165 | Brahim

El miércoles pasado, la comunidad islámica afincada en Euskadi celebró la Fiesta del Cordero o ‘Aid Kbir’, un acontecimiento “tan especial como Ramadán” que tiene lugar todos los años. Mientras millones de peregrinos acudieron a La Meca en estos días, cientos de musulmanes residentes en el País Vasco se dieron cita para conmemorar el momento en que Abraham, según el Corán, estuvo a punto de sacrificar a su hijo Ismael hasta que Dios le ordenó que sacrificara a un cordero en su lugar.

Entre las personas que asistieron a la ceremonia se encontraba Brahim Essadi, un miembro muy activo y respetado en la comunidad islámica de Euskadi. Residente en Vizcaya desde hace 14 años, propietario de un locutorio en Leioa, padre de tres niños pequeños e integrante de la familia árabe más numerosa del País Vasco -que suma “unas ochenta personas, entre primos, sobrinos y demás”-, este marroquí de trato afable y cordial oficia de puente y de nexo entre dos culturas distintas. Lo suyo es buscar la integración social, la convivencia pacífica y el respeto de la diversidad religiosa.

“Nos gustaría fundar una mezquita en la Margen Derecha. Y llevamos mucho tiempo intentándolo, pero hasta ahora sólo hemos encontrado obstáculos y reticencias”, expone Brahim, que se encuentra “muy sorprendido” por las barreras administrativas y sociales con las que se ha topado en el camino.

“Nuestra asociación había encontrado una lonja en Getxo, pero los vecinos no querían saber de nada con nosotros. Decían que íbamos a molestar y se opusieron tajantemente. Luego encontramos otra, más apartada, e invertimos unos 6.000 euros en acondicionarla. Pues bien, las autoridades municipales no tardaron en precintarla argumentando que no teníamos licencia. Al final, hemos perdido lo que hemos invertido y lo que no tenemos es un centro de oración”, relata este comerciante de 49 años antes de subrayar su “indignación” con las administraciones que “dan licencias para montar discotecas, pero no para fomentar la religión y la cultura”.

Para Brahim, “es una pena que haya tanto desconocimiento sobre los demás. Es verdad que siempre hay gente deshonesta, pero eso no tiene nada que ver con las creencias religiosas o con la procedencia -opina-. Nuestra fe, por ejemplo, está muy mal conceptuada debido a lo que se ve en los medios de comunicación, pero el Islam no tiene nada que ver con el terrorismo ni con tonterías. Nosotros sólo queremos un lugar para reunirnos y celebrar nuestra cultura en paz”, enfatiza.

Aprovechar la suerte

Antes de abrir el locutorio, comprar un piso en Sondika y formar una familia, Brahim y su mujer, Mahjouba, trabajaron durante diez años al ciudado de una señora mayor. “Vivíamos con ella, la atendíamos, la llevábamos a todas partes y cuidábamos la casa”, cuenta a modo de resumen, con orgullo. “Si hoy tenemos una casa y un negocio propios es porque durante todos esos años trabajamos mucho los dos y ahorramos cuanto pudimos, no porque recibamos subvenciones”, explica.

“La gente tiende a pensar que los extranjeros tenemos ayudas de todo tipo, y no es cierto. Al revés; muchos de nosotros las damos al colaborar con entidades benéficas. Es verdad que mi esposa y yo tuvimos mucha suerte al encontrar un buen trabajo, pero también supimos aprovecharla. Somos tan trabajadores y tan ciudadanos como cualquier persona de aquí, por eso me duele tanto que se vulneren nuestros derechos”, indica Brahim, y pone un ejemplo práctico: “El cementerio de Derio es el único de Vizcaya adaptado para funerales musulmanes, pero sólo pueden ser enterrados allí quienes residían en Bilbao. Los demás, aunque estemos al lado, tenemos que ir a Zaragoza o Marruecos, con todos los gastos que eso conlleva. ¿Por qué?”

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164 | Fernanda

El próximo sábado, a las 18.00 horas, la asociación de argentinos residentes en Euskadi (Arvas) celebrará un taller sobre el mate, “ese ‘cacharro’ curioso y humeante que muchas personas conocen de vista, pero muy pocas saben cómo funciona realmente y qué es”. La reunión, que tendrá lugar en el Centro de Culturas Unidas de Bilbao (c/ Olite, 1), estará “abierta a todo el mundo” porque pretende “explicar el significado de una costumbre muy arraigada en Argentina y el cono sur de América Latina”, señala Fernanda Rodríguez, una de las impulsoras de esta propuesta.

“Al principio, hace ya varios años, la asociación tenía por objetivo ayudar y orientar a los argentinos que recién llegaban al País Vasco y estaban un poco perdidos -cuenta-. Con el tiempo, al asentarnos, fuimos ampliando las metas. Empezamos a hacer cosas para ahuyentar la nostalgia y mantener vivos algunos aspectos de nuestra cultura. Y ahora nos interesa dar otro paso, abrirnos más a la sociedad local. Queremos compartir nuestras costumbres con los vascos y contarles cómo somos más allá de los clichés del tango y el fútbol”.

El taller sobre el mate que han organizado se enmarca en esa evolución. “Una vez que llegas a otro país y resuelves los asuntos más acuciantes, como la vivienda, el empleo o la documentación, te das cuenta de que necesitas humanizarte, generar vínculos, hacer amigos, querer a las personas y encontrar a gente que te quiera”, explica Fernanda, que vive en Vizcaya desde hace casi nueve años. “El mate conjuga muy bien todo eso porque da lugar a la intimidad y abre un espacio para compartir vivencias. Es más que una infusión; es un símbolo de fraternidad”.

Uno de los aspectos que incluirá el taller, además de las palabras asociadas a esta tradición y las propiedades de la bebida, es reseñar la importancia del ritual a la hora de tomar la infusión. “Como diría el periodista argentino Lalo Mir, ‘el mate es exactamente lo contrario a la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo’. Y, al compartir el recipiente es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, porque uno habla mientras el otro toma y viceversa”, cita Fernanda que, a pesar de haber emigrado hace muchos años, no ha perdido la costumbre de tomar mate a diario. “Creo que esta rutina y mi acento son las dos únicas cosas que me siguen ligando a mi cultura y mi país; las que me recuerdan de dónde soy y de dónde vengo”, agrega.

Empezar desde cero

En ese sentido, una de las cosas que más le impactaron al llegar aquí fue darse cuenta de que, al emigrar, “empiezas otra vida desde cero, porque nadie te conoce y dejas de tener un pasado. Todo lo que has hecho, lo que has sido, quién te quiso o a quién has querido es algo que sólo conoces tú. Para el resto de la gente, es como si hubieras acabado de nacer”, describe Fernanda antes de añadir que la experiencia migratoria es “muy enriquecedora, aunque duela”, y que por ello “todo el mundo “debería tener la oportunidad de experimentarla al menos una vez”.

“Mi esposo y yo nos fuimos de Argentina cuando estalló la crisis de 2001 -relata-. Y elegimos Euskadi porque su padre es vasco. En ese momento, la situación era muy difícil y mi suegro le dijo a Javier que lo único que podía darle era el pasaporte. Así fue que decidimos probar suerte y buscarnos la vida de este lado del Atlántico. Teníamos claro que era apuesta y una aventura. Lo que nunca imaginamos fue que sería tan larga y, a veces, tan dolorosa”, reconoce Fernanda. “En contrapartida, ha habido cosas muy buenas. Vivimos en Plentzia, el pueblo donde nació mi suegro, y aunque él sigue viviendo en Buenos Aires, una vez vino a visitarnos. De algún modo, sentimos que hemos cerrado un círculo”.

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163 | Giulia

Cinco asociaciones radicadas en Bilbao han unido sus esfuerzos para trabajar en red y dar vida a Ciprés, el primer centro intercultural de promoción del empleo, el autoempleo, la formación y los servicios. La iniciativa, que comenzó a gestarse hace más de un año, se dio a conocer hace poco, a finales de octubre, con la inauguración de los cursos de cocina, los primeros de una extensa lista de opciones.

“El proyecto está dirigido a personas excluidas o en peligro de exclusión social que viven en el País Vasco. Y es un modelo innovador de trabajo porque involucra a varias asociaciones que gestionan las actividades en pie de igualdad”, explica Giulia Secci, la abogada del centro. Para esta joven italiana, que llegó a la capital vizcaína hace algo más de tres años. lo esencial es que “se podrán mejorar las condiciones de inserción laboral y social de estas personas que, en su mayor parte, son inmigrantes”.

“Cuando llegas a un nuevo país, debes adaptarte a él, a sus costumbres y a la manera de hacer las cosas. Este proceso es difícil y es común a todos los extranjeros, con independencia de nuestro lugar de procedencia o la formación académica que tengamos”, señala Giulia, que nació en Cerdeña, comenzó su carrera en Boloña, vivió una temporada en Holanda y, finalmente, decidió acabar sus estudios en Bilbao.

“Vine aquí porque no quería regresar a Italia y, mientras estuve en Holanda, conocí a varios españoles. Madrid me parecía una ciudad demasiado grande y difícil de abarcar. Barcelona no me atraía porque hay demasiados italianos y lo que yo buscaba era aprender cosas nuevas, relacionarme con gente de otros lugares. Entre los chicos que conocí en Amsterdam, había un vasco que me habló mucho de Euskadi. Sentí curiosidad y vine”, resume Guilia antes de contar que “los primeros dos años fueron duros” porque le “costó acostumbrarse al lugar”.

Su experiencia personal la llevó a involucrarse en este nuevo proyecto de inserción sociolaboral. “Por un lado, buscamos soluciones prácticas para el desempleo y la crisis actual. Por otro, abrimos una vía de acceso a muchas personas que ya tienen conocimientos valiosos pero no encuentran manera de aplicarlos. Y, también, intentamos formar en oficios, costumbres y valores a aquellos que no han tenido antes esa posibilidad”, enumera.

Desarrollar el capital humano

La educación en valores y las clases sobre pautas culturales son un pilar fundamental en Ciprés. “La idea es que todas las personas puedan acceder al mercado laboral en condiciones de competitividad. Por ejemplo, hay profesionales y técnicos muy cualificados a los que sólo les hace falta aprender las normativas locales o cómo funciona el sistema productivo en Euskadi”, indica. “Otras personas, en cambio, dominan muy bien técnicas y manufactura que aquí no se utilizan o hacen falta -prosigue-. Lo importante es aprovechar el talento, el conocimiento y las ganas de superarse y trabajar”.

El planteamiento de las asociaciones cofundadoras -Ahislama, Asocolvas, Adrebol, La Comuna y Zubietxe- ha tenido buena acogida en las instituciones públicas y privadas. Cuenta con el apoyo del Gobierno vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y la BBK, que han visto en esta iniciativa un intento responsable y serio por fomentar la inclusión social, en todos los aspectos.

“Queremos construir una sociedad más integrada, diversa y plural y, a la vez, más rica, justa y desarrollada”, subraya Giulia. “El modo de conseguir eso es fomentar este tipo de actitudes. En lo personal, me siento muy orgullosa de poder formar parte del centro. Me gusta ver cómo las instituciones públicas inciden en el bienestar colectivo en lugar de promover políticas persecutorias. Pienso en Francia, o en Italia, y siento pena por el curso que han tomado. Ya me gustaría que mi país desarrollara el capital humano como lo hace Euskadi”.

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162 | Joran

Octubre ha sido un mes muy intenso para Sikap, la Asociación de Filipinos residentes en el País Vasco. Una exposición de artesanía en la Biblioteca de Algorta (que permanecerá abierta hasta el próximo sábado) y una jornada de talleres y danzas típicas celebrada en Las Arenas han servido para darle visibilidad a un colectivo que, a menudo, pasa desapercibido en Euskadi.

Joran Beros es uno de los 637 filipinos que viven junto a los vascos. En estos días, ha participado en las iniciativas de la asociación, aunque lo suyo, en realidad, es el deporte. “En Filipinas, el baloncesto es mucho más importante que el fútbol”, cuenta. Y resulta que esa preferencia también se mantiene en Euskadi. Por esa razón, cuando quieren confraternizar y divertirse eligen cestas en lugar de porterías.

Durante todo el verano (y parte del otoño), el colectivo filipino afincado en Getxo celebró un campeonato de baloncesto. Joran es el capitán del equipo ‘Hoopstar’ que, después de muchos encuentros, se alzó con el primer puesto. “El deporte y la integración son fundamentales para nosotros -dice-. Y van de la mano. Cuando disputamos un partido, no sólo estamos los jugadores. También asisten nuestras familias, que aprovechan para conversar. El presidente de la Asociación de Baloncesto, que asistió al último partido, estaba muy sorprendido por el poder de convocatoria”, agrega a modo de anécdota.

Los encuentros se celebran los domingos; “cuando la mayoría de nosotros tiene libre”. No es de extrañar, pues casi todos los filipinos trabajan en el servicio doméstico o en el sector de la hostelería, como él, que desde hace cinco años es camarero en un restaurante del puerto deportivo de Getxo. “Estoy muy contento con lo que hago. Me siento valorado y siempre me han tratado muy bien. Creo que eso es lo principal. Más allá de lo dura que sea una tarea, lo que importa es sentir que te aprecian y que eres parte de algo”.

Originario de la región de Bisayas, Joran llegó al País Vasco hace siete años y medio. ¿La razón para emigrar? Su novia, que actualmente es su mujer. “Ella viajó primero. Tenía aquí a su familia y vino para trabajar”. Al tomar la decisión, sabían que iban a estar un largo tiempo separados porque querían “hacer las cosas bien y llegar aquí con papeles”. Lo que no sabían era que el proceso resultaría “tan duro”, ya que hubo un factor que no tuvieron en cuenta. “Cuando ella se marchó de Filipinas, estaba embarazada y no lo sabía -explica Joran-. Se enteró al llegar a Euskadi y yo lo supe estando aún en mi país, a 12.000 kilómetros de distancia”.

Televisión en euskera y tagalo

El embarazo no cambió los planes de la pareja, pero sí les hizo el camino más arduo. Cuando él llegó al País Vasco, su hijo ya había cumplido un año y, como dice Joran, no le conocía de nada. “Fue difícil al principio, pero a mi esposa y a mí nos parecía importante tener todo en regla. De esa manera, ambos podríamos trabajar tranquilos y nos evitaríamos otros problemas más adelante”, razona este filipino de 31 años que, antes de trabajar en Getxo, lo hizo en el ferry ‘Pride of Bilbao’.

“El empleo estaba muy bien y era interesante porque siempre había cosas nuevas. Claro que, cuando tienes hijos, no puedes pasar tanto tiempo en el mar. La familia requiere presencia”, señala Joran antes de agregar que ya tiene dos hijos y “un tercero en camino”.

“Mi mujer y yo estamos contentos e ilusionados. Somos felices. La verdad es que el País Vasco es muy bonito, la gente es amable y se vive bien. Además, aunque yo tengo a todos mis hermanos en Filipinas, aquí está mi familia, la que hemos creado juntos”. Joran hace una pausa y añade: “Somos una mezcla interesante de culturas y es divertido, ¿sabes? Si vas a casa, encontrarás que en la tele vemos programas en euskera y en tagalo. Y descubrirás que mis hijos hablan mejor el castellano que yo. Claro… nacieron aquí”.

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161 | María Elena

El próximo sábado, durante todo el día, el barrio donostiarra de Altza acogerá su III Encuentro Multicultural. La cita tendrá lugar en la Casa de Cultura y, al igual que en los años anteriores, contará con la participación de decenas de extranjeros residentes en el País Vasco que quieren dar a conocer lo mejor de sus lugares de origen. En la jornada habrá música y danzas típicas de países muy diferentes, como Ecuador, Brasil, Rusia o Senegal. Y, además, una novedad. Por primera vez, se disputará un concurso gastronómico en el que se podrá degustar platos tradicionales de Euskadi, Honduras, Nicaragua, Chile, Guinea Ecuatorial o Pakistán, entre otros.

“Será un gran encuentro para celebrar la diversidad y mostrar que, más allá de las cosas negativas, los inmigrantes aportamos muchos aspectos positivos a la sociedad local. No todo lo malo que ocurre se debe a la llegada de extranjeros. Tenemos muchos valores y por ello es importante que nos demos a conocer en el plano cultural”, apunta la educadora social María Elena Lazo, que colabora desde hace años con la asociación Berpiztu, organizadora del evento.

María Elena nació en Perú, llegó a Donosti hace 24 años y su historia personal refrenda muy bien sus palabras. Madre de cuatro chavales y con una marcada vocación social, ella no emigró por dinero, ni siquiera por amor, sino por un matrimonio infeliz. “Tenía una profesión y un trabajo que me gustaba, pero una relación de pareja desdichada. Las cosas no iban nada bien y él me amenazaba siempre con quitarme a los niños”, dice obviando los detalles.

Cuando llegó a San Sebastián, su hijo menor tenía apenas un año. Y su vida, a partir de entonces, se centró en salir adelante, como cabeza de familia. “En aquella época no había tantos extranjeros y los que venían con una carrera conseguían puestos de trabajo cualificado. Yo vine con cuatro niños y mi único objetivo era que crecieran felices, tranquilos; que tuvieran educación y cariño. Cuidé a personas mayores y a enfermos, limpié casas… Y no me avergüenza porque lo hice para sostener a mi familia. Por supuesto, fue sacrificado, pero en Donosti volví a vivir. Desde el comienzo, me sentí segura y tranquila”.

De aquella época -mediados de los ochenta-, María Elena aún conserva sus primeras impresiones. “No había mendigos y eso me sorprendió. Todo estaba super limpio, ordenado y había una gran sensación de seguridad. Es verdad que ha cambiado mucho, y que ahora hay lo que no había. Ha venido más gente y no todo el mundo es honrado. Pero yo insisto: no se puede culpar a todos los extranjeros por las cosas malas que pasan. Eso no es realista, ni justo”.

Trabajo social

Antes de emigrar a Donosti, María Elena trabajaba como educadora social con los colectivos más marginales de Perú, como las prostitutas y los niños de la calle. Y, aunque aquí se dedicó a otras cosas, nunca perdió su vocación. Por esa razón, hace más de trece años se unió a la ONG Berpiztu, para trabajar como voluntaria. Este año, hace poco, la contrataron, y ella asegura sentirse “como en un sueño, realizada y feliz”.

“La organización está trabajando mucho con los inmigrantes; en especial con las mujeres. Casi todas buscan trabajo como empleadas domésticas, pero llegan sin saber cocinar o limpiar bien una casa. Cuando las cogen, sólo duran dos o tres días, y las despiden -explica-. Estamos poniendo el énfasis en enseñarles todas las habilidades necesarias para que sepan cómo hacer las tareas. Y también queremos paliar el analfabetismo con clases de escritura y lectura, porque los índices son elevados”, señala.

En cuanto a los planes futuros, María Elena asegura que le gustaría volver a Perú para aplicar todo lo que ha aprendido aquí en intervención social. “Es un proyecto que tengo desde hace mucho -dice-, aunque, claro, mis hijos ya son grandes y no se quieren ir allí. Creo que acabaré viviendo a caballo entre los dos sitios. Después de tantos años, me siento parte de ambos”.

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160 | May

Se marchó de Colombia en 1992, cuando tenía 19 años, con la esperanza de continuar aquí con su carrera de modelo. “Me iba bien en mi país y creí que, al llegar a Europa, podría comerme el mundo. Pero no fue así. Me equivoqué”. May García tardó poco en descubrir que los cánones de belleza no son siempre universales. “Fue un choque -dice-. El criterio aquí era distinto y, literalmente, yo no daba la talla; no tenía la altura suficiente para desfilar. Es duro que te digan a la cara que no vales”.

El contratiempo la desanimó, pero no le impidió seguir adelante. “Ya había hecho el viaje y había pasado por la despedida, que es lo más duro. No podía volver a Colombia sin más, ni quería darme por vencida. Mi meta era progresar, y eso no se consigue en dos días, sino con mucho tesón”, subraya. Si algo define a esta mujer, además de su simpatía, es la constancia y el esfuerzo en cada proyecto que emprende.

“Mientras buscaba oportunidades en lo mío, me puse a trabajar en otras cosas. Fui camarera en un restaurante, limpié casas… Y no me importó. Cuando decides buscarte la vida, te tragas el orgullo y sigues”. Claro que, si en medio se cruza el amor, la determinación se fortalece. Y eso fue lo que le ocurrió a May, quien, poco después de llegar, conoció al hombre que se convertiría en su esposo y en el padre de sus dos hijos.

“Éramos vecinos -relata-. Y muy críos. Quizá por eso el romance empezó con escenas como de película. Recuerdo que, al principio, él se paraba en la acera y tiraba piedrecitas a mi ventana, para que yo supiera que estaba ahí y bajara. Nos encontrábamos e íbamos a caminar. Y, después, cuando él pasaba frente al restaurante donde yo trabajaba, siempre intentaba quedarme cerca de la puerta para verlo y saludarlo. Sentía cosquillas en la tripa”, confiesa ahora, dieciocho años después.

May y su marido se casaron pronto, conscientes de que “nadie daba dos duros por la relación” y de que aquello era toda una aventura. “No teníamos nada, ni dónde caernos muertos, pero cuando estás con alguien y le quieres no debes pensar en quién es esa persona ahora, sino en quién puede llegar a ser. Todos tenemos potencial para mejorar. La clave es trabajar para aprovechar tus cualidades”, reflexiona May que, en la actualidad, se dedica a la comunicación y trabaja en una emisora de radio.

Camino de ida y vuelta

Desde hace seis años, May García es la delegada de Radio Tropical en Álava. Además de poner voz a la programación de las mañanas, se encarga de la gestión comercial y las relaciones públicas en Vitoria, donde reside. “Me apasiona mi trabajo y siento que es ideal para mí porque disfruto mucho hablando con la gente y organizando eventos de carácter social, familiar y solidario”, dice. También remarca que este trabajo fue una gran oportunidad para ella y “todo un gesto de confianza” por parte de los vascos.

“Aunque la idea de muchos extranjeros es integrarse, está claro que ese camino sólo puede hacerse de a dos. A veces tú pones de tu parte y, del otro lado, no hay respuesta. Por eso me siento muy agradecida porque alguien de aquí creyera en mí, como profesional, como persona y sin prejuicios”, señala.

“Los estereotipos afectan más de lo que parece. Antes de empezar en la radio, estudié estética, maquillaje y peluquería porque ese mundo, por mi pasado como modelo, me gusta. En un momento, incluso, abrí un centro estético mixto, pero muchos hombres se pensaban que, por ser latinoamericana, daba masajes de otro tipo. Fue violento y humillante. Por esa razón, siento gratitud hacia la gente que me valora por lo que soy más allá de dónde haya nacido; defiendo a la mujer y aplaudo al hombre que la respeta. Ser mujer e inmigrante te obliga a redoblar los esfuerzos para demostrar tu valía, y casi nadie se para a pensar que nosotras, la mayor parte de las veces, somos quienes sostienen a nuestras familias, tanto aquí como en los países de origen”.

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