450 | Rodrigue

Cuando Rodrigue Bembide se marchó de su país, no imaginaba que tardaría años en llegar a un lugar seguro. Menos aún, que acabaría hablando en un idioma distinto al suyo ante un público numeroso y diverso, como sucedió hace pocos días en el Palacio de Congresos de Vitoria. Cuando se marchó de su país, Rodrigue solo pensaba en lo elemental: salvar la vida, escapar. La guerra civil de la República Centroafricana, que comenzó en 2012 y todavía continúa, no solo se ha cobrado la vida de 5.000 personas. También ha expulsado de sus hogares a unos 900.000 ciudadanos, muchos de los cuales se han visto forzados a emigrar, como él.

«En mi país hay una guerra de religión, una lucha de poder que empezó como algo puntual pero que ahora afecta a todas las personas. El odio se ha metido en las familias, entre vecinos y amigos, en las casas…», describe como puede y se lamenta. La disputa por el gobierno –y los recursos del suelo, que abundan– ha incorporado las creencias religiosas a la contienda política, ya compleja de por sí. El resultado es una profunda fractura social entre cristianos y musulmanes; personas que, hasta no hace mucho, vivían en paz y hasta formaban familias. «Mi madre era cristiana y mi padre, musulmán», dice, y los verbos se conjugan en pasado. Su familia ya solo se encuentra en la estadística.

«Aquello fue terrible, brutal… por eso no me gusta pensar en lo que pasó. Yo no quiero quedarme ahí, sino mirar hacia adelante. Quiero contribuir a cambiar la ideología violenta que hay ahora mismo en mi país. Quiero mejorar las condiciones de vida de las personas que están allí, colaborar con la gente, mostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera, como aquí». Rodrigue habla de futuro y se ilumina su mirada. «Tengo un hijo pequeño y pienso mucho en él. Quiero que crezca feliz y sin miedo», señala. Su niño nació en Marruecos. Rodrigue fue padre durante el viaje.

«Es que demoré mucho en llegar a Europa; la ruta es muy larga. Solo en Marruecos estuve tres años. Allí conocí a la madre de mi hijo, que es centroafricana como yo, y allí tuvimos al niño. Yo pude llegar hasta Euskadi, pero ellos no; ellos han vuelto», resume. Han vuelto a uno de los países más empobrecidos del mundo donde, según datos de la ONU, la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. «Están allí». La sencillez de sus palabras no esconde la complejidad de estas migraciones, que discurren por caminos sembrados de trampas.

La casa tranquila

Rodrigue lleva diez meses en Vitoria y se siente «afortunado». Valora la seguridad y la tranquilidad del entorno, y también a las personas que ha encontrado y que le arropan. Está haciendo dos cursos de formación profesional y, además, colabora activamente con CEAR. «Por la mañana voy a un curso de fontanería y calefacción. Por la tarde, estudio electricidad. Pienso que si aprendo más cosas voy a tener más posibilidades de encontrar un empleo. Yo no quiero vivir de ayudas sino trabajar. Tengo un hijo al que sacar adelante», dice muy serio.

Y con la misma seriedad opina que le falta pulir su castellano. «El idioma se aprende hablando con la gente; por ahora no tengo mucho tiempo para conversar porque paso casi todo el día estudiando», dice poco antes de subir al escenario en una de las salas del Palacio Europa. Tiene previsto hablar para unas trescientas personas que, como él, participaron en el programa Bizilagunak. La iniciativa, impulsada por CEAR-Euskadi con el apoyo de la Diputación de Álava y otras instituciones, reunió este año a 227 familias locales y de otras partes del mundo en torno a la mesa.

En su edición alavesa, las comidas de Bizilagunak tuvieron lugar el pasado 13 de noviembre en los hogares de las personas participantes. Pero los nexos no acabaron allí. «Ahora nos reunimos todos para celebrar esos encuentros, ver un vídeo con las imágenes que hicimos ese día y compartir con los demás cómo fue nuestra experiencia. Para mí –avanza– fue algo muy especial. Nunca había participado en algo así y me gustó mucho. Creo que las iniciativas como estas son muy importantes para acercar a la gente, para conocerse con los demás, para sentirse en casa».

«Todos somos una gran familia. Nos tenemos que cuidar unos a otros. Las diferencias no tienen por qué ser un problema», agrega. Sus palabras tienen un peso especial si se considera la realidad que atraviesa su país, la experiencia que ha tenido y sus pérdidas. Los manteles de Bizilagunak previenen daños en el tejido social y, casi como un espejo de inversos, muestran otra realidad de convivencia posible. «El color de la piel es algo superficial –dice Rodrigue señalando su antebrazo–. Debajo estamos hechos de lo mismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 África Ellos

448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

447 | Klaudio

«Más que recursos, lo que hace falta es divulgar que esos recursos existen. Es importante dar a conocer lo que hay. La información no siempre llega a las personas con discapacidad, que nos enteramos poco y tarde sobre las mejoras que se hacen para nosotros». Con esta apreciación empieza la entrevista Klaudio Valenzuela, un chileno que llegó hace quince años a Euskadi y que ha pasado los últimos cinco en una silla de ruedas. «Un accidente desafortunado, una mala caída o la propia vejez te pueden dejar así, con una discapacidad física severa», señala.

En su caso, la causa fue una paliza que recibió hace décadas en Chile y que le dejó secuelas en la séptima vértebra dorsal. «Fui joven y obrero en la época de la dictadura. Protestaba por los derechos de los trabajadores, y los militares me dieron una paliza», resume. Él nunca olvidó la experiencia aunque su cuerpo, en apariencia, se recuperó de los golpes: después de aquello, Klaudio pudo seguir adelante y se mudó a Argentina, donde continuó con su vida. «Viví treinta años en Buenos Aires, por eso tengo este acento».

Esa fue su primera migración, pero no fue la última vez que hizo las maletas. Como otros ciudadanos de Argentina, decidió marcharse en 2001, cuando el famoso corralito estranguló la economía del país. Para Klaudio, además, el episodio coincidió con su separación de pareja. «Fue un momento crítico y sentí la necesidad de poner distancia y buscar cosas nuevas. Mi hermano vivía en el País Vasco, así que vine directo. Quería conocer el primer mundo, viajar… y la verdad es que encontré algo distinto a lo que imaginaba. Encontré muchas barreras», señala, y eso que su discapacidad aún no se había manifestado.

«Me refiero a las trabas administrativas que hay aquí y no en otras partes del mundo. Por ejemplo, en este momento hay más de 40.000 españoles viviendo en Chile. Son personas que han ido a buscarse la vida, como las que hemos venido aquí. Nadie dice que sea fácil encontrar trabajo, pero por lo menos allí no les ponen dificultades añadidas por ser extranjeros. En Europa realmente es complicado. Todo es difícil para el inmigrante desde el primer día. Los trámites y la burocracia son tremendos. Es una pescadilla que se muerde la cola y que te impide llegar y ponerte a trabajar enseguida, como uno más».

Con esfuerzo –y paciencia–, Klaudio logró tramitar sus ‘papeles’ e, incluso, obtener la nacionalidad. De hecho, comparte un dato bonito: «La primera vez que voté fue acá. Tenía sesenta años y nunca antes había podido hacerlo, ni en Chile ni en Argentina». La permanencia en Euskadi le dio esa posibilidad, casi como un buen augurio de que su situación empezaba a mejorar. «Trabajaba haciendo reformas y, cuando podía, hacía alguna excursión o algún viaje. Yo quería conocer muchas cosas. Siempre he tenido mucha curiosidad… Por lo menos una vez fui a Portugal», dice, y se instala un silencio en la charla.

Una nueva perspectiva

La lesión que tenía en la columna le arrebató unos cuantos planes de futuro. «Ya no puedo caminar. Ahora voy en silla de ruedas». Su trabajo era muy físico, ya no lo puede ejercer. Desde su nueva perspectiva, se ha topado con otras barreras. Y, a pesar de todo eso, él no se desanima. «Hago ejercicios y fisioterapia para mejorar mi estado físico, o para evitar que empeore. He conseguido algunos avances y soy bastante independiente, aunque no pueda pasar la fregona», explica con sentido del humor.

«Sigo teniendo muchas inquietudes, aunque no tenga treinta años y mi pensión sea muy pequeña. Sigo siendo una persona creativa con ganas de hacer cosas. En estos años, a raíz de mi invalidez, me di cuenta de que las cosas se podrían hacer mejor. El mundo de la ortopedia es muy caro y no todo el mundo puede acceder a las prótesis o las sillas que necesita a un precio razonable. Me gustaría crear accesorios económicos para ayudar a otras personas con discapacidad», confiesa, y en esa frase hay tanto de utopía como de potencial realidad, porque Klaudio es todo un ‘manitas’.

Existe un vídeo en el que explica cómo arreglar un pinchazo de la silla de ruedas con herramientas tan domésticas como el mango de una cuchara o de un tenedor. «En la ortopedia está todo sobrevalorado y es una pena, porque lo que me pasa a mí le pasa a mucha gente. No somos una minoría; somos el 10% de la población», dice Klaudio, que está decidido a crear una asociación de personas con discapacidades motoras en Leioa. «Hay que construir una sociedad y un entorno sin barreras. Por enfermedades, lesiones o vejez, casi todos vamos a ser dependientes en algún momento de la vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

445 | Mahjoub

Mahjoub Elaadrassi quería estudiar. Soñaba con ser periodista. Cuando pensaba en el futuro se imaginaba en la universidad, pero el Sahara, donde nació, no tiene pasillos con aulas. «Muchos emigran para trabajar, para buscarse la vida en lo que sea. Yo me fui porque quería estudiar. La posibilidad de aprender no debería tener fronteras», dice. Y, mientras lo dice, recuerda todas las fronteras que cruzó, que fueron muchas. Probablemente demasiadas.

Basta preguntarle cómo fue que llegó a Euskadi para empezar a hacerse una idea del periplo. «¡Buaaa…! ¿Cómo hago para resumirte diez años y catorce países?», suelta Mahjoub con espontaneidad. Hace una pausa –para tomar aire, más que para pensar– y lo intenta: «En 2007 salí del norte de Marruecos a Turquía. Allí estuve dos meses, hasta cruzar a Grecia. En Grecia viví cinco años y medio, hasta que llegó la crisis. Entonces recorrí el camino que hoy están haciendo los sirios: Macedonia, Serbia, Kosovo, de vuelta a Serbia, Hungría, Austria, Italia, Francia, Bélgica, Alemania… Hasta que llegué aquí, en junio de 2014».

Hace otra pausa y prosigue. «Mis amigos me preguntan por qué he dado toda esa vuelta para venir hasta aquí, que está tan cerca de mi punto de partida, y yo siempre les contesto lo mismo. Nadie sabe a dónde va ni cómo será el camino. Antes de salir, no puedes imaginar que estarás diez años dando vueltas por el mundo, ni que pasarás por tantos sitios o que la ruta será tan dura. Porque la ruta es tremenda, ¿eh? Es peligrosa y lo pasas mal. Lo peor del viaje es el sufrimiento», asegura y se queda en silencio. Esta pausa es distinta de las otras.

Cuando ve por la televisión imágenes de los refugiados sirios, Mahjoub revive su viaje. «Reconozco muchos sitios, yo también estuve ahí». La diferencia es que «ahora hay cámaras y antes no las había. No encontrabas fotógrafos ni periodistas». No había «testigos» en ciertos tramos del viaje y la cantidad de viajeros era menor, por tanto «estábamos más solos y éramos más vulnerables, si cabe».

«A partir de Macedonia, la ruta es muy mala. Cuando cruzamos a Serbia, nos detuvieron y nos arrestaron por entrar al país de manera ilegal. Estuve preso veinte días que me parecieron veinte años porque lo que pasa allí dentro no es normal. En esa etapa, pasé casi tres meses sin poder llamar a mi familia. Fue muy duro para ellos no saber qué había sido de mí», dice. Ni los padres de Mahjoub ni sus hermanos conocen los detalles de la travesía. «No puedes contarle todo el daño que sufriste a tu madre. ¿De qué sirve ahondar en eso? ¿Qué ganas? Mejor pensar que ya lo has pasado y punto».

Las lecciones del camino

A pesar de los sinsabores, asegura que no se arrepiente de nada. Por el contrario, lo considera como una experiencia que le ha dejado valiosas lecciones. De Grecia, donde vivió cinco años, conserva buenos recuerdos y grandes afectos. «Vivía en un pueblo pequeñito de Creta. Trabajaba en un almacén de bebidas y repartía la mercadería en una moto muy antigua, de esas de tres ruedas. La gente me conocía. Si no estaban en casa, me dejaban la llave para que les llevara las cosas. Fue una época muy buena».

Del viaje, rescata a la gente. «Conoces a miles de personas diferentes, con distintas culturas, con distintas ideas. Eso te cambia, te hace crecer», dice Mahjoub, que tiene 32 años pero se siente «mucho más viejo». También conserva enseñanzas: «Aprendí que no hay nada más importante que la salud, nada más valioso que la libertad, que es mejor permanecer en un sitio donde te sientas seguro y vivir en un lugar donde la gente sea amable contigo y con los demás. Si encuentras un sitio así, podrás empezar tu camino poco a poco».

Su descripción se ajusta a los cretenses, pero también se ciñe a los vascos. «Aquí la gente ha sido muy atenta conmigo. He podido tramitar mi documentación; soy apátrida. He podido empezar a estudiar. Estoy en la EPA, hice un curso de electricidad con Lanbide y estoy aprendiendo castellano con dos voluntarios de la Fundación Harribide, un señor mayor y un chaval. La gente de la fundación y de la parroquia de San Antonio me ayudó muchísimo, sobre todo al principio. Ahora intento ayudar yo. En Getxo, donde vivo, participo en todo lo que puedo. Allí se hacen muchas cosas para crear espacios de encuentro. Y sigo con mi meta –añade–. Yo quiero estudiar y aprender. Todavía debo mejorar mucho en gramática, pero quizás pueda ser periodista. Me siento vivo cuando escribo y tengo mucho para contar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
África Ellos

442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

439 | Hamad

Hamad Ali Rudwan llegó a Euskadi en 2015 y, desde hace apenas tres meses, regenta una tienda de zumos naturales en Bilbao. Combina kiwis con naranjas, plátanos con fresas… Pasa buena parte del día en un ambiente saludable y de colores donde se respira el perfume de las frutas. Nadie diría, al verle sonreír allí, que pasó años enteros en un ambiente opresivo donde el color predominante era el gris. Menos aún que los diez metros cuadrados de su tienda son mucho más amplios que los cientos de kilómetros de muro que separan Israel de Palestina. Desde su casa, en Azzoun, se divisaba ese horizonte de cemento.

El muro lo cambió todo –resume–. Las cosas que estaban a un paso de nosotros quedaron muy lejos de un día para otro. Escuelas, hospitales, familiares… Antes del muro, yo tardaba diez minutos en llegar desde mi casa al trabajo. Después del muro, demoraba casi dos horas. Tenía que ir hasta las zonas de paso habilitadas y, como muchos otros palestinos, vivía a diario la tensión y las esperas de los puntos de control. La situación es muy dura para quienes vivimos allí. Es muy injusta”.

Hamad tiene 29 años y es enfermero de profesión. Su trabajo, precisamente, estaba en un hospital. Consistía en salvar vidas, no en quitarlas. Pero, así y todo, cuenta que los militares israelíes lo detuvieron cuatro veces y allanaron su casa más de una. Al preguntarle por qué, su respuesta es tan concisa que abruma: “Porque soy palestino”, contesta con la naturalidad de quien tiene asumido que ha nacido en uno de los países más castigados del mundo sin derecho a réplica.

“Como otros jóvenes, yo me manifestaba en contra del muro de separación, en contra de ese régimen que tanto daño nos hace. Pero manifestarse está prohibido. Tengo amigos en la cárcel. Los arrestaron por protestar. Están presos sin haber tenido juicio, sin garantías de nada. Los militares entraron varias veces a mi casa. Buscaban cualquier cosa con la que poder incriminarme. Cada vez que entraban, lo destrozaban todo. Intentan generar mucho miedo y angustia. Yo sabía que iban a por mí. Era solo cuestión de tiempo”.

El riesgo fue aumentando y la situación se volvió insostenible. No solo para él, sino también para su familia, que sufría esas violentas irrupciones. “Decidí marcharme. Era lo mejor”, dice Hamad, que tuvo que huir durante semanas para pedir refugio en Europa. “Fue un viaje difícil y largo, pero más difícil era vivir así, perseguido en un mundo cada vez más radicalizado. Yo no quería eso para mí. Yo estaba decidido a buscar mi futuro”.

Tierra de nadie

Ese futuro comenzó en Gijón, de la mano de una ONG que, finalmente, lo trasladó a Bilbao. “Aquí era donde había una plaza. La ONG decide a dónde vas, te ayuda con los primeros pasos y te da apoyo social durante el primer año. Ese apoyo no es indefinido. Te dan lo justo para vivir durante unos meses, mientras te haces con el nuevo lugar, aprendes el idioma y encuentras el modo de valerte por ti mismo. A partir de ahí, es cosa tuya salir adelante”, explica.

El problema es que, a veces, la Administración va más despacio que la vida. Según los datos de la Oficina Europea de Estadística (EUROSTAT), en España existen más de 16.000 solicitudes de asilo por resolver. Una de ellas es la de Hamad, que lleva meses esperando que se le conceda el estatus de refugiado. De momento, cuenta con un documento de identidad que le autoriza a trabajar, pero no a viajar, y que es de carácter transitorio: se renueva cada seis meses.

“No sé qué tengo que contar que no haya contado ya. No sé qué más puedo hacer yo para dejar de estar así, esperando y esperando. Hay palabras y discursos muy bonitos, pero la realidad es esta tarjeta de cartón con una foto grapada. Es muy difícil alquilar un piso, abrir una cuenta bancaria o que alguien te contrate para trabajar cuando te presentas con esto. La gente no se fía, no quiere líos, y es comprensible”, dice Hamad. Él pudo abrir la tienda de zumos gracias al apoyo de su socio, un hostelero del Casco Viejo que es sirio, tiene nacionalidad alemana y lleva muchos años aquí. “Si no, hubiera sido imposible”, reconoce.

En paralelo, solo tiene buenas palabras para Bilbao y su gente. “Las personas me han acogido muy bien. Todos son amables conmigo y me siento protegido. Aquí hay estabilidad, hay leyes que se respetan y hay democracia. Los vascos son muy solidarios con los palestinos, están al tanto de lo que nos pasa. Estoy contento y agradecido. La seguridad es un privilegio. Me siento a salvo en el País Vasco”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos