296 | Silvina

Para Silvina Cuffia y su esposo, Claudio, la vida es una suma de experiencias. Se vuelve interesante cuando ofrece cambios y aventura, y «cuando uno se atreve a probarlos». En su caso, no había ninguna razón que les obligara a emigrar de Argentina, excepto que lo desearon. Lo hicieron, literalmente, de gusto. «Vivíamos en Córdoba, hacía poco que nos habíamos casado y trabajábamos los dos como dibujantes publicitarios. Lo teníamos ‘todo’ y, visto desde fuera, no había necesidad alguna de modificarlo -resume ella-. Pero la vida es más que ir de casa al trabajo».

Aquello estaba bien, pero no era suficiente. Y los dos eran conscientes de que, en materia de cambios, hay algunas decisiones que son más fáciles de tomar cuando se tienen veinte años que cuando se tienen cuarenta o sesenta. «Queríamos hacer algo distinto, pero no sabíamos qué… Hasta que un día fue de visita un primo de Claudio que vivía aquí desde hacía muchos años y nos dijo: ‘¿Por qué no van para allá y prueban a ver qué pasa?’». La pregunta les alcanzó para dibujar al País Vasco en su horizonte. Anunciaron que se marchaban y desmontaron el piso en el que vivían. La familia, por supuesto, no lo entendió.

«Mis padres no estaban de acuerdo, como era de esperar. Y entre los amigos hubo de todo. La mayoría estaba en contra, otros nos apoyaron… pero todos, todos, nos preguntaban sorprendidos ‘¿y por qué?, ¿a hacer qué?’». La respuesta siempre era la misma: «A probar, a conocer, a ver cómo son las cosas en otra parte del mundo. Si vamos y nos encanta, fenomenal. Si no nos gusta o nos va mal, ya volveremos o iremos a otra parte», decían. Con esa idea hicieron las maletas -ella, una grande; él, una pequeña, «como las que llevan los niños a la escuela»- y se marcharon, «felices, contentos y llenos de expectativas».

«Vinimos aquí porque el primo de Claudio estaba aquí, pero podríamos haber terminado en Australia o en China», dice Silvina para ilustrar ese abanico de opciones tan amplio, tan desplegado y tan propio de la juventud. «Vivir en otro país es algo maravilloso, enriquecedor, que te abre la cabeza en muchísimos sentidos», reflexiona hoy, doce años después de aquel viaje. «Por supuesto, también tiene sus momentos duros. Hay altibajos. Hay días en los que uno se pregunta ‘qué hice’, o si no es mejor regresar… De hecho, hubo un momento en el que volvimos», desvela.

Expectativas incumplidas

Ocurrió hace siete años. Regresaron a Argentina con proyectos y vivieron allí casi un año… Pero el movimiento no funcionó. «Por un lado, las expectativas que teníamos no se cumplieron; por otro, extrañábamos mucho el País Vasco», reconoce.
Así las cosas, no dudaron en repetir el episodio de 2001, aunque esta vez, además de las maletas, traían a su hija mayor. «Fue diferente… La primera vez nos marchamos solamente porque queríamos. La segunda, además, porque nos convenía».

Eso sí, al emigrar por segunda vez, decidieron tomar distancia mental de su país. «Antes, Argentina condicionaba todas nuestras decisiones, hasta las más simples. Por ejemplo, no comprábamos un coche porque decíamos: ‘¿qué vamos a hacer con él si nos volvemos?’. En esa segunda oportunidad, nos pareció importante y sano asentarnos sin ese condicionante. Y lo conseguimos -confiesa-. Además, el hecho de que tus hijos crezcan, que tengan sus amigos y sus raíces aquí, también te ayuda muchísimo».

Y es que el proceso de adaptación es «complejo. Aunque parezca que es cosa de unos meses, no es así, lleva tiempo. Darte cuenta de que usamos las mismas palabras pero les asignamos diferentes significados, el modo de relacionarte, las costumbres… Todo eso implica un aprendizaje, es lento, te hace madurar mientras consigue que te vuelvas más tenaz, más perseverante y más paciente. Hacer trámites ayuda mucho a esto último», dice entre risas.

Aunque Silvina y Claudio nunca volvieron a trabajar como ilustradores -ella trabaja en una casa de compraventa de oro y él, en un hotel- han encontrado el modo de mantener vivos el talento y la creatividad. «Hace un par de años empezamos un proyecto pequeño, de repostería y decoración de tartas y galletas. Lo hemos bautizado como ‘Dulces ideas Bilbao’, es artesanal, y queremos hacer galletitas pintadas a mano», comenta, llena de entusiasmo. Entonces, ¿ha valido la pena emigrar? «Sí -contesta ella-, es un proceso muy interesante, y siempre les digo a mis sobrinas y mis hijos que hay que viajar, aunque termines volviendo… Tu lugar en el mundo puede estar donde menos te lo esperas».

2013 América del Sur Ellas

266 | Carlos

Diciembre es tiempo de balances y repaso. También lo es de hacer proyectos y concretar planes. Este mes -y, en particular, este día- es un punto de inflexión “y reflexión”, como apunta Carlos Slutzky, un argentino de ascendencia polaca que vive en Euskadi desde hace once años. “Creo que ahora, en diciembre y enero, vamos a notar un ‘antes y después’. Hay mucha gente que se está yendo. Algunos conocidos, extranjeros como yo, me dicen que prefieren volver a casa”, comenta.

En el locutorio donde trabaja casi desde que llegó, el planteamiento que más se repite tras la consolidación de la crisis se asemeja bastante a una negociación de mínimos: ‘Entre sufrir aquí y sufrir allí, prefiero hacerlo allí, que tengo a mi familia y sufro una sola cosa’, le dicen. “Pero eso es un apaño -matiza-, no una solución. A menos que seas mayor y ya no tengas energía, o que ya hayas cumplido con los objetivos que tenías al venir, lo mejor que puedes hacer es seguir luchando por ti, por tu familia y por tus hijos. La vida continúa”, señala.

Si bien la debacle económica es responsable de gran parte de los retornos, no es la única razón que los explica. “Hay personas que deciden marcharse incluso teniendo trabajo -desvela-. Y su decisión no pasa por la situación actual, solo coincide con ella. Me refiero a personas que tenían un proyecto concreto cuando emigraron, como pagar deudas, comprar una casa o garantizar la educación de sus hijos, y que ahora, que lo han cumplido, solo piensan en regresar. Es decir, una vez que logran generarse un cierto bienestar en su país, vuelven para disfrutarlo aunque sea modesto porque no ambicionan ni necesitan más”,

Este es el caso de muchos, pero no el de Carlos que, como dice, ha venido para quedarse -o se ha marchado “para no volver”-. “Yo me fui de Buenos Aires escapando de la crisis que había y del famoso ‘corralito’ bancario. Cuando descubrí el País Vasco, gracias a un conocido, sentí que era un lugar estupendo para vivir. Además del paisaje, del mar, de la montaña, había (y hay) calidad de vida, posibilidades de desarrollarse y crecer. Eso fue determinante para mí: encontrar un entorno estable y seguro que me permitiera hacer cosas, emprender. Aunque mi país tiene muchísimos recursos, no tiene ese marco de estabilidad mínimo para que un comerciante pueda salir adelante, generar empleo y vivir”.

La inseguridad comercial

Ha pasado más de una década desde que partió de su país. El ‘corralito’ y la devaluación son historia. Sin embargo, en opinión de Carlos, los problemas estructurales persisten. “Argentina podría estar mucho mejor que antes, pero no lo está. Hay mucha corrupción y hay una inmensa inseguridad comercial. Pongo un ejemplo concreto, de hace un par de años, cuando estuve de visita por allí. Tenía que cambiar las ruedas de un remolque, así que fui al taller y pedí presupuesto. Era miércoles y los neumáticos costaban 1.500 pesos. Siete días después, me llamaron para decirme que había subido el precio casi al doble. ¿Qué ocurrió? Que esa semana el Gobierno decidió cerrar la importación de cubiertas y, en consecuencia, el precio se disparó”.

El ejemplo es el primero de otros muchos que Carlos cita para ilustrar un contexto de “decisiones arbitrarias donde los comerciantes de a pie no pueden prosperar por mucho que quieran”. Por eso, cuando le preguntan si tiene previsto regresar, él responde con otra pregunta: “¿Volver a mi país, a qué? Yo tengo ganas de trabajar, de crecer, de tirar para adelante”, dice. Y, puestos a elegir situaciones económicas adversas, prefiere esta.

“La crisis que hay aquí es mitad crisis y mitad miedo. Creo que hay que lanzarse y no dejar nunca de intentar las cosas que uno quiere hacer en la vida. Si tuviera dinero ahorrado, montaría un restaurante de comida argentina. No lo tengo, pero tampoco me quedo quieto: inicio proyectos más modestos y ya está”, explica Carlos, que hace unos meses comenzó a gestionar un servicio de paquetería. “Como comerciante, pienso que no es bueno dedicarse solo a recortar gastos, también tienen que implementarse medidas para generar ganancia. Como ciudadano, creo que el País Vasco es maravilloso; tengo buenos amigos aquí y no hay nada como ir a La Arboleda a comer unas buenas alubias, o hacer una barbacoa con los amigos en el monte. Lo único que echo en falta son mis hijos, que vienen todos los años, pero no viven aquí. Si los tuviera conmigo, esto sería realmente perfecto”,

2012 América del Sur Ellos

262 | Manuel

Lo primero es la familia, tanto si habla de Argentina como si se refiere a Bilbao. Los afectos que quedaron lejos y los que conoció -o vio nacer- aquí encabezan su lista de querencias. Después, sí, viene “todo lo demás”: el gusto por el monte, la afición por la pesca, el placer de la música y su trabajo como marmolista. Pero, ante todo, los lazos. Para Manuel Liendo Cortez, que se marchó de su tierra hace ya catorce años, la familia que formó aquí y la que tiene en la distancia es lo mejor de la vida.

Por eso fue tan duro su primer año en Euskadi. Si bien tenía aquí a su mujer, que es vasca, y a la familia de ella, que le recibió muy bien, faltaban sus hermanos, sus padres, sus sobrinos. “A pesar de todos los cambios, yo me adapté muy bien. La gente aquí siempre fue muy amable conmigo. Esa parte fue fácil -dice-. Lo difícil no fue adaptarme aquí, sino acostumbrarme a la distancia. Durante ese primer año, de lunes a viernes trabajaba; y los fines de semana, lloraba”, cuenta Manuel para explicar el proceso.

El paso del tiempo y el nacimiento de sus hijos -tiene tres- suavizaron esa sensación. También las nuevas tecnologías, que le facilitaron mucho las cosas. “Hace diez o doce años, me comunicaba con los míos por carta. El sobre tardaba veinte días en llegar y pasaban otros quince hasta que yo recibía respuesta… Ahora todo ha cambiado. Tengo Facebook, mail… Entre eso y que ya todo el mundo tiene un teléfono móvil, estoy al tanto de lo que pasa en mi pueblo. Mis amigos de allá me mantienen informado”, compara.

Aunque para cambios y comparaciones, ninguno como los del principio, cuando se trasladó aquí. “Yo soy de Jujuy -cuenta-, la provincia más al norte de Argentina. Allí todo son fincas y monte. Es una zona rural donde todos los trabajos están ligados al campo. Yo me dedicaba a la siembra, al monte, a conducir tractores. Como te podrás imaginar, el cambio al emigrar fue brutal. Salí del campo a la ciudad… ¡y al otro lado del mundo!”.

La ‘mudanza’ de entorno, de país y de vida tiene un nombre: Cristina. Es la mujer de Manuel. “Fue ella, mi media naranja, la que me trajo hasta aquí”, dice él, antes de contar que se conocieron en Jujuy hace dieciséis años. Cristina había ido con vocación de cooperante por una temporada, pero le conoció y acabó quedándose dos años. “Nos hicimos novios e intentamos vivir allí, pero la verdad es que era muy difícil. No había muchas oportunidades y estábamos muy justos. No podíamos ahorrar ni nada, así que un día ella me preguntó si me animaba a venir a Bilbao para probar suerte acá. Dije que sí. Y aquí seguimos”, sintetiza.

Pendientes de mármol

Manuel consiguió trabajo poco después de llegar. Empezó en la construcción, como encofrador, pero descubrió que se le daba bien el manejo del mármol. Y que, además, le gustaba. Le ofrecieron empleo en una marmolería y allí desarrolló su oficio, hasta el día de hoy. “Hacemos de todo, desde encimeras y escaleras, hasta las placas para el cementerio -cuenta-. Pero, además de las cosas grandes, él ha invertido muchas horas de su tiempo libre en crear objetos pequeños, más artesanales; “como unos pendientes para mi señora”, detalla. “En verdad, en casa hay muchas cosas hechas con mármol; la mesa, los ceniceros… Cristina siempre me dice que un día vamos a acabar en el piso de abajo de tantas piedras que traigo”, cuenta entre risas.

Además de su trabajo, que disfruta, Manuel se ha convertido en un gran aficionado de la pesca y la micología. “Tengo un amigo de Sondika al que le gusta mucho el monte. Un día me invitó a ir con él, porque iba a juntar setas, y la experiencia me encantó. Ahora vamos todos los años, y también vamos a pescar, aunque al principio no pescaba nada, ja ja. He tenido que aprender. Soy un hombre de campo y me gusta mucho la naturaleza del País Vasco”.

También le gusta la música. En particular, el folklore. Y, junto a dos amigos argentinos —uno de Jujuy, como él, y el otro de Santa Fe— ha formado ‘Los cantores del Lapacho’, un grupo de música típica de su país. “Nuestros instrumentos son dos guitarras y un bombo, además de la voz, claro. Hacemos sambas, chacareras… Este año participamos en el festival Gentes del Mundo, en El Arenal, y también colaboraron mi mujer y mis hijos. Eso es lo lindo”, dice Manuel, que realmente aprecia el tener cerca a los suyos en el día a día.

2012 América del Sur Ellos

245 | Nilda

Es tiempo de crisis y cambios, también para los flujos migratorios. En el primer semestre de este año, casi 41.000 españoles han hecho sus maletas y, por primera vez en mucho tiempo, la cifra de quienes se marchan supera a la de quienes llegan. La tasa de paro y los impuestos suben como la espuma y, mientras la prima de riesgo o el Ibex ya forman parte del lenguaje cotidiano, muchas personas se plantean qué hacer. Algunas, por segunda vez en la vida.

“Vuelvo a estar entre dos aguas”, señala Nilda Diarte, una directora de teatro que llegó a Bilbao en 2003 y que, como tantos otros argentinos, sabe bien lo que es migrar a golpe de crisis. “Mi vida es el teatro, siempre lo ha sido, pero jamás tuve problemas en compaginar esa actividad con otros trabajos, ni allí ni aquí -explica-. En mi país, por ejemplo, era empleada administrativa. Trabajé durante años en el Hospital Británico de Buenos Aires, hasta que empezaron los despidos. Como tenía una familia que dependía de mí, decidí que no me iba a quedar con los brazos cruzados y me aventuré a montar un pequeño negocio de comidas preparadas y catering”, relata.

“Pero con el ‘corralito’ -prosigue- ya no había mucho más para inventar. Quiero decir, las circunstancias te permiten llegar hasta un punto determinado. Uno puede poner todo de sí mismo, ser creativo, tener empuje… y, aun así, no avanzar. Lo que pasaba en mi país era tan grave que muchos ciudadanos nos quedamos sin opciones. No se trataba de falta de ganas o de creatividad, sino de que, miraras donde miraras, no veías la salida”. Si acaso, solo una pista: la del aeropuerto internacional.

Nilda hizo sus maletas y se vino hasta Bilbao, donde tenía una amiga. “Vine en busca de una alternativa -dice-. No tenía grandes metas, solo hacer lo que en mi tierra no podía: trabajar. Empecé cuidando niños y, como muchas personas, viví la realidad del trabajo precario y de la vivienda compartida para ahorrar, conseguir los ‘papeles’ y poder progresar. Poco a poco, fui dando pasos, hasta que accedí a un empleo mejor, como administrativa. Y lo cierto es que, de un modo u otro, he trabajado de manera continua… hasta hace poco”.

Otra vez, otra crisis. “Y en otro país”, apostilla. “Cuando te quedas sin tu fuente de ingresos, la familia es un sostén muy importante. No solo porque te pueda ayudar en un momento dado, sino porque te contiene, te alienta y te da fuerzas para manejar mejor esa situación. En cambio, cuando estás solo, el camino se te hace más cuesta arriba”, observa Nilda, aunque matiza que en estos años ha hecho muy buenos amigos y que esa red afectiva es muy importante.

La creatividad y los lazos

“Se lo debo al teatro -subraya-. Como te decía antes, el arte escénico y la interpretación son vitales para mí, y no he dejado de trabajar en ello. Aunque no me da de comer, me permite crecer. Cuando uno emigra y se queda sin sus referencias, es muy fácil caer en la trampa de olvidarse de uno mismo, dejar de cuidarse, no cultivar el talento personal o la capacidad intelectual. En estos años, he visto a mucha gente maltratarse, caer en la dinámica del descuido y centrarse únicamente en ser fuerza laboral. Yo también tuve épocas de mucho sacrificio y trabajé de lunes a lunes, pero nunca dejé a un lado aquellas cosas que me apasionan. Hay un trabajo que haces para vivir y otro, para recordar quién eres”.

Este punto es, para ella, fundamental. Y lo ilustra de la siguiente manera: “Me he apuntado a varios cursos desde que vivo aquí. Algunos eran ‘utilitarios’, de formación ocupacional, y otros tenían que ver con el arte o la creatividad. En estos últimos, yo era la única extranjera. Y eso me lleva a preguntarme si los inmigrantes no tenemos espacios para desarrollarnos, si no tenemos intereses o si acaso nos autoexcluimos. Cualquiera de esas opciones -continúa- es muy triste”.

“La emigración es una experiencia de vida que te pasa por el cuerpo y te atraviesa; da igual de dónde seas o a dónde vayas, incluso si vuelves a tu país después de años de ausencia. Es algo muy real que conlleva sus renuncias y sus duelos. Por eso, además de preocuparte por subsistir y adaptarte, tienes que poner toda tu inteligencia en marcha para no desvanecerte en el proceso. Cada tanto está bien preguntarse quién soy, dónde estoy y qué tengo. Es un modo muy sencillo de no perderse en el camino”.

2012 América del Sur Ellas

207 | Nicolás

Nicolás Correa es pura simpatía. Al abrir la puerta de ‘Esperanza Latina’, la asociación que preside en San Sebastián, hay que poner mucho empeño para encontrarlo tras su sonrisa. «Pasa, pasa, que enseguida estoy contigo», dice con un acento argentino algo distinto del habitual. «Es que no soy de Buenos Aires. Soy de Mendoza, de la frontera con Chile», aclara mientras camina rumbo a la cocina de la asociación.

Sobre una mesa muy grande, ubicada justo en el centro, hay apoyados un termo y un mate, listo para tomar. Un litro de agua caliente y una tarrina de azúcar (porque le gusta el mate dulce) es todo lo que necesita para sentarse a conversar. «Vamos a mi escritorio -invita-, así estamos más tranquilos». Pese a ser sábado a la tarde, hay bastante movimiento en los pasillos. La agrupación tiene más de 200 socios y muchos aprovechan los fines de semana para reunirse en el lugar, preparar actos culturales, actividades educativas o utilizar la sala de informática, que está a disposición de todos.

Precisamente, antes de comenzar la entrevista, Nicolás estaba imprimiendo unas planillas con turnos. «Así la gente puede reservar una hora y organizamos mejor los recursos», razona mientras ordena los folios. Para él, que hace poco asumió la presidencia, el orden es «fundamental. Somos muchos y hacemos varias actividades, desde excursiones por el País Vasco hasta clases de euskera. Necesariamente, si queremos obtener buenos resultados, tenemos que organizarnos bien», opina este argentino que llegó al País Vasco hace tres años.

«Vine a buscar mis raíces», cuenta. Su abuelo era de Aiete. «Yo siempre había sentido curiosidad por mis orígenes, pero en 2008 tuve una necesidad más profunda de venir». Su taller mecánico en Mendoza «iba bien», pero su vida afectiva, no tanto. «Una noche, después de mucho pensar, decidí que era el momento de hacer el viaje. Y aquí estoy». Claro que, entonces, no imaginaba que al otro lado del mundo encontraría «un lugar maravilloso» en el que, finalmente, se quedaría a vivir.

Los pintxos y la honestidad

«Yo llegué de Argentina a Barcelona, y desde allí vine por tierra. Me acuerdo que, a medida que nos acercábamos, el paisaje se iba poniendo cada vez más lindo y más verde. San Sebastián me atrapó. Y la familia que tenía aquí, por parte de mi abuelo, me recibió muy bien, con los brazos abiertos y una hospitalidad increíble», recuerda.

Sin embargo, lo que más le sorprendió al llegar no fue la naturaleza «privilegiada» ni la buena acogida familiar, sino algo más simple: la comida. La gastronomía y las costumbres sociales ligadas a ella le «descolocaron» totalmente: Poco después de llegar a Euskadi, «mi familia de aquí me llevó a un bar a comer pintxos. Me impresionó mucho ver tantísima comida en la barra, al alcance de cualquiera. Pero después, cuando vi cómo funcionaba el sistema, no lo podía creer. Para mí, era impensable que alguien se sirviera a sí mismo y luego dijera ‘he comido tantos pintxos’ a la hora de pagar. Me pareció una costumbre preciosa que refleja muy bien la honradez de la gente de acá. Ojalá pudiera ser igual en todos los sitios».

Su reflexión es más un deseo de progreso social que un asalto de nostalgia porque, a él, la melancolía no le va, aunque eche de menos ciertas cosas. «Si seguimos hablando de comida, obviamente extraño la carne argentina; no hay nada como un buen bife de allá. En contrapartida, aquí encuentro un pescado fresco fabuloso que en Mendoza no existe, porque está muy lejos del mar. Hay que saber apreciar lo bueno de cada lugar cuando estás ahí. Y esto se aplica a todas las cosas. Uno no puede pasarse la vida añorando. Cuando voy allá, vivo intensamente las cosas que me gustan y estoy con la gente que quiero. Cuando estoy acá… igual».

2011 América del Sur Ellos

195 | Alejandra

Su despacho, en el centro de Bilbao, sirve de punto de encuentro para realizar la entrevista. El sitio es cálido, acogedor, ajeno al ruido de las calles y al ajetreo de las aceras. En esa atmósfera intimista y distendida, Alejandra Perinotti pasa consulta desde hace más de cinco años. “Siempre quise tener un lugar propio donde ejercer mi profesión. Y aquí lo he conseguido, aunque me ha llevado tiempo y me ha costado”, dice esta psicoterapeuta argentina, que se marchó de su país en 2002.

Las razones que la impulsaron a dejar su provincia natal, Tucumán, no son muy diferentes a las de miles de argentinos que emigraron en esa época. Por un lado, un gran deseo de estabilidad y consolidación profesional. Por otro, una profunda crisis económica, política y social que socavaba cualquier intento de desarrollo. “Fue una etapa muy dura -recuerda-. Muchas familias argentinas se fueron del país para empezar otra vez, lejos y desde cero, porque era más esperanzador eso que quedarse”.

Alejandra eligió Cantabria como destino inicial. Conocía bien el lugar, ya que había venido algunas veces de vacaciones, antes de trasladarse definitivamente. “Me parecía un sitio encantador y, además, allí tenía grandes afectos”, dice. Pese a ello, el País Vasco fue el lugar que logró llamar su atención y, finalmente, cautivarla por completo.

“Cuando llegué a Cantabria, comencé a trabajar en acompañamiento terapéutico -relata-. Lo hacía como voluntaria, al igual que en la asociación Askabide, donde empecé a trabajar poco después. Mientras convalidaba mi título universitario, hice un master en el Instituto Vasco de Criminología. Quería seguir aprendiendo”, subraya Alejandra que, durante una temporada, trabajó de camarera para pagarse los estudios de posgrado. “Menos mal que fue por poco tiempo, porque se me daba fatal”, confiesa con una sonrisa.

Los sucesivos viajes a Euskadi le descubrieron un lugar “más abierto al extranjero y lleno de oportunidades. Es verdad que los argentinos somos más histriónicos que los vascos y que, al principio, nos parecen un poco cerrados, pero también es cierto que ellos son muy receptivos y amables. Por eso, y porque aquí tenía más opciones académicas y laborales, decidí mudarme al País Vasco”.

El año mágico

Alejandra recuerda que homologar su carrera no fue fácil. “Tuve que dar varios exámenes y solo una profesora me trató como su igual. En el resto de los casos, los profesionales que tenía enfrente perdían de vista que no éramos un profesor y un alumno, sino colegas haciendo un trámite”, indica. Aun así, logró su objetivo al tiempo que cosechaba otros éxitos profesionales.

“2005 fue un año mágico para mí. Tuve ofertas de trabajo en los dos sitios donde estaba como voluntaria y pude aceptarlas, ya que hasta entonces sólo tenía permiso de residencia, pero no de trabajo”, detalla. Ese mismo año, su investigación final en el master recibió el premio Jean Pinatel al mejor trabajo criminológico, “y con ello me decidí a abrir este consultorio”, agrega. Cinco años después, Alejandra recibió un segundo galardón. Esta vez, de manos de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (SEPYPNA).

“Los reconocimientos me han servido de impulso para renovar fuerzas y seguir adelante. Pero, más allá de eso, la energía siempre debe estar puesta en avanzar. Esa es la línea desde la que trabajo con los pacientes que son inmigrantes y sufren ese quiebro entre los sueños iniciales y la realidad que encuentran acá. No existe oportunidad real de integrarse sin poner los pies en la tierra, sin asumir todo lo que implica la decisión de migrar y sin dejar a un lado el victimismo. Ser víctima te empequeñece, te hace depender siempre de otros y, en consecuencia, te impide crecer. Por ello no he querido convertir mi proceso migratorio en una queja permanente, en un tango”.

2011 América del Sur Ellas