272 | Romy

Dos semanas parecen poco. Sin embargo, pueden marcar una enorme diferencia, y no sólo en lo que al tiempo respecta. También son capaces de originar brechas religiosas, culturales e, incluso, históricas. Catorce días son los que separan hoy al calendario gregoriano del juliano; es decir, al calendario que se utiliza actualmente (y que recibe su nombre por el Papa Gregorio XIII) de su antecesor, creado en el año 46 a.C. y llamado así en honor al emperador romano Julio César. La diferencia entre ambos es sutil -apenas unos minutos al año que, con el tiempo, se han transformado en días-, pero tiene más implicancias.

«La Iglesia Rusa Ortodoxa se rige por el calendario juliano, que es el que marca las festividades religiosas y las fechas de las liturgias. Cuando se decidió implantar el nuevo calendario, hubo grandes desacuerdos, intensas polémicas y no pocas afrentas. También hubo persecuciones violentas y, como resultado de todo ello, muchos rusos seguidores del rito antiguo debieron huir del país hacia otros lugares de Europa», relata Romy Gurei para explicar qué significa ser ruso lipoveno y quiénes son sus antepasados.

«Uno de los sitios a donde huyeron fue Rumanía -prosigue-. Se instalaron, sobre todo, en el delta del Danubio y formaron comunidades y pueblos muy parecidos a los originales de Rusia. Estos pueblos están cerca de mares o lagos, la pesca es una actividad muy extendida y, por supuesto, la religión ocupa un lugar fundamental. La religión -subraya- es la base de nuestra historia. Por eso es tan importante mantenerla».

El pueblo de Romy se llama Slava Rusa y está a medio camino entre el Danubio y el Mar Negro. Se encuentra en Rumanía. «Pero somos rusos -aclara-. De algún modo, nos pasa lo mismo que a los vascos. Cuando salen de viaje, su pasaporte no dice Euskadi sino España. El nuestro es igual: dice Rumanía, aunque nos consideremos rusos, hablemos ruso, y tengamos nuestra cultura y nuestra propia religión», compara Romy, que decidió emigrar con apenas 19 años para «tener una vida decente, poder formar una familia, tener hijos y no vivir en la precariedad. La dictadura hizo mucho daño. Cuando me fui, los salarios eran de risa y los precios estaban como aquí. Era imposible trazar proyectos».

Llegó a España en el año 2000 y, tras vivir un tiempo en Madrid, se trasladó al País Vasco, donde tenía un amigo. Su trabajo en una empresa forestal le permitió conseguir los ‘papeles’ y, al cabo de dos años, se pasó al sector de la construcción, en el que sigue trabajando ahora mismo. Aunque vive en Arrigorriaga con su mujer y su pequeña hija, Romy pasa mucho tiempo en Amorebieta, donde se encuentra la Asociación de Rusos Lipovenos de Euskadi, que él preside. «Somos unos 2.000 en la comarca -detalla- y, cuando hay fiestas especiales, nos reunimos casi todos». Por ejemplo, el 7 de enero, cuando celebran la Navidad.

Un disco con Kepa Junkera

«Aunque al principio parezca extraño esto de las fechas, la verdad es que los vascos son muy abiertos y comprensivos. De hecho, somos bastante parecidos y tenemos muchas similitudes culturales: el valor de la familia, el interés por la gastronomía… ¡y la trikitixa!», enumera. «Este instrumento musical también es tradicional para los rusos y es muy importante para nosotros -continúa-. Aquí mantenemos la costumbre, ensayamos, incluso hemos formado un coro, y acabamos de colaborar en un disco con Kepa Junkera», relata Romy.

Según explica, el álbum verá la luz este verano. Entre tanto, su asociación dedica todos sus esfuerzos a promover otros encuentros religiosos y culturales. «Por un lado, tenemos nuestra iglesia en Amorebieta. Por otro, organizamos jornadas musicales, gastronómicas y de encuentro para fomentar los lazos entre los rusos lipovenos y los vascos. Las personas de aquí son muy acogedoras y curiosas, sobre todo en lo que respecta a la cocina», cuenta divertido.

«Además, los vascos son aventureros: les gusta explorar y viajar. Cada año viajo con mi familia a Slava Rusa para visitar a nuestros padres y nuestras calles, y el año pasado nos acompañaron unos amigos de aquí que nunca habían ido. Aquello fue muy bonito. Me hacía mucha ilusión que conocieran más de cerca nuestros pueblos y su gente», recuerda.

2013 Ellos Europa

229 | Marta

El 27 de febrero de 2010 fue el peor día de su vida. Cuando se despertó en Arrigorriaga aquel sábado de invierno, Marta González Letelier se enteró de la noticia. Un terremoto brutal -de 8,8 grados en la escala de Richter- había azotado el corazón de Chile y el de Talca, su ciudad, cuyo casco histórico quedó completamente destruido. “Las casas del pueblo eran de adobe y se vinieron abajo, al igual que muchos otros edificios”, explica.

Las imágenes mostraban los escombros, las carreteras cortadas, la desesperación de los pobladores y el caos. En los periódicos, los expertos aseguraban que aquel seísmo era el segundo más intenso en la historia del país, y uno de los seis más fuertes registrados en todo el mundo. Las autoridades declararon el lugar como ‘zona de catástrofe’ y empezaron a contar los muertos. Y Marta, que seguía boquiabierta en Euskadi, “no sabía qué hacer”. Para ella, lo peor no era ver su ciudad en ruinas. Lo más duro era saber que allí estaban su madre y su hijo, y no saber si estaban vivos.

“Las comunicaciones estaban cortadas y no supe nada de ellos durante dos días. En ese lapso, no reaccioné. No podía ni llorar, ni rezar, aunque creo enDios”, cuenta esta periodista chilena que llegó al País Vasco en 2009. “Yo había venido con una beca para hacer un posgrado aquí porque la situación de mi país es difícil y el acceso a la educación, muy caro. Mi idea original era hacer el master y regresar, pero el terremoto lo cambió todo”, relata.

Tras comprobar que su familia estaba a salvo, Marta comenzó a plantearse alternativas paraayudar a los suyos. “La casa había quedado destruida por completo y, si no fuera por la Fundación Talca y por Cáritas de Italia, mi madre y mi hijo no tendrían dónde vivir. Estas instituciones le sdieron una pequeña casita de madera para salir del apuro de manera provisional… Aunque siguen viviendo en ella porque el Gobierno chileno aún no ha hecho nada”, se queja.

La situación familiar, sumada a la inestabilidad económica y laboral de su país, marcó un cambio de rumbo. “Decidí quedarme aquí, traer a mi hijo conmigo y, mientras llega ese momento, ayudarles tanto como pueda”. Cuando fue a Chile de visita, en julio de ese año, terminó de convencerse y les dijo lo que había decidido. “Volví aquí para terminar el master, para buscar trabajo y para empezar el doctorado que estoy haciendo ahora en Deusto”.

Un concurso de carteles

A la semana de llegar, se celebró el festival Gentes del Mundo. Y Marta -que tiene formación en Estudios Internacionales e Interculturales- se acercó. “Fui al stand de Chile, ayudé en lo que pude y conocí a muchas personas, no solo de mi país”. La experiencia le resultó tan positiva que siguió participando en las sucesivas ediciones de esta fiesta. En la actualidad, forma parte de la secretaría técnica que la organiza.

“Este año, el festival se celebrará en junio, pero ya estamos trabajando en ello”, adelanta. Una de las primeras iniciativas ha sido lanzar un concurso público. “La semana pasada hemos aprobado las bases del concurso de carteles para divulgar este evento. El tema elegido es ‘Identidades abiertas’ y pueden participar todas las personas quequieran. Eso sí, los trabajos deben presentarse antes del 19 de abril en el registro del Ayuntamiento de Bilbao”, recuerda. “Quienes estén interesados pueden consultar las bases en la web oficial: http://www.facebook.com/gmbilbao”, especifica.

Para ella es importante promover la integración, aunque reconoce que los vascos son hospitalarios y abiertos. “Aquí he conocido a mi pareja, y hace poco me he mudado de Arrigorriaga a Amurrio. El pueblo es pequeño, todo el mundo se conoce y yo me siento muy a gusto. La verdad es que me han recibido muy bien. La familia de mi chico es de aquí, de todala vida, y me ha hecho sentir una más. Y de él, qué te voy adecir… Se ha convertido en un pilar muy importante para mí”.

2012 América del Sur Ellas