Cómo hablar de inmigración en tiempos de la maraña xenófoba

¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? ¿En qué momento ese derecho se transforma en un delito de odio? ¿Qué aspecto tiene el racismo en nuestro tiempo? ¿Podemos hacer algo para frenar las avalanchas de insultos, rechazo y desprecio? ¿Cuál es el papel de los comunicadores en la construcción de los discursos? Para responder a estas preguntas, CEAR-Euskadi ha publicado el libro Periodistas contra la xenofobia, una guía que puede descargarse de la web a cambio de una donación y que ofrece consejos prácticos para construir un pensamiento crítico ante los estereotipos y prejuicios que abundan sobre las personas migrantes. 

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

El discurso del odio está por todas partes. Vivimos a caballo entre la incertidumbre y la falta de repuestas serias a la precarización a la que los Gobiernos nos están sometiendo y, por desgracia, no faltan quienes están dispuestos a convertir ese material altamente inflamable en un incendio continuo, en algo que les genere algún beneficio personal. En tiempos de una sociedad orientada hacia el individualismo consumista, poco importa, parece ser, el bien común o la cohesión social.

Por eso, según Periodistas contra la xenofobiaguía publicada por CEAR-Euskadi en 2016, vivimos en la era del «racismo líquido». Es decir: debemos enfrentarnos a un racismo que «se cuela y cala cada parcela de la vida cotidiana»; un racismo en forma de prejuicios y estereotipos que enredan —y nos enredan— hasta convertir nuestras relaciones en el espacio público y privado en una maraña asfixiante de sentimientos explosivos, muchas veces al borde la violencia. «La ciudad humea el discurso del odio», dice el libro, y eso solo sirve para enrarecer la atmósfera y volver irrespirable la convivencia.

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Según CEAR-Euskadi, el racismo ha mutado y solemos encontrarlo, sobre todo, disfrazado tras la etiqueta de lo normal:

[Antes] eran consignas racistas y xenófobas voceadas desde grupúsculos de la extrema derecha o desde coristas del conservadurismo más rancio, ahora son comentarios ‘normalizados’ que se escuchan rutinariamente en las conversaciones del supermercado, de patio de colegio o de cafetería de media tarde.

La otra característica básica del racismo actual es que muchas personas lo favorecen o alientan, y ni siquiera han tenido relaciones laborales, comerciales, familiares, de amistad o de algún tipo con esas personas a quienes responsabilizan de todos sus males:

[…] nuestra imagen de las personas migrantes y refugiadas no es la que obtenemos de nuestra experiencia directa y contacto personal con ellas (el cual, en muchos casos, no existe).

O, como dice Brigitte Vasallo, la autora de Pornoburka, «todo el mundo tiene formada una opinión sobre el islam; todo el mundo opina sobre el islam, además con un juicio de valor… Pero, luego, tú preguntas: “¿Tú qué sabes del islam? [Y te dicen:] ‘No sé nada'”».


Libertad de expresión no es libertad de agresión

La guía ofrece 19 consejos para periodistas. Ahora bien, estos consejos son válidos también para cualquier persona que quiera construir un pensamiento crítico ante la avalancha de estereotipos y simplificaciones que suele acompañar a la información migratoria. También aporta una marco deontológico —ese que, en teoría, los medios se han comprometido a cumplir— y un marco jurídico nacional e internacional sobre los derechos humanos y la libertad de expresión

Entre los consejos, algunos son puro sentido común; por ejemplo, cuestionarse «los propios prejuicios» o evitar el «reduccionismo descriptivo […] y la simplificación excesiva de la realidad». Otros tienen que ver con el modo de ejercer la profesión en estos tiempos de polarización política, redes sociales y urgencia por el clic fácil. Entre ellos, destacan estos siete:

  1. Evitar las fotografías, la maquetación o el lenguaje que induzca a confusión.
  2. Honestidad a la hora de separar entre información y opinión.
  3. Prudencia en la defensa de una libertad de expresión ilimitada.
  4. Tolerancia cero con los discursos del odio.
  5. Negarse a reproducir expresiones que banalicen el apartheid, el nazismo u otros totalitarismos, y negarse a reproducir descalificaciones hacia colectivos en situación de minoría o vulnerabilidad.
  6. Erradicar los espacios de impunidad —blogs, foros, redes sociales, comentarios a noticias, etcétera— donde se promueve el odio gracias al anonimato.
  7. Aplicar siempre la lupa de los derechos humanos.

Una de las ideas centrales de la guía es que no pesan lo mismo las palabras dichas en un espacio privado que en un espacio público. Y tampoco es lo mismo que las diga una persona cualquiera a que las diga alguien que tiene un acceso privilegiado a los medios de comunicación, como es el caso de los políticos. Existen asimetrías y conviene conocerlas.

El libro también hace hincapié en que reflexionemos sobre qué entendemos por libertad de expresión. Al respecto, CEAR-Euskadi se remite a la definición que dieron SOS Racisme Catalunya y la Red de Nou Barris Acull en 2014 a raíz del juicio a Xavier García Albiol, alcalde de Badalona:

La libertad de expresión es un derecho fundamental que es necesario garantizar, pero que tiene un límite. Y este comienza en el momento en que se ataca el derecho a la dignidad y al honor de un colectivo, o cuando un discurso se convierte en discurso del odio, instigador de la discriminación y de la violencia.

Por tanto, la libertad de expresión no es libertad de agresión, y ningún político debería utilizar la radio, el periódico, la televisión o las redes sociales para llamar mierda, escoria, plaga o lacra a parte de sus vecinos y vecinas. Tampoco el periodismo debería prestarse a ese juego. Eso no es hablar claro; eso es un delito de odio. Eso es fomentar un clima de hostilidad, incitar a la violencia y legitimarla. Eso es despersonalizar y estigmatizar al otro. Eso es algo que ya hemos vivido antes en el siglo XX con los nazis. Eso es olvidar, como dice la guía, que «la violencia racista siempre viene precedida del discurso del odio».

A propósito, el libro relata el caso de Christiane Taubira, ministra francesa de Justicia durante el Gobierno de François Hollande, insultada por ser negra en los medios de extrema derecha y que terminó hostigada incluso por niñas y niños a su paso por Angers (la llamaron mona y la recibieron agitando pieles de plátano). El director de la publicación fue sancionado, pero el daño ya estaba hecho.


¿Y qué pasa con lo positivo de las migraciones?

Otro hilo conductor importante en el libro es explicar los mecanismos básicos con que se construye el discurso del odio. Este, en general, se caracteriza por cuatro elementos:

También conviene sospechar de los despliegues informativos desproporcionados que agrandan la dimensión de noticias negativas sobre inmigración. Asimismo, es justo reclamar mayor presencia de personas extranjeras como fuentes de información, sujetos discursivos o protagonistas de informaciones positivas, y no encasillarlas en «escenas y sucesos de crimen, de fraude en el cobro de prestaciones sociales, malos tratos, de mafias, de detenciones de inmigrantes, de control de fronteras, de delincuencia, de participación en grupos terroristas, de violencia sexista…». Todo eso, en palabras de CEAR-Euskadi,  «genera un sentimiento de rechazo a las personas extranjeras que no se generaría de enfocar otros fragmentos de la realidad positivos».

O dicho de otro modo: ¿por qué «en nuestro imaginario no poseemos, por lo general, imágenes de neurocirujanos y ginecólogos licenciados en Sudáfrica y ejerciendo en el País Vasco (que los hay) o de mujeres musulmanas diseñadoras de moda (que las hay), o de niños y niñas africanas pasándolo fenomenal en las barracas de la fiesta del barrio…, que es como se lo pasan»?

La pregunta queda ahí, y no solo para el País Vasco. Quizá una primera respuesta sea la de Francesc de Carreras en su artículo «¿De dónde soy?»: hoy cada quien es de donde le da gana y construye el puzle de su identidad como mejor le parece. Con libertad. Haya nacido donde haya nacido.

*

P. D.: por cierto, en vez de echarles la culpa a los migrantes de nuestros problemas, haríamos bien en buscar causas globales o estructurales. Quizá encontremos alguna pista en los miles de millones que mueven las armas y las drogas, en los 1000 millones de personas que se mueren de hambre o en las más de 20.000 bombas que lanzó Estados Unidos en la época de Barack Obama. O, ya puestos, acaso deberíamos pensar qué clase de lógica gobierna un país donde clubes como el Real Madrid y el Barcelona tienen un presupuesto más alto que una ciudad rica y cara como Bilbao (527,9 millones de euros) y 10 veces el de una más modesta, como Guadalajara (65 millones). A lo mejor entonces empezamos a entender algo.


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Una historia que no cabe en una maleta

Casi todo el mundo sabe quién es Adou Ouattara, aunque no recuerde su nombre: es el niño marfileño que apareció en una maleta en 2015 en la frontera de Ceuta. Sin embargo, esa es solo una parte ínfima de su historia y la de su familia. El libro ¡Me llamo Adou!, de Nicolás Castellano, reconstruye la parte más desconocida de esa historia y explica las razones que llevaron a la familia a tener que soportar una situación tan humillante, metáfora perfecta de este mundo lleno de infiernos y paraísos, y fronteras inciertas entre ambos.

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

adou-libroEl paso fronterizo de El Tarajal, que separa la ciudad marroquí de Castillejos de la Ciudad Autónoma de Ceuta, trata de controlar el flujo de inmigrantes y el contrabando comercial. Cada día cientos de porteadores, la mayoría mujeres, lo atraviesan con fardos de mercancías cargados a la espalda, que alcanzan los 90 kilos. Son habituales, igualmente, los coches kamikaze y los coches patera. Dobles fondos, escondrijos inverosímiles en el motor, asfixiantes recovecos en la tapicería del salpicadero: todo vale para llegar a Europa. El 7 de mayo de 2015, sin embargo, los experimentados guardias fronterizos se llevaron una sorpresa al pasar una maleta rosa por el escáner y descubrir que, en su interior, viajaba un niño de tan solo 7 años.

«¡Me llamo Adou!» fueron sus primeras palabras, en francés, cuando los guardias abrieron la maleta rosa y le vieron acurrucado en posición fetal, como en el vientre de una embarazada. Pasaban 14 minutos de las 12 del mediodía. Los guardias estaban tan asombrados que uno le pidió al pequeño Adou que no se moviera mientras le fotografiaba con el móvil para documentar el caso. Esas fotos, en pocas horas, dieron la vuelta al mundo.

Como afirma el poeta Luis García Montero en el prólogo de ¡Me llamo Adou! La verdadera historia del niño de la maleta que conmovió al mundo (Planeta, 2017), de Nicolás Castellano, aquellas imágenes ilustraban a la perfección la realidad de las migraciones desde África: «Una maleta que viaja entre esas fronteras inciertas entre los contrabandistas de paraísos y las leyes de ese paraíso».

La gran aventura del padre

Aunque parece el principio, la imagen de Adou en la maleta es solo el final de una larga odisea protagonizada por su padre, Alí Ouattara, que se había embarcado 10 años antes en la gran aventura de migrar desde Abuyán (Costa Marfil) a España. Licenciado en Filosofía y Letras, Alí Ouattara tenía un trabajo estable como profesor; sin embargo, en 2005, la creciente tensión política en el país hizo que tomase la decisión de irse. Dejó atrás dos hijos, Michael de 12 años y Mariam de 2, y una mujer embarazada de un tercero, Adou.

Durante un año deambuló por el norte de África. Las mafias lo estafaron, pero sobrevivió dando clases particulares y gracias a la ayuda de otros marfileños que encontró en su viaje. Entre tanto, nació Adou en 2006. Sin dinero para continuar, Alí Ouattara dudó varias veces si volver a su tierra; sin embargo, el apoyo incondicional de su mujer lo animó a continuar con el proyecto migratorio y llegar a Canarias por la ruta de los cayucos. A falta de dinero, el padre de Adou participó en la construcción del cayuco que debería transportarlo. La travesía fue complicada: el motor se averió a mitad de camino… Por suerte, uno de los 29 pasajeros era mecánico y lo arregló, y la embarcación llegó hasta Fuerteventura.

Gracias a la Cruz Roja y a una ONG, Alí Outtara consiguió un trabajo fijo en una lavandería. Eso sí, a cambio de esa estabilidad laboral, y para regularizar su situación, debió permanecer los 3 años siguientes en España. Tuvo que conformarse entonces con llamar por teléfono a su familia y ahorrar dinero para ir a visitarla algún día. Regularizada su situación, en 2010, pudo viajar a Costa de Marfil y conocer al fin a su hijo Adou. A su regreso a Fuerteventura, comenzó a ahorrar para emprender el proceso burocrático de reagrupación familiar. La primera en llegar fue Lucie, su esposa, en mayo de 2012. Los tres hijos quedaron a cargo de la abuela materna en Abuyán, adonde Lucie viajaba cada 6 meses para visitarlos.

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Ali Ouattara abraza a su hijo en la playa.

A Lucie y Alí Ouattara les hubiera encantado reagrupar a sus tres hijos; sin embargo, debieron hacerse a la idea de que eso iba a ser muy complicado. De hecho, el propio Alí había descartado hace tiempo la idea de traer a Michael, el primogénito, porque era mayor edad, algo que convertía esa posibilidad en una tarea burocrática casi inviable. Así, Lucie y Alí empezaron por reagrupar a Mariam, la hija mediana, que llegó el 26 de abril de 2015 a España. Tan solo 11 días después, su hermano Adou aparecería en en una maleta en Ceuta.

Violencia legislativa

Si Adou llegó a Ceuta en una maleta es porque la Administración española aplicó (mal) la Ley de Extranjería al menos tres veces. Su padre solicitó el derecho a reagrupar a su hijo en 3 delegaciones, y en todas le denegaron el permiso porque los ingresos del grupo familiar eran insuficientes. O, para ser más exactos, «por los dichosos 56 euros que le faltaban en la nómina para llegar al mínimo estipulado para reagrupar a los dos menores».

Cuando la abuela de Adou murió, lo que era una situación dolorosa para la familia Ouattara se convirtió de un día para otro en una situación desesperada. De ahí que Lucie y Alí debieran recurrir a una solución de urgencia: pagaron 5000 euros a unos contrabandistas a cambio de que Adou cruzase la frontera a bordo de un lujoso coche conducido por un hombre con contactos en la frontera y la policía. «El dinero», les dijeron, «serviría para costear todos los gastos del viaje y para sobornar a quien fuera necesario y que el niño obtuviera un visado».

Cuando llegó la fecha de cruzar, Alí viajó a Marruecos para reunirse con su hijo y los contrabandistas. Mientras esperaban el día indicado, padre e hijo pasearon por la playa del Tarajal. Adou, al vislumbrar la otra orilla, preguntó por qué no cruzaban en una colchoneta, sin saber que, 3 meses antes, 15 jóvenes habían muerto ahogados a escasos metros de la costa por la desmesurada intervención policial. En la única reunión con el traficante marroquí que tuvo Alí Ouattara, este le dijo algo que no entendió del todo; le aseguró que no habría problemas para pasar al niño a España… «porque no es muy alto». Nunca imaginó que eso significaba que su hijo acabaría en una maleta.

De hecho, la madre de Adou se enteró de lo sucedido porque una prima vio la noticia en la televisión. «Si los políticos europeos o los africanos —afirma Lucie— pudieran encontrar el camino para que los pobres pudiéramos tener trabajo y una vida digna, la gente no vendría aquí en barcas, ni dejarían a sus familias allí». A lo que Antonia Palomo, jefa de Área de Menores de Ceuta, añade: «La gran reflexión que hay que hacer es qué ocurre en la legislación española con la reagrupación familiar para que se tenga que acudir a estas vías desesperadas».

Por suerte, la foto de la maleta logró con Adou lo que sus padres no habían conseguido ante la Administración: obtuvo el permiso de residencia en 14 días. El revuelo mediático ocasionado sirvió para que «Adou pasara a la historia como el menor extranjero que, después de haber entrado irregularmente en España, obtuvo más rápidamente los papeles para instalarse legalmente en el país». Además, la familia Ouattara recibió el respaldo de la Oficina del Defensor del Pueblo: «la Delegación del Gobierno en Canarias no aplicó correctamente la ley, porque los padres del niño marfileño sí cumplían realmente con todos los requisitos».

La presión mediática

La historia, eso sí, no iba a tener final feliz (o no de momento). Casi a la par que Adou obtenía su permiso de residencia, su padre era acusado de ser un traficante de personas. Es más: estuvo 32 días encarcelado en Los Rosales (Ceuta) mientras la Justicia le efectuaba la prueba de paternidad y verificaba que no pertenecía a mafia alguna. Después vinieron la libertad bajo fianza y la retirada del pasaporte, a la espera de que se celebre el juicio. La pena de cárcel para Alí Ouattara puede llegar a ser de 3 años.

Lucie, Mariam y Adou, a finales de 2015, se mudaron a la ciudad de Aubervillier, a las afueras de París. El revuelo mediático por la foto provocó que la familia Ouattara no pudiese salir a la calle en Fuerteventura sin que la atosigasen con fotos y preguntas. De hecho, Adou estaba harto de que lo llamasen «El niño de la maleta». Además, su madre, que solo hablaba francés, necesitaba trabajar para sufragar los gastos judiciales y familiares.

Dado que él no podía salir del país, Alí Ouattara se trasladó a Bilbao, donde reside un buen amigo suyo que podía echarle una mano. Allí, a casi 1000 km de su familia, espera sus visitas periódicas. La migración y el trabajo duro le han dejado secuelas en la espalda, así que ahora confía en que los estudios y los varios idiomas que habla le abran la puerta a trabajar como recepcionista en algún hotel. Entre tanto sigue su pelea con la Administración: si bien en 2016 «había cumplido los diez años de residencia que le exige la ley para aspirar a la nacionalidad española», no ha podido tramitarla aún… El juicio pendiente se lo impide.

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El deporte ocupa un lugar importante en la vida de Adou.

Por su parte, Adou sueña con ser futbolista, y no médico, como le gustaría a su padre. Juega en los benjamines del FCM Aubervillier y «admira a Didier Drogba, pero su verdadero ídolo es otro delantero, la estrella del FC Barcelona y de Argentina, Lionel Messi». Algún día le gustaría defender los colores del Barça o del París Saint-Germain, además de los de Costa de Marfil. Según Nicolás Castellano, sería deseable que este libro sirviese al menos para que esa —la de si vale para futbolista profesional— sea la única barrera que encuentre Adou, y que no tenga que enfrentarse a «más fronteras europeas, convertidas en verdaderos muros contra los que se estrellan miles de vidas».

¡Me llamo Adou! nos habla de que las personas somos algo más que una noticia de actualidad; somos, sobre todo, la historia personal que cargamos en nuestra maleta vital. El libro también es una llamada de atención sobre la desmesurada «violencia legislativa» que ejerce nuestra Administración sobre las personas migrantes establecidas legalmente en España. «El deseo de una familia de reunirse con sus seres queridos —escribe Castellano— no debería tener un baremo económico, y lo que es más importante, no puede prevalecer el dinero sobre el interés superior del derecho del menor a estar con su padre».

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El autor, Nicolás Castellano, y Ali Ouattara enseñan el libro.

Por eso, llegados a este punto, quizá lo más sensato sea escuchar lo que opina el propio Adou de su situación:

Le diría al Gobierno español y a todos los de Europa que son idiotas […] Hay que dejar venir a los niños que huyen de la guerra o de la miseria o para estar con su familia. Es algo que tiene que permitirse a los niños.

P.D.: para conocer más a fondo a los protagonistas de esta historia, puedes ver la entrevista de Espejo Público o escuchar al autor del libro en Cadena Ser.


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Los niños perdidos, de Valeria Luisselli

Entre octubre de 2013 y el final del verano de 2015, llegaron más de 200.000 menores no acompañados a la frontera sur de Estados Unidos. La mayoría venían de Honduras, Guatemala, El Salvador y México, y huían de la situación de violencia generalizada que vivían en sus países. Si lograban no ser deportados en la misma frontera, esos niños y niñas indocumentados debían presentarse ante la corte migratoria de Nueva York. Su defensa estuvo a cargo de varias ONG. La escritora mexicana Valeria Luiselli colaboró como traductora del español al inglés y escribió Los niños perdidos, un ensayo que recoge sus conclusiones de aquella experiencia.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

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01 | Contra la normalización del horror y de la violencia. Empecemos por el final. Poco antes de terminar su ensayo Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016), Valeria Luiselli dice que, «mientras la historia no termine, lo único que puede hacerse es contarla y volverla a contar, a medida que se sigue desarrollando y bifurcando». Ella se refiere a la tragedia migratoria que asola Centroamérica y México debido al intento de miles de personas por alcanzar la frontera sur de Estados Unidos. Esta es una historia donde han desaparecido más de 120.000 personas desde 2006, donde el 80 % de las mujeres y niñas son violadas mientras atraviesan México o donde están documentados 11.333 secuestros solo entre abril y septiembre de 2010. Quizá por eso Luiselli sostiene que «las historias difíciles necesitan ser narradas muchas veces, por muchas mentes, siempre con palabras diferentes y desde ángulos distintos». En caso contrario, explica esta escritora mexicana, corremos el riesgo de «permitir que se siga normalizando el horror y la violencia».

02 | La magnitud de la tragedia. Entre octubre de 2013 y junio de 2014, Estados Unidos detuvo a unos 80.000 menores no acompañados en la frontera con México. Hacia el final del verano de 2015, habían llegado a esa misma frontera otros 102.000 niños y niñas. La mayoría venían de países donde la violencia y el terror campan a sus anchas: Guatemala, El Salvador, Honduras y México. En general, estos menores huían de las maras, de los narcos, de la pobreza o, simplemente, de la indefensión derivada de que sus padres habían emigrado años antes. Es decir: huían porque sus vidas corrían peligro. También porque algún familiar suyo radicado en Estados Unidos había pagado de 3000 a 4000 dólares a un coyote —pasador, traficante de personas— para que lo llevara hasta la frontera. Allí, el menor solo debía entregarse a la Border Patrol. En Estados Unidos cundió el pánico y casi nadie habló de «crisis de refugiados», sino de «crisis migratoria».

03 | ¿De qué va el libro? Si quieres una sinopsis, lee la contratapa del libro. También puedes ver el vídeo que publicó Once Noticias (y que está al final de este bloque). Si quieres hacerte una idea del contenido, puedes leer un fragmento del libro en la revista Gatopardo. También en el blog El Boomerang.


04 | Una puerta trasera para deportar más rápido. 
La Administración del Gobierno de Obama no recibió bien aquel repentino flujo migratorio de menores no acompañados. De hecho, tomó dos medidas bastante discutibles al respecto. La primera fue crear el «priority juvenile docket, una instancia legal para acelerar los procedimientos de deportación de los miles de niños y adolescentes indocumentados», es decir, para dificultar que estos encontraran un abogado o abogada que pudiera defenderlos apropiadamente. Si no tienes defensa, es más fácil deportarte. Eso, en palabras de Luiselli, creaba «una puerta trasera —legal, pero trasera— para no cumplir con una ley firmada por el mismo gobierno». Por cierto, y solo por abundar en lo obvio: ¿cuántos niños y niñas pueden pagarse un abogado?

05 | México, el guardaespaldas de Estados Unidos. La segunda medida del Gobierno fue presionar a México para que se desempeñase el mismo papel que Marruecos, Turquía y otros estados desempeñan respecto de la Europa-fortaleza. Así, el Gobierno de Peña Nieto asignó 102 millones de pesos al llamado «Programa Frontera Sur», cuyo objetivo, según la escritora mexicana, fue «deportar masivamente a migrantes que en muchos casos, por ley migratoria, tendrían derecho a asilo político tanto en México como en Estados Unidos». ¿Qué quiere decir masivamente? Por ejemplo, que en 2015 deportó a 150.000 personas. Por decirlo con otras palabras: México se encarga de hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos.

06 | No somos números; somos historias. Hay quienes se esfuerzan por olvidar y hacer olvidar que detrás de los números hay personas. Es decir: nombres y apellidos, historias de vida, sentimientos. En todas partes hay tecnócratas, periodistas, asesores, políticos o vecinos a los que, por increíble que parezca, debemos explicarles que las personas no somos un balance que hay cuadrar, un porcentaje del que alardear o un puñado de huesos destinados a aparecer en fosas comunes como las de Tamaulipas. Por eso, debemos contar una y otra vez la historia de las hermanitas guatemaltecas de 5 y 7 años que viajaron con el teléfono de la madre bordado en el vestido o la del chico hondureño al que la mara le mató a su mejor amigo y a él lo iba a buscar a la salida del colegio. También la de todas esas madres que pagan a un coyote miles de dólares por una sencilla razón:  el viaje con el coyote les parece menos peligroso que dejar a sus hijos en su país.

07 | Tamulipas, el símbolo de las nuevas matanzas. En la fosa de San Fernando (Tamaulipas) aparecieron los cadáveres de 72 personas migrantes asesinadas por el cártel de Los Zetas en el marco de su lucha contra el cártel del Golfo por el control de una zona estratégica para el tráfico de drogas, dinero y armas. El hallazgo fue un punto y aparte para la sociedad civil mexicana; demostraba la connivencia entre el Estado, la policía y los narcos para eliminar a decenas de personas de manera sistemática, sin dejar rastro y sin investigar qué pasó. De hecho, la periodista Alma Guillermoprieto coordinó un libro donde convocó a otros colegas —Juan Villoro, Elena Poniatowska,  Joge Volpi o la propia Valeria Luiselli— a recuperar la historia de esas 72 personas. Desde entonces se han descubierto decenas de fosas comunes similares en San Fernando y en otras localidades mexicanas cerca de la frontera. También aparecieron iniciativas como Más de 72, coordinada por Marcela Turati, que testimonian lo espeluznante de lo sucedido.


08 | La noción de comunidad, ¿en peligro de extinción? 
Los niños perdidos plantea al menos cinco preguntas relevantes:

  1. ¿Está desapareciendo la noción de comunidad entre otras razones, porque los flujos migratorios están desestructurando las familias?
  2. ¿Cómo se educan y crecen —qué clase de protección y de contención reciben— todos esos niños y niñas cuyos padres y madres migran a Estados Unidos en busca de una vida mejor?
  3. ¿Es la guerra del narco una guerra hemisférica que abarca «el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras?
  4. ¿Son para muchos las pandillas, maras o gangas el último rescoldo de comunidad?
  5. Si quienes llegan a la frontera de Estados Unidos pertenecieran a «mejores nacionalidades y genealogías más puras», ¿los tratarían mejor, es decir, como las niñas y niños que son?

09 | El lado luminoso del Imperio. Por suerte, Estados Unidos es mucho más que Donald Trump, el Tea Party o el amor de muchos por tener un rifle en casa. También «es un lugar lleno de individuos» con «un sentido profundo de compromiso social con una comunidad» y que, si les explicas lo que está sucediendo, se implican y aportan soluciones. Además del trabajo de las ONG con las que colabora —The Door o Safe Passage—, Luiselli cuenta lo que le sucedió como profesora en su asignatura de español en la Universidad de Hofstra. A fuerza de debatir en clase la cuestión migratoria, su alumnado terminó formando una asociación —la Teenage Inmigrant Integration Association— que da clases de inglés y de preparación para la universidad, fomenta el deporte como herramienta de inclusión, tiene un programa de radio o un grupo de debate sobre derechos y responsabilidades civiles. Quizá esa sea la conclusión más alentadora del ensayo: «Solo se necesitan diez estudiantes motivados para empezar a hacer una mínima diferencia».

*

P.D.: Valeria Luiselli hablando en español en Democracy Now!

Libros

¡DAHA!, Hakan Günday: el mundo según un traficante de personas

Ya desde el título, ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral Books, 2017), el autor turco Hakan Günday nos habla de esa suerte de darwinismo que impera en el mundo de las mafias que trafican con personas. En su novela, a través de Gazâ, un chico de 14 años que trabaja desde los 9 para la mafia de su padre, conocemos el punto de vista del traficante y nos acercamos a una violencia y brutalidad tales que nos hacen pensar en los refugiados como los esclavos del siglo XXI.

Por Miguel Ángel Ortiz

@MAOrtizOlivera

Con tan solo 14 años, el joven Gazâ se define a sí mismo como un ser humano sin escrúpulos. La razón es sencilla: desde los 9 ha trabajado de traficante de personas y Ahad, su padre, se ha encargado de enseñarle cómo funciona el negocio familiar. Así, entre asesinos y gente violenta, Gazâ ha aprendido cómo sobrevivir en un mundo regido por unas leyes darwinianas que su padre resume en esta máxima: «Si hoy estamos aquí es porque uno de nuestros ancestros dijo: es él o yo».

En su trabajo, Gazâ tiene muy claro cuál es su cometido: «Llevamos a esa gente del infierno al paraíso». Sin embargo, esa gente para él no es más que simple mercancía, ganado, carne, que transporta a lo largo de Turquía rumbo a la frontera con Europa. Son, como él los llama, los clandestinos; no uzbekos, afganos, turkmenos, malienses, kirguizos, indonesios, birmanos, pakistaníes, kurdos, asirios, kazajos o armenios. Todos son lo mismo a sus ojos: «… mitad hombres, mitad mierda». Y de ellos solo le interesa el dinero que deben pagarle a la mafia de su padre para llevarlos hasta ese supuesto paraíso que es Europa.

Ese es uno de los atractivos de ¡Daha!, la octava novela del turco Hakan Günday: la visión descarnada de un traficante de personas que, con el paso de las páginas, terminará repudiando el mundo inhumano en el que ha crecido. Eso sí, antes Gazâ deberá hacer catarsis; solo tras contar todas sus atrocidades —maltrato, asesinatos, violaciones—, conseguirá reconciliarse con el pasado. La novela tiene mucho de exorcismo: Gazâ confiesa sus crímenes para matar al monstruo en que lo convirtió su padre. También para hacer, en definitiva, un viaje desde la bestialidad hacia la humanidad.

El dualismo como perdición

¡Daha! muestra que la hemorragia de migrantes que se desparrama sobre Europa es el síntoma, no la enfermedad. Así lo reflexiona Gazâ: «Cuando el único deseo de un hombre es ir, cueste lo que cueste, de un punto a otro, todas las teorías psicológicas y sociales se derrumban». No en vano, si los migrantes huyen de los infiernos en que la guerra o la política han convertido sus países, ¿no es lícito que sueñen con tener un visado que los conduzca a ese paraíso que ven al otro lado de la pantalla de la televisión?

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El autor, Hakan Günday. Foto: Selen Ozer.

Turquía, en la novela, se convierte en el campo de batalla donde chocan Oriente y Occidente. En palabras de Gazâ, en su país se libra una «encarnizada guerra entre el bien y el mal, que supuestamente tiene que durar hasta el día del juicio final». Desde su deformada visión del mundo como traficante de personas, esa idea en realidad no es más que «el fraude más grande al que se ha librado a la humanidad». Al fin y al cabo, concluye, todo se resume en la historia de siempre: «… mantener el orden público y proteger el poder establecido».

Una de las lecciones más valiosas que aprende Gazâ a lo largo de su periplo vital es que ese peligroso dualismo conduce a la perdición de la humanidad. Entiende que la realidad no trata del antagonismo tú o yo —o el nosotros contra ellos— inculcado por su padre, sino en construir el tú y yo, en forjar algo colectivo que incluya a todo el mundo. Su vida no tiene por qué consistir en elegir entre él y los demás —sean migrantes o no—; ahora bien, para ello, antes debe aprender a comprender el sufrimiento ajeno. También el propio, paso previo para cambiar su visión del mundo y de sí mismo.

La metáfora del depósito

Una de las metáforas más potentes de la novela es la del depósito de chapa. Allí Gazâ, a las órdenes de su padre, encierra a sus clientes hasta el momento en que deciden montarlos en una furgoneta y poner rumbo a la frontera. Daha-afficheEse depósito a orillas del mar Egeo, que funciona como una cárcel, se convierte en la primera jaula de las personas migrantes en su odisea hacia el paraíso. Están en tierra de nadie. En el primero de los infiernos que encontrarán en su camino.

Gazâ aprovecha ese aislamiento para poner en marcha un orwelliano Gran Hermano. Así, coloca cámaras por todas esquinas del depósito para espiar los movimientos de las personas al tiempo que apunta, en su ordenador, sus comportamientos. Aparte de mecanismo de control, las cámaras le sirven para practicar experimentos y ahondar en cómo afectan las situaciones límite en los comportamientos grupales. Así, pronto descubrirá que «la mejor manera de movilizar a la gente es decirles que un peligro les amenaza». Aprende que inocular el miedo es el paso previo a vender después el remedio contra ese miedo.

Sin embargo, la lección más importante que extraerá no será esa, sino esta otra, relacionada con la política:

«Lo que de verdad me interesaba de las imágenes era que la política les había arrebatado la calma en la que vivían media hora antes. La política era como una sustancia extraña, una especie de prótesis que se implanta en el cuerpo humano. Era, en la sociedad, el principal obstáculo al progreso derivado de la división del trabajo. La política estaba en desacuerdo con la naturaleza humana».

Al mismo tiempo, el depósito simboliza dos encierros más. Por un lado, el aislamiento de Turquía entre Oriente y Occidente. Y por otro, el encierro del propio Gazâ; de ahí su vuelta en la última parte de la novela como forma de enfrentarse al pasado. Es la vuelta al vientre materno para terminar de matar al padre, el carcelero de su infancia, y enfrentarse a sí mismo.

De bestias y bestializados

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El autor de la novela, Hakan Günday.  Foto: Selen Ozer.

El mismo día que comenzaba ¡Daha! Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto (Catedral, 2017), aparecía la noticia de que el hombre más longevo del mundo es un refugiado sirio. Yousef Abdalruhman, a sus 114 años, languidece en el desierto de Jordania, en el campo de refugiados de Zaatari. Su salud ha empeorado al no poder acudir al hospital con regularidad. Desde que nació, en 1903, han estallado en el mundo más conflictos que años ha cumplido. Quizás por eso no renuncia a sus tres cigarrillos diarios: no teme tanto al tabaco como a la guerra en Siria.

La noticia me hizo pensar en una frase de Gazâ: «El hecho de que haya un infierno no prueba que haya un paraíso». Y me convenció de que Günday estaba en lo cierto cuando declaró, en una entrevista en El Mundo, que ¡Daha! es una reflexión sobre lo que «queda del individuo cuando le arrancas la cultura y la sociedad». La novela nos muestra precisamente eso: un mundo donde hay personas que se comportan como bestias y tiranizan —tratan como si fueran a animales, deshumanizan— a otras. Es más: nos habla de que las personas migrantes son los esclavos modernos.

P.D.: aquí puedes leer el prólogo que Francesc Serés escribió para esta novela. Y aquí tienes dos entrevistas en vídeo: en español y en catalán. Si hablas francés, no te pierdas esta conferencia en el CCCB llamada «Vieja Europa, nuevas utopías. El precio del miedo».


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Libros

La inmigración explicada a mi hija, Sami Naïr

¿Merece la pena leer en 2017 un libro publicado en 2001? ¿Tiene algo que contarnos aún La inmigración explicada a mi hija (DeBolsillo, 2001), el clásico de Sami Naïr? Por desgracia, sí: muchos de los análisis y diagnósticos realizados entonces siguen vigentes o nos permiten apreciar el camino recorrido en materia migratoria. De hecho, Naïr incluyó este texto en La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía, codesarrollo (Galaxia Gutenberg, 2010), el libro que compila buena parte de su obra intelectual.

inmigracion-hija-nairLa inmigración explicada a mi hija es un libro didáctico y de carácter divulgador. Está estructurado en forma de charla entre Naïr y su hija de 16 años, y capítulo tras capítulo acomete los grandes temas asociados a la inmigración: el fantasma de la «marea humana», el racismo, las generaciones, el sistema universal de protección de los derechos humanos… Naïr habla en calidad de padre francés con familia argelina y de residente en España, pero también, claro está, como el catedrático de Ciencias Políticas, doctor en Filosofía Política, doctor en Letras y Ciencias Humanas, asesor político y experto en migraciones que es. El resultado es un libro de fácil lectura que permite acceder a varias ideas fundamentales de su pensamiento.

Al publicarse en 2001, el libro nació al calor de la ley orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social. Tanto es así que, a modo de anexo, incluye el texto íntegro de la ley (además de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789). De lo mucho que se puede comentar, hay tres cuestiones que, por su actualidad, quizá llaman la atención más que otras: la construcción de un islam europeo, la autopercepción de los españoles como migrantes y ciertos cálculos demográficos y reflexiones políticas.

1. El islam: la encrucijada de la pluralidad religiosa

En el capítulo «Una nueva religión europea», Naïr realiza el siguiente vaticinio:

Si los inmigrantes musulmanes se sienten abandonados, despreciados en su fe, se encerrarán en sí mismos y harán de su religión un refugio identitario contra la dureza de la sociedad de acogida. Además, los Estados de donde proceden intentarán controlarlos por medio de la religión. Financiarán la construcción de mezquitas, enviarán a ministros de culto que estarán a sueldo del país de origen e impondrán su propia visión del islam en el país de acogida. Numerosos países ricos de confesión musulmana ya lo están haciendo. En fin, también los movimientos integristas acechan a la inmigración. Se aprovechan del desasosiego de los inmigrantes no integrados, del racismo, de la marginación, para propagar su fanatismo religioso y transformar la confesión en ideología política. Por eso creo que no hay postergar la ayuda a aquellos inmigrantes que quieren integrar su religión democráticamente en el país de acogida.

Lamentablemente, a la vista está que los países europeos hicieron poco o nada para solucionar un problema que saltaba a la vista. Hoy vivimos una ola de islamofobia de una intensidad impensable entonces. Es más: la actual imagen mediática del migrante musulmán dista mucho de la persona trabajadora, pacífica y tolerante que menciona Naïr en el libro. Tampoco parece que sea el mejor momento para la pluralidad religiosa en algunos países. Ahí está, para corroborarlo, lo sucedido el año pasado con el barrio de Molenbeek tras los atentados de Bruselas o lo ocurrido hace poco durante las elecciones de los Países Bajos.

(Un inciso: resulta recomendable ver este reportaje de Euronews que recoge algunos de los grandes hits de la campaña holandesa. A saber: Geert Wilders llamando «escoria» a los marroquíes, los hijos holandeses de los migrantes marroquíes hablando de que son tan holandeses y holandesas como cualquiera, los gais autóctonos quejándose del acoso de los migrantes musulmanes… En fin, el reportaje es breve, pero da cuenta de la complejidad que entraña la convivencia y da la pauta de lo poco que trabajamos en políticas de inclusión y de gestión de la diversidad).

En todo este tiempo, diría Naïr, ha faltado voluntad para construir «un islam europeo». Quizá eso suene algo duro a oídos de políticos como Esperanza Aguirre —recuérdese su tuit sobre los Reyes Católicos— o Francisco Marhuenda —véase su tuit donde dice que «los musulmanes nacieron matando»—, pero la demografía manda: en 2001 ya eran 15 millones las personas que practicaban el islam en Europa, es decir, ya entonces estábamos ante «la segunda religión europea». Por tanto, resulta tan absurdo ignorar su presencia como proponer soluciones incendiarias a la Wilders o a la Le Pen (también, todo sea dicho, sobra lo de Erdogan llamando «fascista» a Holanda, un país mucho más tolerante y democrático que el suyo…). Tenemos que aprender a convivir, de eso se trata.

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Según Naïr, esa convivencia la debemos forjar alrededor de tres ejes: construir un espacio público laico —neutro en términos políticos y religiosos—, admitir el «pluralismo de confesiones» en el espacio privado y poner la ley como garante de los derechos y deberes de la ciudadanía. No necesitamos echar a nadie; lo que precisamos es pactar unas reglas de convivencia claras y organizarlas a través de la ley. Las democracias, en teoría, funcionan así.

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Ahora bien, eso implica un desafío para quienes vienen y para quienes acogen. Por un lado, los musulmanes deben adaptarse a la cultura de la sociedad que los recibe y construir un islam ajustado a ese ámbito, es decir, «un islam español». En palabras de Naïr, eso les ayudaría, además, «a abandonar la tesitura de extranjeros» (imagino que el ejemplo a seguir sería Sadiq Khan, el alcalde de Londres). Entre las medidas para lograr esa adaptación, Naïr recomienda, por ejemplo, que los imanes sean españoles y formados en España (un modo de evitar los religiosos retrógrados financiados por los petrodólares). Asimismo, considera que los musulmanes europeos deben renunciar a la poligamia, aceptar la igualdad entre varones y mujeres, seguir la educación del país donde residen, evitar politizar las mezquitas y circunscribir la religión al ámbito privado.

Por otro lado, les pide a los Gobiernos europeos —y, en particular, al español— que sean hospitalarios con el culto islámico. Eso incluye establecer con claridad dónde y cómo se pude abrir una mezquita y promulgar leyes que habiliten «centros de plegaria» en espacios públicos (hospitales, aeropuertos, universidades, etcétera). También respetar sus festividades, sus «prescripciones alimentarias» o facilitarles emplazamientos idóneos para que tengan cementerios.

No hay solución ideal, afirma Naïr, pero la convivencia entre religiones es un desafío que debe resolverse por cauces democráticos. Es decir: mediante el diálogo, y no mediante la sharia de unos y las proclamas beligerantes de otros, discursos que solo nos llevan a la eterna polarización que termina en violencia. De ahí que las soluciones que intentemos deban aspirar al sincretismo: nuestras respectivas culturas deben enriquecerse mutuamente, fusionarse, mutar, transformarse en otras capaces de superar las limitaciones de las anteriores. Sí, cambiar: menos esencialismos y más voluntad de cambio, más mestizaje. Una cultura es un punto de partida para abrirse a lo universal, no un candado con el que asegurar el repliegue sobre una identidad particular.

2. La emigración española: al exilio del relato oficial

Otra parte notable del libro es la mirada sobre la emigración española de los 60. Sin entrar en grandes profundidades —algo se puede hacer, por ejemplo, a través de 4.º Mundo, emigración española en Europa, de Andrés Sorel—, Naïr sostiene que España es un país donde las migraciones ocupan un lugar marginal en su relato como nación. Es más, según él, le asignamos el lugar de «fracaso social histórico»:

A mi modo de ver, si los españoles olvidan que también ellos fueron inmigrantes en el extranjero es porque la emigración no constituye motivo de gloria para nadie. Incluso en ocasiones es motivo de vergüenza. Evoca la miseria, el hambre, la dureza de las relaciones entre españoles, en su propia tierra… Una especie de fracaso histórico.

Asimismo, tendemos a idealizar cómo fue aquella migración; lo recordamos todo más bonito de lo que fue. Según Naïr, en general, no fuimos tan bien recibidos como algunos se han empeñado en contar; de hecho, ahí están los campamentos franceses que albergaron a los refugiados de la Guerra Civil. Tampoco accedimos a buenos puestos de trabajo, sino que nos contrataron para los empleos más duros y menos cualificados, y fuimos clandestinos (imperdible al respecto el documental El tren de la memoria). Es más: allí donde fuimos —Países Bajos, Francia, Suiza o Alemania— nos perseguía el sambenito de ruidosos, brutos, violentos, sanguinarios —por los toros— y siempre dispuestos a irse de fiesta. Y pocas veces se hablaba bien de nosotros, pues éramos lo que «los inmigrantes latinos, magrebíes o africanos» son hoy en nuestra sociedad.

Por último, Naïr deja planteadas varias preguntas: aquellos millones de españoles y españolas que emigraron alentados por la dictadura franquista, ¿regresaron o se asentaron en los países de acogida y alimentaron con sus hijos las segundas generaciones de esos países? Es más: ¿cuántos se acogieron al derecho de reagrupamiento familiar y se llevaron a los suyos al país donde vivían?

Moraleja: antes de criticar la reagrupación familiar ajena, revisemos lo que hicimos nosotros en el pasado… Incluso vayamos más allá y pensemos en los amigos o conocidos que se han ido durante esta crisis a vivir a Dinamarca, Chile o Estados Unidos: ¿y si un día quisieran reagrupar a sus padres o hermanos para tenerlos más cerca, por razones de salud, etcétera?

3. Demografía, polarización social y miedo a perder lo conseguido

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Sami Naïr. Foto: Wikimedia.

Por último, me han interesado tres reflexiones de contexto. La primera tiene que ver con un comentario demográfico: «En el Tercer Mundo, la población crece mucho más deprisa que las riquezas, y en consecuencia tiende a empobrecerse más que a enriquecerse». Es tan cierto como paradójico, pues el problema de Europa es su envejecimiento y su necesidad de aumentar como sea su demografía (sea vía nacimientos, sea mediante migraciones de repoblación, etc.) para conservar su Estado del Bienestar. Curiosamente, en 1960, Europa tenía el 20 % de la población mundial y África, el 9 %; la predicción para 2050, según Naïr, era que las cifras se invertirán: África aportará el 20 % y Europa, el 7 %. En principio, nadie espera que África tenga entonces un peso geopolítico y económico acorde con su demografía.

La segunda idea es que «ninguna sociedad puede evolucionar a un ritmo para el que no está preparada». ¿Por qué? Porque siempre está tensionada entre quienes opinan que la hospitalidad con las personas migrantes significa disolver los cimientos de la sociedad y quienes, si no haces tabla rasa de todo lo que hay, te reprochan que, en el fondo, no quieres cambiar nada. En fin, que la «vía del punto medio», como la define Naïr, tiene mala prensa garantizada (en La Europa mestiza relata algunos de los avatares vividos con el Gobierno socialista francés a vueltas de la política sobre el codesarrollo que trató de impulsar).

La tercera es que las personas migrantes suelen ser las más duras con otras personas en su misma situación. A quienes ya encontraron sitio —o algo parecido a eso— en la sociedad de acogida, toparse con otros migrantes «les recuerda de forma palpable el pasado» y les despierta un gran resentimiento, también miedo a perder lo que ya tienen. Quizá uno de los ejemplos más notables al respecto —y esto lo añado yo— sea que las patrullas fronterizas con las que Estados Unidos controla el paso de México están constituidas por muchas personas de ascendencia hispana. La ferocidad del capitalismo puede palparse en esa lucha por la supervivencia de las capas sociales más débiles.

Para acabar, un dato anecdótico… que no es tan anecdótico. En 2001, Naïr le pregunta a su hija por el francés más importante a nivel mundial. En ese momento, la respuesta que le dio su hija fue «Zinedine Zidane», un segunda generación. Casi 16 años más tarde, la respuesta sea probablemente la misma: el francés más famoso continúa siendo una persona cuyas raíces familiares están en Argelia y cuyo nombre figura en Wikipedia también en árabe. Sin embargo, la selección francesa de fútbol lleva tiempo atravesada por las acusaciones de racismo debido a la inclusión de muchos jugadores negros o la exclusión de algunos jugadores por su origen magrebí. En fin, el reto, como dice Naïr, es el mestizaje y la fusión, no elaborar sofisticados mecanismos de repliegue identitario.

*

P. D.: si os sabe a poco la charla entre Sami Naïr y su hija, podéis ver esta conversación entre Samir Naïr y su amigo Tzvetan Todorov (recientemente fallecido). Son unas dos horas (en español). También son recomendables esta entrevista que le hizo Iñaki Gabilondo y esta otra que le hizo Mónica Terribas. Por último, esta entrevista que publicamos con él en revista Teína (2007) y recomiendo esta conferencia.


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Libros

Zygmunt Bauman y los extraños que llaman a tu puerta

18 apuntes para que no te arrolle el desconcierto

Por Rubén A. Arribas

@estoy_que_trino

01 | ¿Bienestar cooperativo o extinción colectiva? Somos cada vez más personas y la Tierra se nos ha quedado pequeña para seguir huyendo unos de otros. A falta de que intentemos colonizar la Luna, Marte o desecar los océanos, las soluciones que hemos adoptado en los últimos 30 siglos están agotadas: ni quedan continentes por descubrir ni tierras vírgenes que poblar. Por tanto, si queremos vivir en paz, tendremos que aprender a soportarnos los unos a los otros y hacer que prime la hospitalidad sobre la hostilidad. Además, según afirma Zygmunt Bauman en Extraños llamando a la puerta (Paidós, 2016), debemos ser conscientes de que nos encontramos ante una encrucijada histórica: «Nos aproximamos (si no hemos llegado ya) a una bifurcación en el camino hacia nuestros futuros posibles, uno de cuyos ramales nos lleva hacia el bienestar cooperativo, mientras que el otro apunta hacia la extinción colectiva».

bauman-extranos-puerta02 |  De momento, hacia el Armagedón. De la encrucijada, salen dos caminos: uno es corto, fácil y bastante familiar, pues nos lleva a un futuro de misiles nucleares, armas químicas y vida al más puro estilo Mad Max, La carretera o Plop; el otro es largo, sinuoso y lleno de dificultades, y conduce a un mundo mestizo donde la diversidad cultural es la norma y donde el entendimiento puede más que las tensiones que nos llevan a fantasear con escenarios posapocalípticos. Ir por uno u otro, según Bauman, depende de si somos capaces de elevarnos por encima de nuestras limitaciones y aprendemos a convivir en «paz, solidaridad y cooperación mutuas». De momento, vamos, diría yo, por el sendero que lleva hacia el Armagedón: liderazgos como los de Putin, Erdogan, Netanyahu, Kim Jon-un, Trump o el Estado Islámico así lo certifican.

03 | Los Estados ya derrumbados… Bauman da un buen puñado de razones para entender por qué vivimos lo que él denomina «un cuadro político explosivo». La primera, y más geoestratégica, es que existe una lista creciente de Estados «en derrumbe (o, mejor dicho, ya derrumbados) o de territorios que, a todos los efectos, son ya países sin Estado». O dicho con otras palabras: existen ya muchos territorios «sin ley, escenarios de guerras tribales y sectarias, de asesinatos en masa y de un bandidaje sin descanso impulsado por la máxima del “Sálvese quien pueda”». Si el mundo fuera un videojuego —el Minecraft, el Age of Empires o cualquiera de esos—, una de las preguntas que nos plantea Bauman es si existe alguna posibilidad real de recuperar Siria, Libia, Yemen, Afganistán, Irak, Somalia, Sudán —¡que padece una hambruna en pleno siglo XXI!—, Congo, Haití y tantos otros países… ¿Existe o vamos hacia el game over?

04 | El negocio está en las armas. Ya lo dijo Nicolas Cage en El señor de la guerra: «El dinero de verdad está en la guerra». A lo que Bauman, además de darle la razón, añadiría: «… el comercio mundial de armas —totalmente fuera de control— y engordadas por la industria armamentística, sedienta de beneficios, con el apoyo tácito […] de unos Gobiernos nacionales obsesionados por mejorar las cifras del crecimiento del PIB». Nuestros Gobiernos no se preguntan cómo erradicar el armamento, sino que parecen pensar lo mismo que Nicolas Cage en la película: «Hay más de 550 millones de armas de fuego circulando por el mundo, lo que equivale a 1 arma por cada 12 personas del planeta. La cuestión es… ¿cómo armar a las otras 11?». El auge de la economía de la seguridad y del negocio de la xenofobia así lo corroboran. A los incrédulos, tres datos: en 2015 España era la séptima exportadora de armas del mundo, Trump quiere aumentar en 54.000 millones el gasto militar y lo primero que le pidió Trump a Rajoy fue aumentar un 2 % su gasto en armamento. Eso por no hablar de que la guerra de Yemen se hace con armas españolas.

05 | La noción de Estado-nación ha colapsado. La globalización nos ha traído una sensación desconocida hasta ahora: la erosión de la soberanía nacional. El FMI, los grandes bancos, las multinacionales, la UE, los fondos buitre… Las noticias, en particular las económicas, nos remiten a kafkianas instancias o instituciones supranacionales donde somos ignorados y apenas tenemos influencia, y donde sin embargo otros deciden por nosotros cuál es nuestro destino. Una parte relevante del poder ha sido deslocalizado de nuestros Parlamentos, y hasta los petrificados leones de la carrera de San Jerónimo se preguntan si algún día volveremos a tenerlo. Según Bauman, en «este mundo nuestro cada vez más desregulado, policéntrico y desarticulado», la noción de Estado-nación ha quedado obsoleta, superada: «Fue la fórmula perfecta para la libertad e independencia de unas naciones y unos pueblos autónomos. Pero es del todo inadecuada para la interdependencia». Descanse en paz, por tanto; pero démonos prisa en mutar hacia un nuevo modo de organizarnos.

06 | La decadencia de la política (y de la democracia, claro). La política puede cada vez menos, es decir, cada vez se ve más incapaz para «impedir el daño inflingido por los poderes que eluden su control e ignoran —y hasta cortan de raíz— todos los intentos (raros y muy separados entre sí en el tiempo, en cualquier caso) de los políticos demócratas liberales por recuperar su menguante autoridad». O dicho de otro modo: cada vez más gente cree que la democracia no cumple su función (con el peligro que eso implica, evidentemente). De hecho, según Bauman, podemos constatar la devaluación de expectativas si analizamos lo que nos ofrecen los partidos hoy a cambio de nuestro voto: seguridad. ¿Y antes? Pleno empleo y coberturas sociales. Entre las razones que explican esta degradación, Bauman cita esta: «… los gobernantes y los aspirantes a serlo oscilan torpemente entre dos objetivos mutuamente incompatibles: satisfacer a sus amos (los poseedores del capital) y aplacar los temores de su electorado».

07 | El siglo de la precariedad. Tengamos claro algo: vivimos en una sociedad donde el poder se enorgullece de la «desregulación progresiva de los mercados de trabajo y de la “flexibilización” del empleo». Es decir: considera como positivas medidas que propagan la «fragilidad de las posiciones sociales y la inestabilidad de las identidades socialmente reconocidas», lo que hace que crezcan «sin freno las filas del precariado». Hoy ya no se puede construir un discurso político verosímil y de alcance sin incluir la palabra precariedad en él. De hecho, Bauman señala que los movimientos para precarizar a la población por parte del poder tienen un beneficiario claro: ese mismo sector poderoso. Incluso va más allá y apunta lo siguiente: «Esa precariedad va camino de convertirse en un importantísimo material (puede que incluso el primordial) de fabricación de técnicas de gobierno en la actualidad». Moraleja: del mismo modo que no hay voluntad para erradicar el hambre o las armas, no la habrá para sacarnos de la precariedad.

08| El Estado nos condena al bricolaje existencial. Los poderes fácticos insisten, dice Bauman, en que los problemas derivados de la incertidumbre existencial debemos resolvérnoslos los propios individuos… Así, a las bravas, en solitario, sin la ayuda del Estado, a pesar de que no dispongamos de las herramientas o recursos adecuados para enfrentarnos a necesidades como tener una casa digna en propiedad, acceder a una educación pública que garantice la igualdad de oportunidades laborales o contar con algún respaldo si nos enfermamos de gravedad. Se trata, en palabras de Bauman, de una misión casi irrealizable porque casi nadie puede encontrar soluciones «por su cuenta y riesgo» a «problemas de nivel social». El poder nos aplica una suerte de método Ikea o Leroy Merlin de háztelo tú mismo, como si conciliar trabajo y crianza o cuidar de una persona dependiente fuera equivalente a montar una estantería para el comedor en tus horas libres. Ante el Goliat de la incertidumbre existencial, el poder nos ha dejado el papel de angustiados y vulnerables davides que tienen todas las papeletas para perder. Bauman, menos bíblico, lo dice así: «las personas se encuentran actualmente expuestas a una sociedad rebosante de riesgos, pero vacía de certezas y garantías».

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‘David & Goliat’, foto de Valakirka.

09 | La sociedad del rendimiento. Los dos grandes miedos de la sociedad actual son la insuficiencia y la inadecuación, según Bauman. Vivimos en algo que podríamos llamar «sociedad de rendimiento», un ecosistema hostil en el que sobrevivimos mientras somos productivos —a bajo coste— y que depura a los depresivos y fracasados, es decir, a quienes son incapaces de incrementar el rendimiento del sistema capitalista. Asimismo, el propio sistema nos da los mecanismos necesarios para alentar nuestra «autoexplotación, autotormento y autoextenuación». Es decir: el sistema no solo nos margina si no damos la talla, sino que nos señala como culpables de nuestro propio fracaso y nos induce a sentir que estamos de más, que sobramos. En paralelo, y por si con esa vejación no era bastante, debemos aguantar que otros alardeen «de unas comodidades y una opulencia esplendorosas y sin precedentes». Así funciona esto del rendimiento: humillar a muchos a costa del éxito de unos pocos.

10 | Cuando el todo no es la suma de las partes. La sociedad del rendimiento es el resultado de haber destruido el concepto de comunidad a fuerza de potenciar lo individual. Cualquier persona que haya tenido un accidente laboral serio, tenga mayores a su cargo o cuide de un hijo con una enfermedad rara, sabe de primera mano que casi todo está pensado para dejar atrás a quienes no estén a la altura de las exigencias de esta «sociedad completamente invidualizada». Ahora bien, esa degradación no ha sucedido ni porque sí ni de la noche a la mañana, sino que llevamos décadas padeciendo una «erosión progresiva de los lazos comunitarios», algo que, en palabras de Bauman, «se traduce en la vulnerabilidad, la volatilidad y, en último término, el desmantelamiento de unos colectivos integrados». El Mediterráneo como metáfora, vaya.

11 | Se busca chivo expiatorio al que culpar de la dignidad perdida. Repartidas así las cartas, llevamos todas las de perder. De hecho, como dijo el millonario Warren Buffett hace algún tiempo: hay una guerra de clases, y la suya va ganando por goleada. ¿Y qué pasa con los goleados? Según Bauman, que «nos sentimos víctimas […] de circunstancias sobre las que tenemos escasísima (o ninguna) influencia, y menos aún control». También que se nos hace muy cuesta arriba asumir que los responsables de esta situación son algo así como un rostro difuso y con múltiples facetas. Nuestra neurosis —nuestro «miedo cósmico», que diría Mijail Batjín— necesita algo más: «las víctimas necesitan situar, concretar y poner nombre a quienes las vicitimizan». Es decir: existe una situación de precariedad global y una necesidad de culpar a alguien de tanta fragilidad y volatilidad como sentimos.

12 | Los migrantes, heraldos de malas noticias. La irrupción de los migrantes en nuestras calles nos recuerda algo que ya sabíamos: el orden que conocíamos se está derrumbando. Hemos perdido derechos laborales, poder adquisitivo, expectativas de futuro y hasta la dignidad. Los migrantes —en particular, los refugiados— nos recuerdan nuestra vulnerabilidad y «la fragilidad endémica de ese bienestar nuestro que tanto nos costó alcanzar», a la par que hacen visibles esas ignotas fuerzas globales que dominan y dan forma al mundo en los telediarios y libros, pero de las que nunca terminamos de saber cuáles son ni dónde están. Es decir: los migrantes nos hablan de que también los demás podemos ser un día víctimas de una guerra civil, de una catástrofe climática, del narcotráfico internacional, de una persecución religiosa, de un genocidio étnico, de la prohibición de nuestra opción sexual, de una bancarrota económica o de un país sin futuro.

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Refugiados sirios hacinados en Budapest, septiembre de 2015. Foto de Mstyslav Chernov.

13 | Los refugiados y el último escalón del infierno. Y así, precarizados como estábamos, cuando ya habíamos dado por perdida la dignidad y dábamos por hecho que ocupábamos el último escalón social, de repente, aparecieron los refugiados y nos dieron una buena noticia: ¡eh, se puede estar aún peor! Así lo dice Bauman: «Los migrantes representan ese ansiado fondo que está más abajo todavía, es decir, por debajo del fondo al que los miserables autóctonos han sido relegados y confinados». Por triste que suene, saber que a alguien le va peor convierte nuestra precariedad en una situación una pizca menos degradante e intolerable. Como sostiene Bauman, el mal de otro redime nuestra dignidad y rescata la poca autoestima que nos pudiera quedar. Y ahí, en ese río revuelto, es donde quieren sacar su ganancia pescadores como Trump o la ultraderecha europea con su cantinela de «la preferencia nacional». Bauman cita al historiador checo Miroslav Hroch para redondear una idea al respecto: el nacionalismo y la etnicidad son «un sustituto de los factores de integración en una sociedad que se desintegra. Cuando la sociedad se desmorona, la nación aparece como garantía final».

14 | La globalización de la indiferencia moral. ¿Quién se siente responsable moral de lo que está pasando hoy en el mundo? Bauman, un pensador de izquierdas, recoge las palabras del papa sobre las muertes en Lampedusa para contestar esa pregunta: «Hoy nadie en nuestro mundo se siente responsable; hemos perdido el sentido de la responsabilidad hacia nuestros hermanos y hermanas». Tan desolador como eso: nadie. Tan desolador como la indiferencia del Gobierno español cuando murieron al menos 15 personas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil intentaba impedir que entrasen en España. Al respecto, me remito a los documentales Tarajal: desmontando la impunidad en la frontera sur y Transformar el dolor en justicia.

15 | El discurso del odio. Quienes promueven el odio al extranjero siempre apuntan en una misma dirección: fomentar el miedo al otro, deshumanizar a los migrantes, estigmatizarlos. ¿Por qué? Porque, como señaló Erving Goffman, quienes se creen normales suelen considerar que quien tiene un estigma es menos humano. De ahí que los xenófobos acusen de terroristas a los migrantes (Viktor Orban), los culpen del aumento de la delincuencia (Trump) o incluso criminalicen a las ONG que trabajan salvando vidas en el Mediterráneo (Fabrice Leggeri, Frontex). El discurso del odio intenta dañar o incluso quitarle por completo la condición de persona al otro; si uno deshumaniza al enemigo, es más fácil pensar que se habla de cucarachas (Katie Hopkins) o incluso de mierda (Josu Bergara). La estrategia del odio, según Bauman, es romper «el espacio de la compasión y de aquello que nos impulsa a preocuparnos por otras personas» y facilitar así el sentimiento de indiferencia moral, de inhumanidad. El activista Christopher Catrambone, según recoge Bauman, escribió la idea nuclear que encierra ese discurso: quieren hacernos creer que los refugiados «vienen a matarnos». Quieren hacernos pasar ficción por verdad, vaya.

16 | El enfoque en seguridad favorece a los terroristas. Un dato que da Bauman: unos 5000 jóvenes europeos combaten a favor del Estado Islámico. Una pregunta: ¿qué recibían de sus países de origen para que el terrorismo les haya seducido? Una respuesta: exclusión social, humillación y marginación. Por tanto, atrincherarnos en el nosotros contra ellos y estigmatizar aún más a esas capas de la sociedad solo servirá para empeorar sus condiciones de vida y acelerar su tránsito hacia las milicias integristas. De ahí que Bauman sostenga que las mejores «armas que Occidente puede desplegar contra el terrorismo son la inversión, la inclusión y la integración sociales en nuestro propio territorio». Al respecto, merece la pena ver «Yo vivo en Molenbeek», del equipo de En Portada.

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Bauman, foto de M. Oliva Soto.

17 | Todo termina siempre en Kant. Kant es a la filosofía lo que Bach a la música: tarde o temprano terminas en él. Bauman recupera el Tercer artículo definitivo hacia la paz perpetua, donde Kant defiende «el derecho de un extranjero a no ser tratado con enemistad a su llegada a territorio foráneo» y el derecho de este a «ofrecerse a la sociedad en virtud del derecho de propiedad común de la superficie de la Tierra». En palabras de Bauman, Kant defiende un «derecho de asociación», es decir, el «derecho a comunicarse y a establecer una interacción amistosa que, finalmente, lleve a intentar establecer vínculos de amistad mutuamente beneficiosos y, en principio, enriquecedores en el plano espiritual». En definitiva, «lo que Kant estipula es la sustitución de la hostilidad por la hospitalidad» (una idea que recoge, por ejemplo, Miguel González Martín en su texto De la hostilidad a la hospitalidad).

18 | El diálogo, la hospitalidad y la convivencia como horizonte común. Bauman acude al filósofo Hans-Georg Gadamer para definir hacia dónde debemos encaminarnos: aprender a convivir. Ese es un proceso eternamente incompleto, pues la «fusión de horizontes» que representa el saber entendernos unos con otros es un proceso dinámico, siempre en curso. Es una suerte de diálogo interminable que siempre está sujeto a revisar, en virtud de quienes conversan, el modo óptimo de hacerlo. En fin, entenderse no es reducible a un método o una técnica, sino es más bien una actitud, un arte y una demostración de permanente voluntad de diálogo. Al fin y al cabo, es algo que tiene que ver con forjar un idioma común, capaz de incluir —y de incluirnos en— la diversidad que somos.

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P. D.: merece la pena ver estas dos entrevistas —1 y 2— con Zygmunt Bauman, esta conferencia y todo el material contenido en la web del CCCB. Aquí se puede leer el primer capítulo del libro.


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