373 | Ricardo

Todo proyecto migratorio se apoya en una convicción inicial: salir del país es mejor que quedarse. La convicción es genuina, lo suficientemente profunda como para emprender toda clase de viajes, hasta los más arriesgados. En la mayoría de los casos, la búsqueda es personal: conseguir trabajo, reunir dinero, estudiar, consolidar una pareja, huir de la inseguridad, alejarse de un conflicto o dejar atrás problemas que no se pueden resolver quedándose.

Motivos migratorios hay muchos, aunque casi siempre son individuales con alcance familiar. Se ‘sacrifica’ uno por sí mismo y por los suyos, pero no por los demás. No obstante, hay matices y excepciones. No todo es sacrificio ni todo es individualismo. También hay hueco para la ilusión. En ciertos casos, los proyectos migratorios persiguen el progreso colectivo, tienen por objetivo mejorar las condiciones de una comunidad, de sus jóvenes, sus mayores y de las generaciones que vendrán.

Este es el caso de Ricardo López Robles, un ingeniero mexicano que, como muchos otros extranjeros, vino a Euskadi con la idea de formarse y regresar. Lleva aquí siete años y está “encantado” con la gente, la cultura, su trabajo y la ciudad, pero mantiene su determinación de volver una vez que termine el doctorado. Mientras, se ocupa de tender puentes comerciales y empresariales entre Euskadi y Zacatecas, la ciudad a la que quiere devolver sus logros transformados en oportunidades… para otros.

“Yo soy un privilegiado -reconoce-. Pude estudiar y pude hacer la carrera que quería. Mi madre, desde pequeño, me inculcó que si eres afortunado, si has tenido más oportunidades que otras personas, debes preocuparte por los demás, por tu comunidad; debes pensar cómo devolver a tu ciudad esos beneficios que has recibido -expone-. Cuando terminé la carrera, me ofrecieron trabajo fuera del país. Tenía ante mí dos opciones: viajar a Perú o ir Estados Unidos. La oferta estadounidense era más atractiva desde el punto de vista económico, pero yo elegí marcharme a Perú”.

La explicación es sencilla: “Escogí lo que me parecía más demandante, la experiencia que me pudiera exigir un punto más alto de compromiso. Yo buscaba crear vínculos para mi región, acuerdos beneficiosos, y las empresas estadounidenses no son buenas para eso; no tienen un compromiso social, solo ven la cuenta de explotación. Existía más potencial en América Latina, donde sí se pueden estrechar lazos”. Con esta idea, Ricardo viajó a Lima como consultor, contratado por una empresa minera para generar un cambio de organización; “un tipo de proyecto que no se resuelve en las oficinas”, apunta.

Así, trabajó durante un año en una mina que estaba a 4.700 metros sobre el nivel del mar. “El aeropuerto más cercano estaba a tres horas en coche, por caminos de montaña, y el ordenador a veces no encendía por la falta de oxígeno que hay a esa altura”, describe. La vivencia sí cumplió con sus expectativas de exigencia -“fue muy intensa”-, y le arrojó una enorme lección. “Ahí me di cuenta de que me faltaba aprender mucho para poder aportar valor y promover el desarrollo regional”.

Bilbao: un caso de éxito

Todavía en Perú, Ricardo empezó a investigar sobre procesos de reconversión. “Busqué casos de éxito de ciudades y sociedades, y me encontré con Bilbao y su transformación, con su paso de ciudad gris e industrial a enclave tecnológico y cultural. Me pareció increíble y fascinante… sobre todo cuando descubrí que a mi ciudad, Zacatecas, la fundaron tres vascos en 1546. Hay un vínculo histórico y cultural. Mi ciudad supo ser estratégica y luego perdió su fuerza. Los vascos, en cambio, han sabido reinventarse. Quise venir para aprender cómo lo habían hecho y para incorporar esos nuevos matices en el ADN de mi sociedad”.

Se apuntó a un máster europeo en Gestión de Proyectos, en la UPV, hizo las maletas y vino a Bilbao, decidido a aprender cuanto pudiera. A los pocos meses de empezar, le ofrecieron trabajo en el Automotive Intelligence Center (AIC). “En paralelo, la universidad me ofreció hacer mi tesis doctoral. Y a ambas cosas dije que sí”, explica Ricardo, que actualmente es gerente de proyecto en la empresa y está preparando su tesis. “Acepté porque es una oportunidad única de completar mi formación y, al mismo tiempo, tender puentes”.

“En estos años, he viajado a México para dar charlas, he traído a jóvenes para que se formaran en empresas vascas y regresaran allí, y he contado con el apoyo del lugar donde trabajo, un sector que se distingue por su internacionalidad, por pensar de manera global. Cuando regrese a mi país, tendré la ventaja de conocer ambos modelos y podré ayudar a ensamblarlos. La idea es abrir camino para las empresas de aquí y promover, al mismo tiempo, el desarrollo del lugar en que se instalen. Busco un modelo productivo para todos”.

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2015 América del Norte Ellos

330 | Brian

Nueva York es una de las ciudades más conocidas del mundo. Basta nombrar un par de calles o edificios para que cualquier lector piense en ella. La estatua de la Libertad, Wall Street, la Quinta Avenida o el gigantesco Central Park son solo algunos ejemplos. Escenario de inolvidables películas, de canciones y de exitosas series de televisión, la ‘ciudad que nunca duerme’ se asocia con la actividad incesante, el comercio, las finanzas, la moda y el glamour. Quizá por ello -y porque no son pocos quienes sueñan con visitarla al menos una vez en la vida-, cuando Brian Russak dice que es de allí, la gente no tarda en preguntarle por qué se ha mudado aquí.

“Me lo preguntan casi a diario”, reconoce divertido, así que no le extrañan la curiosidad ni la insistencia. ¿Qué hace un neoyorquino en Bilbao? La respuesta tiene más de veinte años y es una mezcla de casualidad, amor, San Francisco y Zaldibar. Sí, Zaldibar, el pueblo de su marido, Endika. “Cuando terminé mis estudios, en 1993, me mudé a San Francisco, en la costa del Pacífico. Y allí, por esas cosas del azar, conocí a Endika, que había viajado de Euskadi a Estados Unidos para hacer un master. Fue un flechazo -confiesa-. Desde entonces, estamos juntos”.

Su primera visita al País Vasco fue ese año, cuando las líneas del metro solo estaban sobre un papel y el edificio del Guggenheim era aún una maqueta futurista en el seno del Museo de Bellas Artes. Aquello le impresionó. No se esperaba un “entorno tan maravilloso” ni una “apuesta tan ambiciosa” para mejorar una ciudad. “Como te podrás imaginar, viniendo del país que vengo, yo no tenía ni idea de Euskadi, mucho menos de un pueblito tan pequeño como el de Endika. Recuerdo que él me hablaba de Bilbao para darme una referencia urbana un poco más conocida y que yo solo podía asociarlo con el Hobbit, por Bilbo Bolsón”.

La pareja regresó a Vizcaya en 1997; en esa ocasión, por más tiempo. “Habíamos vivido en Estados Unidos y decidimos radicarnos una temporada aquí -cuenta-. Estuvimos tres años, hasta que me entró el gusanillo profesional”, señala Brian, que en aquel entonces trabajaba como organizador de eventos y relacionista público, aunque era -y es- un periodista especializado en el mundo de la moda. “En el año 2000 sentí la necesidad de regresar a Nueva York. En ese momento, tenía treinta años y quería dedicarle más tiempo a mi profesión”. Él y su chico cruzaron nuevamente el Atlántico.

Entre el vértigo y la tranquilidad

Tras ocho años de vida compartida en Nueva York, Brian y Endika decidieron volver a Bilbao; esta vez, para quedarse. “Los dos hemos tenido ‘etapas’ y por eso hemos vivido en diferentes lugares del mundo. La experiencia en mi ciudad estuvo muy bien. Nueva York nunca decepciona y es muy estimulante, pero también desgasta muchísimo. Es un lugar tan grande, tan bestia, que cuando sales de casa por la mañana vas preparado para la guerra”, ilustra con humor. “Necesitábamos algo más tranquilo, una ciudad que pudiéramos abarcar y en la que tuviéramos la posibilidad de quedar con nuestros amigos también entre semana, algo que allí es impensable”, añade un tanto más serio.

“Mientras vivíamos en mi país, viajamos aquí varias veces, ya que la familia de Endika estaba en Euskadi. En uno de esos viajes, en 2005, nos casamos; la boda fue en Sopelana. Nuestra decisión de afincarnos en el País Vasco coincidió con el comienzo de la crisis”, explica, aunque añade que esa coyuntura les sirvió para reinventarse. “En un viaje a Londres descubrimos una franquicia de heladerías y cafeterías. Nos pareció una propuesta muy chula y decidimos traerla a Bilbao. Abrimos el negocio hace dos años, junto al Museo Guggenheim, que ahora es una realidad. ¡La verdad es que estoy encantado!”.

Lo cuenta con entusiasmo y con la tranquilidad que da haber acertado con un gran cambio de vida. “Yo estoy fascinado con Bilbao. Me encanta la ciudad, la calidad de vida que tiene, la gente… Es una ciudad muy cómoda, todo está a mano, el entorno es estupendo y es una gran base para viajar a otros lugares. Y qué te voy a decir de la gastronomía, si yo aprendí a comer pescado aquí. Es más, muchas especies de pescado las conocí en Euskadi, en castellano, y tuve que aprender después cómo se llamaban en inglés”, cuenta.

Como esas, tiene “millones de historias divertidas”, sobre todo, para sus amigos vascos, que ya se han acostumbrado a verlo pelando gambas con cuchillo y tenedor. “Bueno… todavía soy estadounidense… Pero, fíjate que abrir un negocio aquí ha sido muy importante a nivel personal para mí, ya que me ha permitido formar parte de la economía real de la ciudad, sentirme más bilbaíno todavía. Y es que Brian lo tiene muy claro: “Los bilbaínos nacemos donde queremos, incluso en Nueva York”.

2014 América del Norte Ellos

312 | Teresa

Conversar en estos días con Teresa Valero equivale a viajar a México con una guía cultural bajo el brazo. «Las tradiciones decembrinas de mi país son muy bonitas y singulares», explica ella, que preside la asociación México-Euskadi desde noviembre, aunque cambió el D.F. por Bilbao hace dos años. «Cuando uno llega a un país nuevo, se siente solo. Es fácil añorar las cosas que se han dejado. Por eso me he centrado en desarrollar actividades que me permitan integrarme con las costumbres y personas de aquí, pero también en compartir las de mi tierra. En ese sentido, la asociación desempeña un papel fundamental».

Hace quince días, el colectivo organizó un taller de piñatas para que los niños -también los adultos- disfrutaran y conocieran más de cerca esta tradición. «No se trata solo de recordar, sino de compartir», explica. «Nuestra asociación es un poco peculiar, porque no está integrada solo por mexicanos. Hay muchos vascos. El día de las piñatas, por ejemplo, vino una señora de aquí con su hijo. Habían vivido dos años en mi país, se sabían todas las canciones típicas y las cantaban».

Entre las peculiaridades del colectivo mexicano, Teresa señala que un elevado porcentaje está solo de paso. «Buena parte de la gente viene a estudiar, de modo que son muchos los que están por poco tiempo. Por otro lado, el vínculo cultural y familiar es muy estrecho. Además de que las tradiciones de allí resultan llamativas y gustan, hay muchos vascos que vivieron en México. También hay muchas parejas mixtas, como la mía», indica a modo de ejemplo.

«En mi caso, me mudé a Bilbao porque mi pareja es de aquí. Él es periodista y estuvo trabajando en mi país, donde nos conocimos. Los dos teníamos buenos empleos allí, pero él no acababa de adaptarse; sobre todo, por la inseguridad», relata Teresa, que trabajaba en el Ministerio de Salud. «Había muchos secuestros ‘exprés’, por dinero. Les pasó a tres compañeros míos. Bajar a la calle a fumar un cigarrillo o salir más tarde de lo habitual era un problema. De hecho, en el ministerio habían implementado unos servicios especiales para acompañarte hasta el metro».

Pasar de la precaución permanente a la apacibilidad fue un gran cambio para ella, aunque reconoce que no fue sencillo. «Siempre he sido muy de ciudad y he vivido acostumbrada al ritmo vertiginoso que te marca un lugar como el D.F. Venir aquí cambió por completo mi manera de vivir. Pasé de trabajar a no hacerlo y se modificó el aspecto profesional y familiar, si bien la familia de mi pareja me ha recibido estupendamente. Al principio me costó, aunque ahora lo veo de otro modo. En la ciudad se te va la vida, no tienes tiempo para pensar ni para apreciar los paisajes, ni disfrutar con algo simple, como ver mudar las hojas de los árboles».

Regenerar las tradiciones

Desde esa perspectiva, está contenta con el cambio, si bien señala que en su país la gente sabe ser feliz a pesar de los contratiempos. «Los mexicanos tenemos una forma de vivir la vida muy simple, somos alegres. La sociedad mexicana es una de las más felices, a pesar de la situación de inseguridad. Tenemos tendencia a ver siempre el lado amable de las cosas. Además, las tradiciones se van regenerando, no se quedan obsoletas, no se mueren con las personas mayores, sino que los jóvenes las mantienen vivas». Lo hacen, incluso, fuera de su tierra.

La semana pasada, la asociación celebró las posadas mexicanas, una fiesta popular y religiosa ligada a la Navidad. «En esa fiesta se representa el peregrinar de José y María, buscando posada porque el niño Jesús está a punto de nacer. Comenzamos el 16 de diciembre, que es el día de la Virgen de Guadalupe, y seguimos durante nueve días, cada vez en una casa diferente. En México, los vecinos de una calle se ponen de acuerdo para organizarse. Y todos los días hay piñata, comida, canto especial para pedir posada y entrar», relata.

«Otras fiestas típicas son las pastorelas. Representan la peregrinación de los pastores a Belén e incluyen a varias figuras o personajes, desde el pastorcito perezoso, el cotilla o el glotón hasta diablos y ángeles, que dificultan el camino o lo hacen más llevadero. Este año no lo celebramos en Bilbao, pero en 2012 sí. Y fue muy divertido, porque el chico que hacía de diablo era alemán y hablaba como nosotros, pero con su acento. Imagínatelo diciendo ‘son un montón de pastorsitos’», recuerda Teresa, antes de señalar que estas fiestas, en su país, se extienden «del 16 de diciembre al 6 de enero. Por eso las llamamos la ‘maratón Guadalupe-Reyes’. Hay que aguantar hasta el final y es largo».

2013 América del Norte Ellas

282 | Gonzalo

Hace apenas cinco años, la vida de Gonzalo Arechavaleta era muy distinta a lo que es hoy. Mexicano de nacimiento e ingeniero de profesión, vivía y trabajaba en la tercera ciudad más poblada del mundo. «Me gustaba mi carrera y mi trabajo como asesor, aunque también tenía su claroscuro; México D.F. es una ciudad vertiginosa», describe. El ritmo y la densidad de la urbe, trepidante y tumultuosa, ejercieron poco a poco una potente fuerza centrífuga en él, que a los veinticinco años decidió que se marchaba.

«Necesitaba estar en un lugar más tranquilo; un sitio en el que, al salir de casa, me encontrara con espacios naturales como el monte o el mar, donde no todo fueran coches y edificios y cemento. Quería experimentar la sensación de vivir en una ciudad o un pueblo pequeño, y todo eso lo encontré aquí». De ascendencia vasca -aunque «muy lejana, unas seis o siete generaciones arriba»- Gonzalo empezó a buscar opciones de estudio en el extranjero. El mejor modo de vivir una experiencia fuera de casa era «aprovechar el tiempo para aprender».

«Aunque soy ingeniero, siempre me interesó la cooperación. De hecho, uno de mis sueños era incorporarme como técnico en la ONU», confiesa. Claro que, para ello, el primer paso era especializarse en la materia. Y si bien muchos mexicanos emigran hacia Estados Unidos, tanto por estudios como por trabajo, él se desmarcó de esa tendencia: después de mucho buscar y sopesar las opciones, decidió apostar por el ‘Viejo Continente’. «Vine a hacer un máster en Estudios Internacionales, en la UPV, y la verdad es que el País Vasco me enganchó. Incluso su clima me gusta», subraya.

«Me gusta el frío -prosigue-. Y, para lluvias y nubes, las de Vancouver, donde viví un año y me acostumbré a esos cielos. Por otro lado, el verano aquí es espectacular, y el entorno te permite hacer muchísimas cosas». Y tantas. Él, que en principio prolongó su estancia aquí por una chica, acabó quedándose por un puñado diferente de razones. «La relación de pareja se acabó, pero en ese momento yo ya tenía una rutina, unas actividades y unos amigos. Esa combinación me hizo continuar aquí; impidió que me marchara».

Además del entorno, uno de los aspectos que más valora de Euskadi es que lo volvió a «conectar con el deporte; en concreto, con la escalada. También aquí conocí gente estupenda, hice una cuadrilla de amigos y hasta tenemos un grupo de música», enumera. El grupo de Gonzalo, Txamba, está formado por cuatro personas: un chileno, un jumillano, un vasco y él. «El chileno aporta la rumba; el jumillano, la cumbia… y el vasco y yo nos encargamos de que suene más o menos bien», dice antes de soltar una carcajada.

Mirada al norte

Aunque México es un país heterogéneo, con muchísimas corrientes migratorias y una enorme diversidad étnica y cultural, Gonzalo reconoce que ha sido aquí, en Euskadi, donde ha tenido la ocasión de conocer mejor los matices latinoamericanos. «Mi país está muy influenciado por el vecino del norte. Estamos más atentos a lo que pasa en Estados Unidos que a lo que pasa en el resto de América. Eso hace que no distingamos grandes diferencias entre países, que los veamos a todos como hermanos… En la escuela nadie te cuenta las disputas territoriales que hubo en Latinoamérica. Eso lo aprendí aquí».

También vio, a la distancia, cómo fue cambiando el perfil de la violencia en su país. «Antes tenías la delincuencia común, el robo en la ciudad, la inseguridad o la indigencia. Ahora los crímenes están vinculados con el narcotráfico, son ajustes de cuentas entre quienes están metidos en ese mundo. Lo que se vive ahora es lo mismo que se vivió en Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930: una guerra de bandas», compara Gonzalo para esbozar el problema. «Otra cosa -continúa- es la percepción que existe sobre México desde fuera. Se piensa con frecuencia que las personas allí van armadas de manera habitual, y eso es falso. No tenemos una cultura de armas».

Lo que sí tienen, en cambio, es una riquísima cultura precolombina, y una estupenda gastronomía. «Echo de menos eso: la comida y la comedia, ese carácter que facilita mucho el trato. Aquí la gente es como un crucigrama que tienes que descifrar, aunque eso también le da sabor a las cosas», matiza. ¿La añoranza es suficiente como para volver? «Algún día… -contesta-. Ahora estoy estudiando y tomándomelo con calma. Improviso, y creo que improvisaré los siguientes 20 años de mi vida».

2013 América del Norte Ellos

253 | Arthur

Acude a la entrevista con un libro en las manos. Lleva por título ‘La dieta de las princesas chinas’ y es el último que escribió. El texto aborda un tema contemporáneo: la dificultad para bajar de peso y la frustración de intentarlo por múltiples vías, sin éxito. También ofrece una solución, porque a ello se dedica Arthur Rowshan, a brindar soluciones concretas para problemas concretos. Por su consulta de la Clínica Euskalduna han pasado infinidad de personas en busca de ayuda y consejo profesional. Sobre todo, para dejar de fumar.

Iraní de nacimiento, canadiense de adopción y vasco por elección, Arthur ha centrado su interés en aquellas “dificultades cotidianas que nos impiden alcanzar una vida plena”. O, mejor dicho, en erradicarlas con eficacia. “Ante un problema determinado -explica-, la psicología tradicional se centra en el origen y el porqué. A mí me interesa el cómo. Lo que procuro es entender de qué modo funciona algo para intentar cambiar el patrón y, una vez que lo consigo, comprender mejor las razones. Es decir, es la propia solución la que me ayuda a entender el problema”, resume en un perfecto castellano.

Tras beber un sorbo de agua, continúa, para redondear la idea: “Tendemos a pensar que si comprendemos el porqué de algo seremos capaces de cambiarlo. Y no es así. No basta con saber que fumas porque sientes ansiedad, o porque te sientes inseguro, para que puedas dejarlo. Es preciso enfocarlo de otro modo”, opina el terapeuta, que se ocupa de aclarar que él no es psicólogo y que en su consulta no hace análisis ni diagnósticos. “Mis sesiones están enfocadas en términos de desarrollo personal -dice- . Y son prácticas”.

A pesar de esta puntualización, lo cierto es que Arthur es diplomado en Psicología por la Universidad de Waterloo, en Canadá, tiene un master en Tabaquismo, es experto en Hipnosis Clínica y Relajación y, también, en trabajo grupal. De hecho, viaja con asiduidad a Barcelona, Sevilla y Madrid, donde realiza sesiones en grupo para dejar de fumar. “En general, cuando alguien acude a mí es porque ya lo ha probado todo y no ha tenido los resultados que esperaba. Busca una alternativa y eso es lo que propongo. Mi trabajo consiste en crear una situación concreta en la que las personas puedan utilizar los recursos que tienen para superar un problema”.

Arthur considera que ceñirse a una corriente o un dogma determinado es una limitante para el terapeuta. “Yo no tengo prejuicios dogmáticos de ninguna escuela”, dice. Su método -muy personal, puesto que lleva su nombre- combina postulados del filósofo austríaco Karl Popper, el chino Lao-Tsé -fundador del taoísmo- y el portugués Antonio Damásio, premio Príncipe de Asturias en 2005. “El cerebro no toma decisiones basándose únicamente en la razón”, cita de este último. “Por ello, busco poner en práctica estrategias alternativas, sin prejuicios ni teorías, hasta encontrar una solución elegante y eficaz”, agrega.

Canalizar la energía

Su propuesta profesional es “canalizar mejor la energía en lugar de reprimirla y contenerla” y para ello se sirve de “pequeños cambios y ajustes”: justo lo contrario a su trayectoria personal, en la que ha hecho grandes modificaciones. Desde que partió de Irán, cuando tenía quince años, hasta que llegó a Bilbao en 1997, Arthur ha vivido en distintos lugares del mundo: de Italia y Suecia a la República Checa a Canadá, el país donde comenzó su carrera y del que tiene nacionalidad, aunque se considera un ciudadano del mundo, acorde a su fe Bahai.

La religión, precisamente, fue el origen de ese periplo. “La situación era difícil para los Bahai en Irán y, lejos de resolverse, se complicaba cada vez más. Poco a poco, mi familia decidió marcharse y yo partí hacia Italia con uno de mis hermanos”, cuenta. Su familia fue también la razón principal para afincarse en Euskadi, puesto que en esa diáspora, algunos de los suyos habían venido aquí. Bilbao le sorprendió entonces y le sigue sorprendiendo ahora. “La ciudad ha experimentado un cambio espectacular y yo he tenido la suerte de verlo. Combina muy bien las características de una gran metrópoli, porque lo tiene todo, pero a su vez es pequeña y nunca te llega agobiar. Un buen lugar para echar raíces”, concluye.

2012 América del Norte Asia Ellos

221 | Gabriela

A finales de los 40, María Mercedes Gárate Bustinduy se marchó de Eibar, su pueblo. Eran épocas convulsas en Euskadi, el resto de España y Europa, donde la vida se resistía a la sencillez. Por eso, ella, que era muy joven, decidió ampliar horizontes. Junto a su hermana Aurea, se trasladó a Sevilla; después, a Barcelona y finalmente, a Cuba. Se marcharon en un barco tras la promesa de un futuro y un contrato de trabajo: a las dos raquetistas vascas las esperaba un frontón de La Habana.

“A mi abuela le encantaba la pelota vasca y, cuando era adolescente, jugaba en varios frontones de Euskadi. Tanto ella como mi tía abuela eran muy deportistas y eso les dio mejores opciones a la hora de emigrar. Cuando estaban en Barcelona, les ofrecieron un contrato para jugar en Cuba y se marcharon”. Quien relata la historia es su nieta, Gabriela Gómez Gárate, que es mexicana y vive en Eibar desde 2001.

“Cuando mi abuela estaba en Cuba -prosigue- le hicieron una nueva oferta para jugar en Miami y en México”, donde finalmente se quedó. “Todavía vive allí con su hermana”, explica. “Aunque ha venido aquí varias veces, prefirió quedarse en DF. Sus recuerdos de Euskadi son tristes… de guerra y casas derruidas”.

Mercedes, “una mujer emprendedora y adelantada para su época”, hizo carrera como pelotari. Su talento deportivo le permitió ser independiente, darle estudios universitarios a sus hijos y ayudar económicamente a la familia que se había quedado aquí. “Mandaba dinero y café”, precisa Gabriela, que nació y creció en México, pero con cuentos y relatos de Eibar. “Mi abuela hablaba el euskera, aunque no nos enseñó el idioma. Sin embargo, nos contaba cosas de aquí, de cómo era la vida en los pueblos vascos -recuerda-. Y a mí siempre me llamó la atención”.

La curiosidad y la oportunidad se dieron la mano en 2001 para que Gabriela desandara los pasos de Mercedes y decidiera viajar hasta Euskadi. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas, y con un puesto de trabajo tan importante como cargado de estrés, un día sintió que era el momento de hacer una pausa y descansar. “Decidí tomarme un año sabático, venir aquí, conocer personalmente a la familia y aprovechar mi estancia para hacer un master en finanzas”, enumera. E hizo todo lo previsto, excepto una cosa: volver.

“Muy bonito y laberíntico”

“Recuerdo perfectamente el día que llegué. Fue una noche de diciembre y hacía un frío impresionante. No vi mucho de Eibar, porque era tarde, pero sí pude apreciar el ayuntamiento iluminado y las callecitas pequeñas, empinadas y estrechas. Al día siguiente, por la mañana, salí con la ilusión de conocer a mi familia y comprobé que, efectivamente, era un pueblo bonito y laberíntico; muy diferente del lugar donde crecí”.

El “gusanillo” de conocer sus raíces se transformó en un cambio sustancial, tanto de entorno como de vida. “Dejé una ciudad con 20 millones de personas para instalarme en un pueblo con 27.000”, describe, valiéndose de cifras. Y, aunque el contraste es duro, Gabriela explica que se ha adaptado muy bien. “Es verdad que una gran cuidad te da más opciones culturales o de ocio, porque todo se multiplica, hasta la gente. Pero eso se compensa con lo bien que se duerme aquí por las noches, sin ruidos ni sobresaltos. Te acostumbras a la tranquilidad, a llegar en cinco minutos y a hacer recados en diez”.

Además, cuando echa en falta el movimiento, coge el coche y se va a la ciudad. “Eibar tiene la ventaja de la buena ubicación. Está a media hora de Bilbao, a media hora de Vitoria y a cuarenta minutos de San Sebsatián. Si en verano quieres playa, Deba está a quince minutos. Y a lo largo de todo el año, tienes el monte para andar”. ¿Y qué ha pasado con la idea de volver? “Cuando tienes un trabajo estable, compras una vivienda y formas una pareja es porque has elegido un camino”, contesta. Como su abuela, que ha encontrado su lugar en Norteamérica.

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