431 | Sheyla

Vino al País Vasco buscando “algo diferente” y la experiencia superó todas sus expectativas. Cuando llegó a Vizcaya, el año pasado, Sheyla Aguilar sabía que su nuevo entorno sería muy distinto al de su Chiapas natal, el estado más austral de México. “Esa información está en internet”, comenta, señalando la obviedad. Lo que no estaba en internet ni en su imaginación ni en sus planes era que acabaría trabajando en una empresa fundada por otros jóvenes como ella que destacan por su irreverencia y sus deseos de innovación: los creadores del vino azul que se ha puesto tan de moda este año.

Sheyla es estudiante universitaria y cruzó el Atlántico para continuar su formación en Marketing. “Tenía varias opciones: Madrid, Barcelona y Bilbao. De las dos primeras ciudades conocía más, pero del País Vasco no sabía absolutamente nada y eso me llamó la atención. Me puse a investigar, a buscar en internet, y lo que vi me gustó mucho. Envié mails pidiendo información, averigüé cómo era la universidad… y todo lo que encontré me pareció muy atractivo. Elegí Euskadi porque quise apostar por algo diferente y la verdad es que no me arrepiento”.

Lo dice después de un año en el que, incluso, disfrutó del invierno. “En Chiapas hace mucho calor, demasiado para mi gusto. La temperatura alcanza los 37ºC de manera habitual. Prefiero mil veces el clima de Euskadi, aunque puedas tener las cuatro estaciones en un solo día y tengas que salir preparado para todo”, compara divertida. No obstante, lo que más le ha gustado es “el contraste cultural y el tamaño de Bilbao, una ciudad pequeña y cómoda para vivir”.

Se siente a gusto en Euskadi y se nota, pese a que cuando llegó no conocía a nadie. “Tuve la suerte de contar con el apoyo de la iglesia protestante al principio. Antes de venir, me puse en contacto con la congregación y ellos me orientaron acerca de cómo llegar a los sitios, o dónde quedarme los primeros días. Eso ayudó mucho. Después, sí, ya pude iniciar mi camino; aprendí a llegar a la universidad y a moverme con más soltura poco a poco”, cuenta Sheyla. La universidad y la movilidad son dos claves en su historia.

“Cuando empecé las clases, me pareció que el horario era muy relajado. Solo tenía que ir por la mañana. El resto del día lo tenía libre. Quería aprovechar el tiempo para aprender más cosas y hacer prácticas de trabajo -relata-. Un día, se organizó una visita a Portugalete, al taller del vino azul, pero yo no fui porque no sabía llegar. No conocí la empresa en ese momento, sino después, cuando supe que buscaban gente para hacer prácticas. Ni lo pensé. Envié mi currículum enseguida”.

Un modelo “rompedor”

La empresa estaba formada por cinco veinteañeros que un día tuvieron la idea de hacer algo diferente. Y ese ‘algo diferente’ resultó ser un vino azul. Ninguno de ellos era enólogo ni tenía especial pasión por el vino -Sheyla, de hecho, ni siquiera bebe alcohol-. Sin embargo, ninguna de esas cosas fueron impedimentos para que lo crearan. Necesitaron, eso sí, dos años de trabajo y la ayuda de un par de organismos especializados en tecnología alimentaria.

A Sheyla, el planteamiento inicial le encantó. Pero fue la propia entrevista de trabajo lo que terminó de convencerla de que aquella podía ser una experiencia novedosa. “La entrevista fue muy distinta a lo que yo esperaba. No fue clásica, en plan ‘véndete’, sino que fue una conversación distendida en la que enseguida me dieron confianza. Lo que más me gustó de la empresa es que buscan formar un equipo, no tener gente trabajando para ellos. Cuando empecé a hacer mis prácticas, pude comprobar que era verdad. No hay jerarquías. Hay libertad. Eso es algo muy interesante y rompedor”, opina.

La filosofía se corresponde con la llamada ‘generación Y’, los famosos millenials que traen de cabeza a los departamentos de Publicidad y Marketing de casi todas las multinacionales. Para hacerse una idea, los chicos que conforman esta empresa del vino no ocultan que no tienen ningún tipo de tradición vinícola o que ni siquiera les gusta el vino tradicional; al revés, se jactan de ello. Sobre su producto señalan que, al tomarlo, “estás bebiendo innovación y creación. Estás rompiendo las reglas existentes e inventando nuevas. Estás reinventando la tradición”. Lo explican con más detalle en su página web, el escaparate de una oficina que, si bien tiene su base en Portugalete, se mueve sobre todo en internet.

Son nativos digitales, trabajan deslocalizados y su escritorio cabe en un smartphone. Por ello, da un poco lo mismo dónde hayan nacido: consiguen “entenderse a la primera”, dice Sheyla, que empezó haciendo prácticas con ellos y todavía forma parte del grupo. “La pregunta clave de esto y de cualquier otra cosa que imagines es ‘¿y por qué no?’”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Norte Ellas

429 | Assel

Cuenta Assel Jetegenova que en su país, Kazajistán, nadie conoce al País Vasco. “Es difícil que alguien sepa lo que es o dónde está porque la idea que se tiene de esta parte del mundo es otra -señala-. Antes de venir, yo pensaba que España era Madrid, el flamenco y las playas de Barcelona. No podía ni imaginar que aquí en el norte existía un sitio así, tan especial, con un idioma tan antiguo, una cultura increíble y una historia propia. Esta tierra y su gente fueron para mí un gran descubrimiento”. La elección de radicarse en Euskadi, asegura, “fue un acierto”.

Assel llegó a Bilbao hace dos años y es una de las pocas kazajas que residen en el País Vasco. La razón inicial para venir fue “el amor”; la decisión de quedarse, una apuesta. “Quería tener la experiencia de ser extranjera, salir de lo conocido y colocarme en un lugar diferente que me impulsara a aprender cosas nuevas”, explica. No era la primera vez que salía de su país; antes de vivir en Euskadi estuvo viviendo en Rusia, pero no considera aquello como una verdadera aventura migratoria. “Vivir en Rusia es muy fácil; ir allí no es emigrar. El verdadero cambio está aquí. Emigrar es esto”.

La historia reciente de Kazajistán ayuda a comprender mejor esta reflexión tan particular. “Mi país es una ex república soviética, se independizó en 1991, así que la cultura y el idioma están muy relacionados. Yo hablo ruso; estar en un sitio o en otro me da más o menos igual. Cuando fui a Rusia a estudiar no sentí que fuera una experiencia de grandes cambios”. Lo que sintió, y mucho, fue frío. “Me hace gracia cuando la gente se queja del clima de aquí. La temperatura de Euskadi es ideal. Frío es el de Siberia. Mi primer invierno allí estuve a 45 grados bajo cero. Eso sí que es pasarlo mal. Esto es maravilloso”, compara.

Assel sostiene que esas temperaturas extremas no son buenas para la salud. Está convencida de que el clima templado, junto con la buena alimentación y una mejor economía, es lo que explica la longevidad de ciertas poblaciones. “Esa fue otra gran sorpresa para mí: en el País Vasco la gente vive muchos años. Es normal llegar a los 70, 80 o 90 años. En mi país, la esperanza de vida es menor”, dice, aunque matiza que Kazajistán es un Estado más avanzado de lo que se cree, con ciudades modernas e importantes infraestructuras. “Se suele pensar que es un sitio pequeño y atrasado, pero es el noveno país más grande del mundo”, apunta a modo de ejemplo.

Así como ella tuvo que aprender cosas de Euskadi que desconocía, su marido, que es vasco, ha hecho un aprendizaje intensivo de kazajo desde que están juntos. De algún modo, para ambos, conocerse ha supuesto descubrir mundo. “Nos conocimos en Praga, en 2007 –recuerda–. Yo había ido a visitar a mi mejor amiga, que estaba estudiando allí, y mi marido había ido de vacaciones con un grupo de amigos. Fue muy divertido porque, la primera vez que nos vimos, él pensaba que yo era coreana o japonesa, y yo estaba convencida de que él era turco”.

Entre risas, Assel explica que veía “mucho pelo” en aquellos chicos, y que automáticamente creyó que venían de Turquía. En paralelo, como ella tiene rasgos asiáticos, la confundieron con una coreana. Su chico no imaginó que ella era kazaja, y ella no imaginó tampoco que él podía ser euskaldún. Tampoco imaginaron que acabarían casándose y formando una familia en Bilbao. Hoy viven aquí y son padres de Amaia Aru, una niña de ocho meses cuyo nombre sintetiza sus raíces.

Casi de película

“En Praga solo compartimos tres días; luego cada uno volvía a su país. Paseamos juntos, hablamos… había una energía especial; eso lo sientes o no”, relata ella. Al escuchar la historia, es difícil no pensar en la película ‘Antes del Amanecer‘, con unos jovencísimos Ethan Hawke y Julie Delpy enamorándose en las calles de Viena. “Estuvimos cinco años sin vernos”, avanza Assel, que durante ese tiempo vivió en Kazajistán y se dedicó a forjar su negocio. “Trabajo en Network Marketing, mi trabajo se basa en internet”, puntualiza.

Su trabajo tiene una ventaja inmensa: la posibilidad de ejercerlo desde cualquier parte del mundo. “Mi marido fue a Kazajistán y conoció a mi familia. Yo también vine de visita la primera vez. Finalmente decidimos vivir aquí porque yo lo tenía más fácil para trasladarme. Nos casamos en Bilbao porque le quedaba más cerca a la mayoría de los invitados, incluidos amigos míos que viven en Inglaterra, Rusia y Estados Unidos. La verdad, estoy encantada con la decisión. Es mi primera experiencia como extranjera y está resultado muy enriquecedor esto de conocer otra cultura y otra manera de pensar. Estoy contenta. El País Vasco es un sitio estupendo para vivir y para tener a tus hijos”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellas

425 | Silvana

A principios de mes, en Donosti, se presentó la Red Vasca Antirrumores ZAS! (siglas de Zurrumurruen Aurkako Sarea). La red está integrada por numerosas personas, instituciones públicas y organizaciones sociales, y tiene un objetivo común: desmontar los múltiples rumores asociados a la población inmigrante en Euskadi. Ayuntamientos, diputaciones, asociaciones de extranjeros, fundaciones y organizaciones que trabajan por la igualdad y la inclusión social se dieron cita en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de San Sebastián para dar a conocer este proyecto que combina las políticas públicas con la acción de los movimientos ciudadanos.

Entre los integrantes de la iniciativa se encuentra Silvana Luciani que, además de trabajar en MUGAK, el centro de documentación y observatorio de medios de SOS Racismo, dinamiza propuestas como ‘La familia de al lado‘ –un espacio de encuentro entre familias vascas y extranjeras– e imparte talleres de formación para combatir los rumores negativos que azotan a los inmigrantes. “’Nos quitan el trabajo’, ‘aumentan la delincuencia’, ‘viven de las ayudas oficiales’ o ‘no se quieren integrar’ son algunos de esos prejuicios tan extendidos como falsos”, enumera esta licenciada en Historia que vive en Donosti desde 2003.

Hija de italiano, nieta de vasco y nacida en Argentina, Silvana emigró tras el estallido de la crisis económica en su país. Trabajaba en un banco –aunque confiesa que no le gustaba porque “no creía en lo que vendía”–, cuando le ofrecieron el retiro voluntario, junto a varios compañeros. “La indemnización era buena y acepté, sin saber que poco después se desmoronaría todo el sistema”, recuerda. También dice que tuvo suerte, ya que pudo salvar sus ahorros del famoso ‘corralito’ financiero.

“Decidí emigrar en ese momento, antes de que la devaluación se comiera lo que había ahorrado. Tenía la ciudadanía italiana por mi padre y me esperaba un amigo de la familia aquí, en Andoain. Por eso elegí el País Vasco. Siempre es bueno llegar a un lugar donde tengas a alguien conocido, una mínima red de apoyo, porque los inicios nunca son fáciles -aconseja-. La verdad es que antes de emigrar nunca imaginas lo que te espera. No puedes prever la complejidad de los trámites, el aprendizaje de cómo funcionan las cosas, incluso el rechazo de algunas personas. Yo pensaba que con tener papeles era suficiente, pero no es así”.

Silvana es consciente de que llegó a Euskadi en unas condiciones mucho más favorables que la mayoría de los extranjeros y señala que, así y todo, también tuvo que afrontar rechazos o aguantar los estereotipos. “Me han llamado ‘sudaca’ alguna vez, me costó alquilar un piso por el simple hecho de ser extranjera, han puesto en duda mi formación… Si a mí me pasaron esas cosas, ya te puedes imaginar lo que viven otras personas. Hay extranjeros que van en el bus y notan que otros pasajeros evitan sentarse junto a ellos, o personas que entran a un bar y ven cómo la gente guarda los móviles porque creen que les van a robar”. Por eso, hace hincapié en las barreras que suponen los prejuicios.

Prejuicios vs datos

“Los rumores afectan a las relaciones de convivencia. Dificultan mucho la cohesión social. Tanto las generalizaciones como las miradas parciales de la realidad cobran fuerza si no se las cuestiona, especialmente en un contexto de crisis como el que tenemos ahora. Si tú oyes una afirmación despectiva y la dejas pasar, el rumor se va a sentando y las voces discriminatorias crecen”, expone. “Pero, claro, para cuestionar algo como ‘los inmigrantes reciben más pisos de protección oficial que los vascos’ tienes que tener los datos”.

Para saber que los extranjeros representan el 22% de la demanda y solo el 7% de las adjudicaciones de las viviendas protegidas es preciso acceder a las cifras, algo que no todo el mundo hace porque implica tiempo y trabajo. Conscientes de que los prejuicios solo se pueden rebatir con información contrastada y buenos argumentos, la estrategia ZAS! ha creado una página web que recoge los principales rumores y los datos que los refutan. “En el portal hay mucha información, recursos y materiales”, dice Silvana, que anima a visitarla.

“Hay mucho por hacer todavía en este campo. La red ZAS! procura aunar los recursos institucionales con los de la sociedad civil para fomentar la integración y el respeto, para crear espacios de encuentro y evitar la división social. Esto es muy importante, porque actualmente convivimos pero nos relacionamos poco, y eso nos impide ver la gran cantidad de cosas que tenemos en común. La diversidad es una realidad ineludible, el tema es cómo gestionarla”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

424 | Jue

Se lanzó a la aventura con veinte años de edad. En ese entonces, Jue Jin era estudiante de arquitectura en China, su país de nacimiento, pero ya vislumbraba que la carrera no era un camino de rosas. “Allí es una profesión machista, donde predominan los hombres, tanto en el ámbito del diseño como en las obras que supervisas. No es fácil para una chica desenvolverse en un entorno tan masculino, y menos cuando tienes inquietudes”, explica Jue, que tenía más interés en “ver mundo” que en luchar contra él.

La idea de realizar un viaje fue cobrando mayor fuerza y, finalmente, cuajó. Era 1998 cuando, a pesar de las reticencias familiares, Jue se montó en un avión que la llevó de Asia hasta Europa; de Wenzhou a Valladolid, donde llegó “sin conocer ni una palabra de español, ni siquiera ‘hola’”. En contrapartida, conocía gente. De ahí que eligiera a la capital vallisoletana como su destino inicial de residencia. “Siempre había sentido curiosidad por España y tenía familiares viviendo allí, por eso escogí esa ciudad en lugar de cualquier otra”, señala Jue.

La experiencia duró sólo seis meses. Transcurrido ese tiempo, se marchó a Alicante, donde vivía una de las mejores amigas de su madre. Allí estuvo casi tres años, trabajó en hostelería y restauración, aprendió lo fundamental del sector y, sobre todo, aprendió a hablar español. “Estudié en la Escuela de Idiomas y me saqué el título”, dice en un castellano casi perfecto. “Eso sí, aún me cuesta pronunciar la erre, como a casi todos los chinos. Es un fonema complicado para nosotros”, agrega entre risas.

Mientras Jue vivía en Alicante, su hermana y su cuñado fijaron residencia en Bilbao y abrieron un restaurante. “Me llamaron para que viniera y trabajara aquí con ellos”, resume ella que, en la actualidad, está encargada del negocio. “Llegué a Vizcaya hace siete años y de aquí no me muevo más -dice-. Me encanta el País Vasco, su gente, el modo de hacer las cosas, la cultura y hasta el clima. Aunque somos diferentes, compartimos algunas cosas, como el valor de la familia, la dedicación al trabajo o el gusto por la comida”, señala Jue, que ha visto a muchos vascos atreverse con los platos típicos de China. “En el restaurante celebramos bodas y servimos comida típica de nuestro país, como ensalada de medudas o patas de pollo -explica-, Al principio, sólo lo hacíamos para nosotros, pero cada vez hay más occidentales que se animan y los prueban”.

Intercambio cultural

La contraposición de oriente y occidente es todo un tema; por lo menos para Jue, que se considera de ambos sitios y, a la vez, de ninguno. “Desde que me fui de China, siento que vivo siempre en la frontera. Además de mis rasgos, todavía conservo muchas costumbres de mi país, de modo que nunca seré vasca del todo. Pero, por otro lado, he vivido aquí once años, la tercera parte de mi vida. He aprendido muchas cosas, mi concepción del mundo ha cambiado y eso provoca que no me sienta china al cien por cien”, explica Jue que, además de trabajar en el restaurante, tiene su propia tienda de complementos y ayuda a superar las barreras del idioma a los niños pequeños que son adoptados por parejas vascas en China.

“Me gusta el trabajo y siento la necesidad de estar activa. A veces, en los días bajos, me pregunto para qué hago tanto; de qué me sirve todo esto. Pero después, cuando viajo a mi país y hablo con mis antiguos amigos, vuelvo a enfocarme. Con treinta años, ya todos están casados y tienen hijos. Yo no he seguido ese camino, y entonces me perciben como un ‘bicho raro’. A su vez, yo les oigo hablar, escucho sus ideas, lo que dicen, y me siento lejos, muy lejos de su manera de entender el mundo”, describe Jue. Y añade: “Para algunos, me he occidentalizado demasiado, pero no puedo ni quiero evitarlo. Lo que más me gusta de mi trabajo es hablar con la gente, intercambiar puntos de vista. Cuando emigras, hay algo invisible y poderoso que te empuja a superarte, a crecer y mejorar”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2010 Asia Ellas

422 | Betty

Y entonces hay un terremoto, el mundo se rompe y la gente se quiebra. Las paredes y los techos se desploman, la tierra se abre y traga cientos de personas, insaciable. Lo conocido desaparece. Donde había vida hay escombros. Las cosas cambian para siempre de manera brutal. “Sigues las noticias, miras las fotos del desastre y te quedas paralizado, sin saber qué hacer, qué decir. Quieres ir a ayudar, pero no puedes. Llamas, hablas, preguntas y poco a poco te vas dando cuenta del tamaño del desastre. Hay muchos niños fallecidos, miles de desaparecidos. La tierra se ha deshecho, ha quedado como un flan cuando lo sacas del molde y se rompe”.

La descripción pertenece a Betty Bastidas, una mujer ecuatoriana que vive en el País Vasco desde 2002. Al igual que sus paisanos emigrados -más de 9.000 aquí, en Euskadi-, atraviesa un momento de profunda consternación. El terremoto que sacudió Ecuador el 16 de abril desahució a veinte mil ciudadanos, mató a medio millar de personas y desapareció a otras dos mil, de las que poco a poco se han ido teniendo noticias. “No lo acabamos de asimilar -dice ella, poniéndole voz a quienes lo están viviendo a distancia-. No hay palabras para describir lo que se siente. Es como si hubiera pasado en mi casa”.

Betty ha tenido suerte. Su familia no vive en la costa, donde se registró el epicentro del sismo. “Somos de San Gabriel, de la sierra. Es un pueblo pequeño de la provincia del Carchi que está a 2.800 metros de altura, muy cerca de la frontera con Colombia”, precisa. También explica que allí esperaban un temblor desde hace un año. “Pero un temblor, no un terremoto -subraya-. Existían probabilidades de que hubiera un movimiento en la zona. Habían instruido a la gente y se habían almacenado camillas y tiendas de campaña, de manera preventiva”, relata.

Así, cuando la tierra vibró ese sábado, “lo primero que pensaron en mi pueblo fue que se trataba del temblor”. Nadie se podía imaginar que era un eco del rugido de la costa. “En mi país no estamos acostumbrados a este tipo de catástrofes”, dice, mientras Ecuador sigue convulsionado por las réplicas del terremoto. Algunas han llegado a los 6 grados en la escala de Richter, como la del viernes pasado. “El sismo más grave que recuerdo fue a finales de los ochenta, en el norte. Tardaron cuatro años en reparar los daños, y eso que contaron con ayuda internacional. Yo me pregunto ahora cómo van a hacer, cuánto van a tardar”.

Quedarse sin nada, otra vez

Parte de la respuesta la dio hace unos días el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, al anunciar una subida de impuestos durante un año para que los trabajadores ayuden con su sueldo a financiar la reconstrucción del país. “Estaba todo tan lindo… -dice Betty con una pena infinita en la voz-. Ecuador estaba precioso, con carreteras nuevas, con edificios nuevos. Yo pienso mucho en la gente que emigró, que trabajó muy duro aquí durante años para volver y tener su casita, su negocio… Y que todo eso se haya venido abajo de esa manera. Tanto esfuerzo, tantos años… Es muy cruel”.

Reflexiona sobre los migrantes retornados porque, si bien ella ha decidido quedarse aquí, conoce bien los sacrificios que supone alejarse tanto del país y los afectos. “Yo me fui en 2002, como la mayoría, por la dolarización del país. El capital que teníamos ahorrado, en sucres, se volvió un puño, apenas 4.000 dólares”, detalla Betty, que trabajaba en el sector de la agricultura. Se dedicaba al cultivo de patatas, con otras treinta personas. “Con la crisis económica me di cuenta de que la vida era insostenible. No teníamos cómo sacar adelante a la familia”, añade, refiriéndose a sus cuatro hijas.

“Vinimos mi marido y yo. Ellas quedaron al cuidado de mi madre y mis hermanas. Fue muy duro, sobre todo porque al principio trabajé cuidando niños. Después encontré trabajo con otra familia, con la que todavía estoy. Han sido muy generosos conmigo y, ahora que han venido mis hijas, son un apoyo muy grande”, reconoce Betty, que tardó diez años en poder reunir nuevamente a la familia de este lado del Atlántico.

“No es fácil. Tomar la decisión de marcharte nunca en sencillo. Y menos vivirlo. El reencuentro es una experiencia impresionante y la emoción es muy grande, pero también es muy difícil. Yo me perdí la niñez de mis hijas. Todos los que emigramos perdemos cosas importantes y muchas de ellas no vuelven nunca. ¿Cómo no voy a pensar en la gente que regresó a mi país y se quedó nuevamente sin nada?”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

417 | Eduvije

Eduvije Lairana Mejía -o simplemente Peque, como la llaman sus amigos- emigró de Bolivia hace once años. Allí, en Santa Cruz, se preparaba para ser auxiliar de enfermería, pero la realidad económica fue más potente y tozuda que sus esfuerzos: cuando llegó el momento de hacer las prácticas, no tuvo con qué pagarlas. “Había que abonar 25 dólares por mes para hacer esas prácticas -detalla-. Puede que parezca poco dinero, pero yo no podía hacer frente a esa cantidad. Mis profesores me decían: ‘Tú puedes, sigue adelante, eres buena alumna’. Me daban ánimos; hasta me dieron una beca de tres meses. Pero, con beca y todo, había que comprar textos… No podía. Mi sueldo no daba para tanto”.

Su sueldo no alcanzaba, en parte, porque era bajo, y sobre todo porque era el único sustento de su familia. Había muchas bocas que alimentar, muchos pies para calzar en casa. Con poco más de treinta años, Peque ya era madre de ocho niños. “Cuando decidí divorciarme, quedé sola para todo. Me convertí en madre soltera -resume con contundencia, aunque si dramatizar el asunto-. Yo trabajaba, llevaba mi casa y estudiaba. También jugaba al fútbol, que es un deporte que me encanta y se me da bastante bien. Siempre conseguía sacar tiempo para el ejercicio y los estudios. Quería sacarme un título; era importante para mí, pero hay prioridades. Más importantes eran mis hijos”.

La situación era insostenible. Todo anunciaba precariedad. Peque le dio muchas vueltas al asunto hasta que comprendió que lejos sería más productiva que cerca. En 2005 tomó la decisión más difícil de su vida: emigró. “Iba a ser por un año… -dice, un poco nostálgica-. La idea era venir, trabajar mucho, ahorrar todo lo que pudiera y volver. La mayoría lo enfocamos así, por lo menos, la mayoría de los que tenemos hijos. No te vas pensando que no vas a volver nunca. Cuando me marché, no imaginé que me perdería la adolescencia de mis hijos mayores ni la niñez de los más críos, pero me la perdí”.

“Todo eso lo viví a distancia, mientras mi padre se encargó de cuidar a los niños -prosigue-. Ha sido para ellos mucho más que un abuelo y, para mí, mucho más que un padre. Le estoy muy agradecida; lo suyo tiene mérito porque hizo todo solo. Mi madre falleció hace casi veinte años”, explica. Con esa plataforma como punto de partida y con una hermana suya viviendo aquí, en Euskadi, Peque se montó en un avión. Su llegada, el 23 de abril, coincidió con el día de San Jorge, un santo del que se confiesa “muy devota” y al que le rezó con gran fervor, sobre todo en los primeros tiempos, los más adversos y duros.

“Las primeras semanas aquí fueron tremendas -dispara, sin matices-. No tenía dinero, ni contactos ni nada. La única persona conocida, mi hermana, trabajaba como interna en una casa de familia. Ella hizo lo que pudo para resolver mi alojamiento al principio, mientras yo me buscaba la vida”. El alojamiento, como lo llama Peque, resultó ser un colchón en el suelo de un pasillo. “Eso fue lo mejor que pude conseguir, y casi que dando gracias. Me cobraban 150 euros al mes y no tenía derecho a cocina. Tampoco podía estar mucho en el piso, así que me levantaba a las cinco de la mañana, me duchaba, y a las siete ya estaba en la calle, buscando trabajo y esperando para que llegara la hora de poder volver”.

“Lloré mucho en ese tiempo”, relata. “Lloré caminando por las calles. Tuve frío. Me pregunté muchas veces quién me había mandado a venir aquí… y le recé mucho a San Jorge. Le pedí que me ayudara a conseguir trabajo y a encontrar gente buena, porque los cuentos que oía de otras chicas que trabajaban como internas eran terribles. ‘Ayúdame a salir adelante y te hago tu fiesta’, le prometí. Y San Jorge me ayudó”, dice ella, convencida. “Encontré trabajo con una familia gallega. Fueron muy buenos conmigo. Hasta hoy sigo trabajando como interna, de lunes a sábado. Mis jefes son muy buenos”.

Agradecida con sus empleadores, pero también con su santo, Peque organiza cada año una fiesta en su honor. “Nos reunimos en un bar, preparo comida y bebidas, hacemos lechón, cantamos, bailamos… Me acompañan amigas y amigos latinos, pero también de aquí. La fiesta de San Jorge es cada vez más numerosa. La última vez nos reunimos casi 90 personas”, calcula feliz, mientras prepara la próxima, por séptimo año consecutivo. “Prometí homenajearlo y lo cumplo. Trabajo con personas que me tratan bien y me permiten sacar adelante a mis hijos. Llegué sin nada, ¿cómo no voy a estar agradecida?”

2016 América del Sur Ellas