447 | Klaudio

«Más que recursos, lo que hace falta es divulgar que esos recursos existen. Es importante dar a conocer lo que hay. La información no siempre llega a las personas con discapacidad, que nos enteramos poco y tarde sobre las mejoras que se hacen para nosotros». Con esta apreciación empieza la entrevista Klaudio Valenzuela, un chileno que llegó hace quince años a Euskadi y que ha pasado los últimos cinco en una silla de ruedas. «Un accidente desafortunado, una mala caída o la propia vejez te pueden dejar así, con una discapacidad física severa», señala.

En su caso, la causa fue una paliza que recibió hace décadas en Chile y que le dejó secuelas en la séptima vértebra dorsal. «Fui joven y obrero en la época de la dictadura. Protestaba por los derechos de los trabajadores, y los militares me dieron una paliza», resume. Él nunca olvidó la experiencia aunque su cuerpo, en apariencia, se recuperó de los golpes: después de aquello, Klaudio pudo seguir adelante y se mudó a Argentina, donde continuó con su vida. «Viví treinta años en Buenos Aires, por eso tengo este acento».

Esa fue su primera migración, pero no fue la última vez que hizo las maletas. Como otros ciudadanos de Argentina, decidió marcharse en 2001, cuando el famoso corralito estranguló la economía del país. Para Klaudio, además, el episodio coincidió con su separación de pareja. «Fue un momento crítico y sentí la necesidad de poner distancia y buscar cosas nuevas. Mi hermano vivía en el País Vasco, así que vine directo. Quería conocer el primer mundo, viajar… y la verdad es que encontré algo distinto a lo que imaginaba. Encontré muchas barreras», señala, y eso que su discapacidad aún no se había manifestado.

«Me refiero a las trabas administrativas que hay aquí y no en otras partes del mundo. Por ejemplo, en este momento hay más de 40.000 españoles viviendo en Chile. Son personas que han ido a buscarse la vida, como las que hemos venido aquí. Nadie dice que sea fácil encontrar trabajo, pero por lo menos allí no les ponen dificultades añadidas por ser extranjeros. En Europa realmente es complicado. Todo es difícil para el inmigrante desde el primer día. Los trámites y la burocracia son tremendos. Es una pescadilla que se muerde la cola y que te impide llegar y ponerte a trabajar enseguida, como uno más».

Con esfuerzo –y paciencia–, Klaudio logró tramitar sus ‘papeles’ e, incluso, obtener la nacionalidad. De hecho, comparte un dato bonito: «La primera vez que voté fue acá. Tenía sesenta años y nunca antes había podido hacerlo, ni en Chile ni en Argentina». La permanencia en Euskadi le dio esa posibilidad, casi como un buen augurio de que su situación empezaba a mejorar. «Trabajaba haciendo reformas y, cuando podía, hacía alguna excursión o algún viaje. Yo quería conocer muchas cosas. Siempre he tenido mucha curiosidad… Por lo menos una vez fui a Portugal», dice, y se instala un silencio en la charla.

Una nueva perspectiva

La lesión que tenía en la columna le arrebató unos cuantos planes de futuro. «Ya no puedo caminar. Ahora voy en silla de ruedas». Su trabajo era muy físico, ya no lo puede ejercer. Desde su nueva perspectiva, se ha topado con otras barreras. Y, a pesar de todo eso, él no se desanima. «Hago ejercicios y fisioterapia para mejorar mi estado físico, o para evitar que empeore. He conseguido algunos avances y soy bastante independiente, aunque no pueda pasar la fregona», explica con sentido del humor.

«Sigo teniendo muchas inquietudes, aunque no tenga treinta años y mi pensión sea muy pequeña. Sigo siendo una persona creativa con ganas de hacer cosas. En estos años, a raíz de mi invalidez, me di cuenta de que las cosas se podrían hacer mejor. El mundo de la ortopedia es muy caro y no todo el mundo puede acceder a las prótesis o las sillas que necesita a un precio razonable. Me gustaría crear accesorios económicos para ayudar a otras personas con discapacidad», confiesa, y en esa frase hay tanto de utopía como de potencial realidad, porque Klaudio es todo un ‘manitas’.

Existe un vídeo en el que explica cómo arreglar un pinchazo de la silla de ruedas con herramientas tan domésticas como el mango de una cuchara o de un tenedor. «En la ortopedia está todo sobrevalorado y es una pena, porque lo que me pasa a mí le pasa a mucha gente. No somos una minoría; somos el 10% de la población», dice Klaudio, que está decidido a crear una asociación de personas con discapacidades motoras en Leioa. «Hay que construir una sociedad y un entorno sin barreras. Por enfermedades, lesiones o vejez, casi todos vamos a ser dependientes en algún momento de la vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

385 | Álvaro

Dos años en Londres. Ese era el plan original. Al menos, ese fue el objetivo que se trazó Álvaro Bertelsen tras acabar su posgrado en Chile. Ingeniero e investigador, explica cómo tuvo la oportunidad de desarrollarse profesionalmente fuera de su país y por qué no lo dudó. “Cuando terminé mis estudios -relata-, el profesor que supervisaba mi trabajo me ofreció postularme a un programa de intercambio para investigar durante dos años en Londres. Me presenté, me aceptaron y allí fui”. Claro y conciso.

La pregunta es qué pasó entre ese momento y el actual, porque Álvaro lleva seis años viviendo en Euskadi. Y la respuesta tiene -en parte- nombre de mujer. “Cuando estaba en Inglaterra conocí a quien hoy es mi esposa. Empezamos a salir, nos comprometimos, nos casamos y en 2009 nos trasladamos aquí, a San Sebastián. Ella es donostiarra y eso tuvo mucho peso en la decisión, pero también influyeron otros factores relacionados con lo profesional”, indica.

“La crisis económica que empezó entonces desempeñó su papel, sin duda, aunque lo que más influyó en ese cambio fueron las expectativas laborales y de formación”, reconoce. “Yo siempre había tenido claro que quería hacer un doctorado y dedicarme a la investigación, y en Londres vivía una situación paradójica: trabajaba en la universidad, en un laboratorio de investigación… pero no tenía el doctorado ni veía el modo de hacerlo. Eso era una limitante para mí”, comenta Álvaro, que empezó a buscar nuevos horizontes.

Y en esa búsqueda, se perfiló Donosti. “Me concedieron una beca para hacer aquí el doctorado”. En su tesis, Álvaro exploró las “técnicas de planificación y registro de la cirugía robótica guiada por imagen” -operaciones quirúrgicas asistidas por robots-, algo que puede sonar a ciencia ficción, pero que está muy presente en las tendencias científicas y la investigación actual. “La cirugía asistida por robótica médica es real. Existe un interés creciente en dotar de inteligencia a las máquinas”, señala Álvaro, y en este punto es casi imposible no acordarse de las obras de Isaac Asimov.

“No se trata de reemplazar al cirujano en ningún caso, ni de que un robot pueda operar por sí solo, sino de ser capaces de brindarle a los cirujanos una herramienta más precisa, más refinada y más segura que les ayude en su trabajo”, aclara. Y lo dice desde el conocimiento práctico, no solo teórico, ya que, tras acabar su tesis, Álvaro comenzó a explorar activamente este campo. En la actualidad, es investigador senior del centro tecnológico Vicomtech-IK4, donde se dedica a desarrollar estas sofisticadas herramientas de aplicación médica.

“Es interesante señalar que los avances no son homogéneos. El estado de desarrollo es desigual y varía según la disciplina quirúrgica. Por ejemplo, uno de los robots más conocidos es el da Vinci, muy poco invasivo, diseñado para la cirugía urológica. En este nicho, la robótica ha tenido mucho éxito. En otros, está en etapas más tempranas. Lo importante es que en todas se avanza. Y, de hecho, esa es la faceta que más me gusta de mi trabajo: poder trabajar con las nuevas tecnologías, estar siempre en la frontera de lo que es y lo que vendrá”, dice.

Las bondades de esta tierra

Desde su punto de vista, “el País Vasco tiene una muy buena infraestructura de investigación. Se le da importancia y, además, hay salida laboral para los investigadores. En Chile, por ejemplo, es muy difícil que un doctor trabaje fuera del ámbito universitario. Aquí, no. Hay empresas y centros tecnológicos competitivos que apuestan por la innovación”, compara.

Pero Euskadi no es solo trabajo. También hay otras muchas cualidades que le han animado a quedarse. “Donosti es una ciudad estupenda para vivir, sobre todo si tienes niños. Mi mujer y yo estamos en ese momento ahora mismo, tenemos tres hijos, y la verdad es que aquí siempre hay planes para disfrutar con los peques: parques, playa… El paisaje es maravilloso y lo cierto es que me siento muy a gusto”, describe Álvaro, y deja para el final una pequeña revelación: conocía las bondades de esta zona mucho antes de venir aquí.

“Hace mucho tiempo, mis padres vinieron a Pamplona. Estaban recién casados, así que fue hace cuarenta años, más o menos. Vivieron una temporada allí. De hecho, mis dos hermanas mayores nacieron en Navarra. Luego regresaron a Chile, donde nacimos los demás. El caso es que ellos le tienen un cariño muy grande a estas tierras… y que nosotros crecimos con sus relatos. Como te podrás imaginar, están muy contentos de que viva aquí. ¡Y cada vez que vienen de visita lo hacen encantados!”

2015 América del Sur Ellos

382 | Óscar

Todas las experiencias nos modifican en algún grado, pero algunas lo hacen de manera drástica e irreversible. Ser joven y tener un accidente de coche, sufrir una lesión medular, sobrevivir al impacto y despertar con una parálisis permanente es una de esas situaciones que marcan un antes y un después en la vida de cualquier persona. Fue la que marcó hace años el inicio de la “segunda vida” de Óscar Águila Rojas, un joven estudiante y pianista chileno que tenía una prometedora carrera por delante y que debió aprender a convivir con los cambios, reinventarse y volver a empezar.

Hijo de una pareja de músicos de jazz, Óscar estudió piano desde que era un niño. “Empecé a los cinco años y recibí una formación académica bastante potente”, señala antes de explicar que parte de esa educación tuvo lugar en Europa. Mientras aprendía vivió en países como Francia o Alemania, aunque en su juventud regresó a Chile. Allí compaginaba la pasión por la música con su formación universitaria en un área completamente distinta: la Ingeniería. “Pero no me disgustaba -apunta-. Escogí la Ingeniería en Acuicultura porque me interesaban mucho los peces. Era un hobbie para mí”.

Tenía un pasatiempo curioso, una banda de música y veinte años de edad cuando sufrió el accidente de coche. “Estábamos de gira con la banda, íbamos de una ciudad a otra cuando eso pasó. Tuve una lesión medular severa a la altura del cuello que me dejó secuelas neurológicas y una parálisis irreversible -dice-. A partir de ahí, todo cambió. Uno tiene que plantearse partir desde cero, empezar otra vez… y asumir que algunas cosas, como el piano, ya nunca van a volver”. ¿Cómo se consigue algo así? En su caso, con el apoyo de sus afectos y una gran fuerza de voluntad.

“Yo pude salir adelante gracias a mi familia y mis amigos, que me ayudaron a recomponer mi estado anímico y a encarar todo el proceso de rehabilitación. Ten en cuenta que en Chile todo es privado. No existe la rehabilitación pública para adultos, ni siquiera hay transporte adaptado para viajar en silla de ruedas. La sanidad pública es de mala calidad y la de pago es carísima. Mi familia quedó en la ruina para sacarme adelante porque allí pagas hasta para respirar. No es un país para una persona con discapacidad”, describe, crítico.

Y, sin embargo, la situación que en principio actuó como un freno fue también el motor para plantearse hacer cosas nuevas, interesantes y constructivas. En la música, cambió de instrumento. “Después de varios años de rehabilitación, uno de mis maestros me alentó para que cogiera el trombón, un instrumento que no requiere digitación y que, por tanto, podía tocar”, explica, y apostilla que “fue un acierto”, ya que nunca lo volvió a soltar. Pero, además, en el plano académico, Óscar cambió de carrera.

Momento de cambio

“Dejé la Ingeniería. Siempre me habían interesado las humanidades, la filosofía y las ramas afines, y tomé la decisión de estudiar Psicología después del accidente. Recuerdo que acudí a una psicóloga para procesar lo que me había pasado, y allí mismo, en la primera consulta, me di cuenta de que ella no podía entenderme. No podía comprender lo que significa una discapacidad, por mucho que intentara ponerse en mi lugar”, relata Óscar. “Eso me motivó a hacer la carrera”. Y la carrera -o su experiencia como estudiante, mejor dicho-, le motivó a continuar con la investigación.

“Es muy duro ser un estudiante con discapacidad en la universidad chilena. No hay apoyo, ni inclusión ni nada. Cuando hice la carrera, éramos dos personas con discapacidad en una población de once mil estudiantes. Es una proporción ínfima que se explica por el mal diseño del sistema educativo chileno y por la situación de pobreza que normalmente envuelve a la gente con discapacidad. Hasta la reciente reforma que hizo el Gobierno, el sistema educativo de mi país era el más desigual y el más caro del mundo”.

Óscar sabe de lo que habla y no solo por su experiencia personal. En este momento, trabaja como investigador en la Universidad de Deusto y ha centrado sus estudios de doctorado en la inclusión de los estudiantes con discapacidad en la educación superior. “Llegué a Bilbao hace siete años y estoy encantado. Por un lado, la universidad me ha permitido profundizar en mi área de investigación. Por otro, Bilbao es una ciudad espectacular para vivir en ella, especialmente si tienes una discapacidad como la mía. He vivido en otros países y no hay punto de comparación. Ni siquiera con Reino Unido, que presume de tener la mejor Sanidad del mundo. El sistema sanitario inglés no tiene nada que hacer en comparación con el vasco. Los estándares de calidad aquí son muy altos”.

2015 América del Sur Ellos

351 | Colette

Mucha gente, cuando migra, siente que queda en tierra de nadie. Da igual lo que sugieran sus ‘papeles’ o los datos de la documentación. Da igual que se haya expedido un permiso de trabajo, que se obtenga la nacionalidad del país de acogida o se conserve el pasaporte del país de nacimiento. El sentimiento no siempre puede demarcarse con la tinta de los sellos y las firmas. La pertenencia, las raíces y la identidad se quedan de algún modo divididas; repartidas entre el lugar que se dejó y el de destino, enganchadas en una suerte de ‘no lugar’, como diría el antropólogo Marc Augé. En una especie de limbo.

Encontrarse a la deriva, entre dos aguas, es una sensación bastante habitual en los procesos migratorios, pero no la única. A Colette Hugo, por ejemplo, le pasa justamente lo contrario: la indefinición está en los papeles, en los sellos, en las firmas, pero no en sus sentimientos. Esos sí que los tiene claros: Colette se siente de aquí, pese a haber nacido en otra tierra. “Nací en Chile y vine a Euskadi cuando tenía diez años, con mi madre y mi hermana -cuenta-. Llegué en marzo de 2003, y nunca regresé allí. Para mí no hay duda: yo soy de Bilbao. Es aquí donde me he construido como ciudadana, como persona. Si me fuera a Chile, sería solo una turista”.

La posibilidad de volver no había estado en sus pensamientos hasta hace poco, cuando fue a renovar su permiso de residencia y se dio de bruces con una situación inesperada. “Me lo denegaron. Como ya tengo 21 años, me dijeron que debía acreditar medios propios de subsistencia. Con el sueldo de mi ama no bastaba, porque no llega a la cuantía mínima establecida para una familia con dos hijos. Yo, en ese momento, trabajaba los fines de semana en una pizzería, como camarera. Cotizaba a la Seguridad Social, pero no ganaba mucho. No era suficiente a ojos del sistema”, resume, aunque esto fue solo el principio, la punta del iceberg.

“Al no tener un documento de residencia, no pude pedir una beca universitaria. Y, hasta entonces, yo había podido estudiar gracias a eso y a una reducción en la matrícula que tenía concedida por excelencia académica”. Colette, que está en el último año de la carrera, tiene más de 8,5 de nota media. “Mi familia es la típica familia de hoy en día, una familia golpeada por la crisis, que vive al día. Para entendernos: si se estropea la nevera o la lavadora, se desajusta el presupuesto del mes entero. Si no fuera por la beca, no podría estudiar”, detalla, y se le quiebra la voz.

Las soluciones no son sencillas. “Para renovar mi permiso de trabajo me exigen presentar una oferta de contrato laboral de un año como mínimo, hacer un trámite y que el hipotético empleador espere tres meses a que llegue la autorización para poder contratarme. Si te parece difícil, súmale que estamos en crisis. No te echan, pero te invitan a irte. Y, ojo, que yo me busco la vida. Hago voluntariado, limpio casas. Hago lo mismo que muchos jóvenes que tienen que ayudar en casa. Pero eso, como no se refleja en ningún lado, te limita, te coarta como ciudadano”.

Barreras y soluciones

Las barreras le duelen especialmente porque es una persona con un gran compromiso social. “Me muevo mucho en ese ámbito, estoy concienciada de lo que pasa a mi alrededor, soy una ciudadana muy activa… Y, de pronto, veo recortados mis derechos, como le ocurre a tantos otros jóvenes, que por culpa de esta crisis ya no pueden estudiar. Esto va más allá de ser inmigrante o no serlo, si bien me consta que hay otras personas como yo, que nos hemos criado aquí y que nos sentimos de aquí, pero que vemos de repente cómo nos invitan a irnos”.

La situación de Colette no ha pasado desapercibida en la universidad, donde muchos estudiantes se sintieron tocados por su causa. “La gente sintió que era una injusticia social. Hubo una gran empatía, hicieron collares y pulseras para vender, sortearon una cesta, tocaron música… Incluso el sindicato de estudiantes buscó la manera de ayudarme. Entre todos reunieron el dinero de mi matrícula para que pueda acabar la carrera”, dice, claramente conmovida.

“Si estoy estudiando hoy -prosigue- es por la buena voluntad de las personas. He encontrado una calidad humana indescriptible, mucha empatía y apoyo real. Mi título pertenecerá a un montón de gente anónima que se ha preocupado por inventar soluciones. Gente noble y buena que, pese a todo, me hace decir ‘amo a la humanidad’”.

“Además… lo que pase conmigo es anecdótico. Somos todos jóvenes y tenemos derecho a estudiar. Por eso es importante contar esto, para que no le ocurra a nadie más. Yo no pido dinero, sino un poco de dignidad, Pido que las instituciones, sobre todo las públicas, revisen los casos de las personas más vulnerables, sean de donde sean. No hay personas ilegales. En un mundo global, lo ilegal es que las personas no tengan dignidad. Las instituciones no se pueden quedar impávidas”.

2014 América del Sur Ellas

299 | Sergio

A partir de esta semana, en Vitoria, el colectivo Bachué celebrará varias actividades relacionadas con la defensa de los derechos humanos en Iberoamérica. Este miércoles, Walter Agredo -de la Fundación CSPP de Bogotá- impartirá una charla documental sobre las acciones que se están llevando a cabo en Colombia. El coloquio tendrá lugar en el Seminario 3M de Magisterio, de la UPV, y forma parte de una reflexión más amplia, que abarca también a otros países latinoamericanos, a los desafíos actuales y a las consecuencias de las dictaduras, incluso las más sutiles, que bien conoce Sergio Cortés Torres.

«Soy un hijo anónimo de la dictadura -dice-. Nací en 1969, en Chile, apenas cuatro años antes del golpe de Estado. Mis padres tenían afinidad por Salvador Allende y eso les ocasionó problemas… No fueron graves, pero fueron problemas, y yo viví toda mi niñez y adolescencia bajo el yugo de la dictadura militar. No sufrí torturas, pero padecí los ‘tentáculos’, las consecuencias que tiene un gobierno de facto. Quizá lo más doloroso fue que no pude estudiar. No había becas, ni ayuda de ningún tipo. El acceso a la universidad era clasista. La educación no estaba al alcance de todos», lamenta.

Sergio no tenía recursos, pero sí determinación, firmes convicciones y sueños. «Mi familia es gente de campo. Mi abuelo fue el primero en emigrar a la ciudad y yo nací en Quilpué, una ciudad pequeñita, de interior, muy próxima a Valparaíso y Viña del Mar. Crecí allí y terminé el Bachillerato sabiendo que con ello no iba a conseguir nada porque no era suficiente. Como mucho, podría ser peón u operario, pero yo tenía otras aspiraciones. Quería estudiar. Y me negaba a creer que esa realidad, esa barrera a la educación era la única situación posible, lo único que había en el mundo. ‘Fuera tiene que ser diferente’, pensaba».

Hizo su vida, como todos. Trabajó en lo que pudo. Se casó joven y formó una familia. Pero ese pensamiento siempre estaba presente. «Tendrá que ser diferente; tendrá que ser…». La idea permanecía, aunque los años pasaran. Hasta que un día tomó la decisión de pasar de las ideas a los hechos. Con 38 años a cuestas, Sergio sintió que era el momento de salir al mundo para ver qué le ofrecía. Y lo primero que encontró fue la aciaga experiencia de «estar en Europa sin papeles».

«La primera ciudad a la que llegué fue Barcelona, y de allí me trasladé a Vitoria, hace cinco años. Ahora tengo mi documentación en regla, han venido mi mujer y mis hijos, y hemos tenido aquí a Maider. Sufrimos la crisis como muchas familias, pero lo esencial está en orden y, en lo personal, estoy contento. Antes no. Al principio fue muy duro. Además de estar solo, vi de cerca la economía sumergida, la precariedad, lo difícil que resulta salir adelante», recuerda.

Consolidar el sueño

Si bien la situación económica no es la mejor -«en casa, solo mi mujer tiene trabajo y hace un esfuerzo muy grande», reconoce-, Sergio destaca que aquí ha podido empezar a consolidar aquel sueño largamente acariciado: «¡Estoy estudiando! -dice con entusiasmo- Me he apuntado al curso de Integración Social en el Instituto Francisco de Vitoria y estoy muy contento con ello. Esta tierra me ha brindado la posibilidad de aprender, de formarme y crecer… y no sólo en el aspecto académico».

Sergio valora que aquí ha conseguido «cambiar el chip» en materia de género, en el plano personal. «Yo vengo de un país y de una generación bastante machistas. Moverte de sitio y darte cuenta de que es tu mujer quien te mantiene, y que eres tú quien debe ir a buscar a los hijos al colegio, cambiar pañales u ocuparte de la casa te hace plantearte muchas cosas. En cierto modo, es como nacer de nuevo. Por supuesto, me costó, porque choca con todo lo que traía aprendido. Pero, mira, me apunté a un taller sobre las nuevas masculinidades y ha sido realmente genial».

Genial y «positivo», como muchas de las cosas que le han cautivado de Euskadi. «Las personas son previsoras, hay orden, y cuidan mucho la tradición y la cultura. La ciudad es muy bonita, hay mucho por conocer en los alrededores, y el vino tiene la misma calidad que en Chile -compara-. Tal vez una de las cosas más complicadas para mí fue adaptarme a vivir en altura, «en un edificio, quiero decir». Pero hasta eso tiene aspectos prácticos… «No tienes que barrer ningún patio trasero ni pelearte con la manguera para regar el jardín», dice con una sonrisa.

2013 América del Sur Ellos

273 | Valentina

Mientras llenaba su mochila de viaje, pensaba en cómo sería el siguiente mes fuera de Chile. En sus planes solo cabían 30 días de este lado del Atlántico, así como en su mochila solo cabía lo imprescindible. Valentina venía a “resolver una situación amorosa” y, para cumplir con ese objetivo, un mes era más que suficiente. Lo que no imaginó -ni intuyó- fue el desenlace de su proyecto. Mucho menos que, varios años después, lo compartiría con un periodista.

“Cuando vivía en Santiago de Chile, estaba en pareja con un chico de Madrid. En un momento, él decidió volver a su tierra y yo no quise marcharme. Seguimos un tiempo así, a la distancia, hasta que yo decidí coger esa mochila y venir. Llegué tarde”, resume. El ‘plazo de reconstrucción’ había expirado y todo apuntaba al aeropuerto, a un retorno al otro lado de Los Andes. Sin embargo, no se marchó. Contra toda lógica, pronósticos y planes, Valentina decidió quedarse.

“Me fui a Donosti a pasar unos días, pues allí vivía una amiga. Y, claro, lo pasé fatal. Entre la ruptura tan reciente y que la gente me pareció muy cerrada, recuerdo aquellos días como una experiencia muy triste. Para que te hagas una idea, me fui jurando que no volvería al País Vasco”, confiesa.

Valentina apostó entonces por un cambio radical: se fue a Málaga. “Tenía un amigo en Fuengirola, lo fui a visitar y acabé quedándome en la ciudad unos cinco o seis meses. Aquello era muy distinto a Euskadi, sin duda, pero acabé harta. Me cansó el calor, la cantidad de turistas que había, la poca identidad… y entonces supe que tenía que hacer algo. Por ejemplo, volver a estudiar”. Valentina, que en su país era profesora universitaria de Bellas Artes, pensó que estaba ante una ocasión estupenda de hacer un posgrado en Europa.

“Había venido con algo de dinero que tenía ahorrado, empecé a buscar opciones, y sucedió que el doctorado que me interesaba estaba aquí, en Bilbao -comenta-. Así que yo, que había jurado no volver nunca más, me vi emprendiendo el viaje de regreso”, apostilla divertida. Otra vez, con su mochila a cuestas y dispuesta a empezar desde cero, Valentina regresó a Euskadi. “La parte positiva -destaca- es que yo ya había estado en Bilbao de vacaciones en 1999. Es decir, ya conocía la ciudad y me había gustado”.

Tras matricularse en la universidad, comenzó su etapa estudiantil en todos los planos: alquiló una habitación en un piso compartido y buscó un trabajo que le permitiera estudiar. “Trabajé en hostelería, cuidando niños, solo los fines de semana… y, aunque suene raro, eso me sirvió para dedicarme a lo mío -plantea-. En Chile, yo era profesora en la universidad y eso me insumía mucho tiempo; tanto, que no podía profundizar en la parte creativa: enseñaba, pero no creaba. Aquí, en cambio, jamás me dediqué a la enseñanza, pero sí he podido alimentar mi creatividad y crecer”, compara.

Trabajar, estudiar, vivir

De hecho, esa es una de las cosas que Valentina destaca de Euskadi: “Aquí es posible compaginar el trabajo con el estudio, hacer las dos cosas a la vez y vivir. En Chile eso es impensable, a menos que quieras reventarte trabajando todo el día y estudiando por las noches. Este sistema, más la calidad de vida que hay aquí, me parecen muy positivas. Pero, si soy sincera, lo que más me gusta el País Vasco es su gente, su identidad cultural y el modo en que la defienden y la cuidan para que permanezcan las tradiciones. Me gustan los bailes, las canciones, los juegos típicos y el idioma”, dice Valentina, que ha estudiado un par de años de euskera. “Hablo un poco como Tarzán, y a veces me da un poco de vergüenza, pero entiendo bastante y me gustaría practicar más”, dice.

De su país, Chile, no echa nada de menos. “He ido tres veces en estos años, pero no me imagino viviendo allí. Y creo que la decisión de quedarme aquí la oficialicé el día que compré el primer libro. Entonces supe que vendrían otros y que, empezaba a echar raíces sin remedio. He pasado de no querer saber nada del País Vasco a enamorarme de él, de Bilbao y su gente. También he podido comprobar la verdad de ese mito urbano, que dice que los vascos son cerrados al principio, pero cuando se abren contigo son amigos para toda la vida. Es así. La gente de aquí es leal, franca, confiada y está hecha de buena madera”.

2013 América del Sur Ellas