456 | Marco

«Adaptarme a un lugar nuevo no es lo más trascendental de mi vida. Ya lo había hecho antes. De joven, emigré a Brasil y estuve un tiempo allí antes de volver a mi casa en Bolivia», recuerda Marco Vega Aguirre, un ingeniero forestal que llegó a Bilbao hace diez años. El enfoque tiene mérito, ya que el cambio al que se enfrentó fue notable. Oruro, su ciudad de nacimiento, es una de las más altas del mundo: se asienta a más de 3.700 metros sobre el nivel de un mar que no ve. La mayoría de sus habitantes son indígenas.

«Somos indios en un país que siempre ha renegado de los indios; un país que, hasta hace poco, nos hacía sentir vergüenza de nuestros orígenes, de nuestra lengua, del color de nuestra piel. Por suerte, yo crecí en una familia que valora lo que es, que jamás ha intentado ocultarlo. Nací indio y moriré indio. Tengo claro que la grandeza de las personas está en su raíz», dice con convicción, pese a que su apellido materno es vasco.

Apreciar la cultura de origen no era algo nuevo para él. Lo que le resultó novedoso fue ver que, en otras partes del mundo, una sociedad entera es capaz de cuidar sus tradiciones y costumbres. «Eso lo aprendí en Euskadi. Me parece fantástico que se mantenga la lengua, la música, la cultura del lugar. Esa reivindicación, esa defensa de las raíces, es muy valiosa», opina Marco, que observa con «alegría» los cambios políticos y sociales de su país.

«Lo que está pasando en Bolivia es algo muy grande. Aquí en Europa no se dice mucho sobre el crecimiento social y económico que se está produciendo; tampoco se conoce la importancia de la reforma educativa que se ha hecho. En realidad, no se habla mucho de Bolivia en los medios y, cuando se hace, es para contar las cosas malas. Jamás he visto una noticia buena de mi país aquí», lamenta Marco, que no olvida los lazos históricos –y económicos– que unen ambos territorios.

«Se dice que con toda la plata que se extrajo del Potosí podría haberse construido un puente hasta España. Quizás sea exagerado, pero no mucho. Solo hay que leer un poco de historia. Hace tiempo fui a visitar el Museo del Prado y, mientras lo recorría, me di cuenta de la cantidad de cosas que fueron posibles aquí gracias a aquello. Los bolivianos deberíamos entrar gratis en todos los museos de Europa».

«Soy una mezcla»

Aunque tiene muy presente a su país y sus afectos, Marco no ha vuelto a Oruro desde que se fue. «Tenía previsto estar aquí un par de años; es evidente que no cumplí mi previsión. Recuerdo que al principio pensaba con frecuencia en volver a vivir allí, pero a medida que fueron pasando los años, el sentimiento cambió. Empecé a decir ‘bueno… como mínimo querría volver a morir’. Ahora ya lo percibo de otro modo. Creo que, cuando uno pasa tanto tiempo fuera, acaba siendo de ningún sitio y de todos a la vez. Soy una mezcla; aquí he aprendido a ser las dos cosas, boliviano y vasco».

También ha aprendido a encarrilar su vida y empezar desde cero. «Yo era un ludópata, un adicto al juego. Derrochaba, bebía… Un desastre. En ese momento, estaba en pareja y tenía tres hijos; la familia estaba totalmente desestructurada por mi culpa», describe con sinceridad, sin intentar embellecer el relato. «La ludopatía es algo muy serio; engancha más que las drogas y te hace perderlo todo. Eso me pasó a mí. Más que bienes materiales, empecé a perder el rumbo. Comprendí que, si no hacía algo drástico, aquello iba a terminar mal. Por eso me fui. Yo no emigré por trabajo. Emigré para rehacerme como persona, para ser alguien mejor».

«Realmente –prosigue–, el destino me daba igual. Lo importante era salir de ese entorno. Pensé primero en ir a Estados Unidos, porque allí vivían mi padre y mi hermano, pero terminé eligiendo Bilbao. Lo único que conocía de aquí era a través del fútbol: Xavier Azkargorta fue entrenador de la selección de mi país. No sabía nada más ni conocía a nadie pero, como decía antes, eso no era un problema para mí. El día que vi un anuncio en una agencia de viajes, me lancé».

Diez años después de aquella decisión, Marco siente que hizo lo correcto. «Me he prometido a mí mismo no arrepentirme. Aunque fue duro, sobre todo para mis hijos, también era necesario. Aquí pude empezar de nuevo, superar el problema con el juego, cambiar mis hábitos. Le debo mucho a Bilbao. Esta tierra y su gente me han ayudado a ser otra persona. Quizá desde fuera no se entienda, pero yo sé que si no me marchaba, mis hijos hoy no tendrían padre».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellos

453 | Diego

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en estos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi Absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla los 21 años que tiene.

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre fue algo imprescindible en mi vida, desde niño», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban, en ese viaje, expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y recuerda aquello como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron en ese primer momento. «Por un lado, dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Por otro, me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las clases se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó por completo a adaptarse. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces sí, volví a entrenar».

No perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue jugando hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando. Este año empecé a dedicarme al tenis de manera profesional».

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo son lo que marcan la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad de luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; está hecho un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, el que más disfrutó, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos, aunque no en todos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellos

417 | Eduvije

Eduvije Lairana Mejía -o simplemente Peque, como la llaman sus amigos- emigró de Bolivia hace once años. Allí, en Santa Cruz, se preparaba para ser auxiliar de enfermería, pero la realidad económica fue más potente y tozuda que sus esfuerzos: cuando llegó el momento de hacer las prácticas, no tuvo con qué pagarlas. “Había que abonar 25 dólares por mes para hacer esas prácticas -detalla-. Puede que parezca poco dinero, pero yo no podía hacer frente a esa cantidad. Mis profesores me decían: ‘Tú puedes, sigue adelante, eres buena alumna’. Me daban ánimos; hasta me dieron una beca de tres meses. Pero, con beca y todo, había que comprar textos… No podía. Mi sueldo no daba para tanto”.

Su sueldo no alcanzaba, en parte, porque era bajo, y sobre todo porque era el único sustento de su familia. Había muchas bocas que alimentar, muchos pies para calzar en casa. Con poco más de treinta años, Peque ya era madre de ocho niños. “Cuando decidí divorciarme, quedé sola para todo. Me convertí en madre soltera -resume con contundencia, aunque si dramatizar el asunto-. Yo trabajaba, llevaba mi casa y estudiaba. También jugaba al fútbol, que es un deporte que me encanta y se me da bastante bien. Siempre conseguía sacar tiempo para el ejercicio y los estudios. Quería sacarme un título; era importante para mí, pero hay prioridades. Más importantes eran mis hijos”.

La situación era insostenible. Todo anunciaba precariedad. Peque le dio muchas vueltas al asunto hasta que comprendió que lejos sería más productiva que cerca. En 2005 tomó la decisión más difícil de su vida: emigró. “Iba a ser por un año… -dice, un poco nostálgica-. La idea era venir, trabajar mucho, ahorrar todo lo que pudiera y volver. La mayoría lo enfocamos así, por lo menos, la mayoría de los que tenemos hijos. No te vas pensando que no vas a volver nunca. Cuando me marché, no imaginé que me perdería la adolescencia de mis hijos mayores ni la niñez de los más críos, pero me la perdí”.

“Todo eso lo viví a distancia, mientras mi padre se encargó de cuidar a los niños -prosigue-. Ha sido para ellos mucho más que un abuelo y, para mí, mucho más que un padre. Le estoy muy agradecida; lo suyo tiene mérito porque hizo todo solo. Mi madre falleció hace casi veinte años”, explica. Con esa plataforma como punto de partida y con una hermana suya viviendo aquí, en Euskadi, Peque se montó en un avión. Su llegada, el 23 de abril, coincidió con el día de San Jorge, un santo del que se confiesa “muy devota” y al que le rezó con gran fervor, sobre todo en los primeros tiempos, los más adversos y duros.

“Las primeras semanas aquí fueron tremendas -dispara, sin matices-. No tenía dinero, ni contactos ni nada. La única persona conocida, mi hermana, trabajaba como interna en una casa de familia. Ella hizo lo que pudo para resolver mi alojamiento al principio, mientras yo me buscaba la vida”. El alojamiento, como lo llama Peque, resultó ser un colchón en el suelo de un pasillo. “Eso fue lo mejor que pude conseguir, y casi que dando gracias. Me cobraban 150 euros al mes y no tenía derecho a cocina. Tampoco podía estar mucho en el piso, así que me levantaba a las cinco de la mañana, me duchaba, y a las siete ya estaba en la calle, buscando trabajo y esperando para que llegara la hora de poder volver”.

“Lloré mucho en ese tiempo”, relata. “Lloré caminando por las calles. Tuve frío. Me pregunté muchas veces quién me había mandado a venir aquí… y le recé mucho a San Jorge. Le pedí que me ayudara a conseguir trabajo y a encontrar gente buena, porque los cuentos que oía de otras chicas que trabajaban como internas eran terribles. ‘Ayúdame a salir adelante y te hago tu fiesta’, le prometí. Y San Jorge me ayudó”, dice ella, convencida. “Encontré trabajo con una familia gallega. Fueron muy buenos conmigo. Hasta hoy sigo trabajando como interna, de lunes a sábado. Mis jefes son muy buenos”.

Agradecida con sus empleadores, pero también con su santo, Peque organiza cada año una fiesta en su honor. “Nos reunimos en un bar, preparo comida y bebidas, hacemos lechón, cantamos, bailamos… Me acompañan amigas y amigos latinos, pero también de aquí. La fiesta de San Jorge es cada vez más numerosa. La última vez nos reunimos casi 90 personas”, calcula feliz, mientras prepara la próxima, por séptimo año consecutivo. “Prometí homenajearlo y lo cumplo. Trabajo con personas que me tratan bien y me permiten sacar adelante a mis hijos. Llegué sin nada, ¿cómo no voy a estar agradecida?”

2016 América del Sur Ellas

409 | Darling

Darling Tuchani siempre quiso ser independiente. Desde que vivía en Bolivia y decidió estudiar en la universidad, siempre tuvo claro que iba a valerse por sus propios medios. “Yo no quería pedir nada a nadie, ni quedarme en casa de mis padres, ni convertirme en una carga para ellos”, asegura. Obtener la licenciatura en Derecho fue un camino laborioso; el entorno no era sencillo y le exigió grandes esfuerzos. Pero toparse con el mercado laboral y darse cuenta de que no había sitio para ella fue un obstáculo demasiado grande.

“No había ofertas de trabajo y yo no tenía los recursos económicos para montar mi propio despacho. Por otro lado, tenía una amiga viviendo aquí. Éramos compañeras desde la escuela y, cada tanto, me llamaba y hablábamos mucho. Hacía años que ella había emigrado y estaba contenta en Euskadi. Cuando le conté lo que me pasaba, me animó a venir también”. Aquella época -2004- era un momento de prosperidad. “Venir a España estaba de moda en Bolivia”, recuerda Darling, que tampoco olvida el planteamiento de su amiga: “Vienes, trabajas un año, ahorras dinero y vuelves. Así podrás comprar los ordenadores, alquilar un lugar y montar tu bufete”, le dijo.

La ‘moda’ de venir a Europa se hacía palpable en las agencias de viajes, donde no solo se vendían los billetes de avión o se financiaba su coste, sino que se ofrecían todo tipo de consejos y facilidades para un público que, en su mayoría, nunca había viajado y venía a trabajar. Darling lo describe muy bien cuando recuerda su experiencia. “En la agencia te preguntaban a qué ciudad ibas a ir, luego te informaban sobre los cuatro o cinco sitios de interés que cualquier turista debería conocer. Te explicaban que, cuando estuvieras en la cola de migraciones, no tenías que hablar con nadie; que si te dejaban pasar, debías seguir tu camino sin mirar atrás”.

También les hacían recomendaciones estéticas. La principal: ir bien vestido. “Demasiado vago el concepto”, observa Darling ahora, que se ríe de sí misma y de su poco acertada decisión de volar con zapatos de tacón tantas horas. “Me vestí lo mejor que pude; me puse esos zapatos… y me arrepentí, claro, porque me costó mucho calzarme y caminar cuando aterrizamos”, cuenta divertida. Así y todo, con los pies doloridos y “los nervios de punta” hizo la cola en migraciones, pasó y no miró atrás. Todo lo que importaba lo tenía delante: trabajar duro, ahorrar y volver.

Cambio de planes

Le pasó como a muchos: lo que iba a ser “solo un año” se prolongó. “Conseguí trabajo casi enseguida, primero cuidando niños, después acompañando a una señora mayor. Trabajaba como interna y era un régimen muy exigente y muy duro, pero me permitía reducir al máximo mis gastos. El problema es que todo lo que gané durante el primer año lo destiné exclusivamente a pagar mi billete de avión, porque para viajar pedí dinero prestado. También mandé algo para cubrir algunos gastos de mis padres y ayudarlos, así que cuando se cumplió el primer año y mi madre me preguntó si iba a volver, tuve que decirle ‘aún no’”.

Hace once años que Darling llegó al País Vasco. Ha pasado mucho tiempo desde que experimentó su primer invierno en febrero, desde que vio la nieve, desde que conoció el mar. Todavía recuerda la sensación de frío en los huesos, los patios y calles helados, el sabor de la sal. “Bolivia no tiene mar. Solo lo conocía por fotos, por la tele, por los cuentos. Me habían dicho que el agua era salada y yo la quise probar”, dice Darling, que lloró mucho en Sopelana, de emoción y de añoranza. “Me impresionaba todo lo que veía, la naturaleza, las carreteras, el metro… Parecía una campesinita en Nueva York. Estaba llena de asombro, pero al principio solo pensaba en volver”.

Sin embargo, se quedó. “Me fui quedando”, conjuga ella. Primero, para cumplir su objetivo de ahorrar. Después, para regularizar su situación. Más tarde, para tramitar su nacionalidad. Finalmente, porque se enamoró. “La vida cambia mucho -reconoce-. Y uno también va cambiando. Poco a poco empecé a conseguir otros trabajos, en una panadería, en un Garbigune… Actualmente trabajo en una tienda de ropa, como dependienta”.

El sueño de ejercer su profesión no está aparcado. Por el contrario, Darling compagina su trabajo con sus estudios. Está en pleno proceso de homologación de su título. “Tengo que dar examen de diez asignaturas y es complicado, porque son todas de Derecho puro y duro. Lo bueno es que encontré una asociación, Kosmópolis, que apoya mucho en este tipo de procesos, y que mi pareja y su familia también me alientan a seguir. Mi suegro, de hecho, estudia conmigo. Yo creo que se lo ha tomado como un reto personal. Realmente, he tenido mucha suerte”.

2016 América del Sur Ellas

395 | Lily

Para emprender hacen falta tres cosas: mantener un esfuerzo constante, creer en tu proyecto y que alguien crea en ti. La cuarta -y, quizá, la más complicada- es que todas esas cosas ocurran a la vez. Esta es la idea que prevalece tras conversar con Lily Medrano, una odontóloga boliviana que llegó a Euskadi a comienzos de 2004 y que, una década después, ha conseguido convalidar sus estudios, ejercer su profesión y montar una consulta. “En un camino siempre hay piedras -dice-; lo importante es avanzar”.

El recorrido del que habla no empezó aquí, sino en su país, donde estudiar una carrera como la suya es laborioso y muy caro. “Mis padres hicieron un esfuerzo muy grande para que mis hermanos y yo pudiéramos estudiar. En mi caso, además, hubo que hacer un esfuerzo extra, ya que la carrera se encarece mucho por la compra de materiales que se necesitan para las prácticas”. Ese coste añadido, explica Lily, corrió por su cuenta, que pudo solventarlo trabajando como peluquera. “Estudié peluquería porque necesitaba una salida laboral. Con lo que ganaba, compraba lo necesario para mis estudios universitarios. Así pude terminar odontología”.

Acabar una carrera es importante… para volver a empezar. Cualquier joven profesional recién salido de la universidad sabe que ese hito, esa meta, se transforma con rapidez en un nuevo punto de partida. “Yo empecé a trabajar como empleada en una clínica y no me iba mal. Quiero decir, estaba trabajando de lo mío. Pero mi sueño era tener mi propia consulta, y ese es un sueño muy caro. Para llevarlo a cabo, necesitas tener un colchón económico o pedir un préstamo. Yo no tenía tantos ahorros, y no tenía avales como para que me concedieran un préstamo o un crédito bancario”, relata.

“Intenté ahorrar más dinero. Tenía un torno de mesa, con correa, que montaba en el coche familiar para atender a la gente a domicilio. No era mal plan, pero era sacrificado y no ganaba lo suficiente. Hablé entonces con mis padres para pedirles ayuda económica, y mi padre dijo que no. Él me explicó que se había esforzado mucho para que sus cuatro hijos tuviéramos unos estudios, y que de ahí en más, la responsabilidad de salir adelante era nuestra”, recuerda Lily, y añade otro dato crucial: aquella negativa coincidió con los planes migratorios de su novio, que actualmente es su marido.

“Mi cuñado estaba viviendo en Bruselas. Un día viajó aquí por turismo y esto le encantó. Conocía nuestra situación en Bolivia, la típica de una pareja joven, y hablando con mi esposo le preguntó que por qué no nos veníamos a Europa. Nos lo pensamos mucho, ya que tomar una decisión así no es nada fácil, y al final nos decidimos. Viajamos a Euskadi a principios de 2004. Vinimos con la misma idea que muchas otras personas: trabajar un par de años y volver a nuestro país. Pero las cosas cambian sobre la marcha. Cuando emigras sabes a lo que vienes, pero en realidad no estás preparado”, reconoce.

El impacto de un delantal

“Hay que pasar por el momento de verse a uno mismo limpiando casas. Una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es vivirlo. Después de haber estudiado mucho para sacarte una carrera, verte con uniforme de mucama y delantal no es plato de buen gusto. Y si, encima, la persona que te emplea te trata mal, te habla mal, no te valora o te grita… lo pasas muy mal. Por muy extrovertido o espabilado que seas, nunca es fácil abrirse a un país tan grande ni encajar tantísimas cosas nuevas. Emigrar te cambia la mentalidad”.

Lily tiene esos inicios muy presentes, aunque reconoce que esa etapa desagradable duró poco. La siguiente casa en la que trabajó era de “una familia encantadora con dos niños preciosos” que siempre la trataron muy bien y que se alegraron cuando consiguió un segundo empleo, como auxiliar en una clínica dental. “Irune, la odontóloga, me abrió las puertas de su consulta y tuvo confianza en mí. A día de hoy trabajo con ella, que me ayudó a regularizar mi situación administrativa, a convalidar mi titulación y a ejercer mi profesión aquí, en un país que no era el mío”, subraya.

“Mi marido empezó repartiendo publicidad, recogiendo pimientos en Urduliz, ayudando en la cocina de un Batzoki, fregando platos, hasta que le ofrecieron un contrato de trabajo y también pudo organizar sus ‘papeles’. A día de hoy, trabaja en una empresa de informática, que es lo suyo. Nos ha ido bien a los dos porque nos esforzamos mucho y no dejamos de intentarlo… pero también porque hubo gente de aquí que creyó en nosotros y nos dio la oportunidad. La confianza, como en todo, es fundamental”.

2015 América del Sur Ellas

387 | Flavia

Flavia Cuevas es modista y costurera. Vive en Bilbao desde hace años y tiene una tienda de arreglos y confección. “Abrí el negocio hace un año y comparto lonja con un zapatero. Él repara maletas, calzado, bolsos, paraguas y todo tipo de cueros y pieles, y yo me dedico a la ropa. Hay muchísimas prendas de calidad que llevan años en los armarios y que, con un retoque aquí y un ajuste allá, pueden tener una segunda vida”, asegura. El día de la entrevista -un viernes por la tarde-, deja las agujas y el hilo a un lado para compartir su historia y sus proyectos inmediatos.

Ese día, más temprano, Flavia también estuvo cosiendo. Pero no para sus clientes, sino para un grupo de niños bolivianos que, como ella, ensayan a menudo bailes típicos de su país. “Nos juntamos para practicar bajo el puente de Rekalde porque el alquiler de un local es muy caro. El puente está bien; nos cobija cuando llueve”, describe. “Somos una agrupación de tarijeños, del sur de Bolivia, así que tenemos influencias argentinas y chilenas. Eso se nota en la música folclórica, porque bailamos la cueca y la chacarera”.

También bailan la kullawada, aunque sea tradicional de La Paz. “Es un baile andino muy importante de mi país”. Representa la actividad textil, uno de sus principales símbolos es la rueca y ensalza la actividad de hilanderos y tejedores desde la época precolombina, cuando existía el imperio incaico. Estas características -además del colorido de los trajes y de que es bonita ver- han hecho de esta danza la elegida para celebrar los 190 años de la independencia de Bolivia. Precisamente, los trajes que Flavia terminaba de coser esa mañana eran los de la kullawada.

“Desde hace tiempo, en Euskadi existe FEDEBOL, una federación que reúne a varias asociaciones de bolivianos -explica-. Esto nos permite unir esfuerzos para impulsar iniciativas conjuntas que, de otro modo, no podríamos desarrollar”. La exhibición de kullawada -que se celebró el primer domingo de agosto- es un ejemplo de lo que dice Flavia. La danza, que conmemoraba el aniversario de la independencia de Bolivia, se celebró en simultáneo en más de treinta ciudades del mundo. “Eso exige coordinación, pero también compromiso”.

“En general, la gente no tiene tiempo para estas iniciativas, o prefiere dedicarlo a otras cosas -indica-. Piensa que la vida de casi todos los inmigrantes consiste en trabajar lo máximo posible, para que el cambio de país merezca la pena. En los ratos libres, lo único que te apetece es descansar, no hacer nada, o estar con tu familia si la tienes aquí. Todas las manifestaciones culturales que se ven, tanto nuestras como de otros colectivos, son posibles porque hay gente dispuesta a dedicar su tiempo libre a difundir las costumbres más importantes de sus países”, reflexiona.

Invertir en la alegría

Dedicar una mañana a coser, como es su caso, o un domingo a ensayar, o un día de semana para hacer trámites y pedir permisos al Ayuntamiento, desvela que este tipo de proyectos colectivos son importantes para muchas personas. “Obviamente, si no creyéramos en esto, no dedicaríamos tantos esfuerzos, incluyendo los económicos -agrega-. Puedes tener una autorización municipal para bailar, siempre que no generes ganancias. No podemos vender nada, ni siquiera para cubrir los costes. Por lo tanto, todo lo que se ve, desde los trajes hasta la amplificación, sale de nuestros bolsillos”.

Y sale “porque nos hace ilusión. Es bonito compartir con los demás las costumbres de la tierra de uno, reunirse con otras personas que han pasado por experiencias similares a las tuyas para mantener vivos los orígenes y hacer cosas creativas”, explica. Y es que “historias de inmigrantes hay muchas y de todo tipo, más o menos afortunadas, pero en general se sufre mucho. Algo tan simple como bailar y mostrar el folklore te mantiene conectado, te da alegría… Créeme que muchas veces hace falta cuando te has ido tan lejos y estás solo”.

Flavia es hoy una mujer independiente y emprendedora. Está felizmente casada y tiene tres hijos: los mayores, de 21 y 17 años, y el pequeño -al que describe como un “tanque de ternura”-, de 7. Su vida es hoy estable, y ella, feliz. Pero no siempre fue así. “De cuando llegué, hace once años, al día de hoy han cambiado muchísimas cosas. Me separé del padre de mis hijos y, tiempo después, conocí a quien es hoy mi marido. Fíjate que lo conocí en Barcelona, aunque él es de Bermejo, el mismo pueblo donde nací yo. Entre una etapa y otra lo pasé mal, pero di con gente muy valiosa en el camino: mujeres de aquí que me ayudaron a empoderarme, a levantar cabeza y avanzar. En Bilbao abrí mis ojos. Dejé atrás una mala relación y entendí que la vida era otra cosa. Es un cambio radical que duele, pero merece la pena. Hoy, soy otra”.

2015 América del Sur Ellas