438 | Veronika

Veronika Drozdova nació en Bielorrusia, “un país que muchas personas no tienen ni idea de que existe y muchas otras no saben dónde está”. Lo dice con simpática resignación, acostumbrada a que lo confundan con Rusia o le pregunten “¿Bieloqué?” con cara de extrañeza. “Bueno… ahora la gente conoce más y hay más cultura que antes, aunque sigamos sin aparecer en el mapa del tiempo”, bromea. “Lo cierto es que en Euskadi la gente está más informada. Es una sociedad que se interesa por la política y eso se nota a hablar”.

Bielorrusia es un Estado de reciente creación. Se constituyó en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética. Veronika tiene 36 años y su país es más joven que ella, “pero tiene raíces antiguas y mucha historia. Está en el centro de Europa y por allí han pasado todas las guerras. Esto nos ha marcado el carácter –sostiene–. Somos muy tranquilos, muy tolerantes. Nuestros vecinos dicen que somos lentos. Lo que sucede en realidad es que pensamos mucho antes de hablar para no meternos en problemas. Hay una expresión muy popular en mi país que nos define bastante bien: ‘Cualquier cosa, pero que no haya guerra’”.

Los conflictos bélicos han dejado cicatrices en la zona, aunque ninguna herida ha sido tan lacerante como el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, una ciudad que ahora pertenece a Ucrania y está muy próxima a la frontera con Bielorrusia. “A raíz de aquello, se crearon diversos programas internacionales para asistir a la población afectada. Uno de esos programas, que todavía existe, está dirigido a los niños, que vienen a pasar el verano a España, con familias que les reciben durante uno o dos meses al año. Así vine yo por primera vez”.

Veronika pasó muchos veranos de su infancia en Jaén, donde aprendió a hablar castellano tan bien que, a día de hoy, es imposible detectar que es extranjera. La experiencia fue muy positiva y la marcó tanto que, después de acabar su carrera en Minsk, decidió regresar a la Península. “Soy dramaturga. Estudié en la Universidad Estatal de Cultura. Cuando terminé mis estudios, me di cuenta de que tenía mejores perspectivas laborales aquí, así que emigré; me fui a Madrid”.

Trabajaba en una tienda de ropa y tenía estabilidad, pero al cabo de unos años se dio cuenta de que no estaba contenta con su vida. “Sentí que me estaba estancando y que necesitaba un cambio. Estuve a punto de irme a Mozambique, pero acabé en Bilbao”, resume en una frase, como si no hubieran 12.000 kilómetros de distancia entre ambos destinos. “Tenía algunos conocidos que me convencieron de venir a Euskadi. ‘Si luchas y trabajas, tendrás buenas oportunidades’, me dijeron. Vine a visitar Bilbao y me encantó. Me pareció una ciudad muy acogedora y compacta”, recuerda.

La barrera de las cuadrillas

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. “Me costó mucho adaptarme”, reconoce. “No es solo por haber tenido trabajos precarios al principio, sino por el fenómeno de las cuadrillas. Es difícil integrarse cuando llegas de adulto y no tienes amigos o referencias. La parte positiva es que algunos rasgos de los vascos, como el valor de la palabra, la seriedad o la cercanía, son muy similares a los nuestros. Si alguien te dice que vendrá a las diez de la mañana, o que estará para echarte una mano, ten por seguro que así será”, dice a modo de ejemplo.

“Antes de montar mi propia tienda de ropa, que tiene un espacio cultural para exposiciones y una zona de bookcrossing, trabajé para un señor vasco que me dijo: ‘Estate atenta y ten cuidado, que eres la primera inmigrante que contrato’. Puede sonar un poco duro, pero lo cierto es que él me ayudó muchísimo en el plano laboral. También está en uno demostrar que no eres un bicho raro y que quieres hacer las cosas bien. Bilbao es una ciudad demasiado pequeña como para ser mala persona. Todo el mundo se conoce y todo se sabe”, señala.

Tras ocho años viviendo en Euskadi, Veronika tiene claro que ha encontrado su lugar en el mundo. “He conseguido montar mi tienda, participo en asociaciones de países rusoparlantes, me apunto a todas las iniciativas de integración cultural. Aquí conocí a mi pareja, tengo una cuadrilla y, si es por tener, hasta tengo una hipoteca –enumera entre risas–. Honestamente, me encanta el País Vasco y me encuentro muy cómoda aquí. Madrid es una ciudad muy impersonal; allí me sentía sola. Bilbao, en cambio, tiene el tamaño perfecto. Aquí tengo mis rincones favoritos y me siento en casa. Como se suele decir, los bilbaínos nacemos donde queremos. Yo nací en Minsk, pero me siento más de aquí que de cualquier otro sitio”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 Ellas Europa

435 | Larry

De pequeño, su madre le decía: “No te confundas, Larry. Has nacido en Bilbao, pero no eres uno más de aquí. No eres como los demás porque tú eres negro”. Lejos de inculcarle una idea racista del mundo, su madre intentaba prevenirlo ante una realidad que, tarde o temprano, le afectaría. “El racismo existe -confirma él, que prefiere hablar abiertamente sobre ello-. Había racismo hace cincuenta años, cuando mi familia vino a Euskadi desde Guinea Ecuatorial, y sigue habiéndolo hoy, en pleno siglo XXI”.

“No eres uno más porque eres negro”, trataba de explicarle su madre, pero Larry no lo entendía. “Yo era muy pequeño todavía. Además, iba a un colegio de curas donde se hacía énfasis en la paz, el amor y la idea de que todos somos iguales. Me eduqué en ese entorno y lo veía todo normal. No me sentía distinto a mis compañeros ni ellos me veían distinto a mí, y eso que, hasta que entró mi hermano al colegio, yo era el único chaval negro”, relata.

La primera vez que se sintió diferente tenía doce años. “Con mis amigos del barrio y del colegio solíamos colarnos en una fábrica de lámparas abandonada. Cosas de niños, ya sabes. Un día, nos pilló la policía. Éramos varios, pero solo me pidieron el carné a mí”. La situación le sorprendió mucho, quizás por ser la primera. Con el paso de los años, se acostumbró a vivirla a menudo. Sin embargo, la experiencia que lo descolocó por completo fue otra, que tuvo lugar poco después. También se produjo en presencia de sus amigos.

“Estábamos jugando al fútbol. Pateé el balón y, sin querer, le di de lleno a un compañero en la cara. Una faena, pobre; se puso a sangrar por la nariz. El padre se alteró un montón, se puso nervioso y me habló mal. Me gritó. ‘¡Vete a tu país!’, me increpó delante de todo el mundo. Yo no entendía nada, pero aquello me marcó. Cuando llegué a casa, le conté a mi madre lo que había ocurrido y le pregunté: ‘Mamá, ¿de dónde soy?’ Ese día hablamos mucho de Guinea, de nuestras raíces allí, de lo que significa cambiar de continente”.

Ese día nació su interés por África y el asunto de la identidad empezó a volverse complejo. Larry nació aquí, pero tiene doble ciudadanía. Creció en Bilbao, pero vivió varios años en Guinea. Estudió en Euskadi, pero hizo su carrera en una universidad inglesa de Nigeria. Cuando está en España, lo confunden con extranjero. Cuando está en Guinea, lo perciben como español. Y, en paralelo, recuerda los insultos que recibía de niño por ser vasco. “Cuando iba de excursión con el colegio fuera de Euskadi y la gente veía la matrícula de Bilbao, nos gritaba: ‘¡Vascos cabrones, tenéis que moriros!’”.

Sus relatos y anécdotas son muchos, y llegan hasta la actualidad. Los hay más y menos duros, pero todos refrendan lo mismo: los prejuicios entorpecen las relaciones entre las personas, a las que se suele juzgar por el colectivo al que pertenecen antes que por su manera de actuar. “Vasco, negro, inmigrante, gitano, marroquí… No se mira a la persona. Se da por hecho que será de tal o cual manera y ya está. Hace falta información, debates, conversaciones serias sobre estas cosas. Es preciso quejarse cuando corresponde, no solo sobre esto, sino sobre la corrupción, los malos gobiernos, las cosas que nos afectan a todos”, opina, y lamenta la indiferencia social.

Mismas obligaciones, distintos derechos

“Hay manifestaciones por el fútbol, por un reality de la televisión, pero no por los derechos básicos o las injusticias. La gente tiene miedo a sentirse señalada y no participa. Los jóvenes no participan. Los inmigrantes tampoco. Y eso que hay mucho para avanzar. Se dice que todos somos iguales, pero es mentira. Quienes vienen de fuera tienen las mismas obligaciones, pero no disfrutan de los mismos derechos. Pagan impuestos, pero no pueden votar”, observa.

Larry, que dedica buena parte de sus energías y su tiempo al activismo social, viaja con frecuencia a otros países de Europa para conocer de cerca qué iniciativas existen y cómo se pueden implementar aquí. “Muchas veces me dan ganas de llorar porque me doy cuenta de todo lo que nos falta. Es verdad que la situación ha mejorado mucho con respecto a la época de mi madre, pero nos falta un montón para acercarnos al nivel de integración y desarrollo que hay en los países vecinos. A veces no sé si nuestra sociedad está más civilizada o simplemente es más hipócrita que antes”, critica.

Así y todo, él sigue. “En Guinea no hay libertad. En la época de mi abuela había esclavitud, ahora hay una ‘democradura’ y eso es lamentable. Aquí se puede hablar, debatir, intercambiar puntos de vista. Eso enriquece. Por eso lo hago y trabajo desde lo social. El activismo restringe menos que la política”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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415 | Leonardo

Hay muchas maneras de sumergirse en la cultura de un lugar, pero la gastronomía es una de las vías más directas, sobre todo cuando se trata de Euskadi. La cocina vasca es una de las principales embajadoras de esta tierra, uno de sus atractivos turísticos más importantes y, además, goza de prestigio internacional. Precisamente, ese prestigio culinario fue lo que atrajo a Leonardo Romano hasta aquí, interesado por la profesionalización de los fogones. “No soy cocinero -advierte-, pero me interesa mucho la alimentación y la gastronomía, especialmente desde un enfoque empresarial y creativo en el ámbito de los negocios”.

Leonardo es italiano, de Milán. Hace apenas cinco años no tenía planes de emigrar; se encontraba estudiando en la Universidad de Parma, una de las más antiguas de su país. “Siempre me interesó el universo de la gastronomía, la comida, la bebida, la experiencia de la alimentación. Por eso, cuando terminé el bachillerato me inscribí en la Facultad de Agronomía, porque tenían una especialidad en Ciencias Gastronómicas. Seguí la carrera durante un par de años, pero la verdad es que no me convencía. Estaba más orientada a la industria alimentaria. No era exactamente lo que yo quería aprender”.

La sensación de desánimo, no obstante, se evaporó. Sucedió de repente y casi por casualidad. “Un día, leyendo la prensa en internet, descubrí el Basque Culinary Center. Estaba leyendo una noticia en un periódico, hice clic en un enlace, luego en otro… lo típico cuando navegas. No recuerdo exactamente cómo, pero llegué a un artículo donde se contaba que acababa de abrir el BCC en San Sebastián. Empecé a informarme, a comparar los planes de estudio, las asignaturas y los enfoques. Me di cuenta de que se ajustaba mucho más a mis intereses. Y me vine a Donosti, encantado”, resume ahora en su oficina, donde compagina su trabajo con el proyecto final de carrera.

“Son la misma cosa -señala-. He tenido la suerte de poder aunar el último paso de la carrera en el BCC con mi trabajo cotidiano, en Platypus Labs. La empresa donde estoy ahora gestiona el programa On Appétit!, una de las iniciativas de San Sebastián 2016 como capital europea de la cultura”. Lo cuenta entusiasmado. Para Leonardo es una vivencia sumamente interesante y, como él mismo dice, una gran oportunidad. Desde que llegó a Donosti y empezó a estudiar, hizo varias prácticas en empresas, dentro y fuera de Euskadi -la más exótica, en Sudáfrica, donde pasó una temporada encargándose de le gestión de personal en un restaurante-. Sin embargo, esta experiencia local le permite embeberse de la cultura vasca y fusionarla con otras culturas del mundo a través de la gastronomía.

Intercambio, fusión

“On Appétit! es un proyecto muy bonito. A lo largo de este año, diez cocineros profesionales de otros países de Europa vendrán a pasar una semana a Euskadi. Otros tantos cocineros locales, harán de guías para ellos: les mostrarán los lugares más representativos de la cultura gastronómica vasca, los productos típicos, cómo se preparan, cómo se cocinan. Al terminar la semana, el cocinero invitado prepara un menú único, en el que utiliza ingredientes locales para elaborar platos con tradiciones de su país de origen”, detalla Leonardo, que aprovecha para comentar que justo esta semana tiene lugar una visita y que además, viene de Italia. “Recibimos a la cocinera Enza Leone y su anfitrión es Patxi Eceiza”, precisa.

“La verdad es que estoy muy contento. El BCC me ha permitido estudiar justo lo que quería, adentrarme en el mundo de la gastronomía y en el terreno de innovación y desarrollo de nuevos modelos de negocio. Tuve la suerte de que mi amigo Andoni, el director ejecutivo de Platypus Labs, confiara en mí para desarrollar este proyecto tan bonito y ambicioso. Para mí, es una manera inmejorable de aproximarme aún más a la cultura vasca y a uno de sus principales valores: la comida”, dice Leonardo, que confiesa disfrutar de la buena mesa más allá de su trabajo.

Reconoce que el País Vasco conquista con los fogones y que la calidad de vida de Donosti es difícil de encontrar en otros sitios, donde la vida es más estresante, el aire está más contaminado y no se disfruta de la proximidad del mar. Así y todo, tiene previsto regresar a su país este año para intentar hacer algo allí. “Tengo a toda mi familia en Italia, tengo mi casa, mis afectos… No descarto volver a Euskadi en el futuro, pero antes quiero darle otra oportunidad a mi ciudad”.

2016 Ellos Europa

414 | Samar

Samar Crespillo Elgtaibi es un buen reflejo de la sociedad actual. Su vida cotidiana, sus afectos y ella misma están signados por la hibridación cultural, por la mezcla de identidades y por sentimientos de pertenencia ligados a más de un sitio en el mundo. Nació aquí, pero sus padres son de Marruecos. En casa, habla en árabe con ellos. Nunca tuvo que emigrar, pero conoce bien esa realidad y no es ajena a sus dificultades. Le duelen los estereotipos negativos que predominan sobre los extranjeros aunque, técnicamente, no pertenezca al colectivo inmigrante. En suma, vive a caballo entre dos culturas y trabaja para engarzarlas.

“Yo no nací en Marruecos, pero me considero árabe. Hay personas que reniegan de sus orígenes, yo no. Me siento orgullosa de haber crecido en una familia árabe, en un ambiente cultural distinto, con otros matices, que enriquecen los que tengo aquí. El idioma es un ejemplo. Mi lengua materna es el árabe, y la utilizo a diario para no perderla. Con el resto de la cultura pasa igual: no se trata de elegir entre una cosa y la otra -argumenta-, sino de aunar lo mejor de cada sitio. Por supuesto, las diferencias son grandes, pero también son bonitas. Yo creo que lo distinto nos enriquece, aunque nunca se piense en ello de ese modo”, lamenta.

Samar prosigue en su razonamiento y no se anda con rodeos: “Se habla mucho de la opresión a las mujeres sin hacer ningún matiz. Es verdad que hay un trato diferente hacia la mujer, pero no pasa por la opresión sino por el respeto. Y se hace mucho foco en eso, en lo que se percibe como negativo, pero no se habla nunca del cuidado de los ancianos, por ejemplo. Allí no hay residencias para mayores. Las familias se ocupan de ellos hasta el último momento, cuidan mucho de las abuelas y los abuelos. En Marruecos, se valora a los ancianos y se los respeta”, explica en un intento por ampliar el panorama.

Samar, que acaba de cumplir diecinueve años, va cada verano a Marruecos con sus padres, de vacaciones. “La sociedad vasca y la marroquí son diferentes en varios aspectos -compara-, pero eso no supone un problema para mí. Me encuentro cómoda en los dos lugares. En ambos me siento como en casa”. Para ella, las dos culturas son compatibles, ya no solo en un mismo sitio, sino en una misma persona. Por eso insiste en que los estereotipos negativos son muy dañinos en el plano social y ayudan más bien poco a la convivencia de las personas.

Afirmaciones con datos

Al respecto, relata un episodio reciente que vivió en la universidad, en Donosti, donde cursa el primer año de Criminología. “En clase, surgió el tema de la violencia machista y alguien dijo que la mayoría de los maltratadores son extranjeros. Me molestó esa afirmación. No me pareció justo, primero, porque no es cierto; solo hace falta ver los datos estadísticos para comprobarlo. Pero, además, me disgustó porque en clase tenemos varios compañeros extranjeros. Hay un chico del Sáhara, una chica latinoamericana y dos compañeros de Italia y de Francia. No se puede generalizar así como así, hablar sin datos fiables o etiquetar a la gente por su lugar de procedencia, como lamentablemente pasa”, opina Samar.

“Mi mejor amiga es de Colombia y te puedo asegurar que no responde para nada al imaginario colectivo sobre las mujeres colombianas. Mi madre es marroquí y es una de las mujeres más independientes y luchadoras que conozco. Ella inmigró cuando tenía mi edad, o un poco menos, y lo pasó muy mal. No controlaba el idioma, no tenía apoyos, pero salió adelante. Quería estudiar y tuvo que trabajar duro. Me tuvo a mí y hubo un tiempo en el que estuvimos las dos solas. Yo soy hija de su primer matrimonio, y es mi madre quien me sacó adelante, sola, hasta que se volvió a casar”, relata Samar con visible admiración.

Su vida ha sido muy diferente a la de su mamá. Ha tenido otras oportunidades y se siente agradecida y privilegiada por ello. “Yo voy a la universidad, viajo a San Sebastián todos los días, tengo vacaciones, tiempo libre, como cualquier otra persona de mi edad que se ha criado aquí. Crecí en una familia llena de amor y respeto. En mi corazón, el marido de mi madre, Jaouad, es mi aita. Él también es marroquí y también trabaja para que la integración sea posible, para que sea más sencilla. Fíjate cómo son las cosas, me encantaría llevar su apellido, y algún día, lo haré. Quise cambiármelo hace tiempo pero fue él mismo quien me hizo ver que mi vida sería más fácil con un apellido de aquí que con dos de Marruecos. Por desgracia, aun estamos en ese punto, pero algún día será distinto y dará igual. Estoy segura”.

2016 África Ellas Europa

404 | Mario

El Adviento -las semanas previas a la Navidad- goza de una importancia especial en ciertos países de Europa. Son días distendidos y tranquilos, de abrazos, de paseos y disfrute familiar. En lugares como Austria, el calendario decembrino avanza entre mercados navideños, chocolates, árboles decorados y nacimientos. No en vano, esta época es, para muchos, la más bonita del año. Y es también una de las cosas que más se añoran al emigrar.

Echo de menos esta época”, confiesa el austríaco Mario Lechner, que ahora vive en Euskadi. “Y extraño el pan negro…” agrega. ¿Añoranza de fogones? “Ya empiezo a hablar como un vasco”, reconoce con humor, mientras recuerda que una de las primeras cosas que le sorprendieron de aquí fue, precisamente, “la importancia que se le da a la gastronomía. ¡No hay conversación en la que no esté presente la comida!”, observa. Ese rasgo, como todo, le ha supuesto un ejercicio de adaptación.

En general, la gente tiene costumbres y ritmos de vida algo diferentes. Allí somos más de quedar en casa con los amigos y la familia, y no tanto de socializar en la calle ni de ir de bares -compara-. Algo que me llamó la atención cuando vine por primera vez es que la gente no fuese tan abierta como yo me la había imaginado. Sin embargo, he podido comprobar que una vez que uno se crea su entorno en Euskadi, encuentra amigos con una lealtad y un nivel de compromiso muy notables”.

Desde su primer viaje hasta hoy han pasado muchos años y una larga historia de amor. “Mi esposa es donostiarra. La conocí en Italia en 1998, cuando ambos éramos estudiantes de Erasmus. Desde entonces, no he parado de venir a Euskadi. Incluso estuve viviendo aquí de 2006 a 2013. Cuando tuvimos que elegir un sitio para vivir, decidimos que yo me desplazaría. Por mi formación como ingeniero y mi experiencia en la industria siderúrgica y metalúrgica, pensamos que sería más fácil para mí encontrar oportunidades equivalentes en la industria del País Vasco que para ella en Austria siendo, como es, profesora de Derecho en la UPV/EHU”, explica.

Pero lo cierto es que tampoco fue fácil para mí en los inicios -prosigue-. En lugar de tener opciones de acceder a puestos en la industria, que era mi objetivo, se me ofrecían posibilidades en centros de I+D+I”. La oportunidad de hacer lo que realmente le gusta y aquí le ha llegado hace poco. “Soy ingeniero de investigación y simulación dentro de TUBACEX, una empresa que también tiene presencia en Austria. Realizo diseños experimentales para identificar y cuantificar variables de procesos de fabricación de tubos en acero inoxidable y altas aleaciones”.

Es un puesto con distintas y muy variadas facetas, todas con el objetivo de mejorar el producto y minimizar los costes de fabricación”, indica. Y traduce: “Esta una experiencia mucho más fácil y positiva para mí, puesto que la empresa me ha brindado la oportunidad de hacer un cambio interno dentro del propio grupo. Un cambio por el que estoy muy agradecido y que está resultando muy estimulante, pues se me ofrecen nuevos ámbitos y líneas de trabajo. Además, me he incorporado a un departamento en el que hay un equipo de personas con el que da gusto trabajar”.

Nuevos estímulos, nuevo hogar

Sin duda, Mario valora mucho el ambiente laboral, a sus compañeros y el tipo de trabajo que hace. “Me encuentro muy a gusto porque tenemos un clima muy estimulante en el que se promueven los intercambios de ideas y opiniones entre el equipo, lo que para mí es una ventaja añadida”, indica. Pero también está muy a gusto fuera del trabajo. “La adaptación está resultando muy sencilla gracias a mi mujer y su entorno, que me facilitaron mucho todo el proceso en los primeros años”.

Por supuesto, para su familia el traslado a Euskadi fue “una noticia agridulce. Se alegraron por mí porque sabían que suponía la posibilidad de volver a estar con mi mujer, pero lógicamente me echan de menos. En cuanto mi mujer y su familia, qué voy a decir. Están todos encantados de que se me haya ofrecido esta posibilidad. No tengo previsto volver a Austria. Veo mi futuro tanto familiar como profesional aquí, así que iré allí de vacaciones. Lo cierto es que ahora puedo decir sin lugar a dudas que me siento como en casa”.

2015 Ellos Europa

400 | Andrea

La aventura migratoria de Andrea Salvini empezó como la de muchos: en una pequeña habitación de un piso compartido en Bilbao. “Cuando llegué, no conocía a nadie. La prioridad era buscar trabajo y encontrar un lugar barato donde vivir. No hablaba bien castellano, así que empecé buscando a la gente de mi país”, dice, y su historia podría ser la de cualquiera. “Empecé en hostelería, en un restaurante italiano, aunque me llevó un tiempo conseguir eso. Los comienzos no son fáciles para casi nadie. No es como lo imaginas. Lo del empleo no es inmediato”, reconoce.

Andrea, que es italiano, tenía a su favor su procedencia. Ser ciudadano europeo le permitió desde un inicio residir y trabajar aquí de manera legal, sin tener que lidiar con las barreras administrativas y sociales que suelen levantarse ante el colectivo extranjero. Tener ‘papeles’ era una gran ventaja pero, como él mismo reconoce, no es garantía de nada. “Crisis es crisis, ya sea en Italia, en Euskadi o en cualquier parte. El restaurante donde empecé a trabajar cerró, tuve que buscarme la vida, pasé por empleos temporales, conocí la falta de estabilidad… Y no solo aquí, también me pasó en Italia”.

De hecho, fue la situación económica lo que lo impulsó en 2012 a emigrar. “Yo soy de un pueblo costero de la Toscana, que es muy bonito, pero ha sufrido mucho la crisis y la implantación del euro -explica-. Incluso antes, cuando yo era niño, tampoco lo teníamos muy fácil. Nuestra familia siempre fue humilde. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años y mi madre tuvo que sacarnos adelante. Crió sola a cuatro hijos. Hizo muchos sacrificios”, recuerda. Por esa razón, en cuanto tuvo edad suficiente, Andrea se apuntó en el ejército.

“Hice la mili, que daba estabilidad y un futuro seguro, aunque unos años después lo dejé por amor. Fue una mala decisión y me siento un poco tonto por haberla tomado, pero bueno… En su día, fue el camino que elegí creyendo que era lo mejor. En ese tiempo, volví a la Toscana, trabajé en un restaurante, fui barman, maître y, más adelante abrí junto con mi hermano una oficina administrativa, una gestoría. No voy a ahondar en eso; solo diré que en un momento determinado, el dinero se esfumó y mi hermano también”. Andrea hace una pausa y agrega que, en ese momento, se planteó emigrar.

“En mi tierra, como te decía, la crisis había pegado muy duro. Es una zona que vive mucho del turismo, pero el perfil de los visitantes ha cambiado; ya no recibe gente que deje dinero. Yo nunca había oído de Bilbao, hasta que me hablaron de la ciudad. Me explicaron que, en esta zona, la crisis económica no había sido tan fuerte como en el resto del país. Vine por eso -reconoce-, y comprobé que era cierto: el País Vasco no está tan afectado por la economía. Pero, desde luego, no quiere decir que sea fácil ganarse la vida, ni que haya sido simple para mí. Estos años han sido de mucho esfuerzo y tenacidad. Ahora estoy bien, pero me lo he ganado a pulso”.

La estabilidad, los proyectos

Tras su paso por el restaurante italiano, Andrea comenzó a trabajar en una franquicia de comida japonesa. Allí aprendió los secretos de la gastronomía nipona y conoció a un chico -también empleado- que decidió iniciar algo por su cuenta y le ofreció irse con él. El resultado en un conocido sushi bar en Algorta, donde Andrea es el sushiman. “Tengo que decir que estoy muy agradecido a mi amigo y su familia. Contaron conmigo, confiaron en mí y me dieron una oportunidad para prosperar. Con esto me refiero a la calidez, el buen trato y la estabilidad, que es súper importante para vivir feliz y poder hacer planes”, opina.

Y pone un ejemplo concreto: “Tener una nómina, un marco de seguridad, me ha permitido comprar un billete de avión para traer a mi madre. Aunque hablamos por teléfono a diario, hace mucho que no nos vemos. Y no es lo mismo. El teléfono no puede sustituir a los abrazos… Mi madre llega esta semana y se quedará en casa varios días. Es mi oportunidad de pasar tiempo junto a ella y de agradecerle lo mucho que ha hecho por nuestra familia y por mí”, dice Andrea, visiblemente emocionado.

“Hasta ahora, solo he podido homenajearla dedicándole el cóctel estrella del bar. Le puse su nombre, María G. Ahora tengo la ocasión de compartir con ella otras cosas. Su vida ha sido de mucho sacrificio, y quiero que conozca a las buenas personas que he encontrado aquí, en el lugar donde vivo. En el País Vasco hay muy buena gente. Tengo un cliente que, cada vez que viene, me enseña una palabra nueva en euskera y luego me pasa examen. Todavía las personas te saludan en la calle… Algorta se parece a mi pueblo”.

2015 Ellos Europa