417 | Eduvije

Eduvije Lairana Mejía -o simplemente Peque, como la llaman sus amigos- emigró de Bolivia hace once años. Allí, en Santa Cruz, se preparaba para ser auxiliar de enfermería, pero la realidad económica fue más potente y tozuda que sus esfuerzos: cuando llegó el momento de hacer las prácticas, no tuvo con qué pagarlas. “Había que abonar 25 dólares por mes para hacer esas prácticas -detalla-. Puede que parezca poco dinero, pero yo no podía hacer frente a esa cantidad. Mis profesores me decían: ‘Tú puedes, sigue adelante, eres buena alumna’. Me daban ánimos; hasta me dieron una beca de tres meses. Pero, con beca y todo, había que comprar textos… No podía. Mi sueldo no daba para tanto”.

Su sueldo no alcanzaba, en parte, porque era bajo, y sobre todo porque era el único sustento de su familia. Había muchas bocas que alimentar, muchos pies para calzar en casa. Con poco más de treinta años, Peque ya era madre de ocho niños. “Cuando decidí divorciarme, quedé sola para todo. Me convertí en madre soltera -resume con contundencia, aunque si dramatizar el asunto-. Yo trabajaba, llevaba mi casa y estudiaba. También jugaba al fútbol, que es un deporte que me encanta y se me da bastante bien. Siempre conseguía sacar tiempo para el ejercicio y los estudios. Quería sacarme un título; era importante para mí, pero hay prioridades. Más importantes eran mis hijos”.

La situación era insostenible. Todo anunciaba precariedad. Peque le dio muchas vueltas al asunto hasta que comprendió que lejos sería más productiva que cerca. En 2005 tomó la decisión más difícil de su vida: emigró. “Iba a ser por un año… -dice, un poco nostálgica-. La idea era venir, trabajar mucho, ahorrar todo lo que pudiera y volver. La mayoría lo enfocamos así, por lo menos, la mayoría de los que tenemos hijos. No te vas pensando que no vas a volver nunca. Cuando me marché, no imaginé que me perdería la adolescencia de mis hijos mayores ni la niñez de los más críos, pero me la perdí”.

“Todo eso lo viví a distancia, mientras mi padre se encargó de cuidar a los niños -prosigue-. Ha sido para ellos mucho más que un abuelo y, para mí, mucho más que un padre. Le estoy muy agradecida; lo suyo tiene mérito porque hizo todo solo. Mi madre falleció hace casi veinte años”, explica. Con esa plataforma como punto de partida y con una hermana suya viviendo aquí, en Euskadi, Peque se montó en un avión. Su llegada, el 23 de abril, coincidió con el día de San Jorge, un santo del que se confiesa “muy devota” y al que le rezó con gran fervor, sobre todo en los primeros tiempos, los más adversos y duros.

“Las primeras semanas aquí fueron tremendas -dispara, sin matices-. No tenía dinero, ni contactos ni nada. La única persona conocida, mi hermana, trabajaba como interna en una casa de familia. Ella hizo lo que pudo para resolver mi alojamiento al principio, mientras yo me buscaba la vida”. El alojamiento, como lo llama Peque, resultó ser un colchón en el suelo de un pasillo. “Eso fue lo mejor que pude conseguir, y casi que dando gracias. Me cobraban 150 euros al mes y no tenía derecho a cocina. Tampoco podía estar mucho en el piso, así que me levantaba a las cinco de la mañana, me duchaba, y a las siete ya estaba en la calle, buscando trabajo y esperando para que llegara la hora de poder volver”.

“Lloré mucho en ese tiempo”, relata. “Lloré caminando por las calles. Tuve frío. Me pregunté muchas veces quién me había mandado a venir aquí… y le recé mucho a San Jorge. Le pedí que me ayudara a conseguir trabajo y a encontrar gente buena, porque los cuentos que oía de otras chicas que trabajaban como internas eran terribles. ‘Ayúdame a salir adelante y te hago tu fiesta’, le prometí. Y San Jorge me ayudó”, dice ella, convencida. “Encontré trabajo con una familia gallega. Fueron muy buenos conmigo. Hasta hoy sigo trabajando como interna, de lunes a sábado. Mis jefes son muy buenos”.

Agradecida con sus empleadores, pero también con su santo, Peque organiza cada año una fiesta en su honor. “Nos reunimos en un bar, preparo comida y bebidas, hacemos lechón, cantamos, bailamos… Me acompañan amigas y amigos latinos, pero también de aquí. La fiesta de San Jorge es cada vez más numerosa. La última vez nos reunimos casi 90 personas”, calcula feliz, mientras prepara la próxima, por séptimo año consecutivo. “Prometí homenajearlo y lo cumplo. Trabajo con personas que me tratan bien y me permiten sacar adelante a mis hijos. Llegué sin nada, ¿cómo no voy a estar agradecida?”

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416 | Carmina

Compromiso social. Interés por los otros. Una visión colectiva. Con estas tres expresiones podría perfilarse uno de los rasgos más sobresalientes de Carmina Rosillo, una mujer que tiene muy claro que tejer redes y relacionarse con los demás es vital, y que las soluciones a los grandes problemas se encuentran mejor en equipo. “La importancia de los afectos, de los grupos y la compañía de otras personas es una de las cosas que aprendes cuando cambias de país, cuando emigras y estás solo, pero también cuando pasan los años, tienes hijos y te planteas qué clase de sociedad les vas a legar”, reflexiona.

Maestra de profesión, al igual que su marido, Carmina emigró de Ecuador hace dieciocho años. “Estábamos recién casados, yo tenía veinte años, y nuestra hija mayor era muy pequeñita -recuerda-. En ese momento, la economía de mi país estaba mal; todo el mundo se iba. La emigración estaba presente en casi todas las conversaciones. ‘Qué bien está España’, ‘uno puede prosperar allá’… Ese tipo de frases se oía con mucha frecuencia, era lo típico. Mi esposo y yo decidimos probar suerte y venir también. Nos lo planteamos como un proyecto a cinco años”, dice ahora con una sonrisa, consciente de que ese tipo de horizontes se expanden.

“Cuando llegas aquí te das cuenta de que la realidad es otra, más dura de lo que creías. No es tan fácil situarte, entender cómo funcionan las cosas o encontrar trabajo”. Carmina y su esposo, que vinieron inicialmente a Madrid, tardaron casi un mes en conseguir algo. “Luego, un amigo nuestro nos dijo que teníamos una posibilidad de trabajar en Bilbao. Dijimos que sí enseguida. Claro, resulta que en Madrid hay una estación de metro que se llama así, ‘Bilbao’, y nosotros pensamos que el empleo sería por esa zona, pero no. La oferta era en el País Vasco”, relata divertida.

Carmina explica que el empleo era para su esposo, Camilo. “Era una casa ubicada en la zona de Punta Galea. Necesitaban un chófer, alguien que les mantuviera el jardín… El trabajo era para él. Sin embargo, me gustaría decir que esa familia se portó muy bien con nosotros. Nos permitió vivir a los dos allí, aunque yo trabajara fuera. Nos hicieron todos los papeles y nos facilitaron las cosas para que pudiéramos traer a nuestra hija. Fueron excepcionales”, remarca ella, que desde entonces se dedica a la limpieza de casas por horas. “Hace muchos años que estoy con las mismas familias; muy contenta, además. Valoro mucho el trato personal que tienen conmigo”.

En 2004, la pareja decidió comprar un piso y quedarse. “Es verdad que nunca ejercimos aquí nuestra profesión y que, con el paso de los años, te das cuenta de todo lo que podrías haber hecho y no hiciste, desde traer los títulos hasta estudiar otra cosa, o montar un negocio propio. Pero también es cierto que el País Vasco es el lugar que nos permitió estabilizarnos, aun dedicándonos a otros oficios, como la limpieza. La tranquilidad, la seguridad, el nivel de estudios al que han tenido acceso nuestra hija mayor y el pequeño, que nació aquí hace diez años, no tienen punto de comparación con lo que les podríamos haber ofrecido en Ecuador”, expone.

“Por otro lado, la experiencia humana aquí ha sido buenísima. Todo el mundo nos ha tratado de igual a igual, no hemos sentido rechazo ni discriminación. Al contrario, un aspecto que me parece muy interesante es que las diferencias en el poder adquisitivo no se trasladan a las relaciones personales. La parte negativa es que el coste que pagas por ello es muy alto: pierdes a tu familia, el vínculo estrecho con ellos, la relación cotidiana. Nuestros hijos se han criado sin abuelos, primos o tíos. Hoy quizás no perciban la importancia de ello. Más adelante, cuando su padre y yo ya no estemos, sí”.

En este punto, Carmina ensalza la importancia de la amistad y del trabajo asociativo. Dos razones por las que ha empezado a participar en el Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi, que son muchos. “Hay más de cien personas afectadas y eso que nosotros sepamos. Mi caso, en concreto, es liviano comparado con el de otros: pago un tipo de interés llamado IRPH, más elevado que el Euribor. Pero hay personas que lo están pasando francamente mal, que viven dramas y que están desprotegidas. Hablamos de gente que vino aquí con expectativas y que se marcha sin nada y con deudas. Es muy grave, muy triste, y es preciso implicarse. Toda la sociedad, todas las personas deberían interesarse por los problemas de los demás. Quizás tú no tengas dificultades para pagar la hipoteca, pero ¿y tus hijos? ¿Y tus amigos? La sociedad se mejora entre todos, más allá de dónde vengamos o de los recursos que tengamos a nivel individual”.

El Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi atiende todos los jueves de 16:00 a 20:00 horas en la esquina de las calles Bailén y Gral. Castillo, en el local de Libros en Movimiento de la Asociación Norai. El teléfono de contacto es: 637.601.736.
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411 | Nadia

Nadia Domínguez Pascuales es una investigadora colombiana que llegó hace seis años a Euskadi. El motivo de su migración fue afectivo -se casó con un vasco-, pero decidió convertir este tiempo y este cambio de escenario en una oportunidad para desarrollar su trayectoria académica. Licenciada en Derecho, Nadia homologó su carrera en la Universidad de Deusto y cursó un Master en Estudios Feministas y de Género, un posgrado que la animó a continuar. En la actualidad, está haciendo un doctorado en Derecho e Inclusión Social en la Universidad de Navarra. ¿El tema de su tesis? “La presencia de mujeres con diversidad funcional física en el ámbito político”.

Lo eligió porque le toca de cerca. “Mi padre dedicó toda su vida a la política y yo soy una mujer con diversidad funcional física. Ninguna investigación es neutra; influye mucho la historia personal”, expone. Motivada por esas dos fuerzas, Nadia se propuso una tarea ardua y, por momentos, titánica: averiguar qué representación política han tenido en España las personas con discapacidad física desde la instauración de la democracia hasta hoy. “Mi finalidad era indagar en los parlamentos autonómicos, en el Congreso y en el Senado hasta conocer las cifras. Quería desglosar los datos por género y por comunidades autónomas”, explica.

Y pregunta: “¿Sabes cuántos hombres y mujeres con diversidad funcional física han tenido presencia en los parlamentos autonómicos desde la implementación del sistema democrático? Solo treinta y tres. A lo largo de cuarenta años, apenas han habido veintisiete hombres y seis mujeres. Los datos son preocupantes y decepcionantes porque evidencian que algo está mal”, valora. Sin embargo, no son los números lo que más la inquietan, sino la dificultad que ha tenido para conseguirlos y las actitudes con las que se ha topado mientras realizaba su investigación.

“En la mayoría de las instituciones me decían que no tenían esos datos desglosados, que no habían pensado nunca en eso. Yo sabía que mi tema era novedoso, pero nunca imaginé que sería tan difícil reunir la información. Menos aún, que encontraría tantísimas dificultades para abordar el aspecto cualitativo”, reconoce. Y es que un punto fundamental de su trabajo pasa por entrevistar a esos representantes políticos con diversidad funcional física; algo que, salvo contadas excepciones, no ha conseguido. “Hablar con ellos es indispensable para conocer el tema en profundidad y poder desarrollar acciones que fomenten una adecuada representación de las personas con este perfil, en especial, de las mujeres”.

Falta de interés político

Lejos aún del final de su tesis, Nadia extrae otras -“tristes”- conclusiones: “La clase política no tiene un contacto verdadero con la ciudadanía. Y en este asunto, lamentablemente, tampoco. En lugar de valorar la importancia social de un estudio de estas características, de colaborar con el trabajo de campo, lo que muestran los políticos es indiferencia. No tienen tiempo, no responden… Te dejan claro que no hay verdadero interés. Las mujeres con diversidad funcional física somos objeto de una doble discriminación, es algo muy serio, pero no hay caso: la respuesta es escasa. Para ser sincera, me siento como mendigando tiempo y atención”.

Bajo el paraguas de la indiferencia, Nadia incluye a todas las formaciones políticas, “incluso aquellas que más se han esforzado por darle visibilidad a este tema. Por poner un ejemplo concreto, escribí hace unos meses a Podemos, para hablar con Pablo Echenique, y su secretaria me dijo que estaba muy ocupado con las elecciones y que volviera a intentarlo más adelante. Yo pedía media hora de su tiempo, ¿eh? No pedía mucho más. Me quedé muy sorprendida y disgustada con esa respuesta. Deja mucho que desear, teniendo en cuenta su estilo y su foco de representación”, señala.

La paradoja de su investigación es que, en la búsqueda de ciertas barreras, se ha topado con otras que no esperaba. “Los óbices con los que me he encontrado son decepcionantes, pero sigo avanzando. Una vez, un profesor me dijo que quienes hacemos tesis doctorales pretendemos cambiar el mundo, el continente, el país o el barrio. Y yo le contesté que no. No pretendo cambiar el mundo. Mi objetivo es visibilizar un tema olvidado por la sociedad, colocarlo en la agenda, hablar de esto y mostrar que existe. Las mujeres con diversidad funcional física estamos infrarrepresentadas en el ámbito político, somos víctimas de estereotipos y prejuicios que nos lastran. Falta mucho por hacer en el campo feminista, político y de la diversidad. El primer paso es hablar. El silencio también discrimina”.

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410 | Paola & Viviana

La historia de Paola Soto y de su cuñada, Viviana Zuleta, está marcada por el cambio, las renuncias y el esfuerzo sostenido. También por el trabajo colectivo: su proyecto migratorio fue un proyecto familiar. “Hicimos todo poco a poco y vivimos muchas despedidas -dice-. El camino fue difícil porque hubo muchas separaciones, aunque valió la pena. Lo mejor que pudimos hacer fue venir al País Vasco y criar a nuestros hijos aquí”, evalúa Paola, que mira el recorrido con perspectiva de madre, de mujer y de persona emprendedora.

“Esto empezó en 2001 -relata-. Vivíamos en Colombia, en Medellín, y veíamos que la situación general era muy mala. No había mucho trabajo, la economía iba mal. Mi marido y yo teníamos un hijo pequeño y otro en camino, así que nos planteamos marcharnos del país”. El primero en irse fue él, que tenía un familiar en Albacete. “Era una tía suya, que vivía en un pueblito. Como era el único contacto, la única referencia, ese fue su primer destino”, explica. Para ese entonces, el bebé de ambos había nacido y tenía apenas tres meses.

Su tía lo recibió muy bien y lo ayudó en todo cuanto pudo, pero el pueblo era realmente pequeño y allí no había posibilidad de trabajar. “Pensó en regresar a Colombia, pero mi suegra tenía una amiga en Bilbao; habló con ella y le explicó la situación. Así fue como mi esposo llegó a Euskadi, donde sí encontró la posibilidad de trabajar. Es carpintero y consiguió empleo en poco tiempo. A los tres meses de haber venido, tenía lo básico para empezar y me dijo que viniera. Llegué yo y, lo mismo, enseguida empecé a trabajar”.

Eran tiempos de bonanza económica, pero “nadie te regalaba nada”. Para Paola, el precio de ese inicio fue separarse de sus hijos -a los que pudo traer unos meses después- y asumir que venía “a trabajar de lo que hubiera. Y lo que había -continúa- era ponerse a limpiar”. Trabajó para empresas de limpieza y en casas de particulares, algo bastante alejado de lo que alguna vez imaginó cuando estudiaba en la universidad para ser auditora empresarial. Sin embargo, ella misma destaca que ese trabajo le permitió asentarse aquí y forjar lo que no pudo construir en su país: una estabilidad familiar junto a su esposo y sus hijos.

“Mi cuñada vivió lo mismo, aunque con una separación más larga -prosigue-. Su esposo también es carpintero y vino con trabajo, aunque pasaron cinco años hasta que ella pudo viajar, y otros dos hasta que trajo a los niños”. Entonces cambió todo, para mejor. “No se puede comparar estar lejos y solo a estar con tu familia. Aunque el entorno sea nuevo o estés recién empezando, tienes más fuerza y más apoyo. En nuestro caso fue clarísimo. En cuanto llegó Viviana, empezamos a pensar en cómo hacer algo juntas”, explica.

Quemar las naves

Esa voluntad se materializó en un negocio propio; un proyecto que requirió de mucha determinación y no pocos sacrificios. Ponerlo en marcha implicó apostarlo todo al País Vasco. “Viviana es manicura. Cuando llegó aquí, empezó a trabajar de lo suyo, como empleada, pero le pasaba un poco como a mí: hacíamos muchas horas para sacar un sueldito. Teníamos que hacer algo para mejorar esa situación”, dice Paola, antes de contar la segunda gran decisión migratoria: “Mi esposo y yo vendimos una casa que teníamos en Colombia, así que contábamos con algunos ahorros. No era suficiente para comprar una vivienda aquí, pero sí para emprender”. Decidieron quemar sus naves.

“Abrimos un salón de manicura y pedicura. Mi cuñada tenía el oficio, yo sabía de administración empresarial, y nuestros maridos, como son carpinteros, nos hicieron todo el local. Fue un proyecto familiar en el que todos nos implicamos, hasta mi hijo mayor, que nos hizo la parte gráfica, desde el cartel hasta las tarjetas de visita”, cuenta Paola, y añade que este mes celebran su tercer aniversario.

“Desde un principio nos planteamos que cualquier persona que pase por esta puerta tiene que sentirse bien, sentirse especial. Y esa filosofía nos ha funcionado, tanto para el negocio, como para nosotras, a nivel humano. Venimos contentas a trabajar, y eso que pasamos aquí todo el día. Y las personas regresan, se sienten bien. Desde mi punto de vista, eso es lo más importante: la satisfacción. Cuando uno hace algo que le gusta, se nota. Y creo que si te esfuerzas, si realmente crees en algo, lo puedes conseguir, las cosas resultan. Tal vez pudiera parecer una locura emprender algo hace tres años, pero aquí seguimos y hemos podido contratar a otra persona”, concluye Paola.

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409 | Darling

Darling Tuchani siempre quiso ser independiente. Desde que vivía en Bolivia y decidió estudiar en la universidad, siempre tuvo claro que iba a valerse por sus propios medios. “Yo no quería pedir nada a nadie, ni quedarme en casa de mis padres, ni convertirme en una carga para ellos”, asegura. Obtener la licenciatura en Derecho fue un camino laborioso; el entorno no era sencillo y le exigió grandes esfuerzos. Pero toparse con el mercado laboral y darse cuenta de que no había sitio para ella fue un obstáculo demasiado grande.

“No había ofertas de trabajo y yo no tenía los recursos económicos para montar mi propio despacho. Por otro lado, tenía una amiga viviendo aquí. Éramos compañeras desde la escuela y, cada tanto, me llamaba y hablábamos mucho. Hacía años que ella había emigrado y estaba contenta en Euskadi. Cuando le conté lo que me pasaba, me animó a venir también”. Aquella época -2004- era un momento de prosperidad. “Venir a España estaba de moda en Bolivia”, recuerda Darling, que tampoco olvida el planteamiento de su amiga: “Vienes, trabajas un año, ahorras dinero y vuelves. Así podrás comprar los ordenadores, alquilar un lugar y montar tu bufete”, le dijo.

La ‘moda’ de venir a Europa se hacía palpable en las agencias de viajes, donde no solo se vendían los billetes de avión o se financiaba su coste, sino que se ofrecían todo tipo de consejos y facilidades para un público que, en su mayoría, nunca había viajado y venía a trabajar. Darling lo describe muy bien cuando recuerda su experiencia. “En la agencia te preguntaban a qué ciudad ibas a ir, luego te informaban sobre los cuatro o cinco sitios de interés que cualquier turista debería conocer. Te explicaban que, cuando estuvieras en la cola de migraciones, no tenías que hablar con nadie; que si te dejaban pasar, debías seguir tu camino sin mirar atrás”.

También les hacían recomendaciones estéticas. La principal: ir bien vestido. “Demasiado vago el concepto”, observa Darling ahora, que se ríe de sí misma y de su poco acertada decisión de volar con zapatos de tacón tantas horas. “Me vestí lo mejor que pude; me puse esos zapatos… y me arrepentí, claro, porque me costó mucho calzarme y caminar cuando aterrizamos”, cuenta divertida. Así y todo, con los pies doloridos y “los nervios de punta” hizo la cola en migraciones, pasó y no miró atrás. Todo lo que importaba lo tenía delante: trabajar duro, ahorrar y volver.

Cambio de planes

Le pasó como a muchos: lo que iba a ser “solo un año” se prolongó. “Conseguí trabajo casi enseguida, primero cuidando niños, después acompañando a una señora mayor. Trabajaba como interna y era un régimen muy exigente y muy duro, pero me permitía reducir al máximo mis gastos. El problema es que todo lo que gané durante el primer año lo destiné exclusivamente a pagar mi billete de avión, porque para viajar pedí dinero prestado. También mandé algo para cubrir algunos gastos de mis padres y ayudarlos, así que cuando se cumplió el primer año y mi madre me preguntó si iba a volver, tuve que decirle ‘aún no’”.

Hace once años que Darling llegó al País Vasco. Ha pasado mucho tiempo desde que experimentó su primer invierno en febrero, desde que vio la nieve, desde que conoció el mar. Todavía recuerda la sensación de frío en los huesos, los patios y calles helados, el sabor de la sal. “Bolivia no tiene mar. Solo lo conocía por fotos, por la tele, por los cuentos. Me habían dicho que el agua era salada y yo la quise probar”, dice Darling, que lloró mucho en Sopelana, de emoción y de añoranza. “Me impresionaba todo lo que veía, la naturaleza, las carreteras, el metro… Parecía una campesinita en Nueva York. Estaba llena de asombro, pero al principio solo pensaba en volver”.

Sin embargo, se quedó. “Me fui quedando”, conjuga ella. Primero, para cumplir su objetivo de ahorrar. Después, para regularizar su situación. Más tarde, para tramitar su nacionalidad. Finalmente, porque se enamoró. “La vida cambia mucho -reconoce-. Y uno también va cambiando. Poco a poco empecé a conseguir otros trabajos, en una panadería, en un Garbigune… Actualmente trabajo en una tienda de ropa, como dependienta”.

El sueño de ejercer su profesión no está aparcado. Por el contrario, Darling compagina su trabajo con sus estudios. Está en pleno proceso de homologación de su título. “Tengo que dar examen de diez asignaturas y es complicado, porque son todas de Derecho puro y duro. Lo bueno es que encontré una asociación, Kosmópolis, que apoya mucho en este tipo de procesos, y que mi pareja y su familia también me alientan a seguir. Mi suegro, de hecho, estudia conmigo. Yo creo que se lo ha tomado como un reto personal. Realmente, he tenido mucha suerte”.

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408 | Viviana

Viviana Cauna lo tiene claro: “Cuando trabajas en lo que te gusta, se nota. El tiempo que empleas, la dedicación y el nivel de minuciosidad son mucho mayores. Es fácil darte cuenta cuando alguien hace aquello que realmente le apasiona porque esa entrega marca la diferencia”, sostiene. En su caso, es una dulce vocación: la pastelería y la repostería, un oficio al que se dedicaba en Uruguay antes de emigrar, que mantuvo aparcado durante años cuando vino al País Vasco con su esposo y que ahora ha vuelto a retomar aquí con tanto esfuerzo como ilusión.

“La pastelería es una ciencia exacta. Hay que pesar, medir, tamizar, controlar tiempos… y ceñirse a todos esos parámetros sin quedarse corto ni pasarse. Quizá el único elemento que no se puede calcular es el mimo con el que uno hace las cosas. Y es curioso, porque seguramente sea el ingrediente más importante de todos”. Con estas palabras, Viviana describe su trabajo cotidiano, un oficio que aprendió hace muchos años, cuando vivía en Mercedes, un pequeño pueblo de Uruguay.

“Mi pueblo tiene unos cuarenta mil habitantes, es chiquito, aunque contábamos con todo lo necesario. Cuando vivíamos allí, mi esposo y yo teníamos una panadería, un obrador propio y nos iba muy bien. Hubo un momento en el que éramos trece personas trabajando -dice para cuantificar el negocio-. Pero en 2002, justo después de la crisis de Argentina y del famoso ‘corralito’, todo se desmoronó. Redujimos la plantilla hasta quedar en la mitad. Poco después, abrió un supermercado muy grande justo enfrente de nuestro local. Vendía el típico pan congelado a bajo precio, no podíamos competir. Ese año bajamos la persiana. Al año siguiente, nos fuimos del país”.

El relato de Viviana se asemeja bastante al de muchas personas de aquí -jóvenes, sobre todo-, que han tenido que cerrar sus comercios, que se han quedado en el paro o que han decidido marcharse. “Es duro. Siempre que recuerdo esa etapa siento tristeza. Cambiar de lugar, dejar tus cosas y decirle adiós a tus afectos es muy difícil, pero la incertidumbre es lo peor. Uno se va sin saber con qué se va a encontrar, cómo serán las cosas en la otra punta del mundo. Y te vas con lo puesto y poco más. En nuestro caso, al menos fue así. Trajimos muy pocos ahorros y las manos en los bolsillos”.

Eligieron Euskadi porque Gustavo, su marido, tenía un buen amigo aquí. “Su amigo es hijo de vascos que, en su día, emigraron a Uruguay, aunque hace años que regresaron a Algorta. Siempre siguieron en contacto y cuando supo que lo estábamos pasando mal con el negocio, le animó a que viniera”. Y Gustavo vino. Primero él, que consiguió trabajo a los pocos días en un bar, preparando pintxos. Después llegó ella con los niños. “Teníamos dos hijos pequeños. Hoy tienen 16 y 18 años, pero en ese momento eran chiquitines. Para nosotros fue difícil pero para ellos eso fue una ventaja, porque en el cole se integraron enseguida”, indica.

Óxido, polvo y proyectos

El marido de Viviana trabajó durante años en el bar. Y ella, que trajo en su maleta el libro de recetas de la panadería y sus herramientas de trabajo, como las cortadoras de pastas o las boquillas de decoración, vio cómo algunos de estos utensilios se oxidaban por la falta de uso. Pasó años sin tocarlos, trabajando en otras cosas. “Empecé igual que mucha gente, limpiando casas y portales, hasta que conseguí empleo como camarera. Allí, detrás de la barra, hice grandes amigos. Mis compañeros de trabajo fueron siempre un gran apoyo para mí. Al principio, como digo, es muy difícil. El cambio de cultura se nota. Estábamos muy solos. Nos teníamos a nosotros mismos. Y las personas, hasta que te conocen, te esquivan”, relata.

Los compañeros de trabajo “y las mamás y los papás del cole” fueron los primeros vínculos afectivos de Viviana y su familia. Se afianzaron, se estabilizaron, tuvieron un tercer hijo… Y llegó la crisis. “Mi marido se quedó sin trabajo con 50 años. Mi sueldo no alcanzaba para mantener a toda la familia. Así que nos pusimos a pensar ‘cómo salimos de esta’, ‘qué sabemos hacer’. Volver no era una opción, ni por nosotros ni por nuestros hijos. Así que decidimos lanzarnos y abrir nuestra pastelería”, cuenta ella de manera resumida, ya que “fue muy complicado, desde encontrar el sitio, hasta hacer la obra u obtener un microcrédito en el banco. Menos mal -matiza- que nos acercamos al ayuntamiento y contamos con el apoyo de Getxolan, que ayuda mucho a los emprendedores”, dice agradecida.

“Así y todo, fue difícil. Incluso tuvimos que mejorar nuestro libro de recetas, aprender a hacer cosas típicas de aquí, probar qué cosas funcionaban y cuáles no, y adaptar nuestras preparaciones para el público local. Los vascos son muy sibaritas, saben comer bien y les gusta la buena comida. Tienen un nivel de exigencia muy alto”, observa Viviana. “Pero eso no nos intimidó. Incluso hemos conseguido poner de moda cosas muy nuestras, como los alfajores de maicena con dulce de leche”, cuenta orgullosa. “Poco a poco nos hemos hecho un lugar. Desde luego, hay un montón de niños en el barrio que están contentos de tenernos por aquí”, concluye con una sonrisa.

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