Angélica Dass: «Mis proyectos me enseñaron a pensar de manera colectiva»

Nos encontramos en el corazón de Malasaña. Ella acaba de llegar de Londres y está a punto de viajar a Suiza. «Paso mucho tiempo en el aeropuerto», me dice. Su proyecto más premiado y conocido, Humanae, la ha llevado a distintas partes del mundo, desde Etiopía o la India hasta Noruega o Canadá, donde fue invitada en 2016 a dar una charla TED. A sus 38 años, la fotógrafa brasileña Angélica Dass cuenta con una extensa —e intensa— trayectoria profesional, muy ligada a sus experiencias personales. Hablamos sobre Humanae y sobre Vecinas, un proyecto que empezó con una experiencia incómoda en el metro de Madrid y terminó llevándola hasta la feminidad maliense de Binéfar. En ambos trabajos y en esta conversación, Angélica Dass se muestra como lo que es: una mujer universal que, con cámara o sin ella, hace foco en la importancia de los matices.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

¿Cómo nació el proyecto Vecinas?
Vecinas empezó de una manera muy personal: empezó con mi pelo. Yo tengo una relación especial con mi pelo porque, según como lo lleve, adopta distintos significados: si lo llevo medio desrizado, con coletas, la gente piensa que soy cubana, dominicana…, sudaca; si lo llevo black power, cree que soy británica, francesa o norteamericana… Un día me puse trenzas y descubrí que estaba en el escalón más bajo de la sociedad española, que es ser subsahariana.

¿Qué pasó?
Estaba yendo a la ONG Alianza por la Solidaridad, donde soy voluntaria, y me había puesto trenzas, igual que mis compañeras senegalesas de la asociación. Íbamos en el metro, éramos 6 o 7, y ellas hablaban en wólof. Yo no me enteraba de nada, así que iba en silencio, de pie. De repente oí unos comentarios sobre nosotras de unas personas que estaban sentadas: «Uy, es que llegan y no se saben comportar», «Fíjate cómo hablan gritando», «Mira esa, que va en chanclas». Al principio, me pareció divertido porque la que iba en chanclas llevaba los tacones en el bolso para ponérselos al salir. Mucha gente hace eso en el metro de Nueva York y le da igual a todo el mundo. Pero después me quedé pensando.

¿En qué pensabas?
En que esas personas no tenían ni idea sobre mí y me habían puesto un montón de etiquetas. Creían que yo también era subsahariana, lo cual no supone ningún problema, pero me encasillaron en un estereotipo negativo, ligado a lo que significa ser subsahariana en España. Sentí que me habían pegado todas esas etiquetas, y que ninguna era buena. Me pregunté de qué modo podía enseñar cómo eran esas mujeres de verdad, porque muchas estaban haciendo montones de cosas para cambiar y mejorar la sociedad española; cómo contar esa verdad, porque en el fondo son unas vecinas cualquiera. Dejé esa idea guardada. Siempre digo que las cosas que hago nacen de ideas que me incomodan, que dejo guardadas y que después tengo la oportunidad de sacar.

¿Cuándo surgió esa oportunidad?
Tiempo después, cuando la ONG me dio una beca para un proyecto de sensibilización. La consigna era visibilizar a la mujer inmigrante y me puse a trabajar con mujeres de Mali. El primer paso fue recolectar información: preguntarles cómo les gustaría que las vieran, cómo les gustaría ser presentadas. La primera cosa que intentamos hacer fue un blog, donde ellas contaban parte de sus historias; esa fue la semilla. Al final, hice 4 viajes a Binéfar, Alcaraz y Mataró; llegaba el viernes y me iba el lunes, y me quedaba en sus casas. Dormía en casa de una, desayunábamos, nos encontrábamos con las demás, y decidían entre ellas en qué casa iba a dormir al día siguiente. Fue una paliza maravillosa.

Hiciste fotos, pero también recuperaste fotos suyas…
Sí, trabajamos con imágenes de archivo. Si tienes que presentarme cómo es tu vida, es muy útil. Ellas sacaban sus cajas de fotos, e íbamos mirándolas juntas. Obviamente, había imágenes que me llamaban más la atención que otras.

¿Desde el punto de vista gráfico?
Desde lo conceptual. Por ejemplo, había una foto carné donde una de estas mujeres tenía puesta una camiseta blanca con la frase «Je vote». Era una foto de finales de los 70, principios de los 80, que se había sacado en su país. La imagen me sorprendió. Hasta ese momento, yo no era capaz de imaginar a las mujeres malienses así. Me utilicé a mí misma como filtro y me di cuenta de que estaba llena de estereotipos, como todo el mundo. Me sentí paleta, cateta… ¡No sabía nada sobre Mali! La imagen que yo tenía de ellas era otra; la información era superlimitada y venía, sobre todo, de los medios de comunicación. Por eso elegimos el periódico como soporte para mostrar este trabajo.

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¿Qué otras fotos te sorprendieron?
Aquellas en las que me vi reflejada, que eran muchas. Fotos de vacaciones en la playa, fotos en la escuela, en la universidad, con los niños… Yo no tengo hijos, pero mis amigas sí, y las he visto reflejadas a ellas. Esas imágenes están en mi propia vida. Busqué las cosas comunes y encontré una gran cantidad.

En las fotos que hiciste tú, ellas lucen trajes típicos. ¿Por qué?
Porque ellas lo decidieron. Fueron ellas quienes eligieron ponerse sus trajes coloridos malienses para recibirme. Cuando llegué el primer día, me encontré con unas 30 mujeres que estaban esperándome con unos trajes espectaculares. Se habían vestido así porque venía una fotógrafa que estaba interesada en ellas, y eso era lo más bonito y lo mejor que podían hacer: ofrecerme su origen. Yo creo que conectas con quien eres de verdad, con tus orígenes, estando fuera. A raíz de esa experiencia, comprendí que soy mucho más brasileña desde que me fui de Brasil, y también abracé mi parte africana.

¿Qué enseñanzas te dejó Vecinas?
Comprobé que estamos cargados de estereotipos. Y pienso que la única manera de terminar con eso es no tener miedo de preguntar, de acercarse al otro y de conectar con el otro, porque ahí descubres que un montón de cosas que te habían contado son mentira. Lo que yo hice, en el fondo, fue acercarme a la cultura de Mali a través de las personas que conocí, a través de estas mujeres y de sus hijas e hijos, que han nacido aquí. Cada vez habrá más de esto, más españoles que lleven un trocito de otras culturas.

El ascensor social: acceso restringido

Brasil, tu país, se suele mencionar como paradigma del mestizaje. ¿Es así?
La gente tiene la impresión de que somos un paraíso de igualdad, pero la realidad es muy diferente. Si vas a Brasil y prestas atención, te vas a dar cuenta de que la gente del servicio tiene siempre la misma apariencia. Si vas a un restaurante caro, verás una misma tipología física. Si entras en la universidad, en la facultad de Medicina, verás muy poca diversidad. La sociedad brasileña es extremadamente racista.

¿Cómo se explica eso?
Es muy sencillo: Brasil fue el último país en el mundo en terminar con la esclavitud negrera en el planeta. Lo hizo en 1888. Los que fueron esclavos del siglo XIX siguieron siendo los sirvientes del siglo XX. Y ahora, en el XXI, se puede empezar a hablar sobre eso, pero no significa que la situación haya cambiado. Muy poca gente sabe que en Brasil, a principios del siglo XX, hubo una tentativa de eugenesia. Personas muy influyentes en la cultura, como el escritor Monteiro Lobato, creían que el país estaba muy feo, muy negro, muy pobre y que había que limpiarlo. Había políticas para mandar a los negros de vuelta a África y facilidades para la llegada de europeos porque querían emblanquecer el país. Ese es el Brasil real.

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¿Cómo incide socialmente el color de la piel?
Existe el white privilege, es decir, el privilegio blanco. Esto consiste, sencillamente, en no tener que pensar en algunos asuntos cuando eres blanco. Por ejemplo, si hay un grupo de niños jugando a la pelota y la pelota cae en el jardín de una casa, el niño blanco salta el muro para cogerla sin problema; ¿qué pasa si el niño es negro? Otro ejemplo: mis primos, aunque son de clase media y tienen coche, etcétera, saben que si les para la policía deben estar estar atentos, tranquilos, con las manos siempre a la vista… Obviamente, si naces blanco, nunca vas a pensar en una cosa como esa. Eso es el white privilege. Yo siempre digo que tengo white privilege en relación a mi hermana y eso que ambas somos negras. Lo que pasa es que mi hermana es bastante más oscura. Así que mi vida es más fácil que la suya; soy más aceptable socialmente, doy menos miedo que ella. Debemos ser conscientes de que construimos estereotipos asociados a las tipologías físicas de las personas.

¿En qué momento tomaste conciencia de eso?
Después de salir de Brasil. Allí había tenido varios episodios: me indicaban que debía usar el ascensor de servicio, siempre estaban confundiéndome con putas…; pero yo normalizaba ese tipo de actitudes, entendía que eso formaba parte de mi vida y lo interiorizaba como algo que pasa a menudo. Algunas veces, como mujeres, lo hacemos así: normalizamos llevar las llaves en la mano como arma de defensa cuando caminamos solas por la calle. Yo normalicé aquello durante muchos años, hasta venir para acá. Y tengo que decir que aquí sentí un alivio gigantesco.

¿No hay racismo en España?
Sí, hay, pero en Brasil era mucho más duro. Aquí me he dado cuenta de que las cosas que yo sufría no eran normales; eso no puede ser el cotidiano de nadie. Este descubrimiento coincide con un momento de curiosidad, de lectura, porque cuando estás en una burbuja no investigas. Al viajar, empecé a observar que no soy la única afrodescendiente que está en un museo, en una galería o dando conferencias. En Brasil me pasaba lo contrario: era la única negra en mi grupo de amigos y en determinados ámbitos, como la universidad.

¿Cómo accediste a esos ámbitos?
Mi padre es adoptado. Eso evitó que yo fuera nieta de una empleada doméstica que vivía en una favela y me permitió ser nieta de una señora blanca que era modelo, esposa de un médico y que vivía en Ipanema. Ese pequeño salto hizo que yo tuviera algo que muchos otros afrodescendientes en Brasil no tienen: oportunidades. ¿Qué oportunidades? Básicamente, la de estudiar. Mi lujo fue tanto que ni siquiera tuve que estudiar una profesión para comer al día siguiente: pude estudiar arte.

Del experimento casero a hablar con la BBC

¿Cómo surgió Humanae?
Trabajaba como fotógrafa; colaboraba con la revista Hola. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que yo nunca estaba representada en las imágenes que hacía. No estaba en las fotos y, además, mantenía estereotipos con los que no me sentía cómoda. Como no estaba muy contenta con eso, volví a estudiar. En 2011 me apunté a un máster en Fotografía con la idea de explorar mi creatividad y mejorar técnicamente. Y estaba en ese momento de leer y de reflexionar sobre mi familia, que tiene distintos colores y realidades, como el barrio humilde donde crecí y la abuela con poder adquisitivo de Ipanema.

Una dualidad…
Sí. Hay tantas cosas tan diferentes que forman parte de mí que, tal vez por eso, encajo bien en tantos lugares y ambientes. Aquí, en España, me casé con un andaluz cuya familia es de origen belga: todos rubios de ojos azules o castaños de ojos verdes, y con la piel rosa. En un momento, la gente que nos conocía empezó a preguntarse de qué color sería nuestro hijo, a imaginar un niño con los ojos verdes del padre, mi pelo rizado y una piel de caramelo, a decir «qué bonito va a salir». Yo nunca había pensado en eso. Cuando te enamoras de alguien no piensas si el hipotético hijo va a salir bonito o no. Pero la gente intentaba imaginar y ese fue el comienzo. El momento cero de Humanae es mi foto y la de mi marido. Son las dos primeras.

¿Y después?
Después hice de mi familia, en Brasil. Luego, cuando volví de ese viaje, hice fotos de toda la familia política. Y pensé: «No basta con hablar sobre mi casa porque, en el fondo, toda esta mezcla de colores es lo que sucede en el mundo actual. El planeta se está transformando de esta manera». Entonces empecé a fotografiar algunos amigos. Más adelante tuve la oportunidad de hacer la primera convocatoria abierta, con personas desconocidas. Fue en una galería de Barcelona. Puse unas fotos, monté el estudio en el escaparate y explicaba: «Estoy intentando probar que blanco y negro no existen, ¿me quieres ayudar?» Y la gente entraba. Fue así de sencillo.

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Foto: Marian Leon

¿Cómo pasaste de algo tan doméstico a hacer más de 4000 fotos?
Colgué las fotos online para que las personas que habían participado pudieran descargarlas. Y sucedió algo inesperado: esas personas se enamoraron tanto del concepto, de la idea que había detrás, que las utilizaron de perfil en Facebook. A raíz de eso, mucha gente conoció el proyecto. Yo todavía era estudiante y solo tenía 150 fotos, pero me desperté un día con la BBC llamándome para hacerme una entrevista porque les parecía una idea revolucionaria. Estaba dando los primeros pasos, empezando y, de repente, Oprah Winfrey, Le monde, la BBC, La Repubblica… ¡Imagínate!

¿Por qué crees que la gente se entusiasma tanto con Humanae?
Porque en Humanae, aunque parezca que solo estoy hablando de colores, estoy hablando de la discriminación de una manera muy amplia. Lo más importante de mis fotos es lo que no ves. Tú no sabes quién es migrante y quién no cuando las miras. El mundo es así: cualquiera puede ser de cualquier lugar, y eso no es negativo, no es una pérdida de identidad; es aprender de los demás, es quedarte con las informaciones y aprender de otras culturas.

Y tú, ¿cómo estás compuesta?
Yo soy brasileña, vivo en Madrid, voy a meditar a un templo budista que está cerca de mi casa, hago yoga y me encantan los restaurantes etíopes. También me encanta la tortilla de patata y bailo dos veces por semana lindy hop y blues, que son ritmos afroamericanos. Creo que ese es el futuro: vas aprendiendo de diferentes culturas y te vas quedando con lo que más encaja contigo, lo que más te construye. Después de vivir 12 años aquí, hay un montón de cosas mías que son de aquí. Ya no soy de un solo lugar. Soy madrioca: mitad madrileña, mitad carioca.

La utilidad social de la fotografía

¿Qué has aprendido con el proyecto Humanae?
Aprendí a pensar de manera colectiva porque, al principio, yo creía que estaba hablando de mí, pero luego me di cuenta de que estaba hablando de un montón de gente. Y comprendí que la gente venía no solo a hacerse la foto, sino a contar historias. Una vez vino una familia que todavía guardo en el corazón: la madre y el padre eran españoles, tenían un hijo de origen etíope y una hija de origen chino; ambos adoptados. Y vinieron a retratarse porque creían que mis fotos hablaban de su familia. Con Humanae aprendí que había una utilidad social, que no era solo una reflexión del mundo del arte.

Has dado con algo vivo que conecta a mucha gente distinta entre sí.
¡Literalmente! Escucho las mismas frases en lugares completamente distintos de planeta. ¡Las mismas! Hace poco, en Londres, dos chicas italianas y una griega me contaron que, al emigrar, habían comprendido lo que significa ser el otro. Y hay más conexiones. Por ejemplo, cuando gané el premio de PHotoESPAÑA, viajé a Brasil y expuse Humanae en una plaza de un barrio humilde. Era la primera vez que hacía una exposición en la calle y, también, fue la primera vez que pude ver el impacto en la gente común. Conservo una foto de un señor que recogía la basura mirando la exposición, es decir, un señor que cree que no merece entrar en un museo, o que él no pertenece al espacio del arte y la cultura. Ahí empecé a pensar que la calle es, tal vez, el lugar donde yo quiero hablar, donde genero impacto. Empecé a ver otras capas.

¿Como cuáles?
Un día entró una mujer en el estudio. Quería hacerse una foto y me preguntó: «¿Has fotografiado a algún transgénero?» Yo le dije que no lo sabía, que nunca se lo había preguntado a nadie. A partir de aquella foto, trabajé un montón con el colectivo LGTB en São Paulo, que había visto en Humanae un espacio donde no ser juzgado por la identidad; un lugar seguro, donde puedes ser quien eres, y donde todo el mundo es igual independientemente de los colores y las opciones sexuales. Lo mismo pasó cuando fui a la bienal de la ONCE: fotografié a muchas personas y fue maravilloso porque hay diferentes discapacidades dentro del proyecto que no se ven.

¿Has encontrado personas con el mismo color entre sí?
¡Sí, muchas! Pasa muy a menudo y es una herramienta que utilizo para discutir qué significa ser negro. Porque si las dos tenemos el mismo color de piel, pero tú tienes el pelo rizado y yo soy rubia, el tratamiento social va a ser muy distinto.

Asistimos a la reivindicación social de ser negro. ¿Dónde te colocas tú?
Pienso que no se puede seguir separando así a las personas. Y nosotros, como afrodescendientes, algunas veces lo hacemos. No estoy diciendo que no haya que hablar de la historia de la diáspora africana, o que debamos negar que somos afrodescendientes, no. Lo que digo es que yo no quiero ser categorizada como negra. ¿Cuál es el nivel en que uno deja de ser negro y pasa a ser blanco? ¿Cuál es el porcentaje correcto?

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Arte urbano y Fotografía Entrevista

Rubén H. Bermúdez: «No necesitamos otra historia de sufrimiento»

En viernes pasado, en La Fábrica, Rubén H. Bermúdez presentó Y tú, ¿por qué eres negro?, un fotolibro que explora qué significa hoy ser negro y español. Nacido en Móstoles en 1981, este hincha del Atlético de Madrid indaga en su historia personal para explicar el sentimiento de extrañeza que le ha acompañado desde niño, su evolución política o el modo en que ha ido construyendo su identidad afroespañola. Este libro es el fruto de 4 años de investigación y algo más de un año trabajando a todo ritmo con una beca FotoPres. De la presentación, nos trajimos 11 flashes sobre el autor y el libro.

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

01 | El punto de partida. Rubén H. Bermúdez (Móstoles, 1981) nació en un entorno blanco: toda su familia era blanca, excepto él. En el colegio, también fue el único negro hasta que un día llegó otro chico; otro que, según su profesor don Ramón, era «negro puro»; a diferencia de él, se entiende, que era negro, pero no tan puro… En su casa, nadie hablaba del tema. Mejor evitar los asuntos espinosos, ya se sabe.

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02 | El primer hallazgo. Un día, después de un partido del Atlético de Madrid, se cruzó en la calle con un tipo negro que lo saludó y se paró a hablar con él. Resultó ser un activista del movimiento panafricano. Durante la conversación, este le hizo la misma pregunta que todo el mundo: ¿por qué era negro siendo hijo de una familia española? Era la primera vez que una persona negra le formulaba esa pregunta. También fue la primera vez que le lanzaron una hipótesis que lo descolocó. A partir de sus apellidos —Bermúdez y Barriga—, el activista le dijo que podía ser descendiente de africanos que fueron esclavizados en España entre los siglos XV y XIX. ¿Esclavitud en España? ¿Eso cuándo lo explicaron en el colegio?

03 | Ausencia de referentes. ¿Qué referentes podía tener un niño negro en las décadas del 80 y del 90 en España? Pocos, muy pocos. Y tú, ¿por qué eres negro? recoge algunos de ellos: los Conguitos, el Cola Cao, la canción playera de Georgie Dann… Impacta ver, por ejemplo, que en la portada de la mítica serie de Érase una vez el hombre no había una sola persona negra (tampoco ninguna mujer…). Por suerte, y según muestran las páginas del libro, fueron apareciendo otros referentes algo más talentosos, como Magic Johnson, Carl Lewis o Grace Jones. De todos modos, el favorito de Rubén siempre fue Ruud Gullit. Tanto que empezó a sentirse un poco holandés.

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04 |El gesto de extrañeza. Al revisar el álbum familiar, Rubén descubrió algo común en muchas de las fotografías: una mueca de extrañeza; la de quien se siente —o a quien le hacen sentir— diferente; un gesto que puede metaforizar esa tensión permanente entre el silencio familiar y la insistencia de otros en preguntarle por su diferencia. Algunas de esas expresiones pueden apreciarse en la imagen que eligió La Fábrica para anunciar la presentación del libro.

05 |En conflicto con la identidad. Bermudez-xq-negro-3Si tú has nacido en Móstoles, te sientes español; tanto como cualquiera de tus vecinos, ¿no? Es lo normal. Por eso, cuando alguien te pregunta de dónde eres y le dices que de Móstoles, y no te cree e insiste en preguntarte que de dónde eres, al final, terminas por entender que esa persona cree que eres de fuera… Si eso te sucede muchas veces —y te sucede—, terminas sintiéndote no aceptado y en conflicto con tu identidad. Es más: terminas teniendo una infancia difícil y sintiéndote casi más holandés que español. Al fin y al cabo, en la selección de Holanda juega tu ídolo: el gran Ruud Gullit.

06 | La pérdida de la inocencia. A Lucrecia Pérez, la mató un guardiacivil por ser una «negra de mierda». Sucedió en Aravaca (Madrid) en 1992 y es considerado el primer asesinato racista de la España democrática. Rubén tenía entonces 11 años, cuenta en el libro, y añade: «El impacto fue tremendo. Ese día entendí que era negro».

07 | De niño simpático a joven sospechoso. Otro día, en un aparcamiento, le sucedió algo parecido a lo que había visto en el capítulo «Identidad errónea» de El príncipe de Bel Air: se quedó en el coche esperando a su madre y la policía, al ver un negro solo en un coche, se le acercó y le pidió el carné. «No tienes pinta de apellidarte Bermúdez», le dijeron. Lo humillaron, lo intimidaron. Ese día empezó a dejar de ser un negrito simpático para convertirse en potencial sospechoso de cualquier cosa mala que sucediese a su alrededor. Como Carlton en la serie, debió aceptar que la policía suele sospechar de ti si eres negro. Los perfiles raciales existen. Y se aplican.

08 | Tres fotógrafas, tres puntos de inflexión. En sus inicios, el proyecto de Y tú, ¿por qué eres negro? describió una trayectoria algo cambiante. Lo único que parecía claro era la constante acumulación de todo tipo de fotos y la libertad a la hora explorar cualquier arista relacionada con la negritud. Uno de los momentos clave para empezar a centrar el asunto sucedió cuando Rubén se incorporó a la revista Clavoardiendo; allí publicó 3 entrevistas con fotógrafas que lo marcaron en términos políticos: Inés Plasencia, quien le hizo ver que la fotografía es un agente importante en la construcción del racismo y lo puso sobre la pista de Guinea Ecuatorial; Agnes Essonti que lo ayudó con la clave autobiográfica; y Verónica Fieiras, cuyo trabajo sobre los desparecidos le resultó inspirador.

09 | Del gesto de extrañeza al gesto político. Rubén pertenece a ese grupo de artistas que se cuestionan desde dónde hacen las cosas, a quién se dirigen, cuál es el propósito de su trabajo. Él sostiene que la suya es «una mirada afrocentrada»; una mirada comprometida con la comunidad negra y rebelde contra el discurso fotográfico hegemónico. En el fondo, lo uno y lo otro están bastante unidos: casi toda la cultura fotográfica, explicó en la presentación, la ha producido la mirada del varón blanco, la mirada occidental; por tanto, a un negro mostoleño como él, formado en esa tradición tan poco diversa y centrada en sí misma, lo único que le queda es reapropiarse de ese imaginario y devolvérselo a la sociedad convertido en otra cosa. ¿Por ejemplo? En forma de un fotolibro que es un ensayo visual sobre la negritud.

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10 | El significado del color. «Ser negro es una construcción social. En Senegal yo no sería negro», dijo Rubén. Tampoco lo sería, insistió, si tomamos como referencia el trabajo Humanae, de Angélica Dass, sobre el color de la piel. Asimismo, la negritud es una construcción sobre la que conviene pensar. Al respecto, Rubén habló de algunas lecturas o artistas que lo han marcado: desde clásicos como Malcom X, Martin Luther King, Franz Fanon o Angela Davis a El Chojin, Ta-Nehisi Coates o Chimamanda Ngozi Adichie.

11 | Un libro con destinatario. Y tú, ¿por qué eres negro? es un libro que busca aportar algo constructivo a la comunidad negra. «No necesitamos otra historia de sufrimiento», dijo Rubén. De ahí que determinadas decisiones estéticas puedan leerse también en clave política; por ejemplo, evitar las imágenes de negros sufriendo (o, en todo caso, ponerlas fuera del encuadre). Es decir: evitar lo mil veces contado y proponer algo distinto, huir de la historia única y crear ese libro diferente que a él le hubiera venido bien encontrar en algún momento de su vida. Por ahora, dijo, los blancos lo reciben como un aprendizaje o una patada. En cambio, a los negros, les llega como lo que necesitan: un abrazo.

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Arte urbano y Fotografía

Lock Ons: pensar en los demás aunque no quieras

Las intervenciones artísticas pueden lanzar mensajes muy potentes cuando están bien planteadas. No hace falta que sean de gran tamaño ni que las firme una estrella del street art si las piezas están bien hechas y se colocan en el lugar oportuno. Cuando esto sucede, el arte urbano sin estridencias es capaz de llegar donde muchas campañas no llegan.

El arte puede hacerte sentir vulnerable cuando te encuentras seguro, pensar en lo terrible cuando fotografías lo bello o arrugarte el corazón cuando estás en pleno instante hedonista. Puede hacerte entender —de un vistazo— que hay personas que luchan, que sufren y mueren soñando con estar justo ahí, donde estás tú.

Señales punzantes del mundo exterior

Un pinchazo en una pompa de jabón. Eso es lo que provoca este trabajo del artista callejero Rough.eq, que eligió la apacible y ordenada ciudad de Basilea para recordarle a sus transeúntes que son muy afortunados. No muy lejos de este mundo hay otro mundo bien distinto donde la gente lo pasa fatal. La propuesta del artista es señalarlo.

Antes de explicar en qué consiste el trabajo Lock Ons (bloqueos), va un apunte de contexto: el escenario donde se instala esta obra es una de las ciudades culturales más importantes de Europa y la tercera más poblada de Suiza. Basilea es una ciudad fronteriza que se engarza en la confluencia con Francia y Alemania, y es también, como se ve en la foto de abajo, una urbe tranquila que se asienta a horcajadas del Rin.

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Cruzar el Mittlere Brüke (ese puente de la foto) es un trayecto habitual para los residentes y un recorrido obligado para los turistas. No solo porque conecta dos zonas de la ciudad, sino porque ofrece una panorámica estupenda de la parte antigua y permite hacer buenas fotos.

El puente, como se ve, es de piedra y cemento. Sin embargo, no es ajeno a una costumbre cada vez más extendida en el mundo: la de poner «candados de amor». Puesto que el Mittlere Brüke no tiene barandillas de hierro, los candados se concentran en la única reja que hay en todo el puente, justo en medio de la construcción.

Más allá del trasfondo cursi, del impacto negativo que supone la acumulación de candados para la arquitectura, y de lo discutible que pueda ser elegir estos ingenios como símbolo de amor, lo cierto es que la composición, en su conjunto, es llamativa. Precisamente por ello, porque capta la atención de los viandantes, Rough.eq eligió este punto para anclar allí esta escultura:

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Encadenada a los candados que profesan amor, hay una pequeña escultura de cemento que representa un grupo de migrantes en un bote, similar a los de verdad, los que intentan llegar a Europa en busca de refugio y asilo. Las figuritas y la embarcación, pintadas de colores, discuten en silencio con los candados, con esa reja, con nuestro férreo y limitante concepto del amor.

Ponerse en la piel de los otros

El contraste me pareció tan interesante que decidí hacer unas fotos. Y, mientras eso sucedía, observé la reacción de otras personas que, como yo, pasaban frente a la reja. Hubo de todo. Algunas también fotografiaban la escultura. Otras la encontraban curiosa y algunas otras, incómoda. No faltó quien se esforzó para fotografiar los candados dejando afuera del encuadre al barquito de los vulnerables. Como en la vida misma.

Todo aquello me resultó muy sugerente —cómo no—, pero terminó por cautivarme cuando apenas dos días después, en una zona cercana, encontré otro barquito, otra escultura. Si la primera me hizo pensar en la tragedia del Mediterráneo y recordar imágenes tan duras como las que muestra el documental Astral, la segunda me hizo sentir la pequeñez de echarse al mar sin saber si habrá una orilla al otro lado.

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¿Qué tiene esta figura para provocar una sensación así? La realidad que representa y el lugar donde la han colocado: se encuentra en la antesala de tu propia experiencia en el agua.

Solo una tabla entre el agua y tus pies

La catedral de Basilea está a orillas del Rin, en una zona elevada, no al nivel de las aguas. Desde las inmediaciones de este edificio baja una larga escalera de piedra que da acceso a un muelle flotante de madera. Este muelle —que si estuviera en otro país describiríamos como precario— permite subirse a una pintoresca barcaza, también endeble y también de madera. En tres o cuatro minutos, cruzas el río en ella, y te plantas al otro lado de la ciudad.

La escultura de los refugiados está allí, a pocos metros del río, del muelle y de la barcaza real, que es la razón por la que has bajado hasta este sitio. Porque eres turista y quieres montarte en el barco a hacer fotos.

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Claro, la experiencia cambia —y mucho— cuando cinco minutos antes te has topado con un objeto que te coloca la indefensión y la injusticia en la cabeza. Después de ver la escultura de los refugiados es muy difícil, sino imposible, cruzar el río sin pensar en otros cruces y otras aguas. Es muy difícil no sentir empatía con toda la gente que se lanza al mar de horizonte incierto cuando tú mismo te sientes vulnerable en ese barquito que se mece demasiado, que tiembla a merced de las corrientes y se estremece bajo tus pies.

Y eso que ves la orilla de enfrente, la barcaza lleva un cable de seguridad y solo has pagado 1,50€ por cruzar. La historia de los refugiados, como ya sabemos, es bien distinta hasta en eso.

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De vuelta en casa y, antes de sentarme a escribir, busqué datos sobre las pequeñas esculturas. De la obra Lock Ons y el artista, Rough.eq, encontré poca información en internet. La más completa se publicó hace un par de meses en la web de Brooklyn Street Art (BSA), donde reseñan este trabajo. Según explica el escultor a los autores de la página, creó y colocó más piezas en la ciudad, y la respuesta de la gente fue rápida, aunque no tiene muy claro si fueron muestras de apoyo o no. De los cuatro barquitos que instaló inicialmente, tres desaparecieron. El parecido con la realidad no es una mera coincidencia.


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Arte urbano y Fotografía

Borderline: la estética amable de las fronteras que propone Valerio Vincenzo

Borderline es un proyecto fotográfico profesional que comenzó hace 10 años y que, a finales de febrero, podrá adquirirse en formato libro. Muchas de las fotos que lo conforman se pueden ver aquí, en su página web, o aquí, en un reciente artículo del diario El País. Se trata de una colección de imágenes que muestran el aspecto actual de las antiguas fronteras interiores de Europa, aquellas que definían de manera nítida la silueta de los países y que se han ido diluyendo tras la entrada en vigor del acuerdo de Schengen. El origen de este trabajo, sin embargo, es anterior: nace de una experiencia personal de Valerio Vincenzo, el autor de las fotos, cuando estuvo en París en 1995.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

borderline-vincenzoVincenzo, que es italiano, se encontraba en Francia ese año como estudiante de intercambio. Cuando las clases terminaron, decidió quedarse algunos meses más. «Como italiano, obtener mi permiso de residencia en Francia fue una verdadera carrera de obstáculos. Siempre faltaba algún documento que nunca antes me habían pedido. Recuerdo que me citaron en varias ocasiones desde el cuartel general de la policía. La última fue tan solo para firmar con tinta negra un documento que, descuidadamente, yo había firmado en azul –detalla para ilustrar el absurdo de la burocracia–. Pocos meses después de obtener los preciados documentos que me permitían permanecer en suelo francés, esta enorme maquinaria administrativa se derritió como nieve bajo el sol: Italia empezó a formar parte del Área Schengen. Para la administración francesa, yo ya no era un migrante italiano, sino un nacional europeo. Ya no había más necesidad de mostrar certificados, ni de rellenar formularios y firmarlos en negro para poder vivir allí».

El origen más íntimo de Borderline se encuentra en esta vivencia, aunque tuvieron que pasar varios años para que Valerio Vincenzo se lanzara a recorrer Europa para fotografiar las fronteras. Su trabajo fue galardonado en 2013 con el Premio Louise Weiss de periodismo europeo y fue nominado para los premios Canon Silver Camera de 2016 en Holanda.

Ahora, en 2017, cuando los muros y las divisiones vuelven a levantarse con vehemencia –ya no solo en el terreno, sino en las mentalidades y los discursos–, su proyecto tiene más valor todavía. Por eso, cuando descubrí las fotos, me puse en contacto con él, para conocer mejor las ideas que sostenían la cámara. En respuesta, Vincenzo me envió un avance del texto que ha escrito para su libro. Desde mi punto de vista, estos son los 5 aspectos más relevantes:

1 | El interés por la huella de un paso de frontera

La primera imagen de la serie se inspira en una foto que hizo Henri Cartier-Bresson en 1969, en Bailleul, en la frontera de Francia con Bélgica. Casi 40 años después, Valerio Vincenzo fue hasta allí, decidido a fotografiar el mismo lugar y el mismo puesto de control fronterizo. «Quería rendir homenaje a un logro fundamental en la construcción de Europa: la libertad de movimiento. Pensé en hacer un proyecto que pudiera ilustrar ese cambio histórico». La foto de Bailleul marcó el inicio de un periplo de 10 años y decenas de fotos a lo largo y ancho del continente. El trabajo de Vincenzo me ha hecho recordar (y valorar) las muchas veces que crucé fronteras dentro de Europa con total libertad; generalmente, de vacaciones, con un bocadillo en la mochila y a pie:

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2 | El valor relativo de los pasaportes

«La libertad de movimiento está incluida en el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos –recuerda el fotógrafo–. Pero, hoy, este derecho no es el mismo para todos. Por ejemplo, el portador de un pasaporte alemán o suizo puede entrar en más de 150 países sin visado, mientras que las personas con pasaporte afgano no pueden entrar ni en 30». Una interesante infografía de Javier Hernando, publicada en 2014 en United Explanations, muestra de manera muy clara la desigualdad a la que se refiere Vincenzo.

3 | El aspecto de las fronteras: ¿son como imaginamos?

«Buscar ‘frontera’ en las Imágenes de Google arroja un conjunto deprimente de resultados: una sucesión infinita de fotos de muros y alambres de espino. Sin embargo, esta asociación es engañosa: solo el 6% de las fronteras del mundo son barreras. Las fronteras, en la actualidad, tienden a ser lugares de paso». Hemos hecho la prueba y comprobamos que Vincenzo tiene razón: nuestra idea base de lo que es una frontera se corresponde más a las imágenes que nos devuelve Google que a lo que en realidad son en su mayoría. Esto resulta, cuando menos, perturbador. Las fronteras, como las personas, también son víctimas del estereotipo.

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4 | Las tensiones y la pérdida de identidad

«A menudo, se utiliza como argumento que el control de la libertad de movimiento reduce los riesgos de que la inmigración descontrolada diluya la ‘identidad’ de un país. Esta creencia parte de una visión de la sociedad como algo estático, pero la Historia nos muestra que la sociedad no es estática: Europa siempre ha sido un escenario de extensas mezclas», dice Vincenzo. También lo dice la socióloga Saskia Sassen en su libro Inmigrantes y ciudadanos, cuya reseña completa se puede leer aquí.

¿Por qué no ver la inmigración como una palanca capaz de dinamizar una sociedad? «En el sur de Italia, en Calabria, Riace es un ejemplo conmovedor: este pueblo, que perdió casi la mitad de la su población a lo largo del último siglo, ha adoptado en estos años una valiente y exitosa política de refugiados, integrando a quienes llegaban en la vida económica y social del pueblo. El asunto no es minimizar tensiones ocasionadas por el influjo de inmigrantes; es la guetización la que causa estas tensiones, no la inmigración en sí misma». En España, tenemos un ejemplo parecido: la localidad aragonesa de Binéfar.

5 | La importancia de aprender la lección (y corregir la tarea)

«He cruzado estas fronteras libremente demasiadas veces como para aceptar un retroceso. A lo largo de estas fronteras he visto demasiados monumentos conmemorativos de paz y fraternidad entre naciones como para aceptar la idea de ver estos lugares volver a convertirse en zonas militarizadas. He oído demasiadas historias de parejas, familias, pueblos y comunidades enteras destrozados por divisiones irracionales. He visto demasiados restos de todo tipo de barreras como para no indignarme por los nuevos muros y alambradas de nuestra época. ¿Acaso estas nuevas instalaciones no contradicen lo que la Historia nos ha enseñado? Y en Europa tenemos mucha historia de la que podemos aprender».


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