323 | Janet

Decir que La Habana y Bilbao son ciudades muy diferentes es como indicar que el agua de mar tiene sal. Una obviedad. Precisamente por ello, no es tan obvio ni esperable que una misma persona pueda sentirse a gusto, en casa y cómoda en ambos lugares, a pesar de sus notables diferencias. Pero es posible. Fue lo que le ocurrió a Janet Lía Mestre, que vino aquí por el amor de un vasco y acabó cautivada por todos. “Me encanta Euskadi -afirma, rotunda-. Me gustan los vascos, la cultura, el idioma. Todo”, añade con la entonación de quien se ahorra una larga lista de redundancias y etcéteras.

“Es que estoy enamorada de este país”, insiste. Y explica que esta fascinación cultural, si bien fue un amor “a primera vista”, hoy podría definirse como una relación sólida y duradera: Janet reside en Euskadi desde hace 19 años. “Más de la mitad de mi vida la he pasado aquí”, dice esta peluquera cubana, que todavía no ha llegado a los cuarenta.

“Vine muy joven. Vine por amor y porque soy aventurera: nunca sentí miedo a dejar mi país, ni a empezar una nueva vida en un lugar tan diferente, desconocido, desde cero. Al contrario. La idea me entusiasmó un montón. Cuando todavía estaba en Cuba, conocí a un chico de aquí, nos enamoramos y decidimos casarnos”, sintetiza Janet, que entonces tenía 17 años y estudiaba danza contemporánea y teatro. “Me encantaba… y me sigue gustando todo lo que esté relacionado con la expresión artística. Siempre pienso que algún día debería conectar con ese mundo otra vez, pero me falta tiempo”, lamenta.

Quien hace esta reflexión no es la muchacha aventurera, sino la mujer trabajadora, autónoma, que regenta su propio negocio y es madre de dos hijos, Eder y Maitane. “Cuando llegué aquí, empecé haciendo algunas cosas en publicidad, danza y teatro. Pero aquello era puntual y no me permitía tener unos ingresos fijos”, señala. Lo conversó con quien entonces era su marido -en la actualidad, están divorciados- y decidió que lo mejor era aprender un oficio. “Mi ex marido opinaba que yo debía dedicarme a algo que diera dinero”. Y ella, que es una mujer emprendedora y valora mucho su independencia, estuvo de acuerdo con él.

“Estudié peluquería. Hice las prácticas en una cadena de estética muy conocida y después empecé a trabajar en otra, donde estuve muchos años; primero, como peluquera y después, como encargada”, relata Janet que, además de estos estudios, el trabajo y la maternidad -sus hijos tienen ya 12 y 16 años-, se sacó tiempo para estudiar euskera. “Me apunté en el euskaltegi hasta que aprendí a hablar el idioma. Como te he dicho antes, me parece fascinante el País Vasco, y eso que es muy diferente de Cuba”, compara.

Cambios decididos

Para ella, el cambio fue bastante acusado, aunque precisa que en ningún momento lo pasó mal. “Supongo que eso tiene que ver con mi carácter y con el momento en que vine -razona-. Ten en cuenta que era una chiquilla y que, cuando uno es tan joven, tiene ganas de experimentar cosas nuevas. En ese momento de la vida, es más interesante el descubrimiento que la nostalgia”, prosigue, aunque esta manera de ver las cosas es una constante en su vida. Hace tres años, Janet dejó su empleo como encargada y se lanzó a montar su propia peluquería en Indautxu.

“Puede parecer una temeridad por la crisis y la situación actual, pero yo me sentía capacitada para hacer ese cambio. Había estado muchos años como encargada, tenía la experiencia suficiente de cómo llevar un negocio y contaba también con una clientela fija, de muchos años. Por eso me animé”, explica. Lo que no conocía -pero aprendió con rapidez- fue “lo duro que resulta ser autónomo. Nunca tienes tiempo para nada”, resume con una sonrisa.

“Quizá la única ventaja, además de que trabajas para ti misma, es que puedes elegir cuándo tomarte vacaciones con un poco más de flexibilidad. Pero solo un poco”, matiza Janet, que intenta ir a Cuba cada dos años para no perder contacto con su gente y los mejores rasgos de aquella cultura. “La sonrisa, la alegría, el optimismo… eso me gusta, y también a mis hijos, que han ido conmigo. Eso sí, lo del gusto por el baile sigue siendo cosa mía, porque ellos son muy vascos”, reconoce con mucha simpatía, al tiempo que dice sentirse muy arraigada a Bilbao. “No sé qué pasará más adelante, yo no escribo el futuro. Solo sé que mi presente está aquí”.

2014 América Central Ellas

295 | Yanaisa

En un restaurante o un bar, a menudo no prestamos atención a quien está detrás de la barra, a la persona que cocina o al camarero que nos atiende. Sin embargo, sus historias muchas veces son interesantes. Más aún cuando vienen de otro país, porque las migraciones son experiencias poderosas que dejan huella y contienen relatos. ¿Quién es esa persona? ¿Dónde ha nacido? ¿Por qué ha venido hasta aquí? ¿El cambio ha sido un acierto? ¿Es feliz?

Yanaisa Gálvez es cubana, llegó a Euskadi en 2005 y trabaja en Getxo. Atiende la barra de un bar. Su trabajo le gusta, más que nada, por las personas con las que comparte faena y por el ambiente del lugar. «Hacemos un buen equipo, estamos a gusto y el local es muy ‘chévere’», describe con un acento peculiar. Su manera de hablar -y, también, de entender el mundo- es una mezcla de la cultura de Cuba y la vasca. «Emigrar es complicado. Llega un día en que no sabes bien a dónde perteneces, te enamoras de una tierra pero tus raíces están en otra, y al final no eres de aquí ni de allí», reflexiona.

Simpática y tenaz, se le da bien el mundo de la hostelería, aunque jamás había incursionado en él hasta que llegó al País Vasco. Tampoco había trabajado en una pescadería hasta que se ofreció a ayudar a su tía, que vive en Euskadi con otros miembros de su familia. «Ella estaba embarazada y ya no podía atender a los clientes, así que fui a echarle un cable. Cuando me vi por primera vez con un pescado en la mano, no lo podía creer. ¡No tenía ni idea! Pero fíjate cómo son las cosas que, al cabo de cuatro meses, ya cortaba, limpiaba, troceaba y me manejaba con las anchoas como si lo hubiera hecho toda la vida», recuerda sonriente.

Pero «la vida» de Yanaisa es otra cosa. «Mi vida es el baile», confiesa, y la frase es literal, porque su vínculo con la danza comenzó cuando tenía tres años. «En casa notaron que me gustaba y que tenía aptitudes, así que me alentaron. Mi tío, en concreto, fue el gran motor impulsor». La apuntó en la Escuela Nacional de Gimnasia Rítmica. Seis años estuvo allí. A los nueve empezó su formación en la Escuela Nacional de Ballet. Ocho años más. Los siguientes tres se dedicó a aprender sobre la puesta en escena de espectáculos.

Con ese punto de partida -riguroso y exigente-, no es de extrañar que Yanaisa fichara por el Cabaret Tropicana, uno de los más famosos del mundo. «Empecé como todos, formando parte del reparto, pero entré con muy buen pie. Poco después, me ofrecieron un papel como solista». La conocida e histórica sala de espectáculos de La Habana le brindó su primer trabajo como profesional. También, una enorme experiencia. «Para mí, ha sido una escuela», dice Yanaisa, que pasó de allí a una compañía de baile cubana radicada en Alemania.

Soltar amarras, echar anclas

En Europa ofrecían un espectáculo sobre la historia de su país mientras ella descubría otro muy diferente del suyo. Y eso le hizo plantearse la importancia de conocer más y «ver mundo», aprender «sobre otras danzas y propuestas culturales». Los grandes cruceros turísticos le brindaron esa posibilidad: Yanaisa trabajaba en los escenarios al tiempo que visitaba países. Cuando sintió que la experiencia llegaba a su fin, decidió echar el ancla en Euskadi. «Aquí vivían mis tíos y mis primos, que son muy queridos para mí. Elegí el País Vasco por ellos, pero me quedé porque esta tierra es estupenda y su gente, maravillosa».

La contrapartida de su elección es que no vive del baile, como le gustaría. Aún así, está contenta, porque sigue formando parte de su vida. «La hostelería me permite mantenerme: hay que pagar las cuentas, la luz, el alquiler, el teléfono, y eso tiene que salir de algún lado. No es mi pasión, está claro, pero tampoco se me caen los anillos por no poder bailar como antes. En todo caso, trabajar en oficios diferentes te enseña que eres capaz de hacer muchas cosas, que siempre puedes dar más».

«Además -continúa-, me he preocupado de seguir entrenando y practicando cada día, aunque solo sea una hora, para mantenerme ágil y en forma. También intento aprender de las nuevas tendencias para no quedarme desfasada. A veces surgen posibilidades y hay que estar a la altura para aprovecharlas», opina. La más reciente le ha salido ahora, en fiestas de Bilbao. La pasada semana actuó en el bar alemán de la plaza del Ensanche. «Eso es vida para mí… no es un trabajo, ni una profesión; es algo que llevo dentro y que siempre estará conmigo».

2013 América Central Ellas

288 | Julián

Julián Despaigne Larduet elige un concepto empresarial para hablar de inmigración. Emplea el análisis DAFO -acrónimo de Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades- para retratar la no siempre sencilla relación laboral entre los extranjeros y los vascos. «Ven en nosotros muchas debilidades. Nuestras fortalezas las perciben como amenazas y, por tanto, no nos dan oportunidades», explica a modo de síntesis. «La inserción laboral, para nosotros, no es fácil. A menudo tenemos que ‘reciclarnos’ para adaptarnos al mercado de trabajo, donde hay pocas ocasiones de sentirse realizado».

La situación que Julián describe es justo la contraria a la que existía en su país hace unos años, donde el escollo no era profesional sino económico. «Había mucha salida laboral, pero estaba mal remunerada. Cuba pasaba por una crisis bastante profunda, mientras que aquí se vivía una época de bonanza», compara. Esa diferencia, sumada al hecho de que en Euskadi conoció a quien hoy es su mujer, favoreció que se quedara pese a no haberlo planificado. Desde entonces han pasado quince años y muchas cosas. No solo se casó, también tuvo aquí a su hijo, encontró opciones para desarrollar su profesión y un proyecto personal para cultivar en esta tierra la música de la suya.

«Llegué en noviembre de 1998 y vine a través de la Asociación Euskadi-Cuba para hacer un máster en Cooperación Social, Paz y Desarrollo en la UPV», especifica, aunque no tarda en hacer una pausa para, papel en mano, «empezar por el principio». Metódico y detallista, se ha apuntado en un folio aquellas cosas que quiere contar. Por ejemplo, que nació en Santiago de Cuba, en la región oriental de la isla, el 7 de abril de 1959, un año trascendental e histórico para su país y buena parte del mundo.

«Hubo muchos cambios sociales en Cuba a partir del 59. Con la revolución se abrieron las puertas de las bibliotecas y se gestó una ocasión única para poder estudiar», dice. Años después, Julián se benefició de esa apertura cuando se trasladó a la capital para estudiar en la Universidad de La Habana. Su formación en Educación Sociocultural le permitió trabajar en diferentes escenarios; todos importantes, ninguno sencillo: «Atendí a niños con discapacidad, hogares incompletos, hospitales psiquiátricos, programas de fomento de la lectura…».

Aquí tuvo experiencias laborales similares. «Fui auxiliar de psiquiatría en San Juan de Dios, en Mondragón, trabajé como monitor de autobús en Uribe Kosta, colaboré con el Aula de Cultura de Getxo, con Euskadi-Cuba y también con Gorabide, una asociación que me gusta mucho por su visión humanística e integradora de la discapacidad», enumera, fiel al listado escrito en el folio. Los años que ha vivido en Euskadi, además de brindarle diferentes espacios laborales, le dieron a Julián la posibilidad de integrarse en la sociedad vasca y, también, mantener vivas sus raíces.

Identidad y cultura

Junto a tres amigos creó el grupo musical Rumbaché, con el que disfruta -y difunde- la rumba cubana. «Lo hacemos por afición y preferencia -explica-. Nuestro objetivo es rescatar un género musical muy ligado a la cultura popular de mi país. En Cuba -prosigue-, todo es música. Hasta los conflictos se resuelven con la letra de una canción. No queremos perder eso. En algún lugar leí que la identidad y la cultura forman parte de la configuración de una persona, y que si te faltan, si no las tienes, no estás completo».

Al hilo de esta reflexión, Julián añade que eso es, precisamente, lo que más le gusta de los vascos. «No te voy a decir ‘me gusta el Arriaga’ o ‘me gusta el Guggenheim’. Lo que de verdad me parece interesante es el arraigo, la identidad, que están muy definidos como pueblo y sociedad», remarca. En paralelo, de su isla echa de menos la risa. «Es lo que más extraño de mi país, la risa permanente, la alegría, el ‘choteo’. Por suerte, he vuelto allí en varias ocasiones».

Julián explica también que, desde fuera, «solo se conoce lo negativo, mientras que el aporte cubano a la transformación social no se dice, se niega». No obstante, también comenta que en estos años ha visto «cambios muy positivos; por ejemplo, una apertura al mundo que era necesaria. Hay que entender que en la vida todo es mutable, todo está en dialéctica. El mundo ha cambiado mucho y casi todas las cosas están en interrelación. En este nuevo marco, Cuba no puede estar aislada».

2013 América Central Ellos

278 | Ledián

Los días de Ledián Mola están cargados de actividad. Sus jornadas comienzan en Sarriko, donde cursa el bachillerato musical, continúan en Barakaldo, cuyo conservatorio conoce de memoria, y acaban en Santurtzi, donde reside desde hace tres años. «Vivo en la calle Juan Crisóstomo de Arriaga», puntualiza divertido y convencido de que no hay mejor dirección para un amante de la música clásica y violinista profesional, como es él.

Como Arriaga, Ledián toca el violín desde que era un niño. Empezó a los siete años, en Cuba, gracias a la influencia de sus abuelas. «Cuando yo era chiquitín, creía que el puente de los violines estaba hecho de queso. Cada vez que veía uno, con sus agujeritos y su color, me recordaba al queso de los dibujos animados -dice entre risas-. Aquello me tenía fascinado, así que una de mis abuelas me regaló un pequeño violín. Poco después, mi otra abuela me llevó a hacer una prueba de aptitud en el conservatorio de La Habana». Así comenzó su relación con el violín, un instrumento al que considera una prolongación de sí mismo.

«Si tengo un mal día, cuando toco, se nota. Si estoy alegre, también. El violín es una parte más de mi cuerpo, del mismo modo que la música es una manera de entender el mundo, de expresarme y de conectar con los demás». Para él, esa frase tan manida sobre la música, que la define como «un lenguaje internacional», no es un cliché, sino una realidad. De hecho, le ha servido para vincularse con otros jóvenes, vascos, que comparten con él ese gusto.

Los sábados por la tarde, Ledián ensaya con la sinfónica Behotsik en el Centro Cívico de Otxarkoaga. Esta orquesta -que también es una asociación- está integrada por casi cuarenta jóvenes músicos de Euskadi, que entienden su actividad como un modo de unir a las personas, de disfrutar de la cultura y fomentar los lazos de amistad. «Todos son de aquí, excepto yo, que soy el único ‘turista’ del grupo», cuenta con gracia.

«A la gente, al principio, le llama un poco la atención. Lógico, un negro cubano que toca el violín no es algo que se vea todos los días. Sé que es insólito y que siempre está ese miedo a lo distinto, pero la verdad es que me siento muy a gusto, muy feliz. Obviamente, no soy un ‘euro’, que caen bien a todo el mundo, pero con los chicos de Behotsik la relación va más allá de las procedencias o la cuestión cultural. Compartimos una manera de ver las cosas y eso es lo que cuenta», señala.

Chauvinismo

Ledián es un defensor de la ‘ciudadanía del mundo’. «Yo nací en Cuba por casualidad -dice-. Podría haber nacido en Chechenia o en Haití. Por eso, no tengo bandera, y menos ahora, que he cambiado de país y vivo inmerso en una cultura distinta. Cuando emigras, comprendes que el chauvinismo no es positivo. Debes aprender a ser versátil y adaptarte como el agua, que coge la forma del envase. No digo que uno reniegue de sus raíces o se olvide de sus tradiciones. Hay costumbres que se pueden mantener, sin imponerlas, mientras incorporas otras nuevas, del lugar donde vas a vivir».

Para él, la clave está en el equilibrio. «Ni vivir aquí como si estuviera en Cuba, ni pretender que soy vasco», resume. Esa es la conclusión a la que ha llegado después de llevar tres años en Euskadi. «La gente que nunca ha salido de su tierra cree que emigrar es fácil, pero no lo es. Nunca es fácil cambiar de país, aunque tengas cosas a tu favor». Pone de ejemplo su propia historia. «Yo vine aquí por mi padre. Él era bailarín del Tropicana. Hace quince años, viajó a Europa y decidió quedarse. Hizo aquí su vida, formó una familia y me dijo que viniera. Esa parte, que a otros les cuesta tanto, para mí ha resultado muy sencilla».

«Sin embargo, adaptarte al cambio cultural es otra cosa -añade-, porque siempre se sufre un poco». Sobre todo al tropezarte con la imagen que se tiene de Cuba fuera de Cuba. «Es triste que se piense en ella como una isla de puticlubs, o que muchos crean que vivimos con taparrabos, sin ninguna preparación. Obviamente, me gustaría que se tuvieran en cuenta otras cosas, sin idealizar por supuesto, pero sin caer tampoco y exclusivamente en lo negativo».

«Si pudiera elegir algo de mi país, me quedaría con la solidaridad y la proximidad de la gente. En América Latina nunca sabes cuándo vas a necesitar de los demás, así que siempre estás dispuesto a echar una mano. La reciprocidad lo es todo. Aquí hay más individualismo. Probablemente, no sepas ni quiénes son tus vecinos».

2013 América Central Ellos

138 | Eisa

Eisa Tamayo vive en Euskadi desde hace siete años, aunque su relación con la cultura vasca viene de antes. Concretamente, desde 1996, cuando conoció al hombre que, en la actualidad, es su marido. “Él es de aquí -detalla-, así que pasamos varios años viviendo una relación a distancia”. Fue un tiempo marcado por los viajes transoceánicos, por muchas horas al teléfono e infinidad de cartas de ida y vuelta hasta que decidieron “que ya estaba bien; que era hora de vivir juntos”.

El proceso, sin embargo, no acabó tan de prisa, pues aún restaba elegir dónde y esa no fue una determinación sencilla. “En un principio pensamos en que él se trasladara allí porque es cocinero y tenía oportunidades laborales, pero finalmente elegimos Euskadi por la proximidad de su familia, ya que sus padres son personas mayores”, relata Eisa.

Para ella, que en ese entonces trabajaba como responsable medioambiental en una empresa de almacenamiento químico y estaba a punto de recibir un aumento de sueldo, aquel fue “un paso de gigante”. Un punto de inflexión. “Mi familia no se opuso a que me fuera de la isla, aunque soy consciente de que mi partida fue muy dura para mis padres. Soy la mayor de mis hermanos y en casa todo el mundo contaba conmigo. Digamos que desempeñaba el papel de samaritana”, añade con una sonrisa.

De su viaje -en febrero de 2003-Eisa recuerda que lo encaró “con la mente abierta”, entusiasmada por la nueva etapa que comenzaba. “Lo único que me importaba era ser bien recibida y encajar aquí porque sabía que la cultura vasca y la cubana son muy diferentes”, dice. También sabía que “hay estereotipos negativos muy arraigados” sobre su país y que, en particular, “la imagen de la mujer cubana está bastante distorsionada”.

Desde su punto de vista, la televisión es responsable de buena parte de los prejuicios. “Se muestran mujeres que se venden por cuatro duros porque están sumidas en la pobreza y sólo quieren ligar con algún europeo que las rescate, pero se desconoce todo lo demás, como el trabajo que hacen los hombres y las mujeres en Cuba para sacar adelante al país. Esa idea de la chica fácil está tan asentada que, después, cuando venimos aquí, las mujeres nos perciben como una amenaza y los hombres, como una oportunidad”, lamenta.

La diferencia cultural -por ejemplo, en el modo de vestir- hace el resto. “Tengo una amiga, también cubana, que es autónoma y que ha tenido que cambiar su vestuario para que la tomaran en serio, porque notaba que las conversaciones siempre iban hacia otro lado. Me parece que disfrazarse de hombre para poder trabajar es muy triste”, dice.

Buscarse la vida

El terreno laboral es un tema aparte. Aunque Eisa convalidó su titulación hace dos años, aún no ha podido desempeñar su profesión de bióloga. “Ya me habían dicho que sería difícil encontrar un empleo relacionado con mi carrera, y está claro que la crisis actual tampoco ayuda”, comenta. No obstante, se ha preocupado por mantenerse activa, trabajar “en lo que se puede” y compatibilizar la vida laboral con distintos cursos de capacitación profesional y con la labor en la Asociación Cubana Sierra Maestra, que preside.

“Algunas personas llevan mal tener que trabajar en actividades que no se ajustan a su cualificación profesional, pero a mí no me importa. En Cuba es común. Antes de conseguir aquel empleo como responsable medioambiental, trabajé en muchas otras cosas”, relata Eisa, y prosigue: “Allí tienes tienes la ventaja de que puedes estudiar lo que quieras, porque la educación es gratuita, pero no siempre hay plazas de trabajo en lo que a uno le gusta. En general, estamos acostumbrados a desempeñar otras tareas y no pasa nada por eso. En casa me han educado para estar siempre ocupada, haciendo cosas y trabajando. Yo no sé estar quieta y considero que es fundamental ser independiente y autosuficiente”, concluye esta cubana que aquí se ha dedicado al sector comercial.

2010 América Central Ellas

134 | Eduardo

Conversar con Eduardo Camino es como ver un filme de acción en 3D. Su vida está llena de anécdotas y episodios trepidantes, cargados de suspense y tensión. En Cuba, su país, trabajó en distintos lugares, pero quizá el papel más llamativo es el que desempeñó en el ámbito de la aduana, donde llegó a ser jefe de operaciones especiales del puerto de La Habana. Allí tenía un grupo de hombres a su cargo y su misión principal era luchar activamente contra el narcotráfico. “Me encantaba mi trabajo. Siempre había algo que hacer, un desafío nuevo, un reto”, dice ahora en un bar de Bilbao, mientras sostiene la taza de té que ha pedido. Le gusta cuidar su salud y se nota que es profesor de educación física, aunque ya no entrene como antes ni se dedique a la actividad deportiva.

Su trabajo en el puerto de La Habana conllevaba una gran responsabilidad y no estaba exento de sorpresas. “En los años que estuve allí he visto de todo”, asegura antes de explicar que “el ingenio para traficar droga no tiene límites”. Entre los casos más destacados, Eduardo recuerda un barco que llevaba un cargamento de cocaína pegado al casco, bajo el mar. “Tuvimos que utilizar un equipo de buzos porque sabíamos que en esa embarcación había algo raro, pero no podíamos encontrar el alijo por ningún sitio. Ese era el único sitio que nos quedaba por revisar”, detalla.

Pero, sin duda, el episodio más sorprendente fue el del equipo de ciclistas. “Viajaban a Europa, supuestamente a competir, y nos llamó la atención que fueran vestidos con su maillot durante el viaje. Eso no tenía mucho sentido y, aunque te parezca mentira, el otro indicio de que algo iba mal era que los tíos no estaban depilados”, agrega este cubano entre risas. Tras buscar por todas partes sin éxito, uno de sus compañeros pinchó la rueda de una bicicleta y “¡allí estaba la cocaína! La habían metido en las ruedas de las bicicletas”, relata.

A propósito de viajes a Europa, Eduardo llegó aquí hace ocho años. “Viajé a Bilbao por amor, pues me casé con una chica de aquí, y la verdad es que me costó dejar todo aquello”, confiesa. Sin embargo, aunque la relación de pareja no prosperó, él decidió quedarse. “Si volvía a Cuba, ya no sería lo mismo. Cuando me fui, renuncié a mi empleo y difícilmente conseguiría un puesto igual”, señala. En ese entonces, además, aquí tenía un buen trabajo y, a pesar de la nostalgia, se encontraba a gusto y contento.

Cambio de rumbo

Lo habían contratado en un almacén de Arrigorriaga. Tenía estabilidad y el salario era bueno, pero un accidente de tráfico cambió el curso de los acontecimientos. “Iba en la moto y me embistieron. Caí al suelo, me rompí varios huesos y me golpeé muy fuerte en la cabeza. Tenía cortes por todas partes y me costó mucho recuperarme, incluso haciendo rehabilitación. Pasé un largo tiempo sin poder moverme ni caminar bien. Fue muy duro”, recuerda.

El siniestro fue un punto de inflexión en su vida personal y, también, en la profesional. Si bien Eduardo se recuperó, nada volvió a ser lo mismo. Fue entonces cuando decidió dedicarse a la fotografía. “Había estudiado en Cuba, pero llevaba años sin trabajar en ello. El accidente fue una oportunidad para retomar esta profesión”, asegura.

No le ha ido mal desde entonces. Incluso, ha recibido varios premios aquí. Sin embargo, el reconocimiento contrasta con el desdén que ha sufrido algunas veces.”Lo primero que piensa la gente al verme es que soy africano. Y si voy con una mochila y entro en un bar, creen que voy a venderles cedés, que me dedico al ‘top manta’. A mí no me molesta que me confundan con una persona de África. Lo que me duele es que aún exista cierto rechazo hacia la raza negra”,dice Eduardo, que tiene una abuela africana y un abuelo chino. “América es mestizaje. El mundo tiende a ser mestizo y esa mezcla de culturas y de razas está bien, nos enriquece a todos. Pese a eso, más de una vez he sentido el menosprecio por ser negro”.

2010 América Central Ellos