442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 África Ellos

399 | Olga

Ímpetu. Ese es el rasgo más sobresaliente de Olga Paredes, una joven paraguaya que llegó al País Vasco hace diez años “por curiosidad”, que encontró aquí un lugar para realizar sus sueños y que nunca más se quiso marchar. “He tenido mucha suerte y me siento muy feliz”, dice con una enorme sonrisa en los labios. Optimista y luchadora, casi todas sus palabras tienen forma de sonrisa. Hasta las expresiones más serias, las que refieren a momentos complicados, acaban guarnecidas con expresiones de alegría. “Vine sola aquí, sin mi familia, pero estoy super contenta. Tengo amigos que adoro y que me adoran. Ellos son la familia que elegí”.

Con las ideas claras, un marcado gusto por la independencia y un punto de terquedad -“soy bastante cabezota”, reconoce-, tomó la decisión de emigrar. Dice que el mundo tiene mucho para ver y que el proyecto de viajar tenía mucho que ofrecerle. “Cuando vivía en Paraguay, conocí a un grupo de vascos que estaban de vacaciones. Los acompañé a varios sitios turísticos, incluso hicimos una excursión a las cataratas del Iguazú montando a caballo. Compartimos unos días estupendos y, desde entonces, no paraban de invitarme aquí. ‘Tienes que venir, tienes que venir’, me decían. Y yo, que tenía ganas de viajar, les hice caso. Mi país no tiene salida al mar y me hacía mucha ilusión conocerlo”, explica.

La primera costa de Olga fue la de Bermeo, y confiesa que el lugar la cautivó. “No me he movido de allí hasta ahora que, además de trabajar, he empezado a estudiar en Bilbao. Por eso me he mudado aquí, porque me resulta más cómodo”. Si bien trabaja en hostelería prácticamente desde que llegó, ahora está haciendo un curso de masaje deportivo porque lo suyo, dice, es el mundo del deporte. “Me encanta la actividad física, entrenar hasta agotarme. Eso me llena de vida; me recarga las pilas. Hay gente que no le gusta el ejercicio, o gente que prefiere hacer aeróbic o danza. A mí eso no me va. Lo mío es el boxeo y el kick boxing”, suelta, aprovechando el factor sorpresa.

Boxeo… “Sí -confirma-, boxeo. En realidad, cuando vivía en Paraguay practicaba taekwondo. Empecé desde niña con las artes marciales. Lo del boxeo surgió aquí, porque era lo que había en un gimnasio que quedaba cerca de casa. Como te digo, lo de bailar salsa o hacer elíptica no es para mí”, agrega divertida. También explica que la elección de un deporte de contacto tuvo que ver con el entorno en el que creció. “Cuando era niña, yo veía que las chicas no podían salir solas porque era peligroso. Y a mí siempre me gustó ser libre, independiente, salir, entrar… Por eso decidí aprender artes marciales, para saber cómo defenderme si alguien se metía conmigo. Y luego resultó que me encantó”.

Tanto le encantó que, más adelante, cuando su padre le preguntó qué quería estudiar y se ofreció a pagarle la carrera, sus primeras dos respuestas lo dejaron KO. “Le dije que quería ser bombero o dedicarme de manera profesional al boxeo. Imagínate… Él no lo podía entender. ‘Yo no quiero que nadie le pegue a mi hija’, decía. ‘¿Cómo te puede gustar?’, me preguntaba. Porque, obviamente, yo volvía de los entrenos con moratones y magulladuras por todo el cuerpo. Y si no estaba entrenando, estaba buscando otras cosas, como las tirolinas o la equitación. Mi padre soñaba con que yo siguiera una carrera normal, pero a mí me gusta el deporte de acción. Sueño con tirarme en paracaídas, hacer puenting y cosas así, ¿qué le vamos a hacer?”

Vergüenza es robar

“Mi madre también ha tenido que resignarse -prosigue-. Somos seis hermanos y yo soy la única que he volado. No hace mucho, me decía angustiada: ‘Eres la única hija que no se va a casar nunca’. Y yo le pregunté que por qué lloraba, le dije que debía alegrarse por mí. Es que si pienso en la vida que se supone que debo tener… puf, ¡qué aburrimiento! Yo no soy así, no sueño con una boda ni con un cuento de hadas. Respeto las elecciones de los demás, pero a mí lo que me gusta es llevar las riendas de mi vida, no dar explicaciones innecesarias, disfrutar de la naturaleza y de las cosas sencillas”.

En ese sentido, Olga valora especialmente su vida en Euskadi, donde el modelo femenino no está tan encorsetado. “Aquí es completamente distinto. Hay más posibilidades para estudiar, para hacer otras cosas. No te consideran ‘vieja’ con 32 años ni te insisten con el tema boda y niños”, compara. “Mi trabajo me permite ser independiente, regresar a casa de visita, ayudar a la gente más necesitada de allí y disfrutar de las cosas que hago. Soy simple; cabezota, pero simple. Cuando salgo con mis amigos, me preparo en dos minutos, unos vaqueros, una coleta y ya está. A veces me preguntan que por qué no me maquillo, que si no me da vergüenza salir así. Y a mí me hace gracia. ¿Vergüenza de ir sin pintarme? Vergüenza es robar”.

2015 América del Sur Ellas

57 | Jaime

Su vocación le ha hecho viajar por medio mundo y residir en países distintos al suyo. «Mi vida era el fútbol», dice este deportista. También era su trabajo, pues Jaime Giordano fue entrenador de porteros en el Cienciano de Cuzco, el equipo que se alzó con la Copa Sudamericana de Fútbol en 2003 y la Recopa de 2004. Desde junio vive en Bermeo, donde intenta abrir camino para sus hijos.

Llegó a Euskadi hace un par de meses y todavía está en la fase del descubrimiento y la adaptación. De momento, «todo es nuevo», aunque él sea casi un experto en asimilar otras culturas. Su trabajo como entrenador profesional de fútbol le ha permitido conocer una extensa lista de países e, incluso, residir en alguno de ellos, como Estados Unidos, donde vivió durante un año. «Cumplí 47 años allí, lejos de mi familia, y fíjate cómo son las cosas, este domingo cumpliré los 49 aquí, otra vez lejos de mi mujer y mis hijos».

Pero su venida al País Vasco no es igual a sus viajes anteriores, ya que no está ligada al fútbol ni a un objetivo inmediato. La decisión de emigrar a Euskadi es, más bien, un proyecto a largo plazo. «Mi cuñado y su mujer viven aquí desde hace tiempo y fueron ellos quienes me convencieron. Cuando me plantearon la posibilidad, yo estaba trabajando en Perú, donde administraba un complejo deportivo, y hacía poco que había vuelto de Norteamérica», relata.

Al principio, la idea no le resultó atractiva. Venir significaba una nueva separación, así que no fue una elección sencilla. Ni rápida. «Tomamos la decisión en familia y fue duro -recuerda-. Es verdad que yo podría haberme quedado en Lima, pero también es cierto que uno siempre intenta progresar. En realidad, con la edad que tengo y las experiencias profesionales que he vivido, yo me siento una persona realizada. El tema es el futuro, son los hijos. Como cualquier padre, deseo que ellos se puedan desarrollar plenamente y tengan más posibilidades que las que he tenido yo. Todo sacrificio vale la pena si quieres lo mejor para tus hijos», reflexiona.

Y lo mejor «no está en Perú ahora mismo, sino aquí, en Europa, donde hay más campo de acción», señala. El entrenador piensa, por ejemplo, en su hija mayor, que está a punto de acabar el instituto, o en su hijo del medio, que tiene doce años y talento para el fútbol. «Aquí hay excelentes universidades y clubes deportivos donde podrían estudiar o intentar dedicarse a lo que les gusta, donde el éxito dependerá en gran medida de sus esfuerzos».

En el caso del fútbol, que Jaime conoce al dedillo, la diferencia es abismal. «En mi país es muy difícil jugar en un equipo importante y también hacen falta medios. En Estados Unidos, que sí tiene recursos, este deporte no despierta gran afición. Es mentira eso que dicen sobre el auge del fútbol en Norteamérica. Allí no hay pasión de masas como en América del Sur o España», compara.

Lo que haga falta

La intensidad con la que se vive el fútbol y la similitud cultural fueron, de hecho, los factores de peso que le trajeron hasta aquí. Ante la idea de abrir camino para sus hijos, Jaime podría haber regresado a Estados Unidos y mejorar su economía, pues ya conoce el país y tiene un visado válido hasta 2015. No obstante, aquí tiene una parte de su familia y, como dice, se siente muy a gusto y muy bien.

La idea es que los suyos vengan a Euskadi el año que viene y, mientras tanto, «trabajar en lo que haga falta» para que eso sea una realidad. Aunque hace poco que llegó, el entrenador se puso en marcha enseguida y, a los diez días de estar aquí, empezó a trabajar en el sector de la hostelería. Ahora combina esa actividad con otra, en una conservera bermeotarra, y sigue buscando oportunidades para poder «echar el ancla».

Lógicamente, echa de menos su profesión, pero insiste en que los hijos son la prioridad y, además, no descarta volver a estudiar. «Me encantaría hacer un máster o un curso avanzado -confiesa-. Nunca es tarde para plantearte un cambio o para volver a empezar».

2008 América del Sur Ellos

21 | Rigoberto

Está a punto de cumplir setenta años, pero la edad no le hace justicia. El día de la entrevista, se levantó a las seis de la mañana y viajó de Bermeo a Vitoria para debatir sobre el II Plan de Inmigración. Después pasó por Bilbao, donde tenía agendada otra cita, y recién entonces regresó a su casa. Nacido en Chile en 1938, afincado en Euskadi desde hace 33 años, Rigoberto Jara es, como dice, “un auténtico bermeano”.

No es extraño que se sienta así, pues se ha pasado casi media vida afincado en el País Vasco. Dejó atrás a su Chile natal cuando estalló el golpe de Estado y vino directo a Bermeo porque tenía un amigo aquí. “Era un piloto de las Fuerzas Aéreas que desertó y se fue del país. No estaba de acuerdo con el régimen militar”, dice. Y Rigoberto tampoco. Su nombre, de hecho, engrosaba la ‘lista roja’ que “enumeraba a los comunistas” o a cualquiera que no apoyara los movimientos de Pinochet.

La huida, ese viaje, significó “perderlo todo” a cambio de salvar la vida, así que llegar de Chile “totalmente indocumentado” era, en principio, un detalle. Sin embargo, se transformó en un problema cuando empezó a buscar un trabajo. Rigoberto era perito industrial y, al principio, quiso ejercer su oficio, aunque los azares de la vida lo llevaron hacia el mar.

“Conseguí un permiso de navegación, aunque no tenía documentos ni sabía navegar. Yo sólo conocía los barcos a través de las fotografías”, suelta de golpe, como una instantánea de aventuras. A pesar de su “ignorancia” y de que le “costó mucho” adaptarse al mundo de los nudos en un pesquero de atunes, Rigoberto acabó trabajando como jefe de máquinas y vivió, durante doce años, la mitad del tiempo embarcado.

“Conocí Senegal, Costa de Marfil, Sierra Leona, las tres Guineas… conocí una pobreza espantosa y pude ver en primera línea por qué la gente se escapa”. Su veta solidaria se intensificó en cada viaje. Mientras “recuperaba el dinero perdido” y reunía cierto capital, pensaba qué hacer con su vida, que estaba en tierra firme. Su ancla estaba en Bermeo y tenía forma de mujer. Ella, su esposa -a quien conoció aquí- lo esperaba tras cada campaña. Primero sola, después con dos niñas.

“Cuando junté el dinero suficiente y la situación económica mejoró, compramos una lonja en Bermeo y abrimos una sala de juegos recreativos. Tuve el local durante seis años”, cuenta. Hasta que se cansó. Quería cambiar de actividad, hacer algo distinto, y la oportunidad le llegó de casualidad, en una residencia de ancianos.

“Me ofrecí como perito industrial, para mantener todas las cosas a punto, y acabé haciendo un curso de auxiliar de geriatría”. La experiencia, que desarrolló hasta jubilarse, le sirvió para crecer. “Aprendes mucho de la gente mayor, porque te enseña a envejecer”, reflexiona. Y, a juzgar por su vitalidad, registró esa ‘lección’ de memoria.

Aunque Rigoberto está jubilado desde hace más de diez años, no ha dejado de trabajar en el mundo del voluntariado. Presidió Harresiak Apurtuz (Rompiendo Fronteras), la coordinadora de ONG de Euskadi en apoyo a los inmigrantes, de la que hoy es presidente honorario. Pero su móvil, como bien dice, “sigue sonando”.

Crispación por las ayudas

Le llaman, entre otras cosas, para participar en el Foro de Integración Social de los Migrantes -que se celebra dos veces al año entre las instituciones y las asociaciones de Euskadi-, o en el Consejo Vasco de Servicios Sociales, que regula todos los servicios asistenciales, como las asignaciones de la renta básica.

‘Todos los inmigrantes reciben ayudas’, ¿cuánto hay de mito y cuánto de realidad en esta afirmación? “Mucho de lo primero, poco de realidad. De los cien mil extranjeros, la mitad están adscritos a la Seguridad Social, de modo que no perciben ayudas porque están trabajando. En cuanto a la otra mitad, un alto porcentaje lleva menos de un año viviendo en Euskadi o no está empadronado, de modo que tampoco puede acceder a la renta básica”, contesta.

Como chileno e inmigrante, Rigoberto está muy implicado en la problemática de los extranjeros. Por otra parte, como bermeano, está totalmente integrado. Tanto que, desde hace años, organiza la fiesta de la Magdalena y conoce a todos sus vecinos. Su propia familia, incluso, es un “revoltijo cultural”. “Mi mujer es de Bermeo y yo de Chile. Una de mis hijas está con un andaluz, la otra vive en Sevilla y está casada con un inglés…”
-¿Ha pensado alguna vez en volver?
-La inmigración es como un túnel. Llega un punto en el que estás a medio camino y se hace tan difícil regresar como continuar. Por lógica y sentimiento, ya no puedo volver a Chile. Mi familia, mis amigos están aquí.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

4 | Nadia

Hay un ránking para la muerte y otro para el olvido. Y las noticias sobre Palestina lideran en parte los dos. Tan pronto estalla un conflicto, su metralla hace impacto en el mundo. Pero, así como surge una imagen, su importancia se pierde y se va. La tragedia «es casi una anécdota» y la indiferencia «es total», resume Nadia Nemeh, una abogada vasca de origen palestino que esta tarde participará en un foro sobre las violaciones del Derecho Internacional.

«La idea de este seminario viene desde muy atrás. Yo he recorrido los pueblos de Euskadi para contar lo que ocurre en Palestina y plantear los problemas reales, pero, al final, la gente siempre me pregunta: ‘¿Y tú qué solución le das?’ Es por eso que el Centro Cultural Biladi ha organizado este evento, para enfocar la situación desde el punto de vista legal y encontrar una manera de impulsar el cumplimiento de los convenios».

Concreta, sin hacer ni una sola pausa, Nadia explica el espíritu del foro que se desarrollará hoy en Bilbao y que contará con la presencia de abogados especialistas en Derecho Internacional. «Hemos querido reunir a expertos juristas de España para que el debate sea riguroso y con intervenciones imparciales», agrega antes de nombrar a Juan Soroeta Liceras, catedrático de la UPV, y a Rafael Escudero, de la Universidad Carlos III. «Ya no se trata solamente de abordar un problema político, religioso o social. Hablamos de un tema legal muy fuerte en el que abundan las violaciones a los tratados universales», subraya.

Como tantos otros vascos, Nadia ve el sufrimiento palestino a través de la televisión. Pero, a diferencia de la mayoría, el estómago se le hace un nudo cuando acaba el telediario. «Tengo a toda mi familia allí y la distancia es desgarradora. Algunos viven muy cerca del lugar donde está el conflicto y es duro llamar por teléfono y que nadie coja del otro lado. A veces ni siquiera suena y entonces piensas que ha pasado lo peor». Por ejemplo, que la voz de un ser querido se transforme en otra cifra de la muerte. O ni siquiera, porque «la estadística es irreal y hay muchas víctimas que no se cuentan».

Una bala, una bomba, una emboscada militar sí valen. Son actos directos del enfrentamiento armado. Pero el deceso circunstancial y anónimo no suma bajas en las listas oficiales. «Por eso donde antes mataban, ahora dejan morir. Le impiden el paso a las mujeres que van a los hospitales para dar a luz. No les disparan, pero las dejan desangrarse
ahí, en los puestos de control», desvela Nadia para ilustrar el drama.

«Los medios tampoco mencionan la convivencia pacífica entre judíos y palestinos. No hablan de las asociaciones femeninas, ni de la izquierda, ni de las escuelas que siguen funcionando después del toque de queda», enumera. «En realidad, la imagen que se exporta es aquella que interesa, incluso en la muerte, que se selecciona. Aparecen las bombas humanas, que sí existen, por supuesto, pero se deja a un lado todo lo demás. Se potencian las noticias del integrismo religioso porque Occidente es más laico que Oriente y no lo puede comprender. Se muestra lo que no se tolera».

Entre dos mundos

En realidad, para quien observa desde fuera, la situación en Oriente Medio se percibe fragmentada, sin términos medios y sin ninguna clase de conciliación. No obstante, existen personas que, como Nadia, demuestran que la convivencia y la integración de las culturas es posible y hasta provechosa. «Soy una de esas personas que viven entre dos mundos», explica. Nacida en Vizcaya, criada en Bermeo, educada en una ikastola y, más tarde, en la universidad local, Nadia es tan vasca como cualquiera de sus vecinos. Sea en euskera o en castellano, se maneja con el ‘código occidental’.

Sus padres, sin embargo, son un matrimonio palestino que llegó a España hace tres décadas. «Mi padre estudió psicología en la Universidad de Pamplona e hizo las prácticas en Bermeo, donde acabó quedándose y donde nacimos mis hermanas y yo», relata. «Hablo en euskera en la calle y en casa árabe, sobre todo con mi madre; mantenemos las costumbres y comer es un festín. Yo nunca me sentí rara por llevar en mí las dos culturas», dice.

De hecho, en Palestina, también se siente como en casa. «Claro que vuelves a tu realidad y llegas aquí cansada, quemada con todo aquello y con una impotencia tremenda. Les preguntas cómo pueden aguantar la humillación y ellos siempre te responden que hay que seguir adelante. Te queda la sensación de estar dejados de la mano de Dios». Y con otra pregunta resonando en la cabeza: «¿Por qué a Palestina nadie quiere liberarla?».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 Asia Ellas