‘Spa Night’

Spa Night es el primer largometraje del director Andrew Ahn. Una sinopsis posible es esta: David Cho, un joven estadounidense de origen coreano, comienza a trabajar en un spa de Los Angeles para ayudar económicamente a su familia. En su imaginario –como en el de gran parte de la comunidad coreana–, estos establecimientos son un lugar de disfrute familiar, tradición y relax. Sin embargo, al trabajar allí por las noches, descubre un mundo oculto de encuentros homosexuales que le atrae y le atormenta al mismo tiempo.

spa_night-786062056-largeLa homosexualidad como fuente de conflicto social, cultural y personal es un aspecto clave en esta película, que se desarrolla en el Koreatown de Los Angeles. La mayoría de las reseñas lo subrayan, no solo por la delicadeza con la que se aborda en el filme, sino también porque es el más fácil de ver.

No obstante, Spa Night ofrece otras aristas muy interesantes: inmigración, identidad cultural, segundas generaciones, expectativas depositadas en el país de acogida, precariedad laboral y fracaso. Así, mientras Ahn explora el mundo gay que existe tras la bruma de las saunas coreanas, despliega estos otros planos, con sus correspondientes intersecciones.

Hay varias escenas que ilustran la tensión del protagonista y el nivel de exigencia de sus padres, un matrimonio coreano tradicional que emigró a Estados Unidos en su juventud con la esperanza de prosperar y que, ahora, 20 años después, enfrenta serios problemas económicos. Una de estas escenas, que aparece en el tráiler, es cuando el padre de David habla con él y se lamenta por no haber hecho lo suficiente para asegurarle un futuro estable y provechoso. «Pienso que podría haber hecho más por ti, que podría haberlo hecho mejor», reconoce el hombre, vencido por completo, como si el éxito económico o el ascenso social dependieran únicamente de sí mismo y sus esfuerzos.

 

La pérdida del negocio familiar –un local de comida coreana que sostenían con gran esfuerzo–, la merma de los ingresos y la acumulación de deudas son un punto de inflexión brutal para este matrimonio, que vuelve a encontrarse tan pobre como al principio, pero sin la juventud ni las ilusiones de entonces. Y es, precisamente, en este momento, cuando todas las expectativas y los sueños del futuro mejor se transfieren de inmediato a la vida de su hijo: un heredero involuntario del proyecto migratorio de sus padres.

De este modo, mientras el padre se desliza sin remedio por la pendiente del alcoholismo y la derrota, la madre se pone a trabajar de camarera en otro restaurante para seguir trayendo dinero a casa, mantener a flote la economía del hogar y lograr que David estudie, que acceda a la universidad. Podrá estar rota la ilusión que la llevó hasta América en su día, pero la convicción de que eso –la cualificación, el hijo– los salvará de todo permanece intacta. A pesar de las evidencias.

También persiste el deseo materno de que se busque una novia –por supuesto, mujer; preferentemente coreana– con la que dar continuidad a la familia, entenderse en su lengua natal y compartir ciertas tradiciones, como ir juntas al spa para exfoliarse mutuamente las pieles muertas de la espalda. Y, claro, existe el temor a que David acabe teniendo un empleo tan anodino y una vida tan gris como la que han tenido ellos.

Con estos ingredientes, más un par de trabajos precarios –incluyendo el del spa, donde el protagonista lava toallas y friega suelos sin contrato ni Seguridad Social–, Andrew Ahn construye una historia de sensaciones y estados de ánimo en la que el personaje principal es empujado a unos objetivos casi imposibles de cumplir. Sé uno más y sé único. Mejóranos, pero no cambies. Haz que todos nuestros sacrificios merezcan la pena. Cumple el sueño americano, pero con una chica de Corea.

A través del protagonista, sus decisiones y sus dudas, el guion muestra de manera cristalina la enorme responsabilidad que a menudo cargan los hijos de los inmigrantes, obligados a la normalidad social por un lado y a la excepcionalidad académica y económica por otro. Y todo esto, como si fuera poco, conservando las raíces culturales de sus padres.

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