422 | Betty

Y entonces hay un terremoto, el mundo se rompe y la gente se quiebra. Las paredes y los techos se desploman, la tierra se abre y traga cientos de personas, insaciable. Lo conocido desaparece. Donde había vida hay escombros. Las cosas cambian para siempre de manera brutal. “Sigues las noticias, miras las fotos del desastre y te quedas paralizado, sin saber qué hacer, qué decir. Quieres ir a ayudar, pero no puedes. Llamas, hablas, preguntas y poco a poco te vas dando cuenta del tamaño del desastre. Hay muchos niños fallecidos, miles de desaparecidos. La tierra se ha deshecho, ha quedado como un flan cuando lo sacas del molde y se rompe”.

La descripción pertenece a Betty Bastidas, una mujer ecuatoriana que vive en el País Vasco desde 2002. Al igual que sus paisanos emigrados -más de 9.000 aquí, en Euskadi-, atraviesa un momento de profunda consternación. El terremoto que sacudió Ecuador el 16 de abril desahució a veinte mil ciudadanos, mató a medio millar de personas y desapareció a otras dos mil, de las que poco a poco se han ido teniendo noticias. “No lo acabamos de asimilar -dice ella, poniéndole voz a quienes lo están viviendo a distancia-. No hay palabras para describir lo que se siente. Es como si hubiera pasado en mi casa”.

Betty ha tenido suerte. Su familia no vive en la costa, donde se registró el epicentro del sismo. “Somos de San Gabriel, de la sierra. Es un pueblo pequeño de la provincia del Carchi que está a 2.800 metros de altura, muy cerca de la frontera con Colombia”, precisa. También explica que allí esperaban un temblor desde hace un año. “Pero un temblor, no un terremoto -subraya-. Existían probabilidades de que hubiera un movimiento en la zona. Habían instruido a la gente y se habían almacenado camillas y tiendas de campaña, de manera preventiva”, relata.

Así, cuando la tierra vibró ese sábado, “lo primero que pensaron en mi pueblo fue que se trataba del temblor”. Nadie se podía imaginar que era un eco del rugido de la costa. “En mi país no estamos acostumbrados a este tipo de catástrofes”, dice, mientras Ecuador sigue convulsionado por las réplicas del terremoto. Algunas han llegado a los 6 grados en la escala de Richter, como la del viernes pasado. “El sismo más grave que recuerdo fue a finales de los ochenta, en el norte. Tardaron cuatro años en reparar los daños, y eso que contaron con ayuda internacional. Yo me pregunto ahora cómo van a hacer, cuánto van a tardar”.

Quedarse sin nada, otra vez

Parte de la respuesta la dio hace unos días el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, al anunciar una subida de impuestos durante un año para que los trabajadores ayuden con su sueldo a financiar la reconstrucción del país. “Estaba todo tan lindo… -dice Betty con una pena infinita en la voz-. Ecuador estaba precioso, con carreteras nuevas, con edificios nuevos. Yo pienso mucho en la gente que emigró, que trabajó muy duro aquí durante años para volver y tener su casita, su negocio… Y que todo eso se haya venido abajo de esa manera. Tanto esfuerzo, tantos años… Es muy cruel”.

Reflexiona sobre los migrantes retornados porque, si bien ella ha decidido quedarse aquí, conoce bien los sacrificios que supone alejarse tanto del país y los afectos. “Yo me fui en 2002, como la mayoría, por la dolarización del país. El capital que teníamos ahorrado, en sucres, se volvió un puño, apenas 4.000 dólares”, detalla Betty, que trabajaba en el sector de la agricultura. Se dedicaba al cultivo de patatas, con otras treinta personas. “Con la crisis económica me di cuenta de que la vida era insostenible. No teníamos cómo sacar adelante a la familia”, añade, refiriéndose a sus cuatro hijas.

“Vinimos mi marido y yo. Ellas quedaron al cuidado de mi madre y mis hermanas. Fue muy duro, sobre todo porque al principio trabajé cuidando niños. Después encontré trabajo con otra familia, con la que todavía estoy. Han sido muy generosos conmigo y, ahora que han venido mis hijas, son un apoyo muy grande”, reconoce Betty, que tardó diez años en poder reunir nuevamente a la familia de este lado del Atlántico.

“No es fácil. Tomar la decisión de marcharte nunca en sencillo. Y menos vivirlo. El reencuentro es una experiencia impresionante y la emoción es muy grande, pero también es muy difícil. Yo me perdí la niñez de mis hijas. Todos los que emigramos perdemos cosas importantes y muchas de ellas no vuelven nunca. ¿Cómo no voy a pensar en la gente que regresó a mi país y se quedó nuevamente sin nada?”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

418 | Darwin

Como muchas personas, Darwin Motoche creyó que compraba una parcela de felicidad en cómodas cuotas. Un lugar propio, un hogar. Años después -y, también, como muchas personas-, descubrió que no era así, que la vivienda de sus sueños se trocaba en una pesadilla. “Si hace ocho años hubiera sabido lo que sé hoy, ni loco me metería en la compra de un piso. Alquilaría, sin dudarlo. Las hipotecas son la esclavitud moderna de las personas y de sus familias”, opina este ecuatoriano que emigró de su país en 1999 y eligió Bilbao para vivir. Y para quedarse.

“Emigré sin meditarlo -cuenta-. Había terminado la carrera militar en Ecuador para ingresar en la Marina, pero el sueldo era una miseria. Pagaban 600.000 sucres, una moneda que ya ni existe. Por un lado, estaba esa realidad. Por otro, la cantidad de gente que se iba”. Además, estaban los relatos habituales asociados a la migración, a las crisis económicas de América Latina y a la época de bonanza que se vivía en Europa. “Todo el mundo decía eso: vas, trabajas, ganas bien. Allí se puede progresar, se puede ahorrar. Había una especie de delirio general por marcharse. Por eso renuncié a todo, que no era mucho tampoco. Me trajo el impulso de mis sueños de juventud”, comenta ahora, que tiene 36 años, esposa y tres hijos.

“Conocí aquí a mi mujer. Ella es de Bolivia y nuestros niños nacieron en Euskadi, así que en casa tenemos una mezcla cultural muy interesante. Los peques dicen que son de tres países, y nosotros, cuando sentimos algo de nostalgia, valoramos estar en territorio neutral”, relata entre risas. Pero, más allá del humor, lo cierto es que tanto Darwin como su esposa están encantados con Bilbao. “De todos los sitios que he conocido, este es el mejor. Yo no cambio Bilbao por nada, aunque llueva. Aprecio mucho la tranquilidad, la gente buena que hemos encontrado… No sé exactamente qué es, pero me gusta muchísimo. Ni se me pasa por la cabeza marcharme”.

Bilbao tiene un gran valor para él. Ha sido el lugar donde conoció a su pareja, donde tuvo a sus hijos, donde cumplió aquellos “sueños de juventud” trabajando mucho, donde sintió la estabilidad y donde, por todas estas razones, decidió comprar un piso. “Teníamos claro que nos íbamos a quedar aquí. Trabajábamos los dos; mi mujer estaba en una empresa de limpieza, y yo, en una empresa de montajes. Había empleo, dos ingresos en casa. Se nos presentó la posibilidad de comprar nuestra vivienda y lo hicimos, muy felices, además. Pensamos en nosotros y en una inversión a futuro, para nuestros hijos”.

Una difícil disyuntiva

Pero la situación económica cambió para Darwin y para miles de personas que, como él, se encontraron atadas a un enorme compromiso al que ya no podían hacer frente. “Con el estallido de la burbuja inmobiliaria, mermó el trabajo, me quedé sin empleo y se me terminó la prestación. El banco no aceptaba cambiar nada del contrato hipotecario, incluso siguió para adelante con la ‘cláusula suelo’; mientras el Euribor bajaba y bajaba, yo seguía pagando un 3,2% de intereses”, detalla. “Había meses en que la cuota del piso era de 1.500 euros. Es mucho dinero, pero mientras trabajas y ganas, lo pagas sin protestar. El problema llega después. Cuando los ingresos de tu casa no alcanzan ni para solventar los gastos básicos, la cosa cambia”.

Cambia tanto que llega un punto en el que se toma la gran decisión, una de las más angustiosas para cualquier persona que ha querido “hacer las cosas bien” y no ha “despilfarrado el dinero”: dejar de pagar la hipoteca. “Es muy duro, pero tienes que optar, sobre todo cuando hay niños en casa. Te ves a ti mismo en una situación económica bastante crítica y comprendes que no llegas a todo, aunque quieras. Entre darle de comer a tus hijos y darle de comer al banco, la elección es clara. Al menos, lo fue para nosotros. La familia es una prioridad”.

Superado por el problema, Darwin contactó con el Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi. “Me enteré de que existía este grupo, me reuní con ellos, les expliqué mi caso y me ayudaron dándome pautas a seguir, orientándome con los trámites. Hicimos las cuentas con los documentos en la mano: de los 120.000 euros que había pagado hasta el momento, apenas 12.000 eran capital; el resto eran todo intereses. ¡Un despropósito! -se queja- La solución ideal hubiera sido la dación en pago, claramente, pero no fue posible. El banco no lo aceptó. Sin embargo, sí pude reestructurar la hipoteca y eso me dio mucha tranquilidad, porque esto no solo me incumbe a mi, sino que arrastra también a mis hijos. Ahora pago menos de cuota, aunque lo haré durante más tiempo. Me quedan 45 años… Me jubilaré, no sé si cobraré pensión, pero estaré hipotecado”.

El Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi atiende todos los jueves de 16:00 a 20:00 horas en la esquina de las calles Bailén y Gral. Castillo, en el local de Libros en Movimiento de la Asociación Norai. El teléfono de contacto es: 637.601.736.
2016 América del Sur Ellos

416 | Carmina

Compromiso social. Interés por los otros. Una visión colectiva. Con estas tres expresiones podría perfilarse uno de los rasgos más sobresalientes de Carmina Rosillo, una mujer que tiene muy claro que tejer redes y relacionarse con los demás es vital, y que las soluciones a los grandes problemas se encuentran mejor en equipo. “La importancia de los afectos, de los grupos y la compañía de otras personas es una de las cosas que aprendes cuando cambias de país, cuando emigras y estás solo, pero también cuando pasan los años, tienes hijos y te planteas qué clase de sociedad les vas a legar”, reflexiona.

Maestra de profesión, al igual que su marido, Carmina emigró de Ecuador hace dieciocho años. “Estábamos recién casados, yo tenía veinte años, y nuestra hija mayor era muy pequeñita -recuerda-. En ese momento, la economía de mi país estaba mal; todo el mundo se iba. La emigración estaba presente en casi todas las conversaciones. ‘Qué bien está España’, ‘uno puede prosperar allá’… Ese tipo de frases se oía con mucha frecuencia, era lo típico. Mi esposo y yo decidimos probar suerte y venir también. Nos lo planteamos como un proyecto a cinco años”, dice ahora con una sonrisa, consciente de que ese tipo de horizontes se expanden.

“Cuando llegas aquí te das cuenta de que la realidad es otra, más dura de lo que creías. No es tan fácil situarte, entender cómo funcionan las cosas o encontrar trabajo”. Carmina y su esposo, que vinieron inicialmente a Madrid, tardaron casi un mes en conseguir algo. “Luego, un amigo nuestro nos dijo que teníamos una posibilidad de trabajar en Bilbao. Dijimos que sí enseguida. Claro, resulta que en Madrid hay una estación de metro que se llama así, ‘Bilbao’, y nosotros pensamos que el empleo sería por esa zona, pero no. La oferta era en el País Vasco”, relata divertida.

Carmina explica que el empleo era para su esposo, Camilo. “Era una casa ubicada en la zona de Punta Galea. Necesitaban un chófer, alguien que les mantuviera el jardín… El trabajo era para él. Sin embargo, me gustaría decir que esa familia se portó muy bien con nosotros. Nos permitió vivir a los dos allí, aunque yo trabajara fuera. Nos hicieron todos los papeles y nos facilitaron las cosas para que pudiéramos traer a nuestra hija. Fueron excepcionales”, remarca ella, que desde entonces se dedica a la limpieza de casas por horas. “Hace muchos años que estoy con las mismas familias; muy contenta, además. Valoro mucho el trato personal que tienen conmigo”.

En 2004, la pareja decidió comprar un piso y quedarse. “Es verdad que nunca ejercimos aquí nuestra profesión y que, con el paso de los años, te das cuenta de todo lo que podrías haber hecho y no hiciste, desde traer los títulos hasta estudiar otra cosa, o montar un negocio propio. Pero también es cierto que el País Vasco es el lugar que nos permitió estabilizarnos, aun dedicándonos a otros oficios, como la limpieza. La tranquilidad, la seguridad, el nivel de estudios al que han tenido acceso nuestra hija mayor y el pequeño, que nació aquí hace diez años, no tienen punto de comparación con lo que les podríamos haber ofrecido en Ecuador”, expone.

“Por otro lado, la experiencia humana aquí ha sido buenísima. Todo el mundo nos ha tratado de igual a igual, no hemos sentido rechazo ni discriminación. Al contrario, un aspecto que me parece muy interesante es que las diferencias en el poder adquisitivo no se trasladan a las relaciones personales. La parte negativa es que el coste que pagas por ello es muy alto: pierdes a tu familia, el vínculo estrecho con ellos, la relación cotidiana. Nuestros hijos se han criado sin abuelos, primos o tíos. Hoy quizás no perciban la importancia de ello. Más adelante, cuando su padre y yo ya no estemos, sí”.

En este punto, Carmina ensalza la importancia de la amistad y del trabajo asociativo. Dos razones por las que ha empezado a participar en el Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi, que son muchos. “Hay más de cien personas afectadas y eso que nosotros sepamos. Mi caso, en concreto, es liviano comparado con el de otros: pago un tipo de interés llamado IRPH, más elevado que el Euribor. Pero hay personas que lo están pasando francamente mal, que viven dramas y que están desprotegidas. Hablamos de gente que vino aquí con expectativas y que se marcha sin nada y con deudas. Es muy grave, muy triste, y es preciso implicarse. Toda la sociedad, todas las personas deberían interesarse por los problemas de los demás. Quizás tú no tengas dificultades para pagar la hipoteca, pero ¿y tus hijos? ¿Y tus amigos? La sociedad se mejora entre todos, más allá de dónde vengamos o de los recursos que tengamos a nivel individual”.

El Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi atiende todos los jueves de 16:00 a 20:00 horas en la esquina de las calles Bailén y Gral. Castillo, en el local de Libros en Movimiento de la Asociación Norai. El teléfono de contacto es: 637.601.736.
2016 América del Sur Ellas

386 | Manuel

La inmigración se percibe, casi siempre, desde las diferencias. Diferencias culturales, económicas, lingüísticas, estéticas, de oportunidades… Lo pintoresco, lo distinto, lo que pone a prueba la permeabilidad de una sociedad o la capacidad de adaptación de su gente es, también, lo primero que llama la atención. Pero detrás de esa lectura sencilla hay matices importantes que se difuminan: se pierde la capacidad de ver ciertas dificultades, propias de las personas que migran, y se pierde la capacidad de encontrar las ‘semejanzas entre distintos’, aunque abunden.

Manuel Caicedo lo explica con claridad: “Nadie emigra porque le da la gana. Emigras porque en tu país no estás bien. Razones hay muchas, desde lo económico hasta lo afectivo, desde los conflictos armados hasta la búsqueda de formación, pero la base es siempre la misma: te vas porque tu país no puede darte aquello que necesitas. Una persona no deja todo lo que conoce ni todo lo que quiere así como así. Tú no dejas a tu familia, tus amigos, tu cultura, tu comida o tu entorno cotidiano por capricho. La decisión es difícil y sus consecuencias son duras”.

Él lo experimentó hace más de quince años, cuando se marchó de Ecuador. “Me fui empujado por una situación paupérrima y una inflación insostenible. Ese año -1999- se fue muchísima gente de mi país. Los principales destinos eran Estados Unidos, España e Italia”, relata. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) cifra el ‘éxodo ecuatoriano’ de principios de siglo en más de un millón de personas. El motor de entonces fue el mismo que el que hoy mueve a tantos españoles rumbo a otros países de Europa: “Una crisis económica bestial”.

“Te vas con el corazón roto a un sitio nuevo. En esas condiciones, tienes que salir adelante, aprender cómo funcionan las cosas, superar toda clase de barreras administrativas, ubicarte y reinventarte. También en esas condiciones convives con el hecho de que no siempre eres bien visto, o bien recibido; te espetan que vienes quitar puestos de trabajo. En ese proceso de adaptación, te toca adquirir nuevas habilidades. Yo, por ejemplo, soy contable. Siempre había trabajado en el sector administrativo. Aquí he pintado casas, he trabajado en la construcción, he sido panadero, transportista… Ahora soy técnico de producción en una fábrica y estoy muy contento, pero costó mucho llegar a esto”, indica.

A Manuel le costó pasar por varias ciudades -Madrid, Barcelona, Alicante- antes de llegar a Bilbao, y esperar unos cuantos meses para reunirse con su familia. “Vine solo, pero siempre tuve claro que este era un proyecto colectivo. Por suerte, mi mujer y mis hijos vinieron pocos meses después que yo. De otro modo, los hogares se destruyen. Es muy difícil que una familia o un matrimonio resista. Eso pasa mucho entre los inmigrantes: hay cantidad de familias que se rompen porque no aguantan la presión y la distancia tanto tiempo”, observa.

Raíces, hipotecas

“Euskadi me gustó desde el principio. Es, por lejos, el lugar donde mejor me han recibido. Tiene un entorno espléndido de naturaleza, montaña y mar, es bello y tranquilo. Mis hijos han podido estudiar aquí. Yo he podido trabajar, estabilizarme y cumplir mis expectativas. Los chicos ya son independientes, y mi esposa y yo somos abuelos”, dice con una nota de dulzura. “Lo que intento explicar es que, si bien la tierra de uno siempre llama, en Bilbao encontré mi lugar”.

Y es aquí donde surge otra de las cuestiones poco mencionadas que se producen con la inmigración: el deseo de echar raíces, de quedarse. “No todos migran para hacer dinero y regresar a su país. Muchos de nosotros nos hemos quedado, también por diversas razones, pero basadas en lo mismo: el nuevo país nos ha brindado aquello que buscábamos”. Uno de los signos más claros es que hay miles de “extranjeros hipotecados” afrontando vicisitudes similares a las de cualquier ciudadano local.

“Después de estar cuatro o cinco años viviendo de alquiler, haces cuentas y decides comprar tu piso. Esto ocurría en 2004, 2005, 2006… cuando la gente ganaba muy bien. No te detenías a pensar que pagar 220.000 euros por 75 metros cuadrados era una locura. Simplemente, sacabas cuentas y lo hacías. Firmabas compromisos sin que nadie te explicara bien la letra pequeña. Y, claro, cuando estalló la crisis, muchísimas personas se vieron al borde del desahucio. Para los bancos, la nacionalidad es lo de menos”, dice, aunque matiza que “para los gobiernos, no”.

“A raíz de este problema, el Gobierno de Ecuador decidió intervenir para brindar orientación y asistencia legal a los miles de ecuatorianos residentes en España afectados por la hipoteca”, explica Manuel. “Esta asesoría, que es gratuita, está presente en distintas ciudades del Estado, y desde hace unos meses, también en Bilbao, en la calle Bailén. Esto es muy importante, porque algunos tenemos la suerte de poder seguir pagando, pero otros no. Hay casos terribles de personas que están totalmente indefensas. Si alguien tiene poder para frenar el abuso bancario y proteger a los ciudadanos es, precisamente, un gobierno, ¿no?”

2015 América del Sur Ellos

314 | Adriana

La percepción sobre el tiempo y la edad, incluso sobre las oportunidades de buscar nuevos comienzos, puede variar mucho según el país donde se viva, los patrones culturales y las experiencias personales. Los 40 años de Adriana Vinueza no son los mismos que los de muchas otras mujeres; en especial de las europeas. Ella es joven, por supuesto. Pero también es madre de cuatro hijos. Y abuela. «En América Latina, las mujeres somos madres precoces. Mi primer hijo nació cuando yo tenía 16 años».

Adriana es de Ecuador. Nació en Quito, y allí vivió hasta los 15 años, cuando la familia se trasladó al pueblo de su padre. «Dejé los estudios y empecé a trabajar en su propiedad. Tuve a mi primer hijo sola, porque el papá falleció en el cuartel donde trabajaba. Más adelante me casé y tuve tres hijos más, aunque la experiencia de ese matrimonio fue muy mala. Me tocaba hacerlo todo: trabajar, atender la casa, criar a mis niños… Entendí que debía retomar los estudios para cambiar mi situación y la de mis hijos», señala.

Contra todo pronóstico -e inercias- consiguió acabar el bachillerato. Y, aunque le hubiera encantado seguir con la Universidad, no pudo. «No daba abasto -reconoce-. Mi educación y la de mis hijos, el trabajo, la casa, la comida, los niños… era demasiado», enumera antes de comentar que su actividad profesional era muy gratificante, pero estaba muy mal pagada. «Trabajaba en una ONG para el desarrollo infantil en las comunidades indígenas. Me enorgullece esa labor, saber que durante varios años hice cosas para fortalecer a mi pueblo, para construir desde los cimientos, desde la raíz, buenos ciudadanos, personas responsables y respetuosas con los demás y con el entorno».

La recompensa social era muy buena, pero los ingresos no eran suficientes para sostener un hogar con cuatro niños. «En ese momento, uno de mis hermanos me propuso venir aquí. Él estaba viviendo en Vitoria y se ofreció a ayudarme. La decisión era difícil… El cambio era muy grande, sin embargo aquello era insostenible. Lo hablé con mis hijos, que se quedaron allí, y me vine». Lo dice con cierto pesar, entre otras cosas porque su idea inicial era trabajar aquí durante un año, no durante cinco, que son los que lleva en Euskadi. «Adaptarse no es tan duro. Lo duro es apartarse de la familia. Muchas veces te preguntas si compensa, si merece la pena. Creo que nunca lo superas. Siempre he sentido que estoy perdiéndome un tiempo importantísimo con mis hijos pero, ¿qué alternativas reales tengo?», se pregunta Adriana, que aquí se dedica a cuidar a una persona mayor. «Vine con los documentos en regla para trabajar como empleada de hogar y eso he hecho desde que llegué. Con mis ingresos no me alcanza para ahorrar», sostiene

Difíciles perspectivas

No es un detalle sin importancia. «Vives el día a día y mandas lo que puedes, pero como no logras reunir un capital, tampoco es fácil pensar en el regreso. Pese a todo lo que se dice, la situación en Ecuador no mejora. Sí, hay algunas iniciativas, pero son cosas pequeñas que le dan a los ciudadanos para que no protesten, como cuando le das un dulce a un niño, y los supuestos avances no se notan en la vida real. Hacen falta puestos de trabajo. Por otro lado, con 40 años… ¿en qué voy a trabajar? Porque allí, a mi edad, ya no consigues un empleo de cara al público», explica.

La realidad aquí es diferente y Adriana valora unos cuantos aspectos; desde el casco histórico de Vitoria y «su entorno frío y montañoso, tan parecido al de Quito», hasta «la conservación y el fomento del euskera, los centros cívicos, los polideportivos y la diversidad. La gente es más educada y culta que en otros lugares, y eso se nota mucho», pondera. No obstante, observa que «los extranjeros aún están rezagados», que «la integración real aún tiene un largo camino por delante» y que «hace falta avanzar en igualdad de oportunidades y derechos».

«El trabajo del hogar es un buen ejemplo de esto. Las mujeres no tenemos muchas oportunidades para formarnos. Los horarios te lo impiden. Así, no creces, te estancas y quedas rezagada. No sé si a todas les pasa, pero a mí sí me gustaría aprender otras cosas, otro oficio, sentir que avanzo», reflexiona Adriana que, además, rompe una lanza a favor de las inmigrantes. «No le quitamos el trabajo a nadie; aportamos a la Seguridad Social y, en general, hacemos lo que nadie más quiere hacer».

2014 América del Sur Ellas

285 | David

«Me parece estupendo que exista un espacio informativo, una página, que cuente las experiencias de los inmigrantes y ofrezca otra perspectiva de la inmigración, pero no estoy seguro de querer aparecer en ella», comenta David Guzmán al inicio de la entrevista. «Si soy sincero, me provoca sentimientos encontrados». Investigador, periodista, especialista en literatura y a punto de acabar un doctorado, David esgrime dos razones fundamentales para sus dudas. La primera, que no se siente un «nuevo vasco», sino «un ecuatoriano que vive en el País Vasco»; alguien que ha venido con un «proyecto de una duración determinada», y que «está a punto de acabar». Tras la defensa de su tesis volverá a Quito.

La segunda razón tiene que ver con la publicación en internet de esta página; en concreto, con el espacio habilitado para los comentarios. Ávido lector -de literatura y, también, de periódicos- David ha seguido con interés algunas historias de este espacio; «sobre todo, las de otros ecuatorianos. Me gusta acercarme a esas experiencias, saber qué cosas han tenido que vivir esas personas, pero me disgustan muchísimo los comentarios racistas o xenófobos que suelen aparecer después, en la web. Muchos son agresivos e insultantes, injustos y anónimos. Se descalifica a las personas, se las prejuzga, y no hay lugar para la matización. A menudo, se olvida que la gente puede venir por muchas razones y que hay distintas maneras posibles de hacerlo», lamenta.

Su planteamiento da lugar a un debate ameno, intenso -y extenso-, que concluye en un acuerdo: la entrevista continúa, a condición de que mencionemos esto. «Me parece importante -dice- que reflexionemos también sobre estas cosas». Sus palabras sugieren familiaridad con el periodismo y con el ámbito académico. Y es que, antes de venir a Bilbao, David compaginaba la prensa escrita y la radio con la universidad, donde era profesor. Estudió Comunicación y Literatura, hizo un máster en la Universidad Andina, viajó a Argentina para hacer una especialización en Periodismo y, después de un año en Buenos Aires, regresó a Ecuador para trabajar como docente y coordinador de una revista cultural.

A Euskadi llegó hace tres años gracias a la concesión de dos becas, una de la Unión Europea y otra de su país. El objetivo: un doctorado en Estudios Internacionales, que acaba de terminar. «Estoy a la espera de defender mi tesis, sobre Roberto Bolaño, un escritor del que me ha interesado su obra, pero también el contexto en el que fue escrita -señala-. No olvidemos que fue un chileno que vivió en México y, después, en Cataluña. Me interesa ese intersticio, donde confluyen la Literatura y la Historia. El contexto es fundamental».

‘Aires de familia’

Es interesante que lo diga él, puesto que su contexto también ha cambiado. «Por supuesto, hay grandes diferencias entre Bilbao y Quito, Euskadi y Ecuador, América Latina y Europa -compara-. Sin embargo, como diría el mexicano Carlos Monsiváis, aquí hay ‘Aires de familia’. Tenemos muchas cosas en común que van desde el idioma hasta la gastronomía. Hay una ciudad de mi país, Cuenca, que se parece muchísimo a Bilbao. Tiene la misma cantidad de habitantes, está llena de iglesias y la gente es muy conservadora, como aquí. Quizá lo que le falta -o nos falta a nosotros, como latinoamericanos- es tener más amor propio, más orgullo por lo nuestro, como ocurre en el País Vasco».

«Me parece admirable el orgullo vasco; orgullo bien entendido, y creo que deberíamos emular eso -prosigue-. Aquí han conseguido conservar las tradiciones, defender la identidad y, al mismo tiempo, abrirse a otras culturas y solidarizarse con pueblos que han sido explotados y pisoteados», opina David, quien señala que, al marcharse, extrañará «unas cuantas cosas, tanto prácticas como afectivas».

«Bilbao es una ciudad muy ordenada, muy bonita, fácil para desplazarse, con buenos servicios y cómoda. La proximidad del mar y las montañas le aportan un carácter especial, lo mismo que el trazado de las calles, en forma de telaraña». También ha hecho amigos aquí, «personas a las que aprecio mucho» y echará de menos. Sin embargo, está decidido a volver a Ecuador. «Me apetece trabajar para mi país y contribuir a su mejora y su progreso. Muchas veces se hace hincapié en las desventajas de América Latina, pero honestamente creo que se puede aprovechar lo bueno y realzarlo. Nada está perdido mientras no desaparece».

2013 América del Sur Ellos