La Galicia de Montevideo. Una biografía de Xesús Canabal, Manuel Losa Rocha.

Esta es la biografía de un migrante, Xesús Canabal, escrita por otro migrante, Manuel Losa Rocha. Tanto el autor del libro como su protagonista son gallegos y se radicaron en Uruguay siendo muy jóvenes, si bien llegaron a Montevideo con 35 años de diferencia.

Libro-losa-rochaA lo largo de sus 320 páginas, Manuel Losa repasa la vida de Xesús Canabal desde que era un niño humilde con deseos de progresar hasta que se convirtió en uno de los hombres más sobresalientes del comercio, la industria y la sociedad en Uruguay. Es decir, narra un caso de emigración exitosa, de esos que alientan a otros a emigrar. En el libro, publicado en 2011 por la editorial Mar Maior, el autor nos hace recorrer la diminuta aldea de O Amenal (perteneciente al Concello de O Pino), embarcar en un vapor transatlántico en 1910 y descubrir la vorágine de Buenos Aires y Montevideo, dos ciudades cosmopolitas y pujantes que concentraron gran parte de la emigración gallega a principios del siglo XX.

Hay varias cosas que me gustan de este libro. La primera, más personal, es que su protagonista, Xesús, es contemporáneo de mi bisabuelo Teodoro. Los dos nacieron en aldeas pobres y pequeñas, y los dos emigraron hacia el Río de la Plata cuando eran menores de edad. Hay apenas dos años de diferencia entre los nacimientos y las migraciones de ambos. En este sentido, leer la biografía de Xesús me ha permitido reconstruir en parte la de Teodoro. El relato me ayuda a comprender mejor cómo era esa Galicia de la que se marchaban y qué problemas atosigaban a las familias de aldeanos; también, a observar de cerca ese mundo nuevo al que llegaban solos y con escasa formación.

«La noche antes de tiempo»: lo que quedaba atrás

«Galicia fue uno de los pueblos de Europa que más sufrió la sangría de la emigración», dice Manuel Losa en la introducción de su libro, antes de plasmar el dato: entre 1850 y 1950, más de un millón de gallegos emigraron a América. Se marchaban de un «ambiente rutinario, gris, melancólico a veces, especialmente durante los inviernos largos, que perduran por más de la mitad del año, con sus brumas casi permanentes, la llovizna incesante (el típico orballo), la nieve, el crepúsculo prematuro a causa de las montañas cercanas, que acercaban la noche antes de tiempo, las bajas temperaturas invernales características de la Galicia interior, la montañosa, la de profundos bosques y espesas fragas».

La alimentación, cuando era, también era rutinaria. En la familia del protagonista, «al almuerzo, lo más común era el cocido a base de carne de cerdo, patatas, chorizo y, para la cena, el caldo de verduras y habas, aumentado con pan, sobre todo en invierno, cuando bajaban las reservas de carne y por momentos escaseaban algunas verduras a causa del mal tiempo persistente». La variedad de este menú era casi un lujo comparada con la monotonía gastronómica de otras familias y aldeas.

Entre las angustias que apuraban la partida, también amenazaba la Guerra del Rif, que se libraba lejos, pero reclutaba cerca. En la aldea de Xesús –y, añado yo, en la de Teodoro–, «el futuro para los hijos era incierto y más cuando les tocara hacer el servicio militar obligatorio, sabiendo que si eran destinados a África, muchos de los que iban allí sucumbían por las enfermedades o la guerra y no volvían más. Al menos en América había una esperanza».

Lo que encontraban: la exuberancia hecha ciudad

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Avenida de Mayo. Buenos Aires, 1911.

Xesús emigró inicialmente a Buenos Aires, así que sus primeras impresiones de emigrante están ligadas a esa ciudad y no a Montevideo, donde llegó algunos años después. No obstante, las descripciones que hace el autor sobre la capital argentina de principios del novecientos bien se pueden aplicar a la capital de Uruguay, más pequeña pero igual de próspera. De hecho, Uruguay era entonces conocido como la Suiza de América, un pequeño país de economía creciente y estable, y leyes sociales avanzadas, «revolucionarias para la época», dice el autor, que menciona algunas de ellas: «ley laboral de ocho horas de trabajo, ley de licencia por maternidad, voto femenino, ley de divorcio, separación de la Iglesia del Estado, educación laica y gratuita en su nivel primario».

Xesús «se quedaba pasmado con los grandes edificios, que parecían palacios como los de Santiago de Compostela, solo que aquí eran muchos y más modernos, y las calles eran distintas, anchísimas y arboladas. […] La ciudad de Buenos Aires se le presentaba como algo magnífico. […] También le llamaba mucho la atención esa exuberancia de los mercados de frutas, verduras, pescados y carnes, que hasta le parecía exagerada. Esos almacenes tan elegantes y bien surtidos, con productos exóticos para él… ¡y esos tazones de café con leche acompañados de unos enormes panes dulces con forma de media luna, qué sabrosos estaban! […] No se había imaginado tanta grandiosidad, tanto movimiento y lo que era más sorprendente… ¡que hubiera tantos gallegos por todos lados!»

Tantos gallegos… Más que en muchos lugares y ciudades de Galicia. «Casi todos eran de aldeas o pueblos diversos, que él ni se imaginaba que existieran –explica el autor–. Algunos eran recién llegados como él; los identificaba enseguida porque eran los que se mantenían más al margen de las circunstanciales conversaciones, de las risotadas. Y, además, por la forma de vestirse, parecía como si aún anduvieran por la aldea, tenían la mirada desconfiada, las manos en los bolsillos, siempre con la gorra puesta, recostados a alguna pared, observaban nada más, expectantes de lo que ocurría a su alrededor. En cambio, los que llevaban más tiempo ya se vestían algo diferente y se sentían más seguros al expresarse, andaban  más sueltos, eran más decididos, miraban de frente con la cabeza levantada, a veces hasta parecían algo arrogantes y algunos hasta se creían superiores a los recién llegados, aunque su forma de hablar enseguida delataba su origen».

Un siglo, más de un siglo, nada nuevo bajo el sol

La descripción que hace Manuel Losa de los gallegos emigrados –desde sus gestos en un entorno novedoso hasta la actitud hacia sus propios paisanos que acababan de llegar– me parece especialmente significativa porque sucedió hace más de un siglo y podría ser un relato de hoy. Tardan menos en cambiar los escenarios y las procedencias que el comportamiento social.

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Imagen de la Guerra del Rif (foto: diario El Mundo).

Esto me conduce a la segunda cosa que más me ha gustado del libro: la cantidad de ‘puertas del tiempo’ que hay escondidas entre sus páginas. Frases y apuntes como pasadizos que comunican directamente a otras historias de la actualidad. El servicio militar obligatorio como una causa de emigración, por ejemplo, no solo se produjo en Galicia durante la guerra de España con Marruecos. También sucedió en Guinea Bissau a principios del siglo XXI. «Mi familia no quería que yo hiciera el servicio militar. Allí es obligatorio y allí también hay guerra. Lo que te pagan por ser soldado es una bolsa de cincuenta kilos de arroz, una caja de pescado y diez euros en metálico. Y no estaba dispuesto a dejarme matar por eso», me contó el guineano Mamadú Saliú cuando lo entrevisté en 2008. ¿Qué diferencia hay entre su temor y el de Xesús Canabal o el de mi bisabuelo Teodoro?

Más puertas: Xesús «había escuchado historias de algunos indianos que parecían fantásticas, de hombres a los cuales no conocía, que se habían ido a América siendo niños como él y después de muchos años volvían ricos, pero no para quedarse definitivamente», cuenta el autor. La gesta de los emigrantes exitosos era, y es, uno de los motores más poderosos para animarse a dar ese salto, a veces mortal.

En los países de partida, se le presta menos atención a las noticias que a los romanceros. Cuando no se trata de hazañas que se repiten hasta transformarse en leyendas, son los propios emigrantes retornados quienes se encargan de alimentar ese mito. No hay tantas historias brillantes como la del protagonista del libro –por cada Xesús hay miles de Teodoros–, pero una única historia con mucho brillo encandila lo suficiente como para impedir que se vean las demás. Hay documentales, como Semillas que el mar arrastra, de El Hadji Samba Sarr, que retratan muy bien esta dinámica, este remake de El Dorado en el que sucumben hasta los niños. Aparte de eso, están las historias mediocres que se venden por más de lo que valen: en un intento por justificar la decisión de haberse ido, muchos emigrantes cuentan sus memorias convenientemente editadas. He conocido emigrados de oficios modestos –una limpiadora doméstica y un jornalero de la construcción– que se han endeudado por dos años para volver a su país de origen durante un mes, alquilar un coche 4×4, comprar regalos de Navidad onerosos y pagar muchas comilonas familiares, tirando de tarjeta.

En el anverso de esta moneda, las ayudas económicas de los emigrantes a sus respectivas tierras de procedencia es un compromiso tácito y sostenido. Lo hacían los gallegos desde América Latina, lo hacen los latinoamericanos desde España. «Los gallegos de la diáspora siempre estaban buscando diversas formas de ayudar a los que se habían quedado en su tierra. Había otra Galicia fuera de su territorio, que no se olvidaba de los que no habían emigrado y pasaban necesidades», relata Manuel Losa.

La reagrupación familiar es otra constante. El libro plantea que el proyecto migratorio de su protagonista no se agotaba en sí mismo, sino que abarcaba también a su familia. El sueño de Xesús era asentarse en Uruguay y poder reunirlos a todos en ese nuevo rincón del mundo, desde los hermanos hasta los padres. Este objetivo a medio y largo plazo estuvo veteado por decenas de contratiempos y angustias, que incluyeron la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. El autor cuenta en detalle lo importante que era para este emigrante salvar también a sus familiares, el gran espacio que ocupa ese pensamiento en su vida y los muchos esfuerzos laborales y económicos que realizó para materializarlo. La historia, en la actualidad, es la misma.

También se parece bastante este pasaje, «no había horario para los hermanos Canabal. No les importaba trabajar diez, doce horas o más si era necesario; de hecho, así ocurría con frecuencia», a muchas frases que se usan ahora para describir –criticar y atacar– a los comerciantes extranjeros que residen en España, particularmente a los chinos.

Otro pasadizo temporal que me ha parecido interesante está en el consejo que Xesús recibió de su padre antes de emigrar. «Le había explicado con mucho detalle cómo era Buenos Aires y sus habitantes, entre los cuales encontraría muchos italianos y de otros países, a los que no les entendería nada de lo que hablaran. Pero también le había dicho que no se preocupara por eso y que estuviera siempre al lado de los gallegos, que a esos sí los iba a entender». Comprender da seguridad. La compañía da seguridad. Rodearse de semejantes lo hace sentirse a uno menos extraño. La búsqueda de los paisanos es natural. De ahí que en aquel tiempo y ahora existan numerosas asociaciones de inmigrantes que  se ayudan entre sí mientras mantienen vivas las tierras añoradas.

Cuando el tiempo pasado fue mejor

La inmigración tiene momentos perennes. Por eso, algunas frases del autor pueden aplicarse a cualquier historia de hoy. Rescato una me ha parecido especialmente acertada. «Finalmente, había llegado a Buenos Aires y ahí lo estaba esperando la tierra de su ilusión […]. Su capital se reducía a lo poco que llevaba en su maleta, además de lo puesto. Común denominador de la mayoría de los emigrantes en todo tiempo y lugar. Esa carencia total de patrimonio y los afectos a miles de kilómetros de distancia hacían que su espíritu debiera fortalecerse […]. Nunca más estarán tan lejos de su tierra y de sus afectos como en ese momento, el momento de la llegada».

Este diálogo entre el pasado y el presente ofrece muchas coincidencias y repeticiones entre el siglo XX y el XXI. Pero, también, ofrece contrastes y descubre aspectos que han cambiado para peor. Entre ellos, me ha llamado la atención la actitud hacia los refugiados gallegos en Uruguay. Manuel Losa dedica un capítulo entero de su libro a este asunto. De él extraigo las siguientes reflexiones, que transcribo pensando en los miles de sirios que intentan llegar a Europa:

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Un hombre sirio se exilia con su bebé en brazos (foto: Periodista Digital)

«Durante la Guerra Civil Española y después de la misma, llegaban a Buenos Aires y Montevideo muchos refugiados. Con base en Montevideo trabajaba un comité de ayuda que lideraba Xesús Canabal […], que recibía a esos refugiados y les proporcionaba documentación, trabajo y lo que fuera necesario para que pudieran sobrevivir al principio, dignamente, hasta insertarse en la nueva sociedad. […] Las acciones de ayuda a los refugiados y exiliados españoles desde el Río de la Plata se desarrollaron por bastante más de una década. En el Centro Republicano Español se planificaban las operaciones principales. […] Muchos de los exiliados llegaban procedentes de Francia, cuando algunos de ellos eran liberados de los campos de concentración por los aliados, donde habían sido apresados por la ocupación alemana, al huir de España. Deambulaban sin rumbo, abandonados a su suerte, entre la miseria de los campos y las ciudades francesas, enfermos, hambrientos, hasta que los más afortunados eran ‘encontrados’ por compatriotas que después de engorrosos trámites burocráticos y aveces también ‘pasando por alto los mismos’ los podían ayudar, embarcándolos hacia Buenos Aires o Montevideo, a veces sin documentación formal, casi o sin dinero, y al llegar al Río de la Plata eran ayudados».

El aprendizaje, como la memoria, es selectivo. Está claro.


 

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