251 | Bryan

No se pierde ni un partido del Athletic. Sigue con atención las jugadas. Analiza lo que pasa en el campo… y lo narra. “Mi manera de vivir el fútbol es contarlo”, dice el comentarista chileno Bryan Andrews Fazzi, que llegó a Euskadi hace un lustro y dirige el proyecto deportivo ‘Fusión Vasco-Latina’ en Radio Tropical. Junto a Aitor Elorriaga y Jon Pérez, pone voz (y sentimiento) a las hazañas rojiblancas.

Y es que le “sale del alma”. Por un lado, Bryan le tiene “mucho cariño” al míster, Marcelo Bielsa, “ya que entrenó a la selección chilena y desde entonces hay un lazo muy fuerte”. Por otro, se maravilla ante el calor de la calle y de la catedral cada vez que juegan los leones. “Los hinchas del Athletic son la afición soñada -asevera-. La gente es excepcional, muy respetuosa, fraterna con otros equipos y entregada con el propio. No es frecuente ver algo así en el mundo del fútbol”, apostilla este santiaguino, que se estrenó como narrador deportivo en Vizcaya.

“Nunca imaginé que podía hacer esto y, al principio, estaba muy nervioso -reconoce-. Cuando me ofrecieron relatar fútbol en la radio, intenté aprender lo básico y coger un poco de oficio. Practiqué y hasta hice un curso de narración deportiva en Madrid, pero la verdad es que el primer partido fue horrible. ¡Estaba muerto de miedo!”, recuerda hoy entre risas. Normal: una cosa es comentar con tus amigos los partidos de tus hijos y otra muy diferente, los de primera división en antena. “Sobre todo si lo haces en una emisora que emite para todo Euskadi, y que también llega a Latinoamérica”.

“Esto empezó porque uno de mis hijos juega en un club de fútbol aquí. Como muchos otros padres, yo iba a verle y alentarle, pero también comentaba las jugadas. Dos chicos colombianos, que también iban allí con frecuencia, vieron que yo sabía de fútbol. Ellos comentaban partidos en la radio y un día me invitaron a acompañarlos. Imagínate el momento… ¡yo nunca había pisado San Mamés!”, cuenta Bryan que, sin embargo, sí había pisado otros campos, pues en Chile entrenaba en Colo-Colo.

“Decidí emigrar de mi país por la situación económica y por la educación de mis hijos. Los ingresos de casa alcanzaban para educar bien a uno, pero no a tres, así que en 2007 nos lanzamos a la aventura”, explica. “Primero vino mi mujer con el pequeño. Después, los otros dos críos. Y finalmente llegué yo. No teníamos conocidos ni muchas referencias, pero tuvimos suerte: conocimos a Mercedes y Paulino, una pareja vasca que nos ayudó mucho, que se portó muy bien con nosotros y que, a día de hoy, son como nuestros padres. Gracias a ellos y a su generosidad pudimos afincarnos y salir adelante”, relata con gratitud.

Fusión de culturas deportivas

Por supuesto, “el primer año aquí fue muy duro”. Bryan recuerda que fue abriéndose paso poco a poco, trabajando “en lo que podía”, desde repartir publicidad hasta la cocina de un bar. Todavía hoy, que tiene la motivación de la radio y trabaja en el Hospital de Basurto llevando la comida a los distintos pabellones, se sigue “buscando la vida”. Su prioridad, insiste, es darle un futuro a sus hijos. Y ver “que progresan, que se sienten integrados y que estudian en euskera” le llena de satisfacción y le anima a “seguir luchando”.

El proyecto en la emisora también es un ancla poderosa. “Cuando el director, José Ángel Robles, me ofreció la oportunidad de narrar los partidos, preparé un proyecto para formar un equipo mixto. Yo veía que había una barrera muy grande entre la gente latina y la vasca, y quise unir las dos cosas, formar un grupo diverso. La verdad es que se logró una fusión muy bonita, no solo entre nosotros, sino también en la audiencia, que empezó a crecer y cambiar. Una de las cosas que más nos gratifica es saber que nos escuchan vascos y extranjeros, que de algún modo podemos llegar a todos los que gustan del deporte y del fútbol”, reflexiona.

“Además -continúa-, es muy interesante y divertido fusionar las distintas maneras de relatar un partido, o usar múltiples expresiones, de aquí y de allá. Si yo digo ‘el árbitro cobró foul’, Aitor, Mitxel o Jon añaden una traducción inmediata y acotan que ‘cobrar es sancionar’. Eso es espontáneo y natural, y queda muy guapo”, concluye Bryan, que defiende la magia de la radio.

2012 América del Sur Ellos

229 | Marta

El 27 de febrero de 2010 fue el peor día de su vida. Cuando se despertó en Arrigorriaga aquel sábado de invierno, Marta González Letelier se enteró de la noticia. Un terremoto brutal -de 8,8 grados en la escala de Richter- había azotado el corazón de Chile y el de Talca, su ciudad, cuyo casco histórico quedó completamente destruido. “Las casas del pueblo eran de adobe y se vinieron abajo, al igual que muchos otros edificios”, explica.

Las imágenes mostraban los escombros, las carreteras cortadas, la desesperación de los pobladores y el caos. En los periódicos, los expertos aseguraban que aquel seísmo era el segundo más intenso en la historia del país, y uno de los seis más fuertes registrados en todo el mundo. Las autoridades declararon el lugar como ‘zona de catástrofe’ y empezaron a contar los muertos. Y Marta, que seguía boquiabierta en Euskadi, “no sabía qué hacer”. Para ella, lo peor no era ver su ciudad en ruinas. Lo más duro era saber que allí estaban su madre y su hijo, y no saber si estaban vivos.

“Las comunicaciones estaban cortadas y no supe nada de ellos durante dos días. En ese lapso, no reaccioné. No podía ni llorar, ni rezar, aunque creo enDios”, cuenta esta periodista chilena que llegó al País Vasco en 2009. “Yo había venido con una beca para hacer un posgrado aquí porque la situación de mi país es difícil y el acceso a la educación, muy caro. Mi idea original era hacer el master y regresar, pero el terremoto lo cambió todo”, relata.

Tras comprobar que su familia estaba a salvo, Marta comenzó a plantearse alternativas paraayudar a los suyos. “La casa había quedado destruida por completo y, si no fuera por la Fundación Talca y por Cáritas de Italia, mi madre y mi hijo no tendrían dónde vivir. Estas instituciones le sdieron una pequeña casita de madera para salir del apuro de manera provisional… Aunque siguen viviendo en ella porque el Gobierno chileno aún no ha hecho nada”, se queja.

La situación familiar, sumada a la inestabilidad económica y laboral de su país, marcó un cambio de rumbo. “Decidí quedarme aquí, traer a mi hijo conmigo y, mientras llega ese momento, ayudarles tanto como pueda”. Cuando fue a Chile de visita, en julio de ese año, terminó de convencerse y les dijo lo que había decidido. “Volví aquí para terminar el master, para buscar trabajo y para empezar el doctorado que estoy haciendo ahora en Deusto”.

Un concurso de carteles

A la semana de llegar, se celebró el festival Gentes del Mundo. Y Marta -que tiene formación en Estudios Internacionales e Interculturales- se acercó. “Fui al stand de Chile, ayudé en lo que pude y conocí a muchas personas, no solo de mi país”. La experiencia le resultó tan positiva que siguió participando en las sucesivas ediciones de esta fiesta. En la actualidad, forma parte de la secretaría técnica que la organiza.

“Este año, el festival se celebrará en junio, pero ya estamos trabajando en ello”, adelanta. Una de las primeras iniciativas ha sido lanzar un concurso público. “La semana pasada hemos aprobado las bases del concurso de carteles para divulgar este evento. El tema elegido es ‘Identidades abiertas’ y pueden participar todas las personas quequieran. Eso sí, los trabajos deben presentarse antes del 19 de abril en el registro del Ayuntamiento de Bilbao”, recuerda. “Quienes estén interesados pueden consultar las bases en la web oficial: http://www.facebook.com/gmbilbao”, especifica.

Para ella es importante promover la integración, aunque reconoce que los vascos son hospitalarios y abiertos. “Aquí he conocido a mi pareja, y hace poco me he mudado de Arrigorriaga a Amurrio. El pueblo es pequeño, todo el mundo se conoce y yo me siento muy a gusto. La verdad es que me han recibido muy bien. La familia de mi chico es de aquí, de todala vida, y me ha hecho sentir una más. Y de él, qué te voy adecir… Se ha convertido en un pilar muy importante para mí”.

2012 América del Sur Ellas

190 | Luis Arturo

Con sus dos nombres y sus dos apellidos, Luis Arturo Pizarro Jerez se presenta en la plaza de Las Arenas, en Getxo. Viene andando sin prisa, pues vive cerca de allí. En el rostro luce un gesto afable, y bajo el brazo lleva una carpeta con recortes de periódico que promete compartir. “Aquí tengo unas cuantas historias”, dice mientras señala los folios. Luego mira a su alrededor y sugiere tomar un café.

Una terraza cercana sirve de escenario y testigo a su relato, que va del Mundial de fútbol en Chile al golpe de Estado de Augusto Pinochet. Periodista jubilado, Luis explica que su profesión le ha permitido vivir experiencias singulares, dramáticas o curiosas que hoy recuerda con gran intensidad. Y eso que muchas de ellas son tan antiguas como esas páginas color sepia que despliega cuidadosamente en la mesa.

“Hay escenas del golpe que nunca voy a olvidar -dice-. Por ejemplo, el día que la calle se llenó de tanques de guerra y comenzaron los disparos. Yo trabajaba en un edificio bastante céntrico y, al principio, parecía que nos estaban atacando a nosotros. No entendíamos nada. Luego comprendimos que los disparos iban contra el edificio lindero, el de la Escuela de Leyes, donde se habían atrincherado varios estudiantes de izquierdas”, relata.

“Ese día -continúa- nos fuimos yendo para nuestras casas de a uno. Queríamos evitar incidentes. Mientras caminaba solo por una calle, vi una familia a lo lejos. Era una pareja con una niña pequeña, de unos siete u ocho años, y estaban de pie en una esquina, mirando. En un momento, oí un motor detrás de mí. Era un coche policial que venía a toda velocidad. Instintivamente, me eché al suelo tras unos setos, y el coche siguió de largo. Enseguida escuché disparos”.

Al cabo de un rato, cuando Luis se pudo levantar, volvió a ver a la familia. “Los tres estaban muertos en el suelo, con los cuerpos partidos a la mitad por los balazos -describe-. He visto muchos muertos en mi vida, pero jamás volví a ver algo como eso. Creo que la gente aún no ha dimensionado el ensañamiento y la violencia que supuso el golpe militar”.

Por fortuna, no todas sus memorias son tan duras. Hay otras que son entrañables, emocionantes y festivas, como el día que se jugó la final del Mundial en Chile y Brasil se proclamó campeón. “Yo estaba cubriendo el evento para un diario y me habían encargado seguir a la selección brasileña, así que estuve con el equipo cuando celebró el triunfo en la intimidad del camerino. Los jugadores brindaron con la copa que habían ganado y me invitaron con un trago, por eso puedo decir que una vez bebí champán en la copa del mundo, la Jules Rimet”, cuenta emocionado.

Otro mundial muy intenso

La pasión de Luis es el fútbol. Por ello, ahora que reside en Vizcaya se ha acercado a la organización del Mundialito BBK, que ahora mismo está celebrando una nueva edición en los campos de Sarriena. “Participo en lo que haga falta porque me gusta. Creo que es una experiencia muy buena y que llena de alegría a todos los participantes. A quien mira el deporte de soslayo, un torneo local ni le va ni le viene; pero quienes vivimos el deporte intensamente vemos que esta iniciativa es genial. Hay que ver la expresión de la gente, cómo se implica en los partidos, cómo se integra con personas de otros lugares. Realmente, merece la pena acercarse a esta fiesta multicultural”, añade.

Para él, que emigró siendo mayor, los eventos deportivos de este tipo son muy positivos para relacionarse con otros y sentirse bien. “Es que yo vine aquí por mi hijo, que se fue de Chile hace muchos años -explica-. Ya había venido varias veces de visita y, al final, opté por quedarme; por estar cerca de mi familia en un entorno que me gusta. Por suerte, trabajé bien en mi país y pude generar una jubilación que hoy me permite vivir aquí de manera independiente”, concluye.

2011 América del Sur Ellos

178 | Leo

El avión que cogió en Chile le llevó hasta Barcelona, donde no encontró lo que esperaba y lo pasó “francamente mal”. Apenas un mes después, Euskadi se convirtió en una salida de emergencia; un lugar donde poner las cosas en orden y tomar algunas decisiones. Así fue como Leonardo Sáez llegó a Bilbao hace algo más de tres años: vino por amor o, mejor dicho, por desamor. No estaba en sus planes venir ni estaba en sus planes quedarse. Pero aquí sigue, “enganchado”.

“Si te digo la verdad, no sé por qué me he quedado. No siempre es fácil encontrar una razón, una explicación lógica para todo. Estamos en tiempos de crisis, la situación se ha vuelto dura para todo el mundo, yo mismo me quedé sin trabajo hace poco y aun así, no siento deseos de marcharme. Sé que si vuelvo a Chile no me va a ir mal, pero hay algo que me retiene. Cuando las cosas se tuercen, se convierten en desafíos. Quieres seguir intentándolo porque, de algún modo, te sientes impelido por la adversidad”.

Para Leo, como le llaman sus amigos, Bilbao representa muchas cosas positivas: es el sitio donde logró sobreponerse a un desengaño amoroso y el lugar donde ha podido desarrollar su verdadera vocación: la fotografía. “Cuando vivía en Chile -relata-, comencé una relación con una persona de Barcelona. Al volverse para aquí, me invitó a que viniera yo también. Y dije que sí. Compré el billete de avión, el seguro de viaje, reuní el dinero, dejé el trabajo y, cuando tenía todo listo para venir, me llamó y me dijo que lo sentía, que había conocido a otra persona”.

También le dijo, como recuerda Leo, que viniera igual; que le recibiría “como amigos” y que le enseñaría la ciudad. Con sus cartas ya jugadas, Leo puso un pie en el avión, llegó a Barcelona y, al cabo de un mes, se marchó. “Vine a Bilbao porque aquí vivía mi hermanastro que, al saber lo que había ocurrido, me invitó. Yo llegué sin tener muy claro qué iba a hacer. Estaba como en un limbo. Una semana después, me ofrecieron trabajo cuidando a un anciano y acepté”. El empleo le duró tres años.

Aunque Leo es licenciado en Administración Hotelera y, además, había estudiado fotografía, trabajar en algo distinto no le supuso un problema. “Hay muchos profesionales inmigrantes que se dedican a hacer otras cosas”, indica. Además, sus tareas como cuidador le permitieron hacer algunas cosas fundamentales: ahorrar dinero, comprar un buen equipo fotográfico -“el que jamás habría podido comprar en Chile”- e inscribirse en un curso de fotografía avanzada.

El retrato de la inmigración

“El curso me interesaba por el contenido, obviamente, pero también significaba para mí una oportunidad de conocer gente y relacionarme con personas que tuvieran intereses similares a los míos”, señala Leo. Y llevaba razón, porque allí conoció a Juan Abaitua. “Un día salimos juntos por Zorrozaurre a hacer fotos. Queríamos captar la estética del abandono en los edificios, pero no tardamos en comprobar que ahí vivía mucha gente. Conocimos a Hadid, un chico argelino, y le hicimos fotos. Así comenzó el proyecto en el que estamos trabajando desde hace más de un año”.

El proyecto. Leo y Juan se han propuesto retratar la diversidad de la inmigración en Bilbao, pero “sin apelar al morbo; es decir, sin recurrir a lo de siempre: la chacha, la prostituta, el que roba. Nos interesa mostrar los matices y, sobre todo, mostrar a las personas sin catalogarlas. En nuestros retratos -continúa- no prima la nacionalidad, o la procedencia, sino las personas y lo que viven. Por ejemplo, hace poco asistimos a un bautismo de africanos, pero a su vez retratamos a otros extranjeros, a los europeos, que también han dejado todo atrás para hacer aquí una nueva vida. Lo que nos interesa -concluye- es mostrar que la inmigración no es algo ajeno a la sociedad bilbaína”.

2011 América del Sur Ellos

130 | Hans

Le entrevista es telefónica. Hans Hoffman está en su casa y es la hora de comer, pero él aún no ha probado bocado. “Desde el día del terremoto, funciono con el horario de Chile -explica-, y allí todavía es temprano”. En realidad, Hans hace dobles jornadas, pues suma las gestiones para ayudar en su país a sus obligaciones habituales aquí. “Ahora todo está encaminado”, dice, aunque lo peor, claro está, fue al principio; esas “48 horas iniciales sin información, sin comunicación directa…”. Sin dormir. “Pasé dos días terribles, intentando organizar las acciones con los chilenos de Euskadi sin saber si mi madre estaba viva o muerta”, detalla para ilustrar la situación.

Su madre, por suerte, está bien. No ha podido hablar con ella, pero sí con unos conocidos que le han devuelto la tranquilidad. Desde entonces, Hans dirige sus esfuerzos a ayudar a los demás: miles de compatriotas radicados en el extranjero que no han tenido tanta fortuna y siguen buscando a los suyos.

Con ese fin -y gracias a la iniciativa de un chico de Barcelona-, se ha abierto una página en Facebook, ‘Comunicación con Chile’, que ya supera los 9.000 miembros y que está orientada exclusivamente a la búsqueda de personas desaparecidas tras el terremoto del 27 de febrero. “Una de las primeras consecuencias de un seísmo es que se corta la mayor parte de las líneas telefónicas y se satura toda la red. Por ello pensamos en Internet como una herramienta primordial, porque es una vía de comunicación ágil, liviana e inmediata”, señala este analista informático, que se ha preocupado por clasificar esa página en foros temáticos y geográficos, según las distintas zonas de Chile.

“Tuvimos que organizar la información de esa manera porque era imposible enterarse de nada. Los mensajes desesperados de búsqueda se publicaban de un modo tan vertiginoso, que aquello se había vuelto caótico”, describe Hans. En paralelo, los chilenos afincados en Euskadi abrieron un número de cuenta en la BBK para recaudar fondos de ayuda. “Esa cuenta tiene como garante al Gobierno vasco porque, ante todo, nos interesa la transparecia”, subraya. “Para ayudar económicamente, basta con acercarse a cualquier sucursal y preguntar por la cuenta oficial de solidaridad con Chile”, indica Hans que, además de gestionar estas cuestiones, presenta un programa temático en Radio Candela, donde actualiza a diario la información sobre las consecuencias del seísmo.

El crujido de la Tierra

“Me parece fundamental poder contarle a la gente cómo es un terremoto, cómo se afronta y qué se siente”, dice Hans, que ya ha pasado por tres. “Casi todos los chilenos estamos acostumbrados a los movimientos telúricos porque nuestro país es una franja de tierra costera que se sitúa sobre la falla de Nazca, que es la continuación de la de San Andrés”, describe. “Y todos sabemos que, cuando se produce un terremoto, lo primero que se debe hacer es pararse bajo un dintel”.
La peor experiencia de Hans fue el 3 de marzo de 1985. “Era domingo y el terremoto se produjo a las ocho y diez de la tarde”, añade con precisión. “Creo que todos recordamos dónde estábamos y que hacíamos en ese momento”, comenta. Él iba en un autobús hacia Valparaíso, su ciudad, y lo primero que sintió fue un sonido subterráneo. “Es un ruido aterrador que te envuelve y te anuncia lo que está por venir”, dice.

Después, el movimiento de tierra, las réplicas, mirar al horizonte para ver si el agua del mar se retira y cuánto tiempo queda antes del maremoto. Y ver que todo se detiene, que “la gente queda atontada, caminando como pollo sin cabeza, o huyendo hacia ningún lugar”. Caos, desconcierto. “Llegar a tu casa, patear la puerta para poder abrirla, subir por unas escaleras que crujen bajo tus pies, encontrar escombros, una viga a travesada cortándote el paso, no poder avanzar más, llamar a tu familia y descubrir que nadie responde. Una vez que vives eso, no lo olvidas jamás. Ahora se repite. Los chilenos sólo pensamos en ayudar a nuestra gente”.

2010 América del Sur Ellos

81 | Diego

Diego García es chileno y llegó al País Vasco en octubre de 2006. Profesor de filosofía y músico, vino a cursar un posgrado en la Universidad de Deusto, donde ha abordado el fenómeno migratorio e intercultural desde la teoría y la práctica. A un año de acabar su doctorado, ha cosechado un buen puñado de experiencias y, por supuesto, de interesantes reflexiones

La conversación tiene lugar en una sala del Centro Ellacuría, en Bilbao, donde Diego acude todos los martes en calidad de voluntario. Allí gestiona una sala de informática para inmigrantes, ayuda en lo que haga falta y, además, sociabiliza. «Al acabarse el primer año del doctorado, la referencia humana se diluyó. Decidí acercarme y vincularme a un proyecto colectivo por salud mental y por hacer algo distinto que me sacara del escritorio», explica.

En esa búsqueda de acercamientos conoció al padre Xabier Zábalo y al boliviano Juan Carlos Aguirre, con quienes fundó un grupo de música y dio un ‘mini concierto’ en enero; pero también encontró que el contacto más cercano con otras realidades migratorias le permitía enriquecer los contenidos de su investigación. «Este es un lugar donde pasan muchas cosas», dice. Cosas que disparan preguntas, generan reflexiones y plantean enfoques «sugerentes» para analizar la sociedad actual.

Porque a eso, en principio, ha venido. A estudiar y analizar el fenómeno migratorio y la interculturalidad combinando la antropología, la sociología y el derecho. Aunque Diego García siempre se había dedicado a la filosofía política, quiso profundizar en los escritos de John Rawls, autor de la Teoría de la Justicia. «Uno investiga sobre lo que ignora», dice. «A Rawls le preocupaba que las sociedades democráticas pudieran poner en práctica el sentido de justicia de manera espontánea y cómo eso incidiría en el aumento de la estabilidad social. Me resulta interesante el planteamiento».

Lo que a Diego le interesa saber es si la gente querría ser justa con los demás si no estuviera obligada por las normas. «Se supone que haber recibido un trato justo fortalece el deseo de actuar de igual modo, pero la sociedad moderna genera muchas diferencias y el fenómeno migratorio pone a prueba la autoestima de cualquiera», indica. Precisamente es la autoestima, sumada al reconocimiento social, lo que pone en marcha unos mecanismos personales en quien emigra.

«Una cosa es ser diferentes y otra cosa es ser desiguales. Quien no recibe respeto, por mucho que se quiera a sí mismo, tiene la autoestima en riesgo. Pero, ¿es verdad que sólo queremos igualdad? Aunque decimos que nos conformamos con un trato justo y prácticamente han desaparecido los títulos nobiliarios, sí buscamos el reconocimiento porque la sociedad actual premia al mérito. Y un inmigrante, en general, no sólo va a parar a lo más bajo de la consideración social, también es objeto de estigmatizaciones; es decir, de reconocimientos que denigran».

La doble vida

En esta línea, Diego García señala que, en lo personal, se ha sentido «espléndidamente» en el País Vasco, aunque también señala un matiz: «Yo soy estudiante de postrado. No soy inmigrante, soy extranjero. Con esto quiero decir que hay consideraciones discriminatorias, y extranjeros de diferentes categorías». Para él, las migraciones provocan una «dialéctica extrañísima» en la que los protagonistas, los inmigrantes, acaban llevando una doble vida. «Mientras aquí están marginados y se sienten invisibles y solos, en sus países de origen son ‘alguien’; aumenta la consideración de sus pares y sus vidas y hazañas alcanzan dimensiones casi heroicas. La paradoja es que no eres donde estás y eres donde no estás».

La dinámica le produce impresión; más que nada porque le ha hecho constatar algo que se vive a otros niveles. «Todos tenemos más de una identidad, y articularlas a todas es complicado. Pero la condición de emigrante se vuelve hegemónica, lo abarca todo y parece anular al resto de las dimensiones del ser humano, que es más que un pasaporte y un número».

2009 América del Sur Ellos