Educar desde el locutorio, Nora Rodríguez.

Los datos de la ONU y del Banco Mundial son claros: en el mundo hay unos 250 millones de migrantes internacionales. La mitad son mujeres. Muchas son madres y emigraron por primera vez sin sus hijos. Nora Rodríguez, la autora de este libro, ha entrevistado a un centenar. En su caso, ha hablado con mujeres de todas partes del mundo que residen y trabajan en Cataluña mientras procuran mantener viva su maternidad desde el locutorio. «Basta con verlas en las cabinas, trenzando entusiasmadas palabras de amor incondicional, intentando amarrar a sus hijos aunque sea a través del hilo telefónico…», describe.

libro-locutorio«Educar desde el locutorio es un libro sobre madres que han dejado temporalmente a sus hijos y cuyo equipaje más valioso son los recuerdos, las ilusiones, y los retazos de promesas que arrastran mientras aprenden a educar a distancia. Mientras aprenden a no sentirse extrañas en una cultura diferente, o en el peor de los casos, a no sentirse ilegales a pesar de que les digan lo contrario», añade la autora en la introducción para definir el contenido.

En realidad, el trabajo de Nora Rodríguez va mucho más allá. Opera como testimonio de que muchas, muchísimas personas deben aprender a relacionarse con sus afectos a distancia, a construir nuevos modelos de familia y de amor. Muestra cómo querer desde lejos no es fácil, en especial cuando la relación es entre madres e hijos. De ahí, la primera reflexión: «Una de las cuestiones más importantes que todo emigrante debería tener en cuenta para educar en la distancia es que no existe un único modo de vivir en familia».

El techo abierto

Nora Rodríguez utiliza la imagen del techo abierto para mostrar que una familia es más que la suma y convivencia de sus miembros, y que, por tanto, con la partida de una madre «no se interrumpe la familia, sino un antiguo proyecto familiar». El techo simbólico de estas familias que se separan es más grande y abierto que el de las que permanecen juntas. Esto supone que otras personas –abuelos, tíos, maestros, vecinos– se impliquen en mantener en pie a la familia mientras está disgregada y que todos –desde las madres que se van hasta los niños que se quedan– tengan que redefinir o ajustar sus roles.

En este cambio de escenario, el desafío es colectivo. Interpela a madres, padres, hijos, abuelos,  tíos, vecinos, educadores y ‘espectadores’, es decir, a quienes no formamos parte de esa transformación familiar pero la observamos y juzgamos –en ocasiones, con demasiada rapidez y ligereza–. A modo de antídoto, bálsamo o cortafuegos, Educar desde el locutorio es un libro que se despliega en tres planos: el personal (donde se recogen los casos concretos de Mariuxi, Luz, Joselyn o Thérese, entre otros), el práctico (dirigido a estas y otras mujeres que se enfrentan a los sinsabores de la maternidad a distancia) y el educativo, dirigido a quienes no hemos pasado por una situación así y no comprendemos su complejidad, pero la zanjamos con apreciaciones simplistas.

«¡Qué madres desnaturalizadas!», «abandonan a sus hijos», «qué poco sentido de la responsabilidad», «lo último de lo último es dejar solo a tu hijo», «no sé qué tienen en la cabeza», o «yo no podría» son algunas de esas frases y pensamientos que surgen al conocer un caso de maternidad a distancia. Al respecto, Rodríguez hace la siguiente reflexión: «Hay que tener presente que cuando una madre ha decidido dejar a su hijo es porque sabe que si el hijo viaja sin papeles a un país con un idioma diferente los problemas serán mayores; mucho más de los que puedan surgir en una separación temporal en la que el hijo queda al cuidado de otras personas elegidas por ella».

La paja en el ojo ajeno

La observación de la autora me recordó una charla con Norma Vázquez, psicóloga mexicana a quien entrevisté para el periódico en 2011. «Hay que pensar que cuando las personas de aquí critican ferozmente esa decisión, lo hacen desde una realidad completamente distinta», desde una ‘zona de confort’ que «les permite mantenerse cerca físicamente de sus hijos y no les fuerza a tomar una decisión tan dura pensando que es lo mejor». Una madre no se aleja físicamente de sus hijos si no está convencida de que así será más útil a su desarrollo.

En consonancia con esta idea, Rodríguez nos coloca delante de un espejo muy interesante: «Es necesario que entre todos empecemos a desterrar prejuicios sobre las madres que toman decisiones tan drásticas como separarse de sus hijos temporalmente. Simplemente porque no es justo que se las estigmatice cuando en sociedades desarrolladas como la nuestra vemos a diario niños con síndrome de abandono viviendo con ambos padres.

Emigración sin hijos: reinventarse a cada paso

Con un tono amable y cercano, el libro de Nora Rodríguez toca temas muy duros, como los puntos de partida de esas mujeres migrantes, el enjuiciamiento social que soportan (tanto aquí como en sus países de procedencia), los chantajes emocionales, las confianzas rotas o la argamasa de ilusiones, expectativas y fracasos que se forma tras la partida.

A través de diez historias, la autora nos cuenta mucho más: nos habla de la violencia –machista, familiar o social– que sufrieron esas mujeres, de lo poco valoradas que estaban. Nos habla de cuidadores que no siempre cumplen su papel o lo hacen a medias, destinando parte del dinero de las remesas a otras cosas más allá de los niños que han quedado a su cargo. Nos habla de pequeños con el síndrome de Cenicienta, de hijos que no quieren ver a sus madres, que lloran en cada llamada, que las idealizan, las desconocen o las culpan.

Nos habla también del primer retorno al país de origen, del primer reencuentro, de todo lo que supone a nivel emocional y familiar. De cuánto nos modifican las experiencias migratorias –a quienes parten y a quienes permanecen–, de cómo cambia la identidad cultural y de lo compleja que puede resultar la reagrupación de los hijos, más allá de las burocracias de turno. «Estar  preparadas para la reagrupación no implica solo comprar los billetes e ir a buscar a los hijos», explica Rodríguez. Estar preparadas implica asumir que la convivencia puede ser difícil, que los niños también han cambiado, que pueden temer una nueva separación aunque no lo manifiesten o que hayan tenido que «luchar en solitario contra ideas socialmente aceptadas en el país de origen, como el hecho de que una madre, si es buena, no debe separarse de sus hijos».

Educar desde el locutorio muestra, además, la fortaleza de estas mujeres y el ingenio para asegurarse de que a sus hijos les lleguen todos los recursos que les deben llegar. Muestra el esfuerzo por preparar un nuevo nido, una realidad acogedora para los niños, más amable que la que ellas encontraron. «Educar para una nueva cultura sin dejar de lado la anterior es uno de los desafíos más importantes de las madres que emigran», señala la autora, que describe ese proceso como un recorrido de ida y vuelta. Las madres son inicialmente quienes integran a sus hijos en la nueva sociedad, pero después son ellos quienes las conducen a integrarse y dejar de ser eternamente inmigrantes a través de otros grupos sociales, como los que se generan en torno a la escuela.

En suma, este es un libro muy útil para ahuyentar el fantasma de la buena madre, ese que persigue a tantísimas mujeres que emigran de sus países sin sus hijos y que nos provoca entre repulsión y miedito a quienes observamos desde la comodidad del sofá.


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