397 | Andrés

La promesa de un escenario más favorable para desarrollarse como persona, vivir feliz y gozar de cierta tranquilidad es un motor poderoso, tan poderoso que impulsa el desplazamiento millones de personas en el mundo. En la actualidad hay más de 230 millones de migrantes, según los datos oficiales de la Organización de Naciones Unidas. La mayoría migra en busca de un futuro. Cambia de país con la mirada puesta en el mañana, la convicción de que el porvenir se puede modificar y la esperanza de que será mejor, o, al menos, distinto a lo que cabría esperar de haberse quedado en su país de origen.

Pero, entre las personas que migran, existe un perfil minoritario que no se lanza al mundo en busca del futuro sino del pasado. Son hijos, nietos, descendientes de emigrantes, que recorren el camino de sus antepasados en sentido inverso. Su motivación pasa por dar con las raíces de sus árboles genealógicos, más que por recoger los frutos dulces del trabajo en otra tierra. Ese motor, el del origen y el pasado, es también muy poderoso. Fue el que impulsó hace años a Andrés Marín Arnaiz a marcharse de Colombia y plantarse frente al número 27 de la calle Zabala, en Bilbao, para conocer de primera mano la casa donde nació su abuelo.

“En mi casa, en Medellín, Bilbao era una palabra familiar. Aparecía con frecuencia en muchas conversaciones. ‘Bilbao esto’, ‘Bilbao lo otro’… Incluso había unas cuantas postales de la ciudad, porque los hermanos de mi abuelo le escribían cada tanto”, recuerda Andrés. “Todo lo relativo al País Vasco estaba muy presente en mi familia. Si bien yo no llegué a conocer personalmente a mi abuelo, sí conocía su historia. Mi madre me hacía los cuentos. Se llamaba Valentín, había nacido aquí en 1921, y emigró en la década de los 40 hacia América Latina”, detalla.

“Yo siempre lo he imaginado en el barco rumbo a Venezuela, que fue su destino inicial. Pienso en un chaval de veinte años, yendo solo hacia un lugar muy distinto del suyo, cruzando el Océano Atlántico. Lo que sigue después me lo ha contado muchas veces mi madre. Él llegó a Venezuela y allí conoció a mi abuela, que también vivía allí, aunque era colombiana. Con el tiempo, se trasladaron a Colombia e hicieron allí su vida”, resume Andrés, que también menciona un aspecto doloroso -aunque habitual- de las migraciones: al marcharse de Bilbao, y a pesar de su juventud, su abuelo dejó aquí a la que era su mujer y, al menos, algún hijo.

“De esa arista de su vida no sé más que eso, pero es probable que mi madre tenga algún hermano aquí”, calcula Andrés. “De todas maneras -prosigue-, yo crecí con las historias de Bilbao y siempre tuve mucha curiosidad por conocer esta tierra. Vine por esa razón, aunque no fue un camino directo”. En efecto, el primer lugar al que viajó fue Israel, no Euskadi. “Tenía unos amigos viviendo en Tel Aviv, así que fui una temporada a estudiar y trabajar. Me motivaba conocer algo distinto, pero sobre todo tenía la necesidad de salir de Medellín, que es una ciudad complicada, muy conflictiva en lo social, lo cultural y lo histórico”.

En busca de la felicidad

“Quería pasar una temporada tranquilo y lejos de la violencia… ¡Cómo estaría de harto que Oriente Medio me pareció buena idea!”, reflexiona ahora, con la perspectiva que le dan los años. “La cuestión es que, mientras estaba en Israel, pensaba mucho en esto de las migraciones, en los cambios de país, en la historia de mi abuelo… Y decidí venir a conocer el lugar de donde él había partido. Todos me animaron un montón. Vine con mis ahorros directo a Bilbao, y con mis apuntes al Registro Civil. Me ayudaron con la búsqueda, hasta dar con el acta de nacimiento”.

Andrés hace una pausa mientras recuerda el hallazgo. “Cuando tuve el documento en mis manos, sentí que se me escapaba la felicidad por el cuerpo. Fue muy, muy, especial. Y más aún cuando me dirigí hasta el portal de ese edificio donde él había nacido. La ciudad, el barrio, la calle, todo me resultó muy familiar. Las preguntas y las inquietudes se me agolpaban en la cabeza, claro, pero al mismo tiempo estaba muy tranquilo. Me enganché inmediatamente a este lugar y decidí quedarme a vivir en Bilbao”, confiesa Andrés, que en la actualidad regenta un pub en Deusto.

“Me gusta la hostelería porque refleja muy bien cómo el mundo está cambiando. Hay mucha fusión, influencias de distintos lugares, tanto en la música como en la comida. Me parece muy interesante que en un local pequeñito puedan confluir personas de varios sitios y que se pueda disfrutar de estilos tan variados como el blues, el jazz, el hip hop y la bachata. Da gusto ver que la integración es posible porque la Historia es dinámica y exige cierta flexibilidad para adaptarse a las novedades. Así como mi abuelo se fue y yo he venido, las personas nos movemos; cambiamos mientras modificamos nuestro entorno”.

2015 América del Sur Ellos

391 | Carlos

De las muchas formas que puede adoptar la añoranza, la comida es una de las más extendidas. Quizá porque está presente en el día a día, en lo más cotidiano y doméstico, la ‘nostalgia gastronómica’ es demasiado constante como para negar su existencia. “Hace algunos años, cuando me vine a vivir aquí, el cambio de país se notaba un montón, y en parte era por eso. Si querías comer algo típico de tu tierra, algo que para ti era habitual antes de emigrar, no lo encontrabas. Eso hacía que te dieras cuenta de lo lejos que estabas de casa”, dice Carlos Carbajal.

Carlos, que se marchó de Colombia en el año 2000 y que vive desde entonces en Euskadi, recuerda muy bien, y con humor, la primera vez que se reencontró con un alimento añorado. “Fue de casualidad, en un supermercado muy grande de Bilbao. Entré a comprar algo y ahí lo vi, mi primer producto latino en el País Vasco. Era un plátano macho. Estaba verde, pero no me importó. ¡Me puse muy contento!”, relata entre risas. Ese fue el día en que la añoranza estomacal le hizo un hueco a la ilusión.

El hallazgo lo cambió todo. No fue de manera inmediata, pero años después le serviría para definir su área de trabajo. “Al principio, como casi todos, no eliges. Trabajas en lo que puedes. Yo soy mecánico industrial de profesión y, antes de venir, trabajaba muy bien en una empresa multinacional. Y pasé de eso a la construcción, que era lo que estaba en auge en ese momento. Un montón de años de mi vida los he dedicado a pegar ladrillos”.

Carlos no es un emigrante económico al uso. Sus motivos para marcharse de Colombia no estaban ligados a la falta de trabajo sino,más bien, a lo contrario. “Tenía un buen empleo y eso se convirtió en un problema. Empecé a recibir amenazas. Fui víctima de las extorsiones y, conmigo, mi familia. Me había casado hacía poco, mi esposa estaba embarazada y recibíamos mensajes pidiendo dinero, pagos puntuales, cosas así”, relata con mucha tristeza.

“Llegó un momento en el que temí realmente por nosotros y decidí que eso no podía continuar -prosigue-. Con mucha pena, tomamos la determinación de emigrar. Esperamos a que naciera nuestra hija y, dos meses después, nos marchamos. Puedo decir que salí de mi país por la violencia, porque aquella no era forma de vivir”.

Bilbao, la ciudad elegida
Carlos llegó directamente a Eibar, donde tenía a una persona conocida. “Ella había emigrado mucho antes y en su familia siempre me repetían que si algún día necesitaba irme de Colombia, que se lo dijera. Yo al principio no hacía mucho caso. En ese entonces me ganaba la vida como ‘manitas’, arreglando cosas, y no tenía los problemas que acabo de explicar. Eso llegó después, con el cambio de trabajo. Y, cuando llegó, me acordé de esta chica”.

Después de tres meses en Eibar, Carlos se mudó a Bilbao, una ciudad en la que encontró “mucho más movimiento y diversidad”, además de una comunidad colombiana un poco más numerosa. “No era un montón de gente, pero sí había algunas familias, y eso nos hacía sentir un poco en casa”, comenta. Para la vida cotidiana, resolver dudas y encontrar trabajo, contar con algunos vínculos era fundamental.

“Empecé en la construcción y allí me mantuve durante muchos años, hasta que llegó la crisis económica y todo se detuvo. Empezó a haber menos trabajo hasta que, al final, no nos pagaban siquiera. En ese momento, comprendí que tenía que buscar otra cosa, una fuente de ingresos distinta, y cogí una tienda de productos latinos en Deusto”, relata. Después de aprender el negocio, consolidarse y sentirse seguro, Carlos decidió ir un paso más allá. Inició su propio negocio de distribución alimentaria y abrió el abanico a los productos africanos. A día de hoy, sirve a varios ultramarinos y locutorios, no solo de Euskadi, sino también de Cantabria y de Burgos.

“La comida es más que algo funcional. Los alimentos son muy importantes en el plano afectivo. Ahora, en muchos supermercados se ven productos de otros países. Yo mismo, entre las cosas que comercializo, tengo alrededor de 3.000 referencias, galletas, harinas, quesos, bebidas, conservas… Cada colectivo tiene lo suyo. Incluso hay grupos de personas de un país que se reúnen para hacer compras colectivas de alimentos. Para mí, eso es muy interesante, además de ser mi medio de vida. Estoy contento con lo que hago y con donde estoy. Llevo una vida normal, mis hijos crecen seguros. Vivimos en paz”.

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390 | Germán

Las raíces son muy importantes en el terreno de las migraciones. Ya sean afectivas, lingüísticas, históricas o culturales, condicionan a las personas en muchos planos y aspectos. Las costumbres y tradiciones, lo que gusta y lo que no, están marcados en gran medida por el origen de cada uno, por los comienzos y por los lazos. Por eso suele decirse que la identidad y la pertenencia germinan cuando hay arraigo. Pero, ¿qué pasa cuando se cambia de tierra? En general, que lo clásico cede paso a lo híbrido y que el sentimiento de pertenencia se amplía.

“Yo soy un ciudadano del mundo”, dice Germán Navarro, consciente de que la frase “suena a lugar común y a cliché”. Pero insiste en la idea a través de un dato objetivo: que ha vivido la mitad de su vida en Colombia, su país de nacimiento, y la otra mitad aquí, su país por elección. “Llegué con diecisiete años y de eso han pasado otros quince -expone-. Incluso cuando tuve la ocasión de marcharme, a los pocos años de llegar, me quedé. Terminé aquí el instituto, estudié Bellas Artes en la UPV… hasta acabé casándome con una chica de Algorta -agrega-. Así que, si me preguntas de dónde me siento, necesariamente debo responder que soy un poco colombiano y un poco vasco”.

Germán relata que vino aquí por su padre. “Él trabajaba para la British Petroleum, se especializaba en el área de Salud y Medio Ambiente, y le ofrecieron trasladarse a Euskadi. Al cabo de unos años, lo volvieron a trasladar. Estuvo en Milán, Seul, Hong Kong, Singapur… hasta que se jubiló. El caso es que, cuando lo pasaron de aquí a Italia, yo estaba en la mitad de mi carrera. Me preguntó qué quería hacer y yo decidí quedarme. Me sentía muy a gusto en Getxo y muy feliz con la carrera que había elegido, pese a que todo el mundo me decía que las Bellas Artes no servían para nada, que de eso no iba a vivir”.

La carrera ‘sin salida’ le sirvió de mucho. “No me arrepiento de haberla escogido. Al contrario, siento que fue un gran acierto. Mientras estudiaba comprendí que te tienes que buscar las castañas, que las empresas no te regalan nada y que está en tus manos emprender y crear. Quiero decir, yo disfruté de lo que estudiaba porque se ajustaba muy bien a mi espíritu inconformista y aventurero, pero también porque me permitió empezar muy pronto a trabajar. Cuando estaba cursando el penúltimo año de carrera, me di de alta como autónomo y abrí mi propio negocio de contenidos audiovisuales”.

“Con esa pequeña empresa -prosigue- gestioné varios proyectos. Eran muy distintos entre sí, de modo que pude desarrollarme y aprender cosas nuevas. Me fue muy bien, hasta que la crisis comenzó a notarse en Euskadi, porque una de las primeras partidas que recortan las empresas es la de comunicación y publicidad. En 2013 empezó a haber menos pedidos, menos trabajo. Y pensé que, para salir adelante, tenía que cambiar. Tenía que buscar los nichos de mercado donde la crisis no hubiera golpeado tanto”, explica. Los encontró en Internet y en el ámbito digital y deportivo.

Una vida sobre ruedas

“Empecé a desarrollar varios blogs. El primero se ha convertido en uno de los principales blogs de vapeo en castellano. Hago reseñas de artículos nuevos, doy información y analizo productos, pero no vendo nada en él. Lo que vendo son estadísticas y eso me permite tener anunciantes y cobrar por la publicidad”, resume. “Mis otros blogs, más recientes, abarcan intereses muy concretos: la música, otra de mis pasiones, y el ‘furgoneteo, que va dirigido a personas que tienen furgonetas, que gustan de los deportes, la naturaleza, los viajes y la aventura al aire libre. Este último blog retrata un estilo de vida que cada vez engancha a más gente y que casa muy bien con el kytesurf, un deporte que me encanta”, dice.

Tal ha sido el “flechazo” de la vida sobre ruedas que Germán y su esposa han apostado mucho por él, y hasta tienen una expresión para definir esa manera de entender la vida. “Me gusta pensarme como un nómada digital”, suelta, mientras echa por tierra todo el asunto de las raíces. “Una de las ventajas de nuestro trabajo es que buena parte de él se puede hacer desde cualquier parte del mundo. Tanto los blogs como la posproducción audiovisual solo requieren de un equipo adecuado y de conexión a Internet. Lo demás… es valor para atreverse al cambio”.

“Y es que la sociedad nos enseña a tenerle miedo a lo nuevo -expone-. Pero, ¿por qué coartar el afán de movilidad? ¿Por qué hay que estar sí o sí atado a un lugar, geolocalizado, cuando las características de tu trabajo no te imponen eso? -pregunta-. A veces, por intentar algo diferente te catalogan de manera inadecuada. Si dices que quieres pasar más tiempo en tu furgo que en tu casa o en tu oficina, lo primero que piensan es que eres un hippie o que eres un pijo. Y lo cierto es que no. Somos jóvenes currantes, como tantos otros, cansados de un sistema asfixiante para el trabajador. Pensar de manera creativa también es buscarse la vida”.

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383 | Hernando

Llegó a Bilbao hace 16 años, atraído por su clima y por la biblioteca de Hegoa. Para un investigador como él, interesado en los modelos económicos respetuosos con el medio ambiente, el Instituto de Estudios sobre Desarrollo y Cooperación Internacional de la UPV era uno de los mejores lugares donde podía pasar las horas. “En esa época, yo residía en Andalucía; estaba haciendo allí un doctorado, y vine hasta aquí por esta biblioteca”, relata Hernando Bernal Zamudio. “Así que, sí: puede decirse que vine al País Vasco a leer… y que ya nunca quise marcharme”.

La oferta académica, el entorno y el clima tuvieron mucho que ver con esa decisión. “En principio, llegué a Córdoba con una beca Mutis de la Agencia Española de Cooperación Internacional. Vine a hacer un posgrado. El problema es que el clima fue demasiado duro para mí. El ambiente era muy seco y caluroso; me costaba adaptarme”, cuenta. El cambio fue muy brusco para él, que había pasado los cinco años anteriores en la selva del Amazonas. “Soy colombiano, de la región andina, pero mi vida profesional siempre estuvo ligada a la selva. Soy un amazónico adoptado”, dice con simpatía.

“El ambiente húmedo de Bilbao y el paisaje de múltiples verdes me gustaron mucho, me sedujeron. Allí, en en el Instituto Hegoa, me sentía feliz. Cuando me ofrecieron quedarme y hacer aquí el doctorado, acepté encantado”, recuerda. Aquel cambio derivó en una nueva titulación académica para él, pero también en un interesante proyecto de integración para pueblos indígenas que involucraba economía, ecología, cooperación al desarrollo y globalización. “Fue el embrión de una alianza estratégica con la Cátedra UNESCO de Desarrollo Sostenible y Educación Ambiental y de una iniciativa impulsada por varios profesionales de aquí y de fuera que hoy, nueve años después, sigue creciendo”.

Hernando se refiere a la Asociación ‘Amassunu’, un colectivo que “busca impulsar la Interculturalidad y la Biomimesis” articulando los saberes de diversas disciplinas, desde la ingeniería y el derecho hasta la biología y la antropología. “’Amassunu’ es una expresión que significa ‘el agua que canta’ o Río Amazonas en lengua tupí guaraní -explica despacio, consciente de que ha deslizado palabras complejas sobre la mesa-. La Biomimesis propone imitar a la naturaleza, cuya ingeniería es eficiente y perfecta. Los seres humanos despilfarramos materiales, destruimos, no tenemos un modelo de consumo sostenible. Y los grupos sociales que sí cuidan su entorno y sus recursos, como ciertas tribus indígenas, son paradójicamente las más ‘pobres’”, observa.

Más democracia tecnológica

“Una parte de nuestro trabajo intenta que la ciencia y la tecnología no estén vinculadas a la exclusión social, sino a lo contrario. En este momento, la ciencia y la tecnología no son ni equitativas ni democráticas. Es necesario corregir eso. La tecnología tiene que ser inclusiva. La ciencia debería ser capaz de incluir a las sociedades, especialmente en los países del Tercer Mundo”, opina Hernando, que actualmente preside la asociación. “Nos dedicamos a la investigación, la publicación editorial y la docencia, al desarrollo de proyectos de cooperación internacional y a poner en marcha proyectos sostenibles de I+D+I”, agrega.

Los -muchos- proyectos que han puesto en marcha en estos años (algunos de ellos, en colaboración con ASOCOLVAS, la asociación de colombianos y colombianas en el País Vasco) no solo se han traducido en varios documentales y libros -de difusión gratuita-, también han generado lazos tan interesantes como curiosos con aquellos grupos humanos de los que se ocupan. “Uno de nuestros compañeros, que es vasco y profesor universitario de epistemología del conocimiento, viajó hace algo más de un año a la Amazonia, a uno de los pueblos indígenas con los que trabajamos. Y allí se quedó. Está feliz, en pareja con una princesa huitoto”, cuenta Hernando para ilustrar una faceta menos conocida de la globalización y la interculturalidad, que “se ha hecho realidad en la socio(bio)diversidad actual”.

“Pero cuidado, que cuando hablamos de pueblos indígenas y entorno selvático no estamos hablando del aislamiento total -advierte-. En el mundo hay muy pocos pueblos que estén aislados -unos 70 en la Amazonia continental-. Esta, en concreto, es una sociedad que tiene acceso internet y miembros con una formación académica estupenda. La pareja de nuestro amigo ha estudiado fuera, ha ido a la universidad, y también trabaja por mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Porque, hay que decirlo, la globalización ha dejado allí otras cosas además de las antenas parabólicas”.

“En la zona se cultivan plantas de coca, que es sagrada, además de la explotación de hidrocarburos, maderas, recurso íctico, entre otros; eso mueve la economía de la región: hay embarcaciones con motores fueraborda y, sin embargo, no hay un ambulatorio con lo mínimo para garantizar la atención sanitaria básica en el Corregimiento de la Chorrera”, describe Hernando, que ilustra así el impacto del ‘progreso’ peor entendido. “Por eso trabajamos, para combatir estas desigualdades que nos afectan a todos. En lo profesional y en lo personal, soy muy feliz con lo que hago”.

2015 América del Sur Ellos

375 | John

Una mezcla de curiosidad y juventud lo impulsó a salir de Colombia. Tenía 23 años y quería conocer “algo más”, no quedarse encorsetado en las fronteras. Con muchas ganas de ver mundo y sin pensárselo dos veces, cogió sus cosas y se marchó a Ecuador. “Me fui a lo fácil, el país de al lado”, explica ahora John Buitrago, condescendiente consigo mismo. Los años que han pasado desde entonces y las experiencias que ha vivido en el camino le permiten ver aquel cambio como el primer paso de un niño.

Pequeño o no, lo cierto es que fue el primer paso de muchos, porque no se afincó allí. A sus 41 años, John es todo un experto en cambiar de ciudad y de país. “Como te comentaba antes, mi primer destino migratorio fue Ecuador. De allí me fui a Perú, después me marché a Bolivia y, finalmente, me mudé a Chile”, enumera. Sus palabras describen un trayecto norte – sur y, mientras descienden, perfilan la costa pacífica de América Latina.

“Empecé esa aventura yo solo, pero después se sumó parte de mi familia, que actualmente vive en Chile. Al principio trabajamos como vendedores, muchas veces ambulantes, hasta que poco a poco fuimos prosperando. Hoy en día, mis familiares se han nacionalizado, tienen comercio, y están muy contentos ahí”, resume John, que claramente escogió seguir migrando. “Mientras estaba en Chile, obtuve los documentos y el visado para venir a Europa. Me entusiasmé. Y vine”.

Llegó directo a Laguardia a trabajar en los viñedos, un trabajo novedoso para él, que nunca fue un “hombre de campo”. Tiempo después se mudó a Burgos, se ganó la vida como camarero, fue comercial, se encargó de medir los contadores de luz, incluso se trasladó a un pueblo burgalés y montó su propio negocio, “una tienda de alimentación, una franquicia, que también tenía videoclub, locutorio y salón de juegos para niños. Aquello era como la guardería del pueblo”, recuerda divertido.

A Bilbao llegó hace cuatro años, con una oferta de trabajo puntual para el consulado de su país. Antes de eso, estuvo un año en Colombia, donde regresó para “probar” y para darse cuenta, ya de manera definitiva, que su vida estaba de este lado del Atlántico. “Fui con mi pareja, que es búlgara, y no terminamos de adaptarnos; ni ella ni yo. Una cosa es ir de vacaciones a un sitio, y otra muy distinta es quedarse a vivir”, reflexiona.

De vuelta en Europa, Bilbao lo cautivó. “Me gustó la ciudad y su entorno, me encantó el transporte público, el metro, las bicis… incluso el clima, mucho más suave y templado que el de Burgos. Después de haber trabajado a 17 grados bajo cero, o a más de 40 grados en verano, esto me pareció una maravilla, incluso con su lluvia y sus paraguas”, compara entre risas.

Valiosas lecciones

El trabajo en el consulado supuso un gran aprendizaje para John, que rápidamente detectó una necesidad fundamental de los inmigrantes que no estaba bien cubierta: la gestión internacional de documentos. “Cuando vives en en el extranjero, cualquier trámite que haces es mucho más complicado. Generalmente necesitas documentos de tu país y dependes de la buena voluntad de un amigo o un familiar que lo haga por ti y te lo mande. Es engorroso, caro, ineficaz y muchas veces la validez de los papeles caduca en mitad del proceso y tienes que volver a empezar”, describe.

Así, se asoció con un amigo que vive en Colombia e iniciaron juntos una “idea piloto” que ya lleva tres años en acción y que ha funcionado muy bien. “Montamos una empresa de gestión de trámites y documentos, allí y aquí. Las gestiones se pueden solicitar, incluso abonar, por internet, para que sea más ágil y cómodo. Empezamos como prueba, fuimos creciendo y ahora tenemos unas 300 solicitudes al mes”, relata, satisfecho del progreso.

Y es que, para él, todos estos años han sido de crecimiento y valiosas lecciones. “Al cambiar de país y relacionarte con la gente, siempre recibes enseñanzas y te sorprendes con las habilidades de los demás; por ejemplo, con la capacidad asombrosa de adaptación que tienen los migrantes africanos, que son capaces de llegar a un país completamente distinto a los suyos, con un idioma que no controlan, con otros códigos y, en muy poco tiempo, integrarse”, señala.

“En ese camino aprendí muchas cosas. Incluso, aprendí a migrar”, dice John, antes de compartir “un buen consejo” que le dieron hace años. “Si te vas, debes elegir un país donde la moneda sea más fuerte que en el lugar donde estás. Esto es clave para progresar, al menos para el inmigrante raso, el normalito, el que trabaja para otro. Otra cosa es la inmigración empresarial, donde sí puedes ganar dinero y vivir bien en un país con una economía más modesta. Si te vas, averigua cuánto vale una lata de refresco y compáralo con lo que cuesta en tu país. Si es muy barata, no merece la pena. Significa que allí se gana poquísimo”.

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371 | Marta

“No todo es bueno -dice-. En quince años pueden pasar muchas cosas. Cambiar de país es difícil y todos los migrantes, de una forma o de otra, sufrimos con ese cambio. Incluso cuando hay una raíz común, un idioma compartido, una cultura que se supone parecida, cuesta mucho. A veces tenemos nombres o expresiones distintas para las mismas cosas, y esto, que es interesante y hasta divertido, puede representar un problema, sobre todo al principio, cuando no controlas otras maneras de hablar”.

Marta González llegó a Euskadi en junio de 2000, y su relato sobre el idioma es muy interesante porque para alguien de Colombia, como ella, no cabría esperar que la comunicación fuera una barrera. “Pero lo fue, por lo menos al principio -explica-. Durante un tiempo cuidé a una señora mayor, y todo el tiempo me ‘corregía’. Lo peor era cuando yo me refería a sus medicamentos como sus ‘drogas’, porque en mi país sí se utiliza esa expresión. ¡Qué broncas me echaba!”, recuerda.

El relato se enmarca en los inicios migratorios, cuando “todavía no entiendes cómo funcionan las cosas, todo te resulta ajeno y extraño, y te sientes desubicada. Además, en aquel entonces no había tantas vías de información como ahora, ni tantas asociaciones que te pudieran orientar. La sensación era de soledad absoluta”, describe. Sin embargo, Marta prefiere quedarse con lo bueno, con lo positivo que le ha dejado la experiencia de emigrar. “Hay muchas cosas buenas, y yo he vivido unas cuantas. Sin duda, me quedo con ellas”.

“Por ejemplo, no podría pasar por alto lo mucho que me ayudó una pareja de Sestao que conocí por casualidad en un camping de Isaba, donde había conseguido mi primer trabajo. El empleo que me habían dado allí era solo por el verano, que ya estaba por terminar. Y ellos, sin conocerme de nada, me ayudaron a buscar trabajo, me dieron alojamiento en su casa durante varios días… Me acuerdo que la chica le dijo a su padre: ‘Aita, ¿y qué pasaría si ese fuera mi caso? ¿Qué pasaría si yo tuviera que emigrar y nadie me ayudara?’ Nunca voy a olvidar eso. El apoyo de esta familia fue maravilloso. Los gestos como este tienen que contarse también”.

Cuando ocurrió aquello, Marta tenía 44 años y tres hijos en su país. “Dos de ellos habían empezado a estudiar en la universidad y, económicamente, no podíamos asumir eso”, explica. “Yo trabajaba como peluquera, maquilladora, dependienta… vendía cosméticos… Me buscaba la vida para sacar adelante a la familia, pero no ganaba lo suficiente como para pagar dos carreras”, señala. “Para mí, que nunca tuve la posibilidad de estudiar en la universidad, era prioritario que mis hijos pudieran hacerlo. Yo vengo de una familia humilde, de campesinos, y tengo catorce hermanos. Eso condiciona mucho tus opciones de futuro. Por eso quise darle a mis hijos una educación, para que no se repitiera la historia”.

Convencida del valor de su proyecto, hipotecó un terreno que tenía y, con ese dinero, se compró un billete de avión, más un tour por España. “Era la única manera de venir, como turista. Contraté todo el paquete, con el hotel en Madrid y el recorrido por todo el país. Así llegué a Navarra, donde me bajé. De allí, fui a Sestao. Luego, a Algorta, donde trabajé como interna. Y más adelante empecé a trabajar por horas, limpiando casas. Alquilé una habitación para vivir y poco a poco me fui asentando. Usaba lo que ganaba para pagar mis gastos básicos y el resto lo mandaba a Colombia”.

Un lugar propio

Seis años después de llegar, Marta empezó a trabajar en una empresa de limpieza. “Fui la primera extranjera a la que le daban la oportunidad. La señora que me contrató me explicó que las mujeres de aquí ya no querían hacer ese trabajo”, cuenta. En ese tiempo, sus hijos terminaron sus carreras, vinieron, se marcharon… “Cada uno fue haciendo su vida. El mayor está aquí, el pequeño está en Valencia y la chica, en Estados Unidos. Y yo también seguí para adelante. Hice cursos de creación de empresas, me hice autónoma y abrí mi propio negocio de limpieza”, resume.

“Y esa es otra cosa que me gustaría destacar. El País Vasco da oportunidades y apoya a quienes queremos trabajar. Yo trabajo en algo que me gusta y que me permite relacionarme con muchas personas, hablar con otros, aprender de los demás. Cuando llegué, no conocía a nadie, ahora es completamente distinto. Por supuesto que hay nostalgia, pero también hay desarraigo. Y, sobre todo, con el paso de los años, uno se va haciendo aquí, uno se va encantando”.

De hecho, Marta sostiene que cada día se siente “más integrada. Las migraciones generan intercambios muy buenos. Unos aprendemos de otros. Los que venimos dejamos aquí nuestra juventud, nuestro vigor, nuestra salud… pero a cambio vivimos en un lugar tranquilo, seguro y bonito, donde se nos trata bien. Por supuesto que hay excepciones de ambos lados, entre quienes venimos y entre quienes reciben, pero yo creo que a la gente de bien, sea vasca o de fuera, nos pasa lo mismo: que al ver actitudes negativas de los demás, sentimos vergüenza ajena”.

2015 América del Sur Ellas