Veronika Drazdova: raíces bielorrusas, corazón en Bilbao

«No somos bichitos raritos: tenemos nuestra cultura… Queremos poner nuestro granito de arena». Veronika Drazdova (Minsk [Bielorrusia], 1981) estudió teatro en la universidad, así que la palabra cultura tiene resonancias muy potentes para ella. De hecho, la música, el diseño, la pintura, la fotografía o la literatura son fundamentales en su día a día: alimentarse de la creatividad ajena le parece algo fundamental a la hora de estimular la propia.

Por eso mismo, Moiqut —su tienda— es un sitio donde se compra ropa y se habla de moda, pero también es un espacio donde se celebran conciertos, fiestas, exposiciones o lecturas dramatizadas. Incluso dispone de un punto de lectura —«Hasta en las mejores familias, hay una oveja lectora», dice un pequeño cartel— donde intercambiar libros y conversar sobre ellos. Además de ropa, Veronika procura vender alegría, buen humor y una buena dosis de creatividad en todo lo que hace. Esta es su historia.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

Un día iba caminando por Barcelona y encontró un libro abandonado en un banco. Era una novela. Se la llevó a casa, la leyó y sintió que eso era lo que necesitaba leer en ese momento de su vida. Cuando terminó el libro —El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson—, lo colocó en otro banco y deseó que tuviese el mismo efecto balsámico en otra persona. Por eso, en su tienda de ropa, ha reservado un espacio para el intercambio de libros y organiza otras actividades; por el placer de conocer gente y generar una pequeña comunidad con la que compartir afinidades.

MoiqutNacida en Minsk (Bielorrusia) y dramaturga de formación, Veronika Drazdova ha trabajado como dependienta desde que tenía 18 años. Mientras ganaba experiencia como empleada, supo que algún día tendría su propia tienda y que esa tienda suya sería algo especial. Imaginó un espacio donde la ropa se rodeara de arte, desde exposiciones de cuadros y actuaciones musicales hasta obras de microteatro y lecturas dramatizadas interactivas, como las que hacía en la universidad. Incluso pensó que estaría bien organizar fiestas cada tanto para que su clientela se conociera entre sí, pasara un buen rato y pudiera degustar una dosis de talento emergente.

Todo eso lo materializó en Bilbao, donde pudo concretar su idea. «Me gusta mucho el arte; disfruto con él. Cada vez que vienen artistas nuevos, me inspiran», explica. En los carteles de la tienda aún conserva el póster de la fiesta de febrero, donde tocaron los músicos Irrintzi Ibarrola y Peri & Gros, o donde la fotógrafa Teresa Ormazabal expuso su trabajo Transferencias.

Precisamente, una pieza de Teresa Ormazabal le sirve a Veronika para explicar qué le aporta rodearse de arte. «Un cuadro suyo me ayudó a entenderme mejor a mí misma: ahora sé que soy la capitana de un barco solitario sobre un mar de zanahorias», dice. Y, consciente de la sorpresa que inspira la imagen que evoca, añade: «¿Que por qué un mar de zanahorias? No hay explicaciones profundas… Es algo visual».

A la vista de la ropa desenfadada que vende —y que elige en ferias de Londres o París—, resulta sencillo captar su gusto artístico. Sus prendas preferidas tienen formas asimétricas, son minimalistas y utilizan tonos suaves. También el espacio refleja su interés por lo estético: la tienda es diáfana, con poca ropa —pero elegida con mimo— e invita al contacto personal. Esto último es clave para ella: le encanta conversar con todas las personas que entran. Disfruta de la cercanía.

Un proyecto viable

La idea de un local así surgió en sus paseos por el barrio de Malasaña, cuando vivía en Madrid. Allí trabajó siete años en una tienda que vendía ropa de segunda mano y que desempeñaba una intensa labor solidaria en África. Se implicó tanto y tan a fondo en el proyecto que casi termina de cooperante en Mozambique. Impulsiva y llena de energía como es ella, pensó que esa era la mejor manera de salir del estancamiento laboral al que sentía que había llegado. Sin embargo, supo dar un paso atrás a tiempo y reorientar su espíritu social.

Fruto de esa crisis, le quedaron dos enseñanzas. Una, la filosofía aprendida en aquella tienda: mejor arreglar pequeños problemas concretos que aportar dinero para grandes causas generales. Otra, lo que le pedía el cuerpo: cambiar de ciudad. Por eso, cuando unos amigos hace nueve años le dijeron que por qué no venía a Bilbao y los visitaba, dijo enseguida que sí. «Era mayo, llovía —cómo no—, salimos a pasear y me fijé en los abedules, en las ventanas iluminadas y las escenas familiares que se entreveían detrás de esas cortinas: la tele parpadeando, gente cenando…». En ese preciso instante quedó prendada de Bilbao. Sintió que aquí podría encontrar algo que echaba de menos desde que salió de Minsk: la sensación de hogar.

De hecho, el nombre de su tienda, Moiqut, significa ‘hogar’, aunque antes de tener la acogedora apariencia de hoy, fue una ferretería. Como recuerda Veronika, el local estaba lleno de estanterías y albergaba unas 8000 tuercas cuando ella y su pareja lo cogieron para reformar. Ahora, la tienda alberga una de aquellas estanterías —donde se encuentran los libros— y el techo conserva el aire industrial que una vez dominó la atmósfera.

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El proyecto lo supervisó Lan Ekintza, de quien Veronika valora que actuara como un interlocutor crítico para afinar su idea. «Yo tenía un proyecto y me ayudaron a poner las bases. Todavía tengo una asesora que sigue la evolución del negocio, me recomienda cursos, me da consejos…», detalla. Y, con orgullo de alumna aplicada, agrega: «Estoy siguiendo el plan de negocio que presenté, paso por paso».

Fruto de esa perseverancia en el trabajo bien hecho y de la creatividad que ha demostrado al colaborar con otros comercios o la facultad de Bellas Artes, la tienda recibió hace poco un reconocimiento institucional: «Nos han dado la baldosa al comercio innovador». También el de la gente: en el certamen Arteshop Bilbao 2017, que mezclaba artistas y tiendas, ganaron el premio del público.

Una ciudad donde madurar

Veronika aprecia particularmente la vida cultural bilbaína. Apoyó desde el inicio la apuesta teatral de Pabellón n.º 6, va a la ópera al Euskalduna —sobre todo, si ponen Carmen— y disfruta mucho de los conciertos de Bilborock y de la música en directo en el Residence. «También me quedo con lo verde, con los parques… En cualquier sitio te sientas en un banquito y hay zonas de confort; a algunos les parecerá una tontería, pero otros valoramos mucho eso», subraya.

Bilbao es, sobre todo, una ciudad que le permite construir relaciones personales a su medida: «Soy de ir siempre a los mismos sitios y tomar tal pintxo en tal bar… ¡Llevo nueve años yendo a la misma peluquería!». Sus rutinas no son manías; simplemente, le gusta sentir que tiene raíces aquí, que forma parte de la comunidad. Cuando entra en esos locales y la saludan por su nombre, se siente como en casa.

Migrar implica mucha soledad, especialmente en ciertos periodos; de ahí que Veronika rehuya de lo impersonal. Si bien los inicios fueron duros, ahora, después de tantos años, la situación es la contraria: «Dedico tiempo a las personas que me importan, y son muchas. Cuando llegan las Navidades, lo difícil es cuadrar fechas con todos los amigos y amigas de la cuadrilla. ¡Me faltan fines de semana!».

Según ella, no tiene idea de marcharse. «Aquí me han dado la posibilidad de montar el negocio. En otra ciudad,no sé si hubiera sido posible», especula. Además, ha conseguido lo que buscaba: proximidad con las personas y un entorno amable donde crecer sin sobresaltos. «He madurado en Bilbao —dice—. He aprendido que se puede vivir siendo fiel a ti misma». Quizá eso ayude a entender una frase en bielorruso que está pintada en su tienda y que se lee nada más entrar: «Lo que empezó siendo un refugio, ahora es mi casa».

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Segundas impresiones

Nawal Abaou, una historia de perseverancia y talento

Cuando hablamos con Nawal Abaou [Nador (Marruecos), 1980], corría junio de 2017 y estábamos en Ramadán, así que parte de la conversación giró sobre el ayuno. En concreto, Nawal llevaba sin comer desde las 03:40 y debía esperar hasta las diez de la noche para volver a probar bocado. Entre medias, ni agua ni zumo ni galletas. Nada de nada. Y así, 29 días seguidos. Según esta enfermera y bióloga —cuya primera entrevista se publicó en 2015—, el mes de ayuno es duro, pero merece la pena: «purifica el cuerpo y la mente».

También conversamos sobre lo complicado que resulta cumplir con este precepto religioso en Europa. En los países de mayoría musulmana, según nos explicó Nawal, durante el Ramadán los horarios de trabajo se vuelven más flexibles, las exigencias laborales disminuyen y todo el mundo está más o menos igual de decaído que tú. Además, la latitud hace más llevadero el ayuno en Marruecos o Argelia que en España, donde el sol se pone dos horas más tarde, o que en Suecia, Finlandia o Noruega, donde el ayuno puede llegar incluso a durar 20 horas.

Eso sí, el Ramadán también es un tiempo de estar en familia y de disfrutar de la comida. A la hora de la cena, según Nawal, en su mesa, no faltan los dátiles, los frutos secos, el yogur y algo dulce en la primera parte de la cena; en la segunda, es el momento del pollo asado, los filetes o los huevos fritos. La conjunción de la familia y la mesa ocupa un lugar muy significativo en la vida de Nawal, y no solo en Ramadán, como se puede leer en la historia que sigue. 

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

«Las carolinas. Cada vez que salgo, tengo que comprarme una. ¡Me encantan! Las como sí o sí, aunque esté a dieta. A veces, llamo a Bilal y le digo que me compre algo rico, y él ya sabe lo que tiene que traer». Así de rotunda y efusiva se muestra Nawal Abaou cuando le preguntas por algo que le guste mucho de aquí. La carolina, ese dulce tan típico, es la pasión de esta enfermera y bióloga marroquí que vive en Getxo desde hace siete años.

Si bien Nawal sigue siendo fiel a ciertos ingredientes de la comida de su país, como los dátiles, los frutos secos, el yogur o el pollo asado, se ha dejado conquistar por otros sabores y costumbres: reconoce que la paella es uno de sus platos favoritos, le gusta la tortilla de patata —en particular, si va rellena de algo— y le parece un gran invento lo de hacer una pausa a media mañana para tomar un café con leche y un pintxo.

Para ella, Getxo representa su hogar; sobre todo, por la diversidad y calidez de su gente. «El ambiente familiar me hace sentir cómoda: aquí cabemos todas las personas y estoy como en casa —describe—. He tenido la oportunidad de mudarme a otros sitios, y no he querido hacerlo. Mi marido y yo tenemos amigos, y nuestros vecinos nos consideran una familia más. Se nota que nos tienen cariño en cómo nos hablan o porque toman en consideración nuestras opiniones», destaca.

Para muestra, un dinosaurio: hace unos meses, Nawal encontró una bolsa colgada en el pomo de la puerta de su casa. Dentro había un dinosaurio de juguete. Cuando lo vio, pensó que alguien se había equivocado, así que le tocó el timbre a su vecina. Esta le explicó que era un regalo para sus hijos; una forma de agradecerle la cesta que ella había colocado en el portal para que les dejasen ahí la publicidad, y no en el suelo. Aunque en la comunidad llevaban tiempo pensando en hacerlo, lo habían dejado pasar. Nawal no lo sabía; simplemente compró la cesta porque le gusta cuidar el lugar donde vive.

La vida antes de Getxo

Ni las costumbres ni el idioma de aquí son demasiado extraños para Nawal. Su ciudad de nacimiento, Nador, está al lado de Melilla. Y allí, como en toda ciudad de frontera que se precie, ir y venir entre países es lo habitual. En ese entorno activo y permeable, su infancia y adolescencia fueron etapas muy felices. También lo fue su juventud, especialmente mientras estudiaba Biología y Enfermería, dos carreras que eligió por vocación y que acabó con las mejores notas.

La situación cambió poco después, cuando se casó y tuvo un hijo con la persona equivocada. Visto desde fuera, lo tenía todo: casa, coche, trabajo, estabilidad económica y una buena posición social. Puertas adentro, la historia era otra: las cosas fueron mal desde el inicio. Un día especialmente malo, cuando se quedó sola, Nawal cogió a su niño en brazos y se marchó a casa de sus padres.

Divorciarse en una sociedad como la marroquí es una tarea ardua y desgastante, más allá del nivel educativo o del poder adquisitivo familiar. Para Nawal, como para muchas mujeres, fue muy complicado, aun cuando contó con el apoyo incondicional de sus padres y de sus hermanos. Gracias a ese respaldo, logró conservar la calma en mitad de la tempestad. Pocas veces se sintió tan juzgada y expuesta a la crítica ajena como entonces.

Como mujer independiente, inteligente y formada, intentó rehacer su vida en Nador, cerca de sus afectos y en un entorno conocido, pero le resultó imposible: «A cada paso que daba, encontraba una mayor presión social». Así, ante lo enrarecido y opresivo del clima que respiraba a diario, acudió a la embajada española, expuso su situación y pidió ayuda. La solución fue académica: dado que sus notas siempre habían sido excelentes, le concedieron una beca de estudios; gracias a ella, salió de Marruecos en 2010 con su hijo, que entonces tenía 3 años. Nunca le estuvo tan agradecida a los estudios y a la diplomacia.

Nueva vida, nuevos retos

Actualmente, Nawal es la coordinadora de un equipo de enfermería y la responsable del instrumental médico de la clínica donde trabaja. Antes debió recorrer un largo camino y aprender a sortear los obstáculos con perseverancia, humildad y talento. El itinerario fue duro; en particular, al principio, cuando sus ahorros se esfumaron y no disponía ni de tiempo ni de dinero para convalidar sus títulos universitarios. De ahí que la única salida que encontró fuera acudir a Cáritas y limpiar casas, muchas casas.

En esa etapa, vivía al día y enlazaba limpiezas, cada una en un sitio diferente. «Cuando estaba fregando los suelos, lo hacía con lágrimas en los ojos —relata—. Y pensaba: “Toda mi vida luchando y estudiando… ¿Y voy a acabar así?”». Pero se tragaba el orgullo, las preguntas y las lágrimas y seguía adelante: tenía un hijo a su cargo y regresar a Nador no era una opción.

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Cuando pudo estabilizar mínimamente su situación económica y anímica, comenzó los largos trámites para homologar sus estudios. Una vez que, gracias a la asociación Kosmópolis, lo consiguió, empezó a trabajar como auxiliar de enfermería en una empresa de reciente creación. Las condiciones eran precarias: trabajar gratis hasta que la empresa se asentase y pudiese contratarla.

Desesperada por hacer algo relacionado con lo suyo, Nawal aceptó: «Pensé: “Me da igual, voy a aguantar”». A los dos meses sin cobrar, y habiéndose comido los ahorros de nuevo, dejó la empresa y adoptó una decisión estratégica: retomar la limpieza de casas y, a la vez, pedir una beca para continuar estudiando. Además de arriesgado para su salud —debía compaginar ella sola sus roles de madre, trabajadora y estudiante—, el plan era complicado. Sin embargo, echó varias solicitudes y consiguió que la Universidad de Deusto la becase para cursar un máster en Recursos Humanos.

En efecto, conciliar vida familiar, laboral y académica fue muy estresante, pero mereció la pena. Cuando llegó el momento de las prácticas, le asignaron una conocida clínica, donde debió cubrir el puesto de la jefa de plantilla, que había tenido un accidente. La tarea era titánica, pues implicaba gestionar las compras y realizar todo tipo de trámites administrativos con farmacias, ambulatorios, hospitales, instituciones… A fuerza de orden, meticulosidad y muchas horas, logró sacar adelante el trabajo encomendado y, de paso, se ganó el respeto de sus compañeros. Por eso, cuando terminó las prácticas, la contrataron como supervisora de la parte administrativa del equipo sanitario. Se convirtió así en la primera trabajadora extranjera de la plantilla.

Por fin, una familia

La vida personal de Nawal también cambió mucho desde que vino. Hace unos años, conoció a Bilal. Él también es de Nador —aunque se conocieron aquí— y supo esperarla todo lo necesario hasta que ella se animó a darle una nueva oportunidad al amor. Bilal es como un padre para el hijo de Nawal, que ya tiene 11 años. Además, la pareja se casó, ha tenido otro hijo y está a la espera del tercero.

Nawal ha vuelto a sentirse muy arropada por su familia. Sus padres se han jubilado, así que vienen con frecuencia a visitarla y a disfrutar de sus nietos. Eso sí, vienen por poco tiempo, pues no se llevan demasiado bien con el clima húmedo y frío de Euskadi. Por suerte, su madre la acompañó en junio, en el último Ramadán, cuyo ayuno siempre es complicado de sobrellevar en países poco habituados a la religión musulmana.

A quien sí ve más seguido es a su hermano pequeño. «Estaba trabajando en París; pero, después de los atentados que hubo en la sala Bataclán y en Niza, decidió venir para estar más cerca de la familia. Ahora está trabajando en un bar de Barakaldo», cuenta Nawal, visiblemente contenta por tenerlo más cerca. Pero si hay alguien feliz de tener padre, tío y abuelos es su hijo mayor, quien padeció junto a ella todas las vicisitudes de los primeros años. «Antes sentía que estábamos solos él y yo —explica—. Ahora me dice muchas veces: “Por fin, mamá, estamos en familia”».

Segundas impresiones

Manuel Liendro, un hombre de campo fiel a sus raíces argentinas

Entrevistar a Manuel Liendro es mucho más que conversar largamente con él; es vivir una experiencia donde la nota dominante es la hospitalidad. Anfitrión generoso y sin dobleces, Manuel [El Bananal de Yuto, (Argentina, 1967)] nos abrió las puertas de su vida y compartió con nosotros las cinco cosas fundamentales que la componen: su familia, el trabajo, la tierra, la música y la gastronomía. Algo de eso ya había salido en la primera entrevista, allá por diciembre de 2012. En este reencuentro, casi cinco años después, lo experimentamos en persona.

El día que nos invitó a su huerto comimos un asado con él, su esposa y sus tres hijos. Manuel asó la carne y los chorizos —caseros—, y todo lo trinchó con un facón fabricado por él mismo. También nos ofreció unos zapallitos rellenos que había preparado la noche anterior. Esos zapallitos —típicos del cono sur americano— crecen ahora en su huerto de Bilbao, donde también cultiva tomates, pepinos, calabacines o lechugas. Cuidar de las hortalizas es la manera que tiene de conservar su lazo con la tierra y honrar el saber de sus antepasados campesinos.

En mitad de ese domingo en familia, Manuel nos contó cómo fueron su infancia y su juventud, cómo se enamoró de Kristina y recordó sus primeros tiempos en Bilbao. También pudimos conversar con Itxaro, Nerea e Imanol —sus hijos—, con quienes comparte el gusto por la música. De postre, entonó varias canciones a la guitarra. En la versión web de esta entrevista, hemos rescatado un fragmento del concierto privado que nos obsequió.

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[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

Manuel Liendro tiene la argentinidad a flor de piel. Él, hombre alto y fuerte como el mejor de los árboles de su tierra, se considera por encima de todo un hombre de campo. Así lo atestiguan sus manos grandes y callosas, su habilidad para cultivar la tierra o la letra de las zambas que rasguea en su guitarra cuando se presenta la ocasión. También su acento suave y norteño, la receta de los chorizos criollos que ofrece en sus asados familiares o la pegatina trasera de su coche: «¡Vamos, Jujuy, carajo!».

Manuel nació en El Bananal de Yuto, un pequeño y humilde pueblo entre el monte y el río Piedras, en la provincia de Jujuy, a unos 125 km de la frontera con Bolivia. Se trata de un enclave agrario que ni siquiera muchos argentinos sabrían ubicar en el mapa. Es una tierra dura, que imprime carácter y se lleva adherida siempre a la piel. Al fin y al cabo, allí la temperatura alcanza con facilidad los 40 grados y la sensación térmica bordea los 50 ºC muchos días.

También es un sitio de usos y costumbres propios. Hace tanto calor en las horas centrales del día que el horario de trabajo habitual es de 5 a 10 y de 17 a 22 h. Entre medias, se come y se recupera el sueño atrasado. Según Kristina, la esposa de Manuel, el sol es tan abrasador que las suelas de las sandalias se derriten. Ella, una bilbaína criada en el barrio de Arabella, lo sabe por experiencia: estuvo casi tres años como cooperante y nunca se terminó de acostumbrar. Ni a eso ni a los mosquitos tamaño tigre.

Contrastes muy marcados

Por increíble que parezca, Manuel echa de menos ese clima. Es más: sufrió mucho para adaptarse a Bilbao. Llegó en noviembre de 1998 y tenía 31 años cuando descubrió que existía el invierno y que el frío le cuarteaba la piel, sobre todo, en la cara y a la altura de los párpados. «Ahora soy como un oso panda», dice señalándose el contorno de los ojos.

La falta de los permisos también le dificultó mucho la adaptación: le ofrecían trabajos que no podía aceptar. Algo que, a su vez, le complicaba aún más su situación vital; Kristina y él habían gastado los ahorros en sus billetes de avión, así que vivían con los padres y el hermano de ella a la espera de encontrar trabajo y poder independizarse. Allí, en un pequeño piso de ciudad de unos 45 metros cuadrados, Manuel debió doblegar sus casi dos metros de hombre de campo y aprender a tener otro tipo de paciencia.

A pesar de los años en Bilbao, sus modales conservan aún la calidez del pueblo. También la firmeza y la franqueza de quien se ha hecho a sí mismo trabajando desde niño. A los 6 años ya quitaba los caracoles de los naranjos, limoneros y pomelos. A los 8 pasaba los veranos con su tío y este le enseñaba a manejar el tractor. A los 11 ya sabía conducir y, en una furgoneta, transportaba personas hasta la finca del patrón de su padre. Luego, cuando debió valerse por sí mismo, hizo de todo: cargar y descargar, trabajar en la siembra, conducir camiones.

Por suerte, tanta exigencia laboral no le impidió enamorarse a primera vista. Nada más ver a Kristina en El Bananal, le dijo a un amigo: «Algún día ella va a ser mi señora». Y lo dijo convencido, a pesar de que Kristina tenía mala prensa en el pueblo: su carácter práctico, directo y con pocos diminutivos al hablar contrastaba con los modos suaves y los tiempos pausados del lugar. En cambio, él quedó prendado desde que fue a casa de ella a presentarle sus respetos y ofrecerse para lo que hiciera falta.

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Amor selvático, frutos euskaldunes

Si bien el amor trajo a Manuel hasta Bilbao, fue una casualidad la que llevó a Kristina hasta El Bananal. Ella quería encontrar algún proyecto de cooperación en América que le permitiera estar un año fuera y, por diversas circunstancias, la única plaza libre que encontró fue la de aquel rincón remoto y desconocido. Tardó poco en comprender el porqué… A la dureza del clima, debió sumar la dureza de un proceso de adaptación a una sociedad rural con unos usos y costumbres muy diferentes de los suyos.

Afortunadamente, salió ganando con la experiencia: además de crecer como persona y mejorar como cooperante, encontró al amor de su vida. Por eso, cuando al final de la estancia regresó a Euskadi, se dedicó sobre todo a dos cosas: a escribirse cartas con Manuel y a buscar financiación para que la enviasen de nuevo a El Bananal, pero esta vez por dos años. Al final de esa segunda estancia, fue cuando Kristina y Manuel vinieron a Bilbao.

Hoy, viven en el barrio de San Adrián y tienen tres hijos: Imanol (10), Nerea (14) e Itxaro (16). Los tres hacen danza vasca y van a la ikastola; los tres, como su padre, tienen alguna relación con la música. Imanol va para txistulari, Nerea es más de tocar la guitarra e Itxaro, además de tocar la trikitixa, canta en un grupo que versiona a los Ramones, Nirvana o Huntza. «Mis hijos están teniendo la posibilidad que no he tenido yo ni en sueños: estudiar y leer música», apunta orgulloso Manuel.

A él, el campo y la humildad de su origen, lo obligaron a entregarse al autodidactismo. «Lo que yo sé lo aprendí mirando y escuchando a la gente», explica. Y en ese mirar y practicar por su cuenta, aprendió lo suficiente para formar en Bilbao, junto con otros músicos del noroeste argentino, su propio grupo: Los Cantores del Lapacho. En su repertorio, especializado en el folclore de su país, figuran canciones clásicas de Jorge Cafrune, Horacio Guarany o Mercedes Sosa.

Ahora bien, quizá lo más sorprendente en la biografía musical de Manuel sea otro dato: canta desde hace seis años en Bilbotarrak. Además de ser uno los miembros más jóvenes, es el único extranjero. En fiestas, como un corista más, recorre las calles del botxo con sus compañeros cantando bilbainadas. Evidentemente, desde que está él, la de Un argentino en Bilbao se ha convertido en una de las más sentidas.

Un gaucho por la Gran Vía

Fiel a las tradiciones, Manuel conserva una que lo ha hecho famoso. «En casi todas las fiestas patrias y algún fin de semana, me pongo el traje de gaucho y me voy a caminar por la Gran Vía. La gente me para y me pide hacerse fotos conmigo. Alguno me llama “mariachi”, y tengo que explicarle de dónde vengo. Ahora me conocen más y vienen a mis recitales», relata.

La otra tradición que intenta no perder es cultivar la tierra. Si bien trabaja la mayor parte del tiempo como restaurador de fachadas, conserva aún el vínculo con la marmolería donde empezó a trabajar justo después de regularizar su situación. Allí, hace siete años, y gracias al permiso de su jefe, convirtió una estrecha franja de terreno en «un huerto donde hay un poco de todo: puerros, lechuga, zapallitos, tomates, pepino…». Le pone tanto cariño y buen hacer que ahora esa pequeña porción de tierra vasca es su manera de honrar todo lo aprendido en su lejano y añorado El Bananal de Yuto.


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Segundas impresiones

Christian Rodríguez, el guatemalteco que añoraba los volcanes

Con Christian Rodríguez, todo (o casi todo) empieza y termina en la montaña. Ahí está la primera entrevista —allá por 2012— para confirmarlo. Esta vez —septiembre de 2017— una parte importante de la charla también se centró en su actividad profesional como guía. Eso sí, en esta ocasión, nos centramos en hablar sobre una de sus especialidades: el montañismo adaptado para personas ciegas. De hecho, Christian [Ciudad de Guatemala (Guatemala), 1976] compartió varias anécdotas que, por razones de espacio, dejamos fuera del libro.

En una de ellas, a propósito de su viaje a Noruega para subir el monte Galdhøpiggen, nos contó que las personas a quienes guiaba ya habían subido a otras montañas y tenían mucha experiencia previa. Como siempre, él se ocupó de advertirles de los obstáculos, hasta que una que le dijo: «Anda, cállate ya, que yo me arreglo». Al hilo de eso, Christian nos dejó esta reflexión: «A veces exageramos en lo que creemos que necesitan las personas ciegas. La persona que iba conmigo me pedía que le explicase lo que se veía a lo lejos. “Cerca, ya sé que hay rocas —me decía—, así que saca vídeo, que se lo quiero explicar a mi familia”».

Un libro que le fue muy útil al respecto fue Mi camino me lleva al Tíbet, de Sabriye Tenberken. La autora —ciega desde los 12 años— emplea descripciones muy sensoriales y, a través de su relato, deja entrever qué detalles les parecen relevantes a quienes no pueden disfrutar visualmente de los paisajes de montaña. Quizá por eso Christian describe con tanto detalle qué forma tiene un lago, cuál es la textura de una corteza de árbol, el crujido que hacen las hojas al pisarlas o el olor que desprenden la tierra y las plantas.

En esta segunda entrevista —que tuvo lugar sobre una roca de la costa getxoztarra— hubo tiempo para hablar de muchas cosas, incluida la cultura guatemalteca. Como a Christian le gusta ser un buen embajador de su país, nos obsequió un libro de la escritora Maya Cú, que conservamos con mucho cariño.

Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Algo que distingue a los guatemaltecos, según Christian Rodríguez, es su sentido del humor. No lo pierden incluso ante las peores tragedias. A un tío de su madre, por ejemplo, se le llevó la casa el río, con animales y todo. El hombre escapó de la riada cuando el agua le llegó a la cama, y lo único que se le ocurrió rescatar mientras huía fue la televisión. Después iba contando por ahí que la cosa no había sido tan grave: al menos tenía dónde ver el Mundial de fútbol.

«Somos así. Nos pasan cosas tremendas y hacemos chistes», apunta Christian, que ve en ese rasgo una valiosa cualidad para la supervivencia; en particular, en un país como el suyo, donde las condiciones de vida suelen ser duras. El otro talento de Christian es contar historias; disfruta mucho hablando de volcanes en erupción, fiestas mayas o de la poesía y el cine guatemaltecos. Él es un enamorado de la cultura de su país y, siempre que puede, intenta dar a conocerla.

Por eso mismo, lo que más le gusta de vivir en Getxo es la facilidad con que puede acceder a la cultura. «En Guatemala los libros son carísimos, y no hay tanta variedad. Aquí mis hijos se han acostumbrado a leer porque tenemos dos bibliotecas a 300 metros de casa, la de Villamonte y la de San Inazio; si un libro no lo encontramos en una, lo encontramos en la otra», destaca.

También aprecia la seguridad. «Sobre todo por mis hijos. La violencia de aquí no tiene comparación con la de allá; es más esporádica y menos agresiva. La vida en Getxo es muy tranquila», subraya. Y, en tono irónico, añade: «A veces echo en falta algo más de emoción: en Guatemala, cuando no había un temblor, había un huracán o entraba un volcán en erupción, y si no siempre teníamos la violencia callejera». Como se ve, el sentido del humor guatemalteco es tan negro como la lava de sus volcanes.

Una violencia heredada

Guatemala, explica Christian, es uno de los países más violentos del mundo. Sin embargo, eso no impide que su esposa, sus dos hijos y él viajen casi todos los años a la capital, Ciudad de Guatemala, a visitar a la familia y los amigos. En todas partes se vive, como suele decirse, y su país no es una excepción. Según Christian, lo que sucede es que la violencia está localizada en lugares concretos; fuera de ahí, la gente lleva una vida similar a la de otros países de América Latina.

Eso sí, la situación en Guatemala es compleja: «La guerra terminó en 1996, así que está normalizado lo de escuchar noticias sobre muertos. Guatemala vivió en paz un tiempo, pero la violencia se trasladó a otros sectores —analiza—. Si ahora saliese la noticia de que asesinaron a una persona conocida, la sorpresa duraría dos días. Está todo muy deshumanizado. Cuando yo vivía ahí, eso me parecía lo normal; cuando migré, empecé a consultar los índices de violencia y a ver el país con otros ojos».

A pesar de todo, él siempre invita a visitar Guate, como la suele llamar con cariño. De hecho, ha elaborado itinerarios para amigas y amigos vascos que han ido de turismo; todos han quedado contentos con la experiencia. «Guatemala tiene lugares muy bellos, y la violencia, en general, se concentra en sitios a los que el turismo no va», acota.

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Nekane, el amor

Christian es el único de su familia que vive fuera del país. Reconoce que le costó mucho emigrar y que probablemente nunca lo hubiera hecho de no haberse enamorado de Nekane. «Allí tenía un buen trabajo como profesor; daba clases de Informática, Ciencias Naturales e Inglés. Económicamente, estaba mejor, y en un trabajo estable»; sin embargo, «quería sentar la cabeza y formar una familia».

Christian y Nekane se conocieron en una montaña de Guatemala, en unas de las excursiones para turistas que él organizaba en su tiempo libre. Ella estaba trabajando entonces en una ONG que se dedicaba a proyectos medioambientales y al empoderamiento de la mujer indígena. Después de dos años de relación, Nekane sintió la necesidad de regresar a Getxo: su padre se encontraba enfermo. A diferencia de cuando
se conocieron, esta vez fue a Christian a quien le tocó seguir sus pasos.

«Yo vine en 2008, de vacaciones, a probar… La verdad es que no me gustó mucho. Llegué en otoño; y, en dos meses, noviembre y diciembre, solo vi una o dos veces el sol. Fue duro, y eso que me gustaba el frío. Luego, regresé a Guatemala y me encontré con que me habían quitado el puesto de trabajo. Como allí todo el mundo emigra a Estados Unidos y no vuelve, cuando aparecí, la gente estaba asombrada: “Pero ¿qué haces aquí?”, me decían».

«Se trató de un malentendido —continúa explicando—. Mi jefa movió todo para que me consiguieran otro trabajo, pero las condiciones fueron cambiando y eso aceleró mi regreso a Euskadi. A los cuatro meses, ya en 2009, volví para quedarme definitivamente».

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Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

Montaña inclusiva

Christian trabaja como guía de montaña y se ha especializado en personas ciegas, montañismo adaptado y personas en riesgo de exclusión. Para él, lo importante no es llegar a la cumbre, sino ayudar a que lo consigan otras personas que jamás se hubieran imaginado haciéndolo. Desde que llegó, ha invertido mucho tiempo y esfuerzo en cursar formación reglada y obtener aquellos títulos que pudieran acreditar técnicamente lo que había aprendido de manera empírica escalando las cumbres más altas de Centroamérica.

En Durango, se sacó el título de Técnico Deportivo de Montaña. El curso le gustó tanto que quería suspender, y así repetirlo. En cambio, lo aprobó con facilidad: «Me di cuenta de que traía cierto conocimiento y una buena condición física; no me costó mucho adaptarme». Con ese título en la mano, se apuntó a unos cursos en la Universidad de León para ser guía de montaña de personas ciegas. Le fue tan bien que lo invitaron como
ponente al año siguiente.

Hace dos años, un par de compañeros de curso le ofrecieron crear una asociación no lucrativa orientada al montañismo inclusivo. Así nació Ibilki, un proyecto donde trabajan con diferentes colectivos, en general, con poca experiencia u oportunidades para acceder a la montaña. Entre otras, han organizado varias salidas con mujeres migradas pertenecientes al colectivo Mujeres con Voz. También excursiones interculturales, coordinadas con el Ayuntamiento de Getxo. En esas marchas, compuestas por medio centenar de personas de distintas procedencias, exploraron la dimensión lúdica de la montaña en sitios como Urkiola o el Parque Natural de Valderejo. «Llevamos cuentacuentos para que nos vayan haciendo relatos de la mitología vasca», explica, y desliza un sueño a futuro: «Nos gustaría ir dos días y contar los cuentos de noche».

Pese a esta ilusión concreta, Christian no disfruta de imaginar el futuro. «Aquí todo se planifica con demasiada anticipación. En Guatemala es todo más inmediato: por ejemplo, una vez quise hacer una exposición de fotos y en 15 días ya la tenía montada… Aquí eso es imposible: ¡necesitas un año de antelación!», compara. Por eso, cuando le preguntas cómo se imagina a sí mismo dentro de un tiempo, responde que se sigue viendo «más o menos igual que ahora, en Ibilki y colaborando con asociaciones parecidas».

También se ve formándose. Lo último que ha hecho es aprobar el recién creado máster de guía de alta montaña para personas ciegas. Este título lo otorga la Fundación de la UNED y el proyecto final consistió en una expedición en Noruega. Allí ascendieron al monte Galdhøpiggen, el más alto de los Alpes escandinavos, y un destino inédito hasta ese momento para el montañismo adaptado.

Entre curso y curso, eso sí, seguirá escribiendo cuentos relacionados con la montaña. Al fin y al cabo, ya ha recibido varios premios por ellos —como el de Amigo de la Pyrenaica, que otorga la revista de la Federación Vasca de Montaña— y está por publicar un libro donde reunirá varios de esos relatos. Bien mirado, y a la vista de su currículum, parece lógico que en 2014 recibiera en su país el título de Guatemalteco Ilustre, un premio que han recibido celebridades como el cantante Ricardo Arjona.


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Segundas impresiones

Ana Silvia Velásquez, psicóloga y asesora empresarial salvadoreña

Es octubre de 2017, hace frío en las calles de Bilbao y el marido de Ana Silvia Velásquez aparece en el salón con una jarra de cristal llena de café recién hecho. Nos saluda, la deja sobre la mesa y se va; intuye que la conversación será larga y que necesitaremos algo con que regar las palabras. Siempre se sabe cuándo empiezan las charlas con Ana Silvia [San Salvador, (El Salvador, 1962)], pero no cuándo acaban. De hecho, esta fue tan interesante y caudalosa que un buen puñado de anécdotas quedaron fuera.

Una de las más curiosas es que Ana Silvia llegó a la carrera de Psicología por accidente; ella, en realidad, quería estudiar Ingeniería Industrial o Economía. Sin embargo, una compleja red de factores —la guerra civil de El Salvador, el cierre temporal de la universidad por parte del ejército, un problema burocrático cuando esta reabrió sus puertas o una experiencia de trabajo social con personas ciegas— dieron con sus huesos en un aula, donde el primer día de clase le hablaron de «los antiguos, el alma y el espíritu». Con el tiempo, supo pasar de los números a las letras y encontrar las sinergias. Hoy, aquel talento suyo para la física, la química o las matemáticas sigue siéndole útil en su trabajo como asesora empresarial.

Entre la primera entrevista con Ana Silvia y esta —principios de octubre de 2017— han transcurrido 8 años. En ese lapso, a sus tres hijos les ha dado tiempo para llegar a la universidad, obtener su correspondiente título —Ciencias del Mar, Biología y Magisterio respectivamente— y entrar en el mercado laboral. Dos de ellos, incluso, han dejado el hogar familiar y trabajan fuera de Euskadi. A sus 55 años, Ana Silvia está, por tanto, en el inicio de una nueva etapa vital.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

«Yo me siento muy de Bilbao; no me siento extranjera. Desde el principio fui muy bien acogida. Este año estuve unos meses en El Salvador y mis amigos me llamaban para preguntarme cuándo iba a regresar: me echaban de menos. La verdad, estoy muy satisfecha con mi vida en Euskadi: tengo tres hijos de los que me siento orgullosa, he podido trabajar en lo mío y siento que he aportado a la sociedad». Con este balance —quizá llevada por la deformación profesional: es psicóloga, profesora y coach empresarial—, la salvadoreña Ana Silvia Velásquez sintetiza sus últimos 22 años.

Su primera visita a Bilbao fue en 1990, «antes de que existiera el Guggenheim», precisa. «Por aquel entonces, Bilbao era bastante oscura —describe—. El metro no estaba, la plaza Moyúa tenía vallas… Pero no me pareció una ciudad fea, como a veces se la recuerda. Claro que yo estaba enamorada y feliz, y como la vi tan diferente a lo que había en mi país, me pareció bonita».

El amor del que habla era el de un profesor universitario vasco —hoy su marido—, a quien había conocido en 1987. Él estaba elaborando una teoría sobre la dependencia económica en América Latina y repartía los semestres y las clases entre Bilbao y San Salvador. Por aquel entonces, Ana Silvia trabajaba en la facultad de Económicas como organizadora del servicio social que debe prestar el alumnado en retribución a la gratuidad de sus estudios universitarios. Se conocieron en una fiesta y se gustaron tanto que acabaron casándose y teniendo dos hijas antes de mudarse a Bilbao en 1995.

«He vivido todo el cambio de la ciudad. Por eso siento que es mi ciudad. Mucho de lo que hay ahora no estaba en el 95. Recuerdo haber ido a la inauguración del metro», apunta. Y analiza: «Hemos vivido transformaciones paralelas: Bilbao se ha convertido en una gran ciudad abierta y yo, en una bilbaína». Más de 20 años de arraigo y un hijo vasco —el tercero— avalan ese sentimiento.

Eso sí, esta querencia genuina por el botxo no implica que haya olvidado El Salvador. Al contrario, sucede que ha alcanzado el equilibrio con el que muchas personas migradas sueñan: «Allí me siento en casa y aquí también». Aunque este año pasó cuatro meses en su país, fue llegar aquí y olvidarse de cómo es su casa salvadoreña. Y viceversa: mientras estuvo al otro lado del Atlántico, rodeada de sus amigos y familia, olvidó cómo era el piso de Bilbao. «Se ve que se produjo un cambio psicológico profundo», evalúa sorprendida.

Hacía siete años que no iba. Esta vez aprovechó un receso en su actividad profesional y las vacaciones para pasar un tiempo más prolongado con su padre y con su hermana. También, como ella matiza, para «desidealizar los dos países y, de paso, renovar el disfrute por ambos». A su regreso a Bilbao, insiste, «el jamoncito y el vino» le saben mejor. A la vez, con la cabeza renovada, puede replantearse los proyectos para el año que viene.

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Asesora de alto nivel

En la actualidad, Ana Silvia lidera un equipo multidisciplinar especializado en coaching empresarial, formación y elaboración de planes de desarrollo para los departamentos de Recursos Humanos. Entre sus colaboradores habituales cuenta con un abogado mercantil, un economista especializado en I+D+i, una administradora de empresas, una socióloga y un ingeniero. Y, claro, también está ella, una psicóloga todoterreno, especializada en prevención de riesgos laborales. En su cartera de clientes caben grandes astilleros, conocidas empresas metalúrgicas o servicios de catering para colegios.

Abrió su consultoría después de haber trabajado tres años como asesora en Suspergintza Elkartea. El final de su contrato coincidió con la crisis económica y, entonces, decidió reinventarse. Convencida de que su experiencia profesional era valiosa, sintió que era el momento de abrir su propia empresa. Y acertó. Se dejó asesorar por Lan Ekintza —hoy Bilbao Ekintza—, recibió el respaldo de la Diputación y La Caixa financió su proyecto. Como la alumna modélica y con buenas notas que es y ha sido siempre, dejó a su tutor boquiabierto por la rapidez con que consiguió sus primeros clientes.

Antes de abrir su asesoría, la carrera de Ana Silvia dio muchas vueltas. Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue homologar su título de Psicología y, a continuación, doctorarse por la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. En esos años, además, simultaneó el ser madre de tres niños con la consultoría por horas. Si bien eso le permitía pasar un tiempo de calidad con sus hijos, al cabo de los años se dio cuenta de que ese modelo tenía un gran inconveniente: trabajar por horas implicaba cotizar poco para la jubilación. De ahí que en 2006 buscara empleo a jornada completa y que en 2011 abriera su propia empresa.

Dada su permanente inquietud intelectual —que se aprecia en la conversación y en su casa, rebosante de libros—, Ana Silvia se plantea combinar la asesoría de empresas con la psicología clínica. Siempre le gustó y, de un modo u otro, conservó los lazos con ella. Además, su dilatada experiencia vital ha enriquecido mucho su mirada; es un bagaje al que puede sacarle un gran rendimiento en favor de otras personas.

Compromiso social

Más allá de su marcado perfil empresarial, Ana Silvia destaca por su compromiso social. En 1981, al terminar el instituto, colaboró con una escuela de personas ciegas. Allí, mientras esperaba que el ejército desalojara la universidad y así empezar con su carrera, aprendió braille. Años después, colaboró con Unicef y trabajó en un proyecto de Oxfam donde acompañaba a las personas más vulnerables afectadas por la guerra civil de su país, que se extendió durante más de una década.

En Bilbao lleva diez años coordinando grupos de mujeres para Cáritas en el Centro Iturbegi de Basauri. Allí atiende a personas con escasos recursos y que, además se enfrentan a depresiones, muertes de seres queridos o enfermedades mentales. A la vez que enseña una foto de uno de los grupos, dice: «Son todas de aquí, vascas. Trabajo con ellas la elaboración del duelo. Nos reunimos todos los jueves de 17 a 19 h».

Ana Silvia sabe bastante sobre duelos. Además de los que conllevan las migraciones, hace años que pasó por el de su madre. «Murió de cáncer. Fue el 3 de marzo del 2000. Estuvo 11 meses conmigo en Bilbao. Cuando me enteré de que su enfermedad no tenía solución, pensé que lo mejor que podía hacer por ella era atenderla de manera profesional. Entonces me saqué el título de cuidados paliativos en la Universidad de Deusto y realicé una pasantía de seis meses en el Hospital San Juan de Dios. El curso me sirvió para trabajar mi duelo y para atenderla a ella de una manera exquisita», relata.

Hoy, la experiencia acumulada desde entonces la invierte en ayudar a los demás. De paso, sigue aprendiendo de los otros y formándose. Ahora que los hijos son mayores y dispone de más tiempo para ella, lo dedica a trabajar en lo que le gusta, a estudiar lo que le motiva y a aportar ese caudal de saberes y energía a construir una mejor sociedad.


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Segundas impresiones

Jonally Puzon, sabor filipino para las tortillas de Romo

La primera entrevista con Jonally Puzon se publicó el 7 de junio de 2010, es decir, pasaron 7 años entre aquella impresión y esta. El reencuentro con Jonally es un buen ejemplo de cuánto puede cambiar la vida de una persona en tan poco tiempo. Entre aquel momento y este otro más reciente —a mediados de septiembre de 2017—, a Jonally le dio tiempo a enamorarse de Alberto, formar una pareja estable con él y tener dos hijos. También a echarse unos suegros vascos tan dispuestos a participar en la crianza de los nietos como a viajar con ella a Filipinas para conocer a su familia. Ahora, Jonally (Bais City, 1981) es una vecina más de su barrio, Romo; según ella, la calidez de la gente la hace sentirse tan arropada como en su tierra natal.

Para hacer esta entrevista contamos con una guía de lujo: Elizabeth Araojo, la tía de Jonally, quien reside desde hace casi 40 años en Euskadi. Fue ella quien la acogió y cuidó cuando vino con 24 años y se instaló en Getxo. Esta vez, Elizabeth vino a recogernos al metro y nos acompañó hasta el bar de Alberto y Jonally. Mientras caminábamos, además de ponernos al día de la comunidad filipina, nos contó con visible alegría que se jubiló hace poco y que ahora está en ese momento dulce de la vida en el que disfruta de recoger lo sembrado.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Enclavado en el barrio de Romo, el bar tiene un ambiente familiar, de vecinas y vecinos que se saludan y quedan allí para charlar. «Más que un bar esto es un txoko», reconoce Jonally Puzon, que ha dejado de atender la barra para conversar en una de las mesas. En la decoración del local se mezclan elementos dispares: la miniatura de un pesquero vasco, un póster con la famosa escena del camarote de los hermanos Marx, unas máscaras africanas talladas en madera y una lámina donde se ve a Mick Jagger, Bob Marley y Peter Tosh en Jamaica. Al fondo hay unas estanterías llenas de libros que van desde el Quijote hasta los cuentos de Dino Buzzati. Envolviéndolo todo, suenan los Dire Straits en pleno concierto del disco Alchemy.

En esa mezcla, abundante y ecléctica, casi pasan inadvertidos los dos únicos objetos que aluden a Filipinas: una botella de ron y el típico sombrero cónico que utilizan los campesinos recolectores de arroz. Quien no pasa desapercibida en este entorno es Jonally, siempre sonriente y buena conversadora. Es ella quien señala la botella de ron y dice que «solo se abre en las fiestas» y quien explica que «sombrero se dice igual en castellano que en tagalo». Se le da bien aclarar dudas y dotar de sentido a las novedades culturales.

Jonally había estudiado periodismo en Filipinas y quería ejercer su profesión en el Reino Unido. Para ello, viajó primero hasta Getxo, ya que aquí tenía familia y, por tanto, un respaldo que le facilitaba trabajar y ahorrar para ese proyecto. Desde que llegó, en 2004, tuvo varios empleos: cuidó niños, limpió casas, trabajó en el sector de la hostelería… Y durante todo ese tiempo tuvo claro que se iría, que estaba de paso.

Sin embargo, en el último de esos empleos —justamente, en este bar—, Jonally conoció a Alberto, se enamoró y pospuso sus planes de viaje. Tanto los pospuso que ha terminado construyendo toda una vida con él: están casados, tienen dos hijos —Aner y Enara— y regentan juntos el bar. En vez de convertirse en una reportera de televisión a pie de calle —su sueño—, eligió asentarse en un sitio apacible como Getxo, construir una familia y doctorarse en el arte de hacer una buena tortilla de patata.

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Jonally atiende la barra y se encarga, sobre todo, de la cocina. El oficio de la hostelería le resultó duro desde el inicio: «Tuve que aprenderlo todo: el café es más cargado aquí que en Filipinas —más estilo americano—, el vino lo servía caliente…». Además, si bien ella sabía cocinar, no lo hacía ni de manera profesional ni tenía idea de la gastronomía vasca, que difiere bastante de la de su país. Así, para familiarizarse con los pintxos, iba a los bares, los fotografiaba y luego estudiaba cómo hacerlos.

Si en algo ha puesto empeño a la hora de aprender y de perfeccionar su técnica es con la tortilla. De patata desecha, sin cebolla y poco cuajadas, las tortillas de Jonally alegran las mañanas de quienes entran en su bar. «La primera me quedó como un revuelto…», recuerda entre risas. Y añade: «Me ha costado años aprender a hacerla: a veces me salía aguada, otras muy sosa, otras salada… Ahora, cada día me sale distinta, pero me sale bien».

Vacaciones filipinas en familia

Después de cinco años sin ir a su país, este verano Jonally pasó allí las vacaciones. Al reencuentro largamente esperado con la familia, esta vez se sumó otra intensa emoción: viajó con Alberto, Aner y Enara… y con sus suegros. Los cinco pasaron un mes alojados en una casa en Bais City, en la región de Vissaya, que Jonally compró en su día y que ha ido pagando gracias a sus trabajos en Euskadi.

Viajar en familia resultó muy enriquecedor para todos, en especial para los padres de Alberto, que ya están jubilados de la hostelería. «Para mis suegros fue toda una aventura.
Palmeras, cocos, plátanos… El calor y la humedad es lo que te mata, pero a ellos les recordó mucho a Cuba y su viaje de novios», comenta Jonally. Además, la aventura les dio la oportunidad de conocer mejor otros usos y costumbres, con la ventaja añadida de contar con alguien que les podía explicar lo que estaban viviendo. Es decir: mucha novedad alrededor, pero siempre contextualizada.

De algunas de esas novedades, ya estaban advertidos. «Cuando llegamos, les dije: “Aquí no hay pan, como en Getxo; aquí hay arroz todos los días”», recuerda riéndose. También les aconsejó que no pidieran vino, que era muy caro y de mala calidad, sino cerveza o ron. Ellos se dejaron guiar, probaron todos los platos y se aficionaron a las tortitas y al plátano caramelizado.

Otras novedades, sencillamente, las experimentaron allí mismo. Así, disfrutaron de la hospitalidad que caracteriza a los filipinos. «A mis suegros les impactó que, cada vez que
alguien nos invitaba a su casa, nos ponía comida como para una boda, cochinillo incluido. Allí a los vecinos les gusta juntarse. Aunque sean pobres, se ponen unas mesas y se hace vida en comunidad». También tuvieron la oportunidad de asistir a una boda: «Les llamó la atención que les pidieran ser padrinos… Les tuve que explicar que allí hay veinte mil padrinos y madrinas, y que no es tan trascendente como aquí», apunta. Y añade con una sonrisa: «Ah, y les advertí que la ceremonia religiosa duraba dos horas…».

Algo que les sorprendió a todos fue ver la cantidad de vascos que había en el pueblo; muchos de ellos en matrimonios mixtos. «Cada vez existe más mezcla; muchos emigrantes han regresado y, con el dinero ahorrado, han montado su negocio», reflexiona. En esas condiciones, la vida es más llevadera en Filipinas, un país del que Jonally se fue cuando tenía 24 años porque su salario como periodista era muy bajo y donde, como ella subraya, «se vive al día». En cualquier caso, sus suegros quedaron encantados con el país, su gente y su familia filipina, y «quieren volver». Eso sí, tendrán que elegir bien la fecha: «En mi pueblo hay un monzón y tres tifones al año», explica Jonally.

No hay playas como las de Getxo

Jonally eligió Euskadi porque su tía Elizabeth había emigrado 30 años antes y llevaba desde entonces viviendo en Bizkaia. Llegó en agosto de 2004 y, a pesar de que era verano, el cambio de temperatura le pareció tan fuerte que dormía con manta, jersey y calcetines. Hoy, desde la perspectiva que le da haber pasado 13 años aquí, tiene claro que «en Euskadi la gente vive más la vida», sobre todo si se fija en las personas mayores. «Veo señoras de 92 años que vienen a tomarse su vermú por la mañana… Incluso cuadrillas de señoras mayores que se toman sus marianitos o un chupito de pacharán, que salen con los amigos, van al cine o al teatro…», dice. En Filipinas, las personas mayores no tienen tantas facilidades para hacer vida en la calle.

Otra cosa que valora es la cultura local. De hecho, entre sus proyectos inmediatos, destaca uno: matricularse en el Euskaltegi y aprender euskera. «Mis hijos están en la ikastola, y en las reuniones me quedo fuera porque, en general, todo es en euskera. Quiero participar más», argumenta. Además, Alberto lo habla y le gustaría tener ese punto de complicidad con él, que está estudiando tagalo.

Jonally es un buen ejemplo de cuánto pueden cambiar la vida y las prioridades de una persona. Cuando vino, su intención era «trabajar, ahorrar, obtener la nacionalidad y viajar a Londres», donde podría buscar un empleo de lo suyo. Ahora, sin embargo, se siente una getxoztarra más: «Romo se parece mucho a mi pueblo; los vecinos son vecinos de verdad. Aquí todo es familiar y está cerca. Además, tenemos mejores playas en Getxo que en Filipinas. Allí las hay muy buenas, pero son privadas», desvela.

Jonally ha convertido Getxo en su hogar, donde se siente cómoda y feliz. Su única pena, dice, es que este hogar esté tan lejos de su familia. Al despedirse de su padre, después de las últimas vacaciones, él le hizo una pregunta que le arrugó el corazón: «¿Cuándo voy a volver a ver a mi nieta, cuando tenga novio?».


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