169 | José

José Da Silva es brasileño, tiene “más de cincuenta años y menos de cien”, y llegó al País Vasco hace quince, después de haber convivido con una chica vasca en Salvador de Bahía, su ciudad de nacimiento. Su primer destino euskaldún fue Vitoria, aunque actualmente vive en Hernani y da clases de capoeira y samba en un local de San Sebastián.

“En mi país tenía un grupo de reggae que se llamaba Bienaventurados. Tocaba la percusión, era compositor y cantante, y hacía trabajo social con los niños del barrio que estaban en la calle”, relata. “La chica que vivía conmigo lo dejó todo por ir allí, y un tiempo después yo hice lo mismo por ella. Esa es la razón por la que vine”.

José llegó al País Vasco en una época en la que “no había tantos inmigrantes como ahora” y no tenía muy claro con qué se iba a encontrar. “Pensaba que iba a ser todo muy distinto, pero cuando vine y me asenté, comprendí que la diferencia no era tanta. Aquí también hay crisis y gente pobre. El tema es que Brasil es un país muy grande y hemos vivido mucho tiempo bajo la tiranía de la derecha”, expone.

En su opinión, “el presidente Lula ha ayudado a mejorar las cosas, pero los ciudadanos también deben implicarse porque aún queda mucho por hacer”. Y, cuando habla de ciudadanos, se incluye aunque viva lejos. “Tú no puedes marcharte de un sitio y decir ‘ahora que como tres veces al día, me olvido de mi tierra y de mi gente’. Las cosas no funcionan así. A pesar de que aquí lo tengo todo, no he dejado de preocuparme por la situación en mi país. Viajo una o dos veces al año y sigo haciendo labor social para disminuir las tasas de pobreza, corrupción y criminalidad”, cuenta.

De este lado del Atlántico, José compagina su trabajo como profesor con diversas actuaciones de batucada que realiza por todo Euskadi. Su agenda es intensa, pero le deja margen suficiente para hacer vida universitaria. “Nunca es tarde para empezar una carrera”, afirma convencido, ya que por las mañanas estudia Derecho. “Mi idea es terminar los estudios y repartir el tiempo entre ambos sitios. Brasil firmó un tratado de extradición con España. Quiero conocer el funcionamiento de los aeropuertos y saber cuál es el criterio para dejar entrar o no a la gente”, adelanta.

Males sociales

Para José, “la inmigración no es un problema sino una solución, aunque muchos discursos políticos se empecinen en presentarla como algo malo. Por supuesto -matiza-, hay de todo en todo el mundo y no se puede generalizar. Hay quienes vienen a vivir del cuento o a delinquir, y también hay muchos europeos que cometen delitos aquí y se escapan a Brasil”, señala.
“En cualquier caso -prosigue-, los principales males de cualquier país poco tienen que ver con los desplazamientos de la gente. En el mío hay demasiados niños que todavía no tienen acceso a la escuela y muchos barrios marginales, como Pelourinho, donde hay favelas y la gente no se entera. Recuerdo que hace unos años, cuando intentábamos impulsar proyectos sociales allí, el Gobierno sostenía que los niños de ese lugarno existían, que no había infancia en la calle. Tuvimos que crear un grupo llamado ‘los niños invisibles’, para que los vieran”.

Más allá de las tareas pendientes y los aspectos mejorables, este bahiano intenta difundir en Euskadi las bondades de su ciudad. “Me gusta mucho el País Vasco, me interesa el intercambio cultural y puedo asegurarte que lo que hago es auténtico porque vengo de una zona de Bahía donde la cultura todavía es pura. Sólo toco los ritmos de mi calle y de mi barrio”, enfatiza. Y añade: “Hay gente que se inventa las cosas y las vende como buenas. También hay quienes pervierten el espíritu de la capoeira haciendo volteretas y tomando anabolizantes. En esto, como en todo, nunca faltan los monos de circo”.

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147 | Wendy

Wendy Hauser Dupuy nació en Foz de Iguazú (Brasil) pero creció en Flores, un pequeño pueblo de Uruguay donde gran parte de la población es de ascendencia vasca y “la gente juega mucho al frontón. Recuerdo que en la escuela, cuando la maestra pasaba lista, casi todos los apellidos de mis compañeros eran como los de aquí, pero en aquel entonces, yo no tenía ni idea del origen, claro. Lo descubrí al venir a Bilbao”, relata en una cafetería del Casco Viejo, uno de sus barrios favoritos.

Su llegada, en 2005, supuso un punto de inflexión importante. Si bien ya había viajado antes a otras partes del mundo y había vivido, incluso, un año en Estados Unidos, el motivo que la trajo hasta Euskadi fue de todo, menos placentero. “Mi padre vivía aquí desde hacía algunos años y yo vine porque sufrió un infarto -cuenta-. Me subí al avión con un equipaje improvisado y sin saber en qué condiciones lo encontraría al aterrizar”.

El susto dio paso a la calma y a una nueva contingencia que cambió el curso de las cosas: tras recuperarse de la dolencia cardíaca, el padre de Wendy fue intervenido de apendicitis. Por esa razón, ella decidió prolongar su estancia. No contaba con que, en ese tiempo, conocería a quien sería su chico.

“Confluyeron varias cuestiones -explica-. Además del estado de salud de mi padre o de que yo empezara una relación de pareja, el proyecto laboral que tenía en Uruguay se había quedado en pausa. Me iba bien con mis diseños, pero no podía vivir de ello porque todo lo que ganaba lo tenía que reinvertir”, sintetiza esta joven creadora, que vio en su viaje a Bilbao la oportunidad de iniciar un cambio.

Y lo logró, aunque lo primero que cambió fue ella misma. “Vine con mil pájaros en la cabeza, como una niña malcriada. Desde el principio sólo pensaba en trabajar en lo mío, no contemplaba otra posibilidad… pero la realidad se encargó de centrarme. Nunca dejé de diseñar prendas ni de confeccionarlas. No obstante, al principio tuve que buscarme la vida como cualquiera y compaginar distintos trabajos”, dice a modo de repaso.

En la actualidad, tiene su propia firma de ropa -Wën Häuser-y vende sus prendas en las tiendas multimarca de Euskadi donde apuestan por los jóvenes diseñadores. El año pasado, ganó el concurso de moda y tendencias del Festival Jet Lag Bio 09, y ahora se plantea crear una colección entera para chicos. Parece ser que aquellos “pájaros en la cabeza” tenían claro el rumbo del vuelo.

Tango, fútbol y montañas

Otras cosas más personales han ocurrido en estos cinco años. Una de ellas es que, al estar lejos, se ha reencontrado con su identidad cultural. “Parece raro o contradictorio, pero no lo es -dice-. Cuando vivía en Uruguay, me aburría muchísimo el tango. Mi abuela lo cantaba todo el tiempo y a mí me parecía algo pesado. Tampoco hacía mucho caso de otras expresiones típicas, ni del folclore, ni del fútbol… Ahora eso ha cambiado. No sólo he visto todos los partidos de mi país en el Mundial; si escucho un tango, me emociono. Las letras, las melodías, todo lo que significan me llegan mucho más que antes”.

Aun así, Wendy confiesa que el País Vasco la ha “enganchado”. Además de la gastronomía, cuenta que el paisaje ha conseguido enamorarla. “Uruguay es un país llano, no tiene montes como los que hay aquí. Personalmente, me siento más contenida, más protegida con esta orografía. Tiene algo que me reconforta”, señala.

Otro aspecto que la cautivó fue la arquitectura; tanto la moderna como la antigua. “Yo estudiaba los monumentos y las obras de arte de Europa en unos fascículos fotocopiados… ¿te imaginas el impacto al verlos de verdad?”, pregunta antes de agregar que Euskadi empieza a tener muy buenos locales de moda y tendencias. “Me gusta mucho el diseño alemán y siempre prefiero la creatividad a las marcas. Para mí, ir a una buena tienda de ropa y diseño es como ir a un museo. No hay nada que me guste más”.

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143 | Adriano

Cambió Florianópolis por Bilbao hace un lustro, cuando una mezcla de éxito y azar le empujó a venir aquí. La última exposición que había preparado en Brasil funcionó muy bien. Recibió el favor de la crítica y la aceptación del público, algo que se reflejó en las ventas de las obras. Adriano Ramos percibió una buena cantidad de dinero por su trabajo y, entonces, se preguntó qué hacer. «Pensé en comprar unos terrenos, pero finalmente decidí invertir en cultura; devolverlo al arte, el lugar de donde había salido. Por eso vine a Europa. Quería estudiar y ver de primera mano los orígenes de las corrientes artísticas y las nuevas tendencias».

Mientras se imaginaba ese viaje -aún sin destino definido-, un amigo le pidió un favor. «Él conocía a una persona de aquí que quería pasar una temporada en Brasil, y me pidió que le buscara un chalé para alquilar junto a la playa», explica Adriano, que acabó consiguiéndole una casa que estaba al lado de la suya. «Nos hicimos amigos y me habló mucho del País Vasco. Me gustó lo que me contaba, busqué más información en Internet y comprendí que era ideal para mí: una ciudad con todos los servicios y un toque cosmopolita, pero, al mismo tiempo, pequeña y abarcable».

Llegó a Barakaldo en agosto y enseguida experimentó el primer choque cultural: «Casi todos los comercios estaban cerrados y yo no entendía nada. En Brasil, las tiendas no cierran nunca. Claro que hace cinco años no había crisis y la gente podía irse de vacaciones. Hoy no. Han cambiado muchas cosas en este tiempo», matiza Adriano, que, si bien sigue adelante con su vocación, ha tenido que compaginar la pintura con el comercio. Desde hace un par de años, regenta una tienda de ropa en Bilbao.

«Abrí el local cuando vi que debía complementar mis ingresos por otra vía. No me disgusta dedicarme a esto. Me considero buen vendedor y tengo sangre comercial porque trabajo desde los once años. Eso sí, no hay dinero en el mundo que compense lo que siento al pintar. El arte es todo para mí», confiesa este brasileño que, con sólo 24 años, llegó a ser consejero del Museo de Arte de Santa Catarina.

Tardé 20 días en vender

Aquí, en Bilbao, no le fue mal en el terreno artístico. «Cuando llegué, comencé a recorrer galerías para enseñar mi obra y en más de un sitio se mostraron interesados. Finalmente, elegí una y llevé mis cuadros. Recuerdo que el dueño me decía que eran demasiado grandes, que no se iban a vender con facilidad… Pasaron sólo veinte días hasta que, por fin, se vendió el primero», relata.

Tiempo después, firmó un importante contrato con un constructor que le encargó noventa lienzos. «Ese trabajo me iba a garantizar una tranquilidad económica en el futuro, pero la crisis truncó el proyecto. Por esa razón invertí lo que tenía en el comercio», explica. Lógicamente, a lo largo del proceso, Adriano se planteó volver a Brasil, que ahora despega como país emergente, pero la idea duró sólo un momento. Su vida, asegura, está aquí. «Yo tomé una decisión en su momento y la mantengo. No voy a echarme atrás ahora que la situación es mala. Los vascos pueden contar conmigo para remar y salir adelante», dice convencido.

En su opinión, Bilbao es «una gran escultura que se cincela poco a poco; una ciudad con mentalidad global que promete mucho como referencia artística». Adriano no tiene dudas de que «llegará a su máximo, pues tiene mucho que ofrecer». Entretanto, él disfruta de la transformación y del trato cotidiano con la gente.

«He hecho buenos amigos aquí, jamás he sentido discriminación o xenofobia, y ahora tengo costumbres que antes no tenía. Si no tomo el café en el bar, el día no ha empezado», pone como ejemplo; y añade: «Hay que adaptarse al lugar al que uno va. Al menos, yo lo intento, porque no soy turista, sino viajero. No pienso en el regreso. La principal frontera está siempre dentro de ti».

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111 | Allan

Faltan pocos días para que se celebre el primer Campeonato de Capoeira de Vizcaya y, en medio de esa cuenta atrás, el ordenador de la Asociación Amigos de Brasil bulle de actividad. Correos electrónicos, fotos, carteles y formularios de inscripción van y vienen al otro lado de la pantalla mientras Allan Jordao, el organizador del certamen, intenta abarcarlo todo. «Estamos muy ilusionados con este proyecto. No ha sido fácil llegar hasta aquí, pero ya está todo dispuesto para la competición», dice con visible entusiasmo. Desde que se creó la asociación, la actividad deportiva ha sido el eje fundamental de su trabajo.

«La capoeira y el jiu jitsu son dos disciplinas muy importantes en Brasil y notamos que despiertan mucho interés entre los vascos. Quizá el jiu jitsu engancha más, porque es más fácil de aprender cuando eres adulto. Los movimientos de la capoeira son algo más complicados y, aunque puedes aprenderlos, llevan tiempo; el progreso es lento. Por ello la gente a veces se desanima», explica. Lento o no, el deporte es un lenguaje universal y a él apelan los miembros de esta asociación, que cuenta con profesores para aprender cada disciplina. «Alessandro enseña la capoeira, Yair da clases de jiu jitsu y Paulo Sergio se encarga del fútbol», enumera Allan, que no quiere olvidarse de nadie. «Cada asociación encuentra un modo de contar cómo es el país que representa. En nuestro caso, ha sido el deporte. Creemos que favorece la convivencia entre quienes lo practican y, también, la integración social y cultural con Brasil».

Pero, de todas las disciplinas, probablemente sea la capoeira la que despierta más curiosidad. Mezcla de arte marcial, historia, música y danza, en cuanto empiezan a sonar los acordes del atabaque y el pandeiro (dos instrumentos de percusión) y, por supuesto, del birimbau (el instrumento de cuerda típico), nadie queda indiferente: ni quienes practican la disciplina, ni quienes admiran desde fuera la flexibilidad y el ritmo de los atletas.

De ahí que la asociación de Allan haya decidido organizar este campeonato. «Ya hemos inscrito a un centenar de personas y esperamos que acudan más, porque la participación es gratuita y libre». Igual que la entrada del público, que está abierta a todo el mundo y no tiene coste alguno. «El que quiera disfrutar del espectáculo sólo tiene que acercarse al Instituto Municipal del Deporte de Barakaldo. Será el 4 de octubre, a partir de la una de la tarde», invita.

El proyecto social

No es la única invitación que hace Allan. «Me gustaría que participaran todas las personas que practican la capoeira, más allá de lo avanzadas que estén en su técnica. El torneo no es para grupos cerrados, sino para todos los que disfrutan de esta actividad», dice el organizador, y añade que el correo de contacto es asociacionamigosdobrasil@hotmail.com.

Para él, además del deporte en sí, de la jornada en Barakaldo, del título y del premio (una motocicleta), lo más importante es «el proyecto social, cultural y espiritual» que sostiene el certamen. «La capoeira nos ayuda a difundir nuestras costumbres», dice. O, al menos, una parte importante de ellas. En cualquier caso, «siempre llama la atención y consigue que la gente se haga preguntas. Y lo interesante es que, en las respuestas, siempre hay más que cuestiones técnicas».

Esto ocurre porque el arte marcial más antiguo de Brasil encuentra sus raíces en la época de la conquista portuguesa, en un marco de esclavitud, supervivencia y lucha por la igualdad. La capoeira siempre fue, ante todo, «una manera de transmitir conocimiento». Hoy en día, «es una actividad muy inclusiva; tanto que hasta los discapacitados pueden practicarla» ¿Cómo? «Con los instrumentos, pues sin música no existe», mantiene.

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