Puntos de vista

“Cuando la gente cambia de sitio, termina haciendo que el sitio cambie con ella. Uno viene y trae lo suyo incorporado, las creencias, las costumbres… todo eso que no puede medirse en kilos y es capaz de burlar a las aduanas”.

Columna de opinión publicada el 30 de marzo de 2009 en el diario La República.

Una de las cosas que tienen las migraciones es que modifican el paisaje de los pueblos. A veces, de forma sutil. Otras, de un modo más evidente. Pero, sea como sea, resulta innegable que cuando la gente cambia de sitio, termina haciendo que el sitio cambie con ella. Pienso, por ejemplo, en la cantidad de jóvenes del interior que se van cada año a estudiar o trabajar en Montevideo. Las ciudades que dejan, cambian; no por presencia, sino por ausencia, pero cambian. De a poco se van quedando vacías. Pienso también más allá de la frontera, en las familias que dejan Uruguay. En las generaciones que se desdibujan y se pierden con los adioses en el aeropuerto de Carrasco.

Cambia el lugar que se vacía tras la partida como el lugar que se llena de arribos, porque uno llega aquí con sus valijas y, sin querer, se trae su cultura consigo. Ese modo de ser social, las creencias, las costumbres… todo eso que, a pesar del pesar, no puede medirse en kilos y es capaz de burlar a las aduanas. Uno viene y trae lo suyo incorporado, como parte de la piel o de algún otro tejido, y por mucho que se adapte al entorno, que adopte expresiones y se integre, ese ‘chip’ no se puede quitar. Viene de fábrica, de serie, atornillado. Y uno no puede desprenderse de esas piezas a menos que termine desguazado. En el mejor de los casos, tuneado.

Pero decía que los paisajes cambian con las migraciones y eso es especialmente notorio en España, donde el 10% de la población es de origen extranjero. En Madrid hay barrios enteros que parecen cualquier cosa menos la ‘Madre Patria’. Barrios como Lavapiés donde se mezclan chinos con indios, paquistaníes con venezolanos y marroquíes con tailandeses con absoluta naturalidad, como si alguien hubiera arrancado un pedazo de mapamundi y lo hubiera hecho una pelotita con la gente metida ahí adentro. En Bilbao, que es donde vivo, existe algo así a escala: el barrio de San Francisco. Lo interesante es que, más allá de las zonas, esta ciudad cuenta con gente de 125 nacionalidades diferentes. Ciento veinticinco. Una barbaridad de oportunidades para empaparse de mundo y aprender cosas de primera mano.

Entre esa gran diversidad hay, por supuesto, uruguayos. Muchos de nosotros modificamos el paisaje tomando mate en la calle, en alguna plaza, o simplemente, hablando. Sonamos diferente y alteramos el paisaje sonoro. Pero, además de los países, hay personas de diversos credos. Musulmanes, por ejemplo, que ya son la segunda religión del país. El otro día, caminando por el centro, me crucé con dos mujeres musulmanas (no digo árabes porque no les pregunté de dónde eran y porque la fe no tiene país). Las dos iban cubiertas de la cabeza a los pies, llevaban ropa suelta y el pelo tapado, aunque tenían la cara al descubierto. Una iba con un cochecito de bebé. La otra la acompañaba. Charlaban sin atender al entorno, aunque con su presencia lo estuvieran modificando.

Entonces otras dos mujeres, vascas ellas, se quedaron comentando que aquello era una barbaridad, que pobres chicas, todas tapadas; que es una crueldad y que sus maridos deberían de ser unas bestias por obligarlas a vestir de ese modo. Consideraban, como la mayoría de las mujeres en el mundo occidental, que ese atuendo es una forma de dominación y esclavitud, que representa el sometimiento de la mujer a una cultura machista. Razonamiento comprensible, desde luego, aunque algo débil. Visto al revés, las otras dos mujeres podrían haber comentado lo mismo sobre nosotras. Algo así como “pobrecitas, todas expuestas, subidas a unos zapatos de taco enormes, maquilladas como muñecas y apretadas por la ropa, tiñéndose el pelo con químicos sólo por agradar al sexo opuesto”. Podrían decir que nuestros vaqueros ajustados y nuestra ropa interior con relleno son, además de neo instrumentos de tortura, claros representantes del sometimiento de la mujer a una cultura machista. O no. Quizá en lugar de compadecerse nos miran y sienten envidia. En cualquier caso, ahí está lo interesante de las migraciones; que cambian el paisaje, pero también las formas de pensar. Una mínima escena como esta borra de pronto los absolutos, los etnocentrismos, los caprichos, y hace que uno descubra lo que significa la diversidad.

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