426 | Rolly Javier

Alrededor de 30.000 africanos viven actualmente en Euskadi, aunque apenas la cuarta parte de ellos procede de la zona subsahariana. No son tantas personas como sugiere la percepción social y, sin embargo, cargan con la mayor parte de los prejuicios. Por esa razón, de un tiempo a esta parte han impulsado diversas iniciativas que persiguen mejorar esta situación en el País Vasco. Proyectos como Koop SF34, un vivero de empresas que promueve su actividad comercial y profesional en el barrio de San Francisco, o el Movimiento Panafricano, una propuesta colectiva que hace foco en los aspectos socioculturales más relevantes, son dos ejemplos de ello.

El congoleño Rolly Javier Otadui integra este movimiento, que ayer celebró ‘Un café por África’ y que ha organizado una marcha con percusión y batucada para este miércoles a las 19 horas. “El 25 de mayo es el Día de África y, en ese marco, hemos desarrollado unas cuantas actividades para hacer visibles algunos de los problemas más importantes de nuestro continente, pero también para acercar nuestra cultura y gastronomía a todas las personas que lo deseen, sean de donde sean”, detalla. A lo largo de esta semana habrá proyecciones de cine, muestras gastronómicas y, ya en junio, un festival de música urbana con varios artistas africanos.

El cabeza de cartel es Frank-T, un conocido rapero y productor musical de origen congoleño que participa con frecuencia en programas como ‘El Rimadero‘, de Radio 3. “Es un lujo tenerlo”, opina Rolly Javier, que también se dedica a la música con el nombre artístico de DJ Javi. “Desde hace siete años, formo parte de un grupo de djs y organizadores de eventos que lucha para que la música negra se haga un hueco en la noche vasca y en las mejores salas de forma positiva, sin prejuicios y con un ambiente familiar entre extranjeros y autóctonos que coinciden en sus gustos musicales. El nombre del colectivo es ‘Follow the party’ y nuestra prioridad siempre ha sido esa: conseguir la aceptación e integración social en el mundo festivo de Bilbao”, explica.

Pero la música y el Movimiento Panafricano no son las únicas actividades de Rolly Javier, que trabaja en una importante fundación de Berango como educador social de menores con problemas de conducta y de relación familiar. “Me encanta mi trabajo. Efectuar labores sociales es lo que me llena y lo que le da sentido a mi vida. Me hace sentir mejor persona y creo que se me da bien”, indica, y añade su experiencia personal le ha resultado de gran utilidad para ello.

Familia vasca

“Yo emigré de Congo cuando tenía tres años. Vine con mis tíos. Primero nos instalamos en Madrid y luego nos trasladamos al País Vasco, pero seis años después, la relación familiar se truncó. Fue un momento crítico, aunque tuve suerte, porque me adoptó una familia vasca. Fui muy afortunado -insiste-. Es difícil que alguien se anime a adoptar un niño de diez años. Se percibe como un riesgo, predomina la duda de ‘vete a saber qué meto en casa’, y es un temor comprensible, desde luego, porque no sabes qué ha vivido ese niño, cuáles han sido sus experiencias o por qué situaciones ha tenido que pasar”, señala.

Rolly Javier se mudó con su nueva familia al Valle de Trápaga, donde aún reside. “No vivo con mis padres, sino con mi novia, que es de Basauri, pero nos hemos quedado allí porque es un sitio estupendo. Aunque casi todos mis amigos y las actividades están en Bilbao, me gusta volver al entorno tranquilo de Trapagaran y desconectar”, confiesa. También explica que sus padres adoptivos acertaron al permitir que mantuviera el contacto con sus raíces y otras personas de su mismo origen.

“Mis padres no me robaron la identidad, al contrario. Siempre fueron muy abiertos a que yo mantuviera viva esa conexión con mi país, con la comida, el idioma o la música. Fueron muy generosos conmigo, me dieron sus apellidos, me cuidaron, me criaron… y me hicieron hincha del Atlethic”, desvela divertido.

“Hay una parte de mí que es congoleña y una parte que es angoleña, porque de allí era mi madre biológica. Pero lógicamente tengo una relación de pertenencia muy fuerte con Euskadi. Soy afrovasco a tope, e hincha del Athletic hasta la médula”, explica Rolly Javier. “Además, ahora que tenemos un jugador de origen africano me siento aún más orgulloso de mi equipo y, por suerte, se ha terminado el debate”.
-¿Qué debate?
-El de por qué era forofo rojiblanco si era negro. Yo siempre he contestado lo mismo: porque soy de Bilbao.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
Anuncios
2016 África Ellos

368 | Noelle

Con frecuencia se dice, o se oye, que “migraciones eran las de antes”, las que implicaban viajes de meses, despedidas permanentes, océanos de distancia y desiertos de información. Las que albergaban incertidumbre y no admitían ni soñar con el retorno. La emigración de Galicia, a principios del siglo XX, sirve muchas veces de contraste a los proyectos migratorios de hoy, con aviones, teléfonos móviles e internet. La comparación es válida, pero es miope, porque no ve -o no mira- la realidad de un continente como África, ni de un país como Congo, ni de personas como Noelle. Su viaje desde Kinshasa a Bilbao le llevó medio año, mucho miedo y no pocos sacrificios.

“Cuando murió el presidente Mobutu, el país quedó sumido en el caos. No había unidad política; abundaban las manifestaciones en las calles, la violencia, el saqueo de comercios y la destrucción de los medios de transporte. Cuando Kabila asumió la presidencia, buena parte de la clase política huyó. No había paz, ni consenso, ni posibilidad de oposición en el país. Quienes se dedicaban a la política se fueron al extranjero. Tenían miedo de ser apresados o de sufrir un destino incluso peor”, explica Noelle Mumbunbu para dibujar los antecedentes.

Su marido, que pertenecía a un partido político, huyó. “El peligro para él era real, así que decidió marcharse. Su idea era llegar a Europa y avisarme cuando estuviera aquí. Mientras, yo me quedaría en casa de mi familia, con nuestros hijos”, relata. Y agrega: “Desde que se fue hasta que volví a saber de él pasaron tres años. Eso es lo que tardó en llegar aquí. Durante todo ese tiempo, fue pasando de país en país, siempre dentro de África, viendo cómo dar el siguiente paso para cambiar de continente. La prioridad era sobrevivir. Pero yo, que durante todo ese tiempo no tuve contacto con él, llegué a pensar que había muerto”.

Las historias de los que se iban volvían cargadas de muerte, de incertidumbre y desaparición. “Estuve mucho tiempo pensando en él, en qué le habría pasado, hasta que me resigné a pensar lo peor. Por eso, cuando me llamó tres años después para decirme que estaba bien, que lo había conseguido, no me lo creí. No creía que fuera él, ni que estuviera vivo. Me dijo que estaba en España, que no tuviera miedo, que todo iba a estar bien. Tardé bastante en comprenderlo y en permitirme disfrutar de esa felicidad”.

Una felicidad que tuvo que controlar, pues a la revelación le seguiría otro larguísimo periodo de lucha y espera. Transcurrieron ocho meses hasta que Noelle pudo salir del país, y otros seis hasta que llegó aquí. “Emigrar cuesta dinero, aunque sea en condiciones precarias. Tuve que reunir una cantidad suficiente para llegar hasta Angola, en autobús. El viaje duró una semana. Allí me quedé bastante tiempo, en casa de unos parientes que son comerciantes. Los ayudé con el trabajo, con las ventas, y así pude reunir las cantidades necesarias para continuar con mi camino”.

El camino desconocido

El camino, además de largo, era desconocido. Tanto que viajó en avión desde Angola hasta Portugal pero, en lugar de venir directamente desde allí a Bilbao, pasó primero por Marruecos. “Me decían que a España se llegaba en barco y que se iba desde Marruecos. Y yo seguía a la gente. No hacía preguntas, me dejaba llevar”, explica. Tras la soledad, la vulnerabilidad y el miedo, tras la inmensidad de un mar rodeando una embarcación minúscula, llegó por fin el reencuentro. Dos autobuses y muchas horas después, Noelle llegó a San Mamés, donde la esperaba un abrazo conocido y añorado.

“No podía parar de llorar”, cuenta ahora, en la sede de ACNUR Euskal Batzordea. Además de apuntarse a la EPA, para aprender castellano, Noelle es voluntaria de esta prestigiosa institución, la Agencia de la ONU para los refugiados. Las personas que allí ha conocido, locales y foráneas, le han ayudado a integrarse y a sentirse “útil para la sociedad”. Sabe que su opinión cuenta y que tiene mucho para dar. Por ello, el miércoles pasado estuvo presente en la inauguración de ‘Miradas de África’, una propuesta de encuentro, investigación y reflexión sobre equidad de género, comunicación para la transformación social y construcción de paz positiva en el vecino continente.

La iniciativa, que engloba diversas actividades abiertas a toda la sociedad, tiene por objetivo visibilizar lo que sucede en el continente africano, en países como el de Noelle, donde “desaparecen los periodistas cuando son demasiado críticos”, donde “hacen falta líderes comprometidos con el bienestar y el desarrollo social, que promuevan el progreso”. Países que con realidades muy duras que aquí se desconocen “porque ni siquiera se mencionan en los medios”. La propuesta de ACNUR pretende, en síntesis, mostrar una situación a la que muchas veces se le da la espalda. Corregir nuestra miopía.

2015 África Ellas

287 | Jolie

¿Es difícil ser mujer en la República Democrática del Congo?
– ¡Dificilísimo! Algunas cosas han cambiado en estos años, pero cuando yo vivía allí era muy duro. La Seguridad Social, por ejemplo, no es como aquí. Allí sólo tienes derecho a la Sanidad si trabajas o la pagas, y si eres hombre o dependes de uno. Es decir: tú puedes ser mujer y trabajar, pero no tienes acceso a una atención médica de calidad. Los hombres, en cambio, sí. Ellos y sus familias.

La respuesta de Jolie Mputela no relata un pasado lejano. Cuenta cómo eran las cosas en el año 2006, el último que vivió en Kinshasa. «Por supuesto -continúa-, abrirte camino en el mundo laboral tampoco es fácil, sobre todo en ciertos ámbitos profesionales y de poder. En el Gobierno de mi país, la presencia femenina no llega ni al 1%. Sólo había una ministra; de Género, precisamente. Los demás eran hombres. Ese modelo se perpetúa a pesar de todas las mujeres con estudios superiores que se han graduado en estos años», observa.

Jolie, que es licenciada en Ciencias Políticas, señala algo más. «Ahora todo el mundo quiere estudiar para tener un futuro. En especial, las mujeres. Tener una profesión es clave en mi país. Si te casas y tu marido se muere, su familia te quitará todos los bienes porque tiene derecho. Muchas viudas se quedan en la calle. Si tienes una profesión, al menos tendrás una herramienta para conseguir trabajo y sacar adelante a tus hijos», dice, y deja entrever que la supervivencia adopta formas muy sofisticadas a veces. Otras, no. En la mayoría de los casos, persiste el ‘sálvese quien pueda’.

Los datos oficiales son bastante más duros que el relato de Jolie. Su país es el segundo más peligroso del mundo para las mujeres y el primero en violaciones, según diversas ONG. Los abusos sexuales, estimados en más de mil al día, son un arma de guerra más. Como señalan desde ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, las mujeres son víctimas de una violencia específica contra ellas simplemente por ser mujeres. En ese marco es muy fácil entender por qué huyen de las zonas más peligrosas del Estado y, si pueden, lo abandonan. En la República Democrática del Congo (RDC), las personas desplazadas dentro y fuera del país suman más de tres millones. La mitad, al menos, son mujeres.

«Yo no tenía futuro en mi país. Aunque trabajaba, las condiciones eran muy malas y las cosas estaban fatal. Había guerra, conflicto, confusión. Me fui como pude y llegué aquí de casualidad, porque la mayor parte de los congoleños emigran hacia países francófonos, como Bélgica o Francia». A Jolie no le importó el idioma, ni «la sensación de estar perdida», ni la brecha cultural. Todo eso se podía subsanar. «Por supuesto, no conocía a nadie y no hablaba español; apenas podía comunicarme en inglés. Sin embargo, los vascos siempre fueron muy buenos y cálidos conmigo; incluso en la calle, cuando preguntaba por una dirección, se tomaban su tiempo para explicarme», valora.

El primer paso

Lo primero que hizo al llegar fue buscar a sus paisanos. «Es el primer paso -dice-. Buscas a cualquier africano que te indique dónde hay otras personas de tu país. Buscas asociaciones de inmigrantes. Pides consejo. Ellas te guían. Después, buscas los caminos para empezar a formarte, aprender el idioma, aprender cualquier oficio que te permita acceder a un trabajo para vivir tú y ayudar a tu familia, la que se ha quedado. Y, por supuesto, no es nada fácil. No es fácil llegar aquí, tampoco salir adelante», subraya.

Jolie, que colabora con ACNUR Euskadi y también lleva su propio blog, hace estas reflexiones para recordar que este jueves se conmemora el Día Internacional del Refugiado, y que hay unos 18 millones de mujeres en esa penosa situación. Además del suyo, Sudán y Siria son otros países con cifras críticas. A menudo, olvidadas. «En África existe la creencia de que en Europa el trabajo eres tú, es decir, que la prosperidad sólo depende de ti, pero no es cierto. Sobre todo, ahora. Muchas personas llegan con un sueño y luego se encuentran con la realidad, una barrera que impide lograr aquello que se plantearon».

Hace una pausa y agrega que, pese a ello, no existe una alternativa. «Tienes que seguir. Y luchar. Y acostumbrarte a lo que hay. Para mí, que llegué a Bilbao hace seis años, Euskadi es mi segundo país. Claro que extraño mi tierra, a mi familia. Claro que me gustaría volver. Me duele el alma todos los días, pero no tengo elección», confiesa.

2013 África Ellas

259 | Gustave

Desde que dejó su tierra -en el año 2000- hasta que llegó a Bilbao y pidió asilo, pasaron 9 años, 17 países y 80 ciudades bajo sus pies. Como un Ulises africano, Gustave Kiansumba vivió su propia odisea antes de alcanzar su destino. El camino no fue nada fácil, pero menos lo fueron sus inicios, marcados por los enfrentamientos armados, las revueltas sociales, la tiranía dictatorial y un largo periodo belicista que, según se estima, es el que más vidas ha costado desde la Segunda Guerra Mundial. Mal momento para ser estudiante universitario y activista social en el Congo. Pésimo para estar en la piel y los zapatos de Gustave.

“Yo quería ser ingeniero agrónomo, y estaba estudiando en la Universidad mientras el país vivía todo aquello. No pude acabar la carrera por la situación y por mis propias decisiones: era activista, defendía los derechos de la gente; en especial, de las mujeres. Perdí muchos amigos, había dictadura. Si quería seguir con vida, debía cambiar de ideas o cambiar de país. Por eso me fui”. Su largo periplo por África le permitió adquirir “muchísima cultura”; costumbres, idiomas, paisajes e ideas que hoy, en Bilbao, se han convertido en su “mejor herramienta para gestionar la diversidad”. Porque a eso se dedica Gustave, a “tender puentes entre personas; entre vascos y extranjeros, y entre inmigrantes de diferentes países”.

Gustave vive en el barrio de San Francisco y es voluntario a tiempo completo en el Centro de Recursos Africanistas de Euskadi (CREA-África), un proyecto impulsado por la ONG Solidaridad Internacional para “acercar África a Occidente y lograr que se conozcan de verdad”. Para él es tan importante “contribuir al desarrollo del barrio” como “dar una mejor imagen de los africanos” que, a ojos locales, no siempre es buena. “Si vas caminando y ven que eres negro, a veces te piden droga porque creen que vendes. Cuando viene alguien y me dice ‘caballo’, siempre contesto lo mismo: ‘búscatelo en internet'”.

Los prejuicios o las “generalizaciones simplistas” se dan en todos los planos. “Si te pregunto por mi continente, seguramente me dirás lo que dicen casi todos: ‘África es un continente que tiene arena, animales, sida, hambre y guerras’. Del mismo modo, asociarás a los africanos que viven aquí con la pobreza, la delincuencia, la droga y la prostitución porque eso es lo único que se ve y lo único que se muestra -razona-. Nuestra labor es enseñar todo aquello que no se ve, que es positivo y existe, y crear puentes; pero no ‘para’ alguien, sino ‘con’ alguien: la integración implica la participación activa de toda la sociedad, no solo de los inmigrantes”, añade en un perfecto castellano, muy rico en matices.

Querer que algo funcione

“Aprendí a hablar aquí, en CREA, mientras enseñaba francés a un grupo de 23 vascos -relata-. La idea es esa: que exista un espacio de encuentro donde un congoleño, un senegalés, un vasco o un marroquí puedan aprender nuevos idiomas, nuevas habilidades y nuevas maneras de entender las cosas. Incluso, para que muchos adultos extranjeros que no han accedido a la alfabetización puedan aprender a escribir y ganar confianza y autonomía. Este centro es la suma de los que están y de los que llegan, hay hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, personas diferentes, con idiomas y culturas diferentes que hacemos un ejercicio de convivencia y de respeto”, describe Gustave.

Por supuesto, reconoce que lograr este escenario no fue sencillo ni rápido. “Al comienzo, era un centro bastante masculino. Había diferencias y tiranteces, claro. No es fácil empezar. Y, para que algo así funcione, todos deben querer que funcione. No puede ser solo cosa de unos, o algo impuesto, sin más. Pero esto es así en todos lados; también en los Estados. Mira España, que tiene múltiples identidades: hay vascos, catalanes, andaluces… y la convivencia se construye, se trabaja, con espacios de encuentro e intereses comunes. En nuestro caso, lo conseguimos a través del deporte, las manualidades, los idiomas o la música, y con actividades de apoyo a los vecinos del barrio, los de toda la vida”, señala.

Para Gustave, “lo más importante es tener voluntad y respeto hacia los demás, y capacidad de entender las condiciones particulares de cada uno porque no hay una cultura mejor que otra”. Su sueño es que “la gente se conozca mejor, que no haya tanto recelo”.

2012 África Ellos

204 | Clementine

No es fácil ser mujer en tiempos de guerra. Mucho menos, si el conflicto tiene lugar en el Congo y el balance más aséptico arroja cuatro millones de muertos. Hace apenas una década, los crímenes impunes (sin piedad, con testigos mudos) transformaron al corazón africano en una bomba de sangre. De allí se marchó Clementine en 1998. Mejor dicho, huyó como pudo. Tenía treinta y pocos años cuando estalló la ‘guerra del coltán’ y, aunque no la mataron, vivió en sus carnes la brutalidad belicista. Por eso se fue del país. “Quería vivir y tenía miedo. Estaba herida. Quería vivir…”.

El ‘genocidio cogoleño’ ha sido el más mortífero de la historia desde la Segunda Guerra Mundial. Oficialmente, acabó en 2003, pero la herida aún sigue abierta. A la lista de fallecidos, se añade la de mutilados y exiliados, que también se cuentan por cientos de miles. Clementine forma parte de este grupo. Escapó de su país en dirección a Camerún, donde vivió como refugiada durante casi quince años.

“Llegué herida y muy enferma a Camerún, donde por suerte me dieron asilo -recuerda ahora, durante la entrevista en Bilbao-. Todos pensaban que me iba a morir, pero aguanté. En el campamento donde me acogieron había mucha gente sola, sin nada. Ninguno tenía recursos y la mayoría no tenía educación. En mi país yo era profesora, y pensé que podía ayudar compartiendo lo que sabía. Les enseñé a hablar en francés”.

Clementine dio clases hasta que su propio estado de salud le impidió continuar con la tarea. “Me dijeron que lo mío era grave, que no tenía solución, y me enviaron con las Misioneras de la Caridad para que ellas me cuidaran hasta el final”, relata. Pese al desahucio, no aceptó esperar a la muerte postrada en una cama. Nuevamente, decidió ayudar. “Las personas allí estaban peor que yo”, asevera esta congoleña, que compaginó el cuidado de los demás con labores de costurera.

“Las hermanas de la Caridad se sorprendieron y, sin que yo lo supiera, contactaron con la congregación de Madrid para saber si era posible que me operaran en España. Enviaron los análisis médicos que tenían y, poco después, les respondieron que sí. Entonces, un día vinieron y me dijeron: ‘Clementine, vas a viajar a Europa, te van a operar y vas a estar sana’. Así fue como salí de África, con un permiso temporal de tres meses para recibir asistencia sanitaria”.

Directo al hospital

Ni bien aterrizó en Barajas, la ingresaron en el hospital, y no pasó ni una semana hasta que la operaron. “Todo fue muy bien y estoy muy agradecida porque aquí me salvaron la vida”, dice. “El problema es que, dos o tres días después, vinieron de la congregación para decirme que debía regresar enseguida a Camerún, que no podía hacer la recuperación en Madrid. Yo les dije que no podía subir así a un avión, y les expliqué que tenía un permiso de tres meses, pero no hubo manera… Y así como estaba, me escapé del hospital”.

Clementine llegó a Bilbao en 2008, donde recibió ayuda y asistencia en CEAR. Tras una segunda intervención en 2009, terminó su recuperación en la capital vizcaína, donde fue acogida en calidad de refugiada y actualmente trabaja como voluntaria en diversas ONG. Muchas veces, desempeña el papel de traductora cuando sus paisanos tienen que hacerse entender en las instituciones. “Algunos sólo hablan lingala”, precisa.

Clementine también ayuda en una guardería, colabora con Cruz Roja y Cáritas, y es socia de Médicos Sin Fronteras. “Yo no tengo mucho dinero, pero todos los meses doy algo -explica-. Dejo lo que puedo, o ayudo en lo que haga falta… Aunque seas pobre, siempre tienes algo para dar. ¿Cómo no voy a trabajar por los demás, si a mí me han ayudado tanto?”, se pregunta con una sonrisa y un punto de melancolía.

2011 África Ellas

85 | Pedro

Sentado en un pequeño taburete, en un rincón de su gimnasio, Pedro dirige los ejercicios de un grupo de deportistas, entre los que se encuentra uno de sus hijos. Allí empieza a contar su historia, aunque sin perder ojo de lo que se cuece en el cuadrilátero. «Yo era boxeador profesional en mi país, donde hay gran afición por este deporte. Empecé cuando tenía 14 años y todavía hoy, a mis 43, sigo ligado a este mundo», dice con una mezcla de orgullo y cierta nostalgia. Ha pasado mucho tiempo. Y muchas cosas.

Pedro llegó a Bilbao en 1992 como consecuencia de la inestabilidad política y la persecución militar en el Congo. «Es que allí yo trabajaba con los políticos de la oposición, formaba parte del equipo de seguridad», señala. «En lugar de recurrir a los soldados, quienes se oponían al régimen optaron por contratar a deportistas de combate y de choque para su protección personal. Eso funcionó al principio, hasta que los partidos empezaron a tener éxito y al dictador se le cruzaron los cables. Hay gente que trabajaba conmigo que sigue desaparecida…».

Se hace un silencio en el relato, que él aprovecha para dar instrucciones a los chicos que se encuentran practicando estiramientos. «Muchos creen que esta actividad es para personas violentas, pero se equivocan. El boxeo no es para macarras; es un deporte rico y un arte», dice Pedro de pronto, retomando la conversación. «Más que a pegar, aprendes a no ser golpeado, a tener flexibilidad y ser rápido. No se trata de levantar pesas e ir por ahí mostrando los brazos, sino de ser ágil, tonificar el cuerpo y adquirir seguridad en ti mismo sabiendo que puedes defenderte si te atacan».

Desde su punto de vista, el suyo es «un deporte noble, más que el fútbol», y tiene unas reglas estrictas que se cumplen a rajatabla. «Cuando vemos un partido de fútbol, es habitual presenciar actitudes desleales, cabezazos, rodillazos, puntapiés… cosas para hacer daño a propósito, aunque supongan una infracción. En un combate, no.

Pedro explica que los entrenamientos del boxeo son muy exigentes para el físico del deportista y que, por tanto, «resulta ideal para mantener a los jóvenes alejados del alcohol y las drogas. Tienes conciencia de tu cuerpo y te preocupas por cuidarlo. Y si eres hiperactivo, te vendrá de maravillas, porque después de entrenar te quedas como una seda».

Ser más responsables

Pero, ¿ser consciente de la propia fuerza no fomenta la violencia en otros ámbitos? «De verdad que no -responde Pedro-. Cuando estás acostumbrado a pegarle a un saco de 50 kilos como éste de aquí, acabas volviéndote más responsable. Sabes que si golpeas a alguien, le desguazas, y eso mismo hace que te midas, que evites usar tus recursos contra alguien que no los tiene». El problema, a su juicio, es que «el boxeo aquí se ‘vende’ muy mal y, hasta hace poco, no estaba bien visto».

El otro inconveniente -el que truncó su carrera- es que «recién ahora empieza a haber cierta afición» en Euskadi. «Cuando llegué, intenté vivir de esto, pero me resultó imposible. No había seriedad. A veces tenía previsto un combate y, el mismo día, me llamaban para decirme que se había cancelado. Después me casé, tuve hijos y me puse a trabajar en la construcción porque sólo con el deporte no íbamos a ninguna parte», explica.

Sin embargo, nunca lo dejó del todo: combinaba ese trabajo con las clases que daba en Sopelana, Gorliz y Bilbao. «Con el tiempo, me cansé de ello y decidí abrir algo propio, así que me asocié con un amigo para abrir este gimnasio, y aquí estoy. Ahora sí vivo de lo que sé y verdaderamente me gusta».

2009 África Ellos