La inmigración explicada a mi hija, Sami Naïr

¿Merece la pena leer en 2017 un libro publicado en 2001? ¿Tiene algo que contarnos aún La inmigración explicada a mi hija (DeBolsillo, 2001), el clásico de Sami Naïr? Por desgracia, sí: muchos de los análisis y diagnósticos realizados entonces siguen vigentes o nos permiten apreciar el camino recorrido en materia migratoria. De hecho, Naïr incluyó este texto en La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía, codesarrollo (Galaxia Gutenberg, 2010), el libro que compila buena parte de su obra intelectual.

inmigracion-hija-nairLa inmigración explicada a mi hija es un libro didáctico y de carácter divulgador. Está estructurado en forma de charla entre Naïr y su hija de 16 años, y capítulo tras capítulo acomete los grandes temas asociados a la inmigración: el fantasma de la «marea humana», el racismo, las generaciones, el sistema universal de protección de los derechos humanos… Naïr habla en calidad de padre francés con familia argelina y de residente en España, pero también, claro está, como el catedrático de Ciencias Políticas, doctor en Filosofía Política, doctor en Letras y Ciencias Humanas, asesor político y experto en migraciones que es. El resultado es un libro de fácil lectura que permite acceder a varias ideas fundamentales de su pensamiento.

Al publicarse en 2001, el libro nació al calor de la ley orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social. Tanto es así que, a modo de anexo, incluye el texto íntegro de la ley (además de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789). De lo mucho que se puede comentar, hay tres cuestiones que, por su actualidad, quizá llaman la atención más que otras: la construcción de un islam europeo, la autopercepción de los españoles como migrantes y ciertos cálculos demográficos y reflexiones políticas.

1. El islam: la encrucijada de la pluralidad religiosa

En el capítulo «Una nueva religión europea», Naïr realiza el siguiente vaticinio:

Si los inmigrantes musulmanes se sienten abandonados, despreciados en su fe, se encerrarán en sí mismos y harán de su religión un refugio identitario contra la dureza de la sociedad de acogida. Además, los Estados de donde proceden intentarán controlarlos por medio de la religión. Financiarán la construcción de mezquitas, enviarán a ministros de culto que estarán a sueldo del país de origen e impondrán su propia visión del islam en el país de acogida. Numerosos países ricos de confesión musulmana ya lo están haciendo. En fin, también los movimientos integristas acechan a la inmigración. Se aprovechan del desasosiego de los inmigrantes no integrados, del racismo, de la marginación, para propagar su fanatismo religioso y transformar la confesión en ideología política. Por eso creo que no hay postergar la ayuda a aquellos inmigrantes que quieren integrar su religión democráticamente en el país de acogida.

Lamentablemente, a la vista está que los países europeos hicieron poco o nada para solucionar un problema que saltaba a la vista. Hoy vivimos una ola de islamofobia de una intensidad impensable entonces. Es más: la actual imagen mediática del migrante musulmán dista mucho de la persona trabajadora, pacífica y tolerante que menciona Naïr en el libro. Tampoco parece que sea el mejor momento para la pluralidad religiosa en algunos países. Ahí está, para corroborarlo, lo sucedido el año pasado con el barrio de Molenbeek tras los atentados de Bruselas o lo ocurrido hace poco durante las elecciones de los Países Bajos.

(Un inciso: resulta recomendable ver este reportaje de Euronews que recoge algunos de los grandes hits de la campaña holandesa. A saber: Geert Wilders llamando «escoria» a los marroquíes, los hijos holandeses de los migrantes marroquíes hablando de que son tan holandeses y holandesas como cualquiera, los gais autóctonos quejándose del acoso de los migrantes musulmanes… En fin, el reportaje es breve, pero da cuenta de la complejidad que entraña la convivencia y da la pauta de lo poco que trabajamos en políticas de inclusión y de gestión de la diversidad).

En todo este tiempo, diría Naïr, ha faltado voluntad para construir «un islam europeo». Quizá eso suene algo duro a oídos de políticos como Esperanza Aguirre —recuérdese su tuit sobre los Reyes Católicos— o Francisco Marhuenda —véase su tuit donde dice que «los musulmanes nacieron matando»—, pero la demografía manda: en 2001 ya eran 15 millones las personas que practicaban el islam en Europa, es decir, ya entonces estábamos ante «la segunda religión europea». Por tanto, resulta tan absurdo ignorar su presencia como proponer soluciones incendiarias a la Wilders o a la Le Pen (también, todo sea dicho, sobra lo de Erdogan llamando «fascista» a Holanda, un país mucho más tolerante y democrático que el suyo…). Tenemos que aprender a convivir, de eso se trata.

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Según Naïr, esa convivencia la debemos forjar alrededor de tres ejes: construir un espacio público laico —neutro en términos políticos y religiosos—, admitir el «pluralismo de confesiones» en el espacio privado y poner la ley como garante de los derechos y deberes de la ciudadanía. No necesitamos echar a nadie; lo que precisamos es pactar unas reglas de convivencia claras y organizarlas a través de la ley. Las democracias, en teoría, funcionan así.

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Ahora bien, eso implica un desafío para quienes vienen y para quienes acogen. Por un lado, los musulmanes deben adaptarse a la cultura de la sociedad que los recibe y construir un islam ajustado a ese ámbito, es decir, «un islam español». En palabras de Naïr, eso les ayudaría, además, «a abandonar la tesitura de extranjeros» (imagino que el ejemplo a seguir sería Sadiq Khan, el alcalde de Londres). Entre las medidas para lograr esa adaptación, Naïr recomienda, por ejemplo, que los imanes sean españoles y formados en España (un modo de evitar los religiosos retrógrados financiados por los petrodólares). Asimismo, considera que los musulmanes europeos deben renunciar a la poligamia, aceptar la igualdad entre varones y mujeres, seguir la educación del país donde residen, evitar politizar las mezquitas y circunscribir la religión al ámbito privado.

Por otro lado, les pide a los Gobiernos europeos —y, en particular, al español— que sean hospitalarios con el culto islámico. Eso incluye establecer con claridad dónde y cómo se pude abrir una mezquita y promulgar leyes que habiliten «centros de plegaria» en espacios públicos (hospitales, aeropuertos, universidades, etcétera). También respetar sus festividades, sus «prescripciones alimentarias» o facilitarles emplazamientos idóneos para que tengan cementerios.

No hay solución ideal, afirma Naïr, pero la convivencia entre religiones es un desafío que debe resolverse por cauces democráticos. Es decir: mediante el diálogo, y no mediante la sharia de unos y las proclamas beligerantes de otros, discursos que solo nos llevan a la eterna polarización que termina en violencia. De ahí que las soluciones que intentemos deban aspirar al sincretismo: nuestras respectivas culturas deben enriquecerse mutuamente, fusionarse, mutar, transformarse en otras capaces de superar las limitaciones de las anteriores. Sí, cambiar: menos esencialismos y más voluntad de cambio, más mestizaje. Una cultura es un punto de partida para abrirse a lo universal, no un candado con el que asegurar el repliegue sobre una identidad particular.

2. La emigración española: al exilio del relato oficial

Otra parte notable del libro es la mirada sobre la emigración española de los 60. Sin entrar en grandes profundidades —algo se puede hacer, por ejemplo, a través de 4.º Mundo, emigración española en Europa, de Andrés Sorel—, Naïr sostiene que España es un país donde las migraciones ocupan un lugar marginal en su relato como nación. Es más, según él, le asignamos el lugar de «fracaso social histórico»:

A mi modo de ver, si los españoles olvidan que también ellos fueron inmigrantes en el extranjero es porque la emigración no constituye motivo de gloria para nadie. Incluso en ocasiones es motivo de vergüenza. Evoca la miseria, el hambre, la dureza de las relaciones entre españoles, en su propia tierra… Una especie de fracaso histórico.

Asimismo, tendemos a idealizar cómo fue aquella migración; lo recordamos todo más bonito de lo que fue. Según Naïr, en general, no fuimos tan bien recibidos como algunos se han empeñado en contar; de hecho, ahí están los campamentos franceses que albergaron a los refugiados de la Guerra Civil. Tampoco accedimos a buenos puestos de trabajo, sino que nos contrataron para los empleos más duros y menos cualificados, y fuimos clandestinos (imperdible al respecto el documental El tren de la memoria). Es más: allí donde fuimos —Países Bajos, Francia, Suiza o Alemania— nos perseguía el sambenito de ruidosos, brutos, violentos, sanguinarios —por los toros— y siempre dispuestos a irse de fiesta. Y pocas veces se hablaba bien de nosotros, pues éramos lo que «los inmigrantes latinos, magrebíes o africanos» son hoy en nuestra sociedad.

Por último, Naïr deja planteadas varias preguntas: aquellos millones de españoles y españolas que emigraron alentados por la dictadura franquista, ¿regresaron o se asentaron en los países de acogida y alimentaron con sus hijos las segundas generaciones de esos países? Es más: ¿cuántos se acogieron al derecho de reagrupamiento familiar y se llevaron a los suyos al país donde vivían?

Moraleja: antes de criticar la reagrupación familiar ajena, revisemos lo que hicimos nosotros en el pasado… Incluso vayamos más allá y pensemos en los amigos o conocidos que se han ido durante esta crisis a vivir a Dinamarca, Chile o Estados Unidos: ¿y si un día quisieran reagrupar a sus padres o hermanos para tenerlos más cerca, por razones de salud, etcétera?

3. Demografía, polarización social y miedo a perder lo conseguido

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Sami Naïr. Foto: Wikimedia.

Por último, me han interesado tres reflexiones de contexto. La primera tiene que ver con un comentario demográfico: «En el Tercer Mundo, la población crece mucho más deprisa que las riquezas, y en consecuencia tiende a empobrecerse más que a enriquecerse». Es tan cierto como paradójico, pues el problema de Europa es su envejecimiento y su necesidad de aumentar como sea su demografía (sea vía nacimientos, sea mediante migraciones de repoblación, etc.) para conservar su Estado del Bienestar. Curiosamente, en 1960, Europa tenía el 20 % de la población mundial y África, el 9 %; la predicción para 2050, según Naïr, era que las cifras se invertirán: África aportará el 20 % y Europa, el 7 %. En principio, nadie espera que África tenga entonces un peso geopolítico y económico acorde con su demografía.

La segunda idea es que «ninguna sociedad puede evolucionar a un ritmo para el que no está preparada». ¿Por qué? Porque siempre está tensionada entre quienes opinan que la hospitalidad con las personas migrantes significa disolver los cimientos de la sociedad y quienes, si no haces tabla rasa de todo lo que hay, te reprochan que, en el fondo, no quieres cambiar nada. En fin, que la «vía del punto medio», como la define Naïr, tiene mala prensa garantizada (en La Europa mestiza relata algunos de los avatares vividos con el Gobierno socialista francés a vueltas de la política sobre el codesarrollo que trató de impulsar).

La tercera es que las personas migrantes suelen ser las más duras con otras personas en su misma situación. A quienes ya encontraron sitio —o algo parecido a eso— en la sociedad de acogida, toparse con otros migrantes «les recuerda de forma palpable el pasado» y les despierta un gran resentimiento, también miedo a perder lo que ya tienen. Quizá uno de los ejemplos más notables al respecto —y esto lo añado yo— sea que las patrullas fronterizas con las que Estados Unidos controla el paso de México están constituidas por muchas personas de ascendencia hispana. La ferocidad del capitalismo puede palparse en esa lucha por la supervivencia de las capas sociales más débiles.

Para acabar, un dato anecdótico… que no es tan anecdótico. En 2001, Naïr le pregunta a su hija por el francés más importante a nivel mundial. En ese momento, la respuesta que le dio su hija fue «Zinedine Zidane», un segunda generación. Casi 16 años más tarde, la respuesta sea probablemente la misma: el francés más famoso continúa siendo una persona cuyas raíces familiares están en Argelia y cuyo nombre figura en Wikipedia también en árabe. Sin embargo, la selección francesa de fútbol lleva tiempo atravesada por las acusaciones de racismo debido a la inclusión de muchos jugadores negros o la exclusión de algunos jugadores por su origen magrebí. En fin, el reto, como dice Naïr, es el mestizaje y la fusión, no elaborar sofisticados mecanismos de repliegue identitario.

*

P. D.: si os sabe a poco la charla entre Sami Naïr y su hija, podéis ver esta conversación entre Samir Naïr y su amigo Tzvetan Todorov (recientemente fallecido). Son unas dos horas (en español). También son recomendables esta entrevista que le hizo Iñaki Gabilondo y esta otra que le hizo Mónica Terribas. Por último, esta entrevista que publicamos con él en revista Teína (2007) y recomiendo esta conferencia.


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Zygmunt Bauman y los extraños que llaman a tu puerta

18 apuntes para que no te arrolle el desconcierto

Por Rubén A. Arribas

@estoy_que_trino

01 | ¿Bienestar cooperativo o extinción colectiva? Somos cada vez más personas y la Tierra se nos ha quedado pequeña para seguir huyendo unos de otros. A falta de que intentemos colonizar la Luna, Marte o desecar los océanos, las soluciones que hemos adoptado en los últimos 30 siglos están agotadas: ni quedan continentes por descubrir ni tierras vírgenes que poblar. Por tanto, si queremos vivir en paz, tendremos que aprender a soportarnos los unos a los otros y hacer que prime la hospitalidad sobre la hostilidad. Además, según afirma Zygmunt Bauman en Extraños llamando a la puerta (Paidós, 2016), debemos ser conscientes de que nos encontramos ante una encrucijada histórica: «Nos aproximamos (si no hemos llegado ya) a una bifurcación en el camino hacia nuestros futuros posibles, uno de cuyos ramales nos lleva hacia el bienestar cooperativo, mientras que el otro apunta hacia la extinción colectiva».

bauman-extranos-puerta02 |  De momento, hacia el Armagedón. De la encrucijada, salen dos caminos: uno es corto, fácil y bastante familiar, pues nos lleva a un futuro de misiles nucleares, armas químicas y vida al más puro estilo Mad Max, La carretera o Plop; el otro es largo, sinuoso y lleno de dificultades, y conduce a un mundo mestizo donde la diversidad cultural es la norma y donde el entendimiento puede más que las tensiones que nos llevan a fantasear con escenarios posapocalípticos. Ir por uno u otro, según Bauman, depende de si somos capaces de elevarnos por encima de nuestras limitaciones y aprendemos a convivir en «paz, solidaridad y cooperación mutuas». De momento, vamos, diría yo, por el sendero que lleva hacia el Armagedón: liderazgos como los de Putin, Erdogan, Netanyahu, Kim Jon-un, Trump o el Estado Islámico así lo certifican.

03 | Los Estados ya derrumbados… Bauman da un buen puñado de razones para entender por qué vivimos lo que él denomina «un cuadro político explosivo». La primera, y más geoestratégica, es que existe una lista creciente de Estados «en derrumbe (o, mejor dicho, ya derrumbados) o de territorios que, a todos los efectos, son ya países sin Estado». O dicho con otras palabras: existen ya muchos territorios «sin ley, escenarios de guerras tribales y sectarias, de asesinatos en masa y de un bandidaje sin descanso impulsado por la máxima del “Sálvese quien pueda”». Si el mundo fuera un videojuego —el Minecraft, el Age of Empires o cualquiera de esos—, una de las preguntas que nos plantea Bauman es si existe alguna posibilidad real de recuperar Siria, Libia, Yemen, Afganistán, Irak, Somalia, Sudán —¡que padece una hambruna en pleno siglo XXI!—, Congo, Haití y tantos otros países… ¿Existe o vamos hacia el game over?

04 | El negocio está en las armas. Ya lo dijo Nicolas Cage en El señor de la guerra: «El dinero de verdad está en la guerra». A lo que Bauman, además de darle la razón, añadiría: «… el comercio mundial de armas —totalmente fuera de control— y engordadas por la industria armamentística, sedienta de beneficios, con el apoyo tácito […] de unos Gobiernos nacionales obsesionados por mejorar las cifras del crecimiento del PIB». Nuestros Gobiernos no se preguntan cómo erradicar el armamento, sino que parecen pensar lo mismo que Nicolas Cage en la película: «Hay más de 550 millones de armas de fuego circulando por el mundo, lo que equivale a 1 arma por cada 12 personas del planeta. La cuestión es… ¿cómo armar a las otras 11?». El auge de la economía de la seguridad y del negocio de la xenofobia así lo corroboran. A los incrédulos, tres datos: en 2015 España era la séptima exportadora de armas del mundo, Trump quiere aumentar en 54.000 millones el gasto militar y lo primero que le pidió Trump a Rajoy fue aumentar un 2 % su gasto en armamento. Eso por no hablar de que la guerra de Yemen se hace con armas españolas.

05 | La noción de Estado-nación ha colapsado. La globalización nos ha traído una sensación desconocida hasta ahora: la erosión de la soberanía nacional. El FMI, los grandes bancos, las multinacionales, la UE, los fondos buitre… Las noticias, en particular las económicas, nos remiten a kafkianas instancias o instituciones supranacionales donde somos ignorados y apenas tenemos influencia, y donde sin embargo otros deciden por nosotros cuál es nuestro destino. Una parte relevante del poder ha sido deslocalizado de nuestros Parlamentos, y hasta los petrificados leones de la carrera de San Jerónimo se preguntan si algún día volveremos a tenerlo. Según Bauman, en «este mundo nuestro cada vez más desregulado, policéntrico y desarticulado», la noción de Estado-nación ha quedado obsoleta, superada: «Fue la fórmula perfecta para la libertad e independencia de unas naciones y unos pueblos autónomos. Pero es del todo inadecuada para la interdependencia». Descanse en paz, por tanto; pero démonos prisa en mutar hacia un nuevo modo de organizarnos.

06 | La decadencia de la política (y de la democracia, claro). La política puede cada vez menos, es decir, cada vez se ve más incapaz para «impedir el daño inflingido por los poderes que eluden su control e ignoran —y hasta cortan de raíz— todos los intentos (raros y muy separados entre sí en el tiempo, en cualquier caso) de los políticos demócratas liberales por recuperar su menguante autoridad». O dicho de otro modo: cada vez más gente cree que la democracia no cumple su función (con el peligro que eso implica, evidentemente). De hecho, según Bauman, podemos constatar la devaluación de expectativas si analizamos lo que nos ofrecen los partidos hoy a cambio de nuestro voto: seguridad. ¿Y antes? Pleno empleo y coberturas sociales. Entre las razones que explican esta degradación, Bauman cita esta: «… los gobernantes y los aspirantes a serlo oscilan torpemente entre dos objetivos mutuamente incompatibles: satisfacer a sus amos (los poseedores del capital) y aplacar los temores de su electorado».

07 | El siglo de la precariedad. Tengamos claro algo: vivimos en una sociedad donde el poder se enorgullece de la «desregulación progresiva de los mercados de trabajo y de la “flexibilización” del empleo». Es decir: considera como positivas medidas que propagan la «fragilidad de las posiciones sociales y la inestabilidad de las identidades socialmente reconocidas», lo que hace que crezcan «sin freno las filas del precariado». Hoy ya no se puede construir un discurso político verosímil y de alcance sin incluir la palabra precariedad en él. De hecho, Bauman señala que los movimientos para precarizar a la población por parte del poder tienen un beneficiario claro: ese mismo sector poderoso. Incluso va más allá y apunta lo siguiente: «Esa precariedad va camino de convertirse en un importantísimo material (puede que incluso el primordial) de fabricación de técnicas de gobierno en la actualidad». Moraleja: del mismo modo que no hay voluntad para erradicar el hambre o las armas, no la habrá para sacarnos de la precariedad.

08| El Estado nos condena al bricolaje existencial. Los poderes fácticos insisten, dice Bauman, en que los problemas derivados de la incertidumbre existencial debemos resolvérnoslos los propios individuos… Así, a las bravas, en solitario, sin la ayuda del Estado, a pesar de que no dispongamos de las herramientas o recursos adecuados para enfrentarnos a necesidades como tener una casa digna en propiedad, acceder a una educación pública que garantice la igualdad de oportunidades laborales o contar con algún respaldo si nos enfermamos de gravedad. Se trata, en palabras de Bauman, de una misión casi irrealizable porque casi nadie puede encontrar soluciones «por su cuenta y riesgo» a «problemas de nivel social». El poder nos aplica una suerte de método Ikea o Leroy Merlin de háztelo tú mismo, como si conciliar trabajo y crianza o cuidar de una persona dependiente fuera equivalente a montar una estantería para el comedor en tus horas libres. Ante el Goliat de la incertidumbre existencial, el poder nos ha dejado el papel de angustiados y vulnerables davides que tienen todas las papeletas para perder. Bauman, menos bíblico, lo dice así: «las personas se encuentran actualmente expuestas a una sociedad rebosante de riesgos, pero vacía de certezas y garantías».

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‘David & Goliat’, foto de Valakirka.

09 | La sociedad del rendimiento. Los dos grandes miedos de la sociedad actual son la insuficiencia y la inadecuación, según Bauman. Vivimos en algo que podríamos llamar «sociedad de rendimiento», un ecosistema hostil en el que sobrevivimos mientras somos productivos —a bajo coste— y que depura a los depresivos y fracasados, es decir, a quienes son incapaces de incrementar el rendimiento del sistema capitalista. Asimismo, el propio sistema nos da los mecanismos necesarios para alentar nuestra «autoexplotación, autotormento y autoextenuación». Es decir: el sistema no solo nos margina si no damos la talla, sino que nos señala como culpables de nuestro propio fracaso y nos induce a sentir que estamos de más, que sobramos. En paralelo, y por si con esa vejación no era bastante, debemos aguantar que otros alardeen «de unas comodidades y una opulencia esplendorosas y sin precedentes». Así funciona esto del rendimiento: humillar a muchos a costa del éxito de unos pocos.

10 | Cuando el todo no es la suma de las partes. La sociedad del rendimiento es el resultado de haber destruido el concepto de comunidad a fuerza de potenciar lo individual. Cualquier persona que haya tenido un accidente laboral serio, tenga mayores a su cargo o cuide de un hijo con una enfermedad rara, sabe de primera mano que casi todo está pensado para dejar atrás a quienes no estén a la altura de las exigencias de esta «sociedad completamente invidualizada». Ahora bien, esa degradación no ha sucedido ni porque sí ni de la noche a la mañana, sino que llevamos décadas padeciendo una «erosión progresiva de los lazos comunitarios», algo que, en palabras de Bauman, «se traduce en la vulnerabilidad, la volatilidad y, en último término, el desmantelamiento de unos colectivos integrados». El Mediterráneo como metáfora, vaya.

11 | Se busca chivo expiatorio al que culpar de la dignidad perdida. Repartidas así las cartas, llevamos todas las de perder. De hecho, como dijo el millonario Warren Buffett hace algún tiempo: hay una guerra de clases, y la suya va ganando por goleada. ¿Y qué pasa con los goleados? Según Bauman, que «nos sentimos víctimas […] de circunstancias sobre las que tenemos escasísima (o ninguna) influencia, y menos aún control». También que se nos hace muy cuesta arriba asumir que los responsables de esta situación son algo así como un rostro difuso y con múltiples facetas. Nuestra neurosis —nuestro «miedo cósmico», que diría Mijail Batjín— necesita algo más: «las víctimas necesitan situar, concretar y poner nombre a quienes las vicitimizan». Es decir: existe una situación de precariedad global y una necesidad de culpar a alguien de tanta fragilidad y volatilidad como sentimos.

12 | Los migrantes, heraldos de malas noticias. La irrupción de los migrantes en nuestras calles nos recuerda algo que ya sabíamos: el orden que conocíamos se está derrumbando. Hemos perdido derechos laborales, poder adquisitivo, expectativas de futuro y hasta la dignidad. Los migrantes —en particular, los refugiados— nos recuerdan nuestra vulnerabilidad y «la fragilidad endémica de ese bienestar nuestro que tanto nos costó alcanzar», a la par que hacen visibles esas ignotas fuerzas globales que dominan y dan forma al mundo en los telediarios y libros, pero de las que nunca terminamos de saber cuáles son ni dónde están. Es decir: los migrantes nos hablan de que también los demás podemos ser un día víctimas de una guerra civil, de una catástrofe climática, del narcotráfico internacional, de una persecución religiosa, de un genocidio étnico, de la prohibición de nuestra opción sexual, de una bancarrota económica o de un país sin futuro.

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Refugiados sirios hacinados en Budapest, septiembre de 2015. Foto de Mstyslav Chernov.

13 | Los refugiados y el último escalón del infierno. Y así, precarizados como estábamos, cuando ya habíamos dado por perdida la dignidad y dábamos por hecho que ocupábamos el último escalón social, de repente, aparecieron los refugiados y nos dieron una buena noticia: ¡eh, se puede estar aún peor! Así lo dice Bauman: «Los migrantes representan ese ansiado fondo que está más abajo todavía, es decir, por debajo del fondo al que los miserables autóctonos han sido relegados y confinados». Por triste que suene, saber que a alguien le va peor convierte nuestra precariedad en una situación una pizca menos degradante e intolerable. Como sostiene Bauman, el mal de otro redime nuestra dignidad y rescata la poca autoestima que nos pudiera quedar. Y ahí, en ese río revuelto, es donde quieren sacar su ganancia pescadores como Trump o la ultraderecha europea con su cantinela de «la preferencia nacional». Bauman cita al historiador checo Miroslav Hroch para redondear una idea al respecto: el nacionalismo y la etnicidad son «un sustituto de los factores de integración en una sociedad que se desintegra. Cuando la sociedad se desmorona, la nación aparece como garantía final».

14 | La globalización de la indiferencia moral. ¿Quién se siente responsable moral de lo que está pasando hoy en el mundo? Bauman, un pensador de izquierdas, recoge las palabras del papa sobre las muertes en Lampedusa para contestar esa pregunta: «Hoy nadie en nuestro mundo se siente responsable; hemos perdido el sentido de la responsabilidad hacia nuestros hermanos y hermanas». Tan desolador como eso: nadie. Tan desolador como la indiferencia del Gobierno español cuando murieron al menos 15 personas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil intentaba impedir que entrasen en España. Al respecto, me remito a los documentales Tarajal: desmontando la impunidad en la frontera sur y Transformar el dolor en justicia.

15 | El discurso del odio. Quienes promueven el odio al extranjero siempre apuntan en una misma dirección: fomentar el miedo al otro, deshumanizar a los migrantes, estigmatizarlos. ¿Por qué? Porque, como señaló Erving Goffman, quienes se creen normales suelen considerar que quien tiene un estigma es menos humano. De ahí que los xenófobos acusen de terroristas a los migrantes (Viktor Orban), los culpen del aumento de la delincuencia (Trump) o incluso criminalicen a las ONG que trabajan salvando vidas en el Mediterráneo (Fabrice Leggeri, Frontex). El discurso del odio intenta dañar o incluso quitarle por completo la condición de persona al otro; si uno deshumaniza al enemigo, es más fácil pensar que se habla de cucarachas (Katie Hopkins) o incluso de mierda (Josu Bergara). La estrategia del odio, según Bauman, es romper «el espacio de la compasión y de aquello que nos impulsa a preocuparnos por otras personas» y facilitar así el sentimiento de indiferencia moral, de inhumanidad. El activista Christopher Catrambone, según recoge Bauman, escribió la idea nuclear que encierra ese discurso: quieren hacernos creer que los refugiados «vienen a matarnos». Quieren hacernos pasar ficción por verdad, vaya.

16 | El enfoque en seguridad favorece a los terroristas. Un dato que da Bauman: unos 5000 jóvenes europeos combaten a favor del Estado Islámico. Una pregunta: ¿qué recibían de sus países de origen para que el terrorismo les haya seducido? Una respuesta: exclusión social, humillación y marginación. Por tanto, atrincherarnos en el nosotros contra ellos y estigmatizar aún más a esas capas de la sociedad solo servirá para empeorar sus condiciones de vida y acelerar su tránsito hacia las milicias integristas. De ahí que Bauman sostenga que las mejores «armas que Occidente puede desplegar contra el terrorismo son la inversión, la inclusión y la integración sociales en nuestro propio territorio». Al respecto, merece la pena ver «Yo vivo en Molenbeek», del equipo de En Portada.

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Bauman, foto de M. Oliva Soto.

17 | Todo termina siempre en Kant. Kant es a la filosofía lo que Bach a la música: tarde o temprano terminas en él. Bauman recupera el Tercer artículo definitivo hacia la paz perpetua, donde Kant defiende «el derecho de un extranjero a no ser tratado con enemistad a su llegada a territorio foráneo» y el derecho de este a «ofrecerse a la sociedad en virtud del derecho de propiedad común de la superficie de la Tierra». En palabras de Bauman, Kant defiende un «derecho de asociación», es decir, el «derecho a comunicarse y a establecer una interacción amistosa que, finalmente, lleve a intentar establecer vínculos de amistad mutuamente beneficiosos y, en principio, enriquecedores en el plano espiritual». En definitiva, «lo que Kant estipula es la sustitución de la hostilidad por la hospitalidad» (una idea que recoge, por ejemplo, Miguel González Martín en su texto De la hostilidad a la hospitalidad).

18 | El diálogo, la hospitalidad y la convivencia como horizonte común. Bauman acude al filósofo Hans-Georg Gadamer para definir hacia dónde debemos encaminarnos: aprender a convivir. Ese es un proceso eternamente incompleto, pues la «fusión de horizontes» que representa el saber entendernos unos con otros es un proceso dinámico, siempre en curso. Es una suerte de diálogo interminable que siempre está sujeto a revisar, en virtud de quienes conversan, el modo óptimo de hacerlo. En fin, entenderse no es reducible a un método o una técnica, sino es más bien una actitud, un arte y una demostración de permanente voluntad de diálogo. Al fin y al cabo, es algo que tiene que ver con forjar un idioma común, capaz de incluir —y de incluirnos en— la diversidad que somos.

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P. D.: merece la pena ver estas dos entrevistas —1 y 2— con Zygmunt Bauman, esta conferencia y todo el material contenido en la web del CCCB. Aquí se puede leer el primer capítulo del libro.


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