214 | Mohamed

Noviembre en el Magreb. Este es el nombre que han escogido las bibliotecas municipales de Basauri para su iniciativa cultural más reciente. El proyecto, ligado al terreno social y a toda la red de bibliotecas públicas, tiene un doble objetivo. Por un lado, aspira a que la población local conozca mejor las culturas de origen de los ‘nuevos vascos’ y, por otro, pretende que los nuevos vecinos se acerquen a las bibliotecas. Es decir, intenta generar espacios de encuentro entre personas de culturas y orígenes distintos.

Para ello, las bibliotecas han adquirido diversos materiales de otros países: desde narrativa infantil y literatura contemporánea, hasta guías de viaje o de gastronomía, sin olvidar el cine y la música. Pero, además, durante todo noviembre han acogido e impulsado diversos talleres que, esta vez, se han centrado en las culturas del Magreb. De hecho, aún queda uno pendiente: una sesión de cuentos para niños con Cataplina, el próximo jueves, en la Biblioteca Infantil.

“Lo interesante de esta iniciativa es que incorpora el plano cultural en la promoción de la cohesión social”, señala el filólogo Mohamed Sabiri, de origen marroquí y residente en Basauri. “Más allá de que se puedan hacer otras cosas -prosigue-, me parece inteligente y acertado trabajar la convivencia desde la cultura por una razón muy sencilla: quienes acuden a una biblioteca ya vienen con un interés por aprender cosas nuevas. Y, al mismo tiempo, su formación intelectual les permite compartir aquello que saben”.

Mohamed habla del proyecto con entusiasmo y orgullo. Y no le faltan motivos, pues ha estado trabajando en él desde hace tiempo. “Mi relación con esta iniciativa viene de cuando hice mis prácticas en el Ayuntamiento de Basauri”, indica. Tras cursar un máster en Migraciones, pidió expresamente ser becario en el consistorio, ya que “conocía la manera de trabajar de los técnicos de Inmigración” y le “gustaba mucho su enfoque”, resalta.

La perspectiva de aprender más sobre flujos migratorios era buena. Pero se transformó en apasionante cuando surgió la oportunidad de colaborar con la campaña ‘Noviembre en el Magreb’. “Esto es mi especialidad y combina a la perfección toda mi formación académica -dice Mohamed-. Trabaja sobre la inmigración desde las bibliotecas, y las herramientas son la cultura y el conocimiento”, insiste.

Educación y democracia

Para este marroquí de cultura bereber, la educación es importante. Y, más que eso, es “fundamental” cuando se la enmarca en los movimientos sociales y democráticos. “Mira Egipto -dice para citar un ejemplo de actualidad-. Lo que está pasando en Egipto es porque la gente está educada y tiene un buen nivel de formación. Y eso es, justamente, lo que intenta evitar mi país. ¿Sabías que en términos educativos, en el contexto africano, Marruecos es el segundo Estado con el nivel más bajo? Apenas supera a Somalia y eso no es producto del azar, no es porque falten recursos, sino porque el interés en que la gente se eduque es nulo”, sostiene.

Esta convicción le empujó a rechazar una plaza como profesor de árabe y a trabajar, en cambio, en el sector privado como chofer de remolques. “Tengo principios; prefiero dedicarme a cualquier cosa antes que a colaborar con un sistema educativo viciado”, argumenta. Pero… ¿cómo encaja Basauri en esta hoja de ruta?

“En 2008 empecé a trabajar en turismo, como chofer guía, y en ese empleo comencé a interesarme por la interculturalidad porque todos los días estaba en contacto con gente de distintos lugares. Hablaba varios idiomas: árabe, bereber, francés, inglés y un poquito de hebreo, pero me faltaba aprender español. Tenía en mente hacer un curso cuando mi hermano, que vivía aquí, me llamó para preguntarme si quería venir a Euskadi. Acepté, llegué a Basauri en 2009 y al año empecé con el máster. Ahora quiero seguir. Me interesa continuar formándome, hacer un doctorado y profundizar en mis conocimientos sobre las migraciones”, concluye.

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2011 África Ellos

198 | Rodrigo

Cuando se le pregunta a Rodrigo Souza por su país y su ciudad, la primera respuesta que ofrece es bastante peculiar. “Soy del sur de Brasil, de una ciudad llamada Porto Alegre que tiene un millón y medio de habitantes y es la capital del estado de Rio Grande do Sul. Ese estado -continúa- hace frontera con Argentina y Uruguay, tiene unos ocho millones de habitantes y corresponde al 10% del PIB brasileño, que es de 2.025 miles de millones de dólares”.

Su curiosa descripción, rica en cifras y porcentajes, se comprende mejor al saber que su vida profesional está repleta de números. Desde 2008, año en que vino de su país hacia Euskadi, Rodrigo es el director financiero de Gerdau Sidenor, la principal acería del País Vasco y, también, el mayor fabricante de aceros especiales, de forja y fundición en España. “Llegué con mi familia en febrero de ese año, cuando el Grupo Gerdau, la empresa para la que trabajaba, me ofreció ocupar ese puesto”, explica Rodrigo, que previamente había estado radicado en Canadá.

Pero no todo son números en la vida de este ejecutivo, que describe a su tierra y su gente como un pueblo amable y correcto. “Nosotros, los ‘gaúchos’, nos parecemos a los vascos en muchos aspectos -sostiene-. Además del orgullo por nuestra historia y nuestras costumbres, tenemos una verdadera pasión por la gastronomía y el fútbol”. No en vano, una de las cosas que más añora de su ciudad es la posibilidad de ver en vivo a su equipo, el Internacional de Porto Alegre.

Claro que, si hablamos de deportes, su actividad preferida no está en la cancha sino en el mar. “Mi deporte favorito es el surf, y una de las cosas que más me gustan del País Vasco es que me da la oportunidad de practicarlo, incluso en invierno”, dice. “La verdad, desde los primeros días en este país me he sentido muy a gusto… y eso sin mencionar cosas reconocidamente agradables como la gastronomía, los paisajes, las personas y la cultura”.

¿Y qué hay del clima? “Me encanta -contesta-, a pesar de que en el primer invierno llovió casi todos los días. Me gusta mucho el clima que tenemos aquí, con las cuatro estaciones muy bien definidas”. Mejor no hablar de los pluviómetros en julio,

Una adaptación “fenomenal”

Las mudanzas internacionales, los viajes y traslados son relativamente frecuentes en el ámbito empresarial. Pero no siempre es sencillo lanzarse al agua y atreverse con un cambio tan grande. Cuando se tiene familia, por ejemplo, hay que sopesar otros factores y la decisión deja de ser personal, pues sus consecuencias -buenas y malas- afectan a todo el núcleo.

En este sentido, Rodrigo destaca que la adaptación de sus hijos a Euskadi ha sido muy buena. Más aún: “Fenomenal”, mucho mejor de lo que él esperaba. “Mis hijos ya tienen sus propias cuadrillas, la gran mayoría formada a partir de los colegas del cole y sus madres -señala-. Es verdad que los primeros tres meses fueron un poco más complicados, sobre todo por el idioma y la necesidad de comunicarse en castellano. Pero ¡luego hablaban muchísimo mejor que yo!”

Lógicamente, hay cosas que son más duras de sobrellevar. O de salvar porque, como dice este brasileño, “lo que más nos cuesta es la distancia que se ha generado entre mis hijos y sus abuelos, que se van quedando mayores, y sus primos. Mis padres y suegros vienen todos los años y pasan dos semanas por aquí, pero no es lo mismo que estar cerca”. Por esa razón, todos los años él y su familia viajan a Brasil. “Vamos unos diez días ahora y otros diez en Navidad, que allí es verano. Brasil es mi tierra, me encanta ser brasileño y estar ahí, pero de verdad que esos veinte días son suficientes para echar de menos las cosas y la vida que tenemos por aquí…Echo de menos Euskadi cuando voy de vacaciones”.

2011 América del Sur Ellos

159 | Iovana

Ioana Vasilache tenía 23 años cuando un autobús procedente de Rumanía la dejó en una parada, en medio de Zaragoza. Su destino era Basauri, venía con su marido, y ninguno de los dos sabía hablar español. “Era febrero y viajamos durante tres días. Cuando llegamos por fin, nos encontramos solos en una acera, envueltos por el frío y sin saber qué hacer para trasladarnos a Euskadi -relata-. Además, no teníamos euros, sino dólares, así que Basilio, mi esposo, tuvo que apañárselas para ir hasta un banco y cambiar el dinero. Demoró tanto en hacer el trámite que yo creí que me había abandonado”.

El episodio sucedió hace diez años, pero Ioana lo recuerda a la perfección. “Siempre he creído que ese viaje tumultuoso fue una sinopsis de nuestra historia. La gente ahora viene más despreocupada, pero nosotros tuvimos que buscarnos la vida desde el principio”, sostiene, y no se refiere sólo al País Vasco, sino también a Rumanía.

Antes de emigrar, Ioana trabajó como profesora en su pueblo, al nordeste del país, pero no había perspectivas de progreso y el ambiente era “muy triste”. Por eso decidió marcharse a la ciudad, “para seguir estudiando y ganar algo más de dinero”. Encontró trabajo en un restaurante, como camarera, y allí conoció a Basilio. “Nos casamos poco después, pero no teníamos nada; tan sólo los ahorros de lo que habíamos ganado esa temporada. Y con eso fue que vinimos”.

Eligieron Basauri porque allí tenían un amigo de la infancia; “al menos, alguien conocido”, dice Ioana, que fue la primera en conseguir empleo. “Empecé como interna en una casa y sólo libraba las tardes de los jueves y los domingos. Durante varios meses, esos eran los únicos días que mi esposo y yo nos veíamos”, explica. Basilio también trabajaba, pero por días, “en lo que podía o iba surgiendo”. No fue hasta que consiguieron los ‘papeles’ cuando pudieron progresar “de verdad”.

“Si no tienes documentos, no puedes establecerte ni trabajar con seriedad. Vives al día y eso te impide proyectarte a futuro. Al regularizar nuestra situación, la vida dio un giro. Conseguimos mejores trabajos, pudimos formar una familia y, con el tiempo, asumir una hipoteca para comprar nuestra casa”, sintetiza Ioana. “Tener un hogar, nuestro ‘nido’, siempre había sido un sueño inalcanzable en Rumanía. Cuando nos fuimos de allí, los sueldos promedio eran de 70 euros y los pisos costaban 20.000. Ahora han mejorado los salarios, pero el coste de la vivienda se ha disparado. Al menos aquí, trabajando duro, consigues las cosas”, añade.

Iniciar una nueva empresa

Ioana y su marido tienen dos hijos, de 8 y 4 años. En la actualidad, él dirige una pequeña empresa de construcción y, ahora que los niños son más grandes, ella ha decidido tener su propio negocio. El mes pasado, abrió una tienda de alimentación en Basauri, donde vende frutas, verduras y productos típicos de Rumanía. “Vinimos a trabajar -insiste-. No podemos tener sólo un ingreso en casa. Da igual levantarse a las cuatro de la mañana si es para progresar. Queremos una vida mejor para nuestros hijos, que no tengan que sacrificarse tanto”.

El esfuerzo de la última década les ha permitido, también, regresar a su país de vacaciones y conocer sitios de allí que antes no conocían. “Todo el mundo nos preguntaba por Drácula y su castillo, y nosotros nunca habíamos estado, pues no teníamos con qué hacer turismo”, relata Ioana a modo de ejemplo. “De todas formas, cuando vamos, lo principal es la familia… Bueno, la que va quedando, ya que los años pasan para todos”, matiza.

“La verdad, después de tanto tiempo y tantas cosas, hemos entendido que nuestro hogar está aquí, que nuestro sitio es este. Por eso queremos integrarnos más y participar de las costumbres y tradiciones vascas. Nos encantaría colaborar en las fiestas patronales y, por supuesto, me gustaría formar parte de una cuadrilla en San Fausto”.

2010 Ellas Europa

126 | Marina

Tenía 31 años y dos hijos cuando su marido la abandonó. “A sus ojos, yo era vieja, así que se largó con una chica más joven”, sintetiza Marina. Y, aunque no le resta importancia al hecho, lo enmarca en un contexto más amplio. “La vida allí es diferente. Hay más machismo en la sociedad ecuatoriana y no es raro que pasen esas cosas -dice-. Como muchas otras mujeres, de un momento para otro me encontré en esa situación sin poder pedir explicaciones”.

En ese entonces, Marina Vidal regentaba una pequeña tienda. Si bien era auxiliar de enfermería, se ganaba la vida como comerciante; y no le iba mal, pero necesitaba un cambio. “Empecé a pensar en el futuro, en mis hijos y en mí misma. Quería salir adelante, progresar y la idea de emigrar se fue haciendo cada vez más fuerte -relata-. En aquel momento tenía una amiga que vivía en Madrid y me alentaba a venir. Me decía que aquí se vivía muy bien, que la gente ganaba más de cuatro mil dólares al mes y que en un par de meses cubriría el coste del pasaje. Yo le creí. Pero me engañó”.

Marina pagó un millón de pesetas por un billete de avión que, por supuesto, gestionó y compró su amiga. Y, como aval, hipotecó su casa. “Puse a su nombre las escrituras. Si no le devolvía el dinero, se quedaba con la propiedad. Ese era el trato”, señala. Firmar un acuerdo desventajoso no fue el único contratiempo, sino el primero. Los demás aparecieron al llegar.

“Llegué a Madrid y fui a la casa de mi amiga. Lo primero que hizo fue cobrarme veinte mil pesetas por alojarme y otras cinco mil para la comida.Después me dio un pase del metro y un callejero, para que me empezara a mover sola, buscara trabajo y conociera la ciudad. Eso fue duro pero, además, me encontré con algo que no esperaba: ¡en esa casa vivían más de veinte personas!”, describe aún asombrada.

Con el mapa que le habían dado, salió a recorrer Madrid. Se perdió. “Fue un momento horrible. Descubrí que estaba muy lejos del lugar donde vivía, que el pase del metro ya no tenía saldo y que no podría llegar caminando. Esa tarde me senté en una parada de autobús y me puse a llorar. No sabía qué hacer. Me sentía tan sola…”

Un lustro en Galicia

Pero no todo fue un fiasco. Poco después de llegar a Madrid, Marina conoció a una mujer venezolana, hija de gallegos, que le ofreció trabajo en una asociación de jubilados de A Coruña. “Obviamente, acepté. Estaba allí de lunes a viernes, luego empecé como acompañante de una señora mayor y poco después conseguí trabajo lavando platos en un bar los fines de semana. En ese momento, vi el cielo abierto. Pude tramitar mi permiso de residencia y saldar la deuda del billete. Los cinco años que viví en Galicia fueron muy positivos”, dice.

Conoció el País Vasco por casualidad. “Trabajaba como empleada doméstica para una señora que me apreciaba mucho y me llevaba a todas partes. Una vez, la invitaron a una boda en Bilbao y me trajo para que la ayudara con sus cosas. El día de la fiesta, salí con una amiga. Fuimos a bailar y, esa noche, conocí a alguien”, cuenta con una sonrisa. Aunque Marina regresó a Galicia, siguió hablando por teléfono con el hombre que, finalmente, se casaría con ella. “La relación continuó un par de años, y viajábamos para vernos. Cuando decidimos vivir juntos, entendí que era más fácil que yo viniera para aquí. Así empecé a vivir en Euskadi, hace ya siete años”.

En Basauri, donde reside y se encuentra “muy a gusto”, Marina se dedica a cuidar personas mayores, disfruta de su trabajo y se siente “integrada en la sociedad”. Su hija vive con ella y su hijo, que está en Ecuador, tiene un niño pequeño. “Sí -dice-, soy abuela”, y regala una sonrisa jovial. “Nunca hay que perder la alegría -opina-. Siempre veo el lado positivo de las cosas, y me siento muy agradecida, incluso con aquella amiga de Madrid. Si no fuera por ella, no habría venido, y yo pienso que he ganado mucho. Aquí me siento valorada como mujer y como persona”.

2010 América del Sur Ellas

115 | Mbaye

Se llama Mbaye Thiam, aunque todo el mundo en Basauri le conoce como ‘Baba’. Es vecino del municipio desde hace casi tres años, cuando cambió Dakar por Euskadi en busca de un futuro mejor. Para este senegalés, que participó activamente en las fiestas de San Fausto y hasta se animó con la sokatira, «lo bonito de vivir en otro sitio es aprender las diferencias culturales».

Va saludando a diestra y siniestra mientras camina hacia el lugar acordado para la entrevista. «¡Aúpa, Baba!, ¿qué hay?» se le oye decir a un vecino. Otro le palmea el hombro al pasar. Más allá, en la acera de enfrente, alguien levanta la mano y sonríe. Aunque parezca el fragmento de un filme, nada tiene esta escena de ficción. Al contrario. La secuencia es parte de la realidad de Mbaye, un senegalés que reside en Basauri y al que todos conocen como Baba.

«Es que estamos en mi barrio…», dice a modo de disculpa. «Yo no soy una celebridad». ¿O tal vez sí? Desde que participó en las fiestas de San Fausto compitiendo con la sokatira, más de un basauritarra lo tiene presente. Especialmente, los niños, que le animaron mucho durante la celebración. «Fue muy emocionante oír mi nombre entre la gente y ver que los pequeños me alentaban», recuerda ahora, sentado en un bar, frente a una taza de café con leche.

«El País Vasco es muy distinto a mi país», dice Baba, que se marchó de Senegal hace tres años y vino directo a Euskadi porque aquí vivía un amigo. «Casi todo es diferente», continúa, y enumera: «El clima, el ritmo de vida, la forma en que se relaciona la gente… Aquí, en general, cada uno va a lo suyo. A veces, las personas no se saludan o cuando les hablas, no te contestan. En mi país, cuando llegas a cualquier pueblo, las familias te abren las puertas, te hacen sentir parte de la comunidad».

Aunque Baba señala estas diferencias, reconoce que hay muchas personas en Basauri que le han hecho sentir como en casa. «Cuando llegué aquí, no conocía a nadie y, lo que es peor, no conocía el idioma. En Senegal se habla francés y otras quince lenguas propias, pero no el castellano, así que, al principio, fue difícil para mí. ¡Imagínate! Llegas a un lugar distinto, con unas costumbres diferentes, no puedes comunicarte, no entiendes lo que te dicen y, encima, eres de otra raza. Aprendes a reconocer enseguida la mirada y los gestos de los demás. Me ha pasado alguna vez eso de entrar a un sitio y que la gente coja el bolso porque teme que le vaya a robar, pero también he hecho muy buenos amigos aquí; he conocido a personas que se interesan por los demás y se preocupan por integrarte. Esas son las que valen y las que compensan los malos momentos. Los otros, que se creen superiores por el lugar de nacimiento o el color de la piel, no me interesan».

Iniciativa de inclusión

Cuando habla de integración, Baba menciona de inmediato a las fiestas patronales del pueblo, que este año contaron con la participación de unos cuantos inmigrantes residentes en Basauri. Una novedosa iniciativa municipal, que contó con la colaboración de la comisión de fiestas ‘Herriko Taldeak’, hizo posible esa coyuntura. Así, los organizadores del festejo dedicaron un par de jornadas a explicarle a sus vecinos de origen extranjero en qué consiste la celebración de San Fausto y cuáles son sus principales elementos, como la escarabillera, la bajada, el zurrakapote o el diseño de las lonjas, entre otros.

Ese gesto de acercamiento tan simple permitió que muchos inmigrantes como Baba comprendieran mejor la fiesta y hasta quisieran formar parte de ella. «Otros años, yo veía a la gente en la calle, pero me quedaba fuera de la celebración. No la entendía y no me interesaba. Este año fue diferente porque, si te explican la cultura vasca, la entiendes y te interesa más. Pasaría lo mismo si alguien de aquí fuera a vivir a mi país: no entendería nada y se quedaría aislado. Sin embargo, cuando alguien te guía, logra entusiasmarte», razona Baba. Y agrega: «Por eso me vestí con el traje típico de las fiestas y participé en la competición de sokatira. Considero que si una persona se toma la molestia de explicarte algo, debes corresponderle de algún modo. Además, me gusta aprender cosas nuevas… Te aseguro que dentro de un tiempo me verás hablando en euskera».

2009 África Ellos