443 | Kateryna

Kateryna Kaminska tiene 29 años y llegó a Bilbao hace dos. Se marchó de Ucrania consciente de que la decisión marcaba un antes y un después en su vida, pero convencida de que hacía lo correcto. La situación de su país, explica, fue la principal razón para emigrar: «Había mucha inestabilidad y las perspectivas de futuro eran inciertas». Kateryna es filóloga y economista, pero ni su experiencia laboral ni las dos carreras universitarias que hizo en paralelo le bastaron para trazar un horizonte de prosperidad en su tierra.

«Tenía dos caminos: o seguía con el negocio familiar sin garantías de futuro o salía del país para emprender algo propio en una nueva cultura», resume para definir su «gran paso», un salto de 3.500 kilómetros que la transportó de Jersón, a orillas del Mar Negro, a Bilbao, a orillas del Mar Cantábrico. «Euskadi no se conoce en mi país. Yo misma vine sin saber casi nada del País Vasco. Lo único que conocía, porque lo estudié en la universidad, era el llamado ‘efecto Bilbao‘. Venir era una oportunidad de ver en directo el modelo de transformación que había estudiado en los libros».

Dos años después, Kateryna siente que acertó. «No hace tanto que me fui de Ucrania, así que todavía aprecio los contrastes y puedo comparar. La cultura vasca es muy diferente a la de mi país. Es singular y fascinante. Además de la gente, que es súper amable, Euskadi es un lugar lleno de oportunidades para crecer. Esta ciudad tiene todo lo que podía soñar. Si realmente quieres hacer cosas, si tienes ganas y deseos de desarrollarte, puedes hacerlo. Mi percepción es que puedes conseguir todo lo que te propongas».

Plantea unos cuantos ejemplos de ello, empezando por los idiomas. «Aprender idiomas en Ucrania es muy caro. Estudiar, en general, no es algo que pueda hacer todo el mundo. Aquí, en cambio, lo puedes hacer. Yo empecé estudiando castellano y ahora estoy aprendiendo euskera. El idioma es el corazón de un país, me parece básico intentar comprenderlo», opina. «Otra cosa que he podido hacer aquí es practicar deportes. En Ucrania, la gente es muy trabajadora pero casi no se toma tiempo para el bienestar. En Euskadi sí hay costumbre de cuidarse. Ves gente haciendo ejercicio, se organizan carreras populares. Yo he participado en algunas», apunta.

Así y todo, la gastronomía fue uno de los aspectos locales que más la cautivó. «Hice un cursillo de cocina vasca y me encantó, no solo porque es una cocina rica y saludable, sino porque comer es un acto cultural; es algo que incluye a la familia, a los txokos con amigos…». Algo que engarza a la perfección con su trabajo porque Kateryna se dedica a hacer ramos con frutas y verduras. Donde otros ponen rosas o margaritas, ella coloca lombardas, manzanas o pimientos. «O fresas –apunta–. Todo depende de la ocasión. Hace poco preparé un ramo entero de fresas. Me lo encargó un chico que le iba a proponer matrimonio a su novia. Además de original, estaba lleno de vitaminas», dice entre risas.

El retrato frutal

Kateryna siempre tuvo facilidad e interés por las manualidades. Es una defensora de la creatividad y considera que cada persona lleva un artista dentro, que cada uno es bueno en algo. «Bailar, pintar, cocinar… siempre hay algo que te sale especialmente bien y que te da felicidad. En mi caso, es esto». Desde hace ya varios meses combina su trabajo en una imprenta y sus clases particulares de ruso con esta actividad, en la que trabaja por encargo.

«No hay dos arreglos iguales. Los colores, las frutas o las verduras que elijo siempre tienen que ver con la situación, con lo que me cuentan de la persona que va a recibir ese regalo. Podría decirse que lo que hago es como un retrato frutal». Kateryna no es Arcimboldo, pero algunas de sus obras están expuestas en una frutería donde, además, se asegura de conseguir «el mejor género». El producto «tiene que ser de calidad –enfatiza–. Ten en cuenta que un ramo de verduras es un ramo de alimentos. Hay que ser muy cuidadoso».

Lo subraya porque estos arreglos se pueden comer. De hecho, están pensados para que se coman. «La idea es que sea un regalo útil. Imagina que recibes un ramo de frutas y una receta para preparar con ellas un postre. En Ucrania hay mucha tradición de hacer regalos, de agasajar a los demás, sin un motivo concreto. No hace falta que sea un cumpleaños o navidad, solo que tengas ganas de decir ‘te quiero’ sin palabras. Me gustaría fomentar esa tradición en Euskadi con un proyecto como este, en el que combino mis habilidades y conocimientos con algo que es muy de aquí: productos frescos de la huerta».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 Ellas Europa

441 | Oksana

Oksana Zubriev llegó al País Vasco en 1998 y conoció un Bilbao muy diferente al de ahora. En ese momento, el Guggenheim era una flor de titanio recién nacida entre los escombros y el botxo era un cuenco plomizo con una tapa casi permanente de nubes. “Además, casi nadie hablaba ruso. No es como ahora, que cada tanto lo oyes por la calle y hasta tienes asociaciones de personas rusoparlantes. En esa época, encontrar a alguien que te entendiera era una fiesta”, recuerda esta ucraniana, que emigró de su país a los 21 años de edad.

“Yo estudié magisterio en Ucrania y trabajé como maestra durante un tiempo. Me gustaba lo que hacía, pero el empleo no estaba bien remunerado. El sueldo de un mes era de unos 25 dólares, mientras que unas botas de piel para el frío podían costarte 50 o 100”, detalla. “El tema económico siempre es un aliciente, en especial cuando eres joven. A esa edad, sueñas mucho y te lanzas más. Por otra parte, en esa época era muy complicado salir de Ucrania. Como mucho, ibas a Kiev, la capital, pero no conocías más allá. Y ya sabes… cuando eres joven, basta con que te prohiban algo para que no dejes de pensar en ello”.

Ese mundo deseado, sin embargo, tenía capas de fabulación porque las noticias que llegaban de fuera eran escasas y estaban distorsionadas. “Había poca información y, muchas veces, era engañosa. La gente que salía del país no siempre tenía buenas experiencias. Algunas personas conseguían progresar, pero otras sufrían explotación laboral. Se aprovechaban de ellas y lo más triste es que no sabían ni cómo volver a casa”, relata. Por fortuna, a ella no le sucedió.

“Yo supe que existía Euskadi por los llamados ‘Niños de la Guerra‘, los emigrados a la Unión Soviética en 1937. Ellos y sus familias me ayudaron mucho en Ucrania y también aquí, sobre todo con el idioma. Cuando llegué a Bilbao, no sabía ni una palabra de castellano. Empecé a trabajar en hostelería y, al principio, me comunicaba casi por señas. Tenía un cuaderno en el que iba anotando las palabras nuevas que oía en el bar. Después, cuando me reunía con ellos, les preguntaba por su significado. ‘¿Pero tú dónde has oído esto?’, me preguntaban. ¡Casi todas eran palabrotas!”, dice riéndose.

No solo aprendió palabrotas. “Aprendí el idioma y el oficio, a hacer un buen café y una buena tortilla. Mira que en Ucrania somos muy patateros, pero la tortilla de patatas bien jugosa la aprendí a hacer aquí –reconoce–. Ese trabajo me ayudó a entender la manera de ser y de pensar que tienen los vascos. Estaba en contacto con mucha gente, personas mayores que iban a diario al bar y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en mi familia adoptiva. Todavía hoy, que han pasado casi veinte años, hay personas que cuando me encuentran en la calle se alegran de verme, se acuerdan de mí y me saludan. Eso es muy bonito, especialmente si tienes presente que llegaste sin conocer a nadie”.

Acentos, seriedad, amistad

Oksana se siente feliz en Euskadi. Aprecia mucho la tranquilidad, la naturaleza y la limpieza de las calles. Pero, sobre todo, aprecia a las personas. “Los vascos son serios, aunque si te ganas su corazón, serán tus amigos para toda la vida. Sé que es una frase muy repetida, pero es verdad. En los primeros tiempos, me sorprendía lo mucho que gritaban. Tenía la impresión de que estaban discutiendo e iban a acabar a los golpes”, dice. “Lo interesante es que aquí tienen la misma impresión sobre nosotros cuando nos oyen hablar en ruso. Entre el acento y nuestra costumbre de tomar vodka sin nada más que limón, parecemos mucho más recios de lo que somos”, compara.

“En realidad, lo que más me gusta de Bilbao es que encuentras personas de casi todas partes del mundo. Existe una gran diversidad cultural, gastronómica, religiosa y de costumbres que es muy interesante porque representa una oportunidad de aprender y enriquecerse. Obviamente, es un desafío y hay que saber llevarlo. Tiene que existir voluntad de conocerse y entenderse con los demás. Si lo piensas, no somos tan diferentes unos de otros. Queremos lo mismo, amamos lo mismo, nos enfadamos igual”.

Sus palabras van más allá del discurso. Ella pone un ejemplo concreto: “Aquí en Euskadi tengo amigos lituanos, kazajos, rusos… compartimos un idioma porque nuestros países tienen una historia común, pero también hay grandes diferencias –como el conflicto que persiste en Crimea–. Nosotros dejamos eso a un lado y nos centramos en las cosas que nos unen. Si tú me caes bien, eres buena amiga, compartimos cosas… ¿qué sentido tiene que me distancie de ti solo por haber nacido en un país determinado? ¡Cada persona contiene un mundo!”

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

440 | Irma

Entre Euskadi y Lituania hay 3.000 kilómetros de distancia y unas cuantas diferencias culturales, como un idioma que compite en dificultad con el euskera o un carácter tan recio que puede eclipsar al estereotipo del vasco. En el contexto lituano, los vascos son blandos y dulces como gominolas, tan pintorescos y extrovertidos que no pasan desapercibidos jamás. Esta es la idea que prevalece después de hablar con Irma Cijunaityte, una lituana que está acostumbrada a deletrear su apellido y que vino a vivir a Euskadi hace siete años porque se enamoró de un vasco.

“Nos conocimos en mi país, en un hotel. Kepa había ido con un amigo de vacaciones; yo trabajaba en la recepción. Era invierno y no había casi nadie. En esa época, el hotel estaba prácticamente vacío y ellos siempre estaban de fiesta. Impresionante. Toda la semana de juerga”, recuerda ahora, y en su voz se revive la extrañeza que experimentó en aquella ocasión. “Me tiraba las fichas, trataba de darme conversación. Hablaba mal en inglés, pero se esforzaba muchísimo. La última noche, se apareció en la recepción con un chorizo, su guitarra y una botella de cointreau. Yo no sabía dónde meterme. Como viniera mi jefe en ese momento…”.

La original velada se extendió durante horas. Irma y Kepa se quedaron hablando y, como ella misma reconoce, al final le dio “penita que se fuera”. Tenían menos de 25 años los dos. Mantuvieron el contacto por e-mail. “No fue hace tanto, pero no existía whatsapp, así que nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Estuvimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que nos volvimos a ver. Y sí, en ese tiempo me enamoré un poco”, reconoce, poniendo énfasis en lo de “un poco”. Todavía faltaba lo mejor: el reencuentro… en familia.

“Kepa volvió a Lituania y la mayor parte de su viaje coincidió con Semana Santa, que allí se celebra a lo grande. Son unas fechas muy especiales para nosotros, y yo iba a estar en casa con todos, hasta con mis tíos y abuelos. Soy de un pueblo de 36.000 habitantes que está a 100 kilómetros de Vilna, la capital, así que le dije ‘vente con mi familia’”, cuenta ella. Él no se acobardó. “Fue una entrada por todo lo alto. Pensé que lo iba a pasar mal, pero después del segundo chupito de vodka ya se entendía perfecto con todos”.

“La verdad es que se adaptó súper bien. Mis abuelos estaban encantados con él. Les pareció un chico muy cálido y cercano, pero imagínate el contraste. Nosotros somos muy fríos, muy reservados, y él, en cambio, era pura confianza y besitos para todos. Mi madre flipaba. No se fiaba de él. Creo que no se fió hasta que nació nuestra primera hija y se dio cuenta de que íbamos en serio”, relata. De eso ya han pasado cuatro años, otro hijo y un hogar en Zierbana donde se habla castellano, lituano y euskera.

Jarabe de Palo y Macaco

“Yo aprendí castellano con los discos de Macaco y Jarabe de Palo. Eran cosas sencillas y me resultó bastante fácil –relata–. Después de un año así, a distancia, decidí venir”. A diferencia de su chico, que tenía trabajo aquí, Irma no había conseguido ejercer su profesión y, como ella misma dice, difícilmente lo conseguiría. “Estudié Endología, traducía frases escritas en sánscrito. Es algo muy interesante, pero como te puedes imaginar, no tiene mucha salida laboral. Por eso no me costó venir. Me lo planteé como una aventura. Soy muy echada para adelante y no tenía nada que perder”.

Venía predispuesta a que le gustara, pero el País Vasco, directamente, la cautivó. “Yo no creo que los vascos sean fríos o cerrados. Al contrario. La gente es muy hospitalaria y más cuando coge confianza”, opina y ofrece un ejemplo concreto: “Mi primer trabajo aquí fue como comercial. Vendía cursos de inglés a puerta fría y ¡lo pasé súper bien! La gente era muy amable conmigo. En mi país lo pasaría mal con un trabajo como ese”, compara.

“Es que el estilo de vida es muy diferente. Aquí saben lo que es vivir. Sales un domingo cualquiera y ves a los aitites con sus gorras, impecables, de paseo por la ría, tomando sus vinos, bailando… pasándolo muy bien. En Lituania, como mucho, se plantan en un banquito frente a su casa y se quedan ahí, viendo pasar a los demás. Quizá el clima influye en eso, porque nieva mucho y los inviernos son muy duros, pero también hay una cuestión cultural. En Lituania lo hemos pasado muy mal y la gente mayor tiende a ahorrar por si acaso. Disfrutan menos del presente. Piensa que yo nací en la URSS, tenía ocho años cuando se declaró la independencia y ese periodo fue muy difícil. No teníamos juguetes y había mandarinas solo en Navidad. Tenías dinero pero había escasez de cosas; al revés que ahora, que hay mucha variedad pero poco dinero”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

438 | Veronika

Veronika Drozdova nació en Bielorrusia, “un país que muchas personas no tienen ni idea de que existe y muchas otras no saben dónde está”. Lo dice con simpática resignación, acostumbrada a que lo confundan con Rusia o le pregunten “¿Bieloqué?” con cara de extrañeza. “Bueno… ahora la gente conoce más y hay más cultura que antes, aunque sigamos sin aparecer en el mapa del tiempo”, bromea. “Lo cierto es que en Euskadi la gente está más informada. Es una sociedad que se interesa por la política y eso se nota a hablar”.

Bielorrusia es un Estado de reciente creación. Se constituyó en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética. Veronika tiene 36 años y su país es más joven que ella, “pero tiene raíces antiguas y mucha historia. Está en el centro de Europa y por allí han pasado todas las guerras. Esto nos ha marcado el carácter –sostiene–. Somos muy tranquilos, muy tolerantes. Nuestros vecinos dicen que somos lentos. Lo que sucede en realidad es que pensamos mucho antes de hablar para no meternos en problemas. Hay una expresión muy popular en mi país que nos define bastante bien: ‘Cualquier cosa, pero que no haya guerra’”.

Los conflictos bélicos han dejado cicatrices en la zona, aunque ninguna herida ha sido tan lacerante como el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, una ciudad que ahora pertenece a Ucrania y está muy próxima a la frontera con Bielorrusia. “A raíz de aquello, se crearon diversos programas internacionales para asistir a la población afectada. Uno de esos programas, que todavía existe, está dirigido a los niños, que vienen a pasar el verano a España, con familias que les reciben durante uno o dos meses al año. Así vine yo por primera vez”.

Veronika pasó muchos veranos de su infancia en Jaén, donde aprendió a hablar castellano tan bien que, a día de hoy, es imposible detectar que es extranjera. La experiencia fue muy positiva y la marcó tanto que, después de acabar su carrera en Minsk, decidió regresar a la Península. “Soy dramaturga. Estudié en la Universidad Estatal de Cultura. Cuando terminé mis estudios, me di cuenta de que tenía mejores perspectivas laborales aquí, así que emigré; me fui a Madrid”.

Trabajaba en una tienda de ropa y tenía estabilidad, pero al cabo de unos años se dio cuenta de que no estaba contenta con su vida. “Sentí que me estaba estancando y que necesitaba un cambio. Estuve a punto de irme a Mozambique, pero acabé en Bilbao”, resume en una frase, como si no hubieran 12.000 kilómetros de distancia entre ambos destinos. “Tenía algunos conocidos que me convencieron de venir a Euskadi. ‘Si luchas y trabajas, tendrás buenas oportunidades’, me dijeron. Vine a visitar Bilbao y me encantó. Me pareció una ciudad muy acogedora y compacta”, recuerda.

La barrera de las cuadrillas

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. “Me costó mucho adaptarme”, reconoce. “No es solo por haber tenido trabajos precarios al principio, sino por el fenómeno de las cuadrillas. Es difícil integrarse cuando llegas de adulto y no tienes amigos o referencias. La parte positiva es que algunos rasgos de los vascos, como el valor de la palabra, la seriedad o la cercanía, son muy similares a los nuestros. Si alguien te dice que vendrá a las diez de la mañana, o que estará para echarte una mano, ten por seguro que así será”, dice a modo de ejemplo.

“Antes de montar mi propia tienda de ropa, que tiene un espacio cultural para exposiciones y una zona de bookcrossing, trabajé para un señor vasco que me dijo: ‘Estate atenta y ten cuidado, que eres la primera inmigrante que contrato’. Puede sonar un poco duro, pero lo cierto es que él me ayudó muchísimo en el plano laboral. También está en uno demostrar que no eres un bicho raro y que quieres hacer las cosas bien. Bilbao es una ciudad demasiado pequeña como para ser mala persona. Todo el mundo se conoce y todo se sabe”, señala.

Tras ocho años viviendo en Euskadi, Veronika tiene claro que ha encontrado su lugar en el mundo. “He conseguido montar mi tienda, participo en asociaciones de países rusoparlantes, me apunto a todas las iniciativas de integración cultural. Aquí conocí a mi pareja, tengo una cuadrilla y, si es por tener, hasta tengo una hipoteca –enumera entre risas–. Honestamente, me encanta el País Vasco y me encuentro muy cómoda aquí. Madrid es una ciudad muy impersonal; allí me sentía sola. Bilbao, en cambio, tiene el tamaño perfecto. Aquí tengo mis rincones favoritos y me siento en casa. Como se suele decir, los bilbaínos nacemos donde queremos. Yo nací en Minsk, pero me siento más de aquí que de cualquier otro sitio”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

436 | Claudia

Seis meses en Barcelona alcanzaron para que Claudia Chackelson supiera que iba a volver. Había venido desde Uruguay para cursar un semestre de su carrera –Ingeniería Industrial– y la ciudad le gustó tanto que, cuando terminó ese periodo, se marchó pensando en cómo regresar. “Fue una experiencia muy buena. Me enamoré de la ciudad y del país. Cuando volví a Montevideo, solo me faltaba el proyecto final para graduarme, así que me puse a buscar opciones para hacer un posgrado aquí”.

Buscaba becas de estudio y tenía un máster en mente, algo que durara un año y le permitiera especializarse en logística, pero la oportunidad se le presentó en forma de doctorado. “Había un convenio entre mi facultad y Tecnun, la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Navarra. Me ofrecieron venir al departamento de Organización Industrial. La duración no era de un año, sino de cuatro, y la ciudad no era Barcelona, sino San Sebastián, pero a mí me pareció estupendo. ‘Están cerca’, pensé”, dice riéndose de sí misma.

“Llegué en 2009 y la verdad es que vine con la mente abierta a lo que pudiera ocurrir, incluso a quedarme. Si te marchas a un lugar sabiendo que tienes cuatro años por delante, debes ser consciente de que eso puede pasar”, sostiene. Y pasó, solo que de un modo muy distinto al que ella había imaginado. Cuando decidió venir a Euskadi y dedicar todo su tiempo a la ingeniería, no contempló la posibilidad de enamorarse y, mucho menos, de cambiar de profesión. Ambas cosas sucedieron.

“A José, mi marido, lo conocí nada más llegar. Es más, él fue la primera persona que conocí en San Sebastián. Trabajaba en la universidad y, como yo venía sola con un montón de maletas, le pidieron que fuera a recogerme al aeropuerto. Siempre dice que fue el peor día de su vida, pero aquí estamos”, bromea Claudia, que acabó casándose con él unos años después. “La boda estuvo muy bien y fue muy divertida porque José tampoco es vasco, así que vino gente de todos lados”. Divertida y emotiva porque la celebraron en Orio, en el mismo restaurante donde salieron juntos por primera vez.

El cambio profesional llegó de una manera más sutil, como un hobbie. “La universidad ocupaba todo mi tiempo, pero un día comencé a leer libros sobre gestión personal de finanzas. Empecé por lo típico: ‘Padre rico, padre pobre‘, ‘Secretos de la mente millonaria’, cosas así. Compraba los audiolibros y los iba escuchando en el autobús, de camino a la universidad, o mientas hacía deporte. De esa manera, optimizaba el tiempo y hacía algo que me resultaba divertido. Me gustan más los libros de economía que las novelas”.

La psicología del dinero

A medida que avanzaba en sus lecturas, Claudia fue centrando su interés en “la psicología del dinero, esta creencia tan extendida de que es malo y que se refleja en frases como que el dinero no da la felicidad. La realidad es que el dinero es un vehículo que usa todo el mundo, pero que nadie nos enseña a usar. Es parte de la vida cotidiana, tiene una enorme incidencia en muchos aspectos presentes y futuros y, pese a ello, delegamos su gestión. Dejamos que el banco nos diga qué hacer porque confiamos, pero no sabemos distinguir si un producto es bueno o malo”, observa.

Este asunto le pareció tan interesante que decidió investigar más, formarse en Inglaterra y Alemania con expertos en finanzas personales y, finalmente, dar el salto a este campo. “Me atrapó tanto que dejé la ingeniería”, dice Claudia que, a día de hoy, ha constituido una empresa en la que ofrece formación y asesoría financiera. “El dinero tiene tres fases: ingresar, mantener y hacer crecer –explica, en un intento de síntesis–. Hay personas que son muy buenas ingresando, que ganan mucho, pero no saben mantener o ahorrar lo que han ganado. Y hay personas que saben mantener, pero no saben cómo hacer crecer sus ahorros”.

“Mi trabajo consiste en mejorar esas situaciones”, añade Claudia, que además de los cursos ha escrito un libro sobre planificación de finanzas personales. “Podría hablar sobre esto durante horas, pero hay dos cuestiones que me parecen fundamentales. La primera, que es imprescindible aprender a ocuparse uno mismo de sus ahorros. Las noticias muestran con claridad que el sistema de pensiones actual no es sostenible. La segunda, que hacer crecer el dinero es un tema de creatividad. A menudo pensamos ‘esto es lo que hay’ y nos conformamos, sin tener en cuenta que con muy poco se puede hacer mucho. Hace falta disciplina y constancia, eso sí, como cuando te preparas para correr una maratón. Puedes hacer cosas increíbles, pero necesitas tiempo para evitar lesiones”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

433 | Iberka

Las experiencias personales condicionan muchas decisiones. Incluso pueden afinar una vocación presente desde la infancia hasta convertirla en un trabajo y un modo de ver la vida; en algo un poco distinto a lo que se soñaba en la niñez, pero no por ello menos gratificante. Esto fue lo que le pasó a Iberka Francés, una joven dominicana que llegó a Bilbao en 1991, cuando tenía cuatro años de edad, y que recuerda los primeros tiempos en Euskadi como una prueba de adaptación permanente.

“Yo era pequeña cuando vine, pero recuerdo muchas cosas”, dice con una voz muy dulce, casi aniñada, y un marcado acento local. Nadie diría, solo con oírla, que es una mujer independiente y emprendedora, o que nació en Puerto Plata, una provincia norteña de República Dominicana. “Estoy un poco nerviosa”, dice al comienzo de la entrevista, con un punto de timidez.

Hija de un matrimonio mixto –madre caribeña y padre vasco–, Iberka relata que la decisión de sus padres de trasladarse a Bilbao le cambió por completo la vida. “Todo era diferente, empezando por la escuela. Mis padres me apuntaron al Modelo D, con las asignaturas en euskera, así que al principio me costó. También fue difícil la adaptación con mis compañeros. Cuando yo vine, no había tantos extranjeros. No era habitual tener compañeros de otros países o con la piel de otro color, así que cada tanto surgía algún comentario, en plan ‘tú eres más negrita, ¿no?’ y cosas por el estilo”, recuerda.

“Uno puede pensar que, cuando acaba la novedad, las cosas se normalizan. Pero no siempre es así. En mi caso, pasaban los años y seguían sin venir otros niños de fuera, así que crecí siendo ‘la distinta’. En parte, es comprensible. Cuando ves algo que se sale de lo común, te llama la atención. Sin embargo, yo a veces pensaba ‘¿no se cansan, todavía con lo mismo, esto continúa?’. Digamos que me tocó hacer toda la etapa, todo el recorrido, hasta los doce años más o menos. En ese momento, comencé a notar que mis compañeros hablaban más conmigo, que me tenían confianza y compartían sus vivencias”.

Proyectos y realidades

El colegio, más que la ciudad, moldeó el carácter de Iberka. Todavía era una niña, pero descubrió que se le daba bien escuchar a los demás, que le interesaba ayudar a los otros. “Me dije que, cuando tuviera edad para ir a la universidad, iba a estudiar Psicología”. Pero ese sueño –que aún mantiene– no se concretó. “Sucedieron dos cosas determinantes. La primera, que mi aita falleció cuando yo tenía catorce años. Eso alteró todo. Mi madre se encontró de pronto sola, conmigo y con mi hermano pequeño, y tuvo que afrontar esa situación como pudo, sacando coraje y tratando de no venirse abajo”.

Lo otro que ocurrió, cinco años después, es que Iberka se quedó embarazada. “Era muy joven, tenía diecinueve años, pero decidí seguir adelante. Esa fue mi decisión y, por suerte, mi madre me apoyó muchísimo. No fui a la universidad, pero soy madre de un niño de siete años y seguí formándome con todo lo relacionado con el bienestar de las personas. Aprendí a hacer masajes deportivos y terapéuticos, técnicas de osteopatía, yoga, relajación… y me especialicé en escuchar a los demás. No importa de dónde seamos o qué edad tengamos, todos necesitamos que nos mimen un poco”, sostiene.

Hace cuatro años, Iberka inauguró su propio spa en Bilbao. Es un centro donde, además de los tratamientos estéticos y las propuestas habituales de bienestar, brinda cursos de yoga para niños. El planteamiento sorprende, ya que a priori cuesta pensar en un grupo de pequeños relajados, obedientes y en silencio. “No lo puedes imaginar como una clase al uso de yoga para adultos porque el enfoque es distinto”, apunta ella con una sonrisa. “Así y todo, te puedes llegar a sorprender”, añade.

“Es fundamental jugar con los niños. Ellos quieren atención, jugar, que estés con ellos. A través del juego puedes enseñarles a relajarse y a explicar cómo se sienten. Muchos arrebatos, muchos berrinches infantiles, se producen porque no saben contar lo que les pasa. Cuando aprenden a expresar lo que les pasa, lo que les preocupa, lo que les entristece, se relajan un montón. Creo que eso es súper importante, para los niños y los adultos. A mí me hubiese gustado aprender antes, de pequeña, a explicar mis sentimientos. Me tocó aprenderlo de adulta. Me ha servido y lo comparto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América Central Ellas