El negocio de la xenofobia en 16 claves

Por Rubén A. Arribas

@estoy_que_trino

01 | La detención de inmigrantes como chollo económico. En el libro El negocio de la xenofobia. ¿Para qué sirven los controles migratorios? (Clave Intelectual, 2013), Claire Rodier ofrece datos y argumentos que avalan una de sus principales tesis: «el mercado de la detención de inmigantes es floreciente». De hecho, según esta jurista francesa de GISTI (Grupo de Información y Apoyo a los Inmigrantes) y cofundadora de la red europea Migreurop, este mercado viene creciendo, sobre todo, desde el atentado de las Torres Gemelas en 2001, a un ritmo de un 10 % anual. Según datos del Transnational Institute que figuran en el informe negocio_xenofobiaMigrant detention in the european union: a thriving  business,  el mercado de la seguridad en las fronteras fue de 15 billones de euros en 2015 y se espera que crezca hasta los 29 billones en 2022.

02 | G4S, la referencia en seguridad. La multinacional G4S dedica una parte de su actividad comercial a la gestión de la inmigración. Es decir: la inmigración es un nicho de mercado —muy lucrativo, por cierto— dentro de otro mercado más grande que es el de la seguridad. Para hacernos una idea del tamaño de G4S y de su actividad, ahí van unos datos: en Reino Unido gestiona 4 prisiones privadas, 4 grandes centros de detención para inmigrantes y solicitantes de asilo, y numerosos centros más pequeños para estancias de corta duración. En total, maneja un volumen de negocio de unos 1000 millones de libras y una plantilla de unos 40.000 asalariados. Negocio a un lado, llama también la atención la sutil criminalización del migrante: lo vigila personal de las mismas empresas que gestionan cárceles, es decir, sin cualificación específica. Por cierto, en términos globales, G4S está presente en 110 países y «en 2011 llegó a ser el segundo mayor empleador del mundo dentro del sector privado, con más de 600.000 asalariados».

03 | El sistema SIVE: la costa española como negocio. El sistema SIVE consta de estaciones de detección, radares móviles, lanchas de patrulla y demás implementos necesarios para que la Guardia Civil controle nuestra frontera con África. En 2004 supuso una inversión de la Unión Europea de 260 millones de euros, y su único éxito visible fue desplazar la ruta migratoria de Ceuta y Melilla hacia Canarias (pero también hacia Alicante, Valencia e Ibiza). ¿Qué solución idearon la UE y el Gobierno español? Darle a España otros «356 millones de euros procedentes del Fondo Europeo para las Fronteras Exteriores» a fin de extender el SIVE por unos 1000 km de la costa española. ¿Quién fue la gran beneficiada de todo este movimiento de dinero? Entre otras, la empresa Indra, que, según Rodier, consiguió después el contrato para proteger las fronteras de Portugal o postularse para  el mismo negocio cuando Estonia y Letonia pensaron en levantar vallas en su frontera con Rusia.

04 | La economía de la seguridad. En el Capitalismo todo es negocio; por tanto, la cuestión es saber mirar bien dónde está escondido ese nicho de mercado que a otros les ha pasado inadvertido. De hecho, una manera de ver el asunto es pensar en los millones de personas que hay en situación irregular como un mercado potencial. El documental francés Fronteras de alto coste demuestra que la cifra de 8 millones de personas clandestinas que dan la UE y Frontex en sus informes es mentira. Es más: es solo el cálculo a ojo que hizo un demógrafo —quien confiesa sentirse muy arrepentido— a partir de un dato que vio en el periódico Le Figaro. ¿Y por qué nos mienten? Para hinchar las cifras con que pretenden justificar los cientos de millones que destinan a partidas presupuestarias de planes de seguridad ineficientes o injustificados. Quiero decir: no se justifica igual gastarse lo que se han gastado en el SIVE, en Frontex o en fortificar fronteras si, de repente, el número de personas en situación irregular son 3 o 4 millones. La economía de la seguridad manipula las cifras para distorsionar la percepción pública e incentivar nuestro miedo al vecino.

05 | Fomentar el culto a la tecnología punta.  «La tecnología es el mejor garante de la seguridad». Ese es el mantra de moda en los congresos de seguridad, como los de Milipol. Una manera sencilla de enriquecerse es vender tecnología punta hipercara a cualquier Gobierno que no sabe cómo gestionar el fenómeno migratorio. Da igual si esa tecnología es de dudosa eficiencia; lo importante es que aporta instrumentos con nombres llamativos —cámaras infrarrojas, micrófonos hídricos, radares móviles, sensores optrónicos, vehículos aéreos no tripulados, etcétera— y resulta muy aparente ante la opinión pública. Además, la tecnología punta tienen una ventaja inigualable: se vuelve obsolescente enseguida y hay que renovarla cada tanto, es decir, implica volver a gastar más dinero público en beneficio de empresas privadas. Cómo será de grande el chollo que Claire Rodier cita a expertos que califican este mercado como equiparable al del momento en que se inventó la aviación.

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Foto: Prodein (tomada de eldiario.es)

06 | Invertir en tecnología de doble uso. La gran oportunidad de negocio de las empresas dedicadas a la seguridad está en reaprovechar para usos civiles los excedentes o el material que va quedando obsoleto de la industria militar. El ejemplo paradigmático es el dron Pedrator B, fabricado por la empresa General Atomics: después de que el ejército estadounidense lo utilizase en misiones de guerra en Irak o Afganistán, lo ha reciclado para misiones de control en la frontera con México. Cada dron, según el documental Fronteras de alto coste, cuesta 17 millones de dólares, cada hora de funcionamiento sale por unos 12.000 dólares y, de acuerdo con los datos oficiales, el conjunto de drones apenas consigue un 2 % de detenciones de migrantes. Y hablamos de que ese gasto millonario en drones viene después de que los republicanos invirtieran unos 1000 millones en las fallidas barreras virtuales o de que el Gobierno del Estado de Arizona invirtiera 1500 millones en radares. Va siendo hora de que nos hagamos la pregunta al revés: ¿no sería mejor un mundo en el que, en vez de invertir miles de millones de dólares en cerrar ineficientemente las fronteras, los invirtiéramos en políticas de inclusión social y de gestión de la diversidad?

07 | Asociar, sin pudor, la inmigración con la criminalidad. Las migraciones existen desde hace mucho. En su libro Inmigrantes y ciudadanos. De las migraciones masivas a la Europa de la fortaleza, Saskia Sassen —premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales de 2013— documenta la importancia de las migraciones intraeuropeas en los últimos siglos para la economía de naciones como Italia, España, Alemania, Suiza o Países Bajos, y lo fundamentales que resultaron para construir un país como Francia en el siglo XIX. Sin embargo, incluso el dinero público se utiliza para incentivar el discurso del odio y de la hostilidad (y de la ignorancia), como en el reciente caso del escritor —y plagiario— Pérez Reverte. Pero antes que él estuvieron otros —Javier Maroto, Esperanza Aguirre, Josu Bergara, etcétera— trillando la misma senda (una senda que siempre carece del mínimo intelectual indispensable: la contextualización, el matiz, la documetación…). En fin, empezamos acusando a los migrantes de robarnos el trabajo y de quedarse las ayudas sociales y, como eso no bastaba, ahora los hemos convertido en potenciales terroristas. Según Claire Rodarie, las razones son estas:

«El hecho de asociar terrorismo e inmigración, especialmente cuando la sombra del islamismo se desliza entre ambos conceptos, sirve para legitimar bastante más que las fronteras, pues también refleja la representación binaria de una sociedad occidental, portadora de valores universales y amenazada por terroristas extranjeros, enemigos de la democracia y de la libertad. Una imagen que les interesa perpetuar a los Estados que en el pasado impusieron por la fuerza sus leyes en aquellas regiones del mundo de donde hoy en día proceden los inmigrantes, con el fin de justificar la supremacía del modelo que pretenden representar».

08 | Construir kilómetros y kilómetros de vallas. Hay 3 cosas que cualquier persona mínimamente informada sabe: 1) el instrumento más útil para regular un flujo migratorio es una recesión económica —no una costosísima valla—; 2) económicamente, es inviable perimetrar las fronteras de la UE o de Estados Unidos, y la de casi ningún país; 3) la mayoría de las personas que entran irregularmente en España, por ejemplo, lo hacen por el aeropuerto. Eso, insisto, lo sabe hasta el analista más cerril del ministerio de Trabajo o de Asuntos Exteriores del Gobierno más conservador que podamos imaginar. Sin embargo, vivimos en la sociedad del espectáculo, así que a los Gobiernos les encanta armar un poco de circo y que este se retransmita por la televisión. Como señala Claire Rodaire, «construir una barrera es la mejor manera de no hacer nada y, sin embargo, dar la impresión de que estás haciendo algo». O dicho de otro modo: gastar 33 millones de euros en 12 km de valla tiene muchas ventajas simbólicas. He aquí algunas de ellas:

«El principal objetivo de los muros antimigración no es impedir el paso de los inmigrantes, cuanto menos no en mayor medida que la promesa de su construcción. Los muros constituyen una especie de portavoces que interpelan a los candidatos a la inmigración, advirtiéndoles de que la última etapa de su viaje no será la menos difícil de completar, y preparándoles para la suerte de clandestinos que les aguarda al otro lado. Pero también están destinados a reconfortar: no solamente a los habitantes de sus proximidades, a los que pretenden tranquilizar con estas pruebas tangibles del ataque a los problemas por parte de las autoridades; sino también a los propios Estados que, marcando bien sus fronteras, intentan compensar la progresiva pérdida de su soberanía».

09 | Los grupos de presión política y las puertas giratorias. Las empresas que hacen negocio con la seguridad suelen interesarse mucho en al menos dos cuestiones. La primera es influir en la elaboración de las políticas de seguridad. Para ello se infiltran a través de supuestos expertos independientes en los llamados comités de sabios (donde, por supuesto, hacen de lobos disfrazados de corderos). La segunda es contratar a personal cualificado que antes trabajó «en puestos importantes en administraciones estratégicas» y enrolarlos en un lobby o grupo de presión. Así, según Claire Rodier, estos grupos exigen a los Gobiernos que endurezcan las «barreras juridícas». Los corderos de los lobistas dicen que es por seguridad, claro; sin embargo, es sencillo darse cuenta de que aumentar los requisitos de entrada a un país incrementa el número de personas en situación irregular y, por tanto, el número de personas que detener, recluir y luego repatriar. Es decir: es una medida que eleva ferozmente su volumen de negocio.

10 | Recluir mucha gente mucho tiempo. La construcción de campos de detención está proliferando en todo el mundo. En un sentido simbólico, según Claire Rodier, estos transmiten un mensaje similar al de las vallas: «son instrumentos de disuasión, o más bien de advertencia: es preciso que en los países de origen se sepa que antes de llegar a la meta hay que pasar por la casilla de la cárcel». En un sentido ecónomico, son rentables para quienes obtienen la concesión: la empresa Gepsa cobraba 34 € por día y persona, esto es, ganó 14,6 millones de euros en 3 años a costa del erario francés. ¿Dónde está el chollo económico? En que para tramitar la expulsión del país se necesitan menos de dos semanas; sin embargo, los Gobiernos retienen a los migrantes incluso meses (saltándose la ley si hace falta). Cómo será de grande el negocio que Israel está construyendo un campo de detención con capacidad para 11.000 personas —africanos y africanas, preferentemente— en el desierto del Neguev.

11 | La externalización de las fronteras (I). La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice lo siguiente: «Toda persona tiene el derecho de salir de cualquier país, incluido el suyo». Sin embargo, la UE se dedica a convertir en delincuentes a personas que solo han cometido una falta administrativa consistente en venir de Senegal, Camerún o Mali y querer cruzar sin documentación la frontera marroquí, argelina o tunecina con España. Antes, Marruecos, Argelia o Túnez eran solo lugares de tránsito migratorio; pues bien, ahora la UE los ha convertido en prisiones para migrantes y les ha subcontratado la tarea de hacerse cargo de ellos. Es más: les ha obligado a tramitar leyes antiinmigratorias y antiterroristas que antes no tenían (y que no necesitaban, claro). ¿Qué reciben a cambio? Unos visados para entrar en Europa por aquí, un montón de dinero por un acuerdo de pesca por allá, colaboración financiera para tal o cual proyecto… En fin, la UE ha deslocalizado el problema de su territorio y se lo ha trasladado a países que antes no lo tenían. De momento, el alto precio que paga —con dinero público, recordemos— le parece razonable.

12 | La externalización de las fronteras (II). Desde principio de los 90, como reflejaba Saskia Sassen en Inmigración y ciudadanía, nos aqueja el «síndrome de la fortaleza Europa». Claire Rodier alude a eso mismo con otra metáfora: el «cordón sanitario». En 2011, cuando Rodier publicó el libro, la frontera real de la UE estaba ya en Bielorrusia, Moldavia, Ucrania, Rusia, Georgia, los Balcanes, Mauritania, Libia, Egipto, Senegal y Nigeria. A eso había que sumarle Estados Unidos y Canadá. Todos esos países habían firmado acuerdos para hacerse cargo de aquellos migrantes a quienes la UE denegase la entrada. Eso le ha permitido a la UE algo maravilloso: sustraerse a controles «de la percepción pública y de la supervisión de los organismos parlamentarios o jurisdiccionales» (los acuerdos se establecen como si fueran «acuerdos técnicos», y no leyes que deban someterse a debate público; de ahí que Rodier hable de una «diplomacia paralela»). Es la misma lógica que con las empresas de seguridad que repatrian migrantes: si alguien muere, la culpa es de la empresa, y no del Estado (véase lo que sucedió en el caso de Jimmy Mubenga).

13 | La externalización de las fronteras (III). Dos ejemplos prácticos de cómo negocia la UE en función del tipo de país. Si Ucrania, país no miembro, está separada por 500 km de frontera de cuatro países —Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía— que sí lo son, la UE le ofrece un acuerdo que le permita soñar con ingresar un día en su selecto club (si antes Putin no termina de invadir del todo Ucrania, claro). Entre tanto, mientras su policía rechaza personas de hasta 25 nacionalidades en su frontera y se hace cargo de ellas, la UE le compra gas o cualquier otra chuchería onerosa. Si el país se llama Mauritania, la UE negocia un ventajoso acuerdo de pesca que le permita enviar sus barcos a esquilmar la costa africana (sin tener en cuenta que eso empobrecerá más aún al país, arruinará las economías de subsistencia de los pueblos costeros y hará que los africanos sigan migrando hacia Europa).

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Foto: Mohammad Ghannam (tomada de la web de Médicos Sin Fronteras)

14 | Frontex, otro pozo sin fondo donde gastar millones. Frontex ha sido un gran invento para las empresas dedicadas a la economía de la seguridad. En 2005 tenía un presupuesto de 6 millones de euros. En 2011, ya estaba en 86 millones, cifra que se redondeó después añadiéndole un complemento de 43,9 millones debido al aumento de actividades de la agencia. En el momento de publicarse El negocio de la xenofobia, Frontex le había costado a la ciudadanía europea 285 millones de euros entre 2007 y 2013. La prensa recoge que el presupuesto de Frontex ha sido de 150 millones de euros en 2015 y de 250 millones en 2016. Su ineficiencia está a la vista: mueren más personas que nunca en el Mediterráneo (4742, según la OIM, en 2016).

15 | Falta de transparencia y retórica comunicacional. Los Gobiernos no suelen presentar las cuentas relacionadas con lo migratorio y la seguridad debidamente desagregadas, lo cual impide que se debata apropiadamente cómo y en qué se gasta el dinero público. Son conscientes, según Rodier, de que esos datos tienen una fuerte carga ideológica. Además, eluden casi cualquier pregunta sobre el gasto y la ineficiencia de ese gasto, como si no quisieran contestarnos a la cuestión central: ¿cómo sería Europa si, en vez de invertir 400 millones de euros en dos años en militarizar Frontex, los hubiera destinado a acoger a los refugiados y migrantes, y a políticas de inclusión social? ¿Viviríamos mejor? Bien, a eso se le suele llamar buenismo, demagogia, etcétera. Entre tanto, los gabinetes de comunicación de la UE o Frontex intentan convencernos de que fue un éxito gastar 24 millones de euros en detener a 53.000 personas cuyo gran delito era querer entrar en Europa (los datos del libro son de 2007). ¿Alguien se ha preguntado cuánto gastamos en detener a quienes roban el dinero público o perseguir a quienes lo ocultan en paraísos fiscales?

16 | El juego del gato y el ratón. La economía de la seguridad es un juego más inventado por el Capitalismo. Es decir: para quienes lideran esas empresas se trata de ganar todo el dinero que puedan hasta que deban mudarse a otro nicho de mercado. Por tanto, ponen el acento en ganar dinero, y no en solucionar problema alguno. O dicho de otro modo: asistimos a una calculada ineficiencia que resulta lucrativa para las cuentas bancarias de unos pocos. A la vista de todo lo contado anteriormente, Claire Rodier formula así su conclusión: «En el juego del gato y del ratón, el gato no tiene necesariamente interés por eliminar a la presa». De lo que se trata, como hace estupendamente El negocio de la xenofobia, es de identificar a quienes hacen de gato, desvelar qué tipo de juego criminal han planteado y denunciar que se están enriqueciendo con el dinero público. También de aportar nuestro grano de arena para que, como decía Saskia Sassen, «fortalecer los derechos de los inmigrantes» signifique «reforzar los derechos» de toda la ciudadanía.


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