334 | Florentina

Florentina Pérez emigró de su país en dos tiempos. La primera vez que se marchó, tenía 25 años. Era 1991 y dejó atrás su vida en San Juan -una provincia del interior de República Dominicana- para venir a Bilbao. “Vine con decisión de quedarme, pero solo aguanté nueve meses”, dice. La experiencia le resultó “muy dura”, aunque no por el tipo de trabajo -doméstico, de interna-, ni por el hermetismo de una sociedad que, en ese entonces, era mucho menos permeable que ahora. Lo doloroso, para ella, fue estar lejos de sus hijos.

“En esa época había mucho racismo -recuerda-. A veces iba caminando por la calle y oía un ‘¡Mira, ahí va la negra!’ Si entraba en un bar, poco a poco se vaciaba. No han pasado tantos años, y la sociedad ha mejorado muchísimo. En ese momento, la gente no estaba preparada para incorporar las diferencias. Hoy es distinto, la integración es mucho mayor. Unos y otros coincidimos en los bares, en las bibliotecas, en los centros cívicos. Entre todos formamos otro tipo de sociedad”, compara.

Aquellas reacciones, por supuesto, la entristecían. “Pero no fue eso lo que me empujó a volver a mi país. Yo volví por mis afectos; por mis hijos, que habían quedado al cuidado de mi marido. En ese momento, el pequeño tenía solo seis meses, y la verdad es que no pude soportar la distancia. Por mucho que el trabajo de aquí pudiera ayudarnos a mejorar allí, no fui capaz de quedarme”, reconoce.

De regreso en San Juan, retomó la vida que había tenido hasta entonces. Florentina es maestra y su marido, ingeniero agrónomo. Aunque el nivel de ingresos era inferior del que podían tener con un trabajo no cualificado en Europa, entre los dos consiguieron estabilizarse y sacar adelante a su familia, que había vuelto a crecer. “Tuvimos otra niña”, explica ella, al tiempo que describe una situación sorprendente: “en mi pueblo -relata-, toda la gente estaba emigrando. Las personas se marchaban a Madrid y Barcelona, principalmente. Mi familia completa emigró. Mis hermanos, los nueve, se fueron. También se marcharon mis padres”.

“Llegó un punto -prosigue- en el que nos sentimos muy solos. Teníamos trabajo y estabilidad para vivir, pero nos habíamos quedado sin lazos… en nuestra propia tierra”. En paralelo, los familiares de Florentina le insistían para que viniera. “’Vente, que España está muy bien y hay trabajo’, me decían. Y yo, que ya había tenido suficiente con la experiencia anterior, contestaba ‘solo iré con un contrato que me permita llevar a mis hijos; no los voy a dejar otra vez’”. Lo decía convencida porque, además, tenía claro que algún día ellos iban a emigrar del país. “La emigración, en Dominicana, se ha convertido en cultura; forma parte de un proceso natural. Sabía que mis hijos se iban a ir algún día, y yo no quería que se fueran sin mí”.

Vitoria, 2005

Un contrato de trabajo le permitió volver a intentarlo. Esta vez, en Vitoria, a donde llegó en 2005. “Conseguí empleo en el rubro de la limpieza y vinimos todos. Mi marido también empezó a trabajar. Esta vez, las cosas fueron diferentes. Quizá la mayor dificultad fue encontrar una vivienda, alquilar un piso que nos gustara. Veíamos distintas opciones, pero nos pasaba que a veces no nos querían alquilar por ser extranjeros”, recuerda. Por esa razón, al cabo de un año decidieron solucionar el problema de raíz. “Vendimos nuestra casa de Santo Domingo y, con ese capital, pagamos la entrada de un piso. Firmamos una hipoteca carísima, a 40 años”, dice, consciente de que su dinero “se ha devaluado”.

“En ese momento era imposible prever la crisis, que el precio de la vivienda se iba a desplomar, o que habría una tasa tan elevada de paro. En ese momento solo pensábamos en trabajar y construir una mínima estabilidad para nuestra familia, como cualquier pareja con hijos”, reflexiona. Los años siguientes se transformaron en una lucha continua por afianzarse y prosperar. “Además de trabajar, hice muchos cursos para intentar cambiar de rubro. Estudié metodología y didáctica, hice cursos de comercial, incluso de peluquería, pero no lo he conseguido; no he podido salirme del ámbito de la limpieza. Mi marido sí pudo reconvertirse y trabajar como mecánico, pero aun así, es difícil”.

También le resulta complicado este momento de la vida, cuando una parte de su familia se ha marchado a Dominicana, otra está aquí, y los hijos y sobrinos “son de aquí; en especial, los más pequeños. Si pienso solo por mí, obviamente echo de menos mi país e imagino que algún día volvería. Pero si pienso en conjunto, sé que no. Aquello es un paraíso explotado por capitales extranjeros; el dinero no revierte en la gente del lugar, faltan servicios y seguridad. Esto, en cambio, es un país desarrollado, con otras garantías y oportunidades. Como madre, está claro qué prefiero para mis hijos”.

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323 | Janet

Decir que La Habana y Bilbao son ciudades muy diferentes es como indicar que el agua de mar tiene sal. Una obviedad. Precisamente por ello, no es tan obvio ni esperable que una misma persona pueda sentirse a gusto, en casa y cómoda en ambos lugares, a pesar de sus notables diferencias. Pero es posible. Fue lo que le ocurrió a Janet Lía Mestre, que vino aquí por el amor de un vasco y acabó cautivada por todos. “Me encanta Euskadi -afirma, rotunda-. Me gustan los vascos, la cultura, el idioma. Todo”, añade con la entonación de quien se ahorra una larga lista de redundancias y etcéteras.

“Es que estoy enamorada de este país”, insiste. Y explica que esta fascinación cultural, si bien fue un amor “a primera vista”, hoy podría definirse como una relación sólida y duradera: Janet reside en Euskadi desde hace 19 años. “Más de la mitad de mi vida la he pasado aquí”, dice esta peluquera cubana, que todavía no ha llegado a los cuarenta.

“Vine muy joven. Vine por amor y porque soy aventurera: nunca sentí miedo a dejar mi país, ni a empezar una nueva vida en un lugar tan diferente, desconocido, desde cero. Al contrario. La idea me entusiasmó un montón. Cuando todavía estaba en Cuba, conocí a un chico de aquí, nos enamoramos y decidimos casarnos”, sintetiza Janet, que entonces tenía 17 años y estudiaba danza contemporánea y teatro. “Me encantaba… y me sigue gustando todo lo que esté relacionado con la expresión artística. Siempre pienso que algún día debería conectar con ese mundo otra vez, pero me falta tiempo”, lamenta.

Quien hace esta reflexión no es la muchacha aventurera, sino la mujer trabajadora, autónoma, que regenta su propio negocio y es madre de dos hijos, Eder y Maitane. “Cuando llegué aquí, empecé haciendo algunas cosas en publicidad, danza y teatro. Pero aquello era puntual y no me permitía tener unos ingresos fijos”, señala. Lo conversó con quien entonces era su marido -en la actualidad, están divorciados- y decidió que lo mejor era aprender un oficio. “Mi ex marido opinaba que yo debía dedicarme a algo que diera dinero”. Y ella, que es una mujer emprendedora y valora mucho su independencia, estuvo de acuerdo con él.

“Estudié peluquería. Hice las prácticas en una cadena de estética muy conocida y después empecé a trabajar en otra, donde estuve muchos años; primero, como peluquera y después, como encargada”, relata Janet que, además de estos estudios, el trabajo y la maternidad -sus hijos tienen ya 12 y 16 años-, se sacó tiempo para estudiar euskera. “Me apunté en el euskaltegi hasta que aprendí a hablar el idioma. Como te he dicho antes, me parece fascinante el País Vasco, y eso que es muy diferente de Cuba”, compara.

Cambios decididos

Para ella, el cambio fue bastante acusado, aunque precisa que en ningún momento lo pasó mal. “Supongo que eso tiene que ver con mi carácter y con el momento en que vine -razona-. Ten en cuenta que era una chiquilla y que, cuando uno es tan joven, tiene ganas de experimentar cosas nuevas. En ese momento de la vida, es más interesante el descubrimiento que la nostalgia”, prosigue, aunque esta manera de ver las cosas es una constante en su vida. Hace tres años, Janet dejó su empleo como encargada y se lanzó a montar su propia peluquería en Indautxu.

“Puede parecer una temeridad por la crisis y la situación actual, pero yo me sentía capacitada para hacer ese cambio. Había estado muchos años como encargada, tenía la experiencia suficiente de cómo llevar un negocio y contaba también con una clientela fija, de muchos años. Por eso me animé”, explica. Lo que no conocía -pero aprendió con rapidez- fue “lo duro que resulta ser autónomo. Nunca tienes tiempo para nada”, resume con una sonrisa.

“Quizá la única ventaja, además de que trabajas para ti misma, es que puedes elegir cuándo tomarte vacaciones con un poco más de flexibilidad. Pero solo un poco”, matiza Janet, que intenta ir a Cuba cada dos años para no perder contacto con su gente y los mejores rasgos de aquella cultura. “La sonrisa, la alegría, el optimismo… eso me gusta, y también a mis hijos, que han ido conmigo. Eso sí, lo del gusto por el baile sigue siendo cosa mía, porque ellos son muy vascos”, reconoce con mucha simpatía, al tiempo que dice sentirse muy arraigada a Bilbao. “No sé qué pasará más adelante, yo no escribo el futuro. Solo sé que mi presente está aquí”.

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321 | Margarita

Emigrar es un proceso de cambios que modifica a las personas. Alejarse de lo conocido para desenvolverse en un lugar diferente; aprender a funcionar en un país nuevo, en otra sociedad, puede ser más o menos sencillo, más o menos buscado, pero jamás es una experiencia anodina. Las migraciones transforman y marcan. En el caso de Margarita Perdomo -que muchos aquí conocen como Margarita De Chacón, por el apellido de su esposo-, el cambio más notable tuvo que ver con la religión. Vino a Bilbao en busca de trabajo, pero lo que encontró aquí -dice- fue a dios.

“Yo tengo dos hijos y siempre quise ofrecerles un futuro, unos estudios, la posibilidad de ganarse la vida profesionalmente. Hubo un momento en que comprendí que eso no sería posible si me quedaba en mi país, así que me senté a la mesa con mi familia y hablé. Lo conversamos entre todos y vimos que este era el único modo de salir adelante”, relata con un acento difícil de precisar. Margarita es hondureña, pero algunas de sus palabras tienen notas mexicanas. “Lo que pasa es que, antes de venir al País Vasco, estuve cuatro años en Estados Unidos, en California. Allí compartí casa con unos mexicanos y, desde entonces, se me ha quedado en parte su acento”, explica.

Entre esos cuatro años que pasó en Norteamérica y los cinco que lleva aquí en Europa, Margarita es un buen ejemplo de lo que significa la maternidad a distancia; una de las aristas más complejas de la inmigración. “Dejar a la familia no es fácil. De alguna manera, es como renunciar a aquello que dios te ha dado, pero yo lo hice convencida de que era lo mejor para mis hijos y hoy tengo la seguridad de que están plenamente respaldados. Todo este camino ha sido muy duro, pero ha valido la pena, sin duda. Salir de mi país ha sido una bendición”.

La última frase admite dos lecturas distintas. La primera, más terrenal, tiene que ver con los objetivos que se había propuesto al emigrar. “Mis hijos tienen ahora 19 y 21 años, han acabado sus estudios y son personas de bien. Como digo siempre, ellos marcan la diferencia”. La otra lectura es de corte espiritual. “Yo era cristiana antes de venir. Creía en dios y hablaba de él, pero una cosa es hablar de algo y otra, vivirlo, sentirlo de verdad. Ese cambio ocurrió aquí. Fue una suerte venir a Bilbao”, dice ella, que llegó en mayo de 2009 y que supo de Euskadi a través de una amiga de su hermano. De uno de sus ocho hermanos.

“Vine dispuesta a trabajar duro. Empecé como interna, limpiando casas, cuidando personas mayores, y así estuve tres años. Hubo experiencias mejores y peores; casas en las que no tenía ni un respiro y una casa en la que me sentí como en mi hogar. De todas maneras, yo no me fijaba en eso porque había venido con la mentalidad de trabajar tanto como pudiera para cumplir el objetivo que tenía… Lo que pasa es que, en medio de mi proyecto, me encontré con el plan de dios, que no siempre coincide con el de uno”, señala antes de explicar que el cambio comenzó a gestarse los domingos por la tarde, en su único día libre, cuando empezó a asistir a la Iglesia Casa de Oración.

Cambio radical

“Todo ha cambiado desde entonces -asegura-. Creo en dios, he notado su presencia, su voz, la tranquilidad de tenerlo a mi lado, y sé que debo difundir su palabra. Sé también que muchas personas no querrán oír, o pensarán que estoy loca, lo tengo muy claro. Pero yo estoy decidida a hacer su voluntad y a decirle a los demás que él es real, que existe”, explica con énfasis y sin pausas intermedias. En este momento, la religión ocupa el centro de su vida. “Las cosas de la fe solo se entienden con el corazón, pero uno no puede quedarse callado. Yo no puedo”.

En este recorrido de cambio y transformación, Margarita nota que su etapa migratoria está llegando a su fin. “Quiero volver a casa -confiesa-. Siento la necesidad de regresar a mi país, a mi ciudad, a mi familia”. Sabe que su marido y sus dos hijos la esperan. “He cumplido con el propósito que tenía cuando me fui. Ahora tengo ganas de abrazarlos otra vez, de contarles todas las experiencias que he vivido aquí, lejos. Y además, regresaré a Honduras a predicar en Evangelio”, adelanta.

“Mi intención es regresar a casa a principios de septiembre, pero dios dispondrá el momento oportuno; yo estoy en sus manos”. Tanto es así que a Margarita no le preocupa su futuro laboral allí. “Nunca me ha faltado nada -dice-. Ha habido momentos duros aquí, pero siempre tuve lo justo para comer y pagar una habitación. Dios siempre me ha provisto de lo indispensable para seguir adelante, así que estoy tranquila. Cuando llegue a mi pueblo, Copán, volveré a empezar una vez más. Todo en mi vida es un nuevo amanecer; siempre estoy comenzando”.

2014 América Central Ellas

315 | Diana

Existen grandes diferencias entre Santo Domingo y Vitoria. Tantas que, más que ser dos ciudades en el mundo, parecen ser dos mundos donde la vida tiene dinámicas distintas. «El clima es, quizá, lo más notable», dice la dominicana Diana Herrera, consciente de que su país encarna la nítida imagen del paraíso en la Tierra. «Allí la playa siempre es una opción, claro. Pero no es lo único. También está el carácter de la gente, el aspecto gastronómico, los matices culturales… Todo ello es muy distinto al País Vasco».

Ni mejor, ni peor. Diferente. Esa es su principal conclusión tras vivir durante cinco años en Euskadi, una tierra de la que aprecia la organización, el respeto y la seguridad. «Estos aspectos son muy importantes. Desde el principio me ha llamado la atención lo bien organizada que está la ciudad. Lo noté mucho en el tráfico, porque los conductores son respetuosos con las señales y los peatones, y también porque aquí en Vitoria se utiliza mucho la bicicleta como medio de transporte. Una de las cosas que más me sorprendieron fue ver a la gente vestida de traje y en bici, yendo a trabajar».

Cambiar de país -y de vida- representa una notable carga. Casi todo, o todo, es novedoso. Y lleva un tiempo adaptarse», señala Diana, aun cuando, en su caso, contaba con información de antemano. «Vine porque tenía a mi familia aquí. Mis padres, mis hermanos emigraron mucho antes que yo, hace diez o doce años. Cuando ellos vinieron, yo me quedé en Santo Domingo. Hice allí mi carrera y empecé a trabajar, pero me echaban de menos. Por eso decidí venir. Yo no dejé mi país por una razón laboral, sino afectiva».

Tenía entonces 23 años, una carrera y un buen empleo. «Había estudiado Comunicación Social y Relaciones Públicas en la universidad y era gerente de ventas en un banco», detalla. «Empecé a trabajar muy joven, mientras estudiaba, porque cuanto más tardas, más difícil es incorporarte al mercado laboral. Mi vida era muy activa en Santo Domingo. Además del trabajo y del estudio, tenía mucha actividad social. Creo que por eso me costó tanto adaptarme a Euskadi al principio», confiesa.

Su llegada a Vitoria supuso muchos cambios. Algunos, superficiales y anecdóticos, como «familiarizarse con la comida y los sabores de aquí». Otros, más complicados, como «comprender el carácter de la gente, la manera de expresarse, las convenciones sociales». Y, luego, los más profundos, los que implican hacerse preguntas. «Un ejemplo es el cambio de trabajo -dice-. Desde que llegué hasta hoy he trabajado como camarera. Eso sí que me costó y, al principio, lo llevaba muy mal. Ahora estoy acostumbrada. También entiendo que es el precio que pagas por estar en otro país. Tienes que buscarte la vida, pero era difícil encontrar un trabajo que encajase con aquello para lo que me había preparado».

Realización profesional

Su discurso coincide con el de miles de jóvenes que no consiguen ejercer sus profesiones, al margen de las procedencias. «Yo no he homologado mi título, eso debo reconocerlo, pero el proceso es muy engorroso y, si lo haces, tampoco tienes garantía que te vaya a servir para algo», lamenta. «Hay un punto en el que te acostumbras a ciertas cosas, aunque te cueste muchísimo. Los primeros tres años que pasé aquí fueron, en ese sentido, muy duros. Lo único que hacía era ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. No había más. Estaba muy agobiada y, lógicamente, me pregunté muchas veces ‘¿qué hago aquí?’. Por eso, al año y medio de llegar, volví a mi país».

Diana estuvo en Santo Domingo seis meses, un periodo en el que le sucedió algo que no esperaba: «Empecé a echar de menos Vitoria. A medida que pasaban los meses, más ganas tenía de volver. Regresé y seguí adelante con esa decisión, aunque sabía que me pasaría, en parte, lo mismo con mi tierra. Siempre hay algo que te falta cuando emigras», reflexiona ahora, cinco años después de su primer viaje.

«Luego ocurren otras cosas, comienzas a relacionarte, te integras, generas nuevos afectos. Por supuesto, si miro a mi país veo que tengo mucho campo abierto para desarrollarme, para tener una vida distinta. Pero los afectos también pesan. No es tan fácil decir ‘ahora vengo’ o ‘ahora me voy’. Mi familia está en Euskadi y, además, yo conocí aquí a mi pareja. Esos son lazos que te retienen».

2014 América Central Ellas

305 | Glenda

Hace seis años y medio, Glenda Vázquez vivía en Ocotal, al norte de Nicaragua. Trabajaba en el hospital municipal como auxiliar de estadística. Tenía un empleo cualificado que, sin embargo, resultaba insuficiente para sostener a su familia, pues su sueldo era el único ingreso del hogar y había que sacar adelante a tres hijos. La suya era una situación límite. Los niños crecían. El mayor tenía 14 años; el menor, 11. Y Glenda, como muchas otras madres solas, cabezas de familia en entornos adversos, supo que el único modo de brindarles un futuro era mediante la educación. Comprendió que la llave que abría esa puerta estaba lejos. Y emigró.

«Fue una decisión muy dura. Hubo momentos tristes y difíciles», dice antes de mencionar la soledad y la extrañeza de los primeros tiempos, cuando llegó a Lasarte. «Todo era muy diferente, empezando por las calles, que aquí están pavimentadas y allí son de tierra o adoquines. La cultura, la gastronomía, la música… Pero eso -matiza- es lo de menos. Incluso tiene aspectos positivos. Lo verdaderamente doloroso es estar lejos de tus hijos y que los demás te juzguen por ello».

Glenda no es la única mujer convertida en madre a distancia. Como ella hay cientos, miles de personas que han tenido que aprender un nuevo modelo de maternidad o paternidad, uno que sacrifica la proximidad física en aras de la supervivencia, el progreso o el aumento de oportunidades para los hijos. Implica grandes renuncias y convicciones muy profundas. No tiene nada que ver con el abandono o con la falta de interés y, sin embargo, así se percibe muchas veces desde fuera.

«Duele que te juzguen por eso, porque no es fácil. No lo es para mí y tampoco para mis hijos, que se quedaron al cuidado de mi madre. Yo tomé esta decisión para que ellos tuvieran estudios, para que pudieran ir a la universidad y valerse por sus propios medios. No quería que se frustraran en ese aspecto, sino que tuvieran todas las oportunidades a su alcance», explica ahora, satisfecha porque «al mayor sólo le queda un año para terminar la carrera».

Entre las muchas renuncias que entraña su decisión están la realización personal, la reivindicación de derechos y el orgullo. «No se trata de que no puedas ejercer tu profesión, si la tienes, ni de que no puedas aprovechar todo tu potencial. Se trata de que las condiciones de trabajo y el trato que recibes son muy severos y, en ocasiones, injustos», reflexiona. Recuerda jornadas de dieciséis horas o marcas en las piernas por fregar suelos arrodillada. «Desde que vine, me he dedicado a cuidar personas, a tareas del hogar. El tipo de trabajo no es el problema, porque vienes a eso, a abrirte paso como puedas. Es el trato. Sólo quien lo ha vivido sabe lo que es, lo cruel que puede llegar a ser. Yo nunca había experimentado algo así, ni siquiera en mi país, que en muchos aspectos sigue siendo subdesarrollado».

Asumir la responsabilidad

El último desencanto fue perder su empleo por quedarse embarazada. «No lo buscaba -admite-, pero ocurrió. Vuelvo a ser madre sola ahora, cuando mis hijos mayores son grandes. Y sí, podría haber decidido otra cosa. Lo fácil habría sido no tener a mi niña, pero mi conciencia me impedía seguir por ese camino. Uno tiene que asumir las responsabilidades de sus actos», sostiene Glenda que, pese a todo, mantiene el optimismo.

«Hay un punto en el que te mentalizas y aprendes a vivir la vida tal cual, asumiendo lo que hay y tirando para adelante. Si empiezas a darle vueltas a la cabeza, te deprimes y no puedes avanzar ni lograr esos objetivos por los que habías venido. Algo que me ha ayudado mucho es vincularme a otras personas y conocer mejor la cultura de aquí. Me apunté a cursos para aprender euskera los domingos con la asociación Banaiz Bagara y para cantar en un coro canciones típicas de aquí. Así he conocido a gente de diversos países, incluido este, y he aprendido muchísimas cosas».

«En la asociación Esperanza Latina, a la que también me acerqué, he encontrado a muy buenas personas. He vencido mi timidez y visto iniciativas muy interesantes y útiles para quienes estamos aquí y no tenemos todos los recursos. Ahora, por ejemplo, vendrá un consulado itinerante de Nicaragua, mi país, para que podamos hacer nuestros trámites sin tener que desplazarnos a Madrid, que cuesta mucho dinero e implica perder días de trabajo», comenta Glenda, que sueña con abrazar a sus hijos. «Yo esperaba emigrar dos años y han pasado muchos más. Cuesta, es duro. Pero ya llegará el día».

2013 América Central Ellas

295 | Yanaisa

En un restaurante o un bar, a menudo no prestamos atención a quien está detrás de la barra, a la persona que cocina o al camarero que nos atiende. Sin embargo, sus historias muchas veces son interesantes. Más aún cuando vienen de otro país, porque las migraciones son experiencias poderosas que dejan huella y contienen relatos. ¿Quién es esa persona? ¿Dónde ha nacido? ¿Por qué ha venido hasta aquí? ¿El cambio ha sido un acierto? ¿Es feliz?

Yanaisa Gálvez es cubana, llegó a Euskadi en 2005 y trabaja en Getxo. Atiende la barra de un bar. Su trabajo le gusta, más que nada, por las personas con las que comparte faena y por el ambiente del lugar. «Hacemos un buen equipo, estamos a gusto y el local es muy ‘chévere’», describe con un acento peculiar. Su manera de hablar -y, también, de entender el mundo- es una mezcla de la cultura de Cuba y la vasca. «Emigrar es complicado. Llega un día en que no sabes bien a dónde perteneces, te enamoras de una tierra pero tus raíces están en otra, y al final no eres de aquí ni de allí», reflexiona.

Simpática y tenaz, se le da bien el mundo de la hostelería, aunque jamás había incursionado en él hasta que llegó al País Vasco. Tampoco había trabajado en una pescadería hasta que se ofreció a ayudar a su tía, que vive en Euskadi con otros miembros de su familia. «Ella estaba embarazada y ya no podía atender a los clientes, así que fui a echarle un cable. Cuando me vi por primera vez con un pescado en la mano, no lo podía creer. ¡No tenía ni idea! Pero fíjate cómo son las cosas que, al cabo de cuatro meses, ya cortaba, limpiaba, troceaba y me manejaba con las anchoas como si lo hubiera hecho toda la vida», recuerda sonriente.

Pero «la vida» de Yanaisa es otra cosa. «Mi vida es el baile», confiesa, y la frase es literal, porque su vínculo con la danza comenzó cuando tenía tres años. «En casa notaron que me gustaba y que tenía aptitudes, así que me alentaron. Mi tío, en concreto, fue el gran motor impulsor». La apuntó en la Escuela Nacional de Gimnasia Rítmica. Seis años estuvo allí. A los nueve empezó su formación en la Escuela Nacional de Ballet. Ocho años más. Los siguientes tres se dedicó a aprender sobre la puesta en escena de espectáculos.

Con ese punto de partida -riguroso y exigente-, no es de extrañar que Yanaisa fichara por el Cabaret Tropicana, uno de los más famosos del mundo. «Empecé como todos, formando parte del reparto, pero entré con muy buen pie. Poco después, me ofrecieron un papel como solista». La conocida e histórica sala de espectáculos de La Habana le brindó su primer trabajo como profesional. También, una enorme experiencia. «Para mí, ha sido una escuela», dice Yanaisa, que pasó de allí a una compañía de baile cubana radicada en Alemania.

Soltar amarras, echar anclas

En Europa ofrecían un espectáculo sobre la historia de su país mientras ella descubría otro muy diferente del suyo. Y eso le hizo plantearse la importancia de conocer más y «ver mundo», aprender «sobre otras danzas y propuestas culturales». Los grandes cruceros turísticos le brindaron esa posibilidad: Yanaisa trabajaba en los escenarios al tiempo que visitaba países. Cuando sintió que la experiencia llegaba a su fin, decidió echar el ancla en Euskadi. «Aquí vivían mis tíos y mis primos, que son muy queridos para mí. Elegí el País Vasco por ellos, pero me quedé porque esta tierra es estupenda y su gente, maravillosa».

La contrapartida de su elección es que no vive del baile, como le gustaría. Aún así, está contenta, porque sigue formando parte de su vida. «La hostelería me permite mantenerme: hay que pagar las cuentas, la luz, el alquiler, el teléfono, y eso tiene que salir de algún lado. No es mi pasión, está claro, pero tampoco se me caen los anillos por no poder bailar como antes. En todo caso, trabajar en oficios diferentes te enseña que eres capaz de hacer muchas cosas, que siempre puedes dar más».

«Además -continúa-, me he preocupado de seguir entrenando y practicando cada día, aunque solo sea una hora, para mantenerme ágil y en forma. También intento aprender de las nuevas tendencias para no quedarme desfasada. A veces surgen posibilidades y hay que estar a la altura para aprovecharlas», opina. La más reciente le ha salido ahora, en fiestas de Bilbao. La pasada semana actuó en el bar alemán de la plaza del Ensanche. «Eso es vida para mí… no es un trabajo, ni una profesión; es algo que llevo dentro y que siempre estará conmigo».

2013 América Central Ellas