354 | Richard

Llegó al País Vasco hace siete años y se radicó en San Sebastián. La ciudad, dice, le ha brindado una “gran calidad de vida” y le ha ofrecido algunos “privilegios cotidianos”, naturales, como la combinación de la montaña y el mar. “Es un lugar estupendo para vivir y para que crezcan tus hijos”, apunta Richard Seddon, que tiene 41 años y es padre de un niño de 5. Para él, que es inglés, cambiar de país ha supuesto una oportunidad profesional, pero también un reto personal. “No ha sido tanto por la adaptación cultural, que no me ha costado, sino por el dominio del idioma”, señala.

“Mi mujer es de Navarra, así que la cultura de esta zona nunca me resultó ajena -aclara-. Nos conocimos en Inglaterra cuando éramos estudiantes; ella estaba en el último año de su carrera y había ido allí con una beca Erasmus. Por casualidad, coincidimos en una fiesta. Y aquí estamos, diecinueve años después”, resume. Tras vivir juntos durante doce años en su país, decidieron trasladarse a Euskadi. “Como te decía, el principal desafío fue el idioma. Mi nivel de español era muy básico cuando llegué. Y, aunque en mi trabajo se utiliza mucho el inglés, en la vida cotidiana no es así”, reconoce.

Su profesión fue, de hecho, la principal razón para emigrar. Richard es ingeniero de materiales y, antes de venir aquí, trabajaba para una pequeña empresa de I+D. Investigaba sobre materiales compuestos, como los que se usan en los frenos de los aviones y los trenes de alta velocidad, y sobre materiales para condiciones extremas o aplicaciones de petróleo y gas. “Estaba trabajando en dos proyectos europeos con Tecnalia y, por medio de esta colaboración, vi que había una oportunidad de solicitar un puesto de trabajo con el grupo aeroespacial. Afortunadamente tuve éxito y me uní al grupo en septiembre de 2007”, relata.

En la actualidad, continúa en la empresa y es jefe de proyecto. “He sido responsable de proyectos en varias áreas, incluyendo el espacio, la seguridad y la aeronáutica. También trabajo como corredor de tecnologías en el marco de un contrato de la Agencia Espacial Europea”, explica. Y, desde esa perspectiva, añade que “en Euskadi el nivel de investigación es alto. Aquí existen muchos incentivos y ayudas del Gobierno vasco para promover las iniciativas de I+D. La investigación científica recibe más apoyos que en otras partes de Europa. Cuando coincido con colegas de otros sitios siempre me dicen que tenemos muchísima suerte”.

Gastronomía y cultura

Otro aspecto -más doméstico- en el que se siente muy afortunado es el gastronómico. “Aquí se come muy bien. Junto con el paisaje y el entorno de Euskadi, una de las cosas que más me gustan de aquí es la comida. Las sidrerías, por ejemplo, son geniales”, dice. No obstante, y en contra de lo que cabría esperar de un inglés, Richard matiza que echa de menos la cultura gastronómica británica. “Sí, sí, ¡existe! -enfatiza para contrarrestar el escepticismo-. Extraño el desayuno inglés, los ‘fish and chips’, los asados de los domingos, ir al pub y los ‘blackpudding’, es decir, nuestra morcilla”, enumera.

Y prosigue: “Algo muy interesante de la cocina inglesa es el uso de las especias, la gran variedad de ellas que hay. Entre otras cosas, la expansión que tuvo el imperio británico en su día nos ha dejado eso: una cocina muy rica en sabores, especias y hierbas aromáticas procedentes de Asia. Echo de menos los currys indios, por ejemplo, aunque supongo que me pasa como a todos, que añoramos los sabores que nos recuerdan a nuestra casa, nuestra infancia, a la familia. Algunos sabores me llevan hasta allí”, explica, y resulta inevitable pensar en el té y la magdalena de Proust, en la búsqueda de un tiempo perdido.

“La parte positiva de esto es que en casa nos complementamos muy bien. Mi mujer cocina muy rico, aprendió con su madre, y es ella quien hace todos los platos salados. Yo, en cambio, preparo los dulces, como los pasteles o los bizcochos, que es lo que aprendí a cocinar con mi madre”, relata Richard, que también disfruta mucho de las costumbres locales. Y las valora.

“Desde el comienzo me han llamado la atención algunas celebraciones, como ciertos festivales o los carnavales. Por ejemplo, los de Ituren. Es un poco extraño ver a los joaldunak, pero me gusta mucho que se mantengan estas tradiciones. Me hace acordar a la danza morris del Reino Unido. La diferencia es que allí, si bien hay grupos que se dedican a ello, cuesta mantener las costumbres ancestrales. No encuentras fiestas del pueblo ni romerías. Aquí, en cambio, hay un gran interés por la cultura popular”. Por la cultura popular y por el fútbol, un rasgo que comparten ambos países. “Estoy feliz de que el ex entrenador de mi equipo, el Manchester United, haya llegado a Donosti para entrenar a la Real Sociedad. Solo espero que aquí tenga más suerte”, concluye.

2014 Ellos Europa

349 | Alfredo

La nostalgia, en general, está ligada a un lugar y a un tiempo concretos. Para los migrantes, suele adoptar la forma del país que dejaron, la etapa más feliz antes de irse, la que haya sido más plena. Pero, ¿qué pasa cuando no se ha dejado un país sino varios? ¿Qué pasa cuando se han echado raíces en varias partes del mundo? Este es el caso de Alfredo Pacheco Tanaka, un químico e investigador peruano que se marchó de su tierra cuando tenía 24 años y ahora vive en Donosti, pero se ha pasado más de media vida viajando.

Alfredo es originario de Puno, una pequeña y pintoresca ciudad al sur de Perú, que se encuentra a orillas del lago Titicaca. “Está a 4.000 metros de altura, próxima a la frontera con Bolivia”, precisa él, que en 1990 cambió aquella orografía, clima y entorno por otros completamente distintos. Se marchó a Inglaterra. “Yo había estudiado Farmacia y me surgió la oportunidad de completar mi formación en Reino Unido. Viajé para hacer un doctorado en Química”, explica.

Pese a que era muy joven, Alfredo tenía grandes responsabilidades cuando se marchó: era jefe de Farmacia en un hospital y, además, profesor universitario. La decisión implicó cerrar esas vías para volver a estudiar. “Viví cinco años en Inglaterra, cerca de Londres. Estaba en calidad de profesor visitante, además de sacarme el doctorado”. Cuando acabó con su formación, tras un breve paso por Perú, volvió a marcharse. Esta vez, más lejos y por más tiempo. Se mudó a Japón.

La motivación fue profesional, si bien había un factor afectivo: “Mi abuela era japonesa”, explica. La cultura nipona, por tanto, no le era ajena ni distante. De hecho, Japón tiene lazos muy estrechos con Perú, un país que recibió a miles de inmigrantes japoneses durante el siglo XX y con el que comparte unos cuantos rasgos, empezando por el gastronómico. “Tuve la posibilidad de incorporarme como investigador en el AIST, el Instituto Nacional de Industria, Ciencia y Tecnología Avanzada. El trabajo me permitió desarrollarme profesionalmente y establecerme allí durante once años”, relata.

Estaba a gusto, pero no se quedó. “Mi jefe se iba a jubilar y yo sabía que no tenía más posibilidades de crecimiento. El idioma era una limitación muy importante para mí, ya que allí todos los estudios se presentan en japonés. Una cosa es manejar un idioma para las cosas cotidianas, pero dominarlo a nivel académico es muy complicado. Yo sabía que no iba a poder dirigir mis propios estudios o estar al frente de un equipo, así que busqué alternativas y, finalmente, me marché”. El destino fue Oporto, donde vivió cuatro años mientras trabajaba como investigador en la universidad.

La decisión de venir a Euskadi

“Cuando estaba allí ocurrieron varias cosas. Vi en las noticias cómo el tsunami arrasaba el lugar donde había vivido antes. Vi en directo cómo la crisis avanzaba en Portugal. Yo tenía un contrato por cinco años, y comprendí que no me lo iban a renovar. Entendí también que mi hijo, que ahora tiene catorce años, necesitaba que nos estableciéramos en un lugar, hacer amigos, afincarse”. En la vida de Alfredo convergieron una serie de factores, personales y profesionales, que le llevaron a plantearse algunos cambios. Fue justo en ese momento cuando se le presentó la oportunidad de venir a San Sebastián.

“En 2012 conocí a unos investigadores de aquí que estaban buscando a alguien con mi perfil. Me ofrecieron venir a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el Parque Científico y Tecnológico de Guipúzcoa. Era una gran oportunidad y acepté”, resume Alfredo, que desde entonces vive en Donosti. Su trabajo como investigador en esta corporación tecnológica se centra en los materiales para la energía. “La idea, desde un comienzo, fue aportar mi conocimiento en el desarrollo de membranas para la separación de hidrógeno”, especifica.

También detalla que se encuentra muy a gusto en la ciudad, un lugar del que destaca “la limpieza, el orden, la propuesta cultural, el deporte y el alto nivel de vida. Donosti es lo suficientemente grande y lo suficientemente pequeña como para tenerlo todo, y al alcance de la mano. Me gusta mi trabajo, la gente con la que comparto el día a día, y poder comunicarme en mi idioma. Eso hace una gran diferencia, porque te permite expresarte mejor, desenvolverte con naturalidad, tal como eres”. En cuanto a la nostalgia, Alfredo echa de menos algunas cosas de Japón, un país del que valora mucho “la sociedad, la puntualidad, el respeto y las pocas ganas de tener problemas. Allí importa más la sociedad que el individuo y siempre se intenta resolver los conflictos antes de que se agraven demasiado. Por eso hay tan pocos abogados -señala-. Pero la nostalgia de verdad, esa es para mi tierra, mis amigos y mi infancia. Ahí están mis recuerdos más intensos”.

2014 América del Sur Ellos

342 | Virgil

Se llama Virgil Lagara y su vida está marcada por el agua. En concreto, por un deporte de agua que practica desde la infancia: el remo. Fue esta actividad la que le sacó de su casa cuando tenía quince años para entrenar con la delegación de su país. Fue este deporte el que le llevó hasta una competición internacional en Bélgica, de la que volvió convertido en campeón del mundo. Y fue el remo lo que le hizo viajar de Rumanía a Vigo para unirse al equipo del Meira. “Llegué con veinte años y viví allí los siguientes trece, entre Vigo y Pontevedra”, cuenta con un marcado acento gallego. Ahora, desde hace un año, reside en San Sebastián.

“El remo me ha dado muchas cosas positivas -subraya-. Además de viajar y de las satisfacciones deportivas, me ha inculcado mucha disciplina. La cultura del esfuerzo y la constancia me ha servido para todo en la vida”, dice, consciente de que su perfil no responde a los estereotipos. “Existen muchos prejuicios sobre los inmigrantes rumanos, pero es importante destacar que las generalizaciones son malas y hacen daño. Mis amigos de Rumanía y yo mismo nos hemos integrado muy bien. Trabajamos aquí, tenemos parejas de aquí, incluso hemos tenido hijos aquí”, indica Virgil, que tiene dos pequeños en Galicia, de siete y ocho años.

“Mis hijos viven con su madre, pues ya no estamos juntos, pero voy a menudo a verlos y la relación es muy buena”, detalla para ilustrar “lo normal”. Cada viaje le insume más de seis horas en la carretera, aunque él considera que no es mucho. “’Mucho’ es ir a Rumanía conduciendo, como cuando fui con mi hermano en moto. Tardas tres días. Galicia, en comparación, está cerca”, dice con optimismo. Su buen humor es otro rasgo que le ha ayudado a salir adelante en la vida.

“Yo vine a un club de remo, como te decía antes. Pero luego me quedé y formé una familia. Cuando eres inmigrante no tienes a mamá y papá que te ayuden. Nadie te regala nada y nadie te paga el alquiler, así que debes hacerlo tú todo. Por supuesto que es difícil, pero si te lo propones, lo consigues”, indica Virgil que, pese a ser un atleta de élite, no tuvo reparos en trabajar “de lo que hubiera”. Desde vigilante en una empresa de seguridad y soldador, hasta montador de andamios y pintor naval en el astillero de Moaña: se embarcó en todas las ofertas. Y, también, en una aventura: cumplir el sueño de ser bombero.

“Cuando competía y mis hijos eran muy pequeños, esas eran mis prioridades. Trabajaba once horas en el astillero, entrenaba todos los días y estaba con los peques. No tenía tiempo para nada más. Ahora tengo más tiempo que antes. No compito ni trabajo tantísimas horas, así que puedo permitirme hacer el intento. Preparo las oposiciones y entreno, pero con calma”, dice Virgil, que tiene muy presente su edad.

Los mismos callos

“Tengo 34 años y me encuentro muy bien porque nunca he dejado de hacer deporte. Pero, como me dijeron una vez, ‘antes de los cuarenta años tienes que hacer algo con tu vida; si no, es muy difícil que lo hagas después’. Me parece un buen consejo e intento ponerlo en práctica. Mucha gente me dice las pruebas para ser bombero son muy duras, que las oposiciones son exigentes, que es muy difícil… Y yo estoy de acuerdo: son pruebas duras, sí, pero no imposibles. Nada es imposible cuando te esfuerzas para conseguirlo. Solo tienes que estar dispuesto a hacer los sacrificios”, opina.

Y prosigue con un recuerdo lejano. “Me decían cosas parecidas cuando empecé a competir con el remo. Obviamente, era duro. Obviamente, costaba. Había que renunciar a otras cosas. Mientras mis amigos salían de fiesta, yo entrenaba. Pero lo hice y conseguí cosas muy buenas. Acabé campeón del mundo junior en 1997. Es decir que no era una meta inalcanzable. Se podía lograr. Y eso, además, me abrió las puertas de otros lugares. Me dio nuevas oportunidades”. También le ayudó a despertar simpatías, puesto que el remo es un deporte bien anclado en la cultura vasca.

“Las modalidades son diferentes -precisa-. El remo, en Rumanía, es más técnico y más veloz. La modalidad es de banco móvil, las embarcaciones son más estrechas y cuesta más mantener el equilibrio. Aquí, la modalidad es de banco fijo. Es un deporte más recio, más físico, y también inciden las olas del mar. El remo es mucho más tradicional. Son técnicas distintas, si bien nos podemos adaptar. Al final, unos y otros tenemos los mismos callos en las manos”.

2014 Ellos Europa

329 | Patricia

“Dieciocho… diecinueve…”. Patricia Ponce cuenta en voz baja, mientras calcula cuánto tiempo hace que llegó a San Sebastián. “Sí, me marché de Argentina hace diecinueve años”, precisa finalmente, tras hacer el recuento de “media vida” y no pocas decisiones importantes. “Hay opciones que implican tantos cambios, que son tan grandes, que, o bien las piensas mucho, o bien casi no las piensas y te lanzas a la aventura. Cuando vas a cambiar de país, el miedo es un condicionante importante. Temes empezar desde cero, pesa mucho la incertidumbre de cómo te vas a sentir y de cómo te van a recibir”.

Su primera experiencia, en ese sentido, no fue buena: la recibieron devolviéndola a Argentina. “Cuando llegué al aeropuerto, me dijeron que no traía suficiente dinero para ingresar al país. Estuve en una habitación junto con otras personas a quienes también les habían denegado el acceso, esperando allí para que nos regresaran. Aquello fue muy feo, denigrante. Para mí, fue un primer gran impacto que me hizo comprender que no somos nadie, que la libertad de circulación de las personas es mentira. Lo cierto es que no migra quien quiere, sino quien puede, y que a mí me costó mucho volver”.

No lo dice solo por lo económico -que también-, sino por “la sensación de que en un lugar te han cerrado la puerta”. Sin embargo, sus motivos para venir eran más fuertes que las razones para no hacerlo. “A mí me trajo una de las tantas cosas que mueven el mundo -dice-: el amor. Había conocido de casualidad a un chico, nos escribimos cartas durante un buen tiempo, nos hicimos amigos, más que amigos… y lo dejé todo para venir aquí con él. Por eso te decía que hay ciertas decisiones tan grandes que, si las piensas demasiado, te acobardas. Yo me animé y me fue bien. Con él he formado aquí a mi familia”, dice.

Pero ha hecho más cosas en estos años. Algunas de ellas, con impacto internacional. Trabajadora social y con estudios en psicología, Patricia Ponce dirige la Fundación Haurralde, una ONG que ella misma fundó junto con un grupo de profesionales que conoció en la UPV, y de la que también es responsable del Área de Género. “Soy una persona comprometida con la infancia y con las mujeres. Me parece fundamental defender sus derechos, empoderarlas, y hacer también una labor de formación e información: las personas no pueden exigir sus derechos si, en primer lugar, no saben que los tienen”, razona.

“Existen unos derechos internacionales de obligado cumplimiento que muchos ciudadanos desconocen. Por eso, este año nos hemos volcado de lleno en una campaña informativa. En mi opinión, el papel de las ONG debe evolucionar hacia la incidencia política, influenciar en los procesos de toma de decisiones que afectan a lo público y lo social. El conocimiento es imprescindible”, dice, y recuerda que esto es una de las enseñanzas más valiosas que le legaron sus padres.

Un juguete, al menos

“Yo vengo de un entorno muy humilde. En toda mi infancia no tuve ni una muñeca. La primera que tuve fue a los 16 años y me la compré yo, porque trabajaba. Obviamente, ya no jugaba, pero siempre había querido tener una. Esa experiencia, que es muy difícil de explicar a otras personas, fue uno de los motores que me ha impulsado a dedicarme al trabajo social. Los niños deben jugar; deben tener al menos un juguete en su infancia”, señala. “Sin embargo, fíjate que, a pesar de la pobreza, mis padres se dieron cuenta de lo importante que era tener unos estudios. Y no por una cuestión laboral, sino porque el estudio, la información, el conocimiento estructuran tu pensamiento, son fundamentales para interpretar la realidad”.

Así, la fundación que Patricia dirige se embarca en causas geográficamente lejanas, como “el apoyo a las mujeres peruanas que han sido sometidas a la esterilización forzosa”, y en causas locales, como la participación en las jornadas ‘Tengo derecho a mi cuerpo’, puestas en marcha por la Red de Asociaciones para la Incidencia Política en Derechos Sexuales y Reproductivos de Euskadi, que se celebrarán el lunes 19 en Donosti. “Siempre he creído que cada uno tiene un papel en la vida, y que el mío es hacer algo por los demás. Creo que mis padres se sienten orgullosos de mí, aunque nada compensa el hecho de tener a un hijo lejos… También para el que migra eso está ahí. Te duelen las navidades, los cumpleaños, la vejez de tus padres, la muerte de un ser querido y no llegar a tiempo, que haya nacido un sobrino y tú no hayas estado ahí… El tiempo pasa y no desdibuja nos afectos; al contrario, te pesan más. De alguna manera, vives un duelo reiterado en el que eres migrante para toda la vida”.

2014 América del Sur Ellas

298 | June

Si algo tienen en común los vascos y los japoneses, además de su longevidad, es su gusto por la cocina y su exquisita gastronomía. «Existen varias similitudes, aunque quizá la principal sea el respeto por la materia prima, por el sabor original. A diferencia de la cocina mexicana o hindú, donde los condimentos se llevan el protagonismo, la cocina japonesa sólo utiliza tres aderezos. Su complejidad no está allí, sino en los cortes, la elaboración y las técnicas de cocción», explica June Yamaguchi, que conoce tan bien los fogones de su país como los de Euskadi.

«Otra semejanza importante -prosigue- es el gusto por el pescado: Japón es el primer consumidor del mundo. España, el segundo. La presencia del mar en nuestras mesas es indiscutible», afirma, aunque haya curiosas diferencias. «Para nosotros, un besugo o un rodaballo a la parrilla es un manjar. Nos deleitamos aquí solo con verlo. En Japón, el pescado más consumido es el atún, y otro que despierta gran afición es el pez globo. Y es interesante, porque tiene veneno y hay que saber cocinarlo para no intoxicar a los comensales. De hecho, es obligatorio sacarse el carné de manipulación de pez globo».

June podría pasarse horas hablando de gastronomía, de los rasgos principales y de las desconocidas sutilezas. Podría hacerlo y lo hace, porque en eso consiste una parte trabajo. «Soy guía gastronómica en el País Vasco. Recibo a turistas japoneses en San Sebastián, y les acompaño a descubrir las bondades de la ciudad y su cocina», explica. En sus itinerarios no faltan los restaurantes con estrellas Michelin ni los bares de pintxos, donde «se utilizan las técnicas de los grandes chefs de manera cotidiana. Toda una sorpresa para quien viene de fuera», argumenta.

Entre rutas y degustaciones, June explica a sus clientes que «Donosti es la capital de la cocina vanguardista», les habla de las sociedades gastronómicas, del poteo y de iniciativas como el Basque Culinary Center. Y, así como les guía por los sabores de Euskadi, impide que cometan los errores típicos de turista. «Nunca falta quien me pide para comer una paella. Y no les dejo. Este no es el lugar donde comer ese plato. En cambio, les ofrezco algo genuino, como un arroz con txipirones o con almejas», indica.

«El japonés es un tipo de turista que siempre incluye el aspecto cultural en sus viajes. Por eso elige con frecuencia España, porque reúne más de sesenta propuestas que son Patrimonio de la Humanidad. En Euskadi, particularmente, no hay muchos, salvo las cuevas rupestres y el Puente de Vizcaya, de modo que pongo todo el énfasis en la riqueza gastronómica y en la riqueza cultural que envuelve a la gastronomía», detalla June, aunque esta sólo es una rama de su trabajo.

El idioma de los fogones

Residente en Donosti desde hace años, donde su primer trabajo fue como profesora de japonés, June también colabora con los principales cocineros vascos. «En ocasiones, oficio como traductora e intérprete, tanto a nivel particular como en los principales congresos; aunque la mayor parte del tiempo me dedico a coordinar entrevistas y artículos con la prensa de Japón. Si un periodista de mi país quiere venir a conocer a un chef vasco, un restaurante o varios, yo me encargo de hacer de puente o de nexo; le facilito las cosas a ambas partes».

Asimismo, June coordina el Congreso gastronómico de Hakodate, que se celebra cada año y medio en Japón. «Acabo de volver -comenta-. Llegué hace un par de semanas. Mi trabajo consiste en llevar a los mejores cocineros vascos para difundir allí sus técnicas y su visión de la gastronomía». En esta ocasión, el ‘elegido’ fue Josean Alija, del restaurante Nerua Guggenheim Bilbao. «El tema central de este año era el bacalao, y él es un especialista», señala esta japonesa, que se reconoce «afortunada».

«Yo me fui de mi país hace quince años. Allí había estudiado español y quería perfeccionarlo. Viví un tiempo en Madrid y también en Barcelona, pero Donosti me conquistó y decidí quedarme. Al principio, daba clases de japonés. En aquel momento, la economía de mi país estaba en auge y había mucho interés por la cultura, en especial, por el manga. Me acerqué al mundo de la cocina como intérprete y traductora, de la mano de Luis Irizar y de Pedro Subijana. Y nunca más lo dejé: me apasiona. La verdad es que tuve suerte; fui muy bien recibida en Euskadi. Creo que conmigo ocurrió el ‘efecto panda’. Aunque es un oso chino, vale el símil: en su país es muy común; fuera, despierta interés».

2013 Asia Ellas

260 | Tassilo

Tassilo Glander es alemán, de Berlín, y llegó al País Vasco hace poco más de un año, junto a su mujer y su pequeña hija. “Tenía inquietud de vivir fuera de mi país para conocer de cerca una cultura diferente”, dice, y su trabajo se lo permitió. Tassilo es ingeniero de software, se especializa en gráficos y modelos 3D, y el instituto donde trabajaba como investigador en Postdam le ofreció trasladarse a San Sebastián para ocupar un puesto en Vicomtech-IK4, un centro tecnológico que se dedica al desarrollo de gráficos interactivos por ordenador y a la tecnología multimedia.

“Yo trabajaba en el Hasso-Plattner-Institut -cuenta-. Investigaba cómo generar modelos 3D de ciudades virtuales y, también, daba clases como profesor. Me trasladé a Euskadi porque mi instituto forma parte de una red internacional de investigación que fue fundada por Vicomtech-IK4. Uno de los objetivos de esta red es el intercambio de conocimiento a través de estancias de científicos. Como estaba terminando mi tesis y se ofrecía un puesto aquí, en San Sebastián, consideré que era una buena oportunidad y decidí venir”.

Llegó en septiembre del año pasado y no tardó en encontrar similitudes entre los vascos y los alemanes. “La gente de Euskadi es tan trabajadora como se dice que somos nosotros. El País Vasco es también fuerte en industria e investigación, y el apego a los bailes tradicionales y las costumbres es algo que puedes encontrar en las zonas del sur y del oeste de Alemania”, compara. Y prosigue: “Los vascos están orgullosos de sus numerosas costumbres y su excelente comida. Al principio, pueden resultar fríos, pero cuando cogen confianza se convierten en buenos amigos, algo similar a lo que ocurre en mi país”.

En cuanto a la ciudad y su gente, Tassilo destaca la calidad de vida y la afabilidad de los ciudadanos. “Donosti tiene un alto nivel de vida, como Berlín, y está magníficamente situada al lado del mar, al contrario que Berlín. Cuando salgo a pasear con mi familia, muchas veces la gente saluda y sonríe a mi hija de dos años… Y eso, que a ella le encanta, sucede mucho más a menudo aquí que en Alemania”.

Aunque la situación en Europa es aciaga debido a la crisis, los recortes y las políticas de austeridad, Tassilo señala que el hecho de ser alemán y vivir aquí en este momento puntual no ha significado ningún problema de integración o convivencia. “Algunas veces comentamos estos temas con mis compañeros de trabajo, pero nunca ha supuesto un motivo de tensión”, dice. Por el contrario, destaca la hospitalidad y el papel de buenos anfitriones de los vascos.

Pintxos, integración y talento

“Mis compañeros me han ayudado mucho desde que vine, tanto en el trabajo como fuera. Me han ofrecido clases de español, me han invitado a ir de pintxos… Además, al alojarme en el Talent House -una residencia creada para investigadores extranjeros y sus familias-, no solo vivo en un bonito apartamento bien situado en la ciudad, sino que también he tenido la oportunidad de conocer a muchos otros investigadores de diversos países con intereses y problemas similares a los míos”.

Tassilo está contento con el cambio que ha hecho. “El centro donde estoy ahora es muy atractivo desde el punto de vista profesional. Tiene visibilidad en conferencias y en proyectos internacionales, y me ha permitido hacer investigación más aplicada que en la universidad”, enumera.

Desde que vino a Euskadi, Tassilo ha continuado con su trabajo sobre 3D, pero se ha centrado en dos campos concretos. El primero, cómo procesar información geográfica -como terrenos, ciudades o corrientes oceánicas- para poder visualizarla en modelos digitales en tres dimensiones. El segundo, “una herramienta para ejecutar gráficos tridimensionales en internet”.

“Hoy en día -continúa-, Europa facilita bastante el atravesar fronteras sin demasiados esfuerzos. Aunque echo de menos a mi familia y amigos, ellos han venido a visitarnos con frecuencia”. ¿Más nostalgias? “Sí, el pan alemán y la comida de Berlín, que es más barata. Sin embargo, cuando vuelva a mi país, echaré de menos a los nuevos amigos, al mar… ¡y a los pintxos!”.

2012 Ellos Europa