La permanence: por qué deberías ver este documental de Alice Diop

El escenario es un modesto consultorio de unos 10 metros cuadrados, ubicado al final de un pasillo perdido de un hospital público francés. Allí se atiende a personas en situación de exclusión social y a inmigrantes sin papeles, solicitantes de asilo y refugio. O dicho de otro modo: a personas que, además de enfermas, están rotas anímicamente.

La directora francosenegalesa Alice Diop asistió a esa consulta durante un año y grabó las entrevistas médicas con los pacientes. A través de ellas conocemos de primera mano la vulnerabilidad y la precariedad vital de quien acude y el compromiso ético y la generosidad de quien atiende. La permanence (2016) muestra las consecuencias que ciertas decisiones en materia de sanidad tienen sobre las personas migrantes. También es un ejemplo de militancia política ante la indiferencia moral que asola a los Gobiernos europeos.

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

Todo sucede en la pequeña y desvencijada sala del servicio de guardia del hospital Avicenne de Bobigny, en la periferia de París. Allí un médico generalista algo políglota —Jean-Pierre Geeraert— y una psiquiatra pasan consulta. Frente a su mesa, se ve una puerta que da a una oficina donde una trabajadora social resuelve el papeleo administrativo. Fuera, en la sala de espera, esperan su turno personas refugiadas, con la petición de asilo pendiente o migrantes sin cobertura médica. Es uno de los pocos sitios donde los pacientes reciben una atención profesional y gratuita por parte del Estado, así que muchos han viajado incluso desde otras ciudades de Francia.

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Fotograma de La permanence, tomado de la web Directors Notes.

Lo menos terrible de todo cuanto sucede en esa minúscula habitación, por increíble que parezca, es el diagnóstico de las enfermedades. Casi siempre, una conjuntivitis, una diabetes o una fractura mal curada suelen esconder un dolor mucho más profundo: la ausencia de noticias de la familia. No hay angustia más grande que haber huido de tu país —Sri Lanka, Guinea Conakry, Pakistán, Bangladesh, Sudáfrica…— con lo puesto, verte solo en Francia durmiendo en la calle y, encima, no saber si los tuyos están bien. Así, lo habitual es tener problemas para dormir, sentir que la cabeza te va a explotar o padecer una crisis de ansiedad aguda. Es difícil sentir mayor sensación de extravío o desamparo que en el exilio forzado.

Bueno, sí que es posible… Es posible cuando, a esa situación de precariedad vital, hay que sumarle las barreras administrativas existentes. Todo trámite para un migrante, por definición, es largo, confuso y no pocas veces arbitrario. La permanence aporta una detalle clave para entenderlo: la Administración francesa se comunica por correo postal, y sin embargo muchas de las personas afectadas por esos trámites duermen en un parque o en la calle. Por tanto, al dolor del exilio deben sumar el de la indigencia y el de la indiferencia administrativa.

Es más, aún les queda un cuarto drama con el que lidiar: la incomunicación. La mayoría de las personas que acuden a la consulta no hablan bien francés (o hablan un inglés tan limitado como el del médico que los atiende…). Por tanto, no pueden poner en palabras lo que les sucede, lo que sienten, lo que necesitan. Sin embargo, valoran ese rato de charla casi tanto como una radiografía o un analgésico: necesitan salir de su soledad y encontrar un espacio no hostil donde alguien los llame por su nombre y, al menos como enfermos, les haga recobrar su dignidad.

El médico y su compromiso político frente a los recortes

A medida que avanza el documental, la figura del doctor Geeraert se convierte en un icono del compromiso con el código deontológico. Sin perder nunca la distancia ni la sobriedad, este médico prescribe ansiolíticos, redacta certificados, aconseja sobre trámites administrativos y escucha historias brutales sobre quemaduras, cárceles o palizas a golpe de fusil. A la par, y sin perder su tono sobrio y profesional, pregunta por la familia o por la situación personal, y busca ahí un resquicio por donde transmitir una pizca de esperanza, consciente de que, más que una pastilla, la persona que tiene enfrente necesita un asidero para resistir y agarrarse a la vida. «Me siento raro al recetar antidepresivos en estas situaciones. Uno se pregunta para qué sirve eso. No es sino la expresión de nuestra impotencia», dice en un momento de la película.

Una impotencia que es medible de muchas maneras. Quizá las más llamativas sean dos: la ausencia de medios tecnológicos para una atención primaria y la falta incluso, en un momento dado, de papel para las recetas. La permanence nos habla de las trampas que hace el Sistema: por un lado, la ley obliga a los hospitales públicos a abrir una consulta gratuita como la del Geeraert; por otro, el hospital se escuda en las restricciones presupuestarias para no abrirlas o impedir que esas personas reciban una atención sanitaria digna.

De hecho, según explicó Alice Diop en la charla posterior a la proyección en la Cineteca (Madrid), estas consultas se colocan en los lugares más sórdidos y menos acogedores de que disponen los hospitales. Es como si todo quisiera indicarle a quienes usan estos servicios que están de más, que sobran, que la sociedad no los quiere. Que les están haciendo un favor. Según Diop, estas consultas permanecen abiertas porque existe una generación de médicos comprometidos políticamente que, con su trabajo y esfuerzo, cubren las huecos que deja —a veces a propósito— el Estado. En otras palabras: porque existe un compromiso ético personal, no porque existan políticas estatales.

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La directora, Alice Diop, en la Cineteca, durante el coloquio posterior a la proyección.

El respeto (o la importancia de ponerse en la piel del otro)

En el coloquio, Alice Diop puso especial énfasis en que hacer periodismo o documentalismo sobre las personas migrantes debe tener un límite claro: el respeto por el otro. Por desgracia, ese es un valor que vende poco en estos tiempos donde lo que se premia es el voyerismo o la pornografía, según dijo. En La permanence, el respeto es palpable a través de lo que se muestra (y lo que no) en cámara, o del ángulo elegido a la hora de enfocar (y, por tanto, de contar). A esa consulta acuden, por ejemplo, mujeres que tienen quemaduras de ácido en la cara o en la espalda causadas por sus parejas, y sin embargo no vemos su rostro.

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Fotograma de La Permanence, tomado de la web Directors Notes.

Otra manera de medir el respeto es el tiempo que se dedica a entender un problema antes de sentarse a escribir, fotografiar o montar una película. Alice Diop pasó un año yendo a esa consulta —todos los viernes— para comprender la profundidad de lo que allí sucedía. Primero, acudió como oyente; luego, a los 4 meses, empezó a grabar audios y a transcribir las entrevistas médicas; a los 8 meses, hizo algunas fotografías y, por último, pasado el año, comenzó a grabar en vídeo. Así supo como generar un clima de intimidad y colocar una cámara no intrusiva.

Ryszard Kapuscinski dejó escrito que las personas son «la materia más delicada de este mundo» a la hora de escribir y que conviene tenerlo en cuenta por dos razones. Una: porque «con lo que escribimos podemos destruirles la vida»; y dos: porque hablamos de «gente que carece de recursos para defenderse, que no puede hacer nada». Consciente de ello, Alice Diop vela por la integridad y la imagen de quienes salen en su documental y apuesta por un cine ético, alejado por completo de la trituradora mediática que tan bien sabe explotar las aristas sórdidas de cualquier vida.

Es más: La permanence es un cine que humaniza a esas personas que otros criminalizan, marginan y humillan. De hecho, lo más político del documental es, según la propia directora, cómo el doctor Geeraert llama a los pacientes por su nombre y escucha su historia, es decir, su inquebrantable voluntad de tratarlos como las personas que son. Que estén en una situación de precariedad vital extrema o que casi nadie quiera ocuparse de ellos no los convierte en menos personas que otras. Al contrario, como dijo Alice Diop, La permanence no es un documental sobre seres derrotados, sino sobre héroes y heroínas que han salvado muchos obstáculos hasta llegar a esa consulta.

P.D.: si habláis francés, esta entrevista con Alice Diop y esta reseña sobre La permanence pueden seros útiles. Aquí, una reseña en español.

Alice Diop estrenó el documental en el 38.º Festival Cinéma du Réel y fue producido por Athénaïse y coproducido por el canal Arte France
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Gurumbé, las raíces negras de España

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

@estoy_que_trino / @lauracaorsi

La música puede cantar lo que no cuentan las enciclopedias; aquello que, por alguna razón, decidimos olvidar a la hora de construir el relato oficial de quiénes somos y de qué influencias nos hemos nutrido. Algo que deja claro Gurumbé, el documental de Miguel Ángel Rosales, es que España tiene raíces negras y que, por mucho que hayamos querido ocultarlas, esas raíces pueden rastrearse a través de la documentación histórica y el flamenco. Las claves de este trabajo –así, a vuela teclado–, podemos resumirlas en tres: los negros curros que llegaron a La Habana como hombres libres en el siglo XVI, el compás de 12 tiempos como el legado africano que nunca dejó de latir en el cancionero de España y el intenso trabajo académico de varios especialistas —Aurelia Martín Casares, Isidoro Moreno o Arturo Morgado, entre otros— sobre la compraventa de esclavos en Cádiz y Sevilla.

gurumbe-aficheMientras uno ve el documental, hay una pregunta que no para de rondarle: ¿cuándo me contaron en el colegio o en el instituto esta parte de la historia de España? Y la respuesta, como con otras partes poco vistosas de nuestro pasado, es que nunca. En nuestro relato oficial, los esclavistas eran otros: Francia, Inglaterra, Portugal… Y la esclavitud ocurría muy lejos: al otro lado del Atlántico. Sin embargo, Cádiz y Sevilla florecieron gracias al comercio y la permanencia de esclavos africanos (unos esclavos a los que, como corresponde a la época, consideramos como seres inferiores y maltratamos). Gurumbé nos hace pensar sobre esas herencias que no reconocemos ni aceptamos, pese a que forman parte de lo que somos. El esclavismo y la cultura ligada a él es una de ellas.

Además de un legado judío y uno árabe, Gurumbé nos pide que hagamos sitio para otro más: el negro. Al fin y al cabo, la población esclava de Sevilla y Cádiz llegó a representar un 10 % del total en los siglos XVII y XVIII.

Dos curiosidades para la charla en el bar: la posibilidajuan_pareja_diego_velazquezd de que la palabra fandango sea africana. Al parerecer, fandan significa ‘fiesta’ en kikongo, una de las lenguas bantúes, y el sufijo -ngo es una típica terminación africana. No es por casualidad que el diccionario de autoridades de 1732 se refiera a él como un ritmo bullicioso que se toca al compás de los tambores de los indianos.

La otra es que Velázquez tuvo por ayudante a un esclavo llamado Juan de Pareja, muy conocido por dos motivos: el primero, ser el protagonista del lienzo Retrato de Juan de Pareja; el segundo, una vez que Velázquez lo liberó en 1654, Pareja ejerció como pintor profesional. De hecho, un cuadro suyo, La vocación de San Mateo, se exhibe hoy en el Museo del Prado.

A modo de complemento, y mientras te haces un hueco para ver el documental, te enlazamos un par de reseñas: «La raíz negra (y esclava) de Andalucía», publicada por eldiario.es, y «Gurumbé, las raíces negras de España llegan a la Cineteca de Madrid», publicada por Wiriko. El tráiler es este:

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