Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

Said-Getxo

Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Casa en tierra ajena: el derecho a no tener que migrar

El documental costarricense Casa en tierra ajena (UCR, 2017) defiende un derecho del que apenas se habla en los medios: el derecho a no migrar. Es decir: el de que una persona no sea vea obligada a hacerlo, algo que le viene sucediendo a decenas de miles de personas en Centroamérica en la última década. Las guerras civiles pasadas, los gobiernos corruptos, la connivencia de las multinacionales con las élites locales para explotar los recursos naturales o la violencia de las maras son cuatro razones estructurales que explican por qué migran tantas personas rumbo a Estados Unidos o Europa. A su paso por Bilbao para presentar el documental en la Universidad del País Vasco, Santiago Martínez Artavia, director de fotografía, se hizo un hueco para hablar con Un puerto que cambia.

Por Mayté Guzmán Mariscal

El recrudecimiento de las políticas para controlar la migración no es algo reciente. Tampoco lo son los peligros que acechan a las personas que transitan por territorio mexicano rumbo a los Estados Unidos. Sin embargo, las autoridades permanecen ajenas a la seguridad de las personas migrantes: no existen mecanismos formales para documentar las desapariciones, las violaciones de derechos o las muertes de muchas de ellas. Sensibilizar sobre esta realidad y hacer visible esta circunstancia fue lo que inspiró Casa en tierra ajena (Universidad de Costa Rica, 2017), dirigido por Ivannia Villalobos.

Este documental está basado en el libro No más muros, migración forzada en Centroamérica (Editorial UCR, 2015), de Carlos Sandoval, un investigador costarricense con una dilatada trayectoria en el asunto. La cinta fue coproducida por la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Universidad de Costa Rica, y financiada a través de fondos del Consejo Nacional de Rectores. Desde que se ideó hasta que se ejecutó, el proyecto necesitó tres años, y obligó al equipo de rodaje a recorrer unos 4200 kilómetros por Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y México.

Como explica su directora en el siguiente vídeo, se trata de un documental en abierto cuyo objetivo es generar todo el debate posible sobre lo que está sucediendo en Centroamérica. Para ello, no solo recogen testimonios de quienes migran hacia Estados Unidos, sino de quienes se quedan luchando en sus territorios contra el despojo de las multinacionales empresas, soportando la violencia de las maras o el abandono al que se sienten sometidos por sus gobiernos.


Entrevista con Santiago Martínez Artavia | director de fotografía

A su paso por Bilbao para presentar el documental en la UPV, el director de fotografía de Casa en tierra ajena conversó con nosotros acerca de esta interesante propuesta.

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¿Ha tenido algún impacto a nivel de políticas públicas la difusión del libro en que basan el documental, así como el documental mismo?
El libro se ha movido mucho en las ONG y en los espacios académicos, incluso ha llegado a instituciones como la Organización Internacional para las Migraciones. Respecto al documental, las universidades públicas lo han declarado de interés interinstitucional, se ha subido a la plataforma de todas las universidades públicas latinoamericanas, hemos estado en el País Vasco, y ahora iniciaremos una gira latinoamericana. Un ejemplo concreto del impacto es que en Guanacaste, provincia fronteriza con Nicaragua, después de que el Consejo Municipal vio la película, votaron a favor para que la municipalidad cediera un terreno para construir un albergue para migrantes.

¿Qué se esperaba del documental?
No estábamos muy seguros del resultado, pues en la oficina de audiovisual de la UNED es la primera vez que hacemos un documental de esas características. La expectativa más importante era la sensibilización a todos los espectadores del documental, y creo que lo logramos al cien por cien. También lograr un documental de nivel profesional y con profundidad temática, algo que también conseguimos.

¿Ha habido algún seguimiento por parte de la producción de las personas que aparecen en el documental y que estaban en tránsito?
El documental cuenta con una página en Facebook y una web, y ahí seguimos en contacto con algunas personas. También estamos en constante comunicación con las personas que dirigen las casas de migrantes. Con las personas inmigrantes es difícil porque no siempre pueden decir dónde están, el poco seguimiento es lo que hacemos a través de las redes. Hace poco estuvimos en México en la Casa de Migrantes para ver el documental y algunos incluso volvieron a la casa y pudieron verse.

¿Qué ha sido lo más difícil para ti, como fotógrafo, al momento de filmar el documental?
Una de las cosas más difíciles fue  tener tan poco tiempo. La película se filmó en una gira de 10 días por Honduras y El Salvador, y en otra gira de 15 días por Guatemala y México. El resto del material se grabó en Costa Rica. También fue difícil, al menos para mí, entrevistar a estas personas, grabar su testimonio y saber que yo volvería a Costa Rica, mientras ellos se tenían que quedar allí.

¿Fueron difíciles las gestiones para entrar a los centros de detención de inmigrantes del INM, en México?
Sí, estuvimos a punto de no poder entrar; es casi imposible. Fue gracias a los abogados de la Casa de Migrantes en Saltillo; ellos, con su insistencia y sus contactos, lograron que después de varios días de gestiones pudiéramos entrar.

¿Qué otros proyectos tienes en mente?
Este proyecto se planteó como un plan piloto al Consejo Nacional de Rectores para poder elegir otras investigaciones y, a partir de ellas, hacer documentales al nivel de profundidad de Casa en tierra ajena.

¿Has participado en otros proyectos sociales?
En audiovisuales de la UNED, donde trabajo, la mayoría de los trabajos son de corte social y hemos hecho proyectos sobre ecología. También con Ivanna, la directora de Casa en tierra ajena, hicimos la miniserie Mujeres que luchan que tuvo una mención en el reciente festival de Cine Invisible de Bilbao.


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Angélica Dass: «Mis proyectos me enseñaron a pensar de manera colectiva»

Nos encontramos en el corazón de Malasaña. Ella acaba de llegar de Londres y está a punto de viajar a Suiza. «Paso mucho tiempo en el aeropuerto», me dice. Su proyecto más premiado y conocido, Humanae, la ha llevado a distintas partes del mundo, desde Etiopía o la India hasta Noruega o Canadá, donde fue invitada en 2016 a dar una charla TED. A sus 38 años, la fotógrafa brasileña Angélica Dass cuenta con una extensa —e intensa— trayectoria profesional, muy ligada a sus experiencias personales. Hablamos sobre Humanae y sobre Vecinas, un proyecto que empezó con una experiencia incómoda en el metro de Madrid y terminó llevándola hasta la feminidad maliense de Binéfar. En ambos trabajos y en esta conversación, Angélica Dass se muestra como lo que es: una mujer universal que, con cámara o sin ella, hace foco en la importancia de los matices.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

¿Cómo nació el proyecto Vecinas?
Vecinas empezó de una manera muy personal: empezó con mi pelo. Yo tengo una relación especial con mi pelo porque, según como lo lleve, adopta distintos significados: si lo llevo medio desrizado, con coletas, la gente piensa que soy cubana, dominicana…, sudaca; si lo llevo black power, cree que soy británica, francesa o norteamericana… Un día me puse trenzas y descubrí que estaba en el escalón más bajo de la sociedad española, que es ser subsahariana.

¿Qué pasó?
Estaba yendo a la ONG Alianza por la Solidaridad, donde soy voluntaria, y me había puesto trenzas, igual que mis compañeras senegalesas de la asociación. Íbamos en el metro, éramos 6 o 7, y ellas hablaban en wólof. Yo no me enteraba de nada, así que iba en silencio, de pie. De repente oí unos comentarios sobre nosotras de unas personas que estaban sentadas: «Uy, es que llegan y no se saben comportar», «Fíjate cómo hablan gritando», «Mira esa, que va en chanclas». Al principio, me pareció divertido porque la que iba en chanclas llevaba los tacones en el bolso para ponérselos al salir. Mucha gente hace eso en el metro de Nueva York y le da igual a todo el mundo. Pero después me quedé pensando.

¿En qué pensabas?
En que esas personas no tenían ni idea sobre mí y me habían puesto un montón de etiquetas. Creían que yo también era subsahariana, lo cual no supone ningún problema, pero me encasillaron en un estereotipo negativo, ligado a lo que significa ser subsahariana en España. Sentí que me habían pegado todas esas etiquetas, y que ninguna era buena. Me pregunté de qué modo podía enseñar cómo eran esas mujeres de verdad, porque muchas estaban haciendo montones de cosas para cambiar y mejorar la sociedad española; cómo contar esa verdad, porque en el fondo son unas vecinas cualquiera. Dejé esa idea guardada. Siempre digo que las cosas que hago nacen de ideas que me incomodan, que dejo guardadas y que después tengo la oportunidad de sacar.

¿Cuándo surgió esa oportunidad?
Tiempo después, cuando la ONG me dio una beca para un proyecto de sensibilización. La consigna era visibilizar a la mujer inmigrante y me puse a trabajar con mujeres de Mali. El primer paso fue recolectar información: preguntarles cómo les gustaría que las vieran, cómo les gustaría ser presentadas. La primera cosa que intentamos hacer fue un blog, donde ellas contaban parte de sus historias; esa fue la semilla. Al final, hice 4 viajes a Binéfar, Alcaraz y Mataró; llegaba el viernes y me iba el lunes, y me quedaba en sus casas. Dormía en casa de una, desayunábamos, nos encontrábamos con las demás, y decidían entre ellas en qué casa iba a dormir al día siguiente. Fue una paliza maravillosa.

Hiciste fotos, pero también recuperaste fotos suyas…
Sí, trabajamos con imágenes de archivo. Si tienes que presentarme cómo es tu vida, es muy útil. Ellas sacaban sus cajas de fotos, e íbamos mirándolas juntas. Obviamente, había imágenes que me llamaban más la atención que otras.

¿Desde el punto de vista gráfico?
Desde lo conceptual. Por ejemplo, había una foto carné donde una de estas mujeres tenía puesta una camiseta blanca con la frase «Je vote». Era una foto de finales de los 70, principios de los 80, que se había sacado en su país. La imagen me sorprendió. Hasta ese momento, yo no era capaz de imaginar a las mujeres malienses así. Me utilicé a mí misma como filtro y me di cuenta de que estaba llena de estereotipos, como todo el mundo. Me sentí paleta, cateta… ¡No sabía nada sobre Mali! La imagen que yo tenía de ellas era otra; la información era superlimitada y venía, sobre todo, de los medios de comunicación. Por eso elegimos el periódico como soporte para mostrar este trabajo.

vecinas

¿Qué otras fotos te sorprendieron?
Aquellas en las que me vi reflejada, que eran muchas. Fotos de vacaciones en la playa, fotos en la escuela, en la universidad, con los niños… Yo no tengo hijos, pero mis amigas sí, y las he visto reflejadas a ellas. Esas imágenes están en mi propia vida. Busqué las cosas comunes y encontré una gran cantidad.

En las fotos que hiciste tú, ellas lucen trajes típicos. ¿Por qué?
Porque ellas lo decidieron. Fueron ellas quienes eligieron ponerse sus trajes coloridos malienses para recibirme. Cuando llegué el primer día, me encontré con unas 30 mujeres que estaban esperándome con unos trajes espectaculares. Se habían vestido así porque venía una fotógrafa que estaba interesada en ellas, y eso era lo más bonito y lo mejor que podían hacer: ofrecerme su origen. Yo creo que conectas con quien eres de verdad, con tus orígenes, estando fuera. A raíz de esa experiencia, comprendí que soy mucho más brasileña desde que me fui de Brasil, y también abracé mi parte africana.

¿Qué enseñanzas te dejó Vecinas?
Comprobé que estamos cargados de estereotipos. Y pienso que la única manera de terminar con eso es no tener miedo de preguntar, de acercarse al otro y de conectar con el otro, porque ahí descubres que un montón de cosas que te habían contado son mentira. Lo que yo hice, en el fondo, fue acercarme a la cultura de Mali a través de las personas que conocí, a través de estas mujeres y de sus hijas e hijos, que han nacido aquí. Cada vez habrá más de esto, más españoles que lleven un trocito de otras culturas.

El ascensor social: acceso restringido

Brasil, tu país, se suele mencionar como paradigma del mestizaje. ¿Es así?
La gente tiene la impresión de que somos un paraíso de igualdad, pero la realidad es muy diferente. Si vas a Brasil y prestas atención, te vas a dar cuenta de que la gente del servicio tiene siempre la misma apariencia. Si vas a un restaurante caro, verás una misma tipología física. Si entras en la universidad, en la facultad de Medicina, verás muy poca diversidad. La sociedad brasileña es extremadamente racista.

¿Cómo se explica eso?
Es muy sencillo: Brasil fue el último país en el mundo en terminar con la esclavitud negrera en el planeta. Lo hizo en 1888. Los que fueron esclavos del siglo XIX siguieron siendo los sirvientes del siglo XX. Y ahora, en el XXI, se puede empezar a hablar sobre eso, pero no significa que la situación haya cambiado. Muy poca gente sabe que en Brasil, a principios del siglo XX, hubo una tentativa de eugenesia. Personas muy influyentes en la cultura, como el escritor Monteiro Lobato, creían que el país estaba muy feo, muy negro, muy pobre y que había que limpiarlo. Había políticas para mandar a los negros de vuelta a África y facilidades para la llegada de europeos porque querían emblanquecer el país. Ese es el Brasil real.

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¿Cómo incide socialmente el color de la piel?
Existe el white privilege, es decir, el privilegio blanco. Esto consiste, sencillamente, en no tener que pensar en algunos asuntos cuando eres blanco. Por ejemplo, si hay un grupo de niños jugando a la pelota y la pelota cae en el jardín de una casa, el niño blanco salta el muro para cogerla sin problema; ¿qué pasa si el niño es negro? Otro ejemplo: mis primos, aunque son de clase media y tienen coche, etcétera, saben que si les para la policía deben estar estar atentos, tranquilos, con las manos siempre a la vista… Obviamente, si naces blanco, nunca vas a pensar en una cosa como esa. Eso es el white privilege. Yo siempre digo que tengo white privilege en relación a mi hermana y eso que ambas somos negras. Lo que pasa es que mi hermana es bastante más oscura. Así que mi vida es más fácil que la suya; soy más aceptable socialmente, doy menos miedo que ella. Debemos ser conscientes de que construimos estereotipos asociados a las tipologías físicas de las personas.

¿En qué momento tomaste conciencia de eso?
Después de salir de Brasil. Allí había tenido varios episodios: me indicaban que debía usar el ascensor de servicio, siempre estaban confundiéndome con putas…; pero yo normalizaba ese tipo de actitudes, entendía que eso formaba parte de mi vida y lo interiorizaba como algo que pasa a menudo. Algunas veces, como mujeres, lo hacemos así: normalizamos llevar las llaves en la mano como arma de defensa cuando caminamos solas por la calle. Yo normalicé aquello durante muchos años, hasta venir para acá. Y tengo que decir que aquí sentí un alivio gigantesco.

¿No hay racismo en España?
Sí, hay, pero en Brasil era mucho más duro. Aquí me he dado cuenta de que las cosas que yo sufría no eran normales; eso no puede ser el cotidiano de nadie. Este descubrimiento coincide con un momento de curiosidad, de lectura, porque cuando estás en una burbuja no investigas. Al viajar, empecé a observar que no soy la única afrodescendiente que está en un museo, en una galería o dando conferencias. En Brasil me pasaba lo contrario: era la única negra en mi grupo de amigos y en determinados ámbitos, como la universidad.

¿Cómo accediste a esos ámbitos?
Mi padre es adoptado. Eso evitó que yo fuera nieta de una empleada doméstica que vivía en una favela y me permitió ser nieta de una señora blanca que era modelo, esposa de un médico y que vivía en Ipanema. Ese pequeño salto hizo que yo tuviera algo que muchos otros afrodescendientes en Brasil no tienen: oportunidades. ¿Qué oportunidades? Básicamente, la de estudiar. Mi lujo fue tanto que ni siquiera tuve que estudiar una profesión para comer al día siguiente: pude estudiar arte.

Del experimento casero a hablar con la BBC

¿Cómo surgió Humanae?
Trabajaba como fotógrafa; colaboraba con la revista Hola. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que yo nunca estaba representada en las imágenes que hacía. No estaba en las fotos y, además, mantenía estereotipos con los que no me sentía cómoda. Como no estaba muy contenta con eso, volví a estudiar. En 2011 me apunté a un máster en Fotografía con la idea de explorar mi creatividad y mejorar técnicamente. Y estaba en ese momento de leer y de reflexionar sobre mi familia, que tiene distintos colores y realidades, como el barrio humilde donde crecí y la abuela con poder adquisitivo de Ipanema.

Una dualidad…
Sí. Hay tantas cosas tan diferentes que forman parte de mí que, tal vez por eso, encajo bien en tantos lugares y ambientes. Aquí, en España, me casé con un andaluz cuya familia es de origen belga: todos rubios de ojos azules o castaños de ojos verdes, y con la piel rosa. En un momento, la gente que nos conocía empezó a preguntarse de qué color sería nuestro hijo, a imaginar un niño con los ojos verdes del padre, mi pelo rizado y una piel de caramelo, a decir «qué bonito va a salir». Yo nunca había pensado en eso. Cuando te enamoras de alguien no piensas si el hipotético hijo va a salir bonito o no. Pero la gente intentaba imaginar y ese fue el comienzo. El momento cero de Humanae es mi foto y la de mi marido. Son las dos primeras.

¿Y después?
Después hice de mi familia, en Brasil. Luego, cuando volví de ese viaje, hice fotos de toda la familia política. Y pensé: «No basta con hablar sobre mi casa porque, en el fondo, toda esta mezcla de colores es lo que sucede en el mundo actual. El planeta se está transformando de esta manera». Entonces empecé a fotografiar algunos amigos. Más adelante tuve la oportunidad de hacer la primera convocatoria abierta, con personas desconocidas. Fue en una galería de Barcelona. Puse unas fotos, monté el estudio en el escaparate y explicaba: «Estoy intentando probar que blanco y negro no existen, ¿me quieres ayudar?» Y la gente entraba. Fue así de sencillo.

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Foto: Marian Leon

¿Cómo pasaste de algo tan doméstico a hacer más de 4000 fotos?
Colgué las fotos online para que las personas que habían participado pudieran descargarlas. Y sucedió algo inesperado: esas personas se enamoraron tanto del concepto, de la idea que había detrás, que las utilizaron de perfil en Facebook. A raíz de eso, mucha gente conoció el proyecto. Yo todavía era estudiante y solo tenía 150 fotos, pero me desperté un día con la BBC llamándome para hacerme una entrevista porque les parecía una idea revolucionaria. Estaba dando los primeros pasos, empezando y, de repente, Oprah Winfrey, Le monde, la BBC, La Repubblica… ¡Imagínate!

¿Por qué crees que la gente se entusiasma tanto con Humanae?
Porque en Humanae, aunque parezca que solo estoy hablando de colores, estoy hablando de la discriminación de una manera muy amplia. Lo más importante de mis fotos es lo que no ves. Tú no sabes quién es migrante y quién no cuando las miras. El mundo es así: cualquiera puede ser de cualquier lugar, y eso no es negativo, no es una pérdida de identidad; es aprender de los demás, es quedarte con las informaciones y aprender de otras culturas.

Y tú, ¿cómo estás compuesta?
Yo soy brasileña, vivo en Madrid, voy a meditar a un templo budista que está cerca de mi casa, hago yoga y me encantan los restaurantes etíopes. También me encanta la tortilla de patata y bailo dos veces por semana lindy hop y blues, que son ritmos afroamericanos. Creo que ese es el futuro: vas aprendiendo de diferentes culturas y te vas quedando con lo que más encaja contigo, lo que más te construye. Después de vivir 12 años aquí, hay un montón de cosas mías que son de aquí. Ya no soy de un solo lugar. Soy madrioca: mitad madrileña, mitad carioca.

La utilidad social de la fotografía

¿Qué has aprendido con el proyecto Humanae?
Aprendí a pensar de manera colectiva porque, al principio, yo creía que estaba hablando de mí, pero luego me di cuenta de que estaba hablando de un montón de gente. Y comprendí que la gente venía no solo a hacerse la foto, sino a contar historias. Una vez vino una familia que todavía guardo en el corazón: la madre y el padre eran españoles, tenían un hijo de origen etíope y una hija de origen chino; ambos adoptados. Y vinieron a retratarse porque creían que mis fotos hablaban de su familia. Con Humanae aprendí que había una utilidad social, que no era solo una reflexión del mundo del arte.

Has dado con algo vivo que conecta a mucha gente distinta entre sí.
¡Literalmente! Escucho las mismas frases en lugares completamente distintos de planeta. ¡Las mismas! Hace poco, en Londres, dos chicas italianas y una griega me contaron que, al emigrar, habían comprendido lo que significa ser el otro. Y hay más conexiones. Por ejemplo, cuando gané el premio de PHotoESPAÑA, viajé a Brasil y expuse Humanae en una plaza de un barrio humilde. Era la primera vez que hacía una exposición en la calle y, también, fue la primera vez que pude ver el impacto en la gente común. Conservo una foto de un señor que recogía la basura mirando la exposición, es decir, un señor que cree que no merece entrar en un museo, o que él no pertenece al espacio del arte y la cultura. Ahí empecé a pensar que la calle es, tal vez, el lugar donde yo quiero hablar, donde genero impacto. Empecé a ver otras capas.

¿Como cuáles?
Un día entró una mujer en el estudio. Quería hacerse una foto y me preguntó: «¿Has fotografiado a algún transgénero?» Yo le dije que no lo sabía, que nunca se lo había preguntado a nadie. A partir de aquella foto, trabajé un montón con el colectivo LGTB en São Paulo, que había visto en Humanae un espacio donde no ser juzgado por la identidad; un lugar seguro, donde puedes ser quien eres, y donde todo el mundo es igual independientemente de los colores y las opciones sexuales. Lo mismo pasó cuando fui a la bienal de la ONCE: fotografié a muchas personas y fue maravilloso porque hay diferentes discapacidades dentro del proyecto que no se ven.

¿Has encontrado personas con el mismo color entre sí?
¡Sí, muchas! Pasa muy a menudo y es una herramienta que utilizo para discutir qué significa ser negro. Porque si las dos tenemos el mismo color de piel, pero tú tienes el pelo rizado y yo soy rubia, el tratamiento social va a ser muy distinto.

Asistimos a la reivindicación social de ser negro. ¿Dónde te colocas tú?
Pienso que no se puede seguir separando así a las personas. Y nosotros, como afrodescendientes, algunas veces lo hacemos. No estoy diciendo que no haya que hablar de la historia de la diáspora africana, o que debamos negar que somos afrodescendientes, no. Lo que digo es que yo no quiero ser categorizada como negra. ¿Cuál es el nivel en que uno deja de ser negro y pasa a ser blanco? ¿Cuál es el porcentaje correcto?

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