376 | Marcelo

Marcelo Ferrufino pertenece a una familia de joyeros, aunque el tiempo que se dedicó a este oficio fue más por tradición que por gusto. La delicadeza de la orfebrería no es lo suyo, reconoce, al tiempo que celebra los trabajos más activos, los más físicos. “Yo podría haberme dedicado a la joyería y estar ahora mismo detrás de una mesa, trabajando con tranquilidad. Y viviría bien, como otros miembros de mi familia, pero no hubiera sido feliz. Por eso, desde muy joven me he buscado la vida en otros espacios, desde el comercio hasta la construcción. Soy un obrero más, como tantos en el mundo, que va haciendo pequeños cambios para progresar”.

La dinámica de buscar oportunidades y de “trabajar en lo que había” comenzó pronto para él, que fue padre muy joven en Bolivia. Además de salir adelante por sí mismo, tenía una familia en la que pensar. “Mi mujer y yo teníamos un niño y mucha energía, pero la situación de mi país, hace diez años, no era como la de ahora. Hoy tienes crecimiento, actividad, construcción, unos servicios sociales que mejoran. Antes no era así. No había tanto movimiento”, compara.

Ante ese panorama, apostaron por un cambio radical: “Mi mujer decidió emigrar. Eligió Euskadi porque tenía una amiga aquí. En aquel momento había más oportunidades de empleo para las mujeres que para los hombres. Se ofrecía, sobre todo, trabajo doméstico, así que ella tomó la iniciativa. Viajó a Getxo, donde empezó a trabajar como interna. Es una actividad muy dura, pero te soluciona el tema de la vivienda cuando no conoces a nadie y te permite ahorrar. Esto es muy importante porque, cuando emigras, siempre vienes con dinero que no es tuyo. Tienes que devolver lo que te han prestado y, al mismo tiempo, ayudar económicamente a los tuyos”.

Como sucede en la mayoría de los casos, Marcelo se quedó en Bolivia a cargo de su hijo, mientras su esposa daba el primer paso fuera del país. “Las mujeres abren camino”, dice, poniendo el valor la decisión de su esposa. “Al principio, iba a venir solo ella, reunir dinero y volver. Pero, al cabo de un año, decidí venir yo también. Y nos pasó como a muchos, que hacen un plan migratorio de poco tiempo, dos o tres años, pero luego descubren que las cosas no funcionan así. Empecé a trabajar, tuvimos dos niños aquí… Y aunque sigas pensando en volver, ya no es tan fácil. Tus hijos han nacido y crecido en Euskadi, son felices, este es su mundo… No puedes ir contra ellos”, expone.

Pero no solo son los hijos quienes marcan las decisiones. También es el crecimiento personal. Aunque Marcelo piensa con frecuencia en su tierra y en su madre, reconoce que el cambio de país le ha permitido crecer como persona, reflexionar sobre cuestiones que antes no advertía y aprender nuevas habilidades, que está deseoso de poner en práctica donde más se pueden necesitar. No se refiere a su trabajo -es jardinero desde hace años-, sino a las actividades sociales que desarrolla en su tiempo libre.

Más que folclore

“Formo parte de una asociación de bolivianos que se preocupa por impulsar cosas nuevas. Por supuesto, promovemos muchas actividades culturales, ya que eso es muy importante y forma parte de la identidad. Pero Bolivia es mucho más que folclore. La danza está muy bien, siempre y cuando se atiendan otras necesidades. Nosotros también abordamos problemas serios de nuestro colectivo, aspectos que afectan a lo laboral y lo familiar”.

“Hombres y mujeres hemos hecho varios talleres para abordar el asunto del maltrato, de la violencia machista. Esto es algo muy importante y muy necesario, del mismo modo que es clave aprender a organizar una celebración o un acto cultural de la mejor manera. Yo no tenía ni idea de cómo se lleva adelante un evento cultural, y eso que nací en Oruro, la capital del folclore de Bolivia -reconoce-. Siempre pienso que estas cosas serían de gran utilidad en mi país y fantaseo con trasladar lo que he aprendido porque allí hay iniciativas, pero son pocas y se pueden mejorar”.

De los diez años que lleva viviendo en Vizcaya, Marcelo destaca que aquí ha podido desarrollar su proyecto familiar y laboral. “Soy inquieto. En Bolivia cambiaba mucho de actividad, de empleo; buscaba siempre progresar un poquito más, hacer algo nuevo, aprender. Aquí el marcado laboral es diferente y aprendí a mantenerme en un mismo empleo durante muchos años”, dice, y apunta que en esta década no solo él ha cambiado.

“En mi país las cosas van mejor. Ahora hay gente de aquí que migra para allí, desde parejas mixtas hasta profesionales, jugadores de fútbol o gente de la construcción. Y también van hosteleros. Hace tres años estuve allí de visita, para celebrar el 65 cumpleaños de mi madre, y me sorprendió encontrar en Cochabamba un bar español, con tortilla de patatas. Eso, antes, no existía”.

2015 América del Sur Ellos

361 | Melvy

“Cuando era pequeñita, iba siempre con mi abuela. Éramos de las primeras en llegar. Nos levantábamos temprano y buscábamos juntas un buen lugar entre las gradas. Entonces esperábamos a que llegaran mis padres y el resto de la familia. Para mí, era un momento muy especial. Era un día largo, porque los bailes duraban unas veinte horas en total, y yo lo vivía como algo mágico, lleno de color, alegría, música y emoción. Empecé a disfrutarlo siendo niña. Y ahora, que han pasado los años, sigo esperándolo con la misma ilusión. Este es un mes maravilloso en mi tierra. En Bolivia, febrero significa carnaval”.

Las palabras pertenecen a Melvy Núñez, una joven boliviana que reside en Bilbao desde hace años y que, a pesar de la distancia y el tiempo que lleva en Euskadi, mantiene vivos los lazos con Oruro, su ciudad. “Yo llegué al País Vasco cuando tenía quince años -explica-. Mi padre vino a hacer un doctorado y nos trajo a mi madre, a mis hermanas y a mí. Quería que estudiáramos aquí. Terminé el bachillerato, luego hice una FP de diagnóstico de laboratorio clínico y, después, me metí en Farmacia, aunque lo dejé. Cambié radicalmente de área. Me apunté en Turismo y este año ya termino la carrera”, sintetiza.

Durante los trece años que lleva aquí, Melvy ha viajado varias veces a Bolivia. Casi siempre escoge febrero, para no perderse el carnaval. En ocasiones, lo disfruta “desde el graderío”, como cuando iba con su abuela, pero otras veces lo vive a pie de calle, como en 2009, cuando se dio el gusto de bailar por primera vez al compás de otras treinta mil personas. “La sensación es indescriptible. Los preparativos, los trajes bordados a mano, ir a la peluquería en la víspera, a las tres de la mañana, bailar durante cinco horas seguidas, homenajear a la virgen… Cuando lo intento explicar, me quedo sin palabras suficientes”.

Algo parecido le sucede cuando quiere explicar la tristeza que siente cuando no puede asistir. “Más de una vez he visto la retransmisión por internet y muchas veces he llorado delante del ordenador, con pena de no estar allí. El carnaval, además de ser una fiesta y una celebración popular, tiene raíces religiosas. Se honra a la Virgen del Socavón, de la que soy muy devota. Cuando voy, me siento agradecida por poder estar allí. Cuando no, siento tristeza”, describe, consciente de que “no siempre se entiende el sentimiento”. La experiencia, en su faceta más religiosa, podría compararse a los pasos de Semana Santa que se realizan aquí.

Se trata, en todo caso, de una actividad y un sentir colectivos que insumen mucho tiempo, energía y dedicación. El carnaval de Oruro está reconocido por la UNESCO como una Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. “Se trata de una de las manifestaciones más grandes de arte popular y cultura andina”, apunta Melvy, que se ha propuesto seriamente dar a conocer la riqueza cultural de su país. Y no está sola en ese empeño.

Carnaval, también en Euskadi

A partir de hoy se aproximan días de mucha actividad y trabajo para la colectividad boliviana de Euskadi. Durante esta semana y la siguiente, diversos grupos y asociaciones celebrarán el carnaval aquí. “Obviamente, no es lo mismo. No es posible reproducir una celebración con esa magnitud, pero intentaremos hacerlo del modo más parecido y fiel al original”, señala Melvy. Tanto ella, como decenas de compañeros suyos de Fedebol (la Federación de Bolivianos en el País Vasco), ensayan desde noviembre, todas las semanas.

“El próximo viernes elegiremos a la reina del carnaval. Puede decirse que ese es el punto de partida de esta fiesta. Después, el sábado 14 nos presentaremos en Barakaldo, a las seis de la tarde. Y el sábado 21, en Zorrotza”, enumera. Entre tanto, ultiman todos los detalles de coreografía y vestuario. “Muchos trajes los traemos de allí. Son artesanales, y su confección es muy laboriosa. Cada año, los distintos grupos escogen un tema, como el cóndor, las hormigas o la virgencita, que se lleva a la vestimenta. Los temas siempre proceden de los mitos, las leyendas y la religión”, explica.

Y es que el carnaval boliviano, más allá de su carácter festivo, tiene un marcado componente histórico, ancestral y cultural. “Para nosotros, como colectivo, es importantísimo dar a conocer este trocito tan singular de nuestro país. Nos parece fundamental compartir con los demás, sean vascos o de otras partes del mundo, una de las actividades colectivas más creativas de nuestra tierra. Si alguien tiene la oportunidad de ir a Oruro, que vaya. Cada vez hay más visitantes de fuera, de Asia y Europa, que se acercan… y no son pocos los que repiten y se animan a bailar”.

2015 América del Sur Ellas

353 | Isadora

La maternidad marcó un antes y un después en la vida de Isadora Leiva, y la colocó en una situación límite cuando tomó la decisión de emigrar. Ocurrió hace siete años, el día de Navidad. Sus hijos, que eran pequeños, se quedaron en Bolivia, pero no se quedaron atrás. Para ella son una meta. Cada una de sus decisiones está llena de proyectos y futuro, apuntala el próximo reencuentro, el próximo abrazo y la posibilidad de vivir más cerca, sin un océano marcando las distancias.

“Hay circunstancias muy adversas que te obligan a hacer algo tan difícil como marcharte lejos de tus hijos, de lo que más quieres, para poder proporcionarles bienestar. Mi situación en La Paz era muy mala. No vivía, padecía. Y llegó un punto en el que no pude más. Tanto me estaba ahorcando la soga que tomé la determinación más dura de mi vida: venir aquí a trabajar. Es el sacrificio más grande que he hecho como madre: alejarme físicamente de ellos, privarme y privarlos del abrazo cotidiano para darles un futuro con posibilidades, para darles un presente mejor”. El tono de su voz refrenda cada palabra.

Viajó, como muchos, con un horizonte migratorio de dos años. Y también como muchos descubrió que materializar ciertos sueños no es tan fácil como se imagina, ni se consigue tan rápido. “Por suerte -comenta-, llegué en una época en la que había trabajo. Hice de todo, desde cuidar niños y acompañar ancianos, hasta tareas de albañilería. Empecé llevándoles la comida a los albañiles y terminé pintando, lijando y empapelando paredes con ellos”, recuerda. Su oficio -es modista- le fue siempre muy útil, “pero más ahora, porque con la crisis no se compra tanta ropa nueva”.

Ya fuera con hilos, con brochas, con pañales o con la plancha, consiguió abrirse paso lejos de casa y sola. “Aguantas cosas de todo tipo y a medida que pasa el tiempo te vas haciendo más fuerte. Y si eres madre… ni te digo. Trabajas más horas, soportas cualquier carga, porque lo único que quieres es que no les falte nada a tus pequeños. Solo piensas en sacarlos adelante. A las mujeres que emigramos así nos hace fuertes la ausencia de nuestros hijos”.

Habla en plural porque su caso no es el único y porque, en todo este tiempo, ha tenido la oportunidad de conocer de cerca muchas otras situaciones complicadas e historias de superación. “Hace dos años, en mayo, nos reunimos un grupo de mujeres bolivianas para celebrar el día de la madre. Algunas tenían a sus hijos aquí, otras los teníamos lejos, pero fue muy bueno poder reunirnos y celebrar esa parte tan importante de la vida”, relata. También explica que esa reunión informal fue la génesis de lo que hoy es una asociación muy activa y con perspectiva de género.

Red de madres

“Cuando nos reunimos aquella vez y empezamos a hablar, nos dimos cuenta de que todas teníamos carencias similares. Nos faltaba, por ejemplo, un consulado más cercano, que nos evitara tener que ir a Madrid para hacer cualquier trámite. Entre todas, juntamos firmas, hicimos una petición y conseguimos que se abriera una delegación consular aquí”, dice a modo de ejemplo. Pero la Red de Madres y Mujeres Bolivianas en Bilbao no es solo un grupo reivindicativo. También se ocupa de la contención y el empoderamiento de sus integrantes, y hace trabajo social.

“Somos treinta mujeres, y la mayoría procedemos del altiplano, de ciudades como La Paz, Cochabamba y Oruro. Hay personas con oficios y con profesiones, de modo que nos ayudamos las unas a las otras. Tenemos una profesora de educación física, una psicóloga, hay secretarias, están quienes disfrutan con la repostería, yo soy modista… Trabajamos mucho la autoestima, la solidaridad e intentamos ayudar a quienes lo pasan peor que nosotras. Todas venimos de entornos humildes y conocemos historias durísimas, muy tristes. Hay niños que no comen en todo el día, hasta que regresan sus madres de trabajar, por la noche. El gran proyecto que tenemos entre manos es colaborar con pueblitos pequeños y muy pobres de nuestro país para cambiar esas situaciones”.

En paralelo, afrontan en grupo las adversidades y esas circunstancias tan peculiares como la maternidad a distancia, un gran reto que no siempre se entiende desde fuera. “Nos juzgan todo el tiempo, en todas partes, ya sea en Bolivia o en Bilbao. La gente casi nunca se pregunta ni sabe qué cosas has pasado para llegar al punto en el que estás. Eso duele, por supuesto, pero aprendes a enfrentarlo. Emigrar te hace fuerte, te da poder y libertad, especialmente si eres mujer y antes vivías en un entorno machista. Yo renové mi pensamiento aquí, descubrí que podía salir adelante por mí misma, sin pedir ayudas, y que podía impulsar a mis hijos. Nunca he dejado de estar encima de ellos, siempre les hablo claro y no les prometo lo que no puedo cumplir. Algún día volveré y montaré un negocio. Y estaré para acompañarlos en otra etapa de la vida”.

2014 América del Sur Ellas

347 | Marina

Hay una oficina en el Casco Viejo que, por estos días, bulle de actividad. Dentro de un par de semanas se celebrará el octavo Festival ‘Gentes del Mundo’ en Bilbao, y los responsables de la iniciativa ultiman todos los detalles. El festival durará solo dos días -el 18 y 19 de octubre-, pero su preparación se mide en meses de trabajo. “Cuando preparas algo tan grande, que congrega a tantas personas, tienes una gran responsabilidad. Estas jornadas son muy importantes para nosotros y queremos que todo salga perfecto”, comenta Marina Loza.

Marina es la secretaria de la Federación Gentes del Mundo, una organización formada por casi cuarenta asociaciones interculturales de Euskadi. “Somos muchos y muy diversos; desde Chile hasta Moldavia, Libia, Marruecos o Filipinas”, enumera a modo de ejemplo. Desde que se creó, hace un par de años, el colectivo asumió la organización del festival y de otras iniciativas, como un stand de Sabores del Mundo en la feria de Expovacaciones, en el BEC. “En todos los casos, el objetivo es poner en relieve la riqueza de la diversidad, crear espacios de encuentro y reivindicar que es necesario mejorar nuestra sociedad”.

Tanto ella como quienes integran la federación son conscientes del escepticismo y las críticas que despiertan estas iniciativas, a las que muchas veces se ha tildado de folclóricas. Por eso, Marina recuerda que “la base es mucho más solida y compleja. Por supuesto que le damos importancia a la cultura, a la música o la gastronomía, ya que forma parte de nuestra identidad y es una forma estupenda de estrechar lazos. Pero ni el festival ni nosotros nos agotamos en ese aspecto. Los inmigrantes, más o menos visibles, más o menos empoderados, formamos parte de esta sociedad; somos ciudadanos, construimos. Tenemos mucho para aportar”.

“Somos críticos -dice-, empezando por nosotros mismos. Nos parece que la integración no puede ser pasiva o dependiente, sino que está en nuestra mano forjar nuestra inclusión. Para eso hace falta hablar, pensar, intercambiar experiencias y, sobre todo, crear espacios donde eso pueda ocurrir. Ese es el objetivo de estas iniciativas. Sí habrá música y bailes y comida típica, pero también talleres que nos permitan conocernos mejor y echar por tierra los estereotipos que tanto dificultan las relaciones”.

Tiempo de reflexionar

Marina explica estos objetivos como secretaria de la federación, pero es su condición de extranjera la que le hace subrayar su importancia. Tras marcharse de Bolivia y comenzar aquí una vida nueva junto a su marido y sus hijas, tiene claro que la integración es uno de los principales retos. En los doce años que lleva lejos de su tierra ha tenido tiempo más que suficiente para pensar sobre las raíces, las decisiones, las oportunidades o la identidad. También sobre los prejuicios.

“Mi esposo y yo tenemos estudios universitarios. Él es ingeniero y vino a hacer un doctorado. Yo tengo formación contable. Trabajaba en lo mío cuando decidí venir aquí con él. Decidimos quedarnos porque había más oportunidades económicas que en nuestro país, aunque eso supuso renunciar a nuestra formación. Es verdad que al principio teníamos expectativas profesionales, pero pronto nos dimos cuenta de que no eran realistas. No hemos tenido cabida profesional pero, en contrapartida, logramos una estabilidad y una comodidad que no teníamos en Bolivia”, expone.

La crisis ha golpeado a su familia como a muchas. Pero, ahora, las motivaciones para quedarse son otras. “Cuando tienes hijos, las prioridades cambian. No solo están en juego tus preferencias o tu bienestar. Te encuentras en situaciones complicadas y tomas decisiones difíciles”, señala Marina, que tiene a su madre en Bolivia. “Ella es mayor y es viuda. Yo soy su única hija. Pero, al mismo tiempo, soy madre, y he visto crecer a mis hijas aquí. La pequeña vino con cinco años y ahora está terminando el bachillerato; se ha criado en Bilbao”, añade. “Los procesos en casa son distintos para unos y otros. Yo, que vine con casi cuarenta años, estoy como en un limbo: ni enraizada del todo, ni terminada de desarraigar”.

Entre tanto, la vida. “Hay que seguir, sacar adelante a una familia”, dice Marina, que trabaja cuidando a una señora. “Además de pensar y darle vueltas a la cabeza, hay que hacer, estar activo. El trabajo es indispensable, pero también es muy importante sentirse útil y explotar todo aquello que uno sabe hacer, usar los conocimientos y el talento que uno tenga. La actividad en la federación es voluntaria. No tenemos dinero, pero sí capital humano. Es gratificante sentir que puedes hacer más cosas, relacionarte con otras personas y crear algo nuevo. Lo valoro mucho, a todos los niveles”.

2014 América del Sur Ellas

340 | Ninoska

Ninoska Lazarte está feliz. Se encuentra en ese punto dulce de la vida donde los sacrificios y la constancia reciben su recompensa. Casi diez años después de haber llegado al País Vasco, hoy puede afirmar que algunos sueños se cumplen. “Me siento realizada -asegura-. Después de tantos obstáculos, dificultades y lucha, siento que al fin he encontrado lo que vine buscando hace años”. Lo dice con humildad y con mucha gratitud hacia quienes le han allanado el camino. “No es fácil progresar cuando no conoces a nadie, cuando eres extranjero y cuando quieres ejercer tu profesión”.

Ninoska es boliviana, aunque su nombre haga pensar más Rusia que en un país de América Latina. Estudió Odontología en su país y se marchó con una beca, para hacer un posgrado. “Mi universidad distinguía a los tres mejores alumnos de cada promoción con becas de estudio en el extranjero -detalla-. A mí me dieron a elegir entre Argentina, Brasil y España, y yo escogí venir aquí por aquello de expandir el horizonte y cruzar fronteras”. Su expediente académico fue el billete y el pasaporte que la llevó de Cochabamba a Barcelona, donde se especializó en implantología, un área quirúrgica que se dedica a la colocación de implantes dentales.

“Cuando terminé el curso vine a Bilbao porque mi pareja estaba en Euskadi y, desde entonces, no me he movido de aquí, ni siquiera para visitar Bolivia”, dice con cierta nostalgia en la voz. “La verdad es que me marché pensando en volver… pero el tiempo fue pasando y la vida cambió mucho. Sí sabía que no iba a regresar enseguida, ya que desde un principio tenía la intención de homologar mi título. Me parecía importante aprovechar que estaba aquí para obtener un título con más peso internacional”, explica. Así, cuando le dijeron que para ello solo debía cursar tres materias, Ninoska no lo dudó.

“Me quedé para eso, aunque cada una de esas asignaturas involucraba más cosas y me llevó más tiempo del que esperaba, pues prácticamente tuve que repetir toda la parte clínica. Pero me fue bien. Fui la única extranjera que homologó el título en la primera convocatoria”, dice visiblemente satisfecha, aunque no tarda en añadir que el terreno laboral le resultó mucho más complicado que el académico. “La Administración no te pone barreras para estudiar, pero sí para trabajar. Pude venir, quedarme, hacer una especialización, incluso convalidar mi carrera, y todo eso me costó menos que acceder a mercado laboral”.

Empezó como muchos otros, en el sector de la limpieza. “Tenía que comer y mantenerme. Y regresar a Bolivia no era una opción -explica-. Allí, los odontólogos con especialidades son muy apreciados, y hay muchos. La competencia es feroz. De pronto vas a un edificio y hay treinta consultorios, y mientras te diriges al de tu dentista, otros te hacen señas desde sus puertas y te ofrecen atenderte por menos dinero. Eso sí que es duro para trabajar, en especial, si vas a empezar desde cero. Por eso no me planteé volver. Mi pareja estaba trabajando bien aquí, así que decidimos intentarlo”.

La “diamantito”

En el proceso, nacieron sus hijos, Jhon Ander y Asier. Y la maternidad lo cambió todo. Ninoska puso en pausa su carrera y se dedicó de lleno a sus niños, hasta que volvió a ponerse en carrera. “Aunque estábamos bien, y aunque ser madre es lo más gratificante del mundo, yo no me sentía completa. Yo quería trabajar, quería dedicarme a lo mío”. Y lo logró cuando un par de odontólogos vascos le abrieron la primera puerta, la más difícil de abrir. “Me apodaron ‘la diamantito’ porque decían que solo había que pulir un poco para sacar los brillos”, recuerda con cariño. “Siempre les estaré agradecida.

Poco a poco, Ninoska fue abriéndose paso. “Trabajé en clínicas grandes, muy conocidas, y también en clínicas pequeñas. Hubo una, de hecho, en la que me contrataron por ser sudamericana, ya que apuntaba a ese público en concreto. Nunca lo entendí, pero parece que es algo bastante extendido, ya que hay unos cuantos anuncios de trabajo donde se especifica esa preferencia. ‘Se busca odontólogo latino’, dicen, como si ser latino fuera una especialidad”.

“A mí eso nunca me convenció”, confiesa Ninoska, que decidió hacer las cosas a su modo con el apoyo de su pareja. “Después de trabajar y ahorrar mucho, el banco nos concedió un crédito y pudimos reunir el capital necesario para montar mi consultorio. Fue muy sacrificado. Para que te hagas una idea, hasta pusimos una frutería: sabíamos que era rentable y levantamos el negocio antes de traspasarlo -detalla-. Sin embargo, ha valido la pena. Hoy he alcanzado mi meta y hay más gente trabajando conmigo, tanto de Bolivia como de Euskadi. Me gusta eso. Hacemos un gran equipo”.

2014 América del Sur Ellas

326 | Lizeth

Prefiere ver el vaso “medio lleno” a decir que está “medio vacío”, quedarse con lo bueno, ‘defender la alegría’, como Benedetti y Serrat. “Marcharte de tu país, en general, no es sencillo. Emigrar ‘en busca de un futuro mejor’, como se suele decir, te obliga a tomar decisiones complicadas y dolorosas. Por eso a mí no me gusta contar lo mal que se pasa, porque se pasa mal de verdad, sino pensar en las cosas buenas, en lo que uno puede construir como persona y como familia a pesar de los momentos difíciles”.

Quien opina de esta manera es Lizeth Calderón, una emprendedora boliviana que dejó su tierra hace diez años con la idea de llegar a Londres… sin saber que acabaría en Getxo. “Yo nací en La Paz, aunque me crié en Santa Cruz -relata-. Cuando me casé, me fui a vivir al sur, muy cerca de Argentina y allí tuve a mis tres hijos. Como la frontera estaba tan próxima, me dedicaba al comercio y la importación de productos”, resume. Y añade otra síntesis -“el ‘corralito’ argentino”- para explicar cuándo y por qué todo cambió.

El ‘corralito’, la famosa política de restricción económica que implementó el Gobierno argentino, alteró la vida y los planes de millones de personas, incluida Lizeth. La medida se decretó en diciembre de 2001 y duró un año en vigor, aunque sus consecuencias se extendieron en el tiempo (y en la región). En 2004, Lizeth hacía sus maletas. Había tomado la decisión “más complicada y dolorosa” de su vida. “Dejar allí a mis hijos fue lo más duro y triste que he hecho jamás. No puedo compararlo con nada”, asegura.

Sus expectativas estaban puestas en Inglaterra. “Tenía amistades allí, así que me lancé, pero no pude llegar. Lo intenté dos veces, en tren desde París, y las dos veces me devolvieron. Mis amigos en Londres tampoco podían ayudarme… Me acuerdo de que estaba en Francia, en el hotelito donde paraba, pensando una y otra vez en qué iba a hacer”. Estaba casi decidida a quedarse en París cuando una amiga suya, que se alojaba con ella, le contó que tenía una sobrina en Bilbao. “Así conocí yo Euskadi. Así vine y empecé a trabajar aquí”.

Como muchas otras personas, comenzó en el servicio doméstico y cuidando niños. “Después fui progresando poco a poco. A los tres años de venir, en 2007, regresé a Bolivia para traer a mis hijos. Ese fue un nuevo comienzo, en familia, porque hasta entonces había estado sola. Trabajé en un restaurante y en una pastelería muy conocidos, fui afianzándome paso a paso, aprendiendo el oficio, entendiendo mejor cómo funcionan las cosas en este lado del mundo… hasta hoy”.

El momento de emprender

Ese “hoy” de Lizeth se parece mucho más a aquel mañana que alguna vez imaginó. “Al final, tuve la oportunidad de intentar algo más grande”, dice. Hace un par de años inauguró un local propio junto a su marido; un restaurante en Getxo. “Lo reformamos por completo… Durante seis meses estuvimos allí, renovándolo. Íbamos todos los fines de semana para adelantar. Lo único que no le cambiamos fue el nombre, ‘Boca boca’, porque nos gustó. Pero el resto lo hicimos desde cero”, cuenta con ilusión.

Para ella, este proyecto laboral y familiar le da sentido a una década de sacrificios. “Mis hijos están aquí con nosotros, los tres estudian. Mi marido y yo trabajamos en algo que nos gusta y nos motiva. Buena parte del menú que ofrecemos son platos típicos de Bolivia, como el keperí, la sopa de maní, el chicharrón o el ají de queso, así que cocinamos nosotros; sobre todo, él”, reconoce. Sin embargo, matiza que su objetivo es tener un público heterogéneo y diverso. “Cada vez hay más parejas mixtas y más personas de otras nacionalidades o del País Vasco que quieren probar una cocina diferente -explica-. Por eso, nos esforzamos mucho en montar un lugar que esté bien”.

En el discurso de Lizeth, ‘bien’ significa “que esté limpio, que sea cálido y que te atiendan con respeto. Por desgracia, cuando uno dice ‘restaurante latino’, la gente tiende a pensar en un lugar sucio o lleno de borrachos. Me da pena decirlo, pero es así como nos perciben. Y yo quiero algo distinto, algo familiar y abierto a todo el mundo. Por eso, la camarera que trabaja con nosotros es de aquí”, señala Lizeth, en una apuesta por la integración. “Ojalá fuera tan fácil hacer esto en todas partes. Poco a poco…”

2014 América del Sur Ellos