Alexis García Pérez: «El humor es la clave de ‘Qué se nos perdió en Cuba’»

El pasado 29 de enero, en la sala Manuel Falla de la SGAE, se presentó Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje escrito y dirigido por Alexis García Pérez de Medina que aborda de un modo peculiar las migraciones y el encuentro de distintas culturas. El corto, que se rodó hace tres años en Barcelona, ha sido seleccionado en festivales como Todos somos otros, que hace foco en la diversidad social, y se podrá ver en la X Jornada de la cultura cubana en Albacete, que tendrá lugar en junio de este año. Después de asistir al pase en Madrid, conversamos con Alexis sobre su propuesta, donde no faltan ni la humildad ni el sentido del humor.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Todo empezó en un bar de Barcelona. Allí estaba Alexis, hojeando el periódico mientras desayunaba, cuando una noticia le llamó la atención: Cuba, su país, es uno de los destinos preferidos por los españoles para emigrar cuando se jubilan. «Ahora no recuerdo si estaba en el tercer o en el quinto lugar, pero sí que estaba entre los primeros —dice—. Poco después, hablando con mi padre por teléfono, se lo comenté. Él sigue viviendo en Cuba y me confirmó que era así. Es más, me contó que conocía a una pareja de malagueños que se habían ido para allá en ese plan».

Así fue la génesis de Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje que se rodó hace tres años en Sitges y que muestra el anverso de las migraciones a las que estamos acostumbrados en Europa: en esta historia, quien deja su tierra en busca de un futuro mejor al otro lado del Atlántico es una familia de Barcelona.

El humor como herramienta

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El cortometraje muestra a una pareja de mediana edad que, apremiada por la crisis económica, decide emigrar a Cuba con sus dos hijos. El abuelo de los chicos se queda en Barcelona, de modo que, ya desde el comienzo, se plantea una situación bien conocida por las personas que migran: la separación de la familia. Sin embargo, el guion no se detiene en el aspecto dramático del asunto, sino que deriva hacia situaciones más pintorescas y divertidas, casi todas surgidas del encuentro entre ambas culturas.

«Yo quería plasmar lo que me enseñaron cuando estudié Dirección de Cine; que hay que tener verdad en las cosas que contamos —explica Alexis—. Muchos hemos emigrado y sabemos lo que es estar lejos; sabemos que hay mucho dolor por la distancia con los familiares. Está bien mostrar eso, pero creo que para contar la verdad hay que hacerlo también con humor. Por eso he planteado el corto de una manera más divertida», sostiene.

De coches, abuelos y Navidades en Cuba

La herramienta del humor también ha sido indispensable para sacar adelante el trabajo y no venirse abajo en los momentos más duros. «El mundo del corto es complicado. Hay que involucrar a mucha gente para llevar un proyecto hasta el final», reconoce Alexis, que se dejó más de un sueldo (y más de dos) en rodar esta historia como quería. «Bueno…, a mí también me gusta complicarme la vida —admite entre risas—. En este caso, fueron cuatro localizaciones en tres días, hubo dos exteriores y un coche antiguo», un Buick azul del 42 en cuyo alquiler invirtió el equivalente a un mes de salario.

El coche podría haber sido otro, sin duda, pero él estaba empeñado en que fuera ese por una razón en particular: su abuelo tenía uno igual. «Yo quería usar un coche como suyo. Incluso le pusimos la misma matrícula», dice. La elección, más que un fetiche, era un pequeño homenaje: «Mi abuelo era gallego y tenía un proverbio para todo. Como buen gallego, te hacía un negocio de la nada; bueno o malo, pero lo hacía. Él trabajó mucho durante toda su vida porque quería garantizarnos un futuro», recuerda Alexis, cuyo vínculo con España le viene por las dos ramas de su familia.

«Yo tenía este abuelo gallego; el otro era de Canarias. Ambos estaban casados con mujeres cubanas y una de ellas, una de mis abuelas, era negra. En este momento falta gente en la familia y yo vivo lejos, pero las reuniones en Navidad eran brutales, ¡la mezcla de acentos era muy divertida!», cuenta Alexis. Para él, que es fruto de un mix cultural y que además ha tenido su propia experiencia migratoria, resulta sencillo, casi natural, mostrar en su cortometraje las diferencias y complicidades que existen entre las distintas culturas.

Rodar un corto: un proyecto de largo recorrido

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El cortometraje se grabó en Sitges, en los terrenos de una empresa cementera. «Costó mucho convencer al dueño de que nos dejara rodar allí. No quería saber de nada, pero yo soy muy insistente —relata con gracia—. La verdad es que, cuando le mencioné el título completo, él se interesó y me dijo: “siéntate y explícamelo otra vez”. Nunca supe cuál era su relación con Cuba, pero está claro que tiene algún vínculo, algo que le despierta simpatía».

De las muchas dificultades que hubo, Alexis recuerda lo complicado que fue ambientar Cuba en Barcelona. «Cuando no pasaba un tren, aparecía una pareja de domingueros con el perro o había un cartel en catalán que nos delataba… Y después, cuando rodamos en el Paseo de Colón, tuvimos incluso que esconder la cámara. En cuanto la gente ve que estás grabando, ya piensa que está Penélope Cruz y mira, busca…».

Además de los actores y las actrices, hubo dos colaboraciones fundamentales para recrear Cuba en la costa mediterránea. La primera fue la del compositor madrileño Gonzalo García Santos, quien hizo la música y «consiguió que el corto sonara a Cuba», a ese lugar tan particular donde, como dice Alexis, «se mezclan la magia y la realidad, el más allá y el más acá».

La otra colaboración fue, precisamente, la de «una santera de verdad, una mujer que nos ayudó mucho con la escena de espiritismo», cuenta él. Esa escena, graciosa, genuina y también larga, no deja a nadie indiferente. «La escena es larga, es verdad, ya me lo han dicho. Tiene críticos y adeptos, pero es el factor diferencial del corto porque tiene un punto documental. Todo lo otro es más habitual, pero esa escena no. Ahí se muestra una parte muy genuina de mi país».

Y es que, como dice Alexis, «Cuba es un lugar muy especial donde se distingue perfectamente el espiritismo de la santería». Para explicar la diferencia entre ambas, hace un resumen muy claro: «El espiritismo es blanco, es renovarse y limpiar el espíritu. La santería es para pedir cosas; es más un rollo de “traeme tres palomas y las sacrificamos”».

Reparto: Joel Angelino, Marieta Sánchez, Antonio del Valle, Gal Soler, Gala Barroso, Albert Green y Margarita Ponce.

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Casa en tierra ajena: el derecho a no tener que migrar

El documental costarricense Casa en tierra ajena (UCR, 2017) defiende un derecho del que apenas se habla en los medios: el derecho a no migrar. Es decir: el de que una persona no sea vea obligada a hacerlo, algo que le viene sucediendo a decenas de miles de personas en Centroamérica en la última década. Las guerras civiles pasadas, los gobiernos corruptos, la connivencia de las multinacionales con las élites locales para explotar los recursos naturales o la violencia de las maras son cuatro razones estructurales que explican por qué migran tantas personas rumbo a Estados Unidos o Europa. A su paso por Bilbao para presentar el documental en la Universidad del País Vasco, Santiago Martínez Artavia, director de fotografía, se hizo un hueco para hablar con Un puerto que cambia.

Por Mayté Guzmán Mariscal

El recrudecimiento de las políticas para controlar la migración no es algo reciente. Tampoco lo son los peligros que acechan a las personas que transitan por territorio mexicano rumbo a los Estados Unidos. Sin embargo, las autoridades permanecen ajenas a la seguridad de las personas migrantes: no existen mecanismos formales para documentar las desapariciones, las violaciones de derechos o las muertes de muchas de ellas. Sensibilizar sobre esta realidad y hacer visible esta circunstancia fue lo que inspiró Casa en tierra ajena (Universidad de Costa Rica, 2017), dirigido por Ivannia Villalobos.

Este documental está basado en el libro No más muros, migración forzada en Centroamérica (Editorial UCR, 2015), de Carlos Sandoval, un investigador costarricense con una dilatada trayectoria en el asunto. La cinta fue coproducida por la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Universidad de Costa Rica, y financiada a través de fondos del Consejo Nacional de Rectores. Desde que se ideó hasta que se ejecutó, el proyecto necesitó tres años, y obligó al equipo de rodaje a recorrer unos 4200 kilómetros por Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y México.

Como explica su directora en el siguiente vídeo, se trata de un documental en abierto cuyo objetivo es generar todo el debate posible sobre lo que está sucediendo en Centroamérica. Para ello, no solo recogen testimonios de quienes migran hacia Estados Unidos, sino de quienes se quedan luchando en sus territorios contra el despojo de las multinacionales empresas, soportando la violencia de las maras o el abandono al que se sienten sometidos por sus gobiernos.


Entrevista con Santiago Martínez Artavia | director de fotografía

A su paso por Bilbao para presentar el documental en la UPV, el director de fotografía de Casa en tierra ajena conversó con nosotros acerca de esta interesante propuesta.

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¿Ha tenido algún impacto a nivel de políticas públicas la difusión del libro en que basan el documental, así como el documental mismo?
El libro se ha movido mucho en las ONG y en los espacios académicos, incluso ha llegado a instituciones como la Organización Internacional para las Migraciones. Respecto al documental, las universidades públicas lo han declarado de interés interinstitucional, se ha subido a la plataforma de todas las universidades públicas latinoamericanas, hemos estado en el País Vasco, y ahora iniciaremos una gira latinoamericana. Un ejemplo concreto del impacto es que en Guanacaste, provincia fronteriza con Nicaragua, después de que el Consejo Municipal vio la película, votaron a favor para que la municipalidad cediera un terreno para construir un albergue para migrantes.

¿Qué se esperaba del documental?
No estábamos muy seguros del resultado, pues en la oficina de audiovisual de la UNED es la primera vez que hacemos un documental de esas características. La expectativa más importante era la sensibilización a todos los espectadores del documental, y creo que lo logramos al cien por cien. También lograr un documental de nivel profesional y con profundidad temática, algo que también conseguimos.

¿Ha habido algún seguimiento por parte de la producción de las personas que aparecen en el documental y que estaban en tránsito?
El documental cuenta con una página en Facebook y una web, y ahí seguimos en contacto con algunas personas. También estamos en constante comunicación con las personas que dirigen las casas de migrantes. Con las personas inmigrantes es difícil porque no siempre pueden decir dónde están, el poco seguimiento es lo que hacemos a través de las redes. Hace poco estuvimos en México en la Casa de Migrantes para ver el documental y algunos incluso volvieron a la casa y pudieron verse.

¿Qué ha sido lo más difícil para ti, como fotógrafo, al momento de filmar el documental?
Una de las cosas más difíciles fue  tener tan poco tiempo. La película se filmó en una gira de 10 días por Honduras y El Salvador, y en otra gira de 15 días por Guatemala y México. El resto del material se grabó en Costa Rica. También fue difícil, al menos para mí, entrevistar a estas personas, grabar su testimonio y saber que yo volvería a Costa Rica, mientras ellos se tenían que quedar allí.

¿Fueron difíciles las gestiones para entrar a los centros de detención de inmigrantes del INM, en México?
Sí, estuvimos a punto de no poder entrar; es casi imposible. Fue gracias a los abogados de la Casa de Migrantes en Saltillo; ellos, con su insistencia y sus contactos, lograron que después de varios días de gestiones pudiéramos entrar.

¿Qué otros proyectos tienes en mente?
Este proyecto se planteó como un plan piloto al Consejo Nacional de Rectores para poder elegir otras investigaciones y, a partir de ellas, hacer documentales al nivel de profundidad de Casa en tierra ajena.

¿Has participado en otros proyectos sociales?
En audiovisuales de la UNED, donde trabajo, la mayoría de los trabajos son de corte social y hemos hecho proyectos sobre ecología. También con Ivanna, la directora de Casa en tierra ajena, hicimos la miniserie Mujeres que luchan que tuvo una mención en el reciente festival de Cine Invisible de Bilbao.


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‘Marina’: una historia para reactivar la memoria de las migraciones

En el filme Marina (2013), el director belga Stijn Coninx expone la percepción social de los inmigrantes como un colectivo que es utilizado de manera sistemática para sostener el mercado laboral. Indispensables, pero fácilmente prescindibles. Y aunque en la vida real existen políticas públicas que intentan contrarrestar esta lógica, lo cierto es que la visión utilitarista del otro continúa siendo un estigma al que se enfrentan muchas personas extranjeras. La película de Coninx nos muestra que esta historia no es nueva.

Por Mayté Guzmán Mariscal

La película narra la vida del cantante Rocco Granata, cuya familia de origen calabrés emigró durante la posguerra en busca de un mejor porvenir en las minas de carbón de Bélgica.

Salvatore, el padre de Rocco, es fraguador, pero también toca el acordeón. Es él quien despierta en su hijo el amor por la música desde pequeño. Al emigrar, y una vez instalado en Bélgica, trabaja para conseguir que su familia se reúna con él. Sin embargo, cuando su esposa e hijos arriban, comienzan las dudas acerca de si la estancia familiar se prolongará más allá de los tres años inicialmente previstos.

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En medio de la disyuntiva, Rocco le hace prometer a su padre que le regalará un acordeón. Salvatore accede con la condición de que la música represente solo un pasatiempo para su hijo, sin que se interponga en sus estudios. Además, Salvatore promete a su esposa y al propio Rocco que su hijo no trabajará en las minas de carbón nunca, como era habitual entre los hijos de los mineros.

Planes de los padres, decisiones de los hijos

Rocco crece y, un día, no lo reciben más en la escuela porque se supone que debe trabajar en la mina. Pese a ello, él se empeña en tocar el acordeón e intenta vivir de hacer música, porque es lo que le gusta. Es su sueño. La inquietud por el acordeón lo motiva a conseguir un mejor instrumento para participar en un concurso de música en el que resulta ganador. Este es el trampolín que lo impulsa a formar un grupo y crecer poco a poco, hasta grabar su primer disco.

En medio de esta historia, no podía faltar el toque romántico, pues a Rocco lo acompaña el amor de su infancia, Helena, una niña de origen belga. En este personaje se representan muy bien las barreras que pueden suponer los distintos orígenes a la hora de construir una relación de pareja. A ellos se suma la resistencia de Salvatore, quien ve tambalearse el futuro de su familia sin la aparente estabilidad económica de su hijo. Rocco defiende su sueño y pide un voto de confianza que su madre le otorga, pero su padre le niega.

Un accidente en la mina deja incapacitado a Salvatore y, después de diez años de faena ininterrumpida, la minera decide prescindir de él con una mísera indemnización. Para entonces, la música de Rocco ya ha traspasado las fronteras y es invitado a presentar su disco en el Carnegie Hall de Nueva York, donde vuelve a coincidir con Helena, cuya familia la había enviado a estudiar a Estados Unidos.

Rocco dedica su concierto en el Carnegie Hall a su padre, a quien agradece y reconoce su total admiración y respeto por él. Mientras le escucha en la radio, acompañado de su esposa y su hija, Salvatore se reconcilia en la lejanía con su hijo.

Marina es una de esas historias que nos permite reactivar la memoria de las migraciones, y recordarnos que todas las personas hemos sido migrantes en algún momento de nuestras vidas, o lo somos potencialmente. Poner en valor estas experiencias nos ayuda a mirar el presente en clave de proceso para no cometer los mismos errores que antaño.


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‘Sushi a la mexicana’: fusión de culturas en las cocinas invisibles de EE.UU.

Sushi a la mexicana (2014) es una película sin mayores pretensiones cinematográficas donde la cocina es el punto de encuentro entre dos culturas, y desde la que se perfila una historia sencilla, sustanciosa, que nos habla del aprendizaje, de la importancia de las decisiones, de la tenacidad, de la familia y de la confianza de las personas en sí mismas. Al igual que en el filme Peur de rien, nos encontramos con una protagonista cuya personalidad resolutiva intenta poner en positivo el carácter de las mujeres inmigrantes en circunstancias adversas.

Por Mayté Guzmán Mariscal

Sushi a la mexicana, dirigida por Anthony Lucero, también se convierte en una sutil crítica al rol que se le asigna a los inmigrantes, quienes quedan invisibilizados en las cocinas de los mejores restaurantes de Estados Unidos, aunque son ellos el motor que los hace lucir bien. Juana Martínez, la protagonista de este filme,  está convencida de que no quiere estar más detrás y, con su tenacidad, lo consigue.

En Sushi a la mexicana hay un mensaje claro y sencillo sobre la voluntad. También es una invitación sutil a no conformarse. El cine se ha encargado a menudo de revictimizar a la mujer que es madre soltera y por ello acaba cediendo a la necesidad para hacer lo que sea por sus hijos, con una vida atravesada por el sufrimiento y la renuncia. Juana Martínez es inmigrante en los Estados Unidos, también es madre soltera y, junto a su padre, hace frente a las necesidades de la familia sin dejar de lado su avidez de aprender.

Tras haber trabajado como cocinera en distintos restaurantes de comida mexicana, vendedora de fruta en un carro ambulante, limpiadora de un gimnasio, empleada en un autolavado, Juana ve una oportunidad en un anuncio afuera del restaurante japonés Osaka. Aunque tiene amplia experiencia en cocina internacional, nunca había trabajado en un restaurante japonés, sin embargo, su actitud decidida le abre la puerta a la primera vez.

Barrera de género

Hasta aquí, la historia transcurre sin mayores altibajos, aunque cuando aparece el componente culinario en el centro, es innegable que la trama se vuelve más generosa y atractiva para el espectador.

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En el restaurante, Juana conoce a Aki, quien le enseña los aspectos elementales de la cocina japonesa en una suerte de mística donde el maestro oriental acompaña a su discípula mexicana hacia el éxito. Entre ellos se teje un vínculo de amistad y compañerismo determinante en la película. De esta manera, el interés de Juana la lleva a dominar la preparación de los platillos japoneses más complejos, algo que culturalmente está reservado solo para los hombres. Su resolución va más allá cuando consigue posicionarse en el segundo lugar en el concurso de televisión Maestros del Sushi y ganar definitivamente el aprecio del dueño del restaurante para que pueda cocinar de igual a igual con el resto de cocineros varones orientales.

La película pone sobre la mesa otra reflexión que tiene que ver con la escasa fuerza social del inmigrante, igual que su visibilidad. A pesar de ser el motor de la industria gastronómica de aquel país, sus oportunidades de empleo se reducen por la falta de documentos y, en ocasiones, por las barreras del idioma.

Analizada con la lente de la actual coyuntura estadounidense, con el ascenso de Trump al poder, Sushi a la mexicana consigue hablarnos de esos sueños de miles de migrantes que este hombre se empeña en convertir en pesadilla.


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‘Peur de rien’: un filme que rompe con el tópico de las mujeres inmigrantes

Peur de rien (2015), dirigida por la cineasta de origen libanés Danielle Arbid, es una película sobre la fuerza de las mujeres, pero no solo eso. Porque Lina, su protagonista, además de joven es una mujer decidida y convencida de que quiere estar donde está. Es con esa energía juvenil y una actitud resolutiva que intenta salir airosa a su circunstancia como inmigrante indocumentada en el gran París. 

Por Mayté Guzmán Mariscal

Algunos definen el cine de Danielle Arbid como epidérmico porque es capaz de provocar emociones que quedan a flor de piel. Lo consigue a través del retrato sutil de los sinsabores cotidianos, pero sin perder de vista la reflexión, tanto de sus personajes, como de los propios espectadores. Peur de rien se ajusta a esa descripción y ofrece un toque más personal todavía, pues la película retrata muchas similitudes con la vida de su directora, quien emigró a París con 17 años para estudiar y dedicarse, entre otras actividades, al periodismo.

La historia se desarrolla en los tempranos años noventa y narra la historia de Lina, una joven libanesa que emigra a la periferia de París. Lina tiene 18 años y se ha matriculado en la facultad de Económicas, pero después de asistir a una clase de Historia del Arte se da cuenta de que su talento apunta hacia las humanidades y decide estudiar Bellas Artes.

La primera dificultad a la que se enfrenta, y que desencadena una serie de encuentros y desencuentros, es tener que protegerse de las insinuaciones de su tío, en cuya casa se instala cuando llega a París. Cuando él quiere propasarse con ella, Lina abandona la casa y se lanza a buscar cobijo en una ciudad donde está sola y donde no conoce a casi nadie. Como no tiene muchos recursos, recurre a una de sus compañeras de la facultad, quien en primera instancia acepta ayudarla, aunque con muchas reservas.

La protagonista consigue zafar de esa primera amenaza cercana, pero la vulnerabilidad queda ya perfilada. Y lo que muestra la película no representa una vivencia puntual: miles de mujeres tienen experiencias similares con hombres de su entorno más íntimo y conocido, más aún cuando migran solas y no tienen las mejores herramientas para defenderse. El cómic Buscando justicia, realizado por una ilustradora guatemalteca que llegó a España como refugiada, lo describe muy bien.

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En el filme parece que la serie de acontecimientos que suceden en la vida de Lina son cosa del azar o de la buena fortuna. Sin embargo, muchos son los propios de la vivencia migratoria: adaptación al entorno, burocracia infinita, aprendizaje constante, construcción de una vida nueva a partir de la soledad inicial. La respuesta de Lina es la de una mujer capaz de adaptarse, sin que eso signifique que tenga que conseguir sus objetivos a costa de los otros.

Así, poco a poco, la protagonista va tejiendo una red de contactos y conocidos, y es aquí donde tiene que decidir en quién confiar y en qué medida puede hacerlo. En escena aparecen desde una pareja de “monarquistas” cuyo pensamiento de extrema derecha levanta ámpulas entre los jóvenes de la facultad, un joven camarero melómano y traficante de drogas, una profesora de Historia del Arte que va tendiendo puentes para que Lina resuelva su situación legal, un militante de izquierdas cuyo padre litigará ante las autoridades de migración para que Lina no sea expulsada, un hombre casado que la seduce y después la abandona.

Lina se enfrenta con la burocracia, con la necesidad de sentirse protegida, con la sensualidad, con la seducción, con la decepción, con las drogas, con la política, con sus padres, con sus sueños, con sus secretos y verdades. Peur de rien es una propuesta que rompe con el tópico de las mujeres inmigrantes que se presentan con regularidad en el cine, y que las representa como víctimas en una situación de vulnerabilidad constante, simplemente por el hecho de ser mujeres. En su propuesta, Danielle Arbid narra una historia desde una perspectiva emancipadora.


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The Basque Hotel: cuando los vascos emigraron a Estados Unidos

A finales del siglo XIX y principios del XX, muchas personas emigraron del País Vasco. El documental The Basque Hotel (que puedes ver online aquí) recoge el testimonio de quienes lo hicieron rumbo a Estados Unidos, y nos muestra que los mecanismos de supervivencia de aquellos hombres y mujeres fueron similares a los que hoy conocemos en los migrantes senegaleses o chinos en suelo español. También nos enseña que la condición de migrante suele ir acompañada de querer conservar y compartir los aspectos más folclóricos de una cultura (ya sea uno vasco en Idaho o boliviano en Getxo).

Por Ana Galdós

A finales del siglo XIX, miles de hombres y mujeres vascos pusieron rumbo hacia el oeste de los Estados Unidos. Todos buscaban prosperidad económica, y muchos la encontraron. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, quienes se habían asentado en esa parte del mundo fueron un reclamo para que otros muchos hicieran lo mismo. El documental The Basque Hotel, dirigido por Josu Venero, nos da a conocer ese fenómeno migratorio y el proceso de enraizado que conllevó la formación de una comunidad vasca en ciudades como Boise, Carson City, Emmett, Reno, San Francisco, Los Ángeles o Portland.

El documental se inicia con el testimonio de Luciana Garatea, una mujer que migró de Lekeitio a Boise, la capital de Idaho, con apenas 16 años. A través de su experiencia conocemos las generalidades de muchos otros migrantes vascos que, como ella, se asentaron en California, Idaho y Nevada. Luciana, a sus 105 años y en su lengua materna, el euskera, revive cómo se embarcó en Bilbao a principios del siglo XX para viajar hasta Nueva York y desde allí cruzar el país americano.

Su caso es uno de tantos: muchos jóvenes, procedentes principalmente de Bizkaia y del sudoeste de Francia, emprendieron el mismo viaje que ella. La mayoría eran jóvenes sin apenas formación y con escasas expectativas laborales, venían de familias numerosas y de un mundo rural en continua decadencia, y su salida más inmediata era la de migrar. Además, Europa se encontraba a las puertas de la Primera Guerra Mundial y los migrantes vascos, como tantos otros de aquella época, se fijaron en los Estados Unidos como el lugar ideal donde prosperar.

Hoteles de vascos para vascos

Aquellos euskaldunes, tras cruzar el Atlántico, se convertían en extraños en un país de lengua y cultura ajenas. A pesar de ello, contaban con dos importantes apoyos que les garantizaba un mínimo de orientación y de seguridad. Un primer respaldo lo tenían ya en el propio viaje de partida: solían viajar acompañados de algún familiar. Ese fue el caso de la centenaria Luciana, quien realizó la larga travesía junto con su tía. También el de Dominique Laxalt, que partió rumbo a Nueva York con dos de sus hermanos mayores.

El segundo punto de apoyo lo encontraban cuando llegaban a tierra: los hoteles para vascos. Estos hoteles eran edificios fundados y regentados por vascos que vieron la necesidad —y el negocio— de crear centros donde acoger a otros paisanos. De hecho, estos hoteles se convirtieron en un gran nexo de unión entre los recién llegados y el nuevo lugar (algo similar a lo que sucede hoy con las diversas asociaciones de extranjeros, cuyos miembros más antiguos ayudan y orientan a los que acaban de llegar).

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El documental rescata imágenes de la emigración vasca, como se aprecia en este fotograma.

Los hoteles se localizaban en las proximidades de las estaciones de tren. Los había en Nueva York, pero también en las poblaciones que recibían una mayor afluencia de vascos, como los núcleos del oeste estadounidense. En 1910, tan solo en Boise (Idaho) ya había registradas 6 casas de huéspedes. Nombres como Casa Vizcaína, Inchausti, Spanish Hotel o Emery se convirtieron en sitios de referencia, pues por 1 dólar diario se dormía y se comía.

Además de un primer hospedaje, estos hoteles actuaron como centros que dirigían a los migrantes hacia los lugares con oferta laboral. De hecho, les facilitaban los billetes de tren necesarios para trasladarse hasta California, Idaho y Nevada, donde existía una fuerte demanda de trabajo. Es fácil comprender, por tanto, su enorme importancia: fueron el sostén a partir del cual emprender una nueva vida.

Del pastoreo a los festivales

En el oeste estadounidense, los ranchos demandaban pastores. Se trataba de un oficio duro que requería buenas condiciones físicas y mentales, pues implicaba estancias de 3 meses en los montes con la única compañía del rebaño de ovejas y de un perro guía. La soledad, en circunstancias así, hacía aflorar un sentimiento de nostalgia que no siempre era fácil de sobrellevar. Rodeados de álamos, los pastores vascos solo tenían una forma de exteriorizar sus pensamientos: grabando sobre la corteza blanca de esos árboles palabras y expresiones que todavía hoy se pueden leer.

Con el paso de los años, algunos de esos pastores crearon sus propios ranchos. Otros fundaron nuevos hoteles, similares a los que les habían acogido a ellos. De una forma o de otra, aquella primera ola migrante vasca terminó por integrarse plenamente y echó raíces en los Estados Unidos. Los negocios que habían emprendido, la familia y el estallido de la Guerra Civil española fueron motivos para que muchos de ellos no quisieran regresar a su Lekeitio o su Zuberoa natal. Se convirtieron así, en particular sus hijos e hijas, en nuevos estadounidenses.

A pesar de ello, no se desvincularon nunca de la cultura vasca y la conservaron a través de la lengua y de las costumbres. Una cultura que han transmitido de generación en generación y que fomentan entre los más jóvenes a través de iniciativas, como la del programa de intercambio de estudiantes de la ciudad de Boise, o gracias al apoyo de las instituciones vascas.

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Fotograma del documental, que muestra la pervivencia del folclore euskaldún en EE.UU.

También gracias a los festivales, como el Jaialdi, donde se celebran los aspectos más folclóricos (de un modo similar a lo que hace, por ejemplo, la colectividad boliviana de Euskadi con sus danzas de carnaval). El Jaialdi se celebra en Boise y, durante 5 días, la música, la danza y el deporte vasco sirven de excusa para reunir a quienes migraron con sus descendientes. Ahora bien, quizá la mejor manera de medir la relevancia de la comunidad vasca en esta población sea The Basque Block, un barrio que, como su nombre indica, homenajea la identidad euskalduna.

En la actualidad hay alrededor de 60.000 vascos censados en Estados Unidos, de los cuales 21.000 se localizan en California y 6500, en Idaho. The Basque Hotel es un homenaje a todos ellos y, en particular, a la gente que, como Lucía Garatea o Dominique Laxalt, un buen día dejaron todo lo que conocían atrás y cruzaron el Atlántico. También es un reconocimiento al esfuerzo por trasmitir la cultura vasca de generación en generación por parte de un colectivo perfectamente integrado en la sociedad estadounidense.


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