438 | Veronika

Veronika Drozdova nació en Bielorrusia, “un país que muchas personas no tienen ni idea de que existe y muchas otras no saben dónde está”. Lo dice con simpática resignación, acostumbrada a que lo confundan con Rusia o le pregunten “¿Bieloqué?” con cara de extrañeza. “Bueno… ahora la gente conoce más y hay más cultura que antes, aunque sigamos sin aparecer en el mapa del tiempo”, bromea. “Lo cierto es que en Euskadi la gente está más informada. Es una sociedad que se interesa por la política y eso se nota a hablar”.

Bielorrusia es un Estado de reciente creación. Se constituyó en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética. Veronika tiene 36 años y su país es más joven que ella, “pero tiene raíces antiguas y mucha historia. Está en el centro de Europa y por allí han pasado todas las guerras. Esto nos ha marcado el carácter –sostiene–. Somos muy tranquilos, muy tolerantes. Nuestros vecinos dicen que somos lentos. Lo que sucede en realidad es que pensamos mucho antes de hablar para no meternos en problemas. Hay una expresión muy popular en mi país que nos define bastante bien: ‘Cualquier cosa, pero que no haya guerra’”.

Los conflictos bélicos han dejado cicatrices en la zona, aunque ninguna herida ha sido tan lacerante como el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, una ciudad que ahora pertenece a Ucrania y está muy próxima a la frontera con Bielorrusia. “A raíz de aquello, se crearon diversos programas internacionales para asistir a la población afectada. Uno de esos programas, que todavía existe, está dirigido a los niños, que vienen a pasar el verano a España, con familias que les reciben durante uno o dos meses al año. Así vine yo por primera vez”.

Veronika pasó muchos veranos de su infancia en Jaén, donde aprendió a hablar castellano tan bien que, a día de hoy, es imposible detectar que es extranjera. La experiencia fue muy positiva y la marcó tanto que, después de acabar su carrera en Minsk, decidió regresar a la Península. “Soy dramaturga. Estudié en la Universidad Estatal de Cultura. Cuando terminé mis estudios, me di cuenta de que tenía mejores perspectivas laborales aquí, así que emigré; me fui a Madrid”.

Trabajaba en una tienda de ropa y tenía estabilidad, pero al cabo de unos años se dio cuenta de que no estaba contenta con su vida. “Sentí que me estaba estancando y que necesitaba un cambio. Estuve a punto de irme a Mozambique, pero acabé en Bilbao”, resume en una frase, como si no hubieran 12.000 kilómetros de distancia entre ambos destinos. “Tenía algunos conocidos que me convencieron de venir a Euskadi. ‘Si luchas y trabajas, tendrás buenas oportunidades’, me dijeron. Vine a visitar Bilbao y me encantó. Me pareció una ciudad muy acogedora y compacta”, recuerda.

La barrera de las cuadrillas

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. “Me costó mucho adaptarme”, reconoce. “No es solo por haber tenido trabajos precarios al principio, sino por el fenómeno de las cuadrillas. Es difícil integrarse cuando llegas de adulto y no tienes amigos o referencias. La parte positiva es que algunos rasgos de los vascos, como el valor de la palabra, la seriedad o la cercanía, son muy similares a los nuestros. Si alguien te dice que vendrá a las diez de la mañana, o que estará para echarte una mano, ten por seguro que así será”, dice a modo de ejemplo.

“Antes de montar mi propia tienda de ropa, que tiene un espacio cultural para exposiciones y una zona de bookcrossing, trabajé para un señor vasco que me dijo: ‘Estate atenta y ten cuidado, que eres la primera inmigrante que contrato’. Puede sonar un poco duro, pero lo cierto es que él me ayudó muchísimo en el plano laboral. También está en uno demostrar que no eres un bicho raro y que quieres hacer las cosas bien. Bilbao es una ciudad demasiado pequeña como para ser mala persona. Todo el mundo se conoce y todo se sabe”, señala.

Tras ocho años viviendo en Euskadi, Veronika tiene claro que ha encontrado su lugar en el mundo. “He conseguido montar mi tienda, participo en asociaciones de países rusoparlantes, me apunto a todas las iniciativas de integración cultural. Aquí conocí a mi pareja, tengo una cuadrilla y, si es por tener, hasta tengo una hipoteca –enumera entre risas–. Honestamente, me encanta el País Vasco y me encuentro muy cómoda aquí. Madrid es una ciudad muy impersonal; allí me sentía sola. Bilbao, en cambio, tiene el tamaño perfecto. Aquí tengo mis rincones favoritos y me siento en casa. Como se suele decir, los bilbaínos nacemos donde queremos. Yo nací en Minsk, pero me siento más de aquí que de cualquier otro sitio”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

437 | Tété

Emigrar no significa olvidarse del país de origen, de la vida allí ni de los afectos que quedaron. Y, en casos como el de Tété Barrigah, que se marchó de Togo con veinte años, tampoco implica desentenderse de la arista más aciaga de su realidad. Tété no olvida la situación económica que forzó su emigración ni el durísimo viaje que realizó durante años para llegar finalmente a Bilbao. Por el contrario, tiene muy claro que esa realidad sigue oprimiendo a buena parte de la población y auspiciando itinerarios como el suyo, sembrados de peligros y contratiempos.

“Mientras las cosas no mejoren allí, la gente se seguirá marchando. Es importante entender esto y trabajar para cambiarlo. Hay que ofrecer alternativas a los niños y jóvenes que están en Togo, sacarlos de las calles y de la precariedad, darles unos estudios y unas herramientas para que no tengan que emigrar como lo hemos hecho muchos de nosotros”, sostiene. Conscientes de que la ayuda exterior es una pieza clave para poner en marcha la maquinaria del progreso, Tété y otros togoleses residentes en Euskadi han creado una asociación cuya finalidad es tender puentes entre su tierra y el País Vasco.

“Somos muy pocos togoleses –apenas hay 14 en toda la comunidad–, pero nos esforzamos mucho para sacar adelante proyectos sociales que favorezcan la integración aquí y el desarrollo allí. Las dos cosas son muy importantes. En nuestra asociación, Novisi Elkartea, apostamos por los espacios de intercambio cultural. Tenemos un equipo de fútbol donde coinciden vascos y africanos, un grupo de música con el que damos a conocer nuestra percusión, y ahora estamos trabajando en uno de los proyectos más bonitos y ambiciosos que hemos tenido entre manos: llevar un contenedor de libros a Togo”.

Tété explica que, hace unos meses, recibieron una importante colaboración de Azkuna Zentroa. “Nos donaron 8.000 libros y material de informática para ayudar a nuestra iniciativa de desarrollo cultural. La idea es apoyar a los centros educativos infantiles y crear un espacio nuevo, la Biblioteca de Aného, para promover el aprendizaje y el uso de las lenguas castellana y vasca. Queremos llevar el euskera a Togo y, en un futuro, crear allí una euskal etxea. De esa manera, muchos niños huérfanos o pobres que hoy están en la calle, buscándose la vida para poder comer, podrán estar en un sitio seguro, estudiando y aprendiendo idiomas”.

Una gala benéfica

“Pero lo primero es llevar los libros”, señala volviendo al presente. Y para eso hace falta un contenedor, transporte… y dinero. “Hemos organizado una gala benéfica para recaudar fondos”. El Festival ‘Colores de la Diversidad’ tendrá lugar este viernes, a las 19 horas, en Bilborock. Participarán varias asociaciones, no solo africanas, y la entrada costará 5 euros. “La fiesta busca promover la integración y combatir el racismo, la xenofobia y las muchas discriminaciones que nos afectan como sociedad. Celebramos el encuentro de culturas y, además, usaremos lo recaudado para hacer realidad este proyecto en Togo”, expone.

“En mi país hay muchos niños en la calle. A veces, son huérfanos. Otras, tienen padres alcohólicos. Pero siempre son pobres, y tienen que trabajar buscando chatarra, por ejemplo, para poder comer. La situación es tan adversa que no pueden cambiarla solos”, describe Tété, y añade que a él le tocó vivirlo. “En mi familia somos siete hermanos. Cuando mi padre murió, mi madre no ganaba lo suficiente para sacarnos a todos adelante. Mis hermanos mayores trabajaban también, una es peluquera, otra costurera, otro carpintero… Con eso no alcanza para vivir”.

Dos de sus hermanas emigraron a Benín, el país vecino, para trabajar como camareras. Él decidió venir a Europa. Pidió el visado varias veces en el consulado, pero no se lo concedieron, así que se lanzó a hacer un viaje de casi tres años donde descubrió lo mejor y lo peor del género humano. “Tardé solo dos semanas en llegar a Marruecos e intenté cruzar por la valla, pero no lo conseguí. Descubrí que mucha gente vive de los migrantes, que se aprovechan. Hay grupitos que dominan zonas. Hasta para dormir en el monte tienes que pagarles si no quieres tener problemas”, relata.

Tété estuvo dos años así, hasta que se animó a intentarlo otra vez. “Crucé nadando desde Tetuán a Ceuta. De ahí me llevaron a Madrid, luego a Lleida y finalmente vine a Bilbao. Llegué en 2011, dormí en un albergue y en un edificio abandonado, comí en comedores sociales. Lo pasé muy mal y ahora soy voluntario. Mi primer trabajo me lo dio un iraní, que tenía una tienda y necesitaba que alguien le ayudara a pintarla. Fue un camino muy difícil hasta lograr cierta estabilidad. No quiero que otros pasen por lo mismo”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

435 | Larry

De pequeño, su madre le decía: “No te confundas, Larry. Has nacido en Bilbao, pero no eres uno más de aquí. No eres como los demás porque tú eres negro”. Lejos de inculcarle una idea racista del mundo, su madre intentaba prevenirlo ante una realidad que, tarde o temprano, le afectaría. “El racismo existe -confirma él, que prefiere hablar abiertamente sobre ello-. Había racismo hace cincuenta años, cuando mi familia vino a Euskadi desde Guinea Ecuatorial, y sigue habiéndolo hoy, en pleno siglo XXI”.

“No eres uno más porque eres negro”, trataba de explicarle su madre, pero Larry no lo entendía. “Yo era muy pequeño todavía. Además, iba a un colegio de curas donde se hacía énfasis en la paz, el amor y la idea de que todos somos iguales. Me eduqué en ese entorno y lo veía todo normal. No me sentía distinto a mis compañeros ni ellos me veían distinto a mí, y eso que, hasta que entró mi hermano al colegio, yo era el único chaval negro”, relata.

La primera vez que se sintió diferente tenía doce años. “Con mis amigos del barrio y del colegio solíamos colarnos en una fábrica de lámparas abandonada. Cosas de niños, ya sabes. Un día, nos pilló la policía. Éramos varios, pero solo me pidieron el carné a mí”. La situación le sorprendió mucho, quizás por ser la primera. Con el paso de los años, se acostumbró a vivirla a menudo. Sin embargo, la experiencia que lo descolocó por completo fue otra, que tuvo lugar poco después. También se produjo en presencia de sus amigos.

“Estábamos jugando al fútbol. Pateé el balón y, sin querer, le di de lleno a un compañero en la cara. Una faena, pobre; se puso a sangrar por la nariz. El padre se alteró un montón, se puso nervioso y me habló mal. Me gritó. ‘¡Vete a tu país!’, me increpó delante de todo el mundo. Yo no entendía nada, pero aquello me marcó. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había ocurrido y le pregunté: ‘Mamá, ¿de dónde soy?’ Ese día hablamos mucho de Guinea, de nuestras raíces allí, de lo que significa cambiar de continente”.

Ese día nació su interés por África y el asunto de la identidad empezó a volverse complejo. Larry nació aquí, pero tiene doble ciudadanía. Creció en Bilbao, pero vivió varios años en Guinea. Estudió en Euskadi, pero hizo su carrera en una universidad inglesa de Nigeria. Cuando está en España, lo confunden con extranjero. Cuando está en Guinea, lo perciben como español. Y, en paralelo, recuerda los insultos que recibía de niño por ser vasco. “Cuando iba de excursión con el colegio fuera de Euskadi y la gente veía la matrícula de Bilbao, nos gritaba: ‘¡Vascos cabrones, tenéis que moriros!’”.

Sus relatos y anécdotas son muchos, y llegan hasta la actualidad. Los hay más y menos duros, pero todos refrendan lo mismo: los prejuicios entorpecen las relaciones entre las personas, a las que se suele juzgar por el colectivo al que pertenecen antes que por su manera de actuar. “Vasco, negro, inmigrante, gitano, marroquí… No se mira a la persona. Se da por hecho que será de tal o cual manera y ya está. Hace falta información, debates, conversaciones serias sobre estas cosas. Es preciso quejarse cuando corresponde, no solo sobre esto, sino sobre la corrupción, los malos gobiernos, las cosas que nos afectan a todos”, opina, y lamenta la indiferencia social.

Mismas obligaciones, distintos derechos

“Hay manifestaciones por el fútbol, por un reality de la televisión, pero no por los derechos básicos o las injusticias. La gente tiene miedo a sentirse señalada y no participa. Los jóvenes no participan. Los inmigrantes tampoco. Y eso que hay mucho para avanzar. Se dice que todos somos iguales, pero es mentira. Quienes vienen de fuera tienen las mismas obligaciones, pero no disfrutan de los mismos derechos. Pagan impuestos, pero no pueden votar”, observa.

Larry, que dedica buena parte de sus energías y su tiempo al activismo social, viaja con frecuencia a otros países de Europa para conocer de cerca qué iniciativas existen y cómo se pueden implementar aquí. “Muchas veces me dan ganas de llorar porque me doy cuenta de todo lo que nos falta. Es verdad que la situación ha mejorado mucho con respecto a la época de mi madre, pero nos falta un montón para acercarnos al nivel de integración y desarrollo que hay en los países vecinos. A veces no sé si nuestra sociedad está más civilizada o simplemente es más hipócrita que antes”, critica.

Así y todo, él sigue. “En Guinea no hay libertad. En la época de mi abuela había esclavitud, ahora hay una ‘democradura’ y eso es lamentable. Aquí se puede hablar, debatir, intercambiar puntos de vista. Eso enriquece. Por eso lo hago y trabajo desde lo social. El activismo restringe menos que la política”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos Europa

434 | Viktor

Para Viktor Prodan no es posible concebir un mundo sin música. La vida sin Brahms, Chopin o Yann Tiersen –autor de la banda sonora de Amelie– sería menos interesante y más monótona. “Por desgracia, ya no se encuentran talentos así. Poca gente compone a lápiz y goma, casi todo se hace con el ordenador”, lamenta este compositor ruso de 22 años que empezó a tocar el violín a los tres. “En el conservatorio se suele ingresar a los cinco, pero me aceptaron un par de años antes porque consideraron que tenía aptitudes”, detalla.

Y no se equivocaron, porque Viktor hizo su carrera a ritmo de dieces y la acabó antes de tiempo. Se licenció en violín y composición cuando tenía diecisiete años. “Me iban adelantando en los cursos porque aprendía rápido, pero también porque tuve un profesor muy bueno que me exigía un montón y me hacía ensayar entre seis y siete horas al día. Mi profesor era medio judío, medio ruso. Ya te puedes imaginar qué carácter tenía”, dice con tono divertido y entrañable.

El perfeccionismo y la autoexigencia de Viktor son fruto de aquella enseñanza y disciplina que recibió. “A mí no me gusta que me digan ‘qué bien te sale’, ‘qué bonito’, ‘qué bueno’; prefiero que me señalen todo lo que me sale mal”, asegura, antes de aclarar que no es una cuestión de masoquismo sino de superación. “Si un músico solo recibe palabras amables y buenos comentarios, ya no se come más la cabeza y se estanca. Si, en cambio, sabes que tienes cosas para mejorar, seguirás esforzándote. Lo tengo claro: dejaré de estudiar, aprender y ensayar el día que me muera”.

La música lo es todo para él: una pasión personal, un medio de vida que disfruta y un modo de construir relaciones y enlazar a sus afectos. Fue su abuelo quien le descubrió ese universo, llevándolo a conciertos de música clásica y a la ópera desde que era prácticamente un bebé. “El sonido de los instrumentos de cuerda forman parte de mi vida desde entonces. Me crié con mi abuelo, y él me inculcó ese gusto por el arte. Siempre me apoyó y celebró mis avances y mis éxitos”. Cuando Viktor ganó un concurso europeo de compositores, a los trece años, su abuelo le regaló un piano Steinway de cola.

Ese piano, ahora mismo, está en Bilbao. “Me lo traje conmigo cuando vine de San Petesburgo, hace seis años. Reuní dinero y lo traje en avión. No lo iba a dejar allí pudriéndose, ni loco”, explica Viktor, que llegó a Euskadi con diecisiete años. “Mi abuelo falleció, yo era menor de edad y no podía quedarme solo en Rusia. Vine al País Vasco porque mi padre vivía aquí desde hacía muchos años”. De ese tiempo, recuerda que fue difícil y que parecía un “zombie andante”. El cambio fue mayúsculo, entre otras cosas, porque no manejaba el idioma.

Un nuevo lenguaje

“Por suerte, me apunté a la Escuela de Idiomas de Deusto y al año entendía todo. Hablaba lo básico, pero comprendía lo que me decían. Después fui mejorando y me empecé a sentir mucho más cómodo. Ya sabes; empiezas por adquirir el acento y acabas siendo hincha del Athletic”, dice entre risas. “También empecé a trabajar y, de alguna manera, sentí que aquí empezaba una vida nueva. Me dedico a lo que me gusta. Soy profesor de violín, tengo 16 alumnos, y sigo componiendo y tocando música, a veces en solitario y otras, con músicos que he conocido aquí”, resume.

En estos años, Viktor logró montar una sala de estudio donde imparte sus clases, ensayan otros músicos y, cada viernes, hay jam sessions en las que participan profesionales de distintas procedencias y corrientes musicales. “Es difícil encontrar músicos que hagan improvisación de calidad pero, afortunadamente, no es imposible”, opina, y pone en valor la oportunidad que entrañan las fusiones y los intercambios. “Hay que innovar, crear, probar cosas en lugar de limitarse a tocar lo que han compuesto otros”, subraya.

Lo pone en práctica. En ocasiones sale a tocar por las calles del Casco Viejo música propia junto a un amigo. Fusionan el violín con la guitarra y se presentan como Viktor y Kader. Cuenta que, además de disfrutarlo, así conoció a su chica. “Estábamos en la calle Correo, a tope con el violín, y ella se acercó para dejarnos cinco euros. Nos había estado escuchando porque trabaja en un bar que está justo allí. Estuvimos hablando, había algo guay, buen rollo. No te puedes imaginar la pasta que me dejé desayunando en su bar hasta que cogí valor para invitarla a una cerveza”, confiesa entre risas. “La verdad –añade– estoy muy bien aquí, me gusta Bilbao. Además, tengo cosas que aportar. Así como aquí encuentras lo que quieras en deporte y gastronomía, mi país lo tiene en el arte. En Rusia no podría vivir de la música; aquí sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos

433 | Iberka

Las experiencias personales condicionan muchas decisiones. Incluso pueden afinar una vocación presente desde la infancia hasta convertirla en un trabajo y un modo de ver la vida; en algo un poco distinto a lo que se soñaba en la niñez, pero no por ello menos gratificante. Esto fue lo que le pasó a Iberka Francés, una joven dominicana que llegó a Bilbao en 1991, cuando tenía cuatro años de edad, y que recuerda los primeros tiempos en Euskadi como una prueba de adaptación permanente.

“Yo era pequeña cuando vine, pero recuerdo muchas cosas”, dice con una voz muy dulce, casi aniñada, y un marcado acento local. Nadie diría, solo con oírla, que es una mujer independiente y emprendedora, o que nació en Puerto Plata, una provincia norteña de República Dominicana. “Estoy un poco nerviosa”, dice al comienzo de la entrevista, con un punto de timidez.

Hija de un matrimonio mixto –madre caribeña y padre vasco–, Iberka relata que la decisión de sus padres de trasladarse a Bilbao le cambió por completo la vida. “Todo era diferente, empezando por la escuela. Mis padres me apuntaron al Modelo D, con las asignaturas en euskera, así que al principio me costó. También fue difícil la adaptación con mis compañeros. Cuando yo vine, no había tantos extranjeros. No era habitual tener compañeros de otros países o con la piel de otro color, así que cada tanto surgía algún comentario, en plan ‘tú eres más negrita, ¿no?’ y cosas por el estilo”, recuerda.

“Uno puede pensar que, cuando acaba la novedad, las cosas se normalizan. Pero no siempre es así. En mi caso, pasaban los años y seguían sin venir otros niños de fuera, así que crecí siendo ‘la distinta’. En parte, es comprensible. Cuando ves algo que se sale de lo común, te llama la atención. Sin embargo, yo a veces pensaba ‘¿no se cansan, todavía con lo mismo, esto continúa?’. Digamos que me tocó hacer toda la etapa, todo el recorrido, hasta los doce años más o menos. En ese momento, comencé a notar que mis compañeros hablaban más conmigo, que me tenían confianza y compartían sus vivencias”.

Proyectos y realidades

El colegio, más que la ciudad, moldeó el carácter de Iberka. Todavía era una niña, pero descubrió que se le daba bien escuchar a los demás, que le interesaba ayudar a los otros. “Me dije que, cuando tuviera edad para ir a la universidad, iba a estudiar Psicología”. Pero ese sueño –que aún mantiene– no se concretó. “Sucedieron dos cosas determinantes. La primera, que mi aita falleció cuando yo tenía catorce años. Eso alteró todo. Mi madre se encontró de pronto sola, conmigo y con mi hermano pequeño, y tuvo que afrontar esa situación como pudo, sacando coraje y tratando de no venirse abajo”.

Lo otro que ocurrió, cinco años después, es que Iberka se quedó embarazada. “Era muy joven, tenía diecinueve años, pero decidí seguir adelante. Esa fue mi decisión y, por suerte, mi madre me apoyó muchísimo. No fui a la universidad, pero soy madre de un niño de siete años y seguí formándome con todo lo relacionado con el bienestar de las personas. Aprendí a hacer masajes deportivos y terapéuticos, técnicas de osteopatía, yoga, relajación… y me especialicé en escuchar a los demás. No importa de dónde seamos o qué edad tengamos, todos necesitamos que nos mimen un poco”, sostiene.

Hace cuatro años, Iberka inauguró su propio spa en Bilbao. Es un centro donde, además de los tratamientos estéticos y las propuestas habituales de bienestar, brinda cursos de yoga para niños. El planteamiento sorprende, ya que a priori cuesta pensar en un grupo de pequeños relajados, obedientes y en silencio. “No lo puedes imaginar como una clase al uso de yoga para adultos porque el enfoque es distinto”, apunta ella con una sonrisa. “Así y todo, te puedes llegar a sorprender”, añade.

“Es fundamental jugar con los niños. Ellos quieren atención, jugar, que estés con ellos. A través del juego puedes enseñarles a relajarse y a explicar cómo se sienten. Muchos arrebatos, muchos berrinches infantiles, se producen porque no saben contar lo que les pasa. Cuando aprenden a expresar lo que les pasa, lo que les preocupa, lo que les entristece, se relajan un montón. Creo que eso es súper importante, para los niños y los adultos. A mí me hubiese gustado aprender antes, de pequeña, a explicar mis sentimientos. Me tocó aprenderlo de adulta. Me ha servido y lo comparto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América Central Ellas

432 | Yoel

Yoel García es un buen ejemplo de que las grandes disyuntivas se presentan de manera inesperada. También, de que no hay planes infalibles. Incluso los proyectos mejor trazados pueden desbaratarse y cambiar muchas veces hasta colocar a una persona donde nunca imaginó que estaría. Cuando era un chaval y se apuntó a la Escuela de Variedades para aprender danza y folclore de Cuba, no podía ni imaginar que, algunos años después, montaría en un avión con destino a Madrid. Menos aún que acabaría viviendo en Euskadi y preparando cócteles en un chiringuito vizcaíno.

“Todo empezó cuando conocí a una chica”, cuenta evocando algo que sucedió hace más de diez años. “Ella era azafata de una compañía aérea que viajaba a Cuba con regularidad. Empezamos a salir juntos y estuvimos tres años así. Yo vivía en La Habana y ella en Madrid, pero nos veíamos seguido porque volaba para allí cada quince días. Al principio, era estupendo”, dice Yoel, aunque agrega que “a medida que pasa el tiempo, una relación así te desgasta”.

Comparada con cualquier otra pareja a distancia, reconoce que la suya tenía suerte. Su situación era “mucho más llevadera y más fácil que la de muchas personas que pasan meses sin verse”. Sin embargo, él explica que “hay un momento en el que planteas si puedes o no seguir así. Aunque volar a Cuba era parte de su trabajo, estábamos un poco limitados. Siempre iba ella, también en sus vacaciones, y en cierto modo estaba harta. Empezó a buscar trabajo allí, pero era muy complicado encontrar algo relacionado con lo suyo, así que hicimos al revés. Yo emigré”.

Entre el momento de la decisión y el momento de la partida pasaron unas cuantas cosas y algo más de un año. “Para empezar, nos casamos. Luego empezamos a hacer un montón de trámites, desde el visado hasta el permiso de salida. Y, además, yo estaba estudiando canto y quería acabar el curso antes de marcharme”, explica Yoel, que desde muy joven compaginó sus estudios y su vocación artística con su trabajo tras bambalinas en distintas salas de fiesta. “Ahí fue, de hecho, donde aprendí a hacer gran parte de los cócteles que hago hoy. Tenía amigos profesionales de la coctelería que trabajaban en las mismas salas y me enseñaban lo que sabían”.

De su llegada a España, recuerda la fecha –11 de abril de 2007–, el color “entre amarillo y marrón del paisaje” y, sobre todo, que “estaba como en shock”. Para Yoel, “emigrar fue un cambio radical”. Los colores ocres que vio por la ventanilla del avión le hicieron pensar “en el ambiente árido y seco del desierto”, pero el aire frío que lo recibió al salir de Barajas lo descolocó por completo. “Por poco se me queda la cara tiesa”, recuerda entre risas. Un poco más serio añade que, durante un tiempo, se quedó “como en un limbo”.

Buenos amigos, nuevos horizontes

El paso de los meses, la vida cotidiana y algunos amigos de la infancia que habían emigrado como él le ayudaron a salir de ese limbo inicial y a disfrutar de su nueva vida… hasta que la relación de pareja se acabó, cinco años después de haber venido. Sin embargo, en lugar de plantearse volver a Cuba, Yoel decidió cambiar de ciudad. “Mi país está muy bien para ir de vacaciones. O, quizás, para volver a vivir allí más adelante, cuando las condiciones sean otras. Ahora mismo, tal como está, no me lo planteo. Siempre tienes que estar inventando cosas para sobrevivir. Incluso cuando tienes empleo, tienes que estar inventando. Aquí la cosa no está muy boyante, cierto, pero con un trabajo normalito, vives. Yo valoro mucho eso”.

En sus opciones, habían tres lugares para elegir: Cataluña, País Vasco y Asturias. “En los tres sitios tenía buenos amigos que estaban dispuestos a recibirme para que volviera a empezar por mi cuenta. Al final, elegí Bilbao y, nada más llegar, supe que había acertado. Me encantó. Otra vez veía el mar, el verde de las montañas… ¡era una maravilla!”, describe Yoel, que acabó convirtiendo la coctelería que aprendió en La Habana en su medio de vida en Euskadi. Este verano prepara bebidas en un chiringuito de playa.

“Me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto. Hay que ponerle mucho corazón y hacer cada cóctel con mimo, al menos yo lo veo así. También me gusta mucho vivir aquí. Me parece fascinante el carácter de los vascos, tan diferente al de los cubanos. Siempre se dice de ellos que son cerrados y, en parte, es verdad. Pero solo en parte. Lo real es que son gente maravillosa, y no lo digo por hacer la pelota. He viajado mucho por toda la península y no he encontrado un modo de ser igual. Son fiables, honestos y muy sinceros. Tan sinceros que a veces se pasan y te vienen a pedir disculpas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América Central Ellos