigos y… bueno, han pasado 17 años”, resume Eduardo con una sonrisa. Casi dos décadas es tiempo más que suficiente para formar una familia y ver lo mucho que ha cambiado la ciudad.
“No sólo la ciudad -corrige-. La sociedad también ha cambiado. Cuando yo vine, no había tantos extranjeros. Éramos como bichos raros y teníamos menos derechos que ahora. Los títulos académicos, por ejemplo, no valían de nada”, recuerda. “Con el tiempo, eso ha mejorado, pero ha empeorado la percepción social sobre los inmigrantes. Ya no se nos considerapersonas con capacidad de enriquecer la cultura, sino mala gente. La inmigración, por desgracia, se ha convertido en sinónimo de delincuencia”.

“Esa música de indios”

Eduardo reconoce que “parte de la responsabilidad la tienen los propios extranjeros”, ya que “no todos vienen con idea de trabajar y salir adelante”. En su opinión, la honradez de las personas no va ligada a su lugar de nacimiento y por ello sostiene que “es un error meter a todo el mundo en el mismo saco”. En ese sentido, lamenta que “a muchas mujeres se las considere prostitutas sólo por ser sudamericanas. Una mujer sola,si es inmigrante, lo tiene difícil”, apunta.

En cuanto al “desprecio cultural”, señala que también se produce entre los propios extranjeros. “Muchos problemas los causamos nosotros al marcar diferencias entre los que tienen más y los que tienen menos, al comparar orígenes, formación o raza. Y ese es un problema muy grave”, dice.

Para ilustrar esto último, habla de la escuela de música andina que ha puesto en marcha en Bilbao. “El proyecto está dirigido a los niños. A todos los niños. Pero sólo asistien chavales vascos. En la clase no hay ni un solo pequeño de origen sudamericano. Y he oído cómo un padre le decía a su hijo que no le permitía apuntarse porque no valía de nada aprender ‘esa música de indios’, ¿te lo puedes creer?”.

Eduardo lamenta que su cultura y su música estén tan denostadas. Por un lado, porque es “un género milenario que vale la pena preservar”. Por otro, porque “si sabes música, siempre podrás hacerle frente a la adversidad. Este instrumento -dice señalando al charango- me lo ha dado todo. ¿Cómo no voy a difundirlo?”.

2010 América del Sur Ellos

126 | Marina

Tenía 31 años y dos hijos cuando su marido la abandonó. “A sus ojos, yo era vieja, así que se largó con una chica más joven”, sintetiza Marina. Y, aunque no le resta importancia al hecho, lo enmarca en un contexto más amplio. “La vida allí es diferente. Hay más machismo en la sociedad ecuatoriana y no es raro que pasen esas cosas -dice-. Como muchas otras mujeres, de un momento para otro me encontré en esa situación sin poder pedir explicaciones”.

En ese entonces, Marina Vidal regentaba una pequeña tienda. Si bien era auxiliar de enfermería, se ganaba la vida como comerciante; y no le iba mal, pero necesitaba un cambio. “Empecé a pensar en el futuro, en mis hijos y en mí misma. Quería salir adelante, progresar y la idea de emigrar se fue haciendo cada vez más fuerte -relata-. En aquel momento tenía una amiga que vivía en Madrid y me alentaba a venir. Me decía que aquí se vivía muy bien, que la gente ganaba más de cuatro mil dólares al mes y que en un par de meses cubriría el coste del pasaje. Yo le creí. Pero me engañó”.

Marina pagó un millón de pesetas por un billete de avión que, por supuesto, gestionó y compró su amiga. Y, como aval, hipotecó su casa. “Puse a su nombre las escrituras. Si no le devolvía el dinero, se quedaba con la propiedad. Ese era el trato”, señala. Firmar un acuerdo desventajoso no fue el único contratiempo, sino el primero. Los demás aparecieron al llegar.

“Llegué a Madrid y fui a la casa de mi amiga. Lo primero que hizo fue cobrarme veinte mil pesetas por alojarme y otras cinco mil para la comida.Después me dio un pase del metro y un callejero, para que me empezara a mover sola, buscara trabajo y conociera la ciudad. Eso fue duro pero, además, me encontré con algo que no esperaba: ¡en esa casa vivían más de veinte personas!”, describe aún asombrada.

Con el mapa que le habían dado, salió a recorrer Madrid. Se perdió. “Fue un momento horrible. Descubrí que estaba muy lejos del lugar donde vivía, que el pase del metro ya no tenía saldo y que no podría llegar caminando. Esa tarde me senté en una parada de autobús y me puse a llorar. No sabía qué hacer. Me sentía tan sola…”

Un lustro en Galicia

Pero no todo fue un fiasco. Poco después de llegar a Madrid, Marina conoció a una mujer venezolana, hija de gallegos, que le ofreció trabajo en una asociación de jubilados de A Coruña. “Obviamente, acepté. Estaba allí de lunes a viernes, luego empecé como acompañante de una señora mayor y poco después conseguí trabajo lavando platos en un bar los fines de semana. En ese momento, vi el cielo abierto. Pude tramitar mi permiso de residencia y saldar la deuda del billete. Los cinco años que viví en Galicia fueron muy positivos”, dice.

Conoció el País Vasco por casualidad. “Trabajaba como empleada doméstica para una señora que me apreciaba mucho y me llevaba a todas partes. Una vez, la invitaron a una boda en Bilbao y me trajo para que la ayudara con sus cosas. El día de la fiesta, salí con una amiga. Fuimos a bailar y, esa noche, conocí a alguien”, cuenta con una sonrisa. Aunque Marina regresó a Galicia, siguió hablando por teléfono con el hombre que, finalmente, se casaría con ella. “La relación continuó un par de años, y viajábamos para vernos. Cuando decidimos vivir juntos, entendí que era más fácil que yo viniera para aquí. Así empecé a vivir en Euskadi, hace ya siete años”.

En Basauri, donde reside y se encuentra “muy a gusto”, Marina se dedica a cuidar personas mayores, disfruta de su trabajo y se siente “integrada en la sociedad”. Su hija vive con ella y su hijo, que está en Ecuador, tiene un niño pequeño. “Sí -dice-, soy abuela”, y regala una sonrisa jovial. “Nunca hay que perder la alegría -opina-. Siempre veo el lado positivo de las cosas, y me siento muy agradecida, incluso con aquella amiga de Madrid. Si no fuera por ella, no habría venido, y yo pienso que he ganado mucho. Aquí me siento valorada como mujer y como persona”.

2010 América del Sur Ellas