15 imágenes que nos dejó la fiesta del Año Nuevo chino

El 16 de febrero comenzó un nuevo año chino: el 4716, o año del Perro de Tierra. Según el calendario tradicional, que se basa en los ciclos de la luna, este momento marca el paso del invierno a la primavera y anuncia la llegada de los días más luminosos y tibios. Esto es un gran motivo de celebración. No en vano, el Año Nuevo es la principal fiesta china: se extiende durante varios días e incluye desde multitudinarios desfiles hasta reuniones en familia y una gastronomía especial. La comunidad residente en España también ha organizado sus festejos. El fin de semana nos acercamos a la fiesta de Madrid, donde vive el 27 % de este colectivo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi / @estoy_que_trino

 

No hace tanto que el calendario tradicional chino dejó de ser el calendario oficial. Hasta 1912, el tiempo se medía de otro modo. Se tenían en cuenta los ciclos de la luna y esto daba como resultado unos años de duración variable. Por esta razón, el año del Perro que acaba de comenzar se extenderá hasta el 5 de febrero de 2019.

La fiesta de Año Nuevo es la principal celebración. Lo es dentro del país, donde se organizan festejos que duran varios días, y también fuera, en los países donde existen comunidades chinas importantes. En estas fechas, millones de personas regresan a casa para vivir la fiesta con sus seres queridos. Sí, millones. Como señala Clara Serer Martínez en este artículo, publicado por la revista del Instituto Confucio, «cada año, cuando se acercan estas fechas, se produce uno de los movimientos migratorios más importantes del planeta».

Quienes no pueden volver, lo celebran a distancia. En los países donde hay comunidades chinas más o menos numerosas —como la de España, que cuenta con casi 190.000 personas—, la fiesta se ha instalado con naturalidad, como una celebración más. Y no solo entre los miembros de la propia comunidad, también entre sus vecinos y vecinas. El Año Nuevo chino va camino de convertirse en una fiesta intercultural.

En Madrid, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), residen algo más de 51.000 personas nacidas en China. No es, ni mucho menos, la colectividad extranjera más numerosa (antes están las de países como Rumanía, Ecuador, Colombia, Marruecos o República Dominicana); sin embargo, su presencia es notable en barrios como Usera, donde regentan decenas de restaurantes, peluquerías, supermercados, pequeñas tiendas de alimentación, cafeterías, despachos profesionales, inmobiliarias, clínicas de salud, librerías y otros comercios en apenas un puñado de calles.

Precisamente allí, en Usera, se desarrollaron las principales actividades en torno al Año Nuevo; unas actividades que atrajeron a personas de distintas partes de la ciudad —y del mundo—, incluidos nosotros, que fuimos con curiosidad y volvimos con estas fotos.

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Alexis García Pérez: «El humor es la clave de ‘Qué se nos perdió en Cuba’»

El pasado 29 de enero, en la sala Manuel Falla de la SGAE, se presentó Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje escrito y dirigido por Alexis García Pérez de Medina que aborda de un modo peculiar las migraciones y el encuentro de distintas culturas. El corto, que se rodó hace tres años en Barcelona, ha sido seleccionado en festivales como Todos somos otros, que hace foco en la diversidad social, y se podrá ver en la X Jornada de la cultura cubana en Albacete, que tendrá lugar en junio de este año. Después de asistir al pase en Madrid, conversamos con Alexis sobre su propuesta, donde no faltan ni la humildad ni el sentido del humor.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Todo empezó en un bar de Barcelona. Allí estaba Alexis, hojeando el periódico mientras desayunaba, cuando una noticia le llamó la atención: Cuba, su país, es uno de los destinos preferidos por los españoles para emigrar cuando se jubilan. «Ahora no recuerdo si estaba en el tercer o en el quinto lugar, pero sí que estaba entre los primeros —dice—. Poco después, hablando con mi padre por teléfono, se lo comenté. Él sigue viviendo en Cuba y me confirmó que era así. Es más, me contó que conocía a una pareja de malagueños que se habían ido para allá en ese plan».

Así fue la génesis de Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje que se rodó hace tres años en Sitges y que muestra el anverso de las migraciones a las que estamos acostumbrados en Europa: en esta historia, quien deja su tierra en busca de un futuro mejor al otro lado del Atlántico es una familia de Barcelona.

El humor como herramienta

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El cortometraje muestra a una pareja de mediana edad que, apremiada por la crisis económica, decide emigrar a Cuba con sus dos hijos. El abuelo de los chicos se queda en Barcelona, de modo que, ya desde el comienzo, se plantea una situación bien conocida por las personas que migran: la separación de la familia. Sin embargo, el guion no se detiene en el aspecto dramático del asunto, sino que deriva hacia situaciones más pintorescas y divertidas, casi todas surgidas del encuentro entre ambas culturas.

«Yo quería plasmar lo que me enseñaron cuando estudié Dirección de Cine; que hay que tener verdad en las cosas que contamos —explica Alexis—. Muchos hemos emigrado y sabemos lo que es estar lejos; sabemos que hay mucho dolor por la distancia con los familiares. Está bien mostrar eso, pero creo que para contar la verdad hay que hacerlo también con humor. Por eso he planteado el corto de una manera más divertida», sostiene.

De coches, abuelos y Navidades en Cuba

La herramienta del humor también ha sido indispensable para sacar adelante el trabajo y no venirse abajo en los momentos más duros. «El mundo del corto es complicado. Hay que involucrar a mucha gente para llevar un proyecto hasta el final», reconoce Alexis, que se dejó más de un sueldo (y más de dos) en rodar esta historia como quería. «Bueno…, a mí también me gusta complicarme la vida —admite entre risas—. En este caso, fueron cuatro localizaciones en tres días, hubo dos exteriores y un coche antiguo», un Buick azul del 42 en cuyo alquiler invirtió el equivalente a un mes de salario.

El coche podría haber sido otro, sin duda, pero él estaba empeñado en que fuera ese por una razón en particular: su abuelo tenía uno igual. «Yo quería usar un coche como suyo. Incluso le pusimos la misma matrícula», dice. La elección, más que un fetiche, era un pequeño homenaje: «Mi abuelo era gallego y tenía un proverbio para todo. Como buen gallego, te hacía un negocio de la nada; bueno o malo, pero lo hacía. Él trabajó mucho durante toda su vida porque quería garantizarnos un futuro», recuerda Alexis, cuyo vínculo con España le viene por las dos ramas de su familia.

«Yo tenía este abuelo gallego; el otro era de Canarias. Ambos estaban casados con mujeres cubanas y una de ellas, una de mis abuelas, era negra. En este momento falta gente en la familia y yo vivo lejos, pero las reuniones en Navidad eran brutales, ¡la mezcla de acentos era muy divertida!», cuenta Alexis. Para él, que es fruto de un mix cultural y que además ha tenido su propia experiencia migratoria, resulta sencillo, casi natural, mostrar en su cortometraje las diferencias y complicidades que existen entre las distintas culturas.

Rodar un corto: un proyecto de largo recorrido

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El cortometraje se grabó en Sitges, en los terrenos de una empresa cementera. «Costó mucho convencer al dueño de que nos dejara rodar allí. No quería saber de nada, pero yo soy muy insistente —relata con gracia—. La verdad es que, cuando le mencioné el título completo, él se interesó y me dijo: “siéntate y explícamelo otra vez”. Nunca supe cuál era su relación con Cuba, pero está claro que tiene algún vínculo, algo que le despierta simpatía».

De las muchas dificultades que hubo, Alexis recuerda lo complicado que fue ambientar Cuba en Barcelona. «Cuando no pasaba un tren, aparecía una pareja de domingueros con el perro o había un cartel en catalán que nos delataba… Y después, cuando rodamos en el Paseo de Colón, tuvimos incluso que esconder la cámara. En cuanto la gente ve que estás grabando, ya piensa que está Penélope Cruz y mira, busca…».

Además de los actores y las actrices, hubo dos colaboraciones fundamentales para recrear Cuba en la costa mediterránea. La primera fue la del compositor madrileño Gonzalo García Santos, quien hizo la música y «consiguió que el corto sonara a Cuba», a ese lugar tan particular donde, como dice Alexis, «se mezclan la magia y la realidad, el más allá y el más acá».

La otra colaboración fue, precisamente, la de «una santera de verdad, una mujer que nos ayudó mucho con la escena de espiritismo», cuenta él. Esa escena, graciosa, genuina y también larga, no deja a nadie indiferente. «La escena es larga, es verdad, ya me lo han dicho. Tiene críticos y adeptos, pero es el factor diferencial del corto porque tiene un punto documental. Todo lo otro es más habitual, pero esa escena no. Ahí se muestra una parte muy genuina de mi país».

Y es que, como dice Alexis, «Cuba es un lugar muy especial donde se distingue perfectamente el espiritismo de la santería». Para explicar la diferencia entre ambas, hace un resumen muy claro: «El espiritismo es blanco, es renovarse y limpiar el espíritu. La santería es para pedir cosas; es más un rollo de “traeme tres palomas y las sacrificamos”».

Reparto: Joel Angelino, Marieta Sánchez, Antonio del Valle, Gal Soler, Gala Barroso, Albert Green y Margarita Ponce.

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Angélica Dass: «Mis proyectos me enseñaron a pensar de manera colectiva»

Nos encontramos en el corazón de Malasaña. Ella acaba de llegar de Londres y está a punto de viajar a Suiza. «Paso mucho tiempo en el aeropuerto», me dice. Su proyecto más premiado y conocido, Humanae, la ha llevado a distintas partes del mundo, desde Etiopía o la India hasta Noruega o Canadá, donde fue invitada en 2016 a dar una charla TED. A sus 38 años, la fotógrafa brasileña Angélica Dass cuenta con una extensa —e intensa— trayectoria profesional, muy ligada a sus experiencias personales. Hablamos sobre Humanae y sobre Vecinas, un proyecto que empezó con una experiencia incómoda en el metro de Madrid y terminó llevándola hasta la feminidad maliense de Binéfar. En ambos trabajos y en esta conversación, Angélica Dass se muestra como lo que es: una mujer universal que, con cámara o sin ella, hace foco en la importancia de los matices.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

¿Cómo nació el proyecto Vecinas?
Vecinas empezó de una manera muy personal: empezó con mi pelo. Yo tengo una relación especial con mi pelo porque, según como lo lleve, adopta distintos significados: si lo llevo medio desrizado, con coletas, la gente piensa que soy cubana, dominicana…, sudaca; si lo llevo black power, cree que soy británica, francesa o norteamericana… Un día me puse trenzas y descubrí que estaba en el escalón más bajo de la sociedad española, que es ser subsahariana.

¿Qué pasó?
Estaba yendo a la ONG Alianza por la Solidaridad, donde soy voluntaria, y me había puesto trenzas, igual que mis compañeras senegalesas de la asociación. Íbamos en el metro, éramos 6 o 7, y ellas hablaban en wólof. Yo no me enteraba de nada, así que iba en silencio, de pie. De repente oí unos comentarios sobre nosotras de unas personas que estaban sentadas: «Uy, es que llegan y no se saben comportar», «Fíjate cómo hablan gritando», «Mira esa, que va en chanclas». Al principio, me pareció divertido porque la que iba en chanclas llevaba los tacones en el bolso para ponérselos al salir. Mucha gente hace eso en el metro de Nueva York y le da igual a todo el mundo. Pero después me quedé pensando.

¿En qué pensabas?
En que esas personas no tenían ni idea sobre mí y me habían puesto un montón de etiquetas. Creían que yo también era subsahariana, lo cual no supone ningún problema, pero me encasillaron en un estereotipo negativo, ligado a lo que significa ser subsahariana en España. Sentí que me habían pegado todas esas etiquetas, y que ninguna era buena. Me pregunté de qué modo podía enseñar cómo eran esas mujeres de verdad, porque muchas estaban haciendo montones de cosas para cambiar y mejorar la sociedad española; cómo contar esa verdad, porque en el fondo son unas vecinas cualquiera. Dejé esa idea guardada. Siempre digo que las cosas que hago nacen de ideas que me incomodan, que dejo guardadas y que después tengo la oportunidad de sacar.

¿Cuándo surgió esa oportunidad?
Tiempo después, cuando la ONG me dio una beca para un proyecto de sensibilización. La consigna era visibilizar a la mujer inmigrante y me puse a trabajar con mujeres de Mali. El primer paso fue recolectar información: preguntarles cómo les gustaría que las vieran, cómo les gustaría ser presentadas. La primera cosa que intentamos hacer fue un blog, donde ellas contaban parte de sus historias; esa fue la semilla. Al final, hice 4 viajes a Binéfar, Alcaraz y Mataró; llegaba el viernes y me iba el lunes, y me quedaba en sus casas. Dormía en casa de una, desayunábamos, nos encontrábamos con las demás, y decidían entre ellas en qué casa iba a dormir al día siguiente. Fue una paliza maravillosa.

Hiciste fotos, pero también recuperaste fotos suyas…
Sí, trabajamos con imágenes de archivo. Si tienes que presentarme cómo es tu vida, es muy útil. Ellas sacaban sus cajas de fotos, e íbamos mirándolas juntas. Obviamente, había imágenes que me llamaban más la atención que otras.

¿Desde el punto de vista gráfico?
Desde lo conceptual. Por ejemplo, había una foto carné donde una de estas mujeres tenía puesta una camiseta blanca con la frase «Je vote». Era una foto de finales de los 70, principios de los 80, que se había sacado en su país. La imagen me sorprendió. Hasta ese momento, yo no era capaz de imaginar a las mujeres malienses así. Me utilicé a mí misma como filtro y me di cuenta de que estaba llena de estereotipos, como todo el mundo. Me sentí paleta, cateta… ¡No sabía nada sobre Mali! La imagen que yo tenía de ellas era otra; la información era superlimitada y venía, sobre todo, de los medios de comunicación. Por eso elegimos el periódico como soporte para mostrar este trabajo.

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¿Qué otras fotos te sorprendieron?
Aquellas en las que me vi reflejada, que eran muchas. Fotos de vacaciones en la playa, fotos en la escuela, en la universidad, con los niños… Yo no tengo hijos, pero mis amigas sí, y las he visto reflejadas a ellas. Esas imágenes están en mi propia vida. Busqué las cosas comunes y encontré una gran cantidad.

En las fotos que hiciste tú, ellas lucen trajes típicos. ¿Por qué?
Porque ellas lo decidieron. Fueron ellas quienes eligieron ponerse sus trajes coloridos malienses para recibirme. Cuando llegué el primer día, me encontré con unas 30 mujeres que estaban esperándome con unos trajes espectaculares. Se habían vestido así porque venía una fotógrafa que estaba interesada en ellas, y eso era lo más bonito y lo mejor que podían hacer: ofrecerme su origen. Yo creo que conectas con quien eres de verdad, con tus orígenes, estando fuera. A raíz de esa experiencia, comprendí que soy mucho más brasileña desde que me fui de Brasil, y también abracé mi parte africana.

¿Qué enseñanzas te dejó Vecinas?
Comprobé que estamos cargados de estereotipos. Y pienso que la única manera de terminar con eso es no tener miedo de preguntar, de acercarse al otro y de conectar con el otro, porque ahí descubres que un montón de cosas que te habían contado son mentira. Lo que yo hice, en el fondo, fue acercarme a la cultura de Mali a través de las personas que conocí, a través de estas mujeres y de sus hijas e hijos, que han nacido aquí. Cada vez habrá más de esto, más españoles que lleven un trocito de otras culturas.

El ascensor social: acceso restringido

Brasil, tu país, se suele mencionar como paradigma del mestizaje. ¿Es así?
La gente tiene la impresión de que somos un paraíso de igualdad, pero la realidad es muy diferente. Si vas a Brasil y prestas atención, te vas a dar cuenta de que la gente del servicio tiene siempre la misma apariencia. Si vas a un restaurante caro, verás una misma tipología física. Si entras en la universidad, en la facultad de Medicina, verás muy poca diversidad. La sociedad brasileña es extremadamente racista.

¿Cómo se explica eso?
Es muy sencillo: Brasil fue el último país en el mundo en terminar con la esclavitud negrera en el planeta. Lo hizo en 1888. Los que fueron esclavos del siglo XIX siguieron siendo los sirvientes del siglo XX. Y ahora, en el XXI, se puede empezar a hablar sobre eso, pero no significa que la situación haya cambiado. Muy poca gente sabe que en Brasil, a principios del siglo XX, hubo una tentativa de eugenesia. Personas muy influyentes en la cultura, como el escritor Monteiro Lobato, creían que el país estaba muy feo, muy negro, muy pobre y que había que limpiarlo. Había políticas para mandar a los negros de vuelta a África y facilidades para la llegada de europeos porque querían emblanquecer el país. Ese es el Brasil real.

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¿Cómo incide socialmente el color de la piel?
Existe el white privilege, es decir, el privilegio blanco. Esto consiste, sencillamente, en no tener que pensar en algunos asuntos cuando eres blanco. Por ejemplo, si hay un grupo de niños jugando a la pelota y la pelota cae en el jardín de una casa, el niño blanco salta el muro para cogerla sin problema; ¿qué pasa si el niño es negro? Otro ejemplo: mis primos, aunque son de clase media y tienen coche, etcétera, saben que si les para la policía deben estar estar atentos, tranquilos, con las manos siempre a la vista… Obviamente, si naces blanco, nunca vas a pensar en una cosa como esa. Eso es el white privilege. Yo siempre digo que tengo white privilege en relación a mi hermana y eso que ambas somos negras. Lo que pasa es que mi hermana es bastante más oscura. Así que mi vida es más fácil que la suya; soy más aceptable socialmente, doy menos miedo que ella. Debemos ser conscientes de que construimos estereotipos asociados a las tipologías físicas de las personas.

¿En qué momento tomaste conciencia de eso?
Después de salir de Brasil. Allí había tenido varios episodios: me indicaban que debía usar el ascensor de servicio, siempre estaban confundiéndome con putas…; pero yo normalizaba ese tipo de actitudes, entendía que eso formaba parte de mi vida y lo interiorizaba como algo que pasa a menudo. Algunas veces, como mujeres, lo hacemos así: normalizamos llevar las llaves en la mano como arma de defensa cuando caminamos solas por la calle. Yo normalicé aquello durante muchos años, hasta venir para acá. Y tengo que decir que aquí sentí un alivio gigantesco.

¿No hay racismo en España?
Sí, hay, pero en Brasil era mucho más duro. Aquí me he dado cuenta de que las cosas que yo sufría no eran normales; eso no puede ser el cotidiano de nadie. Este descubrimiento coincide con un momento de curiosidad, de lectura, porque cuando estás en una burbuja no investigas. Al viajar, empecé a observar que no soy la única afrodescendiente que está en un museo, en una galería o dando conferencias. En Brasil me pasaba lo contrario: era la única negra en mi grupo de amigos y en determinados ámbitos, como la universidad.

¿Cómo accediste a esos ámbitos?
Mi padre es adoptado. Eso evitó que yo fuera nieta de una empleada doméstica que vivía en una favela y me permitió ser nieta de una señora blanca que era modelo, esposa de un médico y que vivía en Ipanema. Ese pequeño salto hizo que yo tuviera algo que muchos otros afrodescendientes en Brasil no tienen: oportunidades. ¿Qué oportunidades? Básicamente, la de estudiar. Mi lujo fue tanto que ni siquiera tuve que estudiar una profesión para comer al día siguiente: pude estudiar arte.

Del experimento casero a hablar con la BBC

¿Cómo surgió Humanae?
Trabajaba como fotógrafa; colaboraba con la revista Hola. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que yo nunca estaba representada en las imágenes que hacía. No estaba en las fotos y, además, mantenía estereotipos con los que no me sentía cómoda. Como no estaba muy contenta con eso, volví a estudiar. En 2011 me apunté a un máster en Fotografía con la idea de explorar mi creatividad y mejorar técnicamente. Y estaba en ese momento de leer y de reflexionar sobre mi familia, que tiene distintos colores y realidades, como el barrio humilde donde crecí y la abuela con poder adquisitivo de Ipanema.

Una dualidad…
Sí. Hay tantas cosas tan diferentes que forman parte de mí que, tal vez por eso, encajo bien en tantos lugares y ambientes. Aquí, en España, me casé con un andaluz cuya familia es de origen belga: todos rubios de ojos azules o castaños de ojos verdes, y con la piel rosa. En un momento, la gente que nos conocía empezó a preguntarse de qué color sería nuestro hijo, a imaginar un niño con los ojos verdes del padre, mi pelo rizado y una piel de caramelo, a decir «qué bonito va a salir». Yo nunca había pensado en eso. Cuando te enamoras de alguien no piensas si el hipotético hijo va a salir bonito o no. Pero la gente intentaba imaginar y ese fue el comienzo. El momento cero de Humanae es mi foto y la de mi marido. Son las dos primeras.

¿Y después?
Después hice de mi familia, en Brasil. Luego, cuando volví de ese viaje, hice fotos de toda la familia política. Y pensé: «No basta con hablar sobre mi casa porque, en el fondo, toda esta mezcla de colores es lo que sucede en el mundo actual. El planeta se está transformando de esta manera». Entonces empecé a fotografiar algunos amigos. Más adelante tuve la oportunidad de hacer la primera convocatoria abierta, con personas desconocidas. Fue en una galería de Barcelona. Puse unas fotos, monté el estudio en el escaparate y explicaba: «Estoy intentando probar que blanco y negro no existen, ¿me quieres ayudar?» Y la gente entraba. Fue así de sencillo.

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Foto: Marian Leon

¿Cómo pasaste de algo tan doméstico a hacer más de 4000 fotos?
Colgué las fotos online para que las personas que habían participado pudieran descargarlas. Y sucedió algo inesperado: esas personas se enamoraron tanto del concepto, de la idea que había detrás, que las utilizaron de perfil en Facebook. A raíz de eso, mucha gente conoció el proyecto. Yo todavía era estudiante y solo tenía 150 fotos, pero me desperté un día con la BBC llamándome para hacerme una entrevista porque les parecía una idea revolucionaria. Estaba dando los primeros pasos, empezando y, de repente, Oprah Winfrey, Le monde, la BBC, La Repubblica… ¡Imagínate!

¿Por qué crees que la gente se entusiasma tanto con Humanae?
Porque en Humanae, aunque parezca que solo estoy hablando de colores, estoy hablando de la discriminación de una manera muy amplia. Lo más importante de mis fotos es lo que no ves. Tú no sabes quién es migrante y quién no cuando las miras. El mundo es así: cualquiera puede ser de cualquier lugar, y eso no es negativo, no es una pérdida de identidad; es aprender de los demás, es quedarte con las informaciones y aprender de otras culturas.

Y tú, ¿cómo estás compuesta?
Yo soy brasileña, vivo en Madrid, voy a meditar a un templo budista que está cerca de mi casa, hago yoga y me encantan los restaurantes etíopes. También me encanta la tortilla de patata y bailo dos veces por semana lindy hop y blues, que son ritmos afroamericanos. Creo que ese es el futuro: vas aprendiendo de diferentes culturas y te vas quedando con lo que más encaja contigo, lo que más te construye. Después de vivir 12 años aquí, hay un montón de cosas mías que son de aquí. Ya no soy de un solo lugar. Soy madrioca: mitad madrileña, mitad carioca.

La utilidad social de la fotografía

¿Qué has aprendido con el proyecto Humanae?
Aprendí a pensar de manera colectiva porque, al principio, yo creía que estaba hablando de mí, pero luego me di cuenta de que estaba hablando de un montón de gente. Y comprendí que la gente venía no solo a hacerse la foto, sino a contar historias. Una vez vino una familia que todavía guardo en el corazón: la madre y el padre eran españoles, tenían un hijo de origen etíope y una hija de origen chino; ambos adoptados. Y vinieron a retratarse porque creían que mis fotos hablaban de su familia. Con Humanae aprendí que había una utilidad social, que no era solo una reflexión del mundo del arte.

Has dado con algo vivo que conecta a mucha gente distinta entre sí.
¡Literalmente! Escucho las mismas frases en lugares completamente distintos de planeta. ¡Las mismas! Hace poco, en Londres, dos chicas italianas y una griega me contaron que, al emigrar, habían comprendido lo que significa ser el otro. Y hay más conexiones. Por ejemplo, cuando gané el premio de PHotoESPAÑA, viajé a Brasil y expuse Humanae en una plaza de un barrio humilde. Era la primera vez que hacía una exposición en la calle y, también, fue la primera vez que pude ver el impacto en la gente común. Conservo una foto de un señor que recogía la basura mirando la exposición, es decir, un señor que cree que no merece entrar en un museo, o que él no pertenece al espacio del arte y la cultura. Ahí empecé a pensar que la calle es, tal vez, el lugar donde yo quiero hablar, donde genero impacto. Empecé a ver otras capas.

¿Como cuáles?
Un día entró una mujer en el estudio. Quería hacerse una foto y me preguntó: «¿Has fotografiado a algún transgénero?» Yo le dije que no lo sabía, que nunca se lo había preguntado a nadie. A partir de aquella foto, trabajé un montón con el colectivo LGTB en São Paulo, que había visto en Humanae un espacio donde no ser juzgado por la identidad; un lugar seguro, donde puedes ser quien eres, y donde todo el mundo es igual independientemente de los colores y las opciones sexuales. Lo mismo pasó cuando fui a la bienal de la ONCE: fotografié a muchas personas y fue maravilloso porque hay diferentes discapacidades dentro del proyecto que no se ven.

¿Has encontrado personas con el mismo color entre sí?
¡Sí, muchas! Pasa muy a menudo y es una herramienta que utilizo para discutir qué significa ser negro. Porque si las dos tenemos el mismo color de piel, pero tú tienes el pelo rizado y yo soy rubia, el tratamiento social va a ser muy distinto.

Asistimos a la reivindicación social de ser negro. ¿Dónde te colocas tú?
Pienso que no se puede seguir separando así a las personas. Y nosotros, como afrodescendientes, algunas veces lo hacemos. No estoy diciendo que no haya que hablar de la historia de la diáspora africana, o que debamos negar que somos afrodescendientes, no. Lo que digo es que yo no quiero ser categorizada como negra. ¿Cuál es el nivel en que uno deja de ser negro y pasa a ser blanco? ¿Cuál es el porcentaje correcto?

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Arte urbano y Fotografía Entrevista

Getxo ofrece un paseo por la diversidad cultural de Euskadi en el siglo XXI

Desde hoy, y hasta el 5 de diciembre, el Aula de Cultura de Getxo acogerá la exposición Primeras impresiones. La muestra se compone de 60 artículos periodísticos escritos por Laura Caorsi y publicados en el diario El Correo a lo largo de la última década. Los artículos reflejan las historias de vecinas y vecinos que nacieron en distintas partes del mundo, que un día migraron e hicieron de este municipio su hogar. La exposición es un paseo por la diversidad cultural y social de Euskadi en el siglo XXI y, además, es el sustrato de los libros Segundas impresiones, que se presentarán en Bilbao y Getxo el 18 de diciembre.

El Aula de Cultura de Getxo ha reunido 60 historias de personas de distintas partes del mundo que alguna vez dejaron sus países y convirtieron este municipio vasco en su hogar. Son historias de personas que tomaron la difícil decisión de migrar, que experimentaron el desarraigo y que tuvieron que empezar desde cero en una tierra y un entorno diferentes al que dejaron atrás.

Estas historias, escritas por Laura Caorsi, fueron publicadas entre 2007 y 2017 en el diario El Correo y forman parte de una serie más amplia, compuesta por 460 artículos en total. La exposición de Getxo, llamada Primeras impresiones, hace foco en las personas de esta localidad y es, en palabras del Ayuntamiento, «una oportunidad para acercarse a los procesos de migración y arraigo contemporáneos que caracterizan Getxo en el siglo XXI».

La muestra, a su vez, es la antesala de Segundas impresiones, una iniciativa editorial impulsada de manera conjunta por Getxo y Bilbao. Esta iniciativa consta de dos libros, cada uno con 18 historias, escritos por Laura Caorsi y Ruben A. Arribas en 2017. Los libros se presentarán el próximo 18 de diciembre, con motivo del Día Internacional de las Personas Migrantes, y recogen la diversidad de estas dos ciudades vizcaínas que forman parte de la Red de Ciudades Interculturales (RECI) y del Programa de Ciudades Interculturales (ICC) del Consejo de Europa.

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Educar en tiempos de diversidad: 8 reflexiones desde la experiencia

¿Qué piensan los niños y niñas migrantes cuando llegan nuevos a un aula? ¿Qué sienten cuando entran en un entorno donde casi todo es diferente? ¿Cómo reaccionarán? Si lo supiéramos, sería más fácil el trabajo en las escuelas e institutos; sin embargo, la telepatía es una herramienta todavía por desarrollar… Compartir la experiencia docente es importante a la hora de comprender mejor la complejidad que hay detrás de cada caso personal.

Por Sagrario García*

El primer día de clase todo es distinto. Lo es para cualquier alumno; pero, en particular, lo es para quienes vienen de otros países. En el patio se encuentran con niños y niñas de aspecto diferente a los que acaban de dejar en su país, la disposición de aula y las rutinas en clase son otras, y el idioma les resulta extraño. Todo eso puede producir miedo, inseguridad, incertidumbre.

Ante esa misma situación, las reacciones pueden ser muy diferentes. Unos se hacen más pequeños de lo que ya son y procuran volverse invisibles, pasar inadvertidos. Otros hacen lo contrario: reaccionan con una alta dosis de actividad, que se traduce en un incumplimiento de normas, en falta de control, en agresividad. Unos y otros plantean problemas educativos específicos al profesorado.

Las 8 microhistorias que refiero a continuación proceden de mi experiencia como profesora de primaria. Lo único que pretendo al contarlas es compartir lo aprendido y fomentar el debate sobre cómo afrontar los retos educativos que lleva aparejada la diversidad en el aula.

A modo de conclusión, mi aprendizaje lo resumiría así: si bien dominar el idioma es algo fundamental a la hora de que el alumnado extranjero obtenga buenos resultados escolares, hay al menos otros tres factores que influyen tanto o más que ese: la asistencia regular a clase, la importancia que los padres otorguen a su educación y el nivel socioeconómico de la familia. No son los únicos; pero, lo dicho: esto es un resumen.

*

01 | Hablar español no es un garantía de integración inmediata. Su primer día en el colegio, Ramón, de 4 años, se asomó a la que iba a ser su clase de infantil y rompió a llorar, y gritó: «Son todos feos». Estaba recién llegado de Colombia y, probablemente, le chocó la diferencia de rasgos de sus compañeros. Recíprocamente, estos ponían cara de sorpresa cuando Ramón hacía algún comentario debido a su acento o a las palabras que utilizaba. Además, él tampoco estaba acostumbrado a las rutinas que teníamos en clase, así que entre lo uno y lo otro algunos chicos no querían tenerlo en su equipo. Llevó unos 3 o 4 meses que se conocieran y jugaran juntos. Con Ramón aprendí que compartir un idioma no equivale a compartir una cultura (ni siquiera en la infancia…).

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02 | No hablar español es una garantía de estrés. Desconocer el idioma suele ser fuente de estrés para los niños. Ese fue el caso de Thomas, rumano, de 3 años. El primer día se aferraba angustiado a su padre y no lo soltaba. Al ver la escena, le pedí al padre que se quedara en clase para que su hijo se tranquilizase. Pasados 2 días, tuve que pedirle al padre que se marchara: lloraba él más que su hijo. Al cabo de unas dos semanas de ir sin el padre, el niño comenzó a estar más tranquilo; eso sí, se pasaba las horas agarrado a mi vestido, y el resto de la clase y yo decíamos, en tono de broma, que era mi secretario. Poco a poco, Thomas fue aprendiendo palabras, hasta que a los 2 o 3 meses yo podía avisarle de lo que íbamos a hacer en cada momento. Entonces dejó de ser mi secretario y pudo permanecer tranquilo en su sitio, como uno más.

03 | Los padres y sus ideas preconcebidas sobre la educación. Mamadou tenía 6 años, hablaba poco y se movía mucho. Su español era precario y fue un obstáculo para su correcta asimilación del proceso lectoescritor. Eso sí, este pequeño de Mali tenía una gran impaciencia por aprender a leer; en cambio, el resto de las materias no le interesaban y apenas prestaba atención: su padre, señalando la cartilla, le había explicado enfáticamente cuán importante era para la familia que él pudiera leer e interpretar los papeles. El resultado fue que Mamadou desarrolló cierta habilidad para la lectura mecánica, pero no para la lectura comprensiva. ¿La razón? Su padre no entendía que el desarrollo del lengua es necesario y previo a la lectura, y que todas las actividades escolares iban encaminadas en esa dirección… Por desgracia, eso implicó un retraso importante en el aprendizaje de su hijo.

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M. Luaces

04| Evitar que falten a clase con permiso de la familia. Mariam era una niña marroquí de 5.º de primaria que faltaba frecuentemente a clase. El padre y la madre justificaban estas faltas de asistencia: la chica tenía labores que atender en la casa… Mariam arrastraba falta de base en algunas asignaturas, pero hablaba bien español y árabe. Sus profesores pensábamos que el problema era, sobre todo, el absentismo: cuanto más faltaba, más retrasada se quedaba y menos motivación encontraba para asistir. El tutor de Mariam se entrevistó en varias ocasiones con sus padres con el fin de hacerles comprender la importancia de que asistiera regularmente a clase. Le costó, pero lo consiguió y, en dos trimestres, Mariam mejoró y pudo pasar de curso.

05 | Cuando la familia es una aliada. Naima, de 6 años, también era marroquí. En su caso, sin embargo, la familia demostraba gran interés por su aprendizaje: la madre y el padre asistían a todas las reuniones, animaban a su hija a que hiciera la tarea a primera hora de la tarde, le facilitaban material escolar de primera calidad, la alentaban a leer… Y, cuando llegaban los buenos resultados —Naima era una de las niñas que sacaba mejores notas—, lo celebraban por todo lo alto en casa. Al margen del talento personal, su caso me recordó que el éxito escolar suele asentarse en cuatro pilares: disfrutar con las actividades, asistir regularmente a clase, contar con el apoyo de la familia y la motivación.

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M. Luaces

06 | La importancia de la atención (más o menos) personalizada. Dana, de 7 años, llegó de Rumanía con un español muy precario, pero con una motivación muy alta por aprender. Pese a que su fluidez y velocidad lectora era muy baja, dos factores jugaron a su favor: la estrategia que utilizó su profesora y que su clase era poco numerosa. Los medios disponibles en la escuela eran escasos; sin embargo, al estar en una clase de 20 alumnos, Dana pudo recibir suficiente atención por parte su maestra para progresar a una velocidad razonable. Asimismo, al tener pocos alumnos, la profesora pudo priorizar el desarrollo de lectura comprensiva y el aprendizaje del español en todas las asignaturas. El resultado fue que Dana mejoró su nivel lingüístico rápidamente y, a final de curso podía seguir el ritmo de la clase.

07 | Fomentar el trabajo cooperativo. Alexandra, una niña rumana de 8 años, había repetido 2.º de primaria y necesitaba ayuda constante en Matemáticas. Su dificultad no era de cálculo, sino de lectura comprensiva; por eso, le propuse a Sara —una niña trabajadora y de resultados excelentes— que ejerciera de compañera tutora. La idea era sencilla: Sara sería la encargada de leer y explicarle el enunciado de los problemas a Alexandra; luego, Alexandra resolvería sola los problemas (así yo disponía de tiempo para atender a otros niños). Y funcionó. De hecho, a lo largo del curso, cambié varias veces al compañero tutor para no sobrecargar a ninguno. A final de curso, Alexandra precisaba menos apoyo y durante el curso siguiente funcionó con plena autonomía. Sus resultados no fueron excelentes, pero sí fue aprobando y no volvió a repetir.

08 | Implicar a la comunidad educativa. Los maestros a veces se ven desbordados por la pluralidad del aula. Asegurarse de que las familias han comprendido las notas informativas supone muchas veces una labor que les rebasa, por lo que necesitan que alguien intermedie entre el colegio y la familia. A veces, esos intermediadores son profesionales en la materia; otras son personas que pertenecen a la comunidad educativa. En el caso Akram, un niño marroquí de 9 años, recuerdo que le pedimos ayuda a Sofía, una madre también marroquí que había acogido a la familia del chico mientras esta encontraba piso. Sofía hablaba árabe y español, así que ella venía a las reuniones con la familia de Akram y traducía y explicaba las notas del colegio, las pautas… Todo. Gracias a ella, entendieron rápidamente el funcionamiento del colegio y fue más sencillo incluirlos en la dinámica escolar. Sofía me enseñó que, en muchas ocasiones, otras madres y otros padres son unos mediadores culturales estupendos. Solo es cuestión de confiar en ellos y guiarlos.

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Para concluir, me gustaría hacer un doble reconocimiento: por un lado, a los niños que tienen que abandonar su entorno, dejando atrás raíces y familia en situaciones que no querríamos para los nuestros; por otro, a tantos docentes que se esfuerzan cada día, a veces con escasos recursos, para mejorar la situación de niños que son víctimas de circunstancias ajenas.


Sagrario García García (Toledo, 1961) es maestra de Educación Infantil y Primaria, con más de 30 años de experiencia en la escuela pública. Gracias a su interés por la educación integradora, ha desarrollado diversos proyectos, algunos de ellos publicados en revistas como Cuadernos de pedagogía o Padres y maestros. Su proyecto Chuches y vitaminas fue premiado en el VIII Certamen de Materiales Curriculares de la Comunidad de Castilla La Mancha. Como madre, nunca llevó mal del todo que sus hijos salieran a buscarse la vida fuera de España, pero sí que lo de irse haya sido una elección forzosa y que no encuentren oportunidades para volver. Como profesora, eso mismo la ayudó a comprender mejor a su alumnado extranjero.

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El nuevo color de la Roja

El fútbol siempre ha actuado como espejo de la sociedad. En el Mundial de 1998, la selección francesa reflejaba en su configuración la diversidad social: de los 22 jugadores, solo 8 tenían padre y madre franceses. Los demás, a excepción de Marcel Desailly —ghanés nacionalizado—, tenían las procedencias personales o familiares más diversas: Argentina (Trezeguet), Armenia (Djorkaeff), Portugal (Pires) isla de Guadalupe (Thuram), Nueva Caledonia (Karembeu), Martinica (Henry y Anelka)… La estrella de aquel equipo era Zinedine Zidane, un segunda generación magrebí, que lideró a su selección hacia la consecución del campeonato.

Por Miguel Ángel Ortiz y Rubén A. Arribas
@MAOrtizOlivera | @estoy_que_trino

A Jean-Marie Le Pen, líder de la extrema derecha y padre de Marine Le Pen, aquella selección le parecía poco francesa, llena de extranjeros. De hecho, llegó a decir que aquellos jugadores solo eran «representantes del papeleo». Su acoso empezó en 1996 y duró hasta más allá de las elecciones generales de 2002. Además de por su fútbol, Zidane se hizo entonces conocido por su posición política en favor un país más culturalmente más plural: «Estoy orgulloso de ser francés y estoy orgulloso de que mi padre sea argelino», declaró en una ocasión. Él no fue el único; otros compañeros de selección, como Desailly, Deschamps o Lizarazu, pidieron votar contra Le Pen y su partido racista. En el otro extremo, estaba Jacques Chirac, el presidente de la República, quien tras el triunfo de la selección en el Mundial se hizo famoso por haber presumido de ella como la «Francia multicolor».

El fenómeno vivido en la selección francesa no es excepcional. Desde hace años, la selección alemana está experimentando un cambio similar; en su caso, jugadores como Mezut Özil, Sami Khedira o Jérôme Boateng —cuyas familias son turca, tunecina y ghanesa respectivamente— son los responsables de que algunos medios llamen ahora a la selección el Internationalmannschaft. Además, en el caso de Boateng, la selección alemana ha sido precursora en algo que veremos en el futuro: hermanos que juegan con distintos países. En este caso, Jérôme juega con Alemania y Kevin, con Ghana.

La selección española, en transformación

En España, por tanto, vamos con una o dos décadas de retraso con respecto de otros países a la hora de ver el reflejo de las migraciones en nuestro equipo nacional. De hecho, el primer futbolista de segunda generación en debutar con la Roja fue Vicente Engonga en 1998, de familia ecuatoguineana e hijo del primer futbolista negro que hubo en España. Todos los anteriores —Kubala, Di Stefano, Donato, Senna, Pizzi o Diego Costa— fueron nacionalizados.

Eso sí, si atendemos a lo que viene sucediendo en las categorías inferiores de la selección nacional, en breve, cambiarán el color y el tipo de apellidos que estamos acostumbrados a ver en nuestra selección absoluta. Como mostramos más abajo, ya es factible construir un once que podría mezclar algunos pioneros —Bojan Krkic y Jonás Ramalho—, con jugadores que empiezan a ser fijos en la selección absoluta —Iñaki Williams y Thiago Alcántara— y con jóvenes promesas procedentes de las selecciones sub-17, sub-19 y sub-21.

Además, en los próximos años, viviremos un fenómeno singular: los países van a disputarse los jugadores con doble nacionalidad. En 2009, la FIFA eliminó el límite de edad —21 años— para decidir por qué selección absoluta jugar; por tanto, hasta que un jugador no debuta en partido oficial con la absoluta, tiene la posibilidad de jugar con cualquiera de las dos selecciones. Ese fue el caso, por ejemplo, de Jeffren Suárez: tras ser campeón de Europa sub-19 y sub-21 con España, en 2015 debutó con la absoluta venezolana. A partir de ahora, Suárez solo podrá ser convocado por Venezuela.

En esa misma situación se encuentran muchos jugadores. El mallorquín Emilio Nsué, los madrileños Javier Balboa y Rubén Belima, y el cántabro Igor Engonga —sobrino de Vicente Engonga— nacieron españoles, pero juegan en la selección nacional de Guinea Ecuatorial. Un caso inverso es el de Bojan o Munir, a quienes se los hizo debutar en la absoluta española muy jóvenes para evitar que Serbia o Marruecos los tentaran. Y un ejemplo que probablemente dará que hablar es el del catalán Adama Traoré, internacional en las categorías inferiores de España y pretendido por Malí. Eso, por no hablar de que Thiago Alcántara juega con nosotros y su hermano, Rafinha, con Brasil.

En fin, lo dicho al principio: el fútbol es un espejo donde mirarnos y comprender mejor las transformaciones sociales que vivimos. Las selecciones de Francia, Alemania y, ahora, la de España son un ejemplo de ello.

El 11 de la diversidad

Había mucho donde elegir, así que hemos fijado como criterio que los jugadores elegidos hayan sido o sean internacionales en alguna de las categorías inferiores de la selección española. Es decir: el esquema táctico no ha sido lo prioritario. Tampoco hemos intentado hacer el mejor once posible ni nada por el estilo. De hecho, ojalá que otras personas se animen y construyan su propio 11 con aquellos nombres que hemos dejado fuera. Todos esos equipos servirán para darnos cuenta de algo: las múltiples posibilidades que nos ofrece la diversidad existente en nuestra sociedad.

La-Roja-MohaMohamed Airam Ramos WadeEl actual portero del juvenil B del Real Madrid, más conocido como Moha, tiene sangre senegalesa por parte de madre. Comparado con el arquero italiano Gianluigi Donnarumma, en Valdebebas le han apodado ya como «La Pantera Negra». Y hasta Zidane lo ha utilizado en un entrenamiento con el equipo profesional. En mayo, Moha debutó como internacional con la selección española sub-17, campeona de la Eurocopa.

Ver vídeo (cuando todavía jugaba en el Tenerife).

La-Roja-RamalhoJonás RamalhoHijo de padre angoleño y madre vasca, este joven central del Girona es un veterano de las categorías inferiores. Debutó en 2008 con el Athletic en Primera División y se convirtió en el jugador más joven en hacerlo con la camiseta de los leones. Además, él fue el primer jugador negro del Athletic. Su palmarés con las categorías inferiores de la selección española es notable: consiguió un tercer puesto en la Copa del Mundo (2009) y fue campeón de Europa (2010) con la sub-17 y se proclamó dos veces campeón de Europa (2010 y 2011) con la sub-19.

Ver vídeo (hablando con la selección).

La-Roja-Moha2Moha Aiman Moukhliss. El capitán del juvenil B del Real Madrid es un madrileño del barrio de San Blas. Su familia es de origen marroquí, así que Marruecos le ha propuesto formar parte de su selección; sin embargo, él ha declarado que quiere vestir la Roja. Con la sub-16 logró el Torneo de Desarrollo de la UEFA y ahora es uno de los capitanes de selección española sub-17.

Ver vídeo (con las categorías inferiores del Madrid).

La-Roja-PapePape Cheikh Diop Gueye. Con 14 años, este senegalés se fue a vivir con su tío a Palencia. Allí, según explicó en El Faro de Vigo, además de español, aprendió a jugar de una manera más profesional. También pudo tramitar la nacionalidad, pues su padre es español. Luego, lo fichó el Celta para sus categorías inferiores y en 2015 debutó con el primer equipo. Ese mismo año se estrenó como internacional con la selección sub-19, a la postre campeona de Europa. «Para mí era un sueño jugar con España, con la selección, que siempre fue mi favorita», declaró. Entre tanto, ha debutado ya con la selección gallega.

 Ver vídeo (selección).

La-Roja-MadgerMadger Antonio Gomes. Este todoterreno capaz de adaptarse a cualquier posición nació en Alicante, pero sus padres procedían de Caio (Guinea-Bisáu). Ya defendió la Rojita en el Campeonato Europeo sub-17 de 2014. Ha sido convocado para la sub-18 y la sub-19, y con el Villareal llegó a debutar en Segunda B. La pasada campaña emigró al Liverpool, y a su currículum hay que añadir varios partidos con la selección valenciana.

Ver vídeo (con el Villareal).

La-Roja-ThiagoThiago Alcántara. De origen brasileño, su padre, Mazinho, llevaba muchos años asentado en España, y solo la itinerancia de su trabajo —también jugador de fútbol— hizo que su hijo naciera en suelo italiano. Tras pasar por las categorías inferiores, Thiago debutó con la selección absoluta en 2011. Y lo hizo a pesar de la oferta de la selección de Brasil y de las presiones familiares; de hecho, su hermano Rafinha —nacido en Sao Paulo y jugador del Barcelona— tomó el camino contrario y es internacional con la canarinha.

Ver vídeo (mejores jugadas).

La-Roja-JordiJordi Mboula. «Mi padre es del Congo y mi madre, catalana», contaba Mboula, quien se formó como futbolista en La Masía, la cantera del Fútbol Club Barcelona. La banda es su hábitat y le llaman Titi, entre otras razones, porque su fútbol y su físico recuerdan al gran Thierry Henry. En el último europeo sub-17, anotó el primer tanto contra Holanda en el debut de España. Este año cumplió la mayoría de edad en el Juvenil A del Barça, donde continua madurando. Son muchos los clubes europeos interesados en él.

Ver vídeo (remix de goles y jugadas).

La-Roja-BojanBojan KrkicDe padre serbio y madre catalana, en su día promovió el concurso Eres joven, ¡triunfarás!, campaña que premiaba proyectos de integración en los institutos. En 2007, Bojan se convirtió en el jugador más joven de la historia en debutar con la sub-21. Sin embargo, cuando Luis Aragonés lo llamó para debutar en la selección y jugar la Eurocopa de 2008, sintió que era demasiado joven —17 años— para una experiencia así y no acudió a la convocatoria. Desde entonces su trayectoria parece algo estancada. De hecho, casi diez años después, solo ha jugado un partido con la selección absoluta. Eso sí, aún le quedan 4 o 5 años de fútbol para volver a ser aquel jugador tan prometedor que fue.

Ver vídeo (mejores jugadas).

La-Roja-InakiIñaki Williams. Este bilbaíno debutó con el Athletic en 2014 y, desde entonces, es fundamental en el ataque del club rojiblanco. Debido a la guerra en Liberia, sus padres huyeron a Ghana y se conocieron en un campo de refugiados. Desde allí viajaron a Malága, Bilbao y Pamplona. Williams siempre tiene presente la historia familiar cuando le preguntan por ella: «Yo he nacido aquí, llevo veinte años aquí, pero los orígenes y las raíces no se olvidan. Mis padres nacieron en Liberia y sientes que toda tu familia está allí. Una parte de mí también es africana». Eso no impide que haya sido el goleador de la selección sub-21 y que, cuando debutó con la absoluta, declarase: «Ojalá el día de mañana pueda ser el delantero de España».

Ver vídeo (mejores jugadas).

La-Roja-MunirMunir El HaddadiSu padre llegó a España en patera y trabajó de todo hasta que consiguió colocarse como jefe de cocina con un chef vasco en un conocido restaurante de Pozuelo de Alarcón. Munir nació en San Lorenzo del Escorial; pero, ante la falta de oportunidades en Madrid, terminó yéndose a jugar a las categorías inferiores del Barcelona. Debutó con el primer equipo cuando tenía 18 años. Aunque la federación marroquí intentó convencerlo, al final, Munir terminó siendo internacional con la selección española sub-19, sub-21 y, finalmente, la absoluta. Vicente del Bosque lo hizo debutar contra Macedonia en un partido clasificatorio para la Eurocopa 2016. Tenía entonces 19 años, y ese fue su dorsal. «Jugar con España es una decisión mía», afirmó, «y estoy muy contento por ello».

Ver vídeo (con la selección española).

La-Roja-AdamaAdama TraoréSi bien nació en L’Hospitalet, sus raíces familiares se remontan hasta Malí: sus padres emigraron a Barcelona por trabajo en los años 80. Con 8 años ingresó en La Masía y allí asimiló su condición de catalán-maliense con naturalidad: «Yo soy de aquí y me gusta jugar con este equipo. Nunca se sabe qué pasará en el futuro, pero mi intención es jugar con España». En 2013 debutó con el FC Barcelona en Primera Divsión y en la Liga de Campeones; sin embargo, en 2015, decidió buscar minutos en el Aston Villa inglés. Actualmente, milita en el Middlesbrough. Con la selección, ha jugado en todas las categorías inferiores, pero no con la absoluta.

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